Érase hace muchos, muchos años (muchos pero no tantos, arpías) que existía una época del año maravillosa llamada “vacaciones de verano” que comenzaba un día que tu madre empezaba a sacar de un cajón bañadores y ropa del año anterior para que te la probaras. Como todos los años habíamos estirado (en mi caso a lo alto y a lo ancho, snif) tocaba salir de tiendas para reponer urgentemente el bañador de espuma (de la lycra nadie sospechaba siquiera que existiera), los pantalones cortos, media docena de camisetas, y las bambas, que siempre eran marca “La tórtola” en lugar de las “Victoria” que llevaban las pijas, y que a mediados de septiembre lucían unos boquetes tremendos por los que nos asomaban los deditos. Al principio mi madre sacaba también los flotadores, que eran de una goma gordísima de color azul (azul los nuestros, que los había también amarillos y naranja, pero esos eran horrorosos) que te dejaba el cuerpo desollado vivo con lo que sólo por no ponértelo aprendías a nadar en cuatro días. Eso sí, no había narices de pinchar aquellos flotadores de ninguna manera así que me sorprende que no estén todavía por mi casa.
Las vacaciones comenzaban, pues, con gran despliegue de compreteo y seguían su cauce habitual en el cual cada uno interpretaba fielmente su papel, que en nuestro caso se limitaba a pasarnos las doscientas cinco horas del viaje preguntando “¿cuánto falta?” y “¿falta mucho?” de forma alternativa. Aquéllos eran viajes de alto riesgo. De entrada invertíamos cerca de ocho horas en hacer un viaje que ahora nos ventilamos en menos de cuatro horitas, así que salíamos de casa sobre las 6.30 de la mañana por aquello de no coger calor, una tontería porque tardando ocho horas cogías calor salieras a la hora que salieras y te empeñaras o no en tapizar todas las ventanas del coche con toallas, que era peor el remedio que la enfermedad porque para que se sujetaran había que llevar las ventanillas cerradas y como el aire acondicionadosólo existía a-condición de que soplase pues hala, todos sudando la gota gorda horas y horas. Claro, sí, había que tener muchas ganas de vacaciones para chuparse 500 kms. conduciendo a un máximo de 80 por hora y teniendo que vigilar todo el rato los posibles calentones del motor, sobre todo cada vez que subíamos un puerto de montaña, y nosotros teníamos que pasar así como cuatro. Pero si los conductores y copilotos merecían una medalla imagínense lo que era ser niño en aquellas circunstancias, que lo que te tocaba era ir dando la tabarra todo el camino con el considerable riesgo de que te abandonaran en un arcén, te tirasen por la ventana o, lo que era peor, te cayera un guantazo o varios, que una vez que se calienta la mano es difícil parar.
Echo de menos aquellas vacaciones. En realidad lo que echo de menos es mi papel en ellas, o sea, yo no tenía que preparar nada. Porque se lo crean o no, preparar las vacaciones es un estrés que te mueres. Yo no sé si es que la misma energía pre-vacacional que despedimos provoca una especie de conjunción cósmica que hace que si algo puede estropearse justo antes de las vacaciones, se estropee. Y si pueden ser varias cosas, mejor. En mi caso los desastres llevan unas semanas avisando de a poquito. Por ejemplo, hace unos diez días el microondas se puso chulito y no tuvo más ocurrencia que echarme un pulso a ver quien ganaba sin saber que no iba a poder conmigo, con lo que se consiguió un fantástico pase al basurero (o al menos al punto limpio que es donde se dejan los cadáveres de los cacharros estos) y fue sustituido por un micro nuevo, más grande, más potente, más bonito, y más dócil. Después fue el coche el que empezó a hacer ruiditos extraños y a enseñarme por todos lados luces de varios colores que yo no sabía ni que tenía. Y cuando volvía de dejar el coche en el taller, la lavadora me escupió dos cubos de agua extrañamente pestilente por el boquete del filtro, después de haber reventado convenientemente dicho filtro, claro. Yo todavía no me explico dónde narices estaba guardada esa cantidad de agua, y qué tenía para oler así, que al principio yo estaba segura de que iban a empezar a salir trocitos de algún animal en pleno proceso de descomposición. Tampoco me explico qué eran los extraños pegotes negros que salían mezclados con el agua, y eso mejor no saberlo nunca, que se me dispara la imaginación, y luego vomito y me pongo malísima. Todo esto, recordemos, a dos días de irme de vacaciones a tierra de lobos con la pandilla de adolescentes en pleno, que no sé por qué me dejo yo engañar.
Ayer por la mañana recogí el coche del taller después de escuchar estoicamente las explicaciones del mecánico que se empeñaba en contarme que al principio pensaba que los ruidos eran culpa de la sinembló pero luego resultó que no. Yo, como ya conozco a la sinembló, le miré sin pestañear y le fastidié el juego porque no le pregunté qué era, que es lo que él estaba esperando. Es que les gusta eso, eh, soltar una explicación incomprensible y que tú preguntes “pero ¿eso qué es?” para mirarte con cara de infinita conmiseración y contarte que hay un tornillo suelto como si te estuviera explicando la fisión nuclear. Con todo, igual que los albañiles y fontaneros me inspiran un recelo de proporciones casi cósmicas, los mecánicos me caen bien. Sobre todo desde que un domingo, justo antes de volver a casa después de un congreso, la tapa del delco (¡sí, existe!) estalló en mil trocitos y me vi tirada en medio de la plaza de Cáceres, y entonces apareció el señor Antonio, que me hizo un apaño con unos trapos y me llevó a su casa donde su señora me preparó un bocadillo para el camino y le obligó a llamarme cada media hora para comprobar que todo iba bien. Y no sólo eso sino que tuve que jurar que le llamaría en cuanto llegara a casa, que había que ver la cara de JB cuando me escuchó hablar por teléfono y me preguntó con quién hablaba. Bueno, pues ayer el mecánico se quedó sin contarme lo que era la sinembló (que a mí me caerán bien pero una vez que sé de qué va una pieza no me gusta que me lo repitan, quiero historias nuevas) y yo cogí el coche y me planté en el pueblo tan contenta.
El contento me duró lo que tardamos JB y yo en intentar llegar a Fuengirola, porque fue salir del pueblo y volver a encenderse la bonita luz amarilla que anuncia siempre lo peor. Y entonces al coche le dio por ponerse en plan dama de las camelias y a ralentizar la velocidad de forma lánguida, así como si se estuviera desmayando. Y se desmayó. Y nos dejó tirados de mala manera, que me estuve acordando de la madre que parió a la sinembló mil pares de veces.
Volvimos caminando a casa, cuesta arriba y a pleno sol y cuando llegamos me dispuse a tomar una ducha fresquita. “¿Están todavía los obreros por aquí?” pregunté entrando en el cuarto de baño. “Estamos aquíí” contestaron los susodichos a coro “pero no miramos, puedes mear tranquila”. Esto último lo dijo una voz que salía de una cabeza que asomaba levemente por el boquete del cuarto de baño pero me importó un pepino si miraban o no, yo solamente quería ducharme. Como desde que los obreros pegaron el pepinazo en la pared del baño tenemos un boquete permanente, no hacen más que entrar bichos, así que no me había extrañado nada encontrar dos días antes una salamanquesa medianita de color blanquecino en medio del cuarto de baño. Paquita la he llamado. Me da una pena tremenda porque cada vez que me ve se asusta muchísimo y se pone a temblar pero me da que debe ser un poco torpe porque no encuentra un escondite apropiado y siempre me la encuentro: sobre el papel higiénico, junto al cepillo de dientes, acurrucada en mi toalla de baño… Descartada la sugerencia de Cacique de machacarla a golpes y tirarla a la basura (¿cómo voy a matarla si me encantan, son medio primas de las salamandras, y llevo una tatuada en una pierna?) he optado por dialogar con ella. En realidad monologo porque hasta la fecha no me ha contestado ni mú. Ayer Kenya me pilló dándole varias razones por las cuales mi toalla no es el mejor sitio para vivir y me llamó friki. Menos mal que Bruno estuvo al quite y le dijo que más friki es ella, que charla con el pescado cuando lo pongo a descongelar en el fregadero. “Al menos ella habla con seres vivos” dijo Bruno. “Bah, para lo que le contestan…” Total, que allí estaba yo en el baño, siendo discretamente no-observada por los obreros, y peleando con una salamanquesa por la posesión de la toalla, cuando algo hizo “paf” y se apagaron todos los aparatos eléctricos de la casa. Paquita se dio un susto tan grande que se cayó en el bidé y se ha tirado allí toda la noche, que como se le resbalan las patitas no puede salir. Y yo a punto estuve de ponerme a llorar sólo de pensar en la cantidad de cosas que podían haberse escacharrado pero me fijé en que el apagón había sido general en el pueblo. Que cansada estoy de preparar las vacaciones. Menos mal que mañana me marcho porque si no creo que no llegaría al final.
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viernes, 16 de julio de 2010
viernes, 9 de julio de 2010
He debido ser muy mala en otra vida
Llegaron anteayer y ayer ya quería matarles a todos con la muerte más dolorosa que se pueda imaginar. Y todavía les quedan al menos tres semanas. No sé, creo que esto terminará en tragedia.
Todo empezó hace ya nueve meses. Un día el cielo se cubrió, empezó a llover salvajemente, y no paró de llover en seis meses. Unos días llovía más fuerte y otros de una manera todavía más brutal, pero durante seis meses estuvo cayendo agua en ésta que llaman “Costa del Sol”. Al principio todo iba más o menos bien. Yo había desenterrado del vestidor las botas de agua y asumí sin complejos un look un poco Isabel II de Inglaterra de vacaciones en Balmoral. Sólo omití los horribles perrillos esos ratoneros que lleva siempre alrededor y el bolsito colgado del antebrazo. Ambas omisiones fueron por motivos obvios, a saber: los perrillos porque no los tengo y no los tendría ni loca, y el bolsito porque hay que ver que cosa más incómoda y más fea, por Dios. Dado que entre las botas de agua, la gabardina, y un paraguas de golf que compré el año pasado no me mojaba ni medio, que lloviera no me importaba mucho. Es más, me gusta la lluvia, me encantan las tardes lluviosas, ésas de chimenea, librito, tele, té, madalenas, bizcochitos, galletas digestive... Claro, eso me gusta pero moderadamente, o sea, cuando llevas ya dos meses así empiezas a aborrecer hasta los bizcochos y comienzas a sustituir el té verde por lingotazos de coñac para sobrellevar tanta agua. Hasta que un día entré en el vestidor a buscar la ropa para el día siguiente y vi unas extrañas manchas en el techo. Eran como las caras de Belmez pero en versión marciana, o sea, de color verde así como en un tono entre pistacho y melón temprano. Ahí me alarmé y me dediqué a controlar su expansión y la posible aparición de nuevos manchurrones. Y efectivamente, al poco todos los techos del piso de arriba se volvieron de color verde que te quiero verde, y empezaron a brotar unas colonias de mohos capaces de producir penicilina para controlar las epidemias del tercer mundo durante diez años. Yo entiendo que igual es verdad que soy una histérica (que no lo soy ni de coña) y que puesta a ser alarmista yo lo soy a lo grande, pero también hay que entender que NO soy Bob Esponja ni Miss Marihache y NO quiero vivir en Hogar Dulce Piña bajo el mar como la Sirenita, y eso de encontrarme con que mi casa está siendo poseída por el espíritu del agua pues como que no me moló nada. Pero lo que se dice nada; como que me entraron ataques de ansiedad hasta el punto de inspeccionar periódicamente a los niños buscándoles brotes de escamas y branquias, y una vez incluso creí verle a Bruno membranas interdigitales en los piececillos. Con todo, todavía estaba por venir lo peor. Y lo peor fue el diagnóstico del técnico que vino a ver cómo arreglar aquello. La solución: quitar las tejas, impermeabilizar de nuevo el tejado, poner tela asfáltica y no sé qué más historias, y retejar con unas tejas nuevas de hormigón más feas que la mar pero que son tan resistentes que se puede caminar tranquilamente por el tejado sin miedo a que se rompan (“mmm... perfecto... porque eso lo hacemos todas las noches, subir la familia entera al tejado a ver la puesta de sol”, lástima que la ironía de Kenya resbalara por el cerebro del técnico como si le hubieran echado aceite johnsons). Eso, y luego pintar la fachada con una pintura que parece goma, arreglar las paredes interiores y pintarlas, y volver a bañar con resina el cemento impreso del jardín. El técnico hablaba y yo iba por un lado sumando dinero y lo más peligroso de todo, sumando tiempo de convivencia doméstica con obreros, pintores, y demás hierbas. Cuando terminó no sabía si lanzarme por la balaustrada del jardín (el jardín está como tres metros por encima del nivel de la calle), liarme a lanzar alaridos y arrancarme los pelos de la cabeza como si estuviera poseída, o dejar la mente en blanco. Al final opté por lo último mientras JB, con toda la tranquilidad del mundo, y los ojos brillantes por la perspectiva de una obra (cómo le gusta a este hombre tener albañiles en casa, es casi una perversión) procedía a contratar la obra en firme. Como eso fue hace casi cinco meses yo me olvidé. Sí, era algo que había que hacer, pero en un tiempo lejano. Lo malo del tiempo es que pasa, tú te crees que no pero pasa, y encima pasa corriendo, y así, sin ser yo consciente de ello, llegó el Día D, que fue anteayer.
Anteayer cojo el autobús para el pueblo, como todos los días, y nada más bajarme del autobús, desde la carretera, veo dos figuritas sobre el tejado de mi casa. Me estremecí levemente y recordé que algo de eso había comentado JB el día antes, pero ni haciendo esfuerzos conseguí recordar lo que había dicho, y es que mi mente tiene una portentosa capacidad (y autonomía, que lo decide ella sin que yo se lo mande) para olvidar piadosamente lo que no me apetece archivar. Entré y rodeé la casa por el jardín hasta llegar a la parte de atrás, y efectivamente, tal y como me temía, allí estaban ellos, agachaditos enseñando medio culo cada uno, que yo no sé cómo lo hacen pero se pongan lo que se pongan acaban siempre con el pantalón mucho más debajo de lo que mis ojos preferirían. Debe ser una asignatura de los módulos de la FP: “enseñar constantemente la hucha”; y estos habían sacado matrícula de honor, que aquello en vez de hucha parecía el Banco de España. Miré el tercer culo (éste entero y muy familiar) y saludé a Cristo, que estaba encantado dándoles conversación. Me identifiqué como la dueña de la casa, cosa que pareció imponerles un pimiento, y me fui a comer arrastrando a Cristo. Y el día acabó bien. Más o menos. Pero me acosté con el alma llena de oscuros augurios, que dirían los poetas griegos.
Ayer llegué a casa toda pizpireta, contentísima porque estrenaba vestido y me veía supermona monísima, y me crucé con los albañiles que se iban en un todoterreno. Me extrañó porque me miraron con expresión huidiza, así como si hubieran hecho algo malo, más con menos con la misma cara que le pone el perro a JB cada vez que le da por desenterrar plantas (al perro, claro, JB es el que las planta y se mosquea cuando el otro las saca). Pero estaba tan contenta que no eché mayor cuenta y entré en la casa como en estampida diciendo “voy a hacer pis, que me vengo meando (a ver, qué quieren, cada uno en su casa habla como quiere), y preparo la comida”. Me extrañó el coro de gritos de “noooo, noooo, no entres al bañoooo”, y contesté “claro que entro, que me meo” mientras abría con ímpetu la puerta y me quedaba petrificada, como si fuera de escayola al ver justo debajo de la venta un boquete rectangular del mismo largo de la ventana y un palmo de alto, y todo lleno de cascotes: suelo, váter, lavabo... había piedras hasta en el vaso donde guardo la prótesis mandibular para dormir. “No dice nada” susurró Bruno segundos antes de que yo comenzara a dar alaridos. “Pero... pero... ¿pero esto qué es lo que es????” Subieron todos y JB me miró sin inmutarse por los gritos. “Nada, que estaban quitando las tejas del alféizar y dicen que la pared era muy fina y muy mala y se ha roto”. “Pero... pero... pero... si aquí no tenían ni que tocar”. Yo notaba que empezaba a hiperventilar. “Mira la vena, mira la vena!” susurró Madagascar a Bruno. “Hala, es verdad, tenías razón, le va a reventar” contestó él en el mismo tono. “La verdad es que la vista desde aquí es de lo más chulo”, Cristo había vuelto a subirse al tejado y la combinación de ventana más boquete nos ofrecía una perspectiva enmarcada de sus partes nobles. JB me pasó la mano por el hombro. “Venga, mujer, ¿por qué no te vas una semana de vacaciones?” “O tres”, apuntó Kenya.
Me pasé el resto de la tarde esperándoles para liarles una pajarraca pero no vinieron, los muy cobardes. Hoy se enteran.
Todo empezó hace ya nueve meses. Un día el cielo se cubrió, empezó a llover salvajemente, y no paró de llover en seis meses. Unos días llovía más fuerte y otros de una manera todavía más brutal, pero durante seis meses estuvo cayendo agua en ésta que llaman “Costa del Sol”. Al principio todo iba más o menos bien. Yo había desenterrado del vestidor las botas de agua y asumí sin complejos un look un poco Isabel II de Inglaterra de vacaciones en Balmoral. Sólo omití los horribles perrillos esos ratoneros que lleva siempre alrededor y el bolsito colgado del antebrazo. Ambas omisiones fueron por motivos obvios, a saber: los perrillos porque no los tengo y no los tendría ni loca, y el bolsito porque hay que ver que cosa más incómoda y más fea, por Dios. Dado que entre las botas de agua, la gabardina, y un paraguas de golf que compré el año pasado no me mojaba ni medio, que lloviera no me importaba mucho. Es más, me gusta la lluvia, me encantan las tardes lluviosas, ésas de chimenea, librito, tele, té, madalenas, bizcochitos, galletas digestive... Claro, eso me gusta pero moderadamente, o sea, cuando llevas ya dos meses así empiezas a aborrecer hasta los bizcochos y comienzas a sustituir el té verde por lingotazos de coñac para sobrellevar tanta agua. Hasta que un día entré en el vestidor a buscar la ropa para el día siguiente y vi unas extrañas manchas en el techo. Eran como las caras de Belmez pero en versión marciana, o sea, de color verde así como en un tono entre pistacho y melón temprano. Ahí me alarmé y me dediqué a controlar su expansión y la posible aparición de nuevos manchurrones. Y efectivamente, al poco todos los techos del piso de arriba se volvieron de color verde que te quiero verde, y empezaron a brotar unas colonias de mohos capaces de producir penicilina para controlar las epidemias del tercer mundo durante diez años. Yo entiendo que igual es verdad que soy una histérica (que no lo soy ni de coña) y que puesta a ser alarmista yo lo soy a lo grande, pero también hay que entender que NO soy Bob Esponja ni Miss Marihache y NO quiero vivir en Hogar Dulce Piña bajo el mar como la Sirenita, y eso de encontrarme con que mi casa está siendo poseída por el espíritu del agua pues como que no me moló nada. Pero lo que se dice nada; como que me entraron ataques de ansiedad hasta el punto de inspeccionar periódicamente a los niños buscándoles brotes de escamas y branquias, y una vez incluso creí verle a Bruno membranas interdigitales en los piececillos. Con todo, todavía estaba por venir lo peor. Y lo peor fue el diagnóstico del técnico que vino a ver cómo arreglar aquello. La solución: quitar las tejas, impermeabilizar de nuevo el tejado, poner tela asfáltica y no sé qué más historias, y retejar con unas tejas nuevas de hormigón más feas que la mar pero que son tan resistentes que se puede caminar tranquilamente por el tejado sin miedo a que se rompan (“mmm... perfecto... porque eso lo hacemos todas las noches, subir la familia entera al tejado a ver la puesta de sol”, lástima que la ironía de Kenya resbalara por el cerebro del técnico como si le hubieran echado aceite johnsons). Eso, y luego pintar la fachada con una pintura que parece goma, arreglar las paredes interiores y pintarlas, y volver a bañar con resina el cemento impreso del jardín. El técnico hablaba y yo iba por un lado sumando dinero y lo más peligroso de todo, sumando tiempo de convivencia doméstica con obreros, pintores, y demás hierbas. Cuando terminó no sabía si lanzarme por la balaustrada del jardín (el jardín está como tres metros por encima del nivel de la calle), liarme a lanzar alaridos y arrancarme los pelos de la cabeza como si estuviera poseída, o dejar la mente en blanco. Al final opté por lo último mientras JB, con toda la tranquilidad del mundo, y los ojos brillantes por la perspectiva de una obra (cómo le gusta a este hombre tener albañiles en casa, es casi una perversión) procedía a contratar la obra en firme. Como eso fue hace casi cinco meses yo me olvidé. Sí, era algo que había que hacer, pero en un tiempo lejano. Lo malo del tiempo es que pasa, tú te crees que no pero pasa, y encima pasa corriendo, y así, sin ser yo consciente de ello, llegó el Día D, que fue anteayer.
Anteayer cojo el autobús para el pueblo, como todos los días, y nada más bajarme del autobús, desde la carretera, veo dos figuritas sobre el tejado de mi casa. Me estremecí levemente y recordé que algo de eso había comentado JB el día antes, pero ni haciendo esfuerzos conseguí recordar lo que había dicho, y es que mi mente tiene una portentosa capacidad (y autonomía, que lo decide ella sin que yo se lo mande) para olvidar piadosamente lo que no me apetece archivar. Entré y rodeé la casa por el jardín hasta llegar a la parte de atrás, y efectivamente, tal y como me temía, allí estaban ellos, agachaditos enseñando medio culo cada uno, que yo no sé cómo lo hacen pero se pongan lo que se pongan acaban siempre con el pantalón mucho más debajo de lo que mis ojos preferirían. Debe ser una asignatura de los módulos de la FP: “enseñar constantemente la hucha”; y estos habían sacado matrícula de honor, que aquello en vez de hucha parecía el Banco de España. Miré el tercer culo (éste entero y muy familiar) y saludé a Cristo, que estaba encantado dándoles conversación. Me identifiqué como la dueña de la casa, cosa que pareció imponerles un pimiento, y me fui a comer arrastrando a Cristo. Y el día acabó bien. Más o menos. Pero me acosté con el alma llena de oscuros augurios, que dirían los poetas griegos.
Ayer llegué a casa toda pizpireta, contentísima porque estrenaba vestido y me veía supermona monísima, y me crucé con los albañiles que se iban en un todoterreno. Me extrañó porque me miraron con expresión huidiza, así como si hubieran hecho algo malo, más con menos con la misma cara que le pone el perro a JB cada vez que le da por desenterrar plantas (al perro, claro, JB es el que las planta y se mosquea cuando el otro las saca). Pero estaba tan contenta que no eché mayor cuenta y entré en la casa como en estampida diciendo “voy a hacer pis, que me vengo meando (a ver, qué quieren, cada uno en su casa habla como quiere), y preparo la comida”. Me extrañó el coro de gritos de “noooo, noooo, no entres al bañoooo”, y contesté “claro que entro, que me meo” mientras abría con ímpetu la puerta y me quedaba petrificada, como si fuera de escayola al ver justo debajo de la venta un boquete rectangular del mismo largo de la ventana y un palmo de alto, y todo lleno de cascotes: suelo, váter, lavabo... había piedras hasta en el vaso donde guardo la prótesis mandibular para dormir. “No dice nada” susurró Bruno segundos antes de que yo comenzara a dar alaridos. “Pero... pero... ¿pero esto qué es lo que es????” Subieron todos y JB me miró sin inmutarse por los gritos. “Nada, que estaban quitando las tejas del alféizar y dicen que la pared era muy fina y muy mala y se ha roto”. “Pero... pero... pero... si aquí no tenían ni que tocar”. Yo notaba que empezaba a hiperventilar. “Mira la vena, mira la vena!” susurró Madagascar a Bruno. “Hala, es verdad, tenías razón, le va a reventar” contestó él en el mismo tono. “La verdad es que la vista desde aquí es de lo más chulo”, Cristo había vuelto a subirse al tejado y la combinación de ventana más boquete nos ofrecía una perspectiva enmarcada de sus partes nobles. JB me pasó la mano por el hombro. “Venga, mujer, ¿por qué no te vas una semana de vacaciones?” “O tres”, apuntó Kenya.
Me pasé el resto de la tarde esperándoles para liarles una pajarraca pero no vinieron, los muy cobardes. Hoy se enteran.
miércoles, 19 de septiembre de 2007
Al de amarillo, que lo pillo
El herbolario me ha traido un puñado de hierbas tisaneras para los nervios. He experimentado sus efectos en el cartero y efectivamente son mano de santo.
Esta mañana, cuando estaba sumergida en una retahíla larguísima de Ooooooooooooms y me intentaba recomponer después de un rato de plegarme en unas posturas de yoga que hacía siglos que no efectuaba y que pienso olvidar piadosamente (que no están las chichas ya para tantos plegamientos), he oído unos gritos un tanto guturales en la calle. "Ni caso" pienso "mis señores trabajadores ya han roto todo lo rompible, no pueden estar metiéndose en ningún lío", y sigo con las neuronas vocalizando om todas juntas como un coro gregoriano.
Pero para que veáis cuán equivocados solemos estar en casi todos los órdenes de la vida, hete aquí que sí había algo que podían romper: el cartero. Y es que iba el cartero, laranlaranlarito, montado en su vespino, haciendo el repartito, cuando ha sido asaltado por un camión cubero (veamos, si las vacas que llevan leche son vacas lecheras, los camiones que llevan cubas para las obras serán camiones cuberos, elemental querido Watson) que "no le ha visto" (y eso que se los ve bien porque Correos me los viste de amarillo pollo, y la vespa también es amarillo pollo, y el morral de las cartas idem, que siempre pensé que valía la pena la humillación de parecer el primo grande de Piolín si eso les evitaba un atropellamiento) y ha estado a puntito a puntito de llevárselo por delante.
Bueno, más bien casi se lo lleva por detrás porque el camión no contento con ir por la vida arrollando al personal como Dios manda, ha tenido la chulería de querer atropellar al cartero dando marcha atrás. Que ya es difícil apuntar contra alguien con un camión dando marcha atrás en una calle empinada como los tajos del cañón del Colorado. Rugía el motor (más bien se quejaba) que daba pena.
Menos mal que los señores trabajadores tienen unos pulmones que ni yoni güeismuler, y se han lanzado a chillar como posesos en franca competencia con el motor y el del camión ha frenado, que si no nos quedamos sin cartero. Y sería penoso porque sólo pasa una vez a la semana. Así que le he preparado un pote de hierbas. Y funcionan, porque se ha quedado amodorrado en la silla, que hasta me daba pena despertarle, con su hilillo de babita plateada cayéndole por la comisura derecha de la boca. Traspuestito perdido estaba. Como que me ha costado un rato que se marchara dando bandazos calle abajo con la vespita amarilla. No sé qué habrá sido de él. Tendré que esperar a la semana que viene para saberlo. ¡Ay, qué sinvivir!
Esta mañana, cuando estaba sumergida en una retahíla larguísima de Ooooooooooooms y me intentaba recomponer después de un rato de plegarme en unas posturas de yoga que hacía siglos que no efectuaba y que pienso olvidar piadosamente (que no están las chichas ya para tantos plegamientos), he oído unos gritos un tanto guturales en la calle. "Ni caso" pienso "mis señores trabajadores ya han roto todo lo rompible, no pueden estar metiéndose en ningún lío", y sigo con las neuronas vocalizando om todas juntas como un coro gregoriano.
Pero para que veáis cuán equivocados solemos estar en casi todos los órdenes de la vida, hete aquí que sí había algo que podían romper: el cartero. Y es que iba el cartero, laranlaranlarito, montado en su vespino, haciendo el repartito, cuando ha sido asaltado por un camión cubero (veamos, si las vacas que llevan leche son vacas lecheras, los camiones que llevan cubas para las obras serán camiones cuberos, elemental querido Watson) que "no le ha visto" (y eso que se los ve bien porque Correos me los viste de amarillo pollo, y la vespa también es amarillo pollo, y el morral de las cartas idem, que siempre pensé que valía la pena la humillación de parecer el primo grande de Piolín si eso les evitaba un atropellamiento) y ha estado a puntito a puntito de llevárselo por delante.
Bueno, más bien casi se lo lleva por detrás porque el camión no contento con ir por la vida arrollando al personal como Dios manda, ha tenido la chulería de querer atropellar al cartero dando marcha atrás. Que ya es difícil apuntar contra alguien con un camión dando marcha atrás en una calle empinada como los tajos del cañón del Colorado. Rugía el motor (más bien se quejaba) que daba pena.
Menos mal que los señores trabajadores tienen unos pulmones que ni yoni güeismuler, y se han lanzado a chillar como posesos en franca competencia con el motor y el del camión ha frenado, que si no nos quedamos sin cartero. Y sería penoso porque sólo pasa una vez a la semana. Así que le he preparado un pote de hierbas. Y funcionan, porque se ha quedado amodorrado en la silla, que hasta me daba pena despertarle, con su hilillo de babita plateada cayéndole por la comisura derecha de la boca. Traspuestito perdido estaba. Como que me ha costado un rato que se marchara dando bandazos calle abajo con la vespita amarilla. No sé qué habrá sido de él. Tendré que esperar a la semana que viene para saberlo. ¡Ay, qué sinvivir!
miércoles, 5 de septiembre de 2007
El pollo Ramón
Como los señores trabajadores sigan así, no respondo de mis actos. Esta misma mañana:
- Zeñora, que si tiramoh ehto no paza ná, ¿verdá?
Y yo, sin mirar mucho, porque total, ya me han matado los árboles, han cegado el estanque y han derribado la caseta de los perros y la de las herramientas, digo:
- Con cuidadito.
Acto seguido se oye un estruendo que en ese momento me ha llamado por teléfono mi madre desde Madrid y yo he pensado "claro, si lo ha tenido que oir, la pobre se habrá asustado y todo". Salgo y veo que han tirado la balaustrada de la terraza a la calle. Casi tres metros de caída libre. El ruido ha sido pues... ruido, para qué detallar.
- ¡Pero hombre! ¿La balaustrada?
- Zi no paza ná, aluego te la ponemoh.
Y hala, ahí les dejo más contentos que la mar hasta que vienen a llamarme otra vez.
- Que mireh lo que hemozesho.
Me santigüo y miro.
- Pero... pero... ¿el muro que nos separa de los vecinos? ¿por qué? ¡Si estaba ahí la mar de bien!
- Ya, morena, pero le he dao un culazo con la máquina y lo he roto una mijita.
O sea, ha sido un culazo de 2.500 kilos. Claro, no es como si se lo diera yo, incluso con este culo que tengo, que sería el delirio de Botero. Imagino que el muro habrá visto venir a Iván y se habrá caído del susto incluso antes de que le amenazara con la trasera de la excavadora. La verdad es que no le culpo, yo habría hecho lo mismo, tirarme en plancha. A mi se me ha puesto la gallina en piel, como dice Robinson. Si siguen así yo tendré gallina en piel pero ellos acabarán como el pollo Ramón.
PD.- curiosos interesados en el pollo Ramón, que busquen un ángel travieso y le pregunten, que es cosa suya.
- Zeñora, que si tiramoh ehto no paza ná, ¿verdá?
Y yo, sin mirar mucho, porque total, ya me han matado los árboles, han cegado el estanque y han derribado la caseta de los perros y la de las herramientas, digo:
- Con cuidadito.
Acto seguido se oye un estruendo que en ese momento me ha llamado por teléfono mi madre desde Madrid y yo he pensado "claro, si lo ha tenido que oir, la pobre se habrá asustado y todo". Salgo y veo que han tirado la balaustrada de la terraza a la calle. Casi tres metros de caída libre. El ruido ha sido pues... ruido, para qué detallar.
- ¡Pero hombre! ¿La balaustrada?
- Zi no paza ná, aluego te la ponemoh.
Y hala, ahí les dejo más contentos que la mar hasta que vienen a llamarme otra vez.
- Que mireh lo que hemozesho.
Me santigüo y miro.
- Pero... pero... ¿el muro que nos separa de los vecinos? ¿por qué? ¡Si estaba ahí la mar de bien!
- Ya, morena, pero le he dao un culazo con la máquina y lo he roto una mijita.
O sea, ha sido un culazo de 2.500 kilos. Claro, no es como si se lo diera yo, incluso con este culo que tengo, que sería el delirio de Botero. Imagino que el muro habrá visto venir a Iván y se habrá caído del susto incluso antes de que le amenazara con la trasera de la excavadora. La verdad es que no le culpo, yo habría hecho lo mismo, tirarme en plancha. A mi se me ha puesto la gallina en piel, como dice Robinson. Si siguen así yo tendré gallina en piel pero ellos acabarán como el pollo Ramón.
PD.- curiosos interesados en el pollo Ramón, que busquen un ángel travieso y le pregunten, que es cosa suya.
domingo, 12 de agosto de 2007
El Juan Francisco y la maría
Está claro que se han propuesto volverme loca perdida. Mira que a mi eso que hicieron ayer de arrancar las plantas (incluidas las de maría, ¡ay!), y tirarlas por el monte hechas un atadillo no me pareció ni medio bien. Yo era partidaria de hacer un abandono de plantas selectivo, siempre y cuando seleccionara yo, porque a ver, me parece de perlas que el señor Paco decidiera perdonar a las lechugas y me las separase para el consumo (amos anda, 22 lechugas en un par de días no me las como yo ni por penitencia), pero los rosales y la maría... son otro cantar.
En fin, que lo tiraron todo y allí que se quedaron los cadáveres de las plantas abandonados y solos. Bueno, solos, lo que se dice solos, la verdad es que no. Esta mañana, así como al medio día, hemos escuchado una bronca descomunal en la calle, nos hemos lanzado uno de los señores trabajadores y yo a ver qué pasaba, y hemos visto un camioncito parado en medio de la calle. He dicho en medio por decirlo de manera fina, porque la verdad es que la calle debería haberse quedado con rango de carril porque es lo más estrecho que dan por calle, y el medio es lo mismo que la derecha y la izquierda. Pues allí, en el total de la calle (que es pelín empinada) había un camioncito cargado con jaulitas de pavos (en mi vida había visto tanto pavo junto, vaya, ni en el instituto) despotricando contra algo que no le dejaba pasar. Ese algo ha resultado ser el burro de mi vecino, Juan Francisco. A ver, explico, mi vecino se llama Fede; Juan Francisco es su burro. Pues allí estaba Juan Francisco, el cual buscando la sombra del algarrobo había dado en despatarrarse en la calle.
En descargo de Juan Francisco hay que aclarar que la del algarrobo era la única sombra a la que arrimarse. También hay que declarar que el pobre no parecía el mismo borriquillo alegre y pataleón de todos los días. Como que cuando me he acercado me ha mirado con ojillos telarañeros. Entre eso, el hilillo de baba que le caía por un lado del hocico, y que el pobre hacía esfuerzos tremendos por ponerse en pie pero tenía las patas como de algodón (como Platero sólo que oliendo a burro de verdad), me ha asustado un poco. De pronto se me ha encendido una luz: "a ver, ¿dónde tirásteis ayer las plantas?" Me han señalado y, efectivamente, lo que me temía: Juan Francisco tenía un colocón de maría como he visto pocos. Hemos intentado levantarlo y quitarlo de la calle pero habría resultado más fácil hacer renunciar a Fraga, así que para mi sorpresa el conductor del camioncito se ha remangado, se ha cargado el burro a hombros (de verdad, de verdad) y, entre los aplausos de los vecinos y los señores trabajadores, que estaban ya todos mirando, lo ha dejado tumbado bajo un olivo. Y todavía dicen que Juan Francisco es el burro.
En fin, que lo tiraron todo y allí que se quedaron los cadáveres de las plantas abandonados y solos. Bueno, solos, lo que se dice solos, la verdad es que no. Esta mañana, así como al medio día, hemos escuchado una bronca descomunal en la calle, nos hemos lanzado uno de los señores trabajadores y yo a ver qué pasaba, y hemos visto un camioncito parado en medio de la calle. He dicho en medio por decirlo de manera fina, porque la verdad es que la calle debería haberse quedado con rango de carril porque es lo más estrecho que dan por calle, y el medio es lo mismo que la derecha y la izquierda. Pues allí, en el total de la calle (que es pelín empinada) había un camioncito cargado con jaulitas de pavos (en mi vida había visto tanto pavo junto, vaya, ni en el instituto) despotricando contra algo que no le dejaba pasar. Ese algo ha resultado ser el burro de mi vecino, Juan Francisco. A ver, explico, mi vecino se llama Fede; Juan Francisco es su burro. Pues allí estaba Juan Francisco, el cual buscando la sombra del algarrobo había dado en despatarrarse en la calle.
En descargo de Juan Francisco hay que aclarar que la del algarrobo era la única sombra a la que arrimarse. También hay que declarar que el pobre no parecía el mismo borriquillo alegre y pataleón de todos los días. Como que cuando me he acercado me ha mirado con ojillos telarañeros. Entre eso, el hilillo de baba que le caía por un lado del hocico, y que el pobre hacía esfuerzos tremendos por ponerse en pie pero tenía las patas como de algodón (como Platero sólo que oliendo a burro de verdad), me ha asustado un poco. De pronto se me ha encendido una luz: "a ver, ¿dónde tirásteis ayer las plantas?" Me han señalado y, efectivamente, lo que me temía: Juan Francisco tenía un colocón de maría como he visto pocos. Hemos intentado levantarlo y quitarlo de la calle pero habría resultado más fácil hacer renunciar a Fraga, así que para mi sorpresa el conductor del camioncito se ha remangado, se ha cargado el burro a hombros (de verdad, de verdad) y, entre los aplausos de los vecinos y los señores trabajadores, que estaban ya todos mirando, lo ha dejado tumbado bajo un olivo. Y todavía dicen que Juan Francisco es el burro.
jueves, 9 de agosto de 2007
De naranja y de limón
"¡¡¡Al membrillo, al membrillo!!!" Por un momento me he sentido como si hubiera hecho un flasbá y estuviera de nuevo en medio de una pelea del recreo en el colegio. Qué susto. Pero no. Es que los señores trabajadores han comenzado a excavar y lo primero que han hecho ha sido desarraigar los árboles del jardín. Como Iván, que es el que conduce la excavadora no ve ni un pimiento metido en la cabina, el señor Paco, su padre, le indica. Y ahí ha estado el señor Paco gritando "al membrillo, al membrillo" cada vez que quería que Iván desenterrara un árbol. Os lo creáis o no, han sacado un lilo, un magnolio, una jacarandá, una palmera (tela... pero tela), un laurel, una higuera, un limonero, un almendrito y un cerezo de Japón, pero membrillos ni uno. Como que no teníamos. A mi me ha resultado curioso que siendo de campo (apuesto algo a que llevan el arado tatuado en el bíceps) todos los árboles les parecieran membrillos. A saber. Igual es que son así como daltónicos pero para los árboles.
Lo divertido es que hacían distingos según el fruto. Me explico: cuando le ha tocado el turno al limonero, el señor Paco ha gritado "al membrillo de limón", como si fuera una Fanta. Total, que hemos separado las plantas por nivel de damnificación y hemos puesto los membrillos en el lado sano del jardín. El resto de las plantas ("que ahí le he sacao toas las lechugas pa que las aprovechen y se las coman", como si me fuera a comer de golpe 22 lechugas... anda que...) las ha tirado un sobrino del señor Paco al campo después de hacer un burruño con ellas.
A mi me ha dado cosa decirles que las plantas de maría no había que tirarlas, no fuera a ser que se pensaran que una es una viciosa, pero joé, que tenía unas pocas y todas más altas que yo (escaso mérito pasar del metro y medio, claro). Creo que esta noche me armaré de linterna y las buscaré en el monte, que no están las cosas para desperdiciar.
Y... creo que ya no quiero ser gruísta. Como divertido me lo sigue pareciendo. Es más, cada vez me parece más impresionante eso de subir por una cuesta vertical aguantando la máquina sobre dos ruedas nada más y derrapando al caer entre los "oleeee" entusiasmados de la cuadrilla de Dragan, el bosnio que le hace la obra a un vecino (aquí el que más el que menos todos somos damnificados por la naturaleza natural) y que entre seguir alicatando y disfrutar del espectáculo de Ivan a lomos de la excavadora de la Srta. Pepis han optado por lo segundo. Y también me parece muy divertido subir por una rampa de chapas de hierro que a la tercera pasada ha empezado a soltarse. El problema es que tanta diversión me parece excesiva, yo soy más comedida que todo eso. Vamos a ver, si a mi coger el autobús del pueblo ya me parece un deporte de riesgo. Casi que mejor me busco otra profesión para el futuro.
Lo divertido es que hacían distingos según el fruto. Me explico: cuando le ha tocado el turno al limonero, el señor Paco ha gritado "al membrillo de limón", como si fuera una Fanta. Total, que hemos separado las plantas por nivel de damnificación y hemos puesto los membrillos en el lado sano del jardín. El resto de las plantas ("que ahí le he sacao toas las lechugas pa que las aprovechen y se las coman", como si me fuera a comer de golpe 22 lechugas... anda que...) las ha tirado un sobrino del señor Paco al campo después de hacer un burruño con ellas.
A mi me ha dado cosa decirles que las plantas de maría no había que tirarlas, no fuera a ser que se pensaran que una es una viciosa, pero joé, que tenía unas pocas y todas más altas que yo (escaso mérito pasar del metro y medio, claro). Creo que esta noche me armaré de linterna y las buscaré en el monte, que no están las cosas para desperdiciar.
Y... creo que ya no quiero ser gruísta. Como divertido me lo sigue pareciendo. Es más, cada vez me parece más impresionante eso de subir por una cuesta vertical aguantando la máquina sobre dos ruedas nada más y derrapando al caer entre los "oleeee" entusiasmados de la cuadrilla de Dragan, el bosnio que le hace la obra a un vecino (aquí el que más el que menos todos somos damnificados por la naturaleza natural) y que entre seguir alicatando y disfrutar del espectáculo de Ivan a lomos de la excavadora de la Srta. Pepis han optado por lo segundo. Y también me parece muy divertido subir por una rampa de chapas de hierro que a la tercera pasada ha empezado a soltarse. El problema es que tanta diversión me parece excesiva, yo soy más comedida que todo eso. Vamos a ver, si a mi coger el autobús del pueblo ya me parece un deporte de riesgo. Casi que mejor me busco otra profesión para el futuro.
miércoles, 4 de julio de 2007
Yo quiero ser...
Érase que se era, en los tiempos remotos en los que andaba yo peleándome con las hormonas de la adolescencia, que sufría una especie de esquizofrenia lingüística consistente en estudiar al mismo tiempo inglés y ruso. Bueno, entendámonos, al mismo tiempo no: primero, de 3 a 4 iba a inglés, y de 5 a 7 iba a ruso. De 3 a 4 el Instituto Británico me ilustraba sobre las vidas de Peter and Mary, que eran la pareja más insulsa que imaginarse pueda, en la que ella creo que era ama de casa, o secretaria, y él era oficinista, y luego la Asociación Hispanosoviética me abría los ojos a un mundo apasionante donde Anna Petrovna era (agarraos) ¡gruísta!, e Iván Ivanovitch era ingeniero (nunca supimos de qué ni falta que nos importó).
A mi aquello de gruísta me fascinaba (por lo peculiar, claro) pero no le veía el chiste por ningún sitio. Ahora es otra cosa. Ahora de mayor quiero ser Anna Petrovna. Os cuento.
Han vuelto, como prometieron (los obreros, claro). Al principio hablaba con ellos con la espalda pegada a la pared pero parece que lo de "volveremos a dar por el culo" no pasaba de ser una amenaza por aquello de inquietar al personal y tenernos calladitos, así que poco a poco hemos cogido confianza. Y todo ha ido más o menos bien, oye, con contratiempos de lo más tontorrón. Que si "zeñora, que ha saltao una chihpa y habemoh quemao un poco el naranho". Que si "zeñora, que ze noha roto un ladrillo del muro". Que si "zeñora, que zi puede amarrar a loh perroh, que nozan quitao una camiza"...
En fin, pequeñeces, ya digo. Porque todo todo ha sido una nimiedad comparado con el momento del desembarco. El desembarco de la excavadora. Qué momento. El Iván, el maquinista (que tiene edad de estar en el instituto, si todavía tiene marcas de espinillas) subido a lo alto de la balaustrada del jardín dirigiendo la operación; su tío manejando la grúa, y la excavadora sobrevolando el espacio aéreo del jardín de mi vecina (ligeramente acojonadilla, todo hay que decirlo, porque a cada poco los obreros gritaban al tiempo "aaaaaaaaaaaaaay" y la verdad es que imponía un poquillo) hasta que ha aterrizado grácilmente (por decir algo) sobre la terraza del jardín. No exagero si os digo que en ese momento se han escuchado aplausos procedentes de las demás casas. Iván, orgulloso, ha aparejado la excavadora como si estuviera enjaezando un pura sangre y cuando la tenía lista me ha mirado y ha dicho: "Venga, morena, sube". Y yo al principio desconcertada porque me veía como la morena de la copla a lomos de la excavadora (y como que no...) pero luego animada porque he visto que no, que era la excavadora para mi sola, como un camionero de España recorriendo las autovías, me he subido y hasta he amagado una maniobra. Amagar, porque cuando me han visto entusiasmada me han chistado: "Vale, vale, que luego la rompes y nos regañan a nosotros". Pero qué momento. Allí, subida en la excavadora de la Srta Pepis (es diminuta, solamente 2.500 kilos), remangada, con las manos en el volante y mirando ponerse el sol, he entendido de golpe a Anna Petrovna. Y yo de mayor quiero ser kranobtchistcha. Toma!
NOTA: la autora quiere dejar claro que la transcripción del ruso al español se le ha dado siempre de pena. Pues eso.
A mi aquello de gruísta me fascinaba (por lo peculiar, claro) pero no le veía el chiste por ningún sitio. Ahora es otra cosa. Ahora de mayor quiero ser Anna Petrovna. Os cuento.
Han vuelto, como prometieron (los obreros, claro). Al principio hablaba con ellos con la espalda pegada a la pared pero parece que lo de "volveremos a dar por el culo" no pasaba de ser una amenaza por aquello de inquietar al personal y tenernos calladitos, así que poco a poco hemos cogido confianza. Y todo ha ido más o menos bien, oye, con contratiempos de lo más tontorrón. Que si "zeñora, que ha saltao una chihpa y habemoh quemao un poco el naranho". Que si "zeñora, que ze noha roto un ladrillo del muro". Que si "zeñora, que zi puede amarrar a loh perroh, que nozan quitao una camiza"...
En fin, pequeñeces, ya digo. Porque todo todo ha sido una nimiedad comparado con el momento del desembarco. El desembarco de la excavadora. Qué momento. El Iván, el maquinista (que tiene edad de estar en el instituto, si todavía tiene marcas de espinillas) subido a lo alto de la balaustrada del jardín dirigiendo la operación; su tío manejando la grúa, y la excavadora sobrevolando el espacio aéreo del jardín de mi vecina (ligeramente acojonadilla, todo hay que decirlo, porque a cada poco los obreros gritaban al tiempo "aaaaaaaaaaaaaay" y la verdad es que imponía un poquillo) hasta que ha aterrizado grácilmente (por decir algo) sobre la terraza del jardín. No exagero si os digo que en ese momento se han escuchado aplausos procedentes de las demás casas. Iván, orgulloso, ha aparejado la excavadora como si estuviera enjaezando un pura sangre y cuando la tenía lista me ha mirado y ha dicho: "Venga, morena, sube". Y yo al principio desconcertada porque me veía como la morena de la copla a lomos de la excavadora (y como que no...) pero luego animada porque he visto que no, que era la excavadora para mi sola, como un camionero de España recorriendo las autovías, me he subido y hasta he amagado una maniobra. Amagar, porque cuando me han visto entusiasmada me han chistado: "Vale, vale, que luego la rompes y nos regañan a nosotros". Pero qué momento. Allí, subida en la excavadora de la Srta Pepis (es diminuta, solamente 2.500 kilos), remangada, con las manos en el volante y mirando ponerse el sol, he entendido de golpe a Anna Petrovna. Y yo de mayor quiero ser kranobtchistcha. Toma!
NOTA: la autora quiere dejar claro que la transcripción del ruso al español se le ha dado siempre de pena. Pues eso.
sábado, 30 de junio de 2007
Han vuelto... (2)
... pues tardaron poco. Sobre las 12.00, después de haber conseguido rematar un informe entero y justo cuando iba a darle a "guardar", ¡chas!, apagón total. Bajo las escaleras, abro la puerta y oigo un coro de "nozotro no hemo zío". ¡Qué iban a haber sido ellos, si estaban tan ricamente sentados tomándose unas cervecitas mientras esperaban que llegara la excavadora! También he oido un susurro que decía "vaya peloh tiene éhta". No te jode, qué pelos voy a tener si me he tenido que aclarar la cabeza con una botella de agua mineral porque me habéis cortado la tubería del agua. Que no me he tenido que enjuagar con cocacola por los pelos (literalmente).
Vuelve la luz. Al rato aparece en la cocina "Encarnita", la rana del estanque. La cojo y cuando voy a devolverla a su hábitat me encuentro en la puerta a uno de los obreros que me pregunta "que dónde pongo esto", y "esto" son los peces colorados del estanque que como no tienen patas como "Encarnita" no han podido salir por pies. Y los traía en la mano, el menda. Pues hala, ahora están en uno de los cubos de agua de los perros.
Ya se han ido. Antes de irse, muy correctos, han venido todos a despedirse, aunque no sé, la despedida me ha dejado un poco inquieta porque han dicho (sic) "Hala, hasta el lunes, que volveremos a dar un poco por culo". No sé si irme a Alaska o qué.
Vuelve la luz. Al rato aparece en la cocina "Encarnita", la rana del estanque. La cojo y cuando voy a devolverla a su hábitat me encuentro en la puerta a uno de los obreros que me pregunta "que dónde pongo esto", y "esto" son los peces colorados del estanque que como no tienen patas como "Encarnita" no han podido salir por pies. Y los traía en la mano, el menda. Pues hala, ahora están en uno de los cubos de agua de los perros.
Ya se han ido. Antes de irse, muy correctos, han venido todos a despedirse, aunque no sé, la despedida me ha dejado un poco inquieta porque han dicho (sic) "Hala, hasta el lunes, que volveremos a dar un poco por culo". No sé si irme a Alaska o qué.
viernes, 29 de junio de 2007
Han vuelto...
Han vuelto. Como los turrones El Almendro. Claro que ellos no tienen fecha fija para volver. No. Ellos vuelven cuando les sale de la pala. Siempre hacen lo mismo. Llegan, pegan un par de paladas en el jardín, cambian todo de sitio, te llenan la casa de maderas, te imposibilitan el acceso al garaje, y cuando tienes toda la casa al retortero y te ilusionas pensando que solamente serán dos meses, entonces te dicen "señora, que el martes venimos con las vigas de hierro y la excavadora". Claro que los muy listos no te dicen qué martes volverán, y ahí te tiras un mes entero asomada a la balaustrada del jardín y sin salir de casa ni a por el pan, porque eso sí, sales dos minutos y es cuando aprovechan para venir y luego decir "aaaaah... que usted no estabaaaaaa". Ataque de ansiedad. Amago de hiperventilación. No importa, en mi casa hago yo misma el pan así que aquí he aguantado todo el mes sin salir. Y por fin, hoy, han vuelto.
Se ha enterado todo el pueblo, claro, porque se promocionan bastante. Quiero decir, no son nada silenciosos, pero no importa. Se les perdona que a las 8 de la mañana se traigan el camioncito que más chirría cargado hasta arriba de vigas de hierro y que las descarguen usando el método de caída libre acompañado de exclamaciones de ánimo ("Manolo, Manolo, Manooooooloooooooo... la vigaaaaaa".............. ¡Clonk!), y que las vigas hayan sido veinte (aaag, veinte de momento, que amenazan con más). También les perdono que se equivoquen con los botones del portero automático y en vez de dar al que abre la cancela me hayan tocado el timbre de la puerta un puñao de veces, y me hayan apagado y encendido la luz del jardín otras tantas. Vale, no pasa nada. Todo va bien.
Como tienen dificultades para entenderme, JB, que es de aquí y habla como ellos, ha salido al jardín y con paciencia infinita (da clases de español a guiris y la mayoría son japoneses, o sea, paciencia le sobra) les ha explicado "cuidadín, cuidadín, que por aquí van la tubería del agua y el cable de la luz; y eso es el teléfono, no vayan a joderla".
"Dehcuide, efe" ha dicho el capataz, bueno, "er niñorcapatá", que el capataz hoy no ha venido. Siempre picamos. Mira que ya deberíamos saberlo. Que cuando dicen "descuide" quieren decir "mire usted, nos da lo mismo por dónde vaya la tubería, nosotros la vamos a buscar si hace falta y la vamos a romper igual". Y efectivamente, lo primero que han hecho nada más irse JB ha sido cargarse la tubería del agua. Y, por supuesto, estaba en la ducha, así que he bajado con la cabeza llena de champú, y me los he encontrado chapoteando en una especie de piscina de barro que se ha formado en el jardín. "Mire, mire lo que hemozesho". Otro amago de ataque de ansiedad. A ver, respiración profunda, sonrisa sarcástica y, muy seria: "vale, ¿y saben ustedes cuánto van a tardar en romper el cable de la luz y el del teléfono? es por organizarme la mañana".
... y todavía son sólo las 11...
Se ha enterado todo el pueblo, claro, porque se promocionan bastante. Quiero decir, no son nada silenciosos, pero no importa. Se les perdona que a las 8 de la mañana se traigan el camioncito que más chirría cargado hasta arriba de vigas de hierro y que las descarguen usando el método de caída libre acompañado de exclamaciones de ánimo ("Manolo, Manolo, Manooooooloooooooo... la vigaaaaaa".............. ¡Clonk!), y que las vigas hayan sido veinte (aaag, veinte de momento, que amenazan con más). También les perdono que se equivoquen con los botones del portero automático y en vez de dar al que abre la cancela me hayan tocado el timbre de la puerta un puñao de veces, y me hayan apagado y encendido la luz del jardín otras tantas. Vale, no pasa nada. Todo va bien.
Como tienen dificultades para entenderme, JB, que es de aquí y habla como ellos, ha salido al jardín y con paciencia infinita (da clases de español a guiris y la mayoría son japoneses, o sea, paciencia le sobra) les ha explicado "cuidadín, cuidadín, que por aquí van la tubería del agua y el cable de la luz; y eso es el teléfono, no vayan a joderla".
"Dehcuide, efe" ha dicho el capataz, bueno, "er niñorcapatá", que el capataz hoy no ha venido. Siempre picamos. Mira que ya deberíamos saberlo. Que cuando dicen "descuide" quieren decir "mire usted, nos da lo mismo por dónde vaya la tubería, nosotros la vamos a buscar si hace falta y la vamos a romper igual". Y efectivamente, lo primero que han hecho nada más irse JB ha sido cargarse la tubería del agua. Y, por supuesto, estaba en la ducha, así que he bajado con la cabeza llena de champú, y me los he encontrado chapoteando en una especie de piscina de barro que se ha formado en el jardín. "Mire, mire lo que hemozesho". Otro amago de ataque de ansiedad. A ver, respiración profunda, sonrisa sarcástica y, muy seria: "vale, ¿y saben ustedes cuánto van a tardar en romper el cable de la luz y el del teléfono? es por organizarme la mañana".
... y todavía son sólo las 11...
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