Mostrando entradas con la etiqueta Microcosmos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Microcosmos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de febrero de 2015

De película de zuto

Pinocho cumple años, 70. Hay que ver, el pobre, que en 70 años todo el mundo le recuerda como un mentiroso de narices (jejeje). Y eso que hizo más cosas, eh, que pasó de ser un tarugo a un niño de verdad (a ver, esto no es muy reseñable, que por lo que tengo visto y comprobado los niños de verdad son bastante taruguetes), escapó del vientre de una ballena (igual a Collodi y al autor de La Biblia les habría venido bien haberse visto unos documentales sobre costumbres alimentarias de las ballenas, no sé), se salió solito de los vicios y dejó de beber y de fumar sin chicles de nicotina ni grupos de apoyo ni nada. Le ayudó un hada (azul, como los príncipes y los pitufos), vale, pero lo hizo. Y total, para qué, si todos le recordamos solamente por haber dicho alguna que otra mentira. Que tampoco es tan grave. A ver, ¿quién no ha mentido alguna vez? Es verdad que hay personas con más tendencia que otras, por ejemplo mi hija Kenya, que desde chiquitilla ha tenido mucha afición a mentir descaradamente. Para que se hagan una idea, tenía poco más de dos años la criatura cuando un día se descolgó con que no quería ir a casa de sus abuelos porque su abuela le pegaba con un palo en los ojos. A JB y a mí nos dio mucha risa cuando lo dijo pero había que ver a mi suegra, que era toda una dramaqueen, haciendo una escena que ni Margarita Xirgu; lloró, echó mocos, amenazó con desmayarse, siguió llorando, echó más mocos todavía… un espectáculo. Y Kenya, lo de contar trolas no ha parado de hacerlo, eh, es mi hija y la quiero y todo ese rollo, pero miente a nivel olímpico, para qué lo voy a negar. Lo bueno es que como todos lo sabemos no nos creemos ni la mitad de las cosas que nos dice. Yo me lo tomo con tranquilidad pero está feo. Mentir está feo y yo no lo hago. Quédense tranquilos, que yo no les miento. Otra cosa es que a la hora de contarles las cosas elija resaltar determinadas cosillas y pasar otras por alto. Pero eso no me convierte en una mentirosa. Lo digo porque ha habido más de una ocasión en la que alguno de ustedes ha dudado de lo que les contaba, e incluso ha habido quien directamente lo ha puesto en tela de juicio (no quiero dar nombres para no acusar, pero empieza por Alma y termina por Leonor), que todavía recuerdo aquella vez que tuve que colgar los vídeos del jabalí aquél que se bañaba en las piscinas de Torrox. Y si han dudado de cosas así, qué no harán esta vez. Pero es cierto, eh, y quien dude que le pregunte a mi amiga Pepi.

Pepi vive a tres calles de mi casa. La semana pasada murió su madre y estaba bastante triste, así que no me sorprendió que me llamara el viernes y me invitara a merendar el sábado por la tarde. “Querrá que le haga compañía” pensé yo. Me extrañó un poco que me dijera que fuera en chándal, concretamente con el chándal más viejo que tuviera, pero pensé que era un trastorno ocasionado por la pena, que cosas más raras se han dado. Como además el chandalismo me encanta (aunque no lo practico nada, eh, que les veo venir) obedecí y me planté en su casa con un pantalón viejo de chándal que se dejó JB y un forro polar que no sé de dónde salió ni me importa. Pepi me abrió la puerta vestida más o menos como yo, o sea, hecha una mamarracha, pero lo que me extrañó no fue eso, lo que me extrañó fue que no estaba tristona ni desanimada ni nada. A ver, lo del chándal es rarísimo porque Pepi va siempre más arreglada y más bonita que un sanluis, si hasta lleva uñas de gel con brillantitos incrustados y todo, pero como yo achacaba el chandalismo a lo de la pena y tal, pues encontrarme aquella querencia al chándal sin que hubiera trastorno por medio sí me sorprendió. Pepi no sólo no estaba triste sino que estaba bastante más parlanchina (todavía) de lo normal. Nos tomamos una tetera con dulces mientras charlábamos de nuestras tonterías, y nos bebimos la última gota de té, Pepi se puso seria.

- Gin, tengo que pedirte un favor muy grande. Pero muy grande muy grande. Yo sé que te va a sonar rarísimo, y estás en tu derecho de negarte, pero lo necesito.

- A ver, dime.

Yo estaba intrigadísima y a la vez un poco alarmada, que mi imaginación tarda nada y menos en dispararse y ya estaba yo montándome unas películas de impresión. Pepi siguió contándome, muy seria.

- Tú sabes que ha muerto mi madre.

- Sí, sí, lo sé, mujer, si estuve en el entierro.

- Sí, eso, el entierro, a eso iba. A mi padre le incineramos, así que no hubo problema, pero mi madre quería que la enterráramos con su madre. Como mi abuelo murió en África y le enterraron allí mi madre siempre decía que no quería dejar sola a mi abuela.

- Ajá.

- Así que cuando murió mi madre llamé al de la funeraria para meterla con mi abuela. Y van y me dicen que no puede ser porque no cabe.

- ¿Cómo que no cabe?

- Eso, que no cabe, que como ya hay más familiares enterrados allí, que o sacamos a alguno o que no cabe. Me daban también la opción de ampliar la concesión con otra tumba, pero era carísimo. Carísimo carísimo, vaya, y encima no estaba ni cerca.

- Ya… ¿y cómo lo solucionaste? Porque yo recuerdo que a tu madre la enterramos en la tumba familiar. O sea, que cupo.

- Sí, sí, claro que cupo, porque sacamos a uno, concretamente a mi abuela. Ya ves tú, tanta historia con que no quería dejarla sola y al final la desalojó de la tumba. Claro que no ha sido por su gusto, que por ella no… vaya, que ella se habría tirado al mar antes que sacar a su madre de allí, pero claro…

Pepi se estaba empezando a ir por los cerros de Úbeda, y cuando le pasa es peligrosísima porque salta de unos temas a otros sin transición, ni orden, ni concierto, ni ná de ná.

- Sí, sí, me hago una idea. ¿Y qué habéis hecho con la abuela?

Ahí Pepi cerró la boca y la apretó tan fuerte que le salieron unas arrugas feísimas a los lados y yo pensé que igual hasta rompía una muela y todo. Se levantó muy seria y me dijo: “Ven”. Y yo, claro, fui.

Bajamos a la planta baja. Entró en la habitación que usa para guardar las cosas del verano: las tumbonas, las cosas para limpiar la piscina, la colchoneta inflable, las sombrillas, las esterillas… en fin, los cachivaches del verano que en invierno lo único que hacen es estorbar. Se paró en medio de la habitación, y me señaló con la barbilla. Yo miraba por todos lados sin entender nada, y ella seguía dando barbillazos. Me fijé. Lo que Pepi me señalaba era una loneta que normalmente usaban para cubrir la mesa y las sillas de madera y protegerlas de la humedad, y que en ese momento estaba encima de una especie de cajón alargado.

- ¡Pepi, no será verdad!

Pepi asintió.

- No jodas, Pepi, ¿Qué te has traído a la abuela muerta a casa?

- ¿Y qué iba a hacer, Gin? Si tenía que enterrar a mi madre, y no daba tiempo a nada, y además la tumba era carísima, y encima estaba en la otra punta del cementerio. Así que firmé los papeles, la metimos en el coche y me la traje.

- Ya me habría gustado a mí verte atravesar la ciudad con una caja de muerto llena en el coche. ¿Y qué vas a hacer con ella?

- Pues por eso te he llamado, Gin. Necesito que me ayudes porque yo sola no voy a poder y no me va a dar tiempo, que igual en cavar se tarda mucho.

- ¿Qué qué???

- Vamos a enterrarla en el jardín, Gin. Tú y yo. En la esquina del fondo, donde tengo los rosales. Y luego le pondré un rosal encima, que siempre le han gustado mucho.

- A ver, Pepi, eso no se puede hacer. Que esto no es como cuando JB enterraba los conejos en el jardín, que hablamos de una persona. ¿Tú te crees que esto es una película de Almodóvar, o qué?

- ¿De Almodóvar? ¿Cuál? Aaaaaaah… sí… aquélla en la que Penélope Cruz y su amiga puta enterraban al marido que quería acostarse con la hija.

- Ésa, Pepi, ésa. Tú es que te crees que la vida es como en las películas y no es así, eh.

- No, mujer, que yo y sé que la vida no es como en las películas, pero mira, esto sí es un poco de película, eh. Tú y yo, Penélope Cruz pidiendo a su amiga puta que la ayude y eso.

- Tú sueñas, Pepi; en cualquier caso yo sería Penélope Cruz y tú la otra.

- Bueno, pues tú Penélope Cruz, pero me ayudas ¿vale?

Y me dejé convencer. Así que salimos al jardín con un par de linternas y nos pusimos a cavar intentando no hacer mucho ruido para que los vecinos no se enterasen. Tampoco hacían falta tantas precauciones porque el viento era tan fuerte que no se escuchaba otra cosa. Al rato nos cansamos.

- Pepi, esto no va a salir bien, eh. Mira el rato que llevamos y no avanzamos nada. Aquí no cabe la caja ni de coña.

- Em… estaba pensando… ¿la abrimos y la volcamos tal cual? Seguro que no hay más que cuatro huesitos, y eso en el agujero que hemos hecho cabe de sobra.

- ¡Tú estás loca!

- Pues hala, hay que seguir cavando.

- Bueno, vale, pero la abres tú que para eso la muerta es tuya. Y vamos a ponernos guantes.

- ¿Por si las huellas y eso?

- No, mujer, por el asco.

- Ah, sí.

La verdad es que yo esperaba mucha más resistencia pero no costó nada abrir la caja. Pepi se asomó y lanzó una maldición. Dentro de la caja había otra caja un poco más pequeña.

- ¡Toma ya! ¡Como las muñecas rusas!

- Pues ésta tampoco cabe, creo; habrá que abrirla también.

Y Pepi abrió la segunda caja. Dentro había una bolsa un poco birriosita. Pepi la cogió (“Menos mal que se te ocurrió lo de los guantes, Gin, porque sí que me da un poco de repelús”) y la lanzó al agujero. Mientras caía, los huesos sonaron como una maraca rota, como un sonajerillo de niño chico. A Pepi no sé, a mí me dio un poco de mal rollo, pero se me pasó enseguida porque no nos costó nada rellenar el agujero y poner el rosal encima y todas las zarandajas que quería Pepi.

- Vale, Pepi, hecho. ¿Y ahora qué vas a hacer con las cajas?

Miramos el ataúd y la caja interior.

- Si las rompemos un poco las puedes quemar en la chimenea.

- Ay no, Gin, que eso me da mucho yuyu

- Joé, Pepi, ¿acabamos de enterrar a tu abuela en el jardín, metida en una bolsita de mierda y no te ha dado yuyu?

- No, no mucho, la verdad. Habrá sido la adrenalina ésa.

- Pues tú me dirás, porque no las vamos a sacar al contenedor de la basura, que enterrar gente en los jardines está prohibido. Vaya, está prohibido enterrar animales, que no veas el pollo que montamos cada vez que se nos muere un gato y tenemos que enterrarlo, así que de las personas ni hablamos. Y como saques las cajas al contenedor va a cantar mucho que alguien ha enterrado a alguien. Y tu madre ha muerto hace poco así que te van a investigar la primera. Te pillan fijo.

Pepi me miraba asintiendo.

- ¡Ya lo tengo! Las rompemos un poco y desparramamos los trozos por distintos contenedores.

Vale, era de locos pero después de la noche que llevábamos no me sonó ni mal. Tampoco tardamos tanto en desarmar las dos cajas, pero las dejamos reducidas a tablones, que no era plan de provocar un infarto a los basureros. Y así, escachítas, cabían fenomenal en el maletero de su coche. Bueno, iban un poco justas; habrían ido mejor en el mío, que es más grande, pero me negué. Decidimos que diseminaríamos los trocitos por contenedores que nos pillaran lejos lejísimos. Una estaría al volante, con el motor en marcha, mientras la otra dejaba los tablones en el contenedor. No le dí opción a Pepi: conduciría yo y ella descargaría los tablones, que para algo era su muerta. Y tan fácil que resultó. Como hacía una noche perruna total, venga a soplar viento, venga a soplar viento, y frío a rabiar, no había un alma por la calle, así que nadie nos vio delinquir repetidamente.

Y quien no me crea que le pregunte a Pepi.




domingo, 1 de febrero de 2015

Bichos, bichos

Ayer estuve viendo “Noé”. Bueno, más que verla la estuve mirando, que al poco de empezar me dio la risa y se me fue la cabeza a mis cosas. Saqué un par de cosas en claro: una, que a Russell Crowe le van los personajes así como brutillos y de época, que vestido de normal pierde mucho, y dos, que si en vez de encargarle la cosa del arca a Noé Dios me la hubiera encargado a mí, lo habríamos llevado claro. Ya me veo yo:

- Gin, ¿qué tal llevas mi encargo?
- ¿Lo del arca y los animales? Bien, bien, diosito, sobre eso quería yo hablarte.
- Tú dirás.
- Pues que yo sé que tú les tienes cariño porque los has creado a todos y eso, pero que he pensado que no vamos a llevar gallinas. No me gustan nada las gallinas, huelen fatal, y además ya llevamos avestruces, que ponen huevos mucho más grandes. No necesitamos esos bichos asquerosos para nada
- …
- Y ya que estamos, las palomas tampoco deberían venir. Ni los loros, ni los grajos. Te he hecho una lista de animales que igual nadie echa de menos.

Vaya, que habría reducido la lista de especies animales a la mitad. Y no habría pasado nada, seguro. De hecho, yo me habría ahorrado las fiebres mediterráneas, porque las garrapatas se habrían quedado en tierra. Ya habrían podido llorar y gritar con su vocecita chillona de garrapata “Gin, llévanos, por favor por favor”, que habría dejado que se ahogaran tan ricamente. Y luego, otra cosa que nunca me ha quedado nada clara. Dos animales de cada especie. Dos. O sea, perros dos. Vale, dos, pero ¿de qué modelo? Que ya me imagino yo luego teniendo que explicarle a Dios unas cuantas cosas.

- Gin, ¿dónde están los chihuahuas?
- Ah, ¿qué los chihuahuas también tenían que venir?
- Claro.
- Dijiste dos de cada especie. A ver, que si tenías especial predilección por alguno igual tenías que haber sido un poco más exacto en las instrucciones, eh, y no dejarme elegir a mí.
- Ya que estamos. Dije dos, ¿por qué hay media docena de cerdos?
- Ah, no, no, dos son para perpetuar y eso; los demás son para el camino, que a ver dónde se ha visto una excursión sin bocadillo de jamón ni nada.

Lo dicho, menos mal que se encargó Noé porque vaya estrés y vaya desastre si me hubiera encargado yo, entre los que no me gustan y los que se me habrían olvidado, faltarían la mitad de los animales. Claro que igual no era ni malo. Por ejemplo, no habría cotorras que me cagaran en el tendedero, ni me pasaría media vida peleándome con los marditos roedoreh que quieren instalarse en mi casa. Y ya me gustaría eso, eh, que nos hemos tirado un par de meses peleando con ratoncitos variados. Bueno, no sé si han sido variados o ha sido solamente uno pertinaz como la sequía franquista, o qué. Lo que sé es que una mañana estaba desayunando en casa cuando vi un ratoncito corretear alegremente por el comedor y meterse debajo de la lavadora. No me sorprendí ni nada, que no es la primera vez que me encuentro uno en casa. De hecho, una vez tuvimos una plaga de ratones en una casa en el centro de la ciudad. Estaban por todas partes y aunque eran muy monos y no hacían nada terminamos por rendirnos y nos marchamos. Claro, esa vez me dio más igual porque no era mi casa, pero ésta no se la pienso dejar a los ratones, así que cuando ví al ratoncito corretear por el comedor me lié a poner trampas por todos lados, pero para nada porque no caía. Cada mañana bajaba al comedor un poco con el corazón partío. Por un lado, con la ilusión de ver al ratoncito pegado en alguno de los cartoncitos con pegamento que se esparcían por el suelo como si el comedor fuera un campo de minas, y por otro con el asco de ver al ratoncito pegado en alguno de los cartoncitos. Una incongruencia, lo sé, pero qué quieren, así soy yo. Una semana estuvimos así: yo poniendo trampitas por las noches, y el ratoncito esquivándolas. Madagascar, que es mala, actualizaba el resultado en la pizarra del comedor: “Gin 0- Ratoncito 6”. Y así hasta que pasó una semana y yo pensé que el ratoncito se había ido igual que había venido, o sea, por la puerta. Ilusa de mí, también pensé que no volvería hasta que un día escuchamos un correteo por dentro del tubo de salida de aire de la campana extractora. Al principio nos reímos un poco, hasta que el ratoncito dejó de corretear por el tubo y empezó a roerlo. Ahí nos planteamos que más valía ayudarle a salir, así que metimos una cuerda por la chimenea de salida del tubo y nos sentamos a esperar a que Ryan (sí, qué pasa, nosotros ponemos nombre a todos los animales que pisan la casa) saliera. Y salió, ya les digo que salió. Escaló por la cuerda divinamente y se metió debajo de una maceta. Y yo creía que con aquello Ryan ya habría escarmentado, pero parece que los ratoncitos con de ideas fijas porque dos días después entró Madagascar en mi dormitorio. Domingo, seis de la mañana.

- Mamá!
- …mmm???
- Nada, que anoche fui a hacer pis en el baño de abajo y vi un ratoncito que se estampó con la puerta. Por lo visto el pobre quería salir pero no atinó bien.
- Ya! ¿Y?
- No, que he vuelto a entrar en el baño y sigue ahí. Para mí que no es muy listo porque ha vuelto a estamparse contra la puerta así que he metido a la gata en el cuarto de baño y he cerrado la puerta. Te lo aviso por si oyes ruidos raros en el baño.

Cuando bajé abrí la puerta del cuarto de baño y la Mini salió con cara de ofendida, como mosqueada por haberse pasado allí la noche, pero ni se relamía ni nada, así que cerré la puerta y volví a preparar unas cuantas trampas con pegamento. Cada hora abría la puerta con mucho cuidadito y miraba las trampas esperando encontrar a Ryan pegado en alguna de ellas, pero no había nada que hacer. Ryan era un torpe y se daba con la puerta en la cabeza pero sabía lo que era una trampa. Y mientras yo aumentaba el número de trampas Ryan había urdido un plan para escapar del cuarto de baño, consistente en roer el marco de la puerta como si no hubiera un mañana, y hacer un túnel digno de La gran evasión. Y lo habría logrado si una mañana, al volver de la Facultad, Madagascar no se hubiera encerrado en el cuarto de baño armada con la escoba. Yo la escuchaba desde fuera.

- Ajá! Estás ahí dentro! (“ahí dentro” era la alfombrilla de la ducha, donde Ryan se había refugiado pensando que nadie le iba a ver pero ignorando que su cuerpo formaba un bultito sospechoso).
- Písale! – grité yo.
- ¿Con las zapatillas de toalla? Estás loca!
- Pues tú me dirás qué haces.

No me lo dijo exactamente, pero lo fui adivinando sin problemas.

- Ven aquí y no corras, que te voy a dar igual!
- Ay, pero es que es monísmo! ¿No me lo puedo quedar? ¿De verdad hay que matarlo?
- Que no corras, he dicho!
- Deja de dar vueltas al lavabo!

Plas! Plas!

- Ja! Te he dado!
- Mamá! O le he matado o se hace el muerto! ¡¡¡!!! Que está vivo! Jodío, qué buen actor eres! Me habías engañado.

Plas! Plas! Plas!

- Ja! Ahora sí que estás muerto!

Héctor y yo entramos en el cuarto de baño y nos encontramos a una Madagascar triunfante junto al cadáver de un ratoncito adorable.

- Pero qué masacre es ésta! Si el ratón es minúsculo y hay sangre hasta en los azulejos de las paredes!

Héctor no daba crédito. Madagascar nos lanzó una mirada glacial y masculló algo así como “haberlo hecho vosotros, inútiles”, mientras se iba a la cocina a prepararse la comida tan campante. Cuando terminamos de limpiar el cuarto de baño nos la encontramos terminando de comer.

- Pero ¿ya has comido? ¿no has esperado a nadie?

Madagascar me miró muy seria.

- Yo gran cazadora. Mujer, tú comer después.


domingo, 25 de enero de 2015

Pijamismo

Hace dos días mi compañero de despacho estaba buscando lo que él llamó un “sotocasco”, y cuando me lo describió yo le enseñé lo que eran los verdugos. No los ministros de justicia que ejecutan las penas de muerte y en lo antiguo ejecutaban otras corporales como la de los azotes o el tormento. No, yo me refiero a la acepción nº 11 del DRAE, a saber: “gorro de lana que ciñe cabeza y cuello, dejando descubiertos los ojos, la nariz, y la boca”. O sea, los verduguitos que acompañaron todos los inviernos de mi infancia. Que era llegar noviembre y mi madre me encasquetaba el verdugo azul y no me lo quitaba hasta primavera, que parecía que me habían florecido los rizos de pronto. Ese gorrito fue como una segunda piel sobre mi cabeza, una segunda piel de lana azul que si te estaba un poco chico te apretujaba hasta el cerebro y al quitártelo se te quedaba una marca en la carita formando un óvalo rojo. El verdugo fue el gorrito de mi infancia. Y de la de mis amigos también. Había que ver el patio del colegio, que parecía que habían soltado una manada de alfiles azules. Es curioso, el verdugo era lo único que no estaba incluido en el uniforme pero todas las madres nos ponían uno, como si les supiera mal que la cabeza pudiera diferenciarnos de los demás niños. Todos iguales, de la cabeza a los pies. La verdad es que eso de ir todos iguales no me importaba nada. El uniforme escolar me resultaba de lo más cómodo. Luego, en el instituto, fue curioso porque no había uniforme pero la mayoría de la gente se vestía igual. Una vez leí que durante la adolescencia hay dos tendencias: mimetizarte para integrarte en el grupo, o remarcar tu individualidad para proclamarte ajeno a él. Yo reconozco que siempre he sido de los segundos y he practicado el “amibolismo” a nivel olímpico y en todas sus modalidades, incluyendo, por supuesto, la ropa, para desesperación de mi madre y desconcierto y no poco regocijo de mucha gente. Claro, ya habrán llegado ustedes a la conclusión de que no soy marquista. Incluso tuve una época en la que no solamente no era marquista sino que era antimarquista y me negaba sistemáticamente a llevar cualquier prenda que fuera de alguna marca que estuviera más o menos de moda. Vale que no caí en el feísmo, que era otra de las tendencias de la época, pero durante un tiempo sí milité activamente en el antimarquismo. Y aunque se me ha apaciguado un poco, sigo despreciando llevar una cosa de marca simplemente porque es de marca. Ya, qué quieren, es una pose como cualquier otra. Pero no crean, eh, que esa pose me la quito y me la pongo cuando quiero y no me deja marca ni ná, no es como los verdugos de cuando era chica.

Por ejemplo, la semana pasada una tienda de una conocida marca de ropa interior puso un cartelito de lo más provocador en el escaparate. Según el cartelito, si ibas a la tienda, te comprabas un pijama y salías con él a la calle, te hacían un descuento del 70% del precio. Cuando vimos el cartel mi amiga Paloma y yo bromeamos a cuenta de nuestros usuarios. A ver, es que últimamente nos viene gente muy rara; sin ir más lejos esa misma mañana habíamos visto a dos muchachas en bata y pantuflas haciendo cola en el mostrador de información. Así que hicimos bromas sobre si decirles que se pasaran por allí. Tres días duraba la promoción. Yo no suelo comprar en esas tiendas, básicamente porque no quepo en sus prendas, así que ni me lo planteé. Y no habría pasado nada si mi compañero de despacho no hubiera dicho las palabras mágicas: “no hay narices…” Miren que yo no soy nada competitiva ni entro al trapo en ningún desafío, y siempre me ha fascinado que Marty McFly montara los pollos que montaba simplemente porque le llamaran gallina, pero dado que me encantan los disfraces y me gusta provocar, fue como si mi compañero me lo hubiera puesto en bandeja.
Así que la mañana siguiente Paloma (que solamente es vergonzosa para bailar en público, por lo demás se apunta a un bombardeo) y yo nos plantamos en la tienda nada más abrir y nos pusimos a elegir pijamas. Cuando fuimos a pagar la dependienta nos miró atentamente.

- Tienen que salir con el pijama puesto para que les haga el 70% de descuento.
- Ajá.
- No pueden llevar el jersey encima del pijama. Y ya que estamos, la falda tampoco.

Volvimos al probador.

- No pueden dejarse las camisetas ni las camisas debajo del pijama.
- …
- No. El pantalón tampoco se lo pueden dejar debajo del pijama. Tienen que llevar el pijama tal cual.
- ¿Nos podemos dejar las bragas y el sujetador, al menos?
- Ja… ja… ja…

La dependienta debía tener una mala mañana. Pues no le quedaba ná, que solamente eran las 10 y estábamos a principios de semana. Pero como ése no era nuestro problema, nos metimos en el probador y salimos en pijama.

- Vale, así sí. Metan su ropa en esta bolsa y no se pongan el abrigo hasta que hayan llegado a la esquina.
- ¿Qué???
- Que la promoción dice que mientras estén a la vista desde la tienda tienen que ir en pijama. Pero se lo pueden poner cuando lleguen a la esquina y ya no las podamos ver.

Y salimos por Calle Larios en pijama.

- ¿No te da un poco de vergüenza?
- Para nada, mujer, si parece que vamos de uniforme.
- Gin, que los pijamas son de color rosa y llevamos dibujitos de madalenas en las tetas, ¿uniforme de qué?

Bueno, vale que igual dábamos un poco el cante, pero para mí que nadie se dio cuenta de nada. Cuando llegábamos al trabajo nos cruzamos con las muchachas que iban en bata y pantuflas, las cuales lanzaron miradas apreciativas a nuestros pijamas. Mi compañero, en cambio, abrió tanto los ojos que si no hubiera sabido que los tiene pegados habría esperado verlos rodar por el suelo.

Cuando llegué a casa enseñé el pijama y conté la historia. A Héctor (que vino a casa pidiendo asilo por una temporada y se ha instalado en el cuarto de invitados) le impresionó poco. Claro que Héctor practica el pijamismo con desesperación y últimamente se ha aficionado a los pijamas de raso. De momento tiene dos, uno de color aguamarina que le regaló una amiga, y otro mío de color rosa con topitos blancos. Como están forraditos de franela por dentro le resultan muy calentitos así que los va alternando para asombro del cartero, que cada día le ve con un modelo diferente. Bruno, que lamentablemente está en esa edad en la que todo le resulta sumamente vergonzoso, dijo que antes muerto que salir en pijama. A Madagascar, en cambio, le brillaron los ojos cuando se enteró de que todavía quedaban dos días de promoción. Es que es una de sus tiendas preferidas.

La mañana siguiente bajé a información a recoger un paquete y vi entrar a Madagascar en pijama. “He venido a cambiarme aquí, que me voy a la Facultad y no quiero ir así”. Y detrás de ella las muchachas del día anterior, de nuevo en bata y pantuflas, que miraron a Madagascar de arriba abajo, cuchichearon algo, y se nos acercaron.

- Mira, chiqui, llevas un pijama muy bonito, pero te fallan los zapatos.
- ¿Qué?
- Que no se lleva pijama con zapatos. Ayer tu madre iba igual y no se lo dijimos porque pensamos que habían sido las prisas, pero que no, que no se llevan zapatos con el pijama, que lo sepas, que queda fatal.

Y qué quieren que les diga, pues que tienen razón.

domingo, 18 de enero de 2015

Boicot

Durante unos meses de mi infancia estuve yendo al comedor escolar. Ya, ya sé que suena como si quisiera que ahora todos gritaran “Te queremos, Gin”, pero no, déjenlo. Al principio recibí la noticia de lo del comedor con un punto de desagrado porque siempre he tenido un sentido del olfato muy desarrollado y no soportaba los olores que salían de las cocinas y del comedor del colegio. Me sigue pasando, eh, no me gustan nada los olores a cocinas y comedores comunitarios, tipo hotel, residencia, colegio, etc. Y de las personas ni hablemos, que vaya trayectos torturantes me dan en el autobús. Soy muy mía yo para los olores. Pero a pesar del desagrado comprendí perfectamente que mi madre estuviera hasta el pichi de hacer viajes de casa al colegio y del colegio a casa, que vivíamos lejos y ni siquiera hacíamos los trayectos en autobús sino en camioneta, la P13 (Camioneta Periférica 13). La verdad es que se llamaba camioneta porque unía dos barriadas diferentes, pero era exactamente igual que un autobús, que solamente cambiaban el color y el nombre. Yo creo que lo hacían para ver si remarcándonos que vivíamos en el culo del mundo (lo habrán deducido ustedes por lo de “periférica”) nos desanimábamos, abandonábamos nuestros afanes viajeros, y nos quedábamos en nuestro barrio sin obligar al Ayuntamiento a tener que arreglar las carreteras, que eran una porquería y se inundaban cada vez que llovía un poco. A los pequeños eso nos daba igual, a nosotros lo único que nos importaba era que nuestra camioneta no fuera la P2, que nos daba mucha risa y sí que nos habría parecido tela de humillante. Seguro que a más de uno que ha leído esto se le ha escapado un “jejeje” tontorrón. Mi madre era una madre de las de entonces, y su trabajo era ocuparse de su casa y sus hijas, así que se chupaba diariamente cuatro viajes en la P13 cargada de niños porque venían con nosotras tres hermanos, amigos y casi vecinos nuestros. Dado que llevar a cinco niños pequeños por la calle es casi tan difícil como pastorear una manada de pavos, y que teníamos jornada escolar partida con sus actividades extraescolares y todo, mis padres tomaron la decisión de apuntarnos al comedor del colegio. Aquélla fue toda una experiencia. Positiva, eh, que a mí el comedor me gustó bastante, y lamenté que nos quitaran pero parece ser que surgió un dilema como de vida o muerte porque o nos sacaban del comedor o mi hermana se moría por no comer. Anda que no lloró mi hermana; días y noches estuvo llorando, sin comer, sin dormir, venga a echar lágrimas y mocos, así que puestos a elegir mis padres (no sé por qué) escogieron sacarnos del comedor con lo que volvimos a la trashumancia diaria aunque esta vez motorizados, que mi madre se compró un 600 y ahí que íbamos los cinco niños apretujaditos en el asiento trasero y sujetando sobre las piernas de todos un cestillo en el que iba mi hermana pequeña, que era un bebé. Ay, aquello sí que era divertido.
Mi experiencia de comedor escolar fue, pues, bastante efímera, pero satisfactoria. Vale, había cosas que era olerlas y ponérseme los vellos como escarpias del asco que me daban (no daré muchos datos por si es un plato que a alguno de ustedes le disloca, solamente diré tiene tres palabras, que empieza por “guisadillo de” y termina con “patatas”) pero también probé cosas que nunca antes había comido y que me encantaron, como el membrillo y los espaguetti. El membrillo de dislocó desde el principio, pero lo de los espaguetti fue un shock. ¿Cómo podía ser que mi madre nos hubiera ocultado que existían esas cosas tan ricas? A los pocos días había hecho una encuesta y había descubierto que no era cosa de mi madre, sino de todas las madres: ninguna madre preparaba espaguetti. Y además cuando les preguntabas por qué no los ponían todas torcían el morro. Debe ser que para que te dieran el carnet de madre tenías que cumplir una serie de requisitos, como cardarte el pelo de forma inverosímil, y negarte a cocinar cualquier tipo de pasta que no fueran macarrones con tomate y chorizo. Y ojo, que a mí aquellos macarrones me encantaban. De hecho llevo dos años intentando que mi madre me los haga y nada. No quiero contar lo que pasó hace dos años por no hacer sangre (a mí misma, que todavía me retuerzo de rabia cuando lo recuerdo), pero lo de este año ha sido espectacular.
Ocurrió el día antes de mi cumpleaños. Estaba yo en la cocina tan tranquila, como Antonio Molina, preparando arroz con habichuelas para mi cuñado, cuando ví unas chispitas anaranjadas superbonitas bailoteando en la rejilla de la campana extractora.

- No quiero alarmar a nadie, pero creo que la campana extractora está en llamas.

A ver, no había llamas de verdad, que ya digo que eran solamente unas chispitas (qué bonitas, qué bonitas) retozonas, pero fue la mejor manera de asegurarme de que tooooda la familia se arremolinara en torno a los fuegos. Me arrepentí un poco, eh, que en dos segundos allá que estaban todos metiendo la cabeza bajo la campana extractora y estorbándome cantidad, que entre que todos querían verlas y algunos (no quiero acusar a nadie pero fue mi madre) intentaban apagar las chispas con un trapo de cocina, yo veía difícil el futuro de mi arroz con habichuelas. Claro que cuando aparecieron llamas de verdad y empezó a salir un humo más negro que el alma de Voldemort, todos sacaron la cabeza de allí y empezaron a proponer soluciones a cual más desquiciada hasta que mi madre y mi hermana B2 optaron por dos soluciones de forma simultánea: mi hermana llamó a los bomberos y mi madre recordó que había un extintor en la escalera. Dicho y hecho, mi padre descolgó el extintor y se lo pasó a mi cuñado, quien tardó medio segundo en depositarlo en las manos de mi hermana, que acaparó extintor y bomberos mientras me recriminaba que yo siguiera pendiente del arroz con habichuelas. Se puso tan nerviosa que nos hablaba a la vez al bombero que estaba al teléfono y a mí, y llegó un punto en el que no sabíamos quién de los dos tenía que mandar una dotación y quién tenía que meterse la cazuela de arroz con habichuelas en el culo, aunque era fácil deducirlo. Al final, y como el bombero le estorbaba, me lo tiró a las manos y se dedicó a escupir espuma con el extintor como una loca. Claro, las llamas duraron nada y menos, y a cambio la cocina se llenó de un humo oscuro que no había manera de ver nada. Y mientras ahí seguía el bombero, pegadito a mi oreja, gritándome que no me preocupara, que ya iba una dotación para allá.
Y en ésas andábamos, intentando que los bomberos se enteraran de que ya no hacían nada de falta, cuando llegaron dos policías a ver qué pasaba. Resultó que uno de los policías conocía a un bombero porque habían estudiado juntos cuando eran chicos así que nos contó que el bombero llevaba la profesión en la sangre, que ya desde muy chiquitillo sabía que quería ser bombero, y que era más bueno que nada. También nos contó que se había casado y que tenía una niña muy chica. Y habría seguido contándonos todos los cotilleos del barrio si el otro no le hubiera recordado que tenían que llamar al SAMUR para que nos echara un vistazo, así que cortó y cogió el teléfono.

-… sí, sí, son cinco personas, sí… no, niños no, pero hay dos personas de edad…

Fue escuchar lo de “dos personas de edad” y mi madre, que estaba acurrucadita en un rincón de la escalera pensando en sus cosas, abrió los ojos como un búho. Como un búho enfadadísimo, añado.

- ¿De edad? ¿Yo una persona de edad? ¿DE EDAD?????

El pobre policía no sabía dónde meterse y empezó a mascullar algo sobre el protocolo mientras buscaba con la mirada a su compañero, pero éste también tenía un problema porque mi padre había desaparecido.

- Yo creo que está en la casa.
- Pero ¿cómo que en la casa? ¿cómo que en la casa? En la casa no puede haber nadie, que no hay oxígeno. ¿Qué hace ese señor en la casa?

Y sí, estaba en la casa preguntándole a un bombero totalmente atónito si le necesitaban para algo o qué.

- Emmm… mire usted, estamos aquí seis bomberos y dos policías, yo creo que no hace usted falta para nada.
- Bueno, bueno, como quieran. Si me necesitan estoy abajo.

Luego hubo que explicarles a los bomberos que es que mi padre es del mismo Bilbao, y ahí estuvimos el resto de la tarde todos haciendo bromas sobre la señora de edad y el señor de Bilbao. Y como estábamos poco entretenidos, llegó una dotación del SAMUR dispuestos a medirnos el dióxido de carbono que tuviéramos dentro. Bueno, yo he dicho dióxido de carbono pero a saber qué querían medirnos, que yo de química ando fatal, a mí me dicen que me quieren medir el perbutónido antracítico de niostato y les digo que vale. Y ya saben eso de que el hombre propone y Dios dispone. Los de SAMUR estaban dispuestos pero se quedaron con las ganas porque el aparato medidor estaba roto así que ni cortos ni perezosos llamaron a otra dotación. En menos de diez minutos teníamos la sala como el camarote de los Hermanos Marx: los cinco de la familia, dos policías, seis bomberos, y los ocho miembros de SAMUR. A mis padres les midieron (lo que fuera) y les mandaron ponerse unas mascarillas conectadas a unas bombonas de oxígeno. Luego me tocó el turno a mí.

- ¿Dónde estaba usted cuando se ha originado el incendio?
- En la cocina, cocinando, pero yo no he sido.
- ¿Y después?

Aquello parecía un interrogatorio del FBI. Yo me debatía entre confesar quejumbrosamente “pos vale, guilty” o seguir diciendo la verdad.
- He seguido cocinando.

“Ajá”, murmuró. Levantó una ceja, y yo hice lo propio, a ver si se iba a creer que solamente sabía hacerlo él, con lo que se quedó un momento descolocado, pero reaccionó enseguida e hizo una pregunta más.

- ¿Ha inhalado el humo?
- Pues mire, fijo que sí porque yo he inhalado todo lo que había en el aire, que a día de hoy no sé discriminar los gases con la nariz.
- Pues hala, maja: bombona.

Total, que entre unas cosas y otras llegó mi cumpleaños y en vez de macarrones con tomate y chorizo nos tuvimos que apañar con unas pizzas. Miedo me da pensar en qué impedirá que en mi próximo cumpleaños comamos macarrones, porque va a ser difícil superar esto. Igual nos abducen los extraterrestres o algo.




jueves, 24 de octubre de 2013

La vida NO sigue igual

Julio Iglesias no me gusta, no me gusta nada. Y ustedes dirán, “mira ésta, tanto tiempo sin dar señales de vida y aparece para decir esto”. También pensarán “y a nosotros qué nos importa”. Incluso habrá quien haya dicho “pero ¿por qué???” con aire así como sorprendido y escandalizado. Ya, no, si igual tienen razón pero como es mi blog se aguantan. No me gusta Julio Iglesias. Es blandito, tiene voz de chirla, y canta cosas que no van conmigo. La vida sigue igual, dice. ¿Igual que cuándo, a ver? La vida no sigue igual para nada. Al menos la mía. Desde que no me leen en mi vida han cambiado muchas cosas, desde mi estado civil hasta el color de pelo de mis hijas, y sepan que si no he asomado antes ha sido para no tener que contárselas, que bastante tienen ustedes con lo suyo. La vida, definitivamente, no sigue igual, aunque hay cosas que reaparecen de cuando en cuando (desafortunadamente más cuando que cuando); vienen a ser como ese pepitogrillo que les ponían a los chuliguays al lado para que les susurraran lo del memento mori: recuerda que eres mortal. En mi vida hay varios susurradores de esos, lo que pasa es que en mi caso no susurran sino que tienden a ser un poco escandaleras, y todavía no sé muy bien lo que quieren decirme porque lo del memento mori como que no va a ser, no. Como ustedes son bastante listos e inteligentes, habrán adivinado ya que los susurradores de mi vida son los animales, los obreros, y las situaciones absurdas. Bueno, también están los majarones, pero estos igual es mejor meterlos en las situaciones absurdas y así nos ahorramos un epígrafe más, que yo no los pongo porque no me gusta y soy desordenada por naturaleza, pero el día que me caiga de la moto y me dé un aire como a San Pablo a saber, igual me pongo a hacer listas de todo, y cuanto más simplificadito lo tenga, mejor. Quedamos, pues, en que animales, obreros, y situaciones absurdas. A veces vienen de uno en uno y miren, se pueden soportar e incluso hasta se pueden controlar. Lo malo es que me da que son listillos y eligen agruparse, sin que las combinaciones tengan reglas fijas ni restricciones de ningún tipo. Se pueden imaginar (ni loca me pongo yo a enumerarlos) los posibles resultados: todos ellos espeluznantes. Estas semanas tocan obreros, concretamente en su versión cristaleros. Como es una larga y triste historia no se la voy a contar en detalle, y eso que se ahorran; baste con que se queden que el techo del comedor de mi casa está formado por ocho planchas de cristal de las cuales se rompieron tres durante uno de los inviernos más lluviosos que hemos tenido en los últimos años. Si lo pienso bien es curioso que viva en la Costa del Sol y que todos los problemas que tenga en la casa sean siempre a causa de la lluvia. No me quiero imaginar lo que sería si viviera en Seattle. Pues que después de pasar todo el invierno comiendo con el paraguas abierto, y después de comprobar que es un desastre que se moje la instalación eléctrica de la casa, a finales de verano vinieron a cambiar los cristales rotos y pusieron unos nuevos, muy bonitos, pero mucho mucho, bonitos y totalmente distintos a los anteriores pero ni nos importó, que cada plancha de cristal costaba un congo y además me da mal rollo quitar algo que está en perfecto estado de uso solamente por estética. Y una vez cambiados los cristales todo era alegría, alegría, y pan de Madagascar, como dice Ariel. Hasta que volvió a llover, concretamente anteayer, y me saltaron las alarmas cuando vi a la perrita (perrita nueva, ¿ven cómo la vida no sigue igual?) beber agua de un minicharquito en el comedor. Me faltó tiempo para mandar a mi contratista un mensaje lastimero cuajadito de smileys que lloraban como magdalenas. Llamarle no, porque eran las 6:15 de la mañana y no quiero que me odie, al menos no mucho. Mi contratista (que por cierto es un clon del doctor House sólo que en versión “señor sonriente que canturrea las canciones de las pelis disney cuando trabaja”, lo cual da mucho yuyu aunque mucho más yuyu daría si pusiera siempre la cara de mala ostia de House, claro) me respondió con otro mensaje en el que me decía que el cristalero iría por la tarde. Hablamos de la tarde de ayer. Que el cristalero iría a mi casa, hala, así sin consultar si iba a haber alguien o no. Vale que Luciano, el contratista, se sabe de memoria el horario de mis clases de pilates (¿ven? ¿ven cómo la vida no sigue igual?) y de danza (ídem) pero vaya, que al principio pensé que se había arriesgado mucho mandando al cristalero a casa sin preguntar antes. Y hala, ahí que fui toda la tarde como las locas: que si ahora come corriendo en veinte minutos para ir a recoger al monitor de pilates, que se ha quedado sin coche y como vaya en autobús nos dan las uvas esperándole, que si pásate una hora retorciéndote por el suelo, saltando, haciendo el enanito, y haciendo ejercicios que estoy segura de que están prohibidos por la Convención de Ginebra, y corretea después con el coche como una loca montaña abajo para llegar a casa antes que el cristalero. Madagascar me informó a gritos desde no sé muy bien dónde de que no había venido nadie antes que yo, y me senté en el jardín. Y fue como si el tiempo se detuviera para siempre. Los minutos se deslizaban uno tras otro, despacísimo, tomándose su tiempo, incluso regodeándose en el trayecto. Y yo los veía pasar por el simple procedimiento de mirar fijamente el reloj. El tiempo detenido. De esas cosas que cuando pasan en las películas son preciosas, pero que cuando te pasan te ponen de los nervios. Y de los nervios estaba dos horas después, cuando constaté que anochecía y que no, que el cristalero no había venido en toda la tarde y que ya no iba a venir. Y que el cielo se estaba volviendo a poner negro de nubes. Y que encima no tenía yogures en la nevera, gran drama donde los haya. - Madagascar, me voy a comprar yogures! Si viene el cristalero le escupes de mi parte!- grité al vacío. Y desde el vacío me llegó un “¡vale!” lejanísimo. Y me fui. Y compré los yogures. Y me olvidé del cristalero y la madre que lo trajo. Y todo fue bien hasta que al meterme en el coche para volver, la tarjeta del coche salió volando (es que mi coche es supersofisticadodelamuerte y no tiene llave, no, tiene una tarjeta que lo hace todo: abre puertas, arranca el coche, vuela...) y aterrizó debajo del coche de al lado. Me agaché y ahí estaba, justo en medio. Miré alrededor a ver si había algo que pudiera utilizar para empujarla y sacarla pero ná. A ver, ¿qué esperaba encontrar en medio de un parking? ¿un bracito extensible? Bueno, también podía haber un palo de escoba viejo, o un trozo churretoso de madera, o algo, díomío, algo que me permitiera recuperar mi tarjeta. Les juro que lo intenté todo para sacar la llave sin tener que reptar como una lagartija (y desde aquí afirmo que lo de “accio tarjeta” no funciona un pimiento, y que como todos los conjuros sean igual de malos los libros de Harry Potter van a ser una mentira como una catedral) hasta que tuve que rendirme y arrastrarme debajo del coche estilo comando, avanzando los codos poquito a poco hasta que los bajos del coche toparon con la parte más sobresaliente de mi yo posterior, o sea, que no me cabía el culo debajo del coche, y eso que era un todoterreno, que son más elevaditos y dejan más hueco. Y como ya estaba en una situación ridícula y sospechaba que si achuchaba un poco conseguiría meter el culo pero a saber si luego lo iba a poder sacar, y además ya llegaba con los deditos a la tarjeta, empecé a recular, también al más puro estilo comando, acompañando cada centímetro de retroceso con un montón de palabrotas dignas de ser olvidadas para siempre jamás. Y justo estaba ya a punto de incorporarme más contenta que unas pascuas cuando vi unas zapatillas de deporte junto a mi cabeza. Y pegadas a las zapatillas unas piernas, y a continuación un tronco, y una cabeza con su correspondiente nariz, boca abierta, mandíbula descolgada, ojos desorbitados... A ver, que yo entiendo que ver un culo adosado a tu coche es raro, y ver luego emerger de debajo de tu todoterreno querido a una señora malhablada, despelujada perdida, y cubierta de suciedad (asco de suelo, eh) es como un tanto raro, pero vaya, que podía haber disimulado, que me dio la risa a mí y me fui soltando carcajadas como si hubiera sido él el que hubiera hecho el soberano ridículo en lugar de haber sido yo. Farfullé algo tipo "quesemehacaídolatarjetadelcocheperoyalaherecuperadonopasanadanopasanada", me monté en mi coche, y me fui tan pichi. Acaban de llamarme. Que mañana viene el cristalero. ¡¡¡A temblar!!!

viernes, 6 de enero de 2012

Acuarius

Lo confieso: me gustan los anuncios. Sí, puedo hasta decirlo más fuerte. Hola, me llamo Ginebra y me gustan los anuncios. Ay, qué bonito, les oigo decir a todos “te queremos, Ginebra”. Pues sí, me gustan los anuncios, sobre todo ahora que no los ponen. Bueno, para mí hace mucho que no los ponen porque yo me aboné a una cadena de pago en cuanto salió. Creo que debí ser la tercera persona en abonarse (la primera, el dueño de la cadena, y la segunda su madre, fijo). Y no lo hice por los anuncios, no, aunque todo el mundo ha pensado siempre que ésa fue la razón y yo nunca me he molestado en desmentirles. La verdad es que fue porque la programación en general me parecía una porquería, y lo único que veía salvable eran los anuncios. Ahora, de cuando en cuando, pongo una cadena de ésas en las que te fríen a publicidad y me meto los spots casi en vena, como que aprovecho para hacer pis cuando empiezan los programas. Es que no me digan ustedes que no, hay anuncios estupendos. Y digamos lo que digamos, lo que dicen siempre es cierto, un poquito adornado pero cierto. Por ejemplo, hay una serie de anuncios que terminan diciendo “el ser humano es extraordinario”. Ay, qué gran verdad. Yo lo compruebo casi a diario. Vaya, que no hay día que no lo masculle un par de veces, cosa que generalmente me molesta mucho porque preferiría que la gente fuéramos todos más normalitos y más llevaderos. Porque la extraordinariez, quieran que no, a veces, muchas veces, es molestísima.

Como me gusta la Navidad, y hacer regalos (qué pasa, me gustan muchas cosas a la vez), hace cosa de un mes decidí regalar a mis padres un calendario con fotos de la familia. Es fácil: seleccionas unas cuantas fotos, eliges el modelo de calendario que quieres, y las mandas a través de Internet a una empresa que a cambio de unos euritos te envía un calendario más chulito que la mar. Tú se lo regalas a tus padres (por ejemplo), y quedas divinamente. Dicho y hecho. Puse a mis hijas y a mis hermanas a buscar fotos y monté un calendario digno de arrancar a cualquier madre lágrimas como garbanzos. Bueno, a cualquier madre no, a la mía, que para eso las fotos eran de sus hijas y nietos.

La primera parte del proceso fue estupenda: yo pagué (esto no fue estupendo, la verdad), y ellos me enviaron el calendario. O, mejor dicho, juraron que me habían enviado el calendario, porque pasaban los días y aquí no llegaba ningún paquetito ni nada. Así que decidí llamar a la empresa de mensajería que, según la imprenta, se encargaba del envío, y que estaba en Barcelona. O sea, en Barcelona estaba la mensajería, no el paquete, aunque yo no lo tenía tan claro. La telefonista encantadora, oigan, más maja que las pesetas, me pidió el código de seguimiento del envío. Se lo dí, y comprobó dónde podía estar el paquete.

- Aquí me aparece que se entregó correctamente y firmó la recepción una tal Ginebra J.
- Ya. Señorita, yo soy Ginebra J., y si hubiera recibido el paquete no estaría reclamándolo.
- Ahhhhhh… a ver, un momento….

Tirorirorí, ta riroriro (ahí me enchufó el minuet de Boccherini, el que todos nos sabemos gracias a la miel de la granja San Francisco, y me entretuve canturreándolo tan contenta).

- ¿Señora? Sí, a ver, es cierto que no firmó Ginebra J. (“claro que no, tía, si ya te lo había dicho yo” pensé, pero no dije nada), sino Guillem P.
- Nop, aquí no hay ningún Guillem.
- Ahhhhhhh… a ver, un momento…

Y de nuevo me dejó canturreando la miel de la granja otro ratito.

- ¿Señora? Sí, a ver, que ciertamente no fue Guillem P. sino que la recepción la firmó Joan G.
- Pues tampoco tenemos ningún Joan.
- Ahhhhhhh… a ver, un momento…

Hala, más miel.

- ¿Señora? Sí, a ver, que no fue Joan G. (“toma ya, qué sorpresa,maja”) sino Lluís A.

Como veía que me volvía a chutar la miel de Boccherini, y se me habían pasado las ganas de canturrear, decidí abreviar el proceso.

- Mire, señorita, esto es un pueblo de Málaga. En la calle tenemos un par de Antonios, un Miguel, un Alejandro, y hasta un Yerai. Pero nombres de esos que usted me está diciendo no tenemos ninguno.
- Ahhhhhhhh… ya veo… un momento, que voy a hablar con el repartidor…

Y esta vez me dejó esperando en el silencio más absoluto, sin miel ni nada.

- ¿Señora? Sí, a ver (esta chica debía tener convalidada la primera frase de la conversación porque siempre empezaba igual) que me dice el conductor que está cerca del pueblo ése (toma ya, “el pueblo ése”) y que se va a acercar a la casa en la que recuerda haber hecho la entrega para intentar recuperar el paquete.
- … (durante unos segundos no pude decir nada ¿intentar recuperar el paquete?)
- ¿Señora? Sí, a ver, si a lo largo de esta tarde no le entregan el paquete llámeme mañana a primera hora. ¿De acuerdo?
- Qué remedio, señorita, qué remedio. Hala, hasta mañana.

Vale, yo ya sé que ésa no es la actitud adecuada, y que con tan poca fé, cómo van a resolverse las cosas, pero es que todo me parecía rarísimo y ya me imaginaba yo al repartidor recorriéndose las calles de algún pueblo de por ahí intentando recuperar el paquete. Claro, lo mejor era imaginar la cara que habían puesto los afortunados que hubieran recibido un calendario lleno de fotos de mi familia, que reconozco que estaba comida de curiosidad por saber qué habían hecho con él. Porque hombre, yo recibo un calendario de los bomberos y no lo suelto así me digan que va a venir a verme Jiu Yacman (más vale bombero en mano…) pero si recibo un calendario de los Gómez Martínez (un poner, eh, no se me mosqueen los Gómez Martínez), pues como que no lo cuelgo, vaya.
La mañana siguiente lo primero que hice fue llamar a la empresa de mensajería.

- Buen día, señorita… Marta, ¿verdad?
- Buenos días. Emmm… sí… Marta… ¿y usted es…?
- Ginebra J. Hablamos ayer.
- ¿Qué no le entregaron el paquete?
- Pues no, no entregaron nada.
- Ay, qué mal me sabe! Es que me dijo el mensajero que se equivocó y lo entregó en el número 17 de esa misma calle.
- ¿Y por qué???

En ese momento llamaron al timbre de la puerta y era el repartidor así que salí a echarle el puro del siglo. Y se lo eché, claro. Y más cuando me empezó a contar que había entregado el paquete en el número 17 porque no vio mi número y pensó que se lo habían comido. O sea, muy lógico, claro, el Ayuntamiento acostumbra a comerse números en las calles, vaya, que todos conocemos cantidad de números fantasmas. Hombre, hombre, aquello me pareció para matarlo. Sobre todo porque me lo contó con una sonrisa de oreja a oreja y se quedó tan pancho después de aquella explicación demencial. Yo dudaba entre retorcerle el cuello o clavarle un tacón en el estómago cuando se abrió la puerta del número 17 y salió una señora a mirar el buzón. Yo aproveché y me acerqué corriendo, seguida de cerca por el mensajero inútil. La vecina (nueva, se mudaron hará un par de meses) me miró sonriendo amistosamente, que ya tiene mérito porque si a mí se me acerca una loca correteando seguida de un mensajero con la misma sonrisa de las patatas risi, cierro la verja del tirón. Ella no, ella fue cantidad de arriesgada y me escuchó atentísima para luego decirme que no, que ella no había recibido ningún paquete, y su marido tampoco. Luego buceó más duramente en su memoria y se acordó de que el día de la entrega el que estaba en la casa era su hijo adolescente. Y nos invitó a pasar para preguntarle a él directamente. Así que entramos el mensajero y yo y la seguimos por el pasillo. Llamó a la puerta y el hijo abrió al estilo adolescente, es decir, abriendo la puerta lo justito lo justito para que asomara la cabeza nada más. A mí siempre que mis hijas lo hacen me entran ganas de tirar bruscamente del pomo pero no lo hago porque igual se les cae la cabecita o algo. El muchacho nos miró y no movió un músculo, pero titubeó un poquillo.

- Emmm… esto… no… yo no he cogido ningún paquete.

Y ahí el mensajero saltó indignadísimo.

- ¿Cómo que no? Si te lo dí yo mismo. Que te he reconocido en cuando te he visto.
- ¿Y por qué no lo has dicho antes? Joé, sí que eres tú rápido.
- Señora, encima de que lo digo… que no está contenta usted con nada, eh.
- Cristian, no estarás mintiendo ¿no?
- Que no, omá, que yo no he sido!
- Las narices que no! Tú tienes el paquete!

El mensajero, indignadísimo, empujó la puerta y entramos todos en tromba en la habitación. Y, efectivamente, el Cristian había recibido mi paquete. Lo sé porque el angelito se había dedicado a recortar del calendario las fotos de Kenya y de Madagascar y las tenía pegadas en la pared. Creo que no he visto a nadie ponerse tan colorado, que parecía que le iba a explotar la cara. Mi vecina pasó por distintas fases, desde el apuro más grande hasta un cabreo monumental con el adolescente, que tuve que decirle que no le diera más pescozones que todavía echaba el cerebro por la boca y era peor. El mensajero intervino para decir que le entendía perfectamente, que qué niñas tan guapísimas, y que si tenían novio. Le fulminé con la mirada antes de que me pidiera que se las presentara y salí de la casa sujetando las fotos desechadas por Cristian (¡¡¡las fotos en las que salía yo!!! adolescentoide repugnante…) con toda la dignidad que pude. En casa, el teléfono seguía descolgado. Me había olvidado de la pobre señorita Marta, que de cuando en cuando decía “¿señora… señora…?” pacientemente.

- ¿Señora…?
- Sí, señorita Marta, sí, aquí estoy de nuevo.
- Emmm… que… ¿le ha pasado algo?
- Sí, señorita, finalmente he recuperado el paquete.

Se lo conté todo, con pelos y señales, mientras la pobre decía “ajá” todo el tiempo. Cuando terminé dije:

- Así que ¿qué le parece?
- Hay que ver… el ser humano es extraordinario…

Les he mandado a mis padres un calendario de gallinas y patos, que ése seguro que no desaparece.

sábado, 16 de julio de 2011

Aniversarios

Parece que es cierto: veinte (o como en este caso, ventiuno) años no es nada. Es triste.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Adiós 2010, Hola 2011

Albaricoque. Cada vez que alguien me pide que piense en una palabra bonita la primera que me viene a la mente es albaricoque. Luego se me ocurren muchas más, claro, y las veo bonitas en sí mismas, independientemente de su significado. Hay gente que cuando se le pregunta por una palabra bonita se pone trascendente y empieza a soltar palabras fijándose en su significado. Eso no lo he entendido nunca. Si las palabras son bonitas por sí mismas, a veces por su sonido, por su forma, por las sensaciones que nos transmite su pronunciación... Me piden que piense en una palabra bonita y me disparo. En cambio con los números me bloqueo. No hay manera de que los vea bonitos o feos. Para mí los números son números y ya está. Todos los años cuando hay que comprar la lotería de Navidad se montan unos pollos increíbles para elegir el número; pero es que la gente discute y todo porque el número que cada uno propone siempre le parece “el más bonito”. Y todos los años, cuando me preguntan si hay algún número que me guste especialmente, me encojo de hombros. Que me da igual, que para mí sólo son números. Ya, supongo que soy de letras. Por eso tampoco he entendido nunca la gente que se emociona cuando empieza un año con determinada cifra. Para mí los años no son buenos o malos dependiendo de la cifra que lleven, sino de cómo salgan. Claro que como los años no se pueden calar como los melones hay que esperar a que acaben para hacer balance. Este que acaba, por ejemplo, 2010, no me ha gustado nada así que estoy deseando que termine, y creo que, a pesar de que tengo memoria de pez, lo recordaré siempre como un año si no negro sí gris oscuro. El año que JB descubrió que la Administración tiene razones que la razón (ni nadie) no entiende. El año que la lluvia echó un pulso al tejado de casa y lo ganó (la jodía), y decidió conquistar techos y paredes poblándolos de mohos espesísimos de un bonito color verde oscuro y un olor repugnante, con lo que tuvimos que descabezar la casa en verano y cambiar el tejado enterito, además de tirar muebles, ropas, y otras cosas de las que no pensábamos habernos desprendido en mucho tiempo. El año que el neurólogo me tuvo meses experimentando en mi propia persona todas las pruebas con las que House tortura a sus pacientes (menos la punción lumbar, y menos mal, porque me han dicho que duele tela, y alguna cosilla más de la que también me libré) en busca del amenazador y devastador tumor cerebral que me habían prediagnosticado y que afortunadamente no apareció, para gran alegría mía y desconcierto de los médicos. El año trajo más penas, pero no las voy a contar para que no se me pongan tristes. Claro, el año ha tenido cosas buenas pero como se me ocurre ninguna, mejor corremos un tupido velo y organizamos una fiesta para celebrar que por fin se termina. El año que viene veremos cómo se ha portado 2111. Pásenlo bien y disfruten las fiestas.

martes, 14 de diciembre de 2010

Celo profesional

Vaya por delante que me gustan. Lo he dicho siempre hasta la saciedad, que me duelen los dedos de escribirlo, y lo repetiré las veces que haga falta: me gustan los documentales de animales. Eso sí, a base de hincarnos dos o tres a diario, hay temporadas en las que me salen los ñues por las orejas, y ésta es una de ellas, así que con las mismas lo digo: estoy hasta las pestañas del Masai Mara y de sus pobladores, que he visto tantas veces cómo el cocodrilo de la derecha se zampa al tercer ñu del segundo grupo, y el narrador me ha contado tantas veces cómo lo digiere, etc., que estoy a punto de ponerle nombre a sus intestinos. Además, es que me he descubierto utilizando de cuando en cuando la voz de locutora de documental y haciendo comparaciones que a veces resultan, cuanto menos, poco afortunadas. El otro día, por ejemplo, que estaban mis hermanas y mis sobrinos en casa pasando el puente de la inmaculada constitución, comenté que qué bonito era eso de que nuestra familia fuera como una manada de elefantas. Y torcieron el morro levemente y se quejaron. Que si las estaba llamando gordas. Y no. Yo lo decía porque en mi familia cuando estamos todos juntos la cuestión organizativa, el establecimiento de jerarquías, el reparto de roles y trabajos, es bastante fácil. Por ejemplo, tendemos a comunizar la cosa de los cachorros, lo cual resulta cómodo y práctico. Tú traes un bichito nuevo al grupo y todas lo asumimos como nuestro, de modo que nunca queda desprotegido y su progenitora puede relajarse y descansar. Se lo expliqué y se quedaron más conformes aunque sugirieron que a partir de ahora utilice otro símil como por ejemplo, una manada de leonas, que son mucho más gráciles y glamourosas. Menos mal; yo esperaba que se decantaran por las gacelas o algo así de estilizado, y no me apetecía nada porque las gacelas no me gustan y además JB nos ha puesto menos documentales sobre su vida y milagros así que desconozco cómo funcionan. Las elefantas en cambio... pero sí, vale, reconozco que somos más leonas. Rugimos divinamente, cazamos muy bien, y no dudamos en arrimar el hombro cuando se trata de defender a los nuestros de posibles agresores, sean quienes sean y vengan de donde vengan. Aunque vengan del mismo Moscú, y utilicen armamento pesado, como Irina.

Irina es una de las guiris de JB. Ya saben ustedes (porque se lo he contado que si no de qué) que JB nos trae a casa los guiris que más le llaman la atención o los que cree que nos la van a llamar a nosotras, y tiene en cuenta nuestras preferencias. Por ejemplo, a Madagascar le trae japoneses constantemente, que así tiene la colección de kesigomus que tiene, porque todos se presentan con una bolsita y se la regalan haciendo muchas reverencias y agachando la cabeza hasta que se les dice “basta”. A Kenya le trae nórdicos, preferentemente suecos, aunque cualquiera de ellos que hable inglés vale. Y a mí me trae a casa rusas. Mira que le tengo dicho que prefiero que traiga rusos, pero entonces me mira y dice “sí, mafiosos como Yuri” y claro, me tengo que callar, que Yuri es muy majete y tal pero le sale la mafia por las orejas y tiene un peligro que no veas. Irina Romanovna Petrova. Del mismo Moscú. Rubia, ojos de color indeterminado pero claritos, bajita pero compacta, de ésas que las ves e instintivamente calibras los posibles daños que te ocasionaría si te diera una galla bien dada. Al principio todo fue bien, JB le enseñó la casa y el jardín, acarició a los animales, admiró las vistas y comparó la casa con la suya, escuetamente, que su nivel de español no es de los más altos que hemos tenido en casa. Conseguimos acomodarnos todos en el comedor (teniendo en cuenta que estábamos la familia más una amiga de Madagascar, el noviete de Kenya, y el hermano del noviete, además de Irina, tuvo mérito que hiciéramos un tetris tan apañao en la mesa) y empezaron a circular los platos y demás con el barullo y la alegría habituales. A los postres (postres, sí, en plural, que hubo variedad de dulces) a todos nos entraron remordimientos por haber sido unos anfitriones tan despegados y comenzamos a charlar con Irina, o al menos a intentarlo.

- ¿A qué te dedicas, Irina?

Irina miró fijamente a Be1.

- No puede decir profesión.

- ¿Por qué???

- Porque profesión mía no dice.

Cinco minutos antes nos había importado un pimiento saber a qué se dedicaba aquella mujer, pero con semejante declaración todos empezamos a elucubrar interesadísimos.

- Será puta.

Todos habíamos apuntado varias posibilidades pero fue Bruno el que dijo lo que de verdad estábamos pensando. Irina negaba con la cabeza. La miramos todos en silencio y contemplamos sus vanos esfuerzos por encontrar las palabras adecuadas. Al final me miró y lo soltó. Me quedé asombrada.

- ¿Qué??? ¿qué??? - Faltó que preguntara JB nada más.

- Emmm... que dice que trabaja para los servicios de inteligencia militar.

- Osti! Es espía!

Irina asentía vigorosamente con la cabeza.

- Da, da! Espía. ¿Espía?

Miró interrogativamente a su profesor buscando el visto bueno a esa palabra nueva, y como JB asintiera la repitió así como doce veces.

- Irina espía. Espía. Espía. Espía. Espía. Espía... perrrrrrro...

La miramos expectantes. A ver qué soltaba ahora, porque después de decir que era espía no parecía haber nada que lo superase. Pero lo había, lo había.

- Perrrrrrrro si tú sabes Irina es espía, Irina debe matarte.

Nos reímos así con la boquita pequeña pero no, Irina seguía tiesa como un ajo y seria a más no poder, o sea que no era una broma. Las risas bajaron de tono hasta caer muertecitas sobre el mantel, y empezamos a cuchichear unos con otros.

- Una mierda matarnos. A esta tía la podemos entre las tres. Vaya, es que no tiene ni media leche. Va a matar a su madre porque lo que es aquí no va a tocar un pelo a nadie- Be1, que es la que no tiene ni media leche, estaba indignadísima.

- Hombre, no sé yo, ten en cuenta que las espías están muy bien entrenadas. Yo creo que ni entre todos conseguiríamos reducirla.- Be2, que sacaba a Irina dos cuerpos de altura, se mostró mucho más realista.- Lo que sí deberíamos es intentar poner a salvo a los niños, por lo menos a los pequeños; los mayores que corran como puedan. Deberíamos buscar una maniobra de distracción...

Los niños, por su parte, la miraban encantados y empezaban a hacer apuestas sobre si nos dispararía o si preferiría rompernos el cuello, y en este último caso, si le daría tiempo a matarnos a todos o alguno conseguiría escapar. JB, impertérrito, le sirvió más café.

- Mujer, Irina, tampoco es para eso. Yo creo que con que cambiemos de conversación ya está ¿no?

- Claro! Por ejemplo... ¿a qué se dedica tu padre?

- Padre también espía.

- Qué bien, hombre, tradición familiar. ¿Y tu madre? ¿También espía?

- Madre coronel. Pero muerta.

- Claro- susurró Madagascar – Se enteró de la profesión de los otros y la apiolaron. Fijo.

- Vale, pues nada, dejamos de lado las ocupaciones laborales de la familia. Puedes hablarnos... no sé... por ejemplo...

En ese momento se abrió la puerta y, para conmoción de Irina, entró Cristo, sonriendo y con un par de botellas en las manos. Agradecida por la interrupción me levanté para acercarle una silla. Be2 se apresuró a abrir el coñac y nos sirvió una ración generosa a las tres.

- Bueno, qué, con qué estábais? ¿He interrumpido algo?- Miró a Irina –Anda, una amiga nueva. ¿Quién eres? ¿De dónde? ¿A qué te dedicas?

Irina miraba a Cristo como hipnotizada así que contestó Madagascar.

- Irina. Es rusa. Es espía y mata a los que saben que lo es. Y a los hombres que van enseñando el culo por el mundo, además, primero les tortura.- Es que Madagascar no soporta el nudismo de Cristo.

Cristo sonrió más, se levantó y llenó el vasito de Irina de vodka.

- No veas qué bien. Es interesantísimo eso. Espía. Oye, tienes que contárnoslo con detalle. Recuerdo que cuando estuve en Moscú...

Cristo no dejó de hablar durante un rato, acaparando la atención de la espía, momento que Be1 aprovechó para ir sacando a los niños del comedor con la excusa de ponerles el ordenador para jugar a Harry Potter. Be2 puso a Madagascar y a Laura a fregar en la cocina, fuera del alcance de la posible agresora, y Kenya, Juanma y Jaime se largaron alegando que tenían que estudiar. Al tercer vasito de vodka Irina estaba tan relajada que hasta conseguía hilvanar frases cortas, pero no respiramos aliviados hasta que nos cantó “Ojos negros”. Cuando finalmente JB la metió en el coche para devolverla a la ciudad nos dimos cuenta de que se había dejado una mochilita de color caqui. Be2 la cogió.

- Esto pesa un rato.

- Mira a ver, que igual lleva una pistola.

- Anda ya, so loca, a ver si te crees que ésta a va ir lanzando disparos a cascoporro.

- Claro, tú como la tenías hipnotizada enseñándole el culo, pues tan tranquilo, que no te iba a matar.

JB abrió la puerta de golpe.

- Que Irina se ha dejado la mochila.

Irina miró su mochila, colgando de la mano de Be2, y nos echó una mirada asesina.

- Si tú abres mochila de Irina...

-...Irina mata- voceamos todos. Y nos dio tanta risa que hasta Irina sonrió.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Las cosas de la churra

Esta mañana una compañera del trabajo me ha contado que su prima ha tenido un bebé negro. Nada de negrito, color ligeramente oscurito, café con leche, ni chocolateadito. No, el bebé por lo visto es negro como el culo de un grillo. Muy mono, eso sí. El escándalo, lo que tiene a su prima y al marido lloriqueando todo el día, viene del hecho de que ambos sean de raza blanca. “Pura raza blanca” decía mi compañera. “Fijo que tan pura no era”, he dicho yo, y entonces ella me ha mirado suspicazmente y ha respondido como si fuera gallega. “¿Cómo lo sabes? ¿Te lo he contado ya, o conoces a mi prima?” Le he dicho la verdad: que no tenía ni idea pero que, descartada una posible infidelidad de su prima (si no, no sé a qué tanto lloriqueo en amor y compaña, si hubiera habido desliz en lugar de lágrimas me habría hablado lo menos de gritos, rayos, y centellas), la única posibilidad estaba en algún antepasado de origen oscuro, literalmente. Mi compañera me ha mirado como si yo fuera House, ha hecho un ruidito parecido a “ummm” y se ha puesto a hablarme de los antepasados cubanos del marido de su prima, momento que yo he aprovechado para desconectar de una historia previsible y pensar en guisantes. Mira que me gustan los guisantes. En todos los sentidos. En ese momento me di cuenta de que en el huerto tenemos plantadas dos variaciones de guisantes pero ambos de color verde. Um... creo que hasta ahora no les he hablado del huerto. Bueno, relájense, que no voy a hacerlo (de momento) aunque todo se andará. Yo que siempre había querido sembrar guisantes de colores y ponerme a hacer experimentos con ellos, y a la hora de la verdad solamente hemos puesto de color verde. Vale, ya sé que no iba a ocurrir, pero me hacía ilusión la idea de cruzar guisantes amarillos y verdes y esperar el nacimiento de nuevos individuos a cuadritos, así tipo burberrys. Molaría, anda que sí! Quedarían unos platos la mar de curiosos. Claro que para eso lo menos hay que ser monje agustino y vivir en un sitio frío e inhóspito, por no decir mortalmente aburrido, en el que la mayor distracción posible sea jugar a las mamás y a los papás con plantas. Yo, que encima tengo serios problemas de atención, me he dado cuenta de que a lo más que llego es a mirar fijamente las matas un rato como si así fueran a crecer más, y a intentar calcular si tendremos suficientes guisantes para todas las comidas que quiero hacer con ellos. Lo de los experimentos genéticos con leguminosas, por muy tentador que me resulte, de momento lo tengo aparcado. Además, no tengo más que mirar en casa a mis “guisantes” particulares para ver que, efectivamente, las características se transmiten genéticamente. Pero todas, eh, todas, desde el color de los ojos hasta la forma de coger el tenedor, la risa, la forma de caminar, las manías en la mesa, etc. Y es verdad que heredan todo, lo bueno y lo malo, aquellas cosas nuestras de las que nos sentimos íntimamente orgullosos, aquéllas (NOTA: aquí quiero hacer patente mi descontento con las nuevas normas de acentuación pronominal de la RAE; eso y lo de la ye no me gusta ni medio pelo, así que yo seguiré utilizando las tildes donde siempre ha habido que ponerlas igual que, cuando me pongo a ello, el que me sale es el padrenuestro antiguo, el de mi infancia, que por otro lado es el único que me sé) que nos hacen levantar la ceja en un gesto recriminatorio, y aquéllas que si en el progenitor nos resultan sorprendentes, en el vástago no podemos ni creernos. Mis “guisantes” tienen herencias para poner en todos los apartados, sobre todo en este último. Para no aburrirles, simplemente mencionaré la capacidad de JB para atraer a los frikis que sus hijas han heredado. Y para demostrar que la raza mejora, ellas tienen un radar mucho más amplio. Pongamos que si JB atrae a los frikis a diez kilómetros a la redonda, ellas lo hacen como a cien o doscientos kilómetros. O incluso más.
Y JB no, pero ellas me los traen a casa.

Anteayer, por ejemplo, volví a casa de un seminario en IKEA (sin comentarios ni risitas, eh, que les conozco) y me encontré la casa llena de adolescentes. Por un lado, Madagascar estaba haciendo un trabajo de no-recuerdo-qué asignatura con Kevin, Lidia, y Uli (bueno, en realidad el trabajo lo hacían Mada, Lidia, y Kevin, que Uli está escolarizado en casa, él es así de chulo); por otro lado Kenya se había traído a unos amigos de la facultad para hacer un trabajo de lingüística comparada, o algo así.

Cuando llegué ví que entre los cuatro se estaban zampando unas cuantas tabletas de chocolate, con la inestimable ayuda de Bruno. Kevin tenía la cara como descompuesta y me alarmé un poco.

-Anda que... os estáis poniendo ciegos a chocolate. ¿Cómo no has sacado otra cosa para merendar?

-Es que como Uli es vegetariano... no iba a ponerle un bocadillo de jamón o así.

El vegetarianismo de Uli les sirve como excusa para todo, me temo.

-Ya... de jamón no, pero de queso sí que podías, que habría sido mejor que el chocolate.

-Bah! Qué más da?

-Si Kevin no fuera diabético pues sí daría igual, Mada, daría igual, pero mírale, si yo creo que le está dando algo.

Kevin tenía la carita ligeramente desencajada. Le quité un trozo de chocolate que tenía en la mano y se lo metí a Bruno en la boca. Ulises se echó a reir.

-Qué va, Gin, si ahora está bien. Tenías que haberle visto antes, juá.

-El chocolate se lo hemos dado para reanimarle- se defendió Madagascar –Y la culpa la ha tenido Lidia.

Ahí me eché a temblar, que Lidia es tremenda. Lidia en cambio se encogió de hombros y siguió zampando chocolate tan pimpante.

-Venga, Lidia, pregúntale a Gin- dijo Uli con la boca llena de chocolate.

Miré a Lidia con cara de interés.

-Gin, ¿tú sabes si a los chicos se les puede dormir la churra? Digo, igual que se nos duermen las piernas, que luego se te ponen así como si te corrieran hormigas por dentro.

Madagascar y Uli estallaron en carcajadas. Bruno sonrió ampliamente enseñando los dientes llenos de chocolate. Yo me reí también.

-Gensanta, Lidia...!

Desde luego, esta chica es sorprendente. Kevin tenía la carita como si le fuera a explotar el cerebro. La verdad es que le entiendo perfectamente. Yo estaba todavía, ahí, intentando recolocar las neuronas, cuando Lidia me miró interesadísima.

-Ay, mira, ya que estamos, otra cosa, Gin... emmm... a ver... ¿los rubios y los pelirrojos tienen los pelos de la churra rubios y pelirrojos, o los tienen negros como los tenemos todas?

Madagascar y Uli volvieron a carcajearse, que a Uli le saltaban lágrimas y todo. Kevin bajó la cabeza moviéndola ligeramente. Lidia nos miró a todos asombradísima.

-¿Qué pasa??? ¿Qué? ¿Eh? ¿Qué pasa? ¿No me va a contestar nadie, o qué? Que no lo sabéis, ¿no? ¿no?

Yo salí del salón riéndome seguida por Bruno.

-Pst... mamá... ¿qué es la churra?

Suspiré. Bruno tiene la cualidad de incorporar a su vocabulario las palabras más raras, las más incorrectas; ésas que los demás utilizamos a modo de divertimento él las utiliza con toda normalidad, convencido además de que son las que corresponde. Así, llama faluendas a los faros del coche, y dice fotohigiénico y altercalar. Me resigné a la idea de que a partir de ahora no tendría pene si no churra, hasta que apareciera otro término peor.

-El pene, Bruno, el pene, es que Lidia no es muy fina hablando, ya lo sabes.

-Aaaaaaaaaah!

Bruno cerró la boca, se estiró el elástico de la cinturilla del chándal con las manos, con lo que se le cayó un trozo de chocolate por dentro del pantalón, y se lo miró pensativo.

-Pst... mamá... ¿y se me puede dormir???

Ante su carita de preocupación contuve la risa, pero odié profundamente a Lidia.

martes, 30 de marzo de 2010

Ceeseí

A los seis años Madagascar se negó a aprender a leer. Durante los tres años anteriores se había dedicado con ahínco a hacer todas las tareas escolares que le mandaban, a saber: pegar bolitas de papel arrugado en cartulinas de colores, modelar muñecos de plastilina para aplastarlos después con entusiasmo, hacer collares de macarrones, morder a los compañeros (esto no había mucha falta que se lo dijera nadie), pintar con los dedos, etc. Incluso había aprendido números y letras, y sabía firmar todos sus dibujos (excepcionalmente buenos, por cierto) con su nombre completo, que ya tiene narices. Pero al llegar a primero de primaria se declaró en huelga de neuronas caídas y no hubo manera de que aprendiera a leer. Y al principio se limitó a no aprender ella pero al poco, escandalizada por la actitud colaboracionista de sus compañeros quienes se pasaban el día leyendo que sus mamás les mimaban, se dedicó a entorpecer el desarrollo intelectual de los demás niños por el simple procedimiento de entretenerles paseándose sin parar por la clase charlando y cantando. Tras un durísimo interrogatorio (en el que bastó una sola pregunta) nos miró y confesó que la razón de no querer aprender a leer era que no quería crecer, que ya había visto que en el colegio de los mayores se pasaba mucho peor que en el de los niños chicos porque era muchísimo más aburrido. La niña lo explicaba con tal claridad y lógica que descubrí a su padre asintiendo con la cabeza con tanto entusiasmo que tuve que darle un pisotón para arrancarle de la infancia perdida y devolverle a su actual status de padre responsable y preocupado por el proceso de aprendizaje de sus pollos. Le planteamos a Madagascar la posibilidad de sacarla de su curso y devolverla al fascinante mundo del corta-pega de los niños de tres años. Echó un vistazo a sus posibles futuros compañeros, y se lo pensó un momento antes de decir que no. Ella quería no crecer, no pasarse el día rodeada de niños mucho más pequeños que ella (y llenos de mocos hasta la barbilla, con el asco que le han dado siempre, que es ver un moco y vomitar como la niña del exorcista) y parecer Gulliver en Liliput. Así que suspiró resignada y aprendió a leer en una semana, y dedicó al ejercicio de la lectura el mismo entusiasmo que antes había dedicado a boicotear las clases.
Desde entonces no habíamos vuelto a tener problemas hasta que se ha aproximado a un curso en el que tiene que tomar la decisión de elegir qué asignaturas quiere cursar el año que viene. Hombre, dicho así suena muy solemne pero en realidad la elección se limita básicamente a ciencias o letras. Dada la evidente incapacidad que manifestamos todos los miembros de la familia para realizar cualquier operación numérica parecería lógico que Mada se decantara por las letras. Pero como esas cosas las carga el diablo de momento nos limitamos a esperar su decisión sin presionarla, vaya sin siquiera sugerir nada. Al día de hoy dice que quiere ser intérprete y traductora de japonés, aunque duda un poco por aquello de que el sushi no le gusta ni medio pelo y tiene claro que para aprender japonés tendrá que vivir allí unos cuantos años. Ella duda un poco pero sus compañeros de curso, en cambio, lo tienen todos decidido. El noventa por ciento de los niños quieren ser futbolistas, el nueve por ciento detectives, y el uno por ciento restantes “lo mismo que mi padre” sin que hasta la fecha hayamos podido enterarnos de a qué se dedica el susodicho padre porque ni el mismo niño ha sido capaz de explicárnoslo. En cuanto a las niñas, hay un amplio porcentaje que quiere dedicarse al diseño de ropa (siempre y cuando sean famosas, ellas claro, no las usuarias de sus diseños), algunas quieren ser peluqueras, en un derroche de coherencia una quiere ser “médico o nadadora”, y otra “criminóloga canina”. A mí lo de la médico que nada no me llama mucho la atención pero la elección de ser criminóloga canina me tenía francamente asombrada hasta que nos explicó que en realidad quería ser o veterinaria o criminóloga y que había pensado que igual podía ser las dos cosas. Y andábamos comentándolo cuando Kenya, que se había pasado la mañana en una jornada de puertas abiertas en la universidad, nos informó de que a partir de ahora se puede estudiar criminología. Nos lo contó muerta de risa porque todos los alumnos de su curso habían decidido que querían hacerlo y de momento solamente hay 60 plazas. Claro, es lo que tiene pasarse el día viendo series como “Bones” o “CSI”, que te lo crees y te imaginas que vas a pasarte el día solucionando crímenes a partir del análisis científico de medio escupitajo fosilizado que te encuentres en el escenario de un robo. Y no. Que no, vaya, que no. Que luego las cosas no funcionan así.
Hace unas semanas, por ejemplo, estuvimos en Torremolinos en la presentación del libro de un amigo. Nos juntamos un puñao de gente y como el acto fue muy divertido decidimos ir a cenar todos juntos. Ahora que lo pienso la culpa de todo la tuvo la climatología, porque si hubiera hecho una noche buena, de ésas en las que no te importa caminar un poco, habríamos encontrado un sitio más apañao, pero como hacía un frío capaz de congelar a un pajarito en pleno vuelo, nos metimos en el primer local que encontramos, que resultó estar casi puerta con puerta con el local de la presentación.
Ya de entrada a mí me pareció un sitio un poco raro, así como todo desconchado y rotillo, pero algunos de los que venían dijeron que habían estado otras veces y que se comía bien así que pensé que se podía perdonar la cutrez. Nos acomodamos los 25 en una mesa larga, como de boda, y empezamos a pedir. Cada vez que decíamos un plato el camarero (porque sólo había uno) suspiraba y bajaba la cabeza murmurando “sí... sí...” pero sin apuntar ni nada, lo cual era un poco raro porque dado que éramos 25 personas nos liamos todos a pedir cosas de lo más variopinto. Ya nos pareció un poco extraño que trajera 20 copas de vino y al resto le pusiera vasitos cutrones de duralex, y más raro todavía que cuando le preguntamos por qué no traía más copas respondiera lacónicamente “es que no tenemos” mientras levantaba los ojos al cielo que parecía que le iban a dar vuelta a la cabeza. Luego empezó a traer, poco a poco, platitos de postre con muestras de lo que habíamos pedido: cuatro croquetas, tres medias patatas asadas, dos huevos rellenos partidos por la mitad adornados con algunos hilos de lechuga... y cada vez que dejaba un platito en la mesa murmuraba “ayquépenamáhgrandediohmío” que parecía que les estaba quitando las croquetas de la boca a sus hijos. Al principio nos repartimos la comida pensando que en cualquier momento sacarían la cena de verdad pero cuando fue evidente que el camarero no iba a sacar nada más para comer, nos peleamos como lobos (educados, pero lobos) por las croquetas y las medias patatas. Yo fui afortunada porque aunque no pillé croquetas (JB fue muchísimo más rápido que yo, el jodío se comió dos) me hice con media patata asada y un currusquillo de pan del día anterior y me tiré un rato largo entretenida royéndolo. El camarero estaba quitando platitos cuando Eli volvió del lavabo. “No veas, Gin, hay en la pared del baño un boquete por el que cabe un rinoceronte, una cosa mala”. El camarero fue oirla y redoblar los quejíos, que no paró hasta que conseguimos sonsacarle que la noche antes habían entrado a robar en el restaurante. “Nos han robao todo, y lo que no han robao lo han roto, las copas, tó. Habíamos decidido no abrir hoy y por eso no tenemos de ná, ni pan, pero como habéis llegado tanta gente...”
Claro, normal, había que hacer algo de caja para recuperar. “¿Y qué ha dicho la policía?” “No, si lo que estamos es esperando a que venga la policía científica ésa, para tomar huellas”. Eli y yo le miramos con incredulidad. ¿Huellas? ¿huellas? Pero si éramos veinticinco personas tocándolo todo, moviéndonos por todos lados, entrando la lavabo... “Sí, sí, usted no se preocupe que el ceeseí de aquí lo va a averiguar todo”. Yo tuve que volver la cabeza porque Eli lo dijo toda seria y a mí se me salía la risa pensando en la escena del crimen tan manoseada que se iba a encontrar la policía. “Ay, quépenamahgrandediohmío!”. Diga usted que sí.

jueves, 4 de febrero de 2010

Mr. Wittford me perdone

Sé que robar está muy feo, pero no he podido resistirlo.

http://unabitacoradecuadritos.blogspot.com/2010/02/amor-esdrujulo.html

sábado, 26 de diciembre de 2009

Odia el delito y compadece al delincuente

Lo reconozco, debo tener algo parecido al horror vacui, a mí me dan ustedes un espacio vacío y se lo lleno de las cosas más dispares en un pispás. Pero es que no dejo un centímetro vacío, vaya. Puedo tardar un poco en arrancar, eso sí, pero cuando empiezo no puedo parar. Se pueden imaginar que con semejante tara las Navidades son un peligro total, porque yo no me conformo con poner una tira de lucecitas en el árbol. No. Yo si hay que matar, descabello. ¿Luces? Como para adornar un puticlub. Antes no las ponía, de ningún tipo, pero hace unos años, cuando estaba en el exilio sevillano, me entró un frenesí extraño que me impulsó a comprar los adornos luminosos más extravagantes del mundo mundial y, con la inestimable ayuda del LIDL y de IKEA, me hice con unas tiras de luces enormes de todos los colores y con las formas más inimaginables (creo que hay hasta gansos voladores) posibles. La tarde que JB entró en casa después de pasar unas horas haciendo recados y se encontró con semejante despliegue de luces de colorines estuvo a punto de enseñarme una tarjeta amarilla. Se contuvo porque las niñas estaban encantadas. Bueno, por eso y porque le dije muy seria que cómo era capaz de regañarme por unas pocas luces cuando él había montado un Nacimiento de cienes y cienes de figuritas de plástico. Claro, ahí se tuvo que callar, porque es cierto que cuando nació Kenya él se dedicó a comprar figuritas de plástico, y casitas, y palmeras de plástico, y animales, y montañas, y a ocupar medio comedor recreando lo que Siberia llama “la campiña palestina” con un índice de verosimilitud de cero pelotero. Yo le dejo aunque a mí esas figuritas me parecen horribles y monto por mi cuenta otros dos nacimientos más: uno de muñequitos de estilo naif (al que la gata tiene especial inquina y se empeña en comerse todos los personajes que caen en sus garritas, especialmente San José, figura peligrosa donde las haya), y otro artesanal y preciosísimo del todo que todos tienen prohibido tocar porque como se rompa lío una pajarraca que pa qué.

El otro día, después de que JB hubiera terminado de desparramar las casi dos centurias de romanos que viven en el nacimiento, me di cuenta de que había convertido Belén en una sucursal de un geriátrico: el índice medio de edad de todos los muñecos superaba los cuarenta años. Y me dio un mal rollo tremendo, tanto que me pasé un par de días pensando en cómo solucionar semejante problema demográfico. La solución se presentó sola dos días después, una tarde que me dedicaba a recorrer los pasillos del híper con una amiga y me encontré una estantería llena de Sagradas Familias de plástico, de la misma colección que el nacimiento de JB, cada una con su niño Jesús mirándome provocador. Si hubieran estado convenientemente precintadas no se me habría ocurrido pero me di cuenta de que la mitad estaban abiertas y varias figuritas fugitivas se habían caido al suelo en su intento de escapar de los plásticos que las envolvían. Y se me fue la mano, claro. Tres segundos después tenía la mano izquierda llena de niñosjesuses de plástico. “Corre, Jose, vámonos”. “Sí, sí, nos vamos ya, cojo unos cuantos turrones y ya está”. “Vale, pero date prisa”. La Jose debió notar algo. “¿Pero qué pasa, Gin?” Yo me limité a abrir la mano y enseñarle en contenido. “Pero tía, ¿has robado un puñado de niñosjesuses? Estás chiflada, como nos cojan verás qué ridículo”. Sí, sí, ridículo y lo que tú quieras, pero se dio una prisa que te mueres en llenar el cesto de turrones. En la caja nos dio la risa tonta pero ni me pillaron ni nada, y eso que teníamos una pinta de lo más sospechosa. Cuando llegué a casa tenía la mano llena de marcas porque los niñosjesuses me habían clavado los piececitos en la mano con saña, y entregué el alijo de muñecos a las niñas, quienes se apresuraron a customizarles los pañales pintándoselos de colorines con rotuladores permanentes. Qué quieren que les diga, ahora Belén da gloria verlo, lleno de niños chicos por todos lados, con la alegría que dan los niños, sobre todo cuando son mudos como estos de plástico.
Pásenlo bien, ustedes afortunados que no tienen que desplazarse estos días en zodiac, como nos está ocurriendo a los habitantes de esta costa, que estamos ya a punto de mutar. Yo ya he dicho que puesta a mutar me pido membranas interdigitales; Kenya se ha pedido cola de sirena pero yo no lo veo nada práctico, la verdad. Les veo el año que viene.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Ñiki-ñiki

Una vez tuve un novio violinista. En realidad Rodrigo no era violinista sino estudiante de violín, pero a él le gustaba decir que era músico y se lo soltaba a cuantos le preguntaban a qué se dedicaba. “Soy violinista” decía, y se quedaba tan pancho. Era malísimo. Lamentablemente tenía voluntad, mucha, y digo lamentablemente porque dedicaba todo su tiempo libre a estudiar y a ensayar, y como era más malo que una ciática el resultado eran horas y horas de chirridos más parecidos a un gato que estuviera sometido a un lento y doloroso despellejamiento que a algo remotamente parecido a la música. La primera vez que me crucé con la vecina en el descansillo me miró detenidamente y le cambió el color cuando vio que llevaba una bolsa grande colgada del hombro. “¿Tú también te dedicas a la música? ¿Tocas algo?” preguntó asomándole la ansiedad por todas las letras de la frase. “No, señora, yo soy bailarina, solamente toco los palillos. Pero no se preocupe que no pienso zapatear ni hacer ningún tipo de ruido, que yo ya vengo ensayada.” La mujer suspiró aliviada, murmuró algo parecido a “Gracias al cielo” y se refugió en su casa después de ofrecerse un café de cortesía que yo rechacé también con toda la cortesía de la que fui capaz. Y soy capaz de mucha, de veras. Al principio pensé que le había tocado la vecina tonta pero una hora después, con los nervios totalmente de punta, lo que me parecía raro era que los vecinos en pleno no hubieran linchado al “violinista”. Al día siguiente compré unas cuantas cajitas de tapones para los oídos, de esos que son bolitas de cera, y los eché en todos los buzones del portal con una notita que ponía “No saben cuánto lo siento”. Desde ese día cada vez que me cruzaba con un vecino me sonreían con carita de “pobre chavala, qué desgracia, tener que aguantar algo tan terrible, con lo jovencita que es”. A mí me daba un poco igual porque yo llegaba a casa y, si oía el ñiki-ñiki del violín, me plantaba las bolitas de cera en las orejas, y tan fresca. Creo que todos en el edificio llevábamos tapones a excepción de Rodrigo y de Kimba, el perro. A Kimba no le puse tapones para fastidiarle porque era un pequinés con un carácter horrible, pero le importó un pimiento porque era sordo. De que era sordo me enteré a los pocos días, cuando le solté una tarde en el parque y lo perdí. Una hora enterita me tiré llamándole a voces, que volví a casa afónica perdida, y él ni puto caso. Vale, Rodrigo ya me había dicho que no se me ocurriera soltarlo pero podía haberme completado la frase y haber añadido “…porque es sordo y no te va a oír llamarle”. Da igual, que fuera sordo no le hacía ni una pizca más simpático y se habría merecido aguantar las prácticas de violín de Rodrigo, que era inasequible al desaliento y perseveraba en el estudio día tras día. Lo peor era que no era consciente de su escasa pericia y se entusiasmaba cada vez que escuchábamos una pieza al violín. Y las escuchábamos a menudo porque todos los sábados íbamos al Teatro Real. Una noche tocaron “I musici”. Fue mágico. El programa estaba formado íntegramente por obras de Boccherini, y la interpretación de La Musica Notturna Delle Strade Di Madrid fue digna de un síndrome de Stendhal. Entre que yo soy incapaz de llorar viendo una película o leyendo un libro y cosas así pero es escuchar música y soltar el moco del todo, (qué quieren, cada uno sufre su síndrome de Stendhal como le viene en gana) y que la musica notturna siempre me ha parecido una belleza, salí del concierto totalmente transportada, más callada que en misa. Y Rodrigo aprovechó mi silencio para decir que el violín era bueno pero poco vibrante, y que sin duda alguna él era mucho mejor. Yo hasta entonces había mantenido un silencio algo cobarde sobre su virtuosismo o mejor dicho sobre su falta de él, pero esa noche no pude más y las carcajadas las escucharon hasta los operarios de Radio Moscú. Rodrigo no preguntó ni comentó nada, solamente me miró y, haciendo un cambio de tercio digno de un domingo de San Isidro en las Ventas, me preguntó si prefería cenar en un italiano o en un indio.
Durante estos años me he acordado de Rodrigo en varias ocasiones, sobre todo los primeros años de clarinete de Kenya, cuando la mandábamos a practicar a la esquina más remota del jardín y nos llamaban los vecinos indignados pidiendo que por favor tuviéramos piedad y rematáramos a aquel elefante que se debía estar muriendo poco a poco en nuestro jardín. Con Madagascar fue peor porque probó toooooodos los instrumentos que había en la banda, desde el flautín hasta la trompa, pasando por la flauta, el requinto, la trompeta (ay, qué horror la temporada de la trompeta) y un bombardino. La trompa parecía que le gustaba hasta que se lió a trompazos (literalmente) con su hermana, y decidimos que igual era mejor un instrumento menos agresivo. No hubo manera, al poco descubrimos que en manos de Madagascar todos podían convertirse en arma letal. Al final fue la niña la que puso punto final a su carrera musical por el simple procedimiento de abrir la ventanilla del coche una tarde cuando volvía de clase y tirar el libro de solfeo a la carretera, donde murió atropellado por varios camiones. Desde entonces, y dado que Kenya ya es clarinete principal y toca divinamente, he pasado unos años sin acordarme de Rodrigo, pero gracias a la Navidad, llevo varios días acordándome de él a todas horas. Y es que la semana pasada decidimos poner los adornos de Navidad. Bueno, lo decidí yo, y mandé a Madagascar a la buhardilla a que buscara las cajas con las bolas, los pastores, y eso. Y la niña subió a la buhardilla y fue como cuando Ali-Babá entró por primera vez en la cueva de los ladrones: Madagascar se reencontró con los juguetes de cuando eran chicas, y los libros, y mis cosas de érase que se era, y pasó lo que tenía que pasar, que se tiró un rato larguísimo dando grititos de sorpresa, y terminó bajando los adornos de Navidad y las guitarras que yo tenía guardadas. Y ahí está, dándole todo el día a las cuerdecitas sin parar, con la misma voluntad que Rodrigo pero, afortunadamente, mucho más oído y más sentido musical. Yo estoy por alegar trastorno mental transitorio para disculpar los actos delictivos que estoy cometiendo estos días, como robar niñosjesuses del Carrefour (ya se lo contaré). Igual cuela, ¿no?

jueves, 19 de noviembre de 2009

Perversiones navideñas

Yo no sé si es que los servicios operativos de la ciudad se aburren o qué, pero cada año ponen antes las luces de Navidad y cada año las quitan más tarde. Y las quitan porque tienen que poner las luces de Carnaval (sí, sí, de Carnaval); y éstas las quitan por la Semana Santa, porque quedaría fatal que procesionaran las imágenes sangrantes y dolientes, que van casi luciendo vísceras, entre farolitos jolgoriosos con forma de máscaras y de notas musicales. Pero en cuanto pasa la Semana Santa y consiguen quitar la cera de las calles (que hay que oír los chirridos cada vez que pasa un coche: ñiiiiiiiiiiii, ñiiiiiiiiiiii, que da la sensación de que el coche derrapa de mala manera, y es que sí, que un poco derrapan de mala manera), hala, ya están otra vez colgando churiburris para la Feria. Y vuelta a empezar el ciclo festivo. A mí al principio, cuando llegué, me hacía gracia ese afán festero hasta que me dí cuenta de que lo hacen porque tampoco tienen mucho más que hacer, y a fuerza de repetir ciclos consiguen que todo sea siempre previsible hasta el aburrimiento. Vale, cada año ponen luces de Navidad distintas a las del año anterior, pero ni aun así. Además me he dado cuenta de que aplican puntualmente la consigna ésa de “recicla, reduce, reutiliza”. Bueno, aplican lo de recicla y reutiliza porque lo de reduce ni de coña, que cada año ponen los churiburris más grandes. Por ejemplo, el año pasado el Ayuntamiento sorprendió a los vecinos del pueblo colocando una especie de cruce entre reno y jirafa en todas las rotondas de la carretera. Eran enormes, ni que los hubieran criado con piensos compuestos, tanto que impedían la visibilidad de los cruces y ahí que íbamos todos los coches, a 30 y con más miedo que vergüenza. Y lo divertido fue después de Nochebuena, una noche que hubo un temporal de viento y un reno jirafesco salió rodando carretera abajo. Menos mal que fue de madrugada porque menudo susto encontrarte semejante bicho revolcándose por la carretera.La cosa es que a mí los renos mutantes aquellos me sonaban mucho pero no conseguía ubicarlos hasta que Kenya me dijo que eran los mismos que había puesto hacía tres años El Corte Inglés. Y ahí se me encendieron todas las luces de golpe, que parecía mi mente Cortilandia en plena exhibición: efectivamente eran los mismos engendrillos de reno. Yo estuve preguntando con quién había que hablar para pedir los renos esos, que me encantaría ponerlos en mi jardín y que se vieran desde la carretera. Anda que no iba a molar ni nada. Pero no hubo manera de enterarme, todo el mundo me ponía cara de asombro infinito, balbuceaba cosas ininteligibles y me mandaba a hablar con otra persona. Y así de oca a oca hasta que al final me fui al LIDL y al IKEA y me inflé a comprar mogollón de luces de colores con forma de corazón, de estrellas… para poner este año la casa como si fuera un restaurante chino.También compré un peluche con forma de comadreja, que por cierto, pensé que los niños suecos debían ser tela de raritos para jugar con comadrejas de peluche, pero a Bruno le encantó, igual me dieron el cambiazo en el hospital y el niño es nórdico. Y voy a empezar a poner las luces ya, como el Ayuntamiento, para que no me pase lo del año pasado, que por puritita pereza lo fui dejando y al final puse los adornos navideños en día 29 de diciembre, y los puse porque buscando un libro encontré una caja con el Nacimiento que me había regalado mi madre hacía unos meses. Vamos, hombre, no lo pongo y me deshereda. Este año no; ya le he dicho a JB que este mismo fin de semana voy a sacar todas las cajas de adornos de la casa para empezar la ambientación navideña. En eso sí voy a seguir las tradiciones de aquí.
No voy a seguir las tradiciones locales en cuanto a los dulces de Navidad, más que nada porque a mí eso de comprar tabletitas de turrón (de todos los sabores, aquí no se cortan un pelo en eso) en un puestecillo callejero en plena feria estival me da tanta mala espina como las manzanas cubiertas de caramelo. El algodón dulce me gusta. Ya, es una guarrada, lo sé, pero cada uno tenemos nuestros vicios. Este año no vamos a tener más remedio que comer mantecados y polvorones a porrillo porque Kenya se va de viaje de fin de estudios a Praga (menos mal, que hace dos años les dieron a elegir a los músicos de la banda municipal entre irse de viaje a Lisboa y a Benalmádena y eligieron Benalmádena, que está a un escupitajo de distancia del pueblo; yo creí que a Kenya le daba un ataque de la rabia que le entró) y están vendiendo dulces de Navidad para sacar dinero. Así que hoy han venido ella y Madagascar (que actuaba de ayudante) cargadas con montones de cajas supertentadoras. Han dejado las cajas y Kenya ha sacado un peluche con forma de pingüino. Muy mono. Monísimo. Bueno, me parecía monísimo hasta que Kenya me ha preguntado si quería un bombón y, ante mi sorpresa, le ha metido al pingüino la mano por el culo y ha sacado unos chocolatines. Madagascar y Bruno encantados, claro. Y yo me he quedado alucinada pensando quién habrá sido el pervertido que ha diseñado un peluche que echa bombones por el culo.