jueves, 18 de septiembre de 2008

Golondrinas taradas

La verdad es que cuando las cosas salen bien, salen bien de verdad. Claro, también es cierto que si algo puede salir mal saldrá como el culo, pero ése es otro tema. La tele. No pasa un día sin que me felicite por haber sido de las primeras personas del país en abonarse a una cadena de pago. Por ejemplo, cuando eran pequeñas mis hijas eran las únicas niñas del colegio que, como no veían anuncios en la televisión, pedían los juguetes de Reyes mirando catálogos del híper o dándose una vuelta por el Toys. Era estupendo para todos. Para mí porque me evitaba el bombardeo constante del “¡me lo pido!” (al principio es tierno y gracioso pero cuando lo has oído así como cincuenta veces en una tarde aplicándolo cada vez a un juguete distinto se te acaban por poner los nervios de punta y echas espumajaros por la boca como si te hubieran poseído) y para ellas porque se ahorraban la decepción de ver que el juguete no se movía solo como en la televisión (una amiguita de Kenya se pasó horas llorando porque cuando cogía la muñeca en brazos no sonaba la música de fondo que se escuchaba en el anuncio ni a ella se le volvía el pelo rubio como a la niña de la tele).

Otro ejemplo: si no fuera por la cadena digital nunca me habría enterado de la apasionante vida del pollo Michael (y me habría perdido el espectáculo de ver cómo a JB se le ponía la cara de un delicado color turquesa al ver comer al pollo decapitado), ni sabría cómo se hacen las pilas (quién habría pensado que a Kenya le interesaba el tema hasta el punto de tragarse tres reportajes seguidos sobre lo mismo), ni habría tenido la oportunidad de escuchar a Madagascar disertando sobre los diferentes tipos de urna funeraria que se pueden encontrar hoy día (ella se decantaba por una que está hecha de una materia orgánica que se disuelve poco a poco en el agua de forma que tú tiras las cenizas de tu difunto al mar, por ejemplo, y aquí paz y después gloria). Claro, también tiene algún que otro inconveniente, como terminar conociendo casi por su nombre absolutamente a todos y cada uno de los bichos que pueblan el Masai Mara, Terranova, Mongolia, y lo más profundo de los mares del mundo mundial, hasta el punto de no impresionarte ni conmoverte ninguna imagen referida al reino animal. Hace un par de meses, por ejemplo, estaban Kenya, Madagascar y Bruno sentados en el sofá viendo un reportaje sobre las crecidas del río Mara y “cantaban” a coro el guión del reportaje: “ahora entra un león por la derecha”; “ahora el león se come al ñu despistado”; “ahora el elefante pisa al cocodrilo”; “ahora al cocodrilo se le esparraman los sesos por el río”... y así. Ellos estaban descojonados perdidos, claro, pero a mí me pareció ya un poco excesivo. Cuando llegamos a ese punto JB decide pasar olímpicamente de ese tipo de documentales, los “prohíbe”, y nos culturiza con cosas tan entretenidas como la vida en las cárceles americanas (es el último enganche que tienen, el otro día había que verles sollozar viendo cómo Jay, un recluso que había entrado en la cárcel sin estudios ni ná se graduaba en derecho por una universidad y toda su familia iba a ver cómo le daban el diploma).

Yo reconozco que no veo la tele y me dedico a otros menesteres propios de mi sexo y condición así que eso que me pierdo y estoy condenada a ser la más inculta de la familia, pero no todo está perdido porque digo yo que, aunque sea de pasar cerca de cuando en cuando, algo se me irá quedando almacenado en el cerebro. Por ejemplo, tanto documental de focas, elefantes, garzas y demás me ha dejado claro que menos el hombre, que somos lo más zoquete del reino animal, todos los demás bichos del orbe tienen un sentido de la orientación bárbaro y que los que se pierden es porque no se merecen ni respirar, de torpes y tarados que son. Como Armando, un despiste con alas que se estrelló este verano contra la cristalera de la casa en tierra de lobos. Fue una tarde plácida. Estaba yo intentando acomodar toda la ropa sucia dentro de la lavadora cuando escuché un “PLAFFFF” estruendoso seguido de correteos y muchos gritos. Como pasa que de cuando en cuando se nos estampan contra los cristales voladores más torpes que la mar y se espanzurran de mala manera yo dejé lo que estaba haciendo y salí con el recogedor en la mano dispuesta a hacerme cargo del cadáver y rezando para que no hubiera mucha sangre, que eso da un mal rollo tremendo. La buena noticia fue que el presunto suicida con alas estaba vivo, atontadillo pero vivo. La mala noticia fue que los niños, con la connivencia del propio pollo, decidieron adoptarlo y quedárselo en casa después de bautizarlo como Armando.



En fin. Las andanzas de Armando el cagarrutero se las contaré otro día, si quieren.

Menos mal que los seres humanos tenemos otros recursos para paliar estas taras con las que nos ha obsequiado la naturaleza y estamos dotados de boca para preguntar el camino si no sabes cómo ir a algún sitio. Bueno, eso si eres hembra, que no nos duelen prendas a la hora de preguntar. Si eres macho lo tienes más difícil porque a pesar de que las generalizaciones suelen ser erróneas es cierto que ELLOS parecen estar genéticamente incapacitados para preguntar. Y si van solos, anda y que les zurzan. El problema es cuando se erigen en cabeza de la manada. Les cuento.

Esta mañana estaba nublado. La verdad es que digo mañana porque técnicamente ya era el día de hoy pero todavía no había amanecido y, a pesar de que la luna está gordita estos días, como estaba nublado estaba todo oscurito. Al salir de casa ¡zas! Apagón general en el pueblo. Pasa a menudo. Al principio me ponía de los nervios pero ya no me extraña nada y me pilla siempre preparada: velas y linternas en casi todas las habitaciones de la casa y la ropa y accesorios del día preparados la noche antes para que no me pase como algunas veces que como no veía nada he salido de casa vestida con más colores que Agatha Ruiz de la Prada y, horror de los horrores, maquillada como ella. Eso sí, entre que todavía era de noche, que había nubes, y el apagón, no se veía un pimiento y caminar por el cauce del arroyo, en pleno campo campero, a oscuras no es algo que me seduzca mucho (ya sé que lo más que me puede salir al paso es una cabra, o algún borriquillo, o un perro perdido, que por aquí no campan leones ni rinocerontes, pero qué quieren, en esos momentos me siento como Caperucita a punto de ser devorada por el lobo) así que he mascullado unas cuantas imprecaciones (más que nada para evitar el silencio que hace que los crujidos de las ramas parezcan pisadas de hombre lobo acechante) hasta que he llegado a la parada.

La llegada del autobús ha sido un poco fantasmal, parecía aquello una película de miedo de ésas en las que la protagonista está esperando el bus y cuando llega está conducido por zombies o algo así. Éste no llevaba zombies (casi hubiera sido mejor), llevaba cuatro gatos (los cuatro pringaos que cogen el autobús antes de las siete de la mañana) y un conductor nuevo que lo primero que ha hecho ha sido perderse al salir del pueblo. Hombre, hay que reconocer que no se veía ni chimpún y que los que diseñaron los distintos ramales de la carretera debieron planificarlos cocidos en anís Del Mono porque sólo así se explica que al final del pueblo a la carretera le salgan tres venas una a continuación de la otra, divididas a su vez en multitud de capilares que surcan alegremente los montes en dirección a distintos pueblos y cortijadas. Y los diseñadores de los carteles señalizadores debieron estar invitados en la misma juerga que los otros porque han colocado todos los letreros en el mismo sitio, uno encima del otro, y con las flechas en la misma dirección y sentido. Así que es un lío, vale, y entre eso y que la oscuridad era total pues no habría estado de más que el conductor hubiera aminorado la velocidad y se hubiese concedido unos minutillos para elegir la carretera correcta, sobre todo teniendo en cuenta que era el primer día que hacía esa línea. Pero no; el muchacho dejándose llevar por el aturullamiento de la situación tiró por el primer ramal que le pareció bonito y, claro, terminamos en la autovía en sentido contrario al nuestro.

Yo no me había dado cuenta porque iba leyendo; he levantado la cabeza del libro cuando los murmullos que se cruzaban los cuatro gatos se han convertido en gritos. Hala, a dar la vuelta. Ahí ya iba el personal un poco alterado así que cuando hemos llegado a otro ramillete de ramales los cuatro gatos han empezado a vocear para advertir al novato de cuál era la salida correcta. Por supuesto, el novato no ha hecho ni caso y ha vuelto a coger la primera salida que le ha parecido buena con lo cual los gritos han arreciado porque todos sabíamos que por allí íbamos a terminar en la playa. Y, efectivamente, hemos embarrancado en el acceso a la playa. Por cierto, qué bonita la playa a esas horas, justo antes de amanecer, tan vacía, tan solitaria, y tan oscura que ni veíamos por dónde habíamos entrado a la playa. El chófer se ha puesto tan pálido que se le veía la carita en la oscuridad (sólo habría faltado que brillara en verde fosforescente como las virgencitas de Lourdes que tenía mi abuela encima de su cómoda). Y entonces ha vuelto la luz y a mí me ha dado la risa porque por un momento me ha dado la sensación de que parecíamos una bandada de golondrinas taradas. P’a rematarnos, vaya.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Vacaciones

Creo que no lo había dicho. Tengo vacaciones de nuevo.

jueves, 14 de agosto de 2008

Irresponsabilidad

Permaneció inmóvil, al acecho, mientras su posible víctima se acercaba. Cuando la tuvo a tiro se lanzó sobre su lomo. Molesto, el ciervo se quitó de encima a aquel extraño gorrión que le clavaba las uñas y le intentaba morder con el pico. Escucharon un estruendo y se volvieron a tiempo para ver cómo un enorme grizzly se tiraba desde la rama de un árbol moviendo las patas delanteras en un patético intento de vuelo. El oso y el gorrión se miraron desconcertados. En la tienda, el chamán reprendió duramente a su aprendiz y le prohibió practicar conjuros sin permiso.

jueves, 24 de julio de 2008

martes, 22 de julio de 2008

Qué importante es la salú

La niña koala. Durante un tiempo Madagascar fue mi niña koala. Era como un virkiki. Si me sentaba en el sofá, por ejemplo, no pasaban dos minutos sin que se me “arretrepara” sobre la barriga. Y caminando igual porque ella andaba, claro que andaba, pero prefería ir abrazada a mi, así que me pasé unos cuantos años con la niña permanentemente sentada sobre mi cadera como si fuera una gitana o una madre africana. A mí, que soy de naturaleza despegada igual que Kenya (es hipersensible pero ella cariñitos los justos) me gustaba esa “pegajosidad”, esa necesidad de piel. Luego, cuando conseguí que pasara la mayor parte del día con los pies en el suelo, Madagascar iba a todos lados de la mano. Y cuando digo a todos lados quiero decir, literalmente, a todos lados, desde el cuarto de baño a los paseos por la playa. Y yo seguía pensando que qué rica, qué cariñosa me había salido la niña. Hasta que el Disney Channel nos abrió los ojos y convirtió a la niña koala en la niña topillo. Supongo que si JB no se hubiera empeñado en que vieran la televisión en versión original nunca nos habríamos dado cuenta de que Madagascar no veía los subtítulos. Ni los subtítulos ni nada. La pobre no veía tres en un burro, que fue ponerse las gafitas la primera vez y le cambió la cara. “¡Veo!” gritó en la óptica. Fue emocionante, hasta al técnico de la óptica (que debe estar hartito de poner gafas al personal) se le pusieron los vellos de punta. Si estuvimos a punto de abrazarnos y todo. Fue como “El milagro de Ana Sullivan” sólo que en versión pueblo. Y fue ponerse gafas y cortar el cordón umbilical; ya no volvió a ir de la mano a ningún sitio. Y desde que se puso lentillas, todavía menos. En venganza por este desapego cuando estamos en la playa y sale del agua la dejamos que se recorra varias veces la playa de un lado para otro con los ojillos entrecerrados intentando distinguir cuál es nuestro campamento antes de llamarla.

Es curioso porque cuando yo era pequeña llevar gafas o hierritos en los dientes era lo peor que te podía pasar, eran cosas que estaban más o menos al mismo nivel que ser “la gorda”, tener la cara llena de granos, y oler a bicho muerto (sí, en mi clase había una niña que olía como si llevara los bolsillos del uniforme llenos de ratones en pleno proceso de descomposición, la llamábamos “la mofeta” y nadie nos queríamos sentar con ella; hace un par de años me la encontré por la calle y trabaja en Lancóme, en fin). Ahora en cambio lo de llevar hierritos (que ya no se llaman hierritos sino algo así como “brackets”, y tienen gomitas de colores monísimos) o gafas es como muy fashion. Kenya y Madagascar, que tienen la dentadura impecable, jugaban de pequeñas a ponerse tiritas de papel de aluminio en los dientes como si fueran aparatos de ortodoncia hasta que una vez Kenya se tragó una tirilla de papel albal y estuvo preocupadísima hasta que la echó. Desde entonces se acabaron las ortodoncias falsas. Lo de las gafas es otra historia. Y más desde que Madagascar alterna monturas modernísimas de distintos colores. De cuando en cuando a Kenya le entra la necesidad de un cambio estético y se pone pesadísima diciendo que no ve bien y que le duele la cabeza, y así. Total, que no para hasta que la llevo al oculista, le hacen una revisión, le dicen que ve perfectamente y que no necesita gafas, y se busca otro objetivo estético como un corte de pelo.

El último ataque de “gafitis” fue hace un mes así que la semana pasada fuimos al oculista (vale, si yo ya sé que no tiene nunca nada y que estos paseos al médico son inútiles pero ¿y si fuera verdad que la chiquilla no ve y se queda ciega porque no le hago caso?¿eh? que todos hemos leído “Pedro y el lobo”). Total, que allá que fuimos y allá que salimos de la consulta con el diagnóstico de que la niña ve como un lince, y nos subimos al autobús para volver al pueblo. Kenya, que había subido antes que yo, comenzó a andar por el pasillo del autobús extendiendo los brazos para agarrarse a algún lado y dijo “Mamá ven, caramba, que no veo”, a lo que yo contesté “chiqui, mira que te dije que te trajeras el bastón”. Palabra que fue una risa entre nosotras, una broma que llevábamos arrastrando desde que salí de la consulta haciendo de lazarillo a Kenya, que como tenía las pupilas dilatadas no veía lo que se dice nada y llevaba unas gafitas negras como si fuera la Niña de la Puebla, pero cuando dos mujeres se levantaron de sus asientos para cedérnoslos nos vimos incapaces de aclarárselo y nos sentamos aguantando la risa. Ya, que está feo, que con esas cosas no se bromea pero qué le vamos a hacer. Así que Kenya se sentó muy derechita mirando hacia el frente y dando sorbitos de cuando en cuando a su lata de cocacola. Y las mujeres continuaron con su conversación, que más que conversación era un monólogo en el que una de ellas contaba a la otra, con voz altísima y clarísima (como que todos íbamos supercallados escuchándolas), su estado de salud. Bueno, por cierto, buenísimo, que se había hecho todo tipo de pruebas y habían salido satisfactorias. Y de verdad que le habían hecho de todo: un electro, análisis de sangre, un test de sullivan (no sé para qué querrían medirle la diabetes gestacional a una señora que pasa de los sesenta y que no está preñada ni de coña, pero en fin), una eco dopler, una mamografía, una citología, y lo mejor (que dejó para el final): UNA CULOSCOPIA. Ahí la amiga, que había estado callada diciendo solamente “mmmm... aaaaaah... claaaaaaaro” no se pudo contener.

- Mujer, será una colonoscopia o rectoscopia.
- ¿Eso qué es?
- Pues una prueba que te meten un tubo por el recto...
- ¡Aaaaaaaaah, pues no! de rectoscopia nada. ¡Lo mío fue una culoscopia que a mí el tubo me lo metieron por el culo!

Discretísimos, todos en el autobús contuvimos la respiración para no soltar la carcajada. Al otro lado del pasillo yo veía a un muchacho escondido detrás de un periódico que tenía hasta convulsiones y todo. Menos mal que siempre hay una salida.

- Ggggggggghhhhgggg.... (ésta era Kenya)

- ¿Pero qué pasa???
- Ná, que la cieguita está echando espumarajos por la nariz.
- Mujer, no se dice cieguita, se dice “invedente”.
- Pues lo que sea, pero a la niña le sale espuma por la nariz, que digo yo que igual está rabiosa.
- Anda, anda, mujer, qué va a estar rabiosa; es que como no ve no sabe por dónde meterse la lata de cocacola.
- ¡Ains qué pobre que no sabe ni beber! Tch... tch... Y mira cómo se ríe todo el mundo de ella. Qué malos somos. Hala, Mari, vámonos, que ésta es nuestra parada.

Kenya siguió echando cocacola por la nariz mientras se reía como una loca hasta que llegamos a casa. De cuando en cuando alguna de las dos dice “culoscopia” y nos da otro ataque de risa.

lunes, 14 de julio de 2008

París

Tenía la intención de pasar la tarde caminando por las calles pero la lluvia ha hecho que llegue una hora antes a la cita. Cuando salí de la residencia, a primera hora, el cielo estaba despejado pero a final de la mañana ha comenzado a llover. La lluvia me ha pillado por sorpresa (no es la primera vez que me pasa; el tiempo en París, en primavera, es imprevisible y siempre se me olvida consultar el parte meteorológico) y he tenido que comprar un paraguas plegable, carísimo y horroroso que tiene toda la pinta de no durar más allá de una tormenta. Como en los comedores universitarios. Están llenos. Una chica me explica que es porque es miércoles. Todos los miércoles hay cous-cous (al decirlo pone los ojos en blanco y hace gestos de satisfacción) y los comedores se llenan. Me siento en la misma mesa que la chica de antes y nos presentamos. Se llama Adèle. Miro sorprendida las bandejas de los estudiantes árabes, que rebosan pan. Adèle sonríe. Me cuenta que la primera vez que comió aquí hizo lo mismo que ellos y cogió casi un canastillo entero de pan, y luego le dio apuro dejarlo así que se lo comió todo aunque estaba más que llena. El cous-cous está sabroso y muy caliente. Adèle termina antes que yo y se queda conversando hasta que se da cuenta de que se le hace tarde y se va. Como despacio, remoloneando; no me apetece salir y mojarme. Cuando salgo apenas llueve pero las calles están mojadas y llenas de charcos. Llevo sandalias así que al principio intento esquivar el agua pero al rato tengo los pies tan mojados que me despreocupo. Esperando un semáforo veo un cartel que me hace reír y saco la cámara de fotos. Es un anuncio de una colonia con un aroma “tan penetrante –dice el texto- que le evitará el molesto baño semanal”. Comienza a llover más fuerte y cojo el metro hasta el centro. El resto de la tarde lo paso entre paseos y tiendas en las que me refugio cuando me harto de lluvia. Llego a Notre Dame una hora antes de la cita y cuando Jose llega (seco, él ha estado escuchando conferencias) y me mira, mojada y malhumorada, se ríe. Le digo que tengo los pies helados y que no pienso volver a París en primavera, y se ríe más fuerte.

viernes, 4 de julio de 2008

Palabras como pelos

Le picaba la garganta. Carraspeó. No notó alivio y bebió agua fresca pero la sensación continuaba. Se dio cuenta de que llevaba varios días así. Tener conciencia de la molestia la agravó. Cada vez tosía más fuerte. Desesperado intentó incluso provocarse el vómito sin éxito. Por fin expulsó una bola como las que escupía su gato, aunque en lugar de pelos estaba entretejida de letras. Tiradas en el suelo, llenas de baba y con las esquinillas rotas estaban las palabras que nunca había dicho. Le dieron pena. Vistas así no tenían valor. Decidió obedecer a su terapeuta: verbalizaría sus sentimientos.

(Gracias a Lupe por su "Puré de pelos" porque aunque estas historias no tienen nada que ver se me quedó dentro y hasta que no lo he sacado no me he quedado a gusto)

viernes, 27 de junio de 2008

Bandera de verano

Odio ir a la playa los fines de semana. No soy nada original, qué le vamos a hacer, pero no soporto a los domingueros. Ya sé que cada uno va a la playa cuando puede y que el fin de semana es cuando pueden la mayor parte de la gente pero esos días yo prefiero quedarme en casa viéndoles venir. Ojo, eso no quiere decir que el resto de la semana la playa sea un paraíso tropical de esos de espacios kilométricos vacíos cubiertos de arena limpia, aguas color turquesa, y surferos de impresión jugando a exhibir músculo delante de despampanantes bikinosas. Para nada, al menos la playa que tengo delante de casa. El resto de la semana la playa está llena de madres gritonas remojando niños descontrolados (pero cómo no se van a descontrolar con semejantes bocinas cerca) y pandillas de adolescentes tatuados y sus correspondientes pavos, que como se los llevan a todos lados pues a la playa también. La ventaja es que la labor arqueológica es menor, o sea que no tienes que ir buscando el mínimo espacio intercorporal para clavar la sombrilla, sino que puedes montar el campamento base con una cierta holgura. Eso sí, una cierta holgura que no te aísla del resto de playeros y que te permite seguir disfrutando de una de las mayores diversiones de la playa: mirar y escuchar.

Yo soy de bajarme un libro pero reconozco que hay veces que tardo semanas en leerlos porque bajo a la playa, abro el libro y, antes de que haya conseguido siquiera enfocar las letritas, mis oídos han captado algo que secuestra mi atención hasta el punto de pasarme la mañana, o la tarde, entera con la misma página abierta. A JB también le gusta practicar el “escuching” pero como tiene serias dificultades auditivas pues lo hace menos. Y las niñas... el año pasado el pavo de Kenya decidió que ya había pasado el tiempo de ir a la playa con la familia y no vino con nosotros ni un solo día. Este año, como sigue siendo el pavo el que toma las decisiones, tampoco vendrá con nosotros. Madagascar, que de momento tiene el pavo todavía en fase de incubación (para compensar tiene la mayor cantidad de pajaritos en la cabeza del mundo mundial) ha protestado débilmente pero baja a la playa con nosotros aunque se pasa todo el tiempo sentada en la toalla, leyendo. Eso sí, a la sombra; ella defiende su pertenencia a la raza más puramente blanca. Hasta ahora, como decía, ha protestado débilmente pero creo que desde el otro día la tenemos ganada para la causa. Al menos sería de esperar después de haberla visto llorar de risa, que se le llenaron las gafillas de lágrimas y todo.

La mañana había ido como la seda. Habíamos planeado bajar a la playa con Rosemarie y Cristo pero al final se rajaron y fuimos la familia Telerín (o la familia Monster, depende de cómo se nos mire) solitos. Menos mal, porque Madagascar había dicho que si venía Cristo ella se quedaba en casa, que ya había visto su bañador y que no pensaba permitir que nadie la asociara a él de ninguna manera. En su descargo diré que Cristo no baja a la playa con el calcetín peneano. No. Cristo vio “Borat” y se hizo con un tanga de ganchillo tal que igualito que el que sale en la peli. Demasiado para Madagascar (y para cualquiera, todo hay que decirlo, que yo el primer día contuve la risa a duras penas). Nada más llegar Bruno se nos escurrió (literalmente porque JB le embadurnó de crema solar hasta los pelos) para jugar con un amigo del cole que estaba unas toallas más allá, y Madagascar plantó su toalla bajo una sombrilla para leer. Cuando volvíamos de un remojón, la veo sentada y con la vista como perdida. Resultó que no tenía la vista perdida sino fija, así como los hipnotizados, en una pareja cercana. Miré, claro. Después de instalar un campamento como para albergar a siete personas, la mujer, rubia porque ella lo vale, se había quitado un pareo anaranjado que llevaba y se disponía a darse crema. Que se la dio aunque le resultó difícil porque se dejó puesto todo el joyerío que llevaba. Y llevaba unos pocos jorjorrios colgados, todos muy dorados, mucho, todos con pinta de pesar horrores. Lo mejor es que después de darse la crema se quita el sujetador del bikini y se tumba a tomar el sol. Claro, media hora después, cuando la vimos incorporarse (para mí que se había quedado dormida y todo) tenía las tetas como dos salmonetes (arrugados), así que volvió a untarse crema, esta vez por todo el cuerpo, y se metió en el agua. Y no le habríamos echado más cuenta si no fuera porque minutos después se puso a dar voces (“Paaaaaacoooooo... paaaaaacooooo...”) al propio hasta que captó su atención. De paso captó la atención de media playa con lo que el espectáculo, que fijo que ella habría preferido que hubiera sido discreto, fue público y notorio.

-¿Queeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeé?
-Que vengas con una toalla a ayudarme a saliiiiiiiiiiiiiiiiiiiir.
-Ojú, qué pesá! ¿Y pa qué quieres la toalla, Asun?
-Panvolverme, que he perdío la braga del bikini.

Y allá que fue Paco, todo solícito, con su toalla, para tapar las vergüenzas a su Asun, que salió del agua intentando mantener la dignidad entre las risotadas generales que se oían desde todas las toallas. Luego resultó que no se había llevado bikini de repuesto así que, después de las airadas protestas de Paco, gracias a las cuales nos enteramos de lo que habían tardado en ponerse en marcha, el tiempo que habían pasado buscando aparcamiento, y lo que costaba montar la carpa para el sol, desmontaron el campamento y se fueron.

Al rato vino Bruno corriendo buscando “un palo o algo parecido, que necesitamos algo para atar la bandera”. Se llevó una pala y dos minutos después oigo las carcajadas de Madagascar que se retorcía de risa en la toalla. Miré. Bruno y su amigo habían hecho un fuerte de arena. Y en la torre más alta, ondeaba orgullosa una bandera: la braga del bikini de la Asun.

lunes, 16 de junio de 2008

Ciencias naturales

Cuando yo hacía EGB (sí, yo pillé la EGB: me enseñaron matemáticas con conjuntos, que así ando yo en matemáticas que no sé sumar sin los dedos, y me inflé a hacer fichas) estaba convencida de que mi colegio era como de segunda. La verdad es que era un colegio estupendo, tenía varios campos de deporte al aire libre, dos patios de recreo, un patio cubierto (la “polipista” la llamábamos porque cuando hacía malo era donde hacíamos educación física, y lo mismo servía para un roto que para un descosido, siempre y cuando ese roto tuviera relación con los deportes), un gimnasio, un salón de actos con un teatro en condiciones, un comedor, etc. Aun así yo tenía la sensación de que no era más que una imitación de lo que tenía que ser un colegio. Para que fuera un colegio de verdad teníamos que tener una banda de música y no un grupo de joteros como teníamos, animadoras que hicieran la majorette en los partidos en lugar de padres y madres que perdían la voz gritando a pulmón lleno, y laboratorios de verdad en los que los profesores nos enseñaran a diseccionar ranas.

Como ya se habrán imaginado, la culpa de todo la tenía la televisión. En las películas de la tele los niños siempre andaban rajando ranas en clase. A mí eso de mirarles las tripas a las ranas no me parecía nada apetecible pero como lo hacían en todos los colegios americanos pensaba que debía ser una condición sine qua non para que un colegio fuera de verdad. Y tuve esa espinita clavada hasta que un verano cogimos un sapo en el pueblo y lo abrimos por la mitad. Fue un asco horrible. Primero había que matar el sapo, claro, porque intentamos rajarle en vivo y el jodío se puso a patalear como un descosido y no se dejó. Así que nada, a matarlo. Y no estaba por la labor. Sobrevivió al intento de ahogamiento en el río (a Quique se le pusieron las manos azules de tenerlas en el agua helada aguantando al sapo) al envenenamiento con alcohol (no se puso ni borracho ni nada, que lo escupía todo), y al estrangulamiento con un cordelito. Al final Julio optó por tirarlo contra una piedra con lo que nos ahorramos tener que rajar al bicho porque se espanzurró enterito y las tripas saltaron por todos lados. De aquélla se me quitaron las ganas de experimentar en el laboratorio, porque no le ví gracia ninguna y además se me mancharon las zapatillas de sangre y tardó muchísimo en quitarse.

Después llegó el BUP y resultó que en tercero sí que se diseccionaban animales. A mí, que ví “Alien” sin inmutarme, no me habría impresionado mucho, la verdad, pero recuerdo que los días que tocaba destripamiento los de ciencias llegaban a las clases comunes con las caritas de un bonito color verde tirando a turquesa. También nos contaron que en el aula de biología había bichos muertos (algunos enteros y otros destrozados perdidos) metidos en frascos de alcohol, y otras porquerías similares que nadie vio nunca del todo (los de letras porque teníamos prohibidas las aulas de ciencias, y los de ciencias porque entrecerraban los ojos los muy pasmados) y pasaron a formar parte de la leyenda urbana del aula de biología.

A mí se me había olvidado esta leyenda urbana escolar hasta que hace dos días Madagascar me la recordó de forma un poco traumática por el procedimiento de enseñarnos un frasco de Nescafé que llevaba en la mochila del instituto.

- ¿Eso qué es????
- ¡Un cerebro! ¡Te has traído un cerebro!

Al oír la exclamación de Kenya no pude menos que acercarme a mirar. Efectivamente, dentro del frasco de Nescafé había un cerebro de tamaño considerable (hombre, considerable teniendo en cuenta que cabía dentro del frasco) nadando en alcohol. Kenya ponía caras de asco mientras Bruno lo contemplaba hipnotizado.

- ¿De quién es eso?
- De Melani.
- Joé, pues para lo tonta que es tiene un cerebro enorme.
- Ya decía yo que Melani es una descerebrada. Ahora me lo explico; se lo debe dejar todos los días en casa.

Kenya y yo nos habíamos lanzado al precipicio de las bromas fáciles y Madagascar sonreía malévolamente con intención de unírsenos pero tuvimos que dejarlo para otro momento porque Bruno no entendía nada.

- ¿Melani lleva el cerebro en un frasco? ¿Y te lo ha prestado? ¿El cerebro se puede quitar?
- No, enano, es un cerebro de cerdo que se ha traido Melani a clase de biología porque estamos estudiando los mamíferos. Como la semana pasada cuando estudiamos las plantas Lidia se trajo manzanas y nueces y las estuvimos viendo, y las repartimos y nos las comimos y todo, pues Melani se ha traído esto.
- Ya. ¿Y Charo qué ha dicho?

Charo es la profesora de biología.

- Puesssss... primero ha abierto mucho los ojos y la boca pero no ha dicho nada. Luego ha dicho que muy interesante y que se iba a quedar en el aula de biología, y ha amenazado con hacer rular el cerebro por las mesas si hablábamos. También le ha dicho a Víctor que no hace falta que traiga mañana un gato muerto. Es que se había ofrecido.
- ¡Ya! Y esta porquería ha terminado en casa porque...
- ¡Le he pedido permiso a Charo para traérmelo para que lo viérais! Pero tengo que devolverlo mañana.
- Debe estar blandito. ¿Podemos abrirlo y sacarl..?

No dejé ni que Bruno terminara la frase. Vamos, hombre, sólo de pensar que aquello se pudiera esparramar por el suelo y me tocara luego recogerlo a mí me entró un asco tremendo. Eso sí, por asociación de ideas me acordé de que tenía una latita de foie gras que había que comerla esta semana o caducaba.

Ayer Madagascar volvió del instituto un tanto desinflada.

- Es que hemos dejado los mamíferos y estamos con los invertebrados. Y Charo nos ha dicho que si preferíamos dar clase o ver una película. Y claro, nosotros hemos dicho que película, película, y resulta que era una película sobre la vida de las babosas. Una hora entera con un primer plano de una babosa contándonos lo que hace una babosa durante el día y resulta que las babosas ¿qué hacen? ¿eh? Pues no hacen NADA DE NADA. Yo creo que ha sido una venganza por lo del cerebro de ayer.

De pronto se le iluminó la carita con una sonrisita malvada.

- Menos mal que mañana va a ser divertido porque Víctor nos ha dicho que se va a pasar la tarde recogiendo gusanos y lombrices para llevarle a Charo un par de frascos llenos. Va a ser genial.

martes, 3 de junio de 2008

Divinidad y escatología

A JB le gustan las películas de romanos. Y las del Oeste (conboys los llama él), las de guerra, y las de aventuras. Bueno, también le gusta Woody Allen y cosas así, eh, no se crean. No le gustan las películas de miedo, las gore, las del ciencia ficción, ni los musicales. Yo, menos películas de Paco Martínez Soria y de Joselito, veo de todo aunque reconozco que muchas veces dejo a JB solo ante la pantalla porque me aburro. Eso pasó hace ya años una tarde en la que pusieron Quo Vadis: que me aburrí como una seta y me fui al jardín a leer y dejé a JB solo en el sofá. Al ratito pasó por allí Kenya, que tenía poco más de tres años, y se quedó hipnotizada mirando la pantalla.

- ¿Por qué los leones se comen a esas personas?
- Porque son cristianos.

Sin mirarla siquiera JB respondió con toda la rotundidad de la que fue capaz, con el tono condescendiente de quien está explicando algo totalmente obvio. Kenya asimiló rápidamente la respuesta.

- Yo no seré cristiana, ¿no?
- Sí, claro.

JB estaba de espaldas a la niña y no podía ver la carita de horror que se le estaba poniendo.

- Pero si yo soy malagueña.
- Ya, pero eres cristiana porque estás bautizada. ¿Ya no te acuerdas de tu bautizo, o qué?

Kenya torció el morrito. Hacía poquísimos meses que la habían bautizado y se lo había pasado tan bien en la fiesta que había preguntado si se podía bautizar varias veces. Ahora empezaba a arrepentirse de todo eso. Cuando yo entré había empezado ya a preguntar si nosotros también estábamos bautizados para asegurarse de que en caso de merendola leonina no les tocara sufrir solamente a ella y a su hermana. Mientras en la pantalla los leones se ponían las botas zampándose a cuanto incauto se les ponía por delante, JB explicó brevemente a Kenya los requisitos necesarios para ser cristiano. Aquella noche la niña nos comunicó que ella no pensaba hacer la comunión en su vida, y le dijimos que vale.

Unos años más tarde, cuando llegó la edad de hacer la comunión Kenya se negó en redondo. Curiosamente ella, que era la única niña que hasta entonces había ido a clase de religión, fue la única que no la hizo y se pasó meses explicando a la gente por qué no comulgaba. La explicación de “para que no me coman los leones” que Kenya soltaba con toda solemnidad no daba lugar a más preguntas aunque supongo que nadie entendió nada.

En esa ocasión tomamos nota de que hay que tener mucho cuidadito con lo que se les dice a los niños sobre Dios, la religión y esas cosas, y hasta hace poco hemos podido controlarlo, pero hace unas semanas nos topamos con Marika. Marika es la nueva limpiadora de mi suegra. Es búlgara y todavía no sabe hablar correctamente español pero a cada frase pero te recita la Biblia sin equivocarse.

- Ay, Dios mío, qué vieja estoy, cómo me duelen las piernas.
- Bienaventurados los que sufren dice Jesús: Mateo 5, 3-9.
- Ay, qué poco me gustan estas medicinas.
- Nuestro Señor bebió hiel y vinagre por nosotros. Mateo 27, 32-34.

Y así todo. Claro, entre que mi suegra es sorda como una tapia y que la otra no sólo no le da bolilla con sus achaques sino que encima le lanza versículos cada dos por tres, las conversaciones entre ambas son un poco de risa. El sábado me mira y me dice:

- Tú tienes ojo de Dios dentrrrro.
- Mira qué bien, hombre, estará encantado mirándome el bazo o el páncreas.
- Tú no brrrrrromeas con Dios, Gin.
- Pues claro que bromeo, Marika, caramba, claro que bromeo.

Bruno nos miraba hipnotizado. Al rato abordó a Marika.

- Marika, ¿yo también tengo dentro un ojo?
- Sí, prrrríncipe, tú tienes también ojo de Dios dentrrrrro.
- ¿Dentro de mí???
- Dentrrrrrrro, sí, ojo de Dios todo ve.

Bruno levantó una cejita y miró a Marika con franca hostilidad. La búlgara practicó la ignoración con estilo olímpico y siguió desgranándole las múltiples cualidades visionarias del ojo de Dios tanto fuera como dentro de las entrañas trufando la información con pildorazos versiculares recitados con su peculiar acento. El niño aguantó dos versículos y al tercero simplemente se dio la vuelta sin decir nada (que es lo que suele hacer en estos casos) y se fue a jugar tan fresco.

Y no nos habríamos vuelto a acordar de aquello si no hubiera sido porque el fin de semana fuimos a la comunión del hijo de un amigo. Durante la ceremonia (larguiiiiiiiiiiiiisima) Bruno se estuvo informando de qué iba la cosa.

- ¿Qué se comen?
- El cuerpo de Cristo.

JB, cuando quiere, es escueto a más no poder.

- ¿Y quién es Cristo?
- Dios. Cristo es Dios.

Al salir de la iglesia nos acercamos a darle su regalo al niño para poder huir de allí cuanto antes y que no nos pillara la tanda de fotografías. Mientras el chaval, que iba disfrazado de capitán general de los ejércitos imperiales, abría los paquetitos nosotros charlábamos con el orgulloso padre. Algunos amiguitos, también comulgantes, se acercaron a cotillear los regalos. El capitán general los enseñó orgulloso y miró a Bruno con desdén.

- Mira, enano, mira qué chulada.
- ¿Por qué te regalan cosas?
- Por hacer la comunión.
- ¿Qué es hacer la comunión?
- Recibir a Dios.

Bruno no se dejó atropellar.

- ¡Ah! A mi no me hace falta hacer la comunión ésa. Yo tengo ya el ojo de Dios dentro, me lo ha dicho Marika.

Una niña, vestida de mininovia con escote palabra de honor y todo, miró a Bruno con curiosidad.

- Pero solamente el ojo de Dios no sirve. Nosotros nos hemos comido a Dios entero.

Bruno entrecerró los ojitos y meditó un momento.

- Es que solamente tengo el ojo de Dios porque soy chico; cuando crezca y tenga sitio se me meterá Dios entero.

Una amiga de la mininovia, vestida estilo Sissi emperatriz, se rió a carcajadas. Bruno no se inmutó.

- Además lo mío es mejor porque como yo no me he comido a Dios no se me va a salir nunca. Vosotros lo echaréis luego cuando hagáis caca. Y cagar un dios debe doler.

Bruno les enseñó su sonrisa más luminosa, se dio la vuelta y se fue. El capitán general de los ejércitos imperiales, la mininovia, y Sissi emperatriz se quedaron sin habla. Bueno, sin habla un nanosegundo porque después la mininovia se fue corriendo a buscar a sus padres llorando desconsolada. Nosotros la ignoramos olímpicamente (que para eso no era nuestra ni de ningún allegado), montamos en el coche, y escapamos de allí a toda velocidad, que ese tipo de fiestas no nos gustan ni medio pelo.

Unos días después me llamó el padre del capitán general del ejército imperial un tanto mosqueado con Bruno. Al parecer varios de los comulgantes (entre ellos el capitán general) habían estado malos con un curioso estreñimiento voluntario (“que se negaban a cagar” dijo textualmente mi amigo) que les había ocasionado fuertes dolores de barriga. Y echaban la culpa a Bruno, claro.

martes, 27 de mayo de 2008

Nefta

Llegamos a Nefta a media mañana. De lejos, a la luz del sol, la ciudad me resulta cegadora de puro deslumbrante. Por contraste, el palmeral parece oscuro, incluso umbrío, da sensación de frescor. Atravesamos las calles y llegamos al hotel. Parece vacío. Preguntamos al recepcionista y nos dice que tienen una ocupación del ochenta por ciento y que todos los turistas son europeos. Atravesamos las salas del hotel sin cruzarnos casi con nadie. Salah ha concertado una cita para ver varias villas de la ciudad así que tenemos el tiempo justo para dejar las cosas y volver a salir. Cuando volvemos está anocheciendo. Durante la cena la luz parpadea un par de veces. El maitre nos explica que es por las tormentas eléctricas y le quita importancia. Después de cenar voy a la piscina. Allí hay otras dos personas. El agua está fresca. Se vuelve a ir la luz en el hotel. Desde la piscina vemos a lo lejos los relámpagos de la tormenta.

domingo, 18 de mayo de 2008

Kasserine

Tengo sed. Intento beber pero cuando me llevo la botella a la boca el coche pilla un bache y el agua se me derrama por la barbilla y el escote. El conductor, Miguel, me ve por el retrovisor, se ríe y se me pide disculpas. Miguel no se llama Miguel, tiene un nombre impronunciable para mí pero es exactamente igual que el Miguel Bosé que cantaba “Linda”, y todas las turistas españolas se lo dicen de modo que cuando se presentó lo hizo directamente así: “Miguel, como Bosé”. Miguel disfruta con su trabajo. Le gustan los turistas, dice que los turistas no se plantean complicaciones; cuando vienen son felices porque están de vacaciones y nunca hablan de problemas ni se lamentan porque no ganan suficiente para mantener a su familia o porque no puedan casar a una hija. Además, Miguel dice no ser hombre de permanecer mucho tiempo en el mismo sitio; prefiere moverse aunque nunca demasiado lejos, quiere tener todo bajo control pero que nadie ni nada le controle a él. Le gusta recorrer el país entero aunque prefiere el sur. Me ha prometido que cuando vayamos al sur me llevará a Djenein, conocer a su familia.

Durante varios días hemos recorrido las pistas de montaña de Al Qasrayn sin encontrar casi turistas; únicamente en el paso de Kasserine hemos coincidido con un grupo de ingleses. La mayoría son jubilados. Pertenecen a una especie de club o sociedad que estudia la segunda guerra mundial y han decidido hacer un tour para conocer los escenarios africanos de la contienda. Están siguiendo los pasos de los americanos que desembarcaron en Marruecos. Miran y fotografían el escenario de la derrota intentando imaginar el desastre. Se recuerdan cosas mutuamente, cuando uno duda siempre hay varios dispuestos a recordar por él. Me cuentan que mañana viajarán a Tatauin y que el viaje finalizará en Djerba, donde piensan descansar unos días antes de volver a Inglaterra.

Dejamos a los ingleses recordando la historia y salimos rumbo a Tozeur pasando por Gafsa. Aunque la idea de volver al desierto me estimula no tengo ninguna prisa por llegar; no quiero perderme ni un minuto de estas pistas de montaña, áridas, abruptas, a veces invisibles, siempre a punto de borrarse y sin embargo tan permanentes, tan atemporales que parece que están aquí desde antes de que existiera el país. Salah, el guía, me explica que Gafsa es una ciudad bonita pero poco visitada por el turismo. Dependiendo del día a Salah esto de parece bien o fatal. Respecto al turismo tiene el corazón partido. Por un lado le parece que el desarrollo turístico va a convertir el país en un parque temático anulando la riqueza de su cultura y no quiere convertirse en títere de los europeos; por otro sabe que es una buena salida económica para el país y además se siente orgulloso de mostrarlo a los visitantes. Las contradicciones de Salah aumentan en su vida personal: no quiere vivir fuera fura de Túnez pero en Barcelona tiene una novia embarazada de seis meses. A veces Salah está poseído de amor patrio y rechaza cualquier cosa que venga de Europa. Otras veces se deja arrastrar por el desánimo y no ve otra salida a la falta de desarrollo del país que no sea la europeización. Pero sea cual sea su estado de ánimo Salah está siempre encantado de hablar de la cultura del país. Y lo hace con orgullo.

Cuando Salah ve mis dificultades para beber en marcha sonríe y me dice que a medida que vayamos bajando las carreteras serán diferentes, pero no especifica si eso quiere decir que serán mejores o peores. De momento siguen siendo firmes. Estamos bajando por la ladera de una montaña. Salah está hablándome de la época dorada del renacimiento cultural tunecino cuando Miguel detiene el todoterreno. Un arroyo atraviesa la carretera y, en medio, hay una furgoneta atascada. A ambos lados del arroyo esperan varios vehículos. Bajamos y nos acercamos a ayudar. Nos dicen que anteayer hubo tormentas en Argelia y estos son los efectos de la lluvia. Miguel y Salah se meten en el cauce del arroyo para echar una mano a los que intentan sacar la furgoneta. Yo me siento y miro. Un grupo de niños corretea alrededor nuestro; me miran y sonríen, no se acercan a pedir monedas como en otros países. Les ofrezco chicles y se sientan conmigo. Saco la cámara y les fotografío. Me fotografían ellos a mí. Vemos las fotos y nos reímos. Jugamos. Me enseñan una canción Una mujer se acerca. Va dando una naranja a cada niño. También a mi me da una.

jueves, 15 de mayo de 2008

miércoles, 14 de mayo de 2008

Evasión (¿y victoria?)

Estaba harta de trabajar, de ocuparse de su madre, de vecinos ruidosos, del barrio inhóspito, de la rutina gris y deprimente. Una noche soñó con la vida que le gustaría llevar. Desde entonces todas las noches vivía esa vida luminosa, y dormida era feliz. En sus sueños tuvo familia, ascendió en el trabajo, se fue a vivir a la montaña, tuvo un perro y se operó la nariz. Sólo despierta era desgraciada. Poco a poco fue alargando las horas de sueño y una mañana no despertó. Los médicos hablaron de un extraño coma aparentemente voluntario. Dormida no dejaba de sonreír.

domingo, 11 de mayo de 2008

Una vez que maté a un gato...

Cuando tenía más o menos ocho años vino al colegio un psicólogo que, entre otras cosas, nos hizo pruebas de orientación profesional y laboral. Fue bastante divertido. Durante el tiempo que duró aquello nos quitaron las clases de religión para hacer las pruebas, que consistieron en charlas, entrevistas personales, y en algo así como veinte cuestionarios distintos. Luego llamaron a nuestros padres para hablar sobre los resultados. A los míos les pareció curiosísimo que alguien pensara que era operativo hacer pruebas de orientación profesional y laboral a niños tan chicos pero como eso venía en el paquete general allá que fueron el día que les tocó. Y nosotras, o sea B1 y yo, con ellos porque, cosa rara, las entrevistas las hacían con el acusado delante, y es que bien mirado aquello venía a ser como un juicio en el que el psicólogo ejercía al tiempo de juez y fiscal, y los padres a veces hacían de fiscal y a veces de abogado, dependiendo de cómo hubieran tenido el día, de cómo nos hubiéramos portado los acusados, y de qué fibra sensible les tocara el psicólogo. Aquella tarde los míos optaron por la versión abogado cínico porque, como decían siempre todas las madres, nadie iba a conocer a sus cachorros mejor que ellas. Bueno, por eso y porque nunca se han fiado ni medio pelo de los psicólogos, psicoterapeutas, y demás. Y desde aquella tarde menos.

Recuerdo que el psicólogo cogió mi expediente, lo abrió, me miró, miró a mis padres, y sin dejarse amilanar por el ambiente francamente hostil (mi madre y yo levantamos la ceja izquierda exactamente igual y da miedo, palabra) comenzó a decir cómo era yo. Al ratillo relajé la ceja, y poco a poco me fueron entrando ganas hasta de sonreir. Si es que yo era una joya total. Cada poco mi madre me miraba con la ceja petrificada en lo alto de la frente, con cara de no creerse ni medio de lo que estaba escuchando. Y así llegamos, sin ninguna interrupción, al final de la entrevista, en la que el psicólogo les informó a mis progenitores que yo tenía muchas aptitudes para ser... ¡¡¡oceanógrafa!!! Mis padres hicieron gala de una magnífica rapidez de reflejos y consiguieron recoger la mandíbula (que se les había descolgado por la sorpresa) en menos de dos segundos, para girarse y mirarme asombrados. Yo respondí sacando todos los dientes (menos uno que se me había caído hacía dos días) al escenario de la mejor de mis sonrisas. Y mientras, el psicólogo continuaba hablando sobre lo clarísimamente que se veía mi futura profesión, como si fuera la bruja Averías, vaya.

Mis padres aguantaron todavía la sesión correspondiente a B1, que también les regaló unas cuantas sorpresas (de las que no voy a hablar ni hoy ni nunca primero porque éste es mi blog y a mí nadie me quita el protagonismo en mi espacio, y segundo porque de las cosas ajenas no se habla) y volvieron a casa con cara de haber visto un extraterrestre. Después, mientras cenábamos, nos sometieron a un tercer grado para que les contáramos qué habíamos hecho y dicho exactamente en las pruebas. Yo, que incluso desde mis ocho años sabía que aquello no había sido muy de fiar, remoloneé un poco pero al final les dije que el test para determinar mi futura profesión constaba únicamente de la pregunta “¿Qué quieres ser de mayor?”, pregunta a la que yo, que me pasaba horas viendo los programas de Jacques Cousteau (incluso había conseguido que me compraran un gorrito de lana como el suyo y lo llevaba siempre puesto), había contestado sin titubear y con mi mejor letra (y mi caligrafía siempre ha sido excepcional): “Oceanógrafa”. Teniendo en cuenta que hablamos de niños de entre seis y ocho años, todos con unas letrujas horribles, era normal que el psicólogo hubiera más que visto leído mi futuro con tanta claridad. La credibilidad de los informes quedó enterrada por una hora de carcajadas paternas.

Ya sé que las cosas han cambiado mucho pero semejante experiencia echó por tierra, para siempre jamás amén, mi confianza en los programas de orientación estudiantil, así que cada vez que alguna de las niñas me viene diciendo que ha hablado con el orientador del instituto se me ponen todas las neuronas en alerta. Entre otras cosas porque el curso pasado al orientador se le ocurrió la brillante idea de que los padres diéramos a los chavales charlas sobre nuestras profesiones y me encontré citada para dar una conferencia sobre ¡¡¡medicina!!! Así que ni caso, ya les hacemos nosotros la orientación profesional en casa. Reconozco que, claro, nuestras sugerencias no dejan de tener un punto arbitrario pero lógico, y cambian dependiendo del mercado y de las percepciones caseras. Así, cuando estábamos reconstruyendo el jardín tras la riada, consideramos seriamente inscribirlas en algún curso para hacerlas gruístas, alicatadoras, o jardineras paisajistas. Cuando veo salir del garaje al vecino, que tiene una clínica de adelgazamiento y depilación, con un coche cada vez más espectacular, me convenzo de que el futuro está en hacerse sacamantecas o quitapelos. Claro que cuando veo los dibujos de Madagascar y las casitas que les hace a los SIMS pienso que debería ser arquitecto. Y así.

Últimamente, y después de haber tenido que desatascar las tuberías dos veces a razón de ciento veinte euros la vez, la fontanería estaba ganando la partida al resto de las profesiones, y llevaba yo insistiendo en las múltiples ventajas que tenía ser fontanera hasta que la semana pasada tuvo que volver el fontanero y estropeó el plan. Esta vez no había sido la tubería (ésa tocará dentro de un mes, y seguirá tocando hasta que alguien recuerde dónde narices está la arqueta general, que la tenemos perdida y es la culpable de los atascos) sino algo que me veo incapaz de pronunciar situado en la parte baja de la bañera. “Hay que quitar un par de azulejos” sentenció el fontanero Carlos. Yo puse los ojos en blanco. “No te preocupes, que yo te los pongo después” dijo Carlos, el fontanero acompañante (yo sé que uno de ellos no se llama Carlos, que Carlos es el fontanero dueño de la empresa, que para eso se llama Fontanería Carlos, pero como todavía no sé cuál es he optado por llamarles así a todos y lo curioso es que los cuatro que trabajan allí me responden), así que se pusieron manos a la obra.

Como ya tengo callo en esto de las obras, reparaciones y tal, y ya sé a qué trabajadores hay que vigilar de cerca porque son peligrosísimos y como te descuides te ponen los azulejos del revés y a cuáles no, y estos son de los buenos (o al menos hasta entonces lo eran) les dejé trabajar tranquilos. Y quitaron los azulejos. Y arreglaron el esforcie de la bañera. Y volvieron a colocar los azulejos. Y cobraron. Y se fueron. Y ahí habría puesto el chimpún final si no fuera porque horas después, en cuanto se hizo de noche, Madagascar echó de menos a su gata Toffee y se puso la mar de lastimera. Le dijimos que no se pusiera coplera que seguro que la gata estaba dándose una vuelta por los jardines de alrededor y ahí quedó la cosa hasta más o menos las dos de la madrugada, cuando Kenya me despertó algo alarmada: “Baja, anda, que en la casa hay un poltergeist”.

Con semejante anuncio a mi lo único que me apetecía era meter la cabeza bajo las sábanas pero bajé con ella a ver qué pasaba.

- Oigo unos ruidos rarísimos dentro de la casa pero he mirado y no hay nada.
- ¿Qué tipo de ruidos?
- Pues muy raros, como si alguien quisiera salir de su tumba. Y un niño pequeño llora y dice “mamá”.

No quise hacer comentarios pero tomé nota de que había que quitarle a Kenya la afición a los libros de terror. Inspeccionamos la planta de abajo y efectivamente del cuarto de baño salían unos ruidos extraños. Entramos y en ese momento se escuchó una vocecita lejanísima que decía claramente “mamá”. Kenya me apretó el brazo.

- Igual la casa está construida encima de algún cementerio abandonado, o igual mataron una vez a alguien y le emparedaron en la casa, o...

Se me hizo la luz.

-...O los Carlos han dejado a Toffee emparedada dentro de la bañera.

Nos acercamos a la bañera y efectivamente, en la lejanía se escuchaba maullar a la pobre Toffee, desesperada por que alguien la sacara de allí.

- ¿Y ahora qué hacemos?
- Pues quitar un azulejo para que pueda salir, mujer, no hay otra posibilidad.

Al tercer golpecito contra las junturas de los azulejos entraron JB y Madagascar con cara de sueño. La cara de sueño se les mantuvo agravada por la expresión de alucinados que se les puso cuando, tras conseguir hacer saltar el azulejo salió la gata aspaventada y con ojos de enloquecida sin dejar de maullar como si estuviera poseída. Madagascar la cogió en brazos y me miró con frialdad.

- Y tú querías que estudiáramos para ser emparedadoras de gatos. Tch... tch...

jueves, 8 de mayo de 2008

El hombre de los remordimientos

La primera vez que me besó sabía a limón. Y no hablo metafóricamente. Estaba bebiendo un refresco y la boca se me llenó de su sabor. El hombre de limón. No me sorprendió, pensé que no podía saber a otra cosa, que era en realidad dulce y ácido como un limón con azúcar, refrescante y persistente. Me había atraido desde el principio aunque no me había dado cuenta porque para eso soy bastante torpe. Sabía que me gustaba su compañía, que pasaba con él la mayor parte del tiempo que podía, por puro gusto, y que cuando caminábamos lo hacíamos tan cerca uno del otro que nuestros brazos siempre estaban en contacto y eso me agradaba, pero no fui consciente de cuánto y cómo me gustaba hasta una mañana en la que me olió el cuello y la sangre se me agolpó en el pecho hasta casi dolerme. Me pasé el día con la boca abierta intentando expulsar las docenas de mariposas que parecían haber elegido mi estómago como lugar de paseo, pero no hubo manera. Menos mal que pasamos pronto al sexo porque si no el deseo me habría ahogado de puro tangible que llegó a hacerse. Era uno de los hombres más elegantes que he conocido, uno de los más educados, pero en la cama tenía un punto salvaje e incontrolado que lo hacía aún más excitante. Un día dejó de ser el hombre de limón y se convirtió en el hombre de los remordimientos. Los remordimientos se le instalaron en la conciencia y para apaciguarlos sacrificó unilateralmente el enamoramiento, el deseo, y las tardes de sexo y maravilla. Las mariposas del estómago me provocaron unas náuseas dolorosas. Tuve que esperar meses hasta que murieron, y entonces vomité una masa de amargos cadáveres de alas muertas. No sé si los remordimientos tienen el mismo sabor pero por si acaso no pienso probarlos; se los dejo todos a él.

lunes, 28 de abril de 2008

Balitalia

Umberto y Massimo llevan varios días hablándome de ellas. Yo todavía no las he visto actuar así que no puedo compartir su fascinación pero me hace gracia verles entusiasmados como chiquillos. Por su parte ellos no entienden cómo no corro cada noche a verlas bailar. Este año el festival internacional de folklore de Agrigento cuenta con la participación de varios grupos asiáticos que, además del escenario, han llenado la ciudad de color.
El grupo de India me encanta. Es como una tribu: los músicos son ancianos de aspecto venerable, largas barbas blancas y turbantes de colores vibrantes; hay varias mujeres con pinta de matronas, jaquetonas, desbordantes, que cantan y no pierden de vista a los bailarines, adolescentes elásticos que huelen a aceites aromáticos. Los indios se mueven en grupo y son ruidosos y divertidos; los bailarines ríen mucho y visten colores alegres.
Hay también un grupo de Mongolia, hombres y mujeres curiosos que no hablan con nadie porque nadie más que su traductor les entiende, pero que están prestos a la sonrisa, y que llenan el escenario de máscaras, sedas, e instrumentos exóticos.
A ellas, a las bailarinas balinesas de las que habla todo el mundo, todavía no las he visto bailar pero sí las he visto atravesar en fila las calles de la ciudad, silenciosas, moviéndose como si pisaran nubes en vez de adoquines.

Esta noche la gala se celebra en el valle de los templos. Hace frío. El público se cubre con mantas de viaje. Los bailarines de los distintos grupos hacen calentamientos y cuando terminan su turno se abrigan y se mezclan con el público para ver las demás actuaciones. El último en actuar es el grupo de Bali. Las bailarinas salen al escenario. Se oye un murmullo general y cuando comienzan a danzar se hace un silencio profundo. A mi lado Umberto me lanza miradas fugaces y sonríe. Me sacude suavemente. “Te quedas hipnotizada”. Sonrío sin mirarle. Ciertamente no puedo apartar la vista de esas muñecas diminutas, frágiles, que se mueven con la delicadeza de las mariposas y que son, como ha dicho Massimo unas cuantas veces, las mujeres más femeninas que he visto nunca. Las miro a través del visor de la cámara y por un momento temo no conseguir fijar la imagen de estas criaturas leves.

viernes, 25 de abril de 2008

Insomnio

Se levantó a beber agua y aprovechó para echar una meadita. Volvió a la cama. Eran ya las dos de la madrugada y no conseguía pegar ojo. Había probado todo y seguía despierto. Al otro lado de la puerta las ovejitas balaban dulcemente. Se sintió Ulises y decidió que podía pasar de sirenas. A la luz de la luna se puso a contar las flores del papel pintado de la pared, pero ni por ésas. A las cuatro abrió la puerta y dejó entrar al rebaño pensando que esa vez limpiaría las cagarrutas antes de que se levantara su madre.

miércoles, 23 de abril de 2008

Limones

Antes de llegar a Georgianoi paramos en algo que aquí llamaríamos venta. Yannis, que conoce el sitio, negocia la comida. Hemos tenido suerte: el grupo se cierra con nosotros. Yannis me explica que el dueño hace un menú para un número determinado de comensales y no admite ni uno más. Hoy están asando piernas de cordero y vamos a compartir mesa con un grupo de turistas ingleses. Mientras el cordero termina de hacerse nos sentamos en el patio, a la sombra de una parra. Una mujer nos pone delante una jarra de retsina y un platito con olivas negras y dientes de ajo. Creo que es uno de los peores vinos que he bebido. Las olivas, en cambio, son una delicia. Ignoro los ajos, nunca he podido comerlos crudos; Yannis los devora y me jura que se pasará el resto del día masticando perejil.

Los ingleses entran y antes de sentarse recorren el patio alabando todo con grandes aspavientos. Fotografían cada rama, cada hoja, cada servilleta, los cestillos del pan, los manteles, y parecen entrar en éxtasis cuando ven el huerto de limones. Tras varios minutos de “Oh, my God” y miles de clikcliks fotográficos el guía los pastorea hasta las mesas desde donde continúan mirando arrobados los limoneros. Alguno, en el colmo de la osadía, ha recogido un limón del suelo y lo pone sobre la mesa después de limpiarlo cuidadosamente. Yo los miro con la misma fascinación con la que ellos miran los limones. Me recuerdan a los japoneses que se levantan a las cuatro de la madrugada y viajan dos horas para ver salir el sol sobre los campos de girasoles de Sevilla. El dueño de la venta me mira a mi con curiosidad y cuando nos sirve el cordero me pregunta directamente si no me gusta su huerto. Parece algo ofendido. Le digo que es un huerto magnífico y Yannis le cuenta que tengo varios limoneros en el jardín de mi casa. “¿No inglesa?” Niego con la cabeza. Suelta una risotada, me guiña un ojo y le da a Yannis una palmada en la espalda.

sábado, 19 de abril de 2008

No quieres aves... toma dos huevos (¿me persiguen?)

Lo confieso: yo odiaba los dibujos animados de Heidi. También odiaba a Marco, pero a Marco le odiaba por llorón, por enmadrado, por consentido, por inconsciente, y por tener a un monito como mascota, con la de piojos y bichos que eso tiene. A Heidi la odiaba porque llevaba fenomenal eso de vivir en una cabaña de piedra en la que no había cuarto de baño ni agua caliente y estaba encantada de dormir en el pajar sin importarle ni el frío ni lo molestísimo que es eso que siempre hay ratones, y las pajillas se quedan duras y por la mañana te duelen los huesos, y beber leche de cabra directamente de la teta, sin hervir ni ná, y pasarse el día descalza clavándose piedrecitas en los pies. Además la detestaba por esa vocecilla de pito que tenía. Que independientemente de que no la tragara me sepa las canciones de la serie en japonés (que mis hijas se descojonan cuando se las canto, y pretenden que las cante cuando vienen sus amigos, como si fuera un loro amaestrado, las muy malvadas) es cosa aparte.

Ese mundo idílico de Heidi es totalmente mentira. Se lo digo yo que cuando era pequeña pasaba los veranos en una aldea de las montañas, y no había cuarto de baño ni agua caliente, ni televisión, ni calefacción, ni lavadora, ni teléfono, ni nada, y aunque muchas cosas eran divertidas había otras que resultaban francamente molestas. Por ejemplo, entre las divertidas estaba lo de ir a lavar la ropa al río. La verdad es que lo pienso ahora y eso de pasarte un rato largo arrodillada en una piedra (con un cojín debajo, vale, pero piedra al fin y al cabo) con las manos metidas en un agua que baja del deshielo espantando renacuajos a base de restregar ropa contra una laja (no, no usábamos lavaderas de madera, no, eran de piedra) y luego retorcerla con toda la saña del mundo para sacarle hasta la última gota de agua posible, y acarrear después hasta casa un barreño o un cubo lleno de ropa pesada como un collar de melones, pues como que divertido no lo veo, pero entonces nos parecía lo más de lo más y nos tirábamos media mañana lavando bragas y perdiendo calcetines cauce abajo. Eso estaba entre lo divertido. Entre lo no divertido, pues volver a casa con la única luz de la linternita de petaca pisando boñigas y sapos. O tener que bajar a la cuadra a hacer nuestras necesidades al calor de los animales.

Yo creo que de ahí viene la manía que le tengo a las aves, sobre todo a las aves de corral, aunque no soporto a ninguna. Háganse una idea e imagínense que tienen que hacer pis (comencemos con eso, de momento) agachaditos en una cuadra con poca luz, el suelo de tierra (y cacas de animal) y rodeados de ganado de todo tipo. Como para que no salga el chorrito. Y cuando por fin sale ven que se les acercan las gallinas mirándoles de lado (yo sé que las pobres no pueden mirar de frente porque tienen un ojo a cada lado de la cabeza pero eso no hace que me den menos grima) y haciendo ruidos irreproducibles. Anda que no me he meado yo veces encima por ponerme de pie a toda prisa. Y de otros menesteres no hablemos que se pueden imaginar el grado de estreñimiento que se adquiere solamente de pensar que tienes que tirarte un rato en cuclillas espantando gallinas y demás, y encima sin caerte. ¿A que ustedes no se imaginaban eso cuando veían Heidi? Pues yo sí. De entonces me viene este asco a las aves. A todas, porque como dice Madagascar, puestos a detestar, yo a lo grande. Y por supuesto, como no me gustan, el destino está empeñado en amenazar con meterlas en mi vida a toda costa.

A primeros de semana JB se puso a podar los árboles del jardín, que buena falta les hacía, y volvió con un misterioso tesoro en una bolsa. Mira que podía ser un montón de cosas, yo qué sé, desde un cargamento de limones hasta ramos de lilas, un gatito nuevo (no sería la primera vez), e incluso un frasco de perfume para mí, yo qué sé, pero no, antes de abrirlo yo sabía lo que era.

-No habrás traido un nido.

Se le puso carita de culpable.

-Y encima tendrá hasta huevos.

La culpabilidad le chorreaba ya por todos los poros de la piel, rivalizando en intensidad con el entusiasmo, así que abrió la bolsa y sacó el nido. Muy bonito, tengo que reconocerlo, era un nido perfecto, y por supuesto estaba habitado por tres huevos de color azul turquesa con pintitas marroncillos. Yo sé que las miradas entre gélidas y de asco que les dedicamos no coincidían ni medio con los gritos de júbilo y desbordada ilusión que esperaba JB, pero es que no podía.

-¿No os gustan?
-Emmm... son preciosos, sí, es un azul turquesa francamente bonito.
-Además están llenos, mira, porque pesan.

Ahí no pude menos que visualizar a los embriones a medio hacer y recordar a los vietnamitas comiendo embrión de pato y como dice Bruno “por casi gomito”. La cara de asco debió ser memorable. Lo sé porque ví las de Kenya y Madagascar, que debieron tener un hilo de pensamiento similar al mío. Bruno sopesaba los huevos a ver qué pollo era más gordo, y se los quité porque corrían grave riesgo de rotura y lo único que me faltaba era el cadáver de un pollo a medio desarrollar por el suelo. Puaj.

Ante nuestra reacción cualquiera se habría desinflado, pero estamos hablando de JB, inasequible al desaliento y que dispone de una capacidad de entusiasmo que alcanza límites insospechados. Él en lugar de retirarse cabizbajo a su rincón, se puso a explicarnos lo bonito que iba a ser cuando los minipollos abrieran el cascarón y les viéramos salir y piar de contento. Su discurso se enfrió levemente cuando yo le dije, con toda la frialdad de la que fui capaz, que entendía que él quisiera que los pajaritos que tiene en la cabeza tuvieran nuevos amiguitos con los que jugar pero que si uno solo de esos pollos conseguía nacer no contara conmigo para masticarle lombrices y regurgitárselas después amorosamente en el piquito. Kenya y Madagascar dijeron que ellas tampoco se apuntaban, y Bruno, después de preguntar qué quería decir regurgitar dijo que contáramos con él para coger lombrices pero que no pensaba masticarlas ni nada. JB nos miró con cara de ofendido.

-Sois unas... unas... unas... ahora mismo no me sale nada, pero me habéis desilusionado. Yo pensé que os iban a encantar los huevos.
-A mí me gustan los huevos. Oye, ¿con esto salen tortillas azules?

Bruno no tiene pajaritos en la cabeza pero derrapa mentalmente que da gusto. JB ni siquiera consideró contestarle.

-Pues que sepáis que voy a poner el nido encima del radiador y que los pajaritos van a salir. Y los voy a criar. Y vendrán a comer de mi mano.
-¿Y cómo los vas a llamar?

Madagascar, una vez superada la etapa repugnante de bichos sin plumas, estaba francamente interesada en los pollos. JB aprovechó el resquicio.

-No sé. ¿Por qué no le ponéis nombre cada uno a un huevo?

Kenya aprovechó para soltar un golpe bajo.

-Vale. El mío se llama Cadáver porque seguro que están ya todos muertos.
-¡Ah! Pues entonces el mío que se llame Carroña.

Sólo quedaba Bruno. La mirada furibunda de JB cambió al verle la carita.

-Pues el mío se llama Vivito, y va a ser un pájaro precioso, de colores, y cantará y vendrá a todos lados conmigo.
-¿Pero no eran mirlos negros de esos asquerosos?- Susurró Madagascar justo antes de ganarse un codazo mío.

Y ahí quedó el nido, sobre el radiador y envuelto en una toalla. La mañana siguiente estoy terminando de desayunar cuando veo a Madagascar salir de su habitación en pijama con los pelos tiesos (como siempre) y carita de asombro.

-Buenos días. ¿Qué te pasa?
-Que he abierto los ojos y estoy oyendo cantar pajaritos, y... ¿han salido ya o qué?

Muerta de risa le di la vuelta y la puse mirando a la ventana. Le dio la risa también a ella.

-¡Aaaaaaah! Que son los pájaros normales, los de todas las mañanas...

Han pasado ya varios días desde que JB trajera el nido y esta mañana lo hemos visto moverse levemente (al nido, que JB se mueve con mucho brío, nada de levemente). Como salgan los pollos me voy de casa.

viernes, 11 de abril de 2008

Astenia primaveral

Me la habrán notado. Me doy vacaciones una semana a ver si me quito la tontera.

sábado, 5 de abril de 2008

Cucurrucucú

La primera vez que Kenya fue de excursión con el colegio tenía 6 años. Los llevaron al centro de la ciudad, a ver la casa natal del pintor local (aquí todo gira en torno a él) y cuando volvieron la profesora estaba a punto de tener un ataque de nervios. Resulta que al terminar la visita había dejado a los chiquillos jugar un rato en la plaza (frente a la casa natal del pintor local en torno al cual gira la vida de la ciudad) y al ir a subir al autobús para volver al pueblo se dio cuenta de que todos los niños (y me refiero a niños macho, las niñas hembra no) llevaban bajo el brazo una paloma. Teniendo en cuenta que las palomas de esta ciudad son listas y taimadas como un lobo acosado por espíritus de vampiro en celo (ya, es que no se me ocurría qué podía acosar tanto a un lobo como para volverle taimado al nivel de los rapaces estos) ya tenía mérito que las hubieran atrapado. Alguno, incluso, llevaba dos. Al preguntarles qué narices hacían con las palomas, uno de ellos dijo que su madre las preparaba con arroz y que estaban bien ricas. Por supuesto le costó un rato largo y una batería de gritos conseguir que las palomas volvieran a ser libres y pudieran continuar destrozando los edificios, las estatuas, y la ropa de los viandantes a base de cagarrutas descontroladas.

La verdad es que cuando a mi me lo contó me pareció que exageraba un poco. Bien es cierto que ella acababa de bajar del autobús y estaba histérica perdida, y que yo llevaba un buen rato en el bar esperando a que llegaran, pero aun así me pareció que estaba echando un poco las patas por alto porque vamos a ver, qué mal habían hecho los vandalitos aquellos en capturar unas cuantas presas para echar al puchero. Al fin y al cabo ahí se veía que tenían madera de machos, de cazadores, de sostén familiar, de… vale, de brutísimos. Pero también es cierto que palomas hay un ciento en cada esquina, y que tampoco pasa nada por aligerar un poco la población aviar de la zona. Aunque sea para comerlas con arroz, que no lo he probado nunca (me da un poco de reparo, tengo que confesarlo) pero todo el mundo dice que está rico. Yo detesto las palomas, vivas o muertas. Bueno, vivas más.

Hace un par de semanas estaba tomando el té en el jardín con Rosamari cuando llegó Cristo y se nos unió. Estaban los dos encantados de conocerse, Rosamari porque era la primera vez que conocía a un lugareño nudista, y Cristo porque es más sociable que la mar y le encanta conocer gente nueva. Y si esa gente nueva es negra, inglesa de Jamaica, y solamente habla inglés pues mejor porque así practica el idioma. Es que no había dicho que Rosamari es una alumna de JB y en realidad se llama Rose Marie, es negra, inglesa de Jamaica, y etc. etc. etc. Así que allí estábamos los tres tomando el sol y el té tan ricamente. Cristo y Rosamari charlaban (o lo intentaban) y yo miraba las palmeras del jardín de las cuales salían unos “cucurrucucúes” la mar de mosqueantes, para mí, claro. Cristo siguió la dirección de mi mirada.

- ¿Contemplando las palomas?
- Ajá.
- Son preciosas, ¿eh?
- ¿Tú sabes cómo podría cargármelas a todas?
- ¡Joder, Gin, no seas cafre!

Cristo me miraba como si hubiera dicho que quería asarles a él y a Rosamari y comérmelos de a poquito.

- Me tienen harta, Cristo, me tienen harta. Hoy he tenido que lavar las toallas dos veces porque las tiendo y las cagan enteritas. Me dan un aaaaaasco. Y todo el día haciendo “rruuuuuuruuuuuuruuuu”. Son desagradables como ellas solas.
- ¿What?

Rosamari es que no se entera de nada de español, y eso que lleva ya tiempo aquí.

- Pidgeons. Disgusting.

Kenya al principio se dedicaba con entusiasmo a la tarea de traducir fielmente todo lo que hablábamos en español pero ya empieza a estar un poco hasta el moñete y traduce tipo Tarzán. Miedo me da pensar qué hará dentro de una semana o dos. Igual se dedica a hacer señas.

- Mi madre hacía un pastel de paloma delicioso.

Yo creí que había oído mal pero cuando Kenya dijo “pero qué asco, por Dios”, y ví brillar los ojitos de Rosamari así como con aire golosito me di cuenta de que no, que la cocina inglesa era todavía más repugnante de lo que yo pensaba y que si se la dábamos bien muerta aquella mujer era capaz de hacernos un pastel con la paloma.

- ¡Ah, pues estará rico! ¿Te acuerdas de aquel arroz con pechuguitas de gorrión que nos hizo Juani el bombero, Gin?

Cristo a veces tiene la extraña capacidad de sacar a relucir aquellos temas que yo querría que quedaran bien enterrados en el subconsciente colectivo. El arroz con pechuguitas de gorrión era uno de ellos. Bien es cierto que estaba estupendo pero recuerdo que al principio estaba intrigadísima por saber de dónde habría sacado el bombero pollos tan diminutos. Cuando nos dijo que se trataba de gorriones y que se había pasado todo el día anterior limpiándolos para dejar las pechuguitas nada más me imaginé la pila de gorriones muertos y despechugados (literalmente) y me entró un mal rollo que no pude seguir comiendo. Vaya, aquello solamente fue comparable al día que Claudia la colombiana nos invitó a comer y cuando llevábamos ya medio plato comido nos preguntó si nos gustaba la lengua. En ese mismo momento terminó la comida. Y es que somos unos prejuiciosos, vale, pero por mucho que me intente mentalizar lo de zamparme un puñao de pajaritos no termina de convencerme nada de nada. Y de las lenguas de criaturas muertas ni hablemos.

Iba a fulminar a Cristo con la mirada pero afortunadamente él y Rosamari se enredaron a discutir sobre gastronomía y me dejaron tranquila para pensar en la manera de desarraigar a las palomas de las palmeras. De pronto se me ocurrió.

- ¡El nido! Si les quitamos el nido se irán de ahí.

Era tan fácil que no sabía cómo no se me había ocurrido antes. Lo que no parecía tan fácil era cómo subir a lo alto de la palmera (son doce metros) esquivando picotazos (eh, que yo he visto “Los pájaros”) localizar un nido, hacerlo añicos, y bajar sana, salva, y triunfal, al jardín. Pero bueno, pensé que la cosa no iba mal. De momento había dado con la solución. Otro día me dedicaría a pensar cómo ejecutarla.

Y la solución parecieron aportarla las mismas palomas. Dos días después volvía del pueblo en coche con Madagascar cuando vimos dos palomas caminando por la carretera.

- ¡Vas a atropellar una paloma! ¡Gira el volante!¡Esquívala!

A veces Madagascar se cree que soy Lara Croft y que estamos en una autopista y se olvida de que por la calle no cabe más que coche y medio (el otro medio suele estar retrepado en la acera bien aparcadito).

- No digas bobadas, Madagascar, a ver si te crees que las palomas son tontas. Cómo voy a atrop…

¡CHOF, CHOF! No pude terminar la frase. Por el retrovisor vi el cadáver espachurrado de la paloma.

- ¿La has atropellado?
- Mmm… creo que sí.
- ¡La ha reventao entera! ¡Está la carretera llena de tripas y de sangre!

Bruno estaba entusiasmado; se había salido de la silla del coche para mirar por el cristal trasero. A veces no sé de dónde salen estos niños.

Durante la comida Bruno contó el atropello. “Se trata de una acción vituperable que deploro de veras” dijo JB, y se quedó tan pancho. Yo empiezo a cuestionarme seriamente lo de impedirle ver películas de romanos, que luego nos suelta cosas así y terminamos hablando todos que parecemos Judá Ben Hur y el colega aquel de la cuádriga tuneada de negro. Kenya, por cortesía del canal Odisea (de verdad que durante esa comida estuve tentada de borrarme del Digital para siempre) nos explicó que las palomas son monógamas y que si un miembro de la pareja muere el otro se deja morir porque no soporta vivir sin su pareja. “Estupendo” dije fríamente “a ver si se muere pronto y puedo tender la ropa en paz de una vez”. El tono fue lo suficientemente lúgubre como para que nadie continuara hablando del tema.

Y la cosa parecía funcionar. Durante un par de días la paloma superviviente se lanzaba entre las ruedas del coche cada vez que me veía aparecer por la calle, en plan kamikaze. Hay que decir que ella era una kamikaze muy torpe y yo una asesina fatal porque ninguna de las dos conseguimos nuestro objetivo y la paloma siguió vivita y coleante. Al final, aburrida de intentar suicidarse sin éxito, la paloma dejó de atacar mis ruedas y se fue. Y yo me quedé tan contenta.

Hasta hoy, que al tender la ropa con Kenya hemos oído unos “currucucúes” de lo más familiar y al mirar he visto que la paloma ha vuelto ¡con otra pareja! He mirado a Kenya de modo acusador, claro. “Con que fieles hasta la muerte, ¿eh?”, y se ha inflado a reir. Llevo todo el día buscando el tirachinas.

jueves, 3 de abril de 2008

Un mal momento

"¡Dios mío, qué mala suerte! Otra pérdida más. Soy una desgraciada. Nada me sale bien. Cada vez que intento hacer algo, sea lo que sea, lo fastidio. Si no soy capaz de hacer bien una cosa insignificante, algo cotidiano, cómo voy a poder llevar adelante mi vida. Nunca seré nadie; siempre un cero a la izquierda. ¡Ay, Dios! Miro y solamente veo un abismo. Esto es siempre mi vida: un abismo en el que solamente hay pérdidas desastrosas y… "

(Ding-Dong)

- Hola, soy la vecina del bajo; te traigo una toalla. Se te acaba de caer al recoger la ropa.

martes, 1 de abril de 2008

Donegal

Me levanto temprano. Hace mucho frío en la cocina. Declan ha ido a comprar pan para desayunar. Me ducho y preparo café mientras le espero. Siempre madruga más que yo. Por muy temprano que me levante él lo ha hecho antes. Se levanta, se ducha con agua fría, incluso en invierno, y desaparece un par de horas. Luego vuelve trayendo pan o bollos recién hechos para el desayuno. Nunca le he preguntado dónde va y qué hace en esas horas. No sé si se dedica a pasear, si reza, si corre por el campo, o si hace meditación. No lo sé y no me importa. No me importa siempre, sólo cuando creo que a veces sería bueno para él que yo lo supiera. Pero de eso no estoy segura.

Llueve. Hoy, ahora, toca esa lluvia blanda y fina que engaña haciendo que parezca que las gotas se limitan a flotar en el ambiente, y que hace que terminemos calados hasta los huesos. Declan entra y sacude la cabeza esparciendo agua por la cocina. Trae pan caliente y el periódico. Cuando terminamos de desayunar yo leo el periódico mientras él recoge la cocina en silencio, sin molestarme. Sólo después de haber desayunado, después de haber echado un vistazo al periódico, hablamos y decidimos qué vamos a hacer cada día. Es una rutina que establecimos el año pasado sin darnos cuenta. Entonces trabajábamos juntos. Este año compartimos las vacaciones pero seguimos manteniendo ciertos hábitos que facilitan nuestra convivencia. El año pasado yo le explicaba qué buscaba, qué necesitaba, con quién quería hablar, y él decidía la manera de hacerlo. Este año hacemos algo parecido: él me pregunta qué me gustaría ver, dónde me gustaría ir, y él decide cómo y dónde.

Viajamos en su coche. Es una furgoneta grande y alta. Está preparada para poder dormir en ella en caso necesario pero preferimos las granjas y los bed and breakfast. Hasta ahora no hemos tenido problemas de alojamiento. En esta zona no hay casi turistas y en todos los pueblos se pueden alquilar habitaciones para unos días. Hoy no ha preguntado qué quería hacer, vamos a ver Downings Bay y luego subiremos hacia el norte, hacia Sheep Haven. Como es habitual aquí, en cuestión de minutos deja de llover y sale el sol, un sol tibio pero brillante, que no calienta pero ilumina los prados verdes y hace que el cielo se vea profundamente azul. Disfrutamos el buen tiempo y aprovecho que Declan conoce perfectamente la zona. Le dejo hacer, voy donde quiere y veo lo que me muestra, relajada, confiada, tanto que el día se me pasa volando. Me dice que vamos a recorrer Donegal un par de días y luego iremos hacia el Este, a Londonderry. No me dice más y yo no le pregunto. Sé quién es Declan, sé lo que ha hecho y lo que calla. Lo sé y nunca le he dicho si me importa o no me importa; no le juzgo y él lo agradece. Tampoco él me juzga a mí.

martes, 25 de marzo de 2008

La noche del cometa

Rafael viene a recogerme. No hace mucho frío pero llevo unas mantas de viaje porque es temprano y de madrugada refrescará. Al ponerlas en el asiento de atrás del coche veo saco de dormir: Rafael ha pensado lo mismo. Yo traigo, además, una mochila pequeña con un termo de té dulce y galletas. Enciendo el equipo de música y suena Serrat. Sonreímos. “¿Pero es que tus hermanos sólo escuchan a Serrat?” El coche es de los hermanos de Rafael, los pequeños, los gemelos. Tienen sólo dos años menos que yo, y estudian en mi facultad; ellos casi empiezan y yo ya termino. A veces me los cruzo por las escaleras. Entonces nos miramos y nos saludamos con una inclinación de cabeza. Nunca hemos hablado pero sabemos quiénes somos porque nos hemos visto en fotografías en casa de Rafael. Los fines de semana salen de bares, a beber, y le prestan el coche a su hermano mayor, el artista, el bohemio. Y nosotros salimos por los pueblos, vemos montes, comemos en sitios desconocidos y tomamos café viendo a los viejos jugar al dominó y al mus en bares en los que no entran turistas. Por las noches, en invierno, recorremos las calles de Madrid hasta que nos hartamos, aparcamos el coche y buscamos algún sitio acogedor en el que seguir conversando o escuchando buena música.

Esta noche es diferente. Salimos de Madrid en dirección a Navacerrada. Subimos el puerto. A Rafael, que no suele venir por aquí, le sorprende la cantidad de tráfico que hay a estas horas. Conduce despacio dejándose adelantar por todos. Nosotros no vamos a ningún sitio en concreto, nadie nos espera, no tenemos que estar en ningún lado a ninguna hora así que podemos permitirnos el lujo de ir despacio, disfrutando el camino. El puerto está lleno de coches. Hay de todo: parejas que quieren pasar una noche especialmente romántica, grupos de amigos que han venido a ver el prodigio, familias con niños excitados por la novedad es estar fuera de casa a estas horas. Aparcamos y durante un rato miramos el cielo, como todos, hasta que decidimos buscar otro observatorio con menos gente.

Bajamos el puerto y nos perdemos por una carretera local hasta llegar a una pequeña explanada. Conozco el sitio. Estamos en Cercedilla. Le cuento a Rafael que aquí es donde se organizan por San Juan las Enramadas del pueblo. Hoy no hay nadie. Aparcamos, cogemos las mantas, el saco de dormir y la mochila, y avanzamos a pie unos metros por un caminillo. Nos sentamos sobre una manta y nos abrigamos con la otra y con el saco. Bebemos té caliente y nos comemos las galletas mirando al cielo. Conversamos, nos gusta hacerlo, pero durante el momento mágico, sin ponernos de acuerdo, nos callamos los dos y nos perdemos mirando las estrellas, las señales del Halley que pasa. Dicen que el de este año no es el avistamiento más espectacular. A mí me parece una maravilla.

martes, 18 de marzo de 2008

Cuidado con lo que deseas...

Quería una tarta perfecta para una boda perfecta así que buscó por todo el país hasta que encontró a los pasteleros capaces de convertir sus fantasías en chocolate, y les explicó qué quería. El día de la boda todo fue perfecto, como había soñado. El vestido causó sensación, la ceremonia hizo llorar a madres y amigas, y la comida satisfizo a todos. Cuando apareció la tarta se quedaron sin habla. Se trataba de una perfecta reproducción en miniatura del Taj Mahal realizada en mazapán y chocolate. Era tan perfecta que no quisieron ni cortarla. De postre comieron frutas de temporada.

domingo, 16 de marzo de 2008

... al que no estrena se le caen las manos

Cuando era pequeña me daba bastante miedo el Domingo de Ramos (me daba miedo casi todo, la verdad, pero me reconocerán que lo de temer el Domingo de Ramos como si fuera un viernes trece o el día del cumpleaños de Chucky se sale de lo común). Por un lado me encantaba porque solíamos pasarlo en Alicante y nos compraban unas palmas trenzadas tan bonitas que las conservábamos el resto del año hasta que terminaban, negras y churretosas perdidas, en el cubo de la basura. Las palmas no me daban miedo más allá de que acabáramos ensartándonos un ojo con alguno de los remates o que acabara tragándome las borlas trenzadas que les colgaban por todos lados. Lo que me daba miedo era el dicho que durante la semana anterior escuchábamos a todas las abuelas: Domingo de Ramos, al que no estrena se le caen las manos. Las abuelas soltaban semejante barbaridad y sonreían, las jodías, como si hubieran dicho sojosnegrostienesmorena. Ya, ya. Ya sé que eso es como las cadenas que recibimos por mail amenazándonos con no volver a comer jamón en la vida si no reenviamos una carta tristísima en la que una niñita que se pilló un dedito con un cascanueces agoniza gangrenosa perdida en un hospital de la alta Mongolia esperando que el reenvío masivo de la carta obre el milagro de devolverle los siete dedos que le llevan ya amputados. Pues lo mismo, con la diferencia de que a estas alturas de vida los mails no los reenvío ni borracha (hombre, borracha es que ni atino con la tecla para conectarme a la intesné) pero con ocho y nueve años yo no me creía lo de las manos pero por si acaso procuraba estrenar algo ese día, así que procuraba reservar algunos calcetines nuevos o alguna braga. Las bragas eran mucho más efectivas porque siempre cabía la posibilidad de que el Domingo de Ramos amaneciera un día soleado de morirse, de esos en los que o te pones sandalias o terminas con los datilillos cocidos, y luego me tirase el día entero temiéndome que con cualquier gesto me saliera una mano volando como si fuera una leprosa de Molokai. Con las bragas no había problema porque hiciera el tiempo que hiciera siempre las llevaba del mismo estilo.

Esta mañana, después de desayunar, he preparado la ropa que me iba a poner hoy cuidándome muy mucho de sacar unas braguitas negras recién compradas (por si acaso) y libre de todo peligro me dedicaba a sacar del cubo la bosa destinada a la basura orgánica (hago más apartadijos con la basura que con la ropa que voy a meter en la lavadora, y no sé para qué si luego lo echamos todo en el único contenedor de basura que hay al final de la torrentera) cuando he notado un "cruijj" así por la cartuchera izquierda y me he quedado doblada por la mitad. Kenya, ocupada en sacar del cubo correspondiente otra de las bolsas de basura, me ha mirado, ha soltado una carcajada y ha dicho algo así como "estás vieja". Le he lanzado mi mirada más asesina aprovechando que a veces rivalizo en mirada periférica con el camaleón Currito, y se le ha helado la carcajada antes de terminarla. "Em... que va a ser verdad y todo".

Y era verdad, claro que era verdad, que me había quedado doblada por la mitad de mala manera sin poder enderezarme mientras no dejaba de visualizar las braguitas negras esperándome sobre la cama y sin parar de pensar: "tenía que haberme duchado y vestido nada más levantarme; esto ha sido por no haber estrenado nada".

En resumiendas cuentas (como decía un becario que tuve, más brutillo que un arado el pobre pero que en cumplimiento del principio de píter llegará lejos), que aquí estoy, después de varios ibuprofenos, dos masajes con flogoprofén, y un calmante cuyo nombre no sé ni pronunciar, aburrida perdida y con la cartuchera izquierda doliéndome sin parar me ponga como me ponga. Así que no sé si estos días me verán aparecer por aquí pero si aparezco y el resultado es una mezcla de surrealismo y mala leche, a mí no me echen la culpa, pío pío que yo no he sido, que la culpa es de la cartuchera, que ha decidido tener sensibilidad propia y hacerse valer. Y háganme caso: el año que viene estrenen algo, aunque sea una gomilla del pelo.

jueves, 13 de marzo de 2008

Noordwijk

Cuentan las crónicas que hace dos mil años los hombres más altos procedían
de los Países Bajos y eran reclutados por el imperio romano como guardias
especiales al servicio del emperador. Hoy, los holandeses siguen siendo
altos, tanto que según me explica Aafke la KLM ha modificado las medidas de
los asientos en los aviones para adecuarlos a las necesidades de su
población. Aafke me lo cuenta con una media sonrisa mientras yo miro con
algo de asombro a Silvio y a Fernando, quienes se van haciendo más grandes a medida que se aproximan a nosotras. Cuando llegan hasta nuestra mesa les doy la mano y me quedo sentada para evitar el contraste. Sé que es inevitable y que dentro de un rato tendré que caminar, no "codo con codo" sino casi "hombro con cadera", junto a estos dos hombres que superan los dos metros, pero prefiero que ese momento llegue más tarde. Miro alrededor y me doy cuenta de que soy la única que les ha mirado con sorpresa porque soy la única extranjera del bar. Silvio y Fernando trabajan en la universidad; su departamento se dedica a hacer estudios para continuar ganando tierras al mar, y mejorar el afianzamiento del terreno y su aprovechamiento agrícola. Nos hablan de los distintos tipos de cultivo, de las semillas y su tratamiento, de las mareas, y de la constante amenaza que supone el mar. Estamos sentados en una mesa en la calle, y aunque estamos en julio sopla un viento frío que amenaza con tirar las sombrillas incluso cerradas como están. Escucho a Fernando hablar del terrible mar, de este Mar del Norte que nos ofrece sus aguas grises y opacas como si fuera en realidad mercurio, y por un momento puedo imaginar las batallas que ha acogido, los monstruos con que los hombres lo han poblado, y las duras luchas que han mantenido contra él. Mirándolo entiendo también la fascinación que despierta incluso así, o sobre todo así, desafiante, bravío, magnético. Y comprendo entonces que sólo unos gigantes son capaces de medirse con él, ganarle, y mantenerlo a raya.

martes, 11 de marzo de 2008

Civilización

El fin del mundo llegó anunciándose mediante un amenazante rumor lejano que se fue acercando hasta convertirse en un rugido ensordecedor que anulaba cualquier sonido excepto unos gritos despiadados mediante los cuales los demonios determinaban la posición de sus víctimas y celebraban su inmolación mientras extendían a su alrededor el hedor de la podredumbre humana. Las paredes y el suelo vibraron. De pronto todo cesó; los demonios se alejaron llevándose aquel infierno. Sin abrir los ojos, comprendió que su denuncia no había prosperado y que el camión de la basura seguía pasando, como siempre, a las cinco de la mañana.

jueves, 6 de marzo de 2008

Burgas

Viajamos bordeando montes por una carretera que hace poco más de una hora
dejó de serlo para convertirse en un carril de tierra. Vamos despacio y
tenemos las ventanillas cerradas para evitar la polvareda que levanta la
camioneta que llevamos delante, así que el calor empieza a ser agobiante.
Cuando Todor ve coches aparcados a ambos lados del camino se detiene y
estaciona él también. Sacamos un par de mochilas; desde allí hasta la
explanada de la romería nos toca ir andando pero la caminata merece la pena
aunque solamente sea para disfrutar del ambiente. Por todos lados hay
familias enteras vestidas con trajes tradicionales y cargadas con bolsas
enormes llenas de comida y mantas para sentarse en la hierba. Algunos montan caballos cubiertos con cintas de colores de la cabeza a la cola pero la
mayoría vienen en camioncitos y furgonetas destartaladas, e incluso en carros, también adornados con cintas y flores, y tirados por bueyes de
cuernos enormes.

Según nos vamos acercando a la explanada aumentan los puestecillos de dulces, fruta y limonada fría. De uno de ellos sale un olorcillo familiar a churros. Me acerco y veo que venden una especie de masas fritas que luego recubren de azúcar. Compramos unas cuantas, que nos entregan en un papel de periódico, y las comemos mientras observamos. Pacientemente, Todor responde a todas mis preguntas, riendo ruidosamente con alguna de ellas. Me cuenta el origen de la romería y la razón de que se celebre aquí, en un sitio aparentemente alejado de todo excepto de la frontera turca, que está a poco menos de cien metros y me explica que la mayoría de los asistentes a la fiesta viven en aldeas vecinas pero que son todos búlgaros; no hay ningún turco. Sonrío. Sé que en eso búlgaros y griegos son iguales: detestan a los turcos.

Por todos lados escuchamos música hecha con instrumentos tradicionales: acordeones, gaitas, flautas, y tambores. Sorprendentemente escuchamos también una trompeta. Nos acercamos y creo retroceder en el tiempo. Es como estar viendo de nuevo al Circo Rubí, a los gitanos que acampaban en el descampado frente a mi casa y se pasaban el día ensayando sus números, sólo que esta vez la estrella del circo no es una cabra que sube y baja escaleras sino varios perrillos y un oso pardo que baila al son de la trompeta. El oso está sujeto por una cadenita que le cuelga de una argolla que lleva en la nariz. Su cuidador me ofrece la cadena para que haga bailar al oso y lo hago con un cierto temor. El oso se deja llevar dócilmente. Cuando el número termina su cuidador le acerca un cubo de plástico lleno de cerveza. La gente se dispersa y Todor y yo nos quedamos a conversar. En el circo trabajan cuatro generaciones de la misma familia. Mientras ellos hablan miro al oso, que ha terminado la cerveza y está tumbado a nuestros pies, y le acaricio. “Es un oso precioso; se nota que es búlgaro” le digo provocándole. Él sonríe. “Es un oso especial. Hace dos días era turco. La semana que viene será griego. Es especial. Como yo.”

miércoles, 5 de marzo de 2008

Buscavidas

Durante un tiempo, mientras estudiaba en la facultad, tuve una especie de “complejo de cigarra”, que no sé si existe o no pero que si no existe debería y por si acaso no existía no importa que ya lo he inventado yo. La culpa de mi complejo no era mía sino de mis compañeros, que se dividían en tres grupos: los que querían ser Miguel de la Quadra Salcedo (uno lo consiguió), los que querían ser Pérez Reverte, y los que querían ser José María García. También estaban los que no sabían lo que querían ser pero pensaban que al salir de allí conseguirían ser algo, pero esos andaban siempre muy perdidos y ni hostilizaban ni nada.

A mí me acomplejaban los que sabían a quién querían parecerse porque estaban todos poseídos por un extraño frenesí profesional y parecían rivalizar en a ver cuál de ellos hacía más prácticas laborales. Claro, como no había mercado para todos al final terminaban pasándose los veranos escribiendo sucesos en el periódico comarcal de su zona o pinchando discos de madrugada en las radios más perdidas de la España rural. Yo no le ví nunca mucho color a aquello y preferí dedicar mis ratos libres a cosas mucho más lúdicas (bueno, también di rienda suelta a la esquizofrenia lingüística y correteaba del Instituto Británico a la Asociación España URSS a ver qué aprendía) como la música y el baile, con lo que me gané unas cuantas miradas descalificadoras por parte de mis compañeros, miradas que recogí y convertí en el “complejo de cigarra” del que hablaba antes.

Menos mal que lo de ir de sufridora y de víctima me aburre casi tanto como llorar y tardé menos de dos días y medio en recordar a Freud (“todo complejo es una mentira”) y quitarme el problema de encima. Total, si luego salimos de la facultad todos igual de cruditos y al final resultó que mis horas y noches de faranduleo me fueron más útiles que todas las prácticas en redacción del mundo, porque uno de los primeros sitios en los que trabajé fue una revista de arte donde se juntaba la fauna más rara del mundo mundial (y mira que entonces había gente rara en Madrid), como Luis “el engrasador”.

“El engrasador” venía a ser algo así como el chico para todo, o sea, que lo mismo te recogía un paquete en un museo que descargaba cajas de folios, o nos servía de conductor cuando teníamos que ir fuera de la ciudad. Yo reconozco que me divertía muchísimo ir con él, sobre todo porque al ser una revista de arte “el engrasador” estaba normalmente fuera de lugar y dejaba al personal de museos y galerías de arte ojipláticos perdidos. Lo de “el engrasador” venía de sus otros trabajos. Y es que Luis era el mejor buscavidas que me he topado jamás, y una de sus ocupaciones era recorrerse los comercios ofreciéndose para engrasar los cierres de los escaparates. Y colaba. Que se sacaba un dinerito, vaya. Luego, cuando había terminado de engrasar lo que se pusiera por delante, se recorría los bares y restaurantes vendiendo rosas. Ahora todo pichigato vende rosas pero entonces aquello no lo hacía casi nadie, y menos tipos de metro ochenta con la nariz rota y pinta de gladiadores. Era un peligro porque cuando me lo encontraba en algún local por la noche se ponía contentísimo y se sentaba en mi mesa a tomarse algo ante el pasmo de quien estuviera conmigo. A mí me encanta la gente que se las ingenia así de bien.

La otra tarde H. y yo decidimos aprovechar esta especie de pre-primavera que se nos ha venido encima y nos fuimos a comer a la playa, al griego. Estábamos digiriendo al solecito una de las mejores moussakas que he comido los últimos cinco años cuando se acercaron dos potos gigantes y una schefflera. A mí lo que me extrañó no fue que las plantas caminaran porque a pesar del ouzo ya me había imaginado que llevaban detrás dos señores sujetándolas; a mí me extrañó que las hubieran sacado a la calle en un día tan soleadito, porque aquí lo que se estila es sacar las plantas a la calle en cuanto caen cuatro gotas, que fue una de las cosas que más me chocaron cuando llegué aquí (tengan en cuenta que yo venía de un sitio sin problemas de agua y me hacía mucha gracia eso de que las macetas aparecieran con la lluvia, como los caracoles; bueno, me hizo gracia hasta que un día casi me caigo de morros porque me habían puesto un macetón de pilistras en la puerta).

Las macetas, y sus correspondientes porteadores, entraron en el local y salieron a los pocos minutos. Y no les eché mayor cuenta hasta que decidimos irnos a tomar una copa a otro sitio y volvimos a ver el jardín andante, esta vez de un lado para otro. Aquello era como un sketch de Benny Hill, plantas p’arriba, plantas p’abajo, plantas entrando en un local, plantas entrando en otro. Es que sólo faltaba la musiquilla. Además, como eran macetones enormes los porteadores veían poco y mal así que entre eso y que debían pesar como dos burros muertos, iban los pobres resoplando, tropezando con todo lo que se les ponía por delante, y sudando la gota gorda. Ya estaba intrigadísima.

- Jo, qué trabajo más cansado, repartir macetones.

H., que estaba cómodamente recostadito en su sillón, y tomando el sol con los ojitos entrecerrados, los abrió y echó una miradita rápida.

- Como me digas que quieres una la vas a llevar tú, aviso.

Se me conectaron todas las neuronas y no se me hizo la luz: fue como si cortilandia entero se me hubiera encendido en el cerebro.

- No me irás a decir que las venden.

H. movió la cabeza divertido.

- ¿Que las venden por los locales? ¿Como las chinas que van vendiendo rosas por los restaurantes? - (es que últimamente todas las que venden rosas por las noches son chinas, con lo que ni entiendes el precio ni ellas te entienden lo que preguntas ni ná) – Venga ya, hombre, si son macetones enormes, eso cómo va a ser, quién va a comprarse un macetón por la calle, con lo que pesan, con lo que abultan, menuda barbaridad, a quién se le ocurre pensar que va a sacar pasta así.

H. se había incorporado y asentía muerto de risa. En la acera de enfrente los potos y la schefflera se cruzaban con una familia. En menos de dos minutos, y tras un regateo rapidísimo, los potos habían cambiado de porteadores y se alejaban paseo abajo. Durante un rato nos estuvimos riendo del tema. Cuando volví a casa me encontré a JB la mar de contento.

- He bajado al pueblo a por tabaco y mira lo que he comprado en la calle. Baratísima, oye, y no he tenido ni que ir al vivero ni nada.

La schefflera, más alta que yo, ocupaba una de las esquinas del comedor.

lunes, 3 de marzo de 2008

Extraña Europa

Querida Min, no te he escrito antes para no entristecerte. Hasta ahora lo he pasado mal. Aquí todo es diferente y extraño: las casas, los vestidos, las costumbres y, ¡ay!, la comida. No consigo acostumbrarme a beber leche. Tampoco encuentro sabor a los guisos. Estos occidentales comen cosas rarísimas. ¿Te puedes creer que los Polo tienen cinco perros pero no piensan comérselos? Anoche, cuando iba a decirle que quería regresar, Marco me sorprendió con un tazón de olor familiar, reconfortante. Es increíble pero estos bárbaros preparan buen té, así que haré otro intento por aclimatarme antes de volver a China.