Llevamos tres días en la ciudad y casi no he visto a Serguei. Durante el día le absorben su familia, los amigos, antiguos compañeros... solamente nos vemos para cenar. Entonces me explica lo que ha hecho y a quién ha visto, y me pregunta cómo ha sido mi día. Yo le cuento los sitios que he visitado, las veces que me he perdido en el metro, por las calles, las tiendas que he visto, que me parecen tan curiosas, y él recrea mentalmente mis paseos y me explica qué es y el por qué de cada edificio, de cada monumento. Habla con un ligero tono de culpabilidad que se acrecienta cada día. Es su ciudad, por eso hemos venido, para que yo la conociera, para que él me la enseñara, me enseñara su vida. Yo no le digo nada. No le echo en cara que se deje “secuestrar” por su familia, por su pasado, pero tampoco digo nada que le pueda servir de alivio. No me importa viajar sola. Me gusta viajar sola. Pero había confiado tanto en que él me guiaría que he preparado poco el viaje. Y tengo la sensación de estar perdiéndome la mayor parte, lo mejor, la almendrita.
Me prepara, como las otras noches, una ruta para mañana. Me promete que a partir de mañana por la tarde se acabarán los compromisos sociales y familiares. Yo me encojo de hombros. Me prepara una jornada ligera para que me dé tiempo a estar en casa de su madre a la hora de comer. Su madre me gusta; la conocí la tarde que llegamos, cuando nos invitó a cenar, y no he vuelto a verla. Prefiero no estar en las reuniones familiares, en las visitas de Serguei a sus amigos porque casi no les entiendo y me siento tan fuera de lugar que es una pérdida de tiempo. Sé que si no estoy Serguei también está más cómodo y que se sintió aliviado cuando le dije que prefería visitar la ciudad mientras él se dedicaba a sus cosas.
Por la mañana cumplo la ruta que me ha hecho Serguei solamente a medias. Me siento abrumada por la inmensidad de las calles, por las avenidas eternas y lineales. Miro los canales, igualmente amplios, limpios. Serguei ha prometido que esta tarde daremos un paseo en barco. La calle huele a canela. Sigo el olor y entro en una pastelería llena de gente a comprar un regalo para la madre de Serguei. Cuando me llega el turno señalo unos bombones redondos, de chocolate negro. Pruebo uno, noto que tienen licor. Sonrío. Me encantan los bombones de licor. Camino hasta que miro el reloj y me doy cuenta de que no voy a llegar a tiempo. Entonces subo en un tranvía que Serguei me ha señalizado en el plano, me siento, y miro el paisaje. A los pocos minutos escucho detrás de mi una de las voces más sugerentes, más cálidas, que he oido nunca. No quiero volverme, no quiero mirar quién es el dueño de la voz, pero inevitablemente echo un vistazo. Es un estudiante, va hablando con un compañero, probablemente algo de los estudios porque tienen abierto un libro y constantemente lee y luego lo comenta con su amigo. Me dejo llevar por la voz y miro por la ventanilla casi sin ver. Cuando se baja me doy cuenta de que me he pasado de parada y me he comido casi todos los bombones. Llego tarde a comer. No me importa.
martes, 24 de marzo de 2009
martes, 17 de marzo de 2009
El hombre con música
Le veía y el corazón se me ponía a contar bajito (un, dos, TRES, cuatro, cinco, SEIS...) pero no me dí cuenta de lo que pasaba hasta que los tiempos (... siete, OCHO, nueve, DIEZ, un DOS...) acallaron a Wagner, la ópera, a Satie, la música tradicional, los 60, e incluso al clarinete de Sidney Bechet. Claro que entonces el corazón ya me sabía latir sin contar.
Yo le quería por alegrías y caracoles, pero para él la vida era una soleá. Me susurraba que bailara para él y yo me convertía en guajira y me movía para sus manos, deseando que me acariciaran como tocaba a su guitarra, que se callaba cuando jugábamos a amarnos por bulerías. A veces discutíamos por tangos, pero poco. Tocamos casi todos los palos y siempre íbamos a compás. Pero poco a poco la vida se le volvió martinete y no hubo lugar para mi acompañamiento. Me quité los zapatos y me fui en silencio. Wagner, la ópera, Satie, la música tradicional, los 60... volvieron a acogerme sin resentimiento. Durante un tiempo no pude escuchar flamenco sin que el corazón se desbocara y llorase intentando contar (un, dos, TRES...) de nuevo. Menos mal que el jazz lo cura todo.
Yo le quería por alegrías y caracoles, pero para él la vida era una soleá. Me susurraba que bailara para él y yo me convertía en guajira y me movía para sus manos, deseando que me acariciaran como tocaba a su guitarra, que se callaba cuando jugábamos a amarnos por bulerías. A veces discutíamos por tangos, pero poco. Tocamos casi todos los palos y siempre íbamos a compás. Pero poco a poco la vida se le volvió martinete y no hubo lugar para mi acompañamiento. Me quité los zapatos y me fui en silencio. Wagner, la ópera, Satie, la música tradicional, los 60... volvieron a acogerme sin resentimiento. Durante un tiempo no pude escuchar flamenco sin que el corazón se desbocara y llorase intentando contar (un, dos, TRES...) de nuevo. Menos mal que el jazz lo cura todo.
martes, 10 de marzo de 2009
Del cristal con que se mira (la vida del revés)
Una mañana, después del aseo habitual, se miró al espejo y se vio raro. Le pareció que estaba al revés. Cerró el ojo derecho y la imagen del reflejo hizo lo propio. Además, se vio alto y guapo. Sorprendido miró alrededor y vio que, efectivamente, todo se había invertido. El día fue sorprendente. El jefe le mostró su lado más amable y divertido, y los compañeros de desayuno se comportaron como auténticos cretinos. Al llegar a casa se quitó las lentillas y todo volvió a ser como siempre. Entonces se dio cuenta de que se las había puesto del revés.
miércoles, 4 de marzo de 2009
Rebelión en la granja
Según una página web en una vida anterior fui una filósofa persa con una personalidad artística fuertemente desarrollada y un sentido maternal cercado al cero pelotero. Mola. Claro, a mí porque me importa un pimiento, y lo mismo de contenta me habría puesto si me hubieran dicho que en mi otra vida fui un luchador de sumo con doscientos kilos de peso, pero una amiga entró en la página, puso sus datos, le salió que durante el medievo había sido sepulturero en un pueblo de Rumanía, y se puso de una mala leche tremenda. Al principio yo pensaba que era por lo ser sepulturero e intenté buscarle el lado positivo pero en seguida se me acabaron los argumentos (la verdad es que no pasé de las ventajas de trabajar al aire libre y de que cavar es un ejercicio muy sano que te hermana con la tierra y tal) y ella seguía echando sapos y culebras por la boca. La otra opción era que le mosqueara ser rumano, así que me puse a echarle el puro por racista.
Y resultó. Bueno, resultó a medias. No se le quitó el mosqueo pero al menos dejó de echar espumarajos, y me explicó muy solemnemente que lo que le indignaba era la poquísima seriedad con la que se trataba un tema tan trascendental como la reencarnación. Yo me callé, porque aunque estaba de acuerdo a estas alturas todo el mundo debería ya saber que no hay que creer que lo que aparece en internet va a misa porque a ver qué vas a esperar de un sitio que lo mismo te ofrece ver tus cuentas bancarias que ver videoclips tan suculentos como “Tiene nombres mil”.
Mi amiga aplicó eso del silencio positivo y poco a poco se le fue calentando la boca, y me largó una clase magistral sobre la reencarnación, y el karma, y yo qué sé cuántas cosas más hasta terminar divagando sobre los errores de occidente en la interpretación del budismo. Ya me gustaría contarles aquí las doctas enseñanzas de mi amiga, ya, pero lamentablemente van a tener que seguir viviendo sin ellas por mucho que les cueste porque puse la “carita de interés” en modo automático, y me dediqué a pensar cosas muchísimo más interesantes. De los tres cuartos de hora que estuvo monologando yo solamente escuché el principio, lo de ir cambiando de cuerpo al morir y eso, y el final, cuando reconoció que a ella le convencía más la tradición tibetana del budismo que la zen.
- ¿Y tú por cuál te decantas, Gin?
Dado que me había pillado del todo, que esperaba una respuesta, y que ella me había tenido un rato largo larguísimo diciendo “ajá” mientras cabeceaba como los perritos esos horribles que lleva mucha gente en la bandeja trasera de los coches, aproveché y me lancé a contarle que la verdad es que yo no me he planteado nunca muy seriamente lo de la reencarnación pero que analizándome así por encima no debo creer en ella porque si creyera me traería al fresco la fugacidad de la vida y dejaría para otra vida lo que no pudiera hacer en ésta (como tirarme en paracaídas, nadar entre tiburones, o trabajar como monitora de comedor escolar), mientras que, por el contrario, siempre he pensado que solamente se vive una vez y que la vida es muy corta y hay que aprovechar para hacerlo todo y probarlo todo (menos lo de lanzarme en paracaídas, nadar entre tiburones, o trabajar como monitora de comedor escolar), y que por eso me gustan los cambios, que si por mí fuera me mudaría de casa cada año o, más modestamente, cambiaría de muebles constantemente, que me horroriza eso que llaman “muebles para toda la vida” y por eso soy superfan de IKEA, que tiene unos muebles supermonos, baratos, y que encima me permiten jugar a MacGyver.
- Por cierto, ¿te gustan los sofás que hemos comprado?
Ella parpadeó varias veces, me miró, echó un vistazo al catálogo, y soltó una carcajada.
- Qué morro tienes, Gin, no me has hecho ni puto caso.
- Ya, pero ¿a que son monos los sofás?
Ahí estuvo de acuerdo: los sofás son preciosos, con su respaldito alto para desnucarte a gusto viendo la tele, con sus asientitos bien fijados a la estructura y al fondo para que nadie pueda sacarlos y echarlos al suelo con la excusa de que “en el suelo se está mejor”, con sus apoyabrazos anchos capaces de acoger amorosamente cualquier culo, sea cual sea su perímetro, con sus patitas de madera bien levantaditas del suelo para que la piel no roce el suelo y se pueda barrer y fregar sin echar manchurrones... un primor, vaya.
- ¿Y qué habéis hecho con el viejo?
Dudé antes de contestar porque el asunto está trayendo cola. Claro que la culpa no ha sido nuestra sino de una especie de confabulación cósmica que ha hecho que unas cosas se liaran con otras hasta que hemos llegado al punto en el que estamos ahora.
En esta familia estamos todos muy concienciados: separamos las basuras (pa ná porque no tenemos contenedores diferenciados, pero lo hacemos), tiramos los desperdicios orgánicos a las composteras que JB ha puesto en el jardín (claro, luego van saliendo plantones de tomates y otras hortalizas en las macetas de geraneos), hacemos colchas de pachtwork con la ropa inservible (ejem, las hago yo), etc., y nunca se nos habría pasado por la cabeza tirar muebles viejos al campo, sin más.
La cosa es que fuimos toda la familia a IKEA en plan excursión a comprar los sofás. Querían mandarme a mí de comisionada única pero me negué, que les conozco, y menos mal porque después de tirarse en todos los sofás de la exposición acordaron unánimemente que el que me gustaba a mí era de todo menos cómodo. Hay que reconocer que tenían razón porque el respaldo me llegaba a mí por el sobaquillo, o sea que te pones a ver una película en ese sofá y tienen que hacerte un transplante de cuello, de lo tieso que se te queda. Total, que elegimos sofá y después de apuntar cuidadosamente la fecha de entrega que nos habían dado dejamos a Kenya encargada de llamar a los servicios operativos del Ayuntamiento para que retirasen el viejo el mismo día que lo sacáramos a la calle, que para eso se ha apuntado al World Wild Life o algo así y le mandan periódicamente revistas con alabanzas al oso pardo, al lince, y a una especie de rata tiñosa de color marrón que está en vías de extinción y todavía no sé muy bien si eso les parece horrible o estupendo porque al parecer la susodicha rata se zampa a todos los bichos de corral que encuentra y si puede destroza las cosechas a base de hacer agujeritos en la tierra.
Y Kenya llamó. Y apuntaron la fecha. Y aquí paz, y después gloria. Y llegó el día en que el sofá nuevo debía llegar y tomar posesión del salón, y con mucho esfuerzo, mucho griterío, y el trabajo combinado de toda la familia (Sirio incluido) conseguimos bajar la cuesta de la calle y dejar el sofá viejo convenientemente aparcado junto a los contenedores de basura que hay junto al cauce del arroyo. Daba una mala sensación que te mueres porque es cama y lo habíamos abierto para llevarlo más cómodamente pero dado que los servicios operativos lo tenían que retirar al día siguiente no nos preocupamos mucho y subimos a casa a esperar el sofá, que parecíamos el remake de “Bienvenido mister Marshall”. Toda la tarde se pasó Bruno asomado al muro del jardín oteando el horizonte en espera del camioncillo del transportista. Hasta que se hizo de noche y quedó claro que ni sofá ni nada. Al día siguiente, se me olvidó llamar para preguntar qué había pasado con la entrega y de nuevo Bruno pasó la tarde entera asomadito al muro del jardín. Cuando llegué y les dí la noticia de que me habían dicho que el camión se había retrasado y los sofás tardarían todavía una semana en llegar, a todos se les puso carita de desolación y miraron el hueco del salón.
- ¿Ves como eres una cagaprisas?- JB cuando me regaña no usa el vocabulario fino, no. – Si no te hubieras empeñado en bajar el sofá a la calle podríamos seguir usándolo esta semana.
- Bueno, podemos ir a por él.
- No podemos, enano, que ya se los habrá llevado el Ayuntamiento.
- Qué va, todavía sigue ahí abajo.
- ¿Cómo que sigue ahí abajo?
Miramos alarmados a Kenya.
- ¡¡¡Eh, eh, eh!!!... que yo llamé y les dije muy clarito que vinieran a recoger el sofá el día 7.
- Ya... el día 7... ¡te dijimos el 27!
- Bueno, joé, tampoco es para chillar, que por una semana que esté el sofá en la calle no va a pasar nada.
Pero sí ha pasado. Ha pasado que las cabras de Paco han decidido que un sofá-cama es muchísimo más confortable que su corralillo de tierra, y se están instalando poco a poco. De momento ya han tomado posesión del colchón quince cabras que no paran de balar y dos de los perrillos orejones que Paco tiene a modo de pastores, pero de aquí al día 7 hay tiempo de sobra para que el resto de las cabras y algún que otro perro más se decida también a mudarse, así que si ahora ya es un tanto complicado pasar por la calle esquivando cagarrutas y cabras quejumbrosas, y mirando de reojo a los perros que se vuelven locos a ladrar a todo el que pasa porque deben pensar que queremos afanar las cabras, no quiero pensar lo que será el día que los servicios operativos tengan que pelear con los bichos para retirar el sofá. Ya les contaré.
Y resultó. Bueno, resultó a medias. No se le quitó el mosqueo pero al menos dejó de echar espumarajos, y me explicó muy solemnemente que lo que le indignaba era la poquísima seriedad con la que se trataba un tema tan trascendental como la reencarnación. Yo me callé, porque aunque estaba de acuerdo a estas alturas todo el mundo debería ya saber que no hay que creer que lo que aparece en internet va a misa porque a ver qué vas a esperar de un sitio que lo mismo te ofrece ver tus cuentas bancarias que ver videoclips tan suculentos como “Tiene nombres mil”.
Mi amiga aplicó eso del silencio positivo y poco a poco se le fue calentando la boca, y me largó una clase magistral sobre la reencarnación, y el karma, y yo qué sé cuántas cosas más hasta terminar divagando sobre los errores de occidente en la interpretación del budismo. Ya me gustaría contarles aquí las doctas enseñanzas de mi amiga, ya, pero lamentablemente van a tener que seguir viviendo sin ellas por mucho que les cueste porque puse la “carita de interés” en modo automático, y me dediqué a pensar cosas muchísimo más interesantes. De los tres cuartos de hora que estuvo monologando yo solamente escuché el principio, lo de ir cambiando de cuerpo al morir y eso, y el final, cuando reconoció que a ella le convencía más la tradición tibetana del budismo que la zen.
- ¿Y tú por cuál te decantas, Gin?
Dado que me había pillado del todo, que esperaba una respuesta, y que ella me había tenido un rato largo larguísimo diciendo “ajá” mientras cabeceaba como los perritos esos horribles que lleva mucha gente en la bandeja trasera de los coches, aproveché y me lancé a contarle que la verdad es que yo no me he planteado nunca muy seriamente lo de la reencarnación pero que analizándome así por encima no debo creer en ella porque si creyera me traería al fresco la fugacidad de la vida y dejaría para otra vida lo que no pudiera hacer en ésta (como tirarme en paracaídas, nadar entre tiburones, o trabajar como monitora de comedor escolar), mientras que, por el contrario, siempre he pensado que solamente se vive una vez y que la vida es muy corta y hay que aprovechar para hacerlo todo y probarlo todo (menos lo de lanzarme en paracaídas, nadar entre tiburones, o trabajar como monitora de comedor escolar), y que por eso me gustan los cambios, que si por mí fuera me mudaría de casa cada año o, más modestamente, cambiaría de muebles constantemente, que me horroriza eso que llaman “muebles para toda la vida” y por eso soy superfan de IKEA, que tiene unos muebles supermonos, baratos, y que encima me permiten jugar a MacGyver.
- Por cierto, ¿te gustan los sofás que hemos comprado?
Ella parpadeó varias veces, me miró, echó un vistazo al catálogo, y soltó una carcajada.
- Qué morro tienes, Gin, no me has hecho ni puto caso.
- Ya, pero ¿a que son monos los sofás?
Ahí estuvo de acuerdo: los sofás son preciosos, con su respaldito alto para desnucarte a gusto viendo la tele, con sus asientitos bien fijados a la estructura y al fondo para que nadie pueda sacarlos y echarlos al suelo con la excusa de que “en el suelo se está mejor”, con sus apoyabrazos anchos capaces de acoger amorosamente cualquier culo, sea cual sea su perímetro, con sus patitas de madera bien levantaditas del suelo para que la piel no roce el suelo y se pueda barrer y fregar sin echar manchurrones... un primor, vaya.
- ¿Y qué habéis hecho con el viejo?
Dudé antes de contestar porque el asunto está trayendo cola. Claro que la culpa no ha sido nuestra sino de una especie de confabulación cósmica que ha hecho que unas cosas se liaran con otras hasta que hemos llegado al punto en el que estamos ahora.
En esta familia estamos todos muy concienciados: separamos las basuras (pa ná porque no tenemos contenedores diferenciados, pero lo hacemos), tiramos los desperdicios orgánicos a las composteras que JB ha puesto en el jardín (claro, luego van saliendo plantones de tomates y otras hortalizas en las macetas de geraneos), hacemos colchas de pachtwork con la ropa inservible (ejem, las hago yo), etc., y nunca se nos habría pasado por la cabeza tirar muebles viejos al campo, sin más.
La cosa es que fuimos toda la familia a IKEA en plan excursión a comprar los sofás. Querían mandarme a mí de comisionada única pero me negué, que les conozco, y menos mal porque después de tirarse en todos los sofás de la exposición acordaron unánimemente que el que me gustaba a mí era de todo menos cómodo. Hay que reconocer que tenían razón porque el respaldo me llegaba a mí por el sobaquillo, o sea que te pones a ver una película en ese sofá y tienen que hacerte un transplante de cuello, de lo tieso que se te queda. Total, que elegimos sofá y después de apuntar cuidadosamente la fecha de entrega que nos habían dado dejamos a Kenya encargada de llamar a los servicios operativos del Ayuntamiento para que retirasen el viejo el mismo día que lo sacáramos a la calle, que para eso se ha apuntado al World Wild Life o algo así y le mandan periódicamente revistas con alabanzas al oso pardo, al lince, y a una especie de rata tiñosa de color marrón que está en vías de extinción y todavía no sé muy bien si eso les parece horrible o estupendo porque al parecer la susodicha rata se zampa a todos los bichos de corral que encuentra y si puede destroza las cosechas a base de hacer agujeritos en la tierra.
Y Kenya llamó. Y apuntaron la fecha. Y aquí paz, y después gloria. Y llegó el día en que el sofá nuevo debía llegar y tomar posesión del salón, y con mucho esfuerzo, mucho griterío, y el trabajo combinado de toda la familia (Sirio incluido) conseguimos bajar la cuesta de la calle y dejar el sofá viejo convenientemente aparcado junto a los contenedores de basura que hay junto al cauce del arroyo. Daba una mala sensación que te mueres porque es cama y lo habíamos abierto para llevarlo más cómodamente pero dado que los servicios operativos lo tenían que retirar al día siguiente no nos preocupamos mucho y subimos a casa a esperar el sofá, que parecíamos el remake de “Bienvenido mister Marshall”. Toda la tarde se pasó Bruno asomado al muro del jardín oteando el horizonte en espera del camioncillo del transportista. Hasta que se hizo de noche y quedó claro que ni sofá ni nada. Al día siguiente, se me olvidó llamar para preguntar qué había pasado con la entrega y de nuevo Bruno pasó la tarde entera asomadito al muro del jardín. Cuando llegué y les dí la noticia de que me habían dicho que el camión se había retrasado y los sofás tardarían todavía una semana en llegar, a todos se les puso carita de desolación y miraron el hueco del salón.
- ¿Ves como eres una cagaprisas?- JB cuando me regaña no usa el vocabulario fino, no. – Si no te hubieras empeñado en bajar el sofá a la calle podríamos seguir usándolo esta semana.
- Bueno, podemos ir a por él.
- No podemos, enano, que ya se los habrá llevado el Ayuntamiento.
- Qué va, todavía sigue ahí abajo.
- ¿Cómo que sigue ahí abajo?
Miramos alarmados a Kenya.
- ¡¡¡Eh, eh, eh!!!... que yo llamé y les dije muy clarito que vinieran a recoger el sofá el día 7.
- Ya... el día 7... ¡te dijimos el 27!
- Bueno, joé, tampoco es para chillar, que por una semana que esté el sofá en la calle no va a pasar nada.
Pero sí ha pasado. Ha pasado que las cabras de Paco han decidido que un sofá-cama es muchísimo más confortable que su corralillo de tierra, y se están instalando poco a poco. De momento ya han tomado posesión del colchón quince cabras que no paran de balar y dos de los perrillos orejones que Paco tiene a modo de pastores, pero de aquí al día 7 hay tiempo de sobra para que el resto de las cabras y algún que otro perro más se decida también a mudarse, así que si ahora ya es un tanto complicado pasar por la calle esquivando cagarrutas y cabras quejumbrosas, y mirando de reojo a los perros que se vuelven locos a ladrar a todo el que pasa porque deben pensar que queremos afanar las cabras, no quiero pensar lo que será el día que los servicios operativos tengan que pelear con los bichos para retirar el sofá. Ya les contaré.
lunes, 23 de febrero de 2009
Juegos del destino
Eran los peores adúlteros del mundo. Nunca encontraban el momento. Cuando ella no tenía guardia, él tenía juicio; si ella no tenía niños enfermos, él tenía a su suegra en el hospital; cuando ella libraba, él estaba de viaje... Habían intentado verse en el trabajo aprovechando cualquier ratillo libre y sólo habían conseguido que una residente les sorprendiera con la ropa desarreglada y que el pasante de él casi les pillara tumbados en la mesa del despacho. Finalmente, después de mucho intentarlo, decidieron abandonar. Dejaron de verse y de llamarse. Entonces comenzaron a coincidir en congresos y viajes de trabajo.
lunes, 16 de febrero de 2009
Boquitas
Tengo un amigo escritor (bueno, qué narices, tengo varios, unos cuantos, que conozco escritores a puñaos, vaya, a ver si no voy a poder tirarme el moco ni en mi propio blog) que dice que los escritores siempre escriben la misma novela. Tienen, eso sí, el detallazo de meterle pequeñas variaciones para que los lectores no acabemos con depresión por ser tan memos de gastarnos la pasta en el mismo libro.
Yo creo que tiene razón, y si no no tienen más que fijarse, todos cogen una idea y se pasan la vida dándole vueltas y más vueltas, que parecen un tenedor en un plato de espaguetti. Pero no se crean que esto lo hacen los escritores nada más porque son así de especialitos. Qué va; esto lo hace todo el mundo mundial. Por ejemplo, yo me monto en el ascensor de la casa de mis padres, y dependiendo del vecino que se meta, ya sé cómo va a ser la conversación. La del segundo siempre habla del tiempo. Da igual si hace un sol radiante o si caen chuzos de punta; ella siempre va a suspirar como si tuviera una pena grande grandísima de ésas que no te caben ni en un ropero de tres cuerpos, y luego va a decir en tono quejumbroso “hay que ver el calor/frío/humedad que está haciendo ¿verdad?” Y luego se va a callar y va a decir que sí a todo lo que tú digas. El del cuarto siempre me va a preguntar qué tal llevo los exámenes. Da igual que le diga que hace así como veinte años que no hago más exámenes que los de conciencia, y eso muy de cuando en cuando; él me ve y me pregunta qué tal llevo los exámenes. Yo, en vista de que no se termina de aclarar, ya he optado por inventarme asignaturas. El mes pasado le largué que había sacado un cinco pelao en “relaciones estructurales entre la concordancia de los tiempos en la gramática indostaní”, y que en cambio me habían puesto sobresaliente en álgebra aplicada; como sabe que sumo con los dedos me miró asombrado y me felicitó con una falta de entusiasmo que me hizo sospechar que no se lo creyó del todo. Luego mi madre me dijo que efectivamente no se lo había creído nada, que él pensaba que por supuesto había suspendido el álgebra y me había marcado una bola manola del cuarenta y tres. También está, por último ejemplo, la del quinto, a la que evito como a las grasas poliinsaturadas porque es ver a quien sea y lanzarse a contar que si le han quitado una uña del pie que se le estaba pudriendo, que si le han salido golondrinos y le duelen horrores, que si tiene una úlcera supurante en un codo... y no sólo se contenta con explicarte exactamente qué color tenían los mocos sanguinolentos que escupió anoche después de gargajear abundantemente sino que si puede te enseña las miles de porquerías que padece, que yo no sé cómo no pota todo el mundo en el ascensor cada dos por tres.
Esto mismo vale para el autobús, para la sala de espera del médico, para la cola de la biblioteca, las clientas de la panadería, y así hasta el infinito y más allá. A todos, absolutamente a todos, se nos adjudica una idea fija cuando nacemos y allá que nos pasamos la vida dándole vueltas sin parar y, lo que es peor, contándoselo a todo bicho viviente. Así que si yo hablo repetidamente de pájaros, de majarones, o más modestamente de gente rarilla, pues se tienen que aguantar, que además ya saben que en mi caso se trata de una especie de conjura cósmica que hace que todos peregrinen por los aledaños de mi casa. Y si voy de viaje, me salen al encuentro (digo yo que para que no me sienta extraña, como si me faltara algo).
La semana pasada llamé a Cristo, que hacía un par de semanas que no le veía ni hablaba con él y me parecía raro. Que sí, me dijo, que era verdad que últimamente se había quitado un poco de en medio, pero que es que estaban de visita su madre y su tía y que por eso no estaba haciendo vida social.
- Caramba, Cristo, pues tráetelas a merendar, hombre, así las conocemos.
- Esto... no, Gin, mejor que no, que me caéis muy bien.
Le llamé exagerado, claro, y después de negociar unos minutos acabó claudicando y quedamos en que el sábado vendría a merendar con su madre y su tía. Así que el sábado por la mañana hicimos un zafarrancho de limpieza y dejamos la casa y el jardín más bonitos que un sanluis. Incluso los perros brillaban de limpios, que Kenya y el Sirio se los habían llevado al arroyo y los habían cepillado a conciencia. Yo aproveché la ocasión para saquear las recetas de Arantza (que total, no se iba a enterar, y les tenía unas ganas que pa qué). Total, que a las cinco de la tarde ahí estábamos todos en perfecto estado de revista, incluso Bruno, que había protestado por haber tenido que darse un baño intempestivo a las cuatro de la tarde (que no se hubiera metido en la caseta de los perros a buscar una pelota) y ahora expandía olas de aroma a colonia con cada movimiento. Y llegaron las visitas.
La verdad es que fue todo raro desde el principio. Para empezar, a Cristo no había quien le reconociera porque apareció vestido, que era la primera vez que no venía enseñando el culo, pero es que además se había vestido rarísimo, que llevaba incluso chaleco y un gorrito. “Pero si parece Lytton Strachey”, no pude evitar susurrarle a JB sabiendo que susurrar a JB es como susurrarle al Pato Donald porque JB está sordo perdido de un oído que justamente es el que suelo tener siempre más a mano. Y por si acaso la visión de Cristo enfundado en semejantes telares de cheviot y otras hierbas nos dejaba indiferentes (que no), venía escoltando a dos señoras diminutas, exactamente iguales, tal cual fueran dos clones de la reina Victoria. Las señoras iban vestidas con sendos chándales de terciopelo en colores pastel (una azul y otra amarillo) y un collar de perlas cada una, y no se desprendieron de los bolsitos que llevaban colgados del brazo, en toda la tarde. Cristo nos presentó a “las Edus”. Bueno, él las presentó como Edurne y Eduvigis, su madre y su tía, y nos explicó que eran gemelas idénticas aunque no hacía falta que lo hicera porque, de verdad de la buena, eran clavaditas.
El pobre Cristo estuvo incómodo todo el tiempo, y no precisamente por la ropa. Las Edus resultaron ser las viejecillas más impertinentes que me he echado a la cara en la vida. Y mira que he conocido viejas estúpidas. A todo le pusieron pegas. Que si se notaba que no teníamos jardinero porque el jardín estaba dejadísimo, que si la casa necesitaba una mano de pintura, que si se veía a la legua que los perros no eran de raza (cegatonas, se ve a la legua que los perros tienen mogollón de razas), que si Kenya estaba muy bajita para su edad, que a ver si El Sirio tenía papeles (el pobre chiquillo, que es más de aquí que los boquerones), que si qué vulgaridad de gata, que si yo debería ir pensando en cortarme el pelo... Además se hacían los comentarios la una a la otra, como si no estuviéramos (“Fíjate Edu...”, ¿Has visto, Edi...?”) A los diez minutos habían conseguido ponernos en su contra a todos menos a Bruno, que había decidido dedicar toda su atención a la merienda y hacía como si no las escuchara.
Y así siguió la merienda, con las Edus soltando impertinencias, Cristo poniendo caritas de “perdón, perdón, perdón”, y nosotros mordiéndonos la lengua. Hasta que una de ellas, creo que Edi pero no estoy segura, miró a Madagascar.
- ¿Y tú qué eres, criatura: hembra o macho?
Como conocemos a Madagascar, todos contuvimos la respiración. Todos menos Bruno, que se estaba inflando a tarta de manzana y no dudó en gritar con vocecilla alegre (y la boca llena, todo hay que decirlo):
- ¡Me la sé! ¡Es hembra!
Madagascar resopló un par de veces, miró a la Edu correspondiente y dijo aplicándole su mirada más fulminante:
- ¿Y ustedes qué son: loros, o cacatúas?
Todos dejamos de masticar e incluso creo que durante unos minutos volvimos a contener la respiración. Cristo se puso blanco como el papel. Las Edus se quedaron petrificadas y, antes de que nadie reaccionara, Bruno, sin dejar de mirar el trozo de pastel que se estaba hincando, gritó de nuevo con su vocecita clara:
- ¡También me la sé! ¡Son cacatúas!
- ¡Bruno!
- Si es verdad, mamá, ¿no recuerdas que los loros eran grandes y muy simpáticos? ¡Son cacatúas, fijo!
Yo sé que teníamos que haber regañado a Madagascar pero qué quieren, al día siguiente la invitamos al cine. Y Cristo se acercó ayer de estranjis y le trajo de regalo un libro.
Yo creo que tiene razón, y si no no tienen más que fijarse, todos cogen una idea y se pasan la vida dándole vueltas y más vueltas, que parecen un tenedor en un plato de espaguetti. Pero no se crean que esto lo hacen los escritores nada más porque son así de especialitos. Qué va; esto lo hace todo el mundo mundial. Por ejemplo, yo me monto en el ascensor de la casa de mis padres, y dependiendo del vecino que se meta, ya sé cómo va a ser la conversación. La del segundo siempre habla del tiempo. Da igual si hace un sol radiante o si caen chuzos de punta; ella siempre va a suspirar como si tuviera una pena grande grandísima de ésas que no te caben ni en un ropero de tres cuerpos, y luego va a decir en tono quejumbroso “hay que ver el calor/frío/humedad que está haciendo ¿verdad?” Y luego se va a callar y va a decir que sí a todo lo que tú digas. El del cuarto siempre me va a preguntar qué tal llevo los exámenes. Da igual que le diga que hace así como veinte años que no hago más exámenes que los de conciencia, y eso muy de cuando en cuando; él me ve y me pregunta qué tal llevo los exámenes. Yo, en vista de que no se termina de aclarar, ya he optado por inventarme asignaturas. El mes pasado le largué que había sacado un cinco pelao en “relaciones estructurales entre la concordancia de los tiempos en la gramática indostaní”, y que en cambio me habían puesto sobresaliente en álgebra aplicada; como sabe que sumo con los dedos me miró asombrado y me felicitó con una falta de entusiasmo que me hizo sospechar que no se lo creyó del todo. Luego mi madre me dijo que efectivamente no se lo había creído nada, que él pensaba que por supuesto había suspendido el álgebra y me había marcado una bola manola del cuarenta y tres. También está, por último ejemplo, la del quinto, a la que evito como a las grasas poliinsaturadas porque es ver a quien sea y lanzarse a contar que si le han quitado una uña del pie que se le estaba pudriendo, que si le han salido golondrinos y le duelen horrores, que si tiene una úlcera supurante en un codo... y no sólo se contenta con explicarte exactamente qué color tenían los mocos sanguinolentos que escupió anoche después de gargajear abundantemente sino que si puede te enseña las miles de porquerías que padece, que yo no sé cómo no pota todo el mundo en el ascensor cada dos por tres.
Esto mismo vale para el autobús, para la sala de espera del médico, para la cola de la biblioteca, las clientas de la panadería, y así hasta el infinito y más allá. A todos, absolutamente a todos, se nos adjudica una idea fija cuando nacemos y allá que nos pasamos la vida dándole vueltas sin parar y, lo que es peor, contándoselo a todo bicho viviente. Así que si yo hablo repetidamente de pájaros, de majarones, o más modestamente de gente rarilla, pues se tienen que aguantar, que además ya saben que en mi caso se trata de una especie de conjura cósmica que hace que todos peregrinen por los aledaños de mi casa. Y si voy de viaje, me salen al encuentro (digo yo que para que no me sienta extraña, como si me faltara algo).
La semana pasada llamé a Cristo, que hacía un par de semanas que no le veía ni hablaba con él y me parecía raro. Que sí, me dijo, que era verdad que últimamente se había quitado un poco de en medio, pero que es que estaban de visita su madre y su tía y que por eso no estaba haciendo vida social.
- Caramba, Cristo, pues tráetelas a merendar, hombre, así las conocemos.
- Esto... no, Gin, mejor que no, que me caéis muy bien.
Le llamé exagerado, claro, y después de negociar unos minutos acabó claudicando y quedamos en que el sábado vendría a merendar con su madre y su tía. Así que el sábado por la mañana hicimos un zafarrancho de limpieza y dejamos la casa y el jardín más bonitos que un sanluis. Incluso los perros brillaban de limpios, que Kenya y el Sirio se los habían llevado al arroyo y los habían cepillado a conciencia. Yo aproveché la ocasión para saquear las recetas de Arantza (que total, no se iba a enterar, y les tenía unas ganas que pa qué). Total, que a las cinco de la tarde ahí estábamos todos en perfecto estado de revista, incluso Bruno, que había protestado por haber tenido que darse un baño intempestivo a las cuatro de la tarde (que no se hubiera metido en la caseta de los perros a buscar una pelota) y ahora expandía olas de aroma a colonia con cada movimiento. Y llegaron las visitas.
La verdad es que fue todo raro desde el principio. Para empezar, a Cristo no había quien le reconociera porque apareció vestido, que era la primera vez que no venía enseñando el culo, pero es que además se había vestido rarísimo, que llevaba incluso chaleco y un gorrito. “Pero si parece Lytton Strachey”, no pude evitar susurrarle a JB sabiendo que susurrar a JB es como susurrarle al Pato Donald porque JB está sordo perdido de un oído que justamente es el que suelo tener siempre más a mano. Y por si acaso la visión de Cristo enfundado en semejantes telares de cheviot y otras hierbas nos dejaba indiferentes (que no), venía escoltando a dos señoras diminutas, exactamente iguales, tal cual fueran dos clones de la reina Victoria. Las señoras iban vestidas con sendos chándales de terciopelo en colores pastel (una azul y otra amarillo) y un collar de perlas cada una, y no se desprendieron de los bolsitos que llevaban colgados del brazo, en toda la tarde. Cristo nos presentó a “las Edus”. Bueno, él las presentó como Edurne y Eduvigis, su madre y su tía, y nos explicó que eran gemelas idénticas aunque no hacía falta que lo hicera porque, de verdad de la buena, eran clavaditas.
El pobre Cristo estuvo incómodo todo el tiempo, y no precisamente por la ropa. Las Edus resultaron ser las viejecillas más impertinentes que me he echado a la cara en la vida. Y mira que he conocido viejas estúpidas. A todo le pusieron pegas. Que si se notaba que no teníamos jardinero porque el jardín estaba dejadísimo, que si la casa necesitaba una mano de pintura, que si se veía a la legua que los perros no eran de raza (cegatonas, se ve a la legua que los perros tienen mogollón de razas), que si Kenya estaba muy bajita para su edad, que a ver si El Sirio tenía papeles (el pobre chiquillo, que es más de aquí que los boquerones), que si qué vulgaridad de gata, que si yo debería ir pensando en cortarme el pelo... Además se hacían los comentarios la una a la otra, como si no estuviéramos (“Fíjate Edu...”, ¿Has visto, Edi...?”) A los diez minutos habían conseguido ponernos en su contra a todos menos a Bruno, que había decidido dedicar toda su atención a la merienda y hacía como si no las escuchara.
Y así siguió la merienda, con las Edus soltando impertinencias, Cristo poniendo caritas de “perdón, perdón, perdón”, y nosotros mordiéndonos la lengua. Hasta que una de ellas, creo que Edi pero no estoy segura, miró a Madagascar.
- ¿Y tú qué eres, criatura: hembra o macho?
Como conocemos a Madagascar, todos contuvimos la respiración. Todos menos Bruno, que se estaba inflando a tarta de manzana y no dudó en gritar con vocecilla alegre (y la boca llena, todo hay que decirlo):
- ¡Me la sé! ¡Es hembra!
Madagascar resopló un par de veces, miró a la Edu correspondiente y dijo aplicándole su mirada más fulminante:
- ¿Y ustedes qué son: loros, o cacatúas?
Todos dejamos de masticar e incluso creo que durante unos minutos volvimos a contener la respiración. Cristo se puso blanco como el papel. Las Edus se quedaron petrificadas y, antes de que nadie reaccionara, Bruno, sin dejar de mirar el trozo de pastel que se estaba hincando, gritó de nuevo con su vocecita clara:
- ¡También me la sé! ¡Son cacatúas!
- ¡Bruno!
- Si es verdad, mamá, ¿no recuerdas que los loros eran grandes y muy simpáticos? ¡Son cacatúas, fijo!
Yo sé que teníamos que haber regañado a Madagascar pero qué quieren, al día siguiente la invitamos al cine. Y Cristo se acercó ayer de estranjis y le trajo de regalo un libro.
lunes, 9 de febrero de 2009
Injusticia
Nunca había tenido nada nuevo. De pequeña heredaba la ropa de sus hermanas y primas; ahora la compraba en mercadillos. Siempre compraba coches usados. Su marido había estado casado antes dos veces. A la hora de comprar casa compraron una de segunda mano. Trabajaba haciendo suplencias. Hacía un año le habían transplantado un riñon. Incluso sus hijos eran adoptados. Cuando el ayuntamiento la multó por no separar la basura y no hacer montoncitos para el reciclaje no dijo nada. Simplemente rió, rompió la multa, tiró toda su ropa al contenedor, y fundió la tarjeta de crédito en El Corte Inglés.
martes, 27 de enero de 2009
Aachen
Viajamos en silencio. Aafke conduce y yo miro por la ventanilla. Lleva dos días lloviendo casi sin parar y hace frío. El coche de Aafke es viejo y la calefacción no funciona bien así que me arrebujo en el anorak y me coloco los guantes. Estoy de mal humor pero no quiero que Aafke se dé cuenta porque sé que se ha esforzado preparando la ruta de viaje. Ha planificado al milímetro los itinerarios, las visitas, ha calculado el tiempo que podemos tardar en cada lugar, ha buscado los sitios más apropiados en los que podemos parar para comer y ha preparado alternativas por si nos fallan los horarios. Lo tiene todo escrito. A cada día corresponden unos cuantos folios. Lo lleva todo guardado en una carpeta. Cada mañana subimos en el coche y me da los folios del día para consultarlos de cuando en cuando. Están en neerlandés y no entiendo nada así que ni los miro; me limito a sujetarlos y pasárselos cuando necesita hacer alguna consulta.
Aafke es buena compañía. Sabe estar callada. De hecho lo que no sabe es hablar mucho. Habla muy poco, solamente lo necesario y si puede ni siquiera eso, pero con Aafke el silencio no es un problema, siempre es cómodo. Este no hablar mucho ayuda a que mi mal humor pase desapercibido. Mejor. Si me preguntara no sabría decirle exactamente qué es lo que me desagrada. Lo más fácil sería echarle la culpa al tiempo. A la mayoría de la gente no le gusta esta lluvia constante; a mí me agrada, nunca me han deprimido los días grises. Sin embargo hoy me molestan las nubes, me molesta la falta de sol y de luz, me molesta la humedad del ambiente.
Cuando nos acercamos a la ciudad Aafke me cuenta dónde vamos. Me hace un breve resumen del sitio (que se llama algo así como "Oje") y me lo pinta como un sitio importantísimo, crucial para la historia. Mi mal humor continúa a lo largo del día. El tiempo ayuda a que la ciudad resulte ser un sitio oscuro y poco atractivo. Cuando llegamos a la catedral, cuya fachada se adivina impresionante, la lluvia arrecia y no podemos pararnos a contemplarla. Aafke ma va dando datos, pero no retengo ninguna de las explicaciones que me da.
Al final del día, mientras cenamos, Aafke me pregunta qué me ha parecido "Oje". Cuando le digo que no me ha gustado nada y que en realidad habría preferido ver Aquisgrán, que es un sitio que tengo muchas ganas de conocer, abre mucho los ojos y suelta una carcajada. Me sorprende, nunca la había visto reirse así. Ríe durante un rato hasta saltársele un par de lágrimas. Yo espero. Cuando se le pasa el ataque de risa abre la guía, busca Aquisgrán, me señala el nombre de la ciudad en alemán, Aachen, y conteniendo la risa dice "Oje". Y, aunque me siento totalmente ridícula, me entran ganas de reir y se me pasa el mal humor de estos días.
Aafke es buena compañía. Sabe estar callada. De hecho lo que no sabe es hablar mucho. Habla muy poco, solamente lo necesario y si puede ni siquiera eso, pero con Aafke el silencio no es un problema, siempre es cómodo. Este no hablar mucho ayuda a que mi mal humor pase desapercibido. Mejor. Si me preguntara no sabría decirle exactamente qué es lo que me desagrada. Lo más fácil sería echarle la culpa al tiempo. A la mayoría de la gente no le gusta esta lluvia constante; a mí me agrada, nunca me han deprimido los días grises. Sin embargo hoy me molestan las nubes, me molesta la falta de sol y de luz, me molesta la humedad del ambiente.
Cuando nos acercamos a la ciudad Aafke me cuenta dónde vamos. Me hace un breve resumen del sitio (que se llama algo así como "Oje") y me lo pinta como un sitio importantísimo, crucial para la historia. Mi mal humor continúa a lo largo del día. El tiempo ayuda a que la ciudad resulte ser un sitio oscuro y poco atractivo. Cuando llegamos a la catedral, cuya fachada se adivina impresionante, la lluvia arrecia y no podemos pararnos a contemplarla. Aafke ma va dando datos, pero no retengo ninguna de las explicaciones que me da.
Al final del día, mientras cenamos, Aafke me pregunta qué me ha parecido "Oje". Cuando le digo que no me ha gustado nada y que en realidad habría preferido ver Aquisgrán, que es un sitio que tengo muchas ganas de conocer, abre mucho los ojos y suelta una carcajada. Me sorprende, nunca la había visto reirse así. Ríe durante un rato hasta saltársele un par de lágrimas. Yo espero. Cuando se le pasa el ataque de risa abre la guía, busca Aquisgrán, me señala el nombre de la ciudad en alemán, Aachen, y conteniendo la risa dice "Oje". Y, aunque me siento totalmente ridícula, me entran ganas de reir y se me pasa el mal humor de estos días.
viernes, 16 de enero de 2009
Niebla privada
Todo empezó cuando le pusieron una multa por conducir con las antiniebla en una mañana de sol. Le extrañó que los policías parecieran no ver la neblina que envolvía el paisaje. Lejos de desaparecer, la niebla se fue intensificando aunque nadie más la veía. Comenzó a obsesionarse y sintió que las nubes se le metían en la cabeza, le nublaban la vista, le oprimían el cerebro, y hacían que sus sueños parecieran campos poblados de ovejitas blancas. Finalmente fue al médico. Mientras el doctor le extraía del oído la última bolita de algodón le prohibió que volviera a utilizar bastoncillos.
domingo, 11 de enero de 2009
Chunda, chunda...
A veces las abuelas tienen razón. No siempre, eh, pero a veces sí. Por ejemplo, cuando, hablando de comida, dicen eso de que el gusto va cambiando con los años. Por ejemplo, yo de pequeña odiaba las judías verdes y ahora me gustan mucho. Claro que también odiaba los purés (sobre todo los de pelos, puaj) y las sopas y a día de hoy es oler una sopa y entrarme unas arcadas y unas ganas de vomitar tremendas. Supongo que hay cosas que por muchos años que pasen no van a cambiar. Las judías verdes en cambio, así rehogaditas con ajito y jamón, me gustan mucho. Y mira que me daban asco, eh. Eso y las patatas guisadas no podía ni verlas. Una tontería porque en el colegio ponían las patatas guisadas con pimentón, que debían estar ricas, aunque no lo supe nunca porque me negué a probarlas jamás de los jamases. Claro que no tenía ningún problema porque a Jaime Salamil, que se sentaba en mi mesa en el comedor, le encantaban y me las cambiaba por la carne de membrillo, que a mí me dislocaba (y mi madre no la compraba nunca porque decía que engordaba mucho, qué rabia) y a él le daba repelús. Total, que nos lo cambiábamos, y tan ricamente. A mí me sorprendía un poco que Jaime se zampara aquella repugnancia poniendo los ojos en blanco pero oye, también a la Nuri (una niña que llegó a la calle de realojo porque habían tirado su casita en un poblado del barrio) le había parecido asqueroso que yo merendara pan con mantequilla y azúcar espolvoreada. Teniendo en cuenta que a la Nuri le gustaba comerse los mocos, que cuanto más verdes y más grandes más ricos le parecían, y luego se chupaba los dedos haciendo unos ruidos rarísimos, llegué a la conclusión de que a cada uno le puede gustar lo que quiera, y que mientras no me obliguen a mí a comerlo como si se quieren hincar un bocadillo de babosas. Además así la Nuri nunca me sacudió para quitarme la merienda como hacía con los demás niños, que tenían que esconderse en el cuarto de calderas del bloque para merendar, los pobres.
Y si yo no podía con las judías verdes, lo de mi hermana B1 era espectacular. B1 somatizaba de la forma más portentosa que he visto nunca. B1 leía el menú escolar para el mes (el colegio enviaba a los padres el menú de forma mensual y lo cumplían a rajatabla, es que no se desviaban del plan ni una miga) y se descomponía viva. Literalmente: le daban sudores fríos y le entraban unas cagarrinas que la pusieron un par de veces al borde de la deshidratación. Claro, es que B1 era más rara que la mar; no le gustaban ni los espaguetti del colegio, que a mí me encantaban porque en mi mesa jugábamos todos a comérnoslos aspirándolos de uno en uno. Ahora lo pienso y me parece una marranada de marca mayor (imagínense a diez niños aspirando espaguetti con toda la boca manchada de tomate) pero los profesores encargados del comedor preferían dejarnos engorrinar con la comida antes de que les tocara la mesa de B1. B1 empezaba a llorar cuando tocaba la campana que indicaba el fin de las clases y seguía llorando cuando tocaba la campana que indicaba que comenzaban las clases de la tarde. Y entre medias seguía llorando y llorando. Y si el profesor del comedor intentaba que comiera algo, vomitaba. La cosa fue tan tremenda que mi madre llevó a B1 al médico. Salió de allí con la recomendación de que la quitara del comedor. Y la quitó. Y a mí también. Una pena, no volví a comer espaguetti hasta muchos años después, que mi madre siempre ha sido de macarrones y nada más que macarrones.
Durante el curso escolar mi madre no hostilizaba mucho con las comidas, incluso se olvidaba de las judías verdes. Al fin y al cabo a ella tampoco le han gustado nunca ni medio pelo, que mi madre es melindrosísima para comer. Pero el verano era terrible. Genial y terrible. Por un lado era genial porque nos íbamos a pasar unas semanas a la playa con una familia amiga. La parte terrible la ponían las judías verdes, porque en la otra familia había una niña a la que le encantaban y su madre le comía el tarro a la mía con que si había que ver lo sanas que eran, que qué pena que nosotras estuviéramos tan mal educadas como para no comerlas, y esas cosas. Total, que a mi madre se le hinchaba la vena, nos miraba como si fuéramos un experimento fallido, y se empeñaba en que nos comiéramos los bichos vegetales aquellos. Nos ponía un plato tristísimo lleno de gusanorros verdes aplastados con una patata hervida solitaria en medio, y durante dos horas intentaba que nos comiéramos aquello. Luego se lo llevaba y nos lo ponía al día siguiente. Y así hasta que le salían mohos y tenía que hacer una nueva cazuelita de judías. Nunca consiguió que tragáramos aquello sin vomitar. Incluso intentó corregir lo que ella llamaba “caprichos insoportables en las comidas” (¡¡¡ella!!! ¡¡¡ella hablando de caprichos en la mesa, cuando se alimenta de tortillas francesas!!! En fin…) mandándonos a las colonias. Mi padre (y nosotras) habría preferido campamentos de esos en los que duermes en tiendas de campaña y saco de dormir, pero para ello había que apuntarse a la parroquia o a los boyescuts, y tanto una cosa como la otra suponía pasarse el año desfilando por el campo todos los fines de semana con un pañuelito al cuello. Y no. Para nada. Así que eligieron las colonias de la Sección Femenina. Ahí también tuvo mucha culpa la familia de amigos coveraneantes, que todos los años mandaban a su hija a de colonias. Total, que allá fuimos B1 y yo un verano a Masnou con las chicas de la Sección Femenina. No estuvo tan mal. Aprendí varias cosas, algunas útiles y otras superfluas, que no les voy a contar porque no. No estuvo tan mal, de hecho yo recuerdo que me lo pasé muy bien pero cuando volvimos debíamos tener un aspecto muy perjudicadito porque ni a B1 ni a mí nos volvieron a mandar de colonias. Tampoco mi madre intentó que volviéramos a comer bichos verdes.
A veces me acuerdo de aquel verano en la colonia. Por ejemplo, cada vez que me toca bailar una sardana (fue una de las cosas útiles que aprendí allí) o cada vez que asisto a un acto en el que suben o bajan una bandera. Esto último parece una tontería pero fíjense bien y verán que la mitad de la gente no sabe muy bien qué hacer, si cuadrarse, saludar, cantar, o qué. Claro que nada como lo que vimos B2 y yo en plena calle hace unos días. Íbamos las dos charlando sobre regalos de Reyes y vimos venir de frente lo que los compañeros de mis hijas llaman “un pedazo de pibón”. La niña era mona monísima, la verdad, además llevaba una minifalda que casi se le veía la goma de la braga. B2 y yo empezamos a hacernos comentarios sobre la competencia desleal cuando nos dimos cuenta de que estábamos casi en las puertas de un cuartel y los dos soldados encargados de izar la bandera se habían quedado de piedra mirando a la chavala. Que parecían escayolados, vaya (normal, si la chica estaba superbuena). Eso sí, no me pregunten qué hacían izando la bandera a aquella hora, que no tengo ni la menor idea. Total, que allí estábamos los cuatro mirando fijamente a la chavala. Y la chavala, claro, se dio cuenta. Y nos miró a nosotros. Y no supo qué hacer. Y miró la bandera. Y malinterpretó la causa de las miradas. Y de pronto va y se arrodilla delante de la bandera y se santigua. Fue como si alguien hubiera pronunciado la palabra mágica encargada de romper un hechizo: los soldaditos, con uno de los mayores ataques de verguenza ajena que he visto nunca, se apresuraron a terminar y se metieron corriendo en su cuartelito, y la moza se quedó arrodillada mirándonos con cara de asombro. B2 y yo luchábamos dos minutos para no estallar en carcajadas, justo los dos minutos que ella tardó en preguntarnos asombradísima: “pero… pero… si no era esto… ¿qué se supone que tenía que hacer?”
Y eso que no habían tocado ni el himno que si no igual se pone brazos en cruz y todo.
Y si yo no podía con las judías verdes, lo de mi hermana B1 era espectacular. B1 somatizaba de la forma más portentosa que he visto nunca. B1 leía el menú escolar para el mes (el colegio enviaba a los padres el menú de forma mensual y lo cumplían a rajatabla, es que no se desviaban del plan ni una miga) y se descomponía viva. Literalmente: le daban sudores fríos y le entraban unas cagarrinas que la pusieron un par de veces al borde de la deshidratación. Claro, es que B1 era más rara que la mar; no le gustaban ni los espaguetti del colegio, que a mí me encantaban porque en mi mesa jugábamos todos a comérnoslos aspirándolos de uno en uno. Ahora lo pienso y me parece una marranada de marca mayor (imagínense a diez niños aspirando espaguetti con toda la boca manchada de tomate) pero los profesores encargados del comedor preferían dejarnos engorrinar con la comida antes de que les tocara la mesa de B1. B1 empezaba a llorar cuando tocaba la campana que indicaba el fin de las clases y seguía llorando cuando tocaba la campana que indicaba que comenzaban las clases de la tarde. Y entre medias seguía llorando y llorando. Y si el profesor del comedor intentaba que comiera algo, vomitaba. La cosa fue tan tremenda que mi madre llevó a B1 al médico. Salió de allí con la recomendación de que la quitara del comedor. Y la quitó. Y a mí también. Una pena, no volví a comer espaguetti hasta muchos años después, que mi madre siempre ha sido de macarrones y nada más que macarrones.
Durante el curso escolar mi madre no hostilizaba mucho con las comidas, incluso se olvidaba de las judías verdes. Al fin y al cabo a ella tampoco le han gustado nunca ni medio pelo, que mi madre es melindrosísima para comer. Pero el verano era terrible. Genial y terrible. Por un lado era genial porque nos íbamos a pasar unas semanas a la playa con una familia amiga. La parte terrible la ponían las judías verdes, porque en la otra familia había una niña a la que le encantaban y su madre le comía el tarro a la mía con que si había que ver lo sanas que eran, que qué pena que nosotras estuviéramos tan mal educadas como para no comerlas, y esas cosas. Total, que a mi madre se le hinchaba la vena, nos miraba como si fuéramos un experimento fallido, y se empeñaba en que nos comiéramos los bichos vegetales aquellos. Nos ponía un plato tristísimo lleno de gusanorros verdes aplastados con una patata hervida solitaria en medio, y durante dos horas intentaba que nos comiéramos aquello. Luego se lo llevaba y nos lo ponía al día siguiente. Y así hasta que le salían mohos y tenía que hacer una nueva cazuelita de judías. Nunca consiguió que tragáramos aquello sin vomitar. Incluso intentó corregir lo que ella llamaba “caprichos insoportables en las comidas” (¡¡¡ella!!! ¡¡¡ella hablando de caprichos en la mesa, cuando se alimenta de tortillas francesas!!! En fin…) mandándonos a las colonias. Mi padre (y nosotras) habría preferido campamentos de esos en los que duermes en tiendas de campaña y saco de dormir, pero para ello había que apuntarse a la parroquia o a los boyescuts, y tanto una cosa como la otra suponía pasarse el año desfilando por el campo todos los fines de semana con un pañuelito al cuello. Y no. Para nada. Así que eligieron las colonias de la Sección Femenina. Ahí también tuvo mucha culpa la familia de amigos coveraneantes, que todos los años mandaban a su hija a de colonias. Total, que allá fuimos B1 y yo un verano a Masnou con las chicas de la Sección Femenina. No estuvo tan mal. Aprendí varias cosas, algunas útiles y otras superfluas, que no les voy a contar porque no. No estuvo tan mal, de hecho yo recuerdo que me lo pasé muy bien pero cuando volvimos debíamos tener un aspecto muy perjudicadito porque ni a B1 ni a mí nos volvieron a mandar de colonias. Tampoco mi madre intentó que volviéramos a comer bichos verdes.
A veces me acuerdo de aquel verano en la colonia. Por ejemplo, cada vez que me toca bailar una sardana (fue una de las cosas útiles que aprendí allí) o cada vez que asisto a un acto en el que suben o bajan una bandera. Esto último parece una tontería pero fíjense bien y verán que la mitad de la gente no sabe muy bien qué hacer, si cuadrarse, saludar, cantar, o qué. Claro que nada como lo que vimos B2 y yo en plena calle hace unos días. Íbamos las dos charlando sobre regalos de Reyes y vimos venir de frente lo que los compañeros de mis hijas llaman “un pedazo de pibón”. La niña era mona monísima, la verdad, además llevaba una minifalda que casi se le veía la goma de la braga. B2 y yo empezamos a hacernos comentarios sobre la competencia desleal cuando nos dimos cuenta de que estábamos casi en las puertas de un cuartel y los dos soldados encargados de izar la bandera se habían quedado de piedra mirando a la chavala. Que parecían escayolados, vaya (normal, si la chica estaba superbuena). Eso sí, no me pregunten qué hacían izando la bandera a aquella hora, que no tengo ni la menor idea. Total, que allí estábamos los cuatro mirando fijamente a la chavala. Y la chavala, claro, se dio cuenta. Y nos miró a nosotros. Y no supo qué hacer. Y miró la bandera. Y malinterpretó la causa de las miradas. Y de pronto va y se arrodilla delante de la bandera y se santigua. Fue como si alguien hubiera pronunciado la palabra mágica encargada de romper un hechizo: los soldaditos, con uno de los mayores ataques de verguenza ajena que he visto nunca, se apresuraron a terminar y se metieron corriendo en su cuartelito, y la moza se quedó arrodillada mirándonos con cara de asombro. B2 y yo luchábamos dos minutos para no estallar en carcajadas, justo los dos minutos que ella tardó en preguntarnos asombradísima: “pero… pero… si no era esto… ¿qué se supone que tenía que hacer?”
Y eso que no habían tocado ni el himno que si no igual se pone brazos en cruz y todo.
domingo, 21 de diciembre de 2008
Feliz Navidad y hasta el año que viene
Pues yo iba a comenzar contándoles que han puesto el pueblo que parece un pollo de rifa, todo lleno de bombillas de colores, pero de todos los colores primando el rojo y el verde, que claro hay unos jaleos por la noche porque no se distinguen los semáforos de las luces de Navidad y nunca se sabe cuándo está en verde y cuándo en rojo y todos vamos avanzando así a trompicones porque nos da miedo habernos saltado el disco. También les iba a contar que la noche que inauguraron la iluminación navideña se oyó una especie de chispazo y el pueblo se quedó sin luz durante tres horas (cuando yo digo que se han pasado con las luces es que se han pasado, que mira que yo soy barrocaza pero hasta a mí me parecían demasiadas bombillas) y a Kenya y su noviete, el Sirio, les pilló en la calle volviendo a casa y no se atrevían a seguir porque estaba todo más oscuro que el culo de Etoo, y tuve que ir a buscarles en el coche en pijama de pingüinos (bah, lo hago mucho, además estaba oscurísimo, no me iba a ver nadie). También les iba a contar que hemos tenido a Cristo bastante malito porque se le estropeó la calefacción y claro, que se te estropee la calefacción los días de ola de frío polar es una putada pero si eres nudista es putada y media. Total, el pobre Cristo una semana metido en la cama abrigadito y con pijama, que resultaba rarísimo verle vestido, se le pone hasta cara de ser otro señor y todo. Y también iba a contarles que mi vecino de enfrente se ha montado su cortilandia particular en el jardín y se me ponen los pelos como escarpias cada vez que salgo por la mañana y me encuentro el desfile de renos luminosos tirando de un carrillo con un Santa Claus gigante y fosforescente. Y que este año se me había olvidado que era Navidad y que en Navidad se adornan las casas y cuando me he acordado he puesto todo a la carrera, y que menos mal que del árbol y de los nacimientos (tres, toma ya que ponemos tres) se ha encargado Madagascar y han quedado preciosos, pero que las luces han estado a cargo de Bruno y servidora y me da la sensación de que desde la carretera la casa parece un puticlú. Como que JB ha comprado unas cuantas botellas de licor por si vienen clientes.
En fin, les iba a contar muchas cosas pero es como si los dedos tuvieran astenia invernal y se me han quedado todas las cosas adormiladas en el teclado. Así que aprovecho que llegan las Navidades, con sus vacaciones y sus viajes, y aprovecho que voy a estar en Madrid viendo pasar el año para despedirme de ustedes hasta el día de Reyes. Que volveré. Un año más vieja (snif, qué espaaaaaaaaaaaaaaaaaaaanto). Que lo pasen bien. Y que vuelvan de donde vayan enteros y verdaderos.
Feliz año a todos.
En fin, les iba a contar muchas cosas pero es como si los dedos tuvieran astenia invernal y se me han quedado todas las cosas adormiladas en el teclado. Así que aprovecho que llegan las Navidades, con sus vacaciones y sus viajes, y aprovecho que voy a estar en Madrid viendo pasar el año para despedirme de ustedes hasta el día de Reyes. Que volveré. Un año más vieja (snif, qué espaaaaaaaaaaaaaaaaaaaanto). Que lo pasen bien. Y que vuelvan de donde vayan enteros y verdaderos.
Feliz año a todos.
jueves, 4 de diciembre de 2008
Vida nueva
Se mudaba. Como quería empezar de cero solamente metió en la maleta lo imprescindible: sus recuerdos y sensaciones más importantes. Eligió la puesta de sol más romántica, algunas llamadas alegres e inesperadas, la emoción del primer trabajo, las cenas más especiales con los amigos, y las Navidades más entrañables. Metió también paseos melancólicos, la tristeza de una pérdida, y unas cuantas lágrimas. Al llegar a su destino guardó la maleta. Cuando la abrió, días después, se sumergió en recuerdos desconocidos y sintió sensaciones nuevas. Sorprendido leyó en la etiqueta un nombre que no era el suyo: ya tenía nueva vida.
jueves, 27 de noviembre de 2008
Lisboa (2)
A Lisboa llegamos así como a media tarde. Conduzco yo. Los amigos nos han recomendado que no nos metamos en la ciudad con el coche pero no hacemos caso (me divierte la forma de conducir tan caótica que tienen los lisboetas) y damos unas vueltas por el centro por el puro placer de callejear hasta que decidimos buscar alojamiento.
Aparco en una bocacalle de la Avenida da Liberdade. El barrio me recuerda a Madrid y me hace sentir a gusto. Nada más salir del coche vemos un cartel que pone “Habitaciones” y subimos a preguntar. La dueña del establecimiento nos mira un poco sorprendida y nos da “su” habitación, la única de la casa que no se alquila porque, nos cuenta, está siempre reservada para ella. Cuando entramos en la habitación los sorprendidos somos nosotros. Está decorada combinando los colores rojo, naranja, y salmón. Las cortinas son de raso, como la colcha, sobre la que descansan unos cuantos muñecos de peluche. En el techo, sobre la cama, hay un espejo de buen tamaño. Al fondo de la habitación, tras un biombo chinesco, un bidé y un lavabo. Las lamparitas de las mesitas de noche están cubiertas por unos pañuelos de gasa color salmón; al encenderlas tenemos la sensación de estar en un club de carretera. Serguei y yo nos miramos de reojo y sonreímos.
Paseamos por Lisboa. Cogemos un taxi para subir al Chiado. Es una taxista. Fuma y lleva puesta una cinta de fados a todo volumen. Conduce tan rápidamente que un policíala para en una callejuela. Deben ser conocidos porque se ponen a charlar; no hay multa.
Recorremos varios bares y terminamos cenando en una casa de comidas con manteles de cuadros rojos y blancos. Bacalo frito con salsa de pimientos, tomates, y aceitunas.
El hotel está animadísimo. Nuestra habitación está junto a la puerta de la calle. La puerta de la habitación tiene una mirilla en forma de ojo. Me paso un rato mirando. Hay una chica que aproximadamente cada hora (o menos) sale y entra con un hombre diferente; las demás llevan un ritmo más lento. Sólo hay un cuarto de baño, común, amplísimo. Dentro, junto a la ducha, una lavadora y una secadora de tamaño casi industrial están trabajando constantemente. El baño y los pasillos huelen a pino con un fondo de lejía. Salgo del baño y me cruzo con la dueña, cargada con sábanas y toallas blancas. Me sonríe. “Todo limpio, ¿eh?, aquí somos muy limpias”. Me gusta el "hotel".
Aparco en una bocacalle de la Avenida da Liberdade. El barrio me recuerda a Madrid y me hace sentir a gusto. Nada más salir del coche vemos un cartel que pone “Habitaciones” y subimos a preguntar. La dueña del establecimiento nos mira un poco sorprendida y nos da “su” habitación, la única de la casa que no se alquila porque, nos cuenta, está siempre reservada para ella. Cuando entramos en la habitación los sorprendidos somos nosotros. Está decorada combinando los colores rojo, naranja, y salmón. Las cortinas son de raso, como la colcha, sobre la que descansan unos cuantos muñecos de peluche. En el techo, sobre la cama, hay un espejo de buen tamaño. Al fondo de la habitación, tras un biombo chinesco, un bidé y un lavabo. Las lamparitas de las mesitas de noche están cubiertas por unos pañuelos de gasa color salmón; al encenderlas tenemos la sensación de estar en un club de carretera. Serguei y yo nos miramos de reojo y sonreímos.
Paseamos por Lisboa. Cogemos un taxi para subir al Chiado. Es una taxista. Fuma y lleva puesta una cinta de fados a todo volumen. Conduce tan rápidamente que un policíala para en una callejuela. Deben ser conocidos porque se ponen a charlar; no hay multa.
Recorremos varios bares y terminamos cenando en una casa de comidas con manteles de cuadros rojos y blancos. Bacalo frito con salsa de pimientos, tomates, y aceitunas.
El hotel está animadísimo. Nuestra habitación está junto a la puerta de la calle. La puerta de la habitación tiene una mirilla en forma de ojo. Me paso un rato mirando. Hay una chica que aproximadamente cada hora (o menos) sale y entra con un hombre diferente; las demás llevan un ritmo más lento. Sólo hay un cuarto de baño, común, amplísimo. Dentro, junto a la ducha, una lavadora y una secadora de tamaño casi industrial están trabajando constantemente. El baño y los pasillos huelen a pino con un fondo de lejía. Salgo del baño y me cruzo con la dueña, cargada con sábanas y toallas blancas. Me sonríe. “Todo limpio, ¿eh?, aquí somos muy limpias”. Me gusta el "hotel".
viernes, 7 de noviembre de 2008
Liberación
Abrió el paquete de calcetines y al ponérselos se notó extraño. Asombrado se miró los pies, que saltaban solos. Absurdamente pensó que eran los calcetines y sustituyó los deportivos por unos de tipo ejecutivo. Los pies adoptaron un paso altivo y decidido. Hizo experimentos: comprobó que con estampados infantiles los pies se volvían juguetones y que los colores suaves volvían sus pasos románticos y etéreos. Decidió rescatar sus pies y se puso sandalias. Por fin, aquéllos eran sus pasos, ése era realmente él. Llegó a la oficina con los dedos asomando alegremente por las sandalias y le echaron del trabajo.
lunes, 3 de noviembre de 2008
La Sirenita
Lo he comentado ya en varias ocasiones: tengo una especie de imán interior que hace que se me acerquen todos los majarones que andan sueltos por la calle. A JB también le pasa pero como él es marciano se nota menos. Por cierto, y por si alguien tenía dudas les informo: esto de la marcianidad es genético así que si sospechan que alguien de su familia procede de más allá de la capa de ozono vigilen a sus retoños porque hay muchas probabilidades de que no se los trajera la cigüeña sino el doctor Spock o similar. Se lo digo por experiencia que yo tengo en casa dos alienígenas de esos. No pasa nada, no crean, es como todo, que a veces es divertido y a veces no. A mí la mayor parte de las veces me divierte aunque reconozco que los que no saben de qué va la cosa pueden sentirse, digamos, un tanto desorientados así que cuando me siento bondadosa lo voy avisando. Lo que no sé es cómo se las apañan los marcianos y los majaras para que haga lo que haga sea yo la que acabe quedando como la mayor chalada del reino.
Por ejemplo, hace unos días vinieron las niñas con la convocatoria de la primera reunión profesores-padres del intituto. Madagascar traía, además, un papelito que resultó ser un cuestionario que su profesor quería que rellenáramos antes de la reunión para tener las ideas un poco más claras. El cuestionario era una pavada, estaba lleno de preguntas con respuestas obvias, pero aun así me puse a contestarlo como una madre aplicada, y al llegar a “¿cómo diría que es su hijo”? me ví obligada a ser sincera y contesté: “mi hija es marciana”. Luego, cuando le di el cuestionario a Madagascar para que se lo entregara a su tutor, se enfadó ligeramente y dijo que cuando preguntaban “¿qué quiere que sea su hijo de mayor?” no se contestaba “feliz” sino médico, azafata, peluquera, maestro, y cosas así. De la marcianidad no dijo nada; pobre mía creo que la tiene asumida.
Al día siguiente se celebraba el bonito encuentro de padres y profesores con meriendita compuesta por viandas caseras traidas a modo de ofrenda de paz por los asistentes así que cogí el paraguas de La Sirenita (ay qué mono es: tamaño sombrilla de playa y estampado con muñequitos de la película de Disney), me calcé las botas de agua y eché a andar cuesta arriba hacia el instituto. Vianda no llevé, que no me acordé y no tenía nada apropiado. Ya casi me había animado cuando divisé al final de la calle a Antonio El Zajorín. El Zajorín tiene como profesión ésa: ser zahorí (ni se imaginan lo que me costó saber a qué se refería cuando me decía que él era zajorín; hasta que me dijo que era tan bueno que a veces encontraba el agua incluso sin varita no caí en lo que me quería decir) pero como eso se requiere poco, se dedica a lo que se tercie, lo mismo te lo encuentras vareando los olivos de los jardines que pescando, pelando almendras, o limpiando motores de barco. El hombre se pone contentísimo cuando me ve y se empeña siempre en regalarme parte del género que lleve, sea el que sea. El otro día había estado pescando como deduje hábilmente al ver que llevaba los pantalones remangados por encima de la rodilla y chanclas de playa. Que además llevara un cubo en una mano y una red llena de pescados coleando en la otra me facilitó bastante la deducción.
Rápidamente utilicé mi visión periférica para echar una ojeadita a ver si tenía escapatoria pero como no había por dónde escabullirse me resigné a lo imprevisible. Total que El Zajorín me vio, gritó “¡Guap-paaaaaaaa!”, se le alegraron las pajarillas, y se puso a contarme lo bien que se le había dado la mañana de pesca y lo mal que estaba el tráfico que había que ver que estaba la carretera llena de coches que cuando no ibas por la acera te atropellaban y todo. El Zajorín entremezclaba los dos temas de conversación (una frase para uno, una frase para otro) y yo decía que sí a todo con la cabeza concentrada en esquivar la mano derecha del Zajorín, que sobrevolaba mi brazo amenazando con cubrirlo de escamas, restos de gusanillo y otras porquerías, cuando me pareció entender que decía algo así como “y mira qué hermosura de caballas y pargos he cogido, quince en total, y te los voy a regalar por ser tan simpática”. Y aun estaba yo intentando procesar si de verdad habría dicho aquello cuando El Zajorín, aprovechando la bajada de guardia, me plantó una mano en la gabardina y con la otra me colgó la red del mango del paraguas “mira lo bien que vas a llevar aquí los pescaítos” y echó a andar cuesta abajo ligerito; ligerito e inmune a mis gritos de “¡PoramordeDios, Antonio, llévese usted estos pescados!” . Es que ni se dio la vuelta, vaya, levantó el brazo derecho a modo de saludo y sin mirarme gritó: “De nada guap-paaaaaa, ya me dirás si te gustaron”.
Se pueden imaginar que la entrada a la reunión fue de todo menos triunfal: empapada tras el rato de charla, con botas de agua, un brazo lleno de escamas y otras porcadas, y una red llena de pescados coleantes colgada del paraguas-sombrilla con una Sirenita sonriente estampada en lo alto. Una peque de unos tres años me miraba extasiada y le decía a su madre: “Mira, mira, es de La Sirenita, por eso lleva tantos pescados”. Una de las madres asistentes me dijo “Pero Gin, hija, ¿te has traido tó eso para prepararnos chuchi?” con lo que se ganó una MIRADA, y me pareció oir susurrar al tutor de Madagascar “pues si ésta dice que la niña es marciana....” mientras movía la cabeza.
Madagascar está un poco enfadada conmigo.
Por ejemplo, hace unos días vinieron las niñas con la convocatoria de la primera reunión profesores-padres del intituto. Madagascar traía, además, un papelito que resultó ser un cuestionario que su profesor quería que rellenáramos antes de la reunión para tener las ideas un poco más claras. El cuestionario era una pavada, estaba lleno de preguntas con respuestas obvias, pero aun así me puse a contestarlo como una madre aplicada, y al llegar a “¿cómo diría que es su hijo”? me ví obligada a ser sincera y contesté: “mi hija es marciana”. Luego, cuando le di el cuestionario a Madagascar para que se lo entregara a su tutor, se enfadó ligeramente y dijo que cuando preguntaban “¿qué quiere que sea su hijo de mayor?” no se contestaba “feliz” sino médico, azafata, peluquera, maestro, y cosas así. De la marcianidad no dijo nada; pobre mía creo que la tiene asumida.
Al día siguiente se celebraba el bonito encuentro de padres y profesores con meriendita compuesta por viandas caseras traidas a modo de ofrenda de paz por los asistentes así que cogí el paraguas de La Sirenita (ay qué mono es: tamaño sombrilla de playa y estampado con muñequitos de la película de Disney), me calcé las botas de agua y eché a andar cuesta arriba hacia el instituto. Vianda no llevé, que no me acordé y no tenía nada apropiado. Ya casi me había animado cuando divisé al final de la calle a Antonio El Zajorín. El Zajorín tiene como profesión ésa: ser zahorí (ni se imaginan lo que me costó saber a qué se refería cuando me decía que él era zajorín; hasta que me dijo que era tan bueno que a veces encontraba el agua incluso sin varita no caí en lo que me quería decir) pero como eso se requiere poco, se dedica a lo que se tercie, lo mismo te lo encuentras vareando los olivos de los jardines que pescando, pelando almendras, o limpiando motores de barco. El hombre se pone contentísimo cuando me ve y se empeña siempre en regalarme parte del género que lleve, sea el que sea. El otro día había estado pescando como deduje hábilmente al ver que llevaba los pantalones remangados por encima de la rodilla y chanclas de playa. Que además llevara un cubo en una mano y una red llena de pescados coleando en la otra me facilitó bastante la deducción.
Rápidamente utilicé mi visión periférica para echar una ojeadita a ver si tenía escapatoria pero como no había por dónde escabullirse me resigné a lo imprevisible. Total que El Zajorín me vio, gritó “¡Guap-paaaaaaaa!”, se le alegraron las pajarillas, y se puso a contarme lo bien que se le había dado la mañana de pesca y lo mal que estaba el tráfico que había que ver que estaba la carretera llena de coches que cuando no ibas por la acera te atropellaban y todo. El Zajorín entremezclaba los dos temas de conversación (una frase para uno, una frase para otro) y yo decía que sí a todo con la cabeza concentrada en esquivar la mano derecha del Zajorín, que sobrevolaba mi brazo amenazando con cubrirlo de escamas, restos de gusanillo y otras porquerías, cuando me pareció entender que decía algo así como “y mira qué hermosura de caballas y pargos he cogido, quince en total, y te los voy a regalar por ser tan simpática”. Y aun estaba yo intentando procesar si de verdad habría dicho aquello cuando El Zajorín, aprovechando la bajada de guardia, me plantó una mano en la gabardina y con la otra me colgó la red del mango del paraguas “mira lo bien que vas a llevar aquí los pescaítos” y echó a andar cuesta abajo ligerito; ligerito e inmune a mis gritos de “¡PoramordeDios, Antonio, llévese usted estos pescados!” . Es que ni se dio la vuelta, vaya, levantó el brazo derecho a modo de saludo y sin mirarme gritó: “De nada guap-paaaaaa, ya me dirás si te gustaron”.
Se pueden imaginar que la entrada a la reunión fue de todo menos triunfal: empapada tras el rato de charla, con botas de agua, un brazo lleno de escamas y otras porcadas, y una red llena de pescados coleantes colgada del paraguas-sombrilla con una Sirenita sonriente estampada en lo alto. Una peque de unos tres años me miraba extasiada y le decía a su madre: “Mira, mira, es de La Sirenita, por eso lleva tantos pescados”. Una de las madres asistentes me dijo “Pero Gin, hija, ¿te has traido tó eso para prepararnos chuchi?” con lo que se ganó una MIRADA, y me pareció oir susurrar al tutor de Madagascar “pues si ésta dice que la niña es marciana....” mientras movía la cabeza.
Madagascar está un poco enfadada conmigo.
miércoles, 15 de octubre de 2008
Espirales
Y justo cuando tenía la mente triste y apagada y estaba pensando en cerrar el chiringuito porque no se me ocurren historias y cuando no se tiene nada que contar es mejor callarse, abro el correo y encuentro un e_mail de un viejo amigo que ha encontrado su nombre en el blog y me pregunta si yo soy yo. Y digo yo, que como no se puede retroceder en el tiempo igual es que a veces lo que hacemos es adelantar a saltos. Claro, que esto de que los saltos sean de más de veinte años no termina de convencerme. Y también digo yo, a lo mejor esto es una señal para que siga por aquí contando chalaúras.
martes, 23 de septiembre de 2008
Lisboa
"Nos quejamos mucho pero a todos nos gusta la saudade, todos nos dejamos
envolver por ella. Y nos gusta". Teresa habla despacio, tan pausadamente que
casi no se nota que hace continuas paradas para dar pequeños sorbos a
su vaso de refresco. Marcelo la escucha atentamente, preparado para
intervenir cuando haga falta. Por un lado le agrada conversar, por otro lado no le gusta nada escucharse porque tiene frenillo así que se queda en un segundo plano, mirándonos a todos. Entorna los ojos para evitar el humo del tabaco, que invade hasta el último rincón del local, y bebe vino blanco. Serguei fuma sin parar, escucha atentamente, y de cuando en cuando aprovecha las pausas de Teresa, no para completar sus frases sino para complementarlas. Serguei no es para nada un espíritu triste pero la saudade despierta en la melancolía rusa de su alma, ésa que pocas veces muestra. Yo escucho en silencio. En un local con tanto ruido de fondo tengo que elevar la voz más de lo normal (suelo hablar en voz bastante baja) y hoy me duele la garganta así que permanezco callada.
"La saudade se acerca sin estridencias, se desliza a tu alrededor, te
acaricia, y poco a poco te dejas envolver por ella hasta que se convierte en
parte de ti". Teresa es cantante de fados. Nació en Lisboa y ha vivido
siempre aquí. Aprendió a cantar en su casa, en su familia ("un poco como
aprenden flamenco los gitanos, supongo", explica sonriendo), y canta por las
noches en algunos locales del Chiado acompañada a la guitarra por Marcelo,
un vecino "de toda la vida". Por las mañanas trabaja como dependienta en una
papelería. En su vida diurna, Marcelo es funcionario.
Hemos recalado en el bar después de haber recorrido el Chiado, sin prisas, sin rumbo, dejándonos llevar por el aspecto de cada local, eligiendo en cada ocasión uno opuesto al anterior. Antes de venir a éste hemos estado en un bar de música disco y cuando hemos cambiado de local lo primero que nos ha sorprendido ha sido el silencio, dominado por la voz de Teresa. La actuación de Teresa y Marcelo ha cambiado el rumbo de la noche. De la pura risa hemos pasado, casi sin transición, a la conversación de caminos infinitos. De cuando en cuando Teresa y Serguei callan. Les miro: la gentil saudade portuguesa, la torturante nostalgia rusa. No puedo evitar verme como una simple espectadora, una aprovechada que oscila entre una y otra según lo pida mi ánimo pero sin adoptar ninguna de ellas. Y, a pesar del enorme atractivo de ambas actitudes vitales, pienso que me gusta no estar atada a ninguna, poder elegir en cada momento, cambiar, darme permiso para ser imprevisible. Sonrío ampliamente y los tres me miran sorprendidos.
envolver por ella. Y nos gusta". Teresa habla despacio, tan pausadamente que
casi no se nota que hace continuas paradas para dar pequeños sorbos a
su vaso de refresco. Marcelo la escucha atentamente, preparado para
intervenir cuando haga falta. Por un lado le agrada conversar, por otro lado no le gusta nada escucharse porque tiene frenillo así que se queda en un segundo plano, mirándonos a todos. Entorna los ojos para evitar el humo del tabaco, que invade hasta el último rincón del local, y bebe vino blanco. Serguei fuma sin parar, escucha atentamente, y de cuando en cuando aprovecha las pausas de Teresa, no para completar sus frases sino para complementarlas. Serguei no es para nada un espíritu triste pero la saudade despierta en la melancolía rusa de su alma, ésa que pocas veces muestra. Yo escucho en silencio. En un local con tanto ruido de fondo tengo que elevar la voz más de lo normal (suelo hablar en voz bastante baja) y hoy me duele la garganta así que permanezco callada.
"La saudade se acerca sin estridencias, se desliza a tu alrededor, te
acaricia, y poco a poco te dejas envolver por ella hasta que se convierte en
parte de ti". Teresa es cantante de fados. Nació en Lisboa y ha vivido
siempre aquí. Aprendió a cantar en su casa, en su familia ("un poco como
aprenden flamenco los gitanos, supongo", explica sonriendo), y canta por las
noches en algunos locales del Chiado acompañada a la guitarra por Marcelo,
un vecino "de toda la vida". Por las mañanas trabaja como dependienta en una
papelería. En su vida diurna, Marcelo es funcionario.
Hemos recalado en el bar después de haber recorrido el Chiado, sin prisas, sin rumbo, dejándonos llevar por el aspecto de cada local, eligiendo en cada ocasión uno opuesto al anterior. Antes de venir a éste hemos estado en un bar de música disco y cuando hemos cambiado de local lo primero que nos ha sorprendido ha sido el silencio, dominado por la voz de Teresa. La actuación de Teresa y Marcelo ha cambiado el rumbo de la noche. De la pura risa hemos pasado, casi sin transición, a la conversación de caminos infinitos. De cuando en cuando Teresa y Serguei callan. Les miro: la gentil saudade portuguesa, la torturante nostalgia rusa. No puedo evitar verme como una simple espectadora, una aprovechada que oscila entre una y otra según lo pida mi ánimo pero sin adoptar ninguna de ellas. Y, a pesar del enorme atractivo de ambas actitudes vitales, pienso que me gusta no estar atada a ninguna, poder elegir en cada momento, cambiar, darme permiso para ser imprevisible. Sonrío ampliamente y los tres me miran sorprendidos.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Golondrinas taradas
La verdad es que cuando las cosas salen bien, salen bien de verdad. Claro, también es cierto que si algo puede salir mal saldrá como el culo, pero ése es otro tema. La tele. No pasa un día sin que me felicite por haber sido de las primeras personas del país en abonarse a una cadena de pago. Por ejemplo, cuando eran pequeñas mis hijas eran las únicas niñas del colegio que, como no veían anuncios en la televisión, pedían los juguetes de Reyes mirando catálogos del híper o dándose una vuelta por el Toys. Era estupendo para todos. Para mí porque me evitaba el bombardeo constante del “¡me lo pido!” (al principio es tierno y gracioso pero cuando lo has oído así como cincuenta veces en una tarde aplicándolo cada vez a un juguete distinto se te acaban por poner los nervios de punta y echas espumajaros por la boca como si te hubieran poseído) y para ellas porque se ahorraban la decepción de ver que el juguete no se movía solo como en la televisión (una amiguita de Kenya se pasó horas llorando porque cuando cogía la muñeca en brazos no sonaba la música de fondo que se escuchaba en el anuncio ni a ella se le volvía el pelo rubio como a la niña de la tele).
Otro ejemplo: si no fuera por la cadena digital nunca me habría enterado de la apasionante vida del pollo Michael (y me habría perdido el espectáculo de ver cómo a JB se le ponía la cara de un delicado color turquesa al ver comer al pollo decapitado), ni sabría cómo se hacen las pilas (quién habría pensado que a Kenya le interesaba el tema hasta el punto de tragarse tres reportajes seguidos sobre lo mismo), ni habría tenido la oportunidad de escuchar a Madagascar disertando sobre los diferentes tipos de urna funeraria que se pueden encontrar hoy día (ella se decantaba por una que está hecha de una materia orgánica que se disuelve poco a poco en el agua de forma que tú tiras las cenizas de tu difunto al mar, por ejemplo, y aquí paz y después gloria). Claro, también tiene algún que otro inconveniente, como terminar conociendo casi por su nombre absolutamente a todos y cada uno de los bichos que pueblan el Masai Mara, Terranova, Mongolia, y lo más profundo de los mares del mundo mundial, hasta el punto de no impresionarte ni conmoverte ninguna imagen referida al reino animal. Hace un par de meses, por ejemplo, estaban Kenya, Madagascar y Bruno sentados en el sofá viendo un reportaje sobre las crecidas del río Mara y “cantaban” a coro el guión del reportaje: “ahora entra un león por la derecha”; “ahora el león se come al ñu despistado”; “ahora el elefante pisa al cocodrilo”; “ahora al cocodrilo se le esparraman los sesos por el río”... y así. Ellos estaban descojonados perdidos, claro, pero a mí me pareció ya un poco excesivo. Cuando llegamos a ese punto JB decide pasar olímpicamente de ese tipo de documentales, los “prohíbe”, y nos culturiza con cosas tan entretenidas como la vida en las cárceles americanas (es el último enganche que tienen, el otro día había que verles sollozar viendo cómo Jay, un recluso que había entrado en la cárcel sin estudios ni ná se graduaba en derecho por una universidad y toda su familia iba a ver cómo le daban el diploma).
Yo reconozco que no veo la tele y me dedico a otros menesteres propios de mi sexo y condición así que eso que me pierdo y estoy condenada a ser la más inculta de la familia, pero no todo está perdido porque digo yo que, aunque sea de pasar cerca de cuando en cuando, algo se me irá quedando almacenado en el cerebro. Por ejemplo, tanto documental de focas, elefantes, garzas y demás me ha dejado claro que menos el hombre, que somos lo más zoquete del reino animal, todos los demás bichos del orbe tienen un sentido de la orientación bárbaro y que los que se pierden es porque no se merecen ni respirar, de torpes y tarados que son. Como Armando, un despiste con alas que se estrelló este verano contra la cristalera de la casa en tierra de lobos. Fue una tarde plácida. Estaba yo intentando acomodar toda la ropa sucia dentro de la lavadora cuando escuché un “PLAFFFF” estruendoso seguido de correteos y muchos gritos. Como pasa que de cuando en cuando se nos estampan contra los cristales voladores más torpes que la mar y se espanzurran de mala manera yo dejé lo que estaba haciendo y salí con el recogedor en la mano dispuesta a hacerme cargo del cadáver y rezando para que no hubiera mucha sangre, que eso da un mal rollo tremendo. La buena noticia fue que el presunto suicida con alas estaba vivo, atontadillo pero vivo. La mala noticia fue que los niños, con la connivencia del propio pollo, decidieron adoptarlo y quedárselo en casa después de bautizarlo como Armando.

En fin. Las andanzas de Armando el cagarrutero se las contaré otro día, si quieren.
Menos mal que los seres humanos tenemos otros recursos para paliar estas taras con las que nos ha obsequiado la naturaleza y estamos dotados de boca para preguntar el camino si no sabes cómo ir a algún sitio. Bueno, eso si eres hembra, que no nos duelen prendas a la hora de preguntar. Si eres macho lo tienes más difícil porque a pesar de que las generalizaciones suelen ser erróneas es cierto que ELLOS parecen estar genéticamente incapacitados para preguntar. Y si van solos, anda y que les zurzan. El problema es cuando se erigen en cabeza de la manada. Les cuento.
Esta mañana estaba nublado. La verdad es que digo mañana porque técnicamente ya era el día de hoy pero todavía no había amanecido y, a pesar de que la luna está gordita estos días, como estaba nublado estaba todo oscurito. Al salir de casa ¡zas! Apagón general en el pueblo. Pasa a menudo. Al principio me ponía de los nervios pero ya no me extraña nada y me pilla siempre preparada: velas y linternas en casi todas las habitaciones de la casa y la ropa y accesorios del día preparados la noche antes para que no me pase como algunas veces que como no veía nada he salido de casa vestida con más colores que Agatha Ruiz de la Prada y, horror de los horrores, maquillada como ella. Eso sí, entre que todavía era de noche, que había nubes, y el apagón, no se veía un pimiento y caminar por el cauce del arroyo, en pleno campo campero, a oscuras no es algo que me seduzca mucho (ya sé que lo más que me puede salir al paso es una cabra, o algún borriquillo, o un perro perdido, que por aquí no campan leones ni rinocerontes, pero qué quieren, en esos momentos me siento como Caperucita a punto de ser devorada por el lobo) así que he mascullado unas cuantas imprecaciones (más que nada para evitar el silencio que hace que los crujidos de las ramas parezcan pisadas de hombre lobo acechante) hasta que he llegado a la parada.
La llegada del autobús ha sido un poco fantasmal, parecía aquello una película de miedo de ésas en las que la protagonista está esperando el bus y cuando llega está conducido por zombies o algo así. Éste no llevaba zombies (casi hubiera sido mejor), llevaba cuatro gatos (los cuatro pringaos que cogen el autobús antes de las siete de la mañana) y un conductor nuevo que lo primero que ha hecho ha sido perderse al salir del pueblo. Hombre, hay que reconocer que no se veía ni chimpún y que los que diseñaron los distintos ramales de la carretera debieron planificarlos cocidos en anís Del Mono porque sólo así se explica que al final del pueblo a la carretera le salgan tres venas una a continuación de la otra, divididas a su vez en multitud de capilares que surcan alegremente los montes en dirección a distintos pueblos y cortijadas. Y los diseñadores de los carteles señalizadores debieron estar invitados en la misma juerga que los otros porque han colocado todos los letreros en el mismo sitio, uno encima del otro, y con las flechas en la misma dirección y sentido. Así que es un lío, vale, y entre eso y que la oscuridad era total pues no habría estado de más que el conductor hubiera aminorado la velocidad y se hubiese concedido unos minutillos para elegir la carretera correcta, sobre todo teniendo en cuenta que era el primer día que hacía esa línea. Pero no; el muchacho dejándose llevar por el aturullamiento de la situación tiró por el primer ramal que le pareció bonito y, claro, terminamos en la autovía en sentido contrario al nuestro.
Yo no me había dado cuenta porque iba leyendo; he levantado la cabeza del libro cuando los murmullos que se cruzaban los cuatro gatos se han convertido en gritos. Hala, a dar la vuelta. Ahí ya iba el personal un poco alterado así que cuando hemos llegado a otro ramillete de ramales los cuatro gatos han empezado a vocear para advertir al novato de cuál era la salida correcta. Por supuesto, el novato no ha hecho ni caso y ha vuelto a coger la primera salida que le ha parecido buena con lo cual los gritos han arreciado porque todos sabíamos que por allí íbamos a terminar en la playa. Y, efectivamente, hemos embarrancado en el acceso a la playa. Por cierto, qué bonita la playa a esas horas, justo antes de amanecer, tan vacía, tan solitaria, y tan oscura que ni veíamos por dónde habíamos entrado a la playa. El chófer se ha puesto tan pálido que se le veía la carita en la oscuridad (sólo habría faltado que brillara en verde fosforescente como las virgencitas de Lourdes que tenía mi abuela encima de su cómoda). Y entonces ha vuelto la luz y a mí me ha dado la risa porque por un momento me ha dado la sensación de que parecíamos una bandada de golondrinas taradas. P’a rematarnos, vaya.
Otro ejemplo: si no fuera por la cadena digital nunca me habría enterado de la apasionante vida del pollo Michael (y me habría perdido el espectáculo de ver cómo a JB se le ponía la cara de un delicado color turquesa al ver comer al pollo decapitado), ni sabría cómo se hacen las pilas (quién habría pensado que a Kenya le interesaba el tema hasta el punto de tragarse tres reportajes seguidos sobre lo mismo), ni habría tenido la oportunidad de escuchar a Madagascar disertando sobre los diferentes tipos de urna funeraria que se pueden encontrar hoy día (ella se decantaba por una que está hecha de una materia orgánica que se disuelve poco a poco en el agua de forma que tú tiras las cenizas de tu difunto al mar, por ejemplo, y aquí paz y después gloria). Claro, también tiene algún que otro inconveniente, como terminar conociendo casi por su nombre absolutamente a todos y cada uno de los bichos que pueblan el Masai Mara, Terranova, Mongolia, y lo más profundo de los mares del mundo mundial, hasta el punto de no impresionarte ni conmoverte ninguna imagen referida al reino animal. Hace un par de meses, por ejemplo, estaban Kenya, Madagascar y Bruno sentados en el sofá viendo un reportaje sobre las crecidas del río Mara y “cantaban” a coro el guión del reportaje: “ahora entra un león por la derecha”; “ahora el león se come al ñu despistado”; “ahora el elefante pisa al cocodrilo”; “ahora al cocodrilo se le esparraman los sesos por el río”... y así. Ellos estaban descojonados perdidos, claro, pero a mí me pareció ya un poco excesivo. Cuando llegamos a ese punto JB decide pasar olímpicamente de ese tipo de documentales, los “prohíbe”, y nos culturiza con cosas tan entretenidas como la vida en las cárceles americanas (es el último enganche que tienen, el otro día había que verles sollozar viendo cómo Jay, un recluso que había entrado en la cárcel sin estudios ni ná se graduaba en derecho por una universidad y toda su familia iba a ver cómo le daban el diploma).
Yo reconozco que no veo la tele y me dedico a otros menesteres propios de mi sexo y condición así que eso que me pierdo y estoy condenada a ser la más inculta de la familia, pero no todo está perdido porque digo yo que, aunque sea de pasar cerca de cuando en cuando, algo se me irá quedando almacenado en el cerebro. Por ejemplo, tanto documental de focas, elefantes, garzas y demás me ha dejado claro que menos el hombre, que somos lo más zoquete del reino animal, todos los demás bichos del orbe tienen un sentido de la orientación bárbaro y que los que se pierden es porque no se merecen ni respirar, de torpes y tarados que son. Como Armando, un despiste con alas que se estrelló este verano contra la cristalera de la casa en tierra de lobos. Fue una tarde plácida. Estaba yo intentando acomodar toda la ropa sucia dentro de la lavadora cuando escuché un “PLAFFFF” estruendoso seguido de correteos y muchos gritos. Como pasa que de cuando en cuando se nos estampan contra los cristales voladores más torpes que la mar y se espanzurran de mala manera yo dejé lo que estaba haciendo y salí con el recogedor en la mano dispuesta a hacerme cargo del cadáver y rezando para que no hubiera mucha sangre, que eso da un mal rollo tremendo. La buena noticia fue que el presunto suicida con alas estaba vivo, atontadillo pero vivo. La mala noticia fue que los niños, con la connivencia del propio pollo, decidieron adoptarlo y quedárselo en casa después de bautizarlo como Armando.

En fin. Las andanzas de Armando el cagarrutero se las contaré otro día, si quieren.
Menos mal que los seres humanos tenemos otros recursos para paliar estas taras con las que nos ha obsequiado la naturaleza y estamos dotados de boca para preguntar el camino si no sabes cómo ir a algún sitio. Bueno, eso si eres hembra, que no nos duelen prendas a la hora de preguntar. Si eres macho lo tienes más difícil porque a pesar de que las generalizaciones suelen ser erróneas es cierto que ELLOS parecen estar genéticamente incapacitados para preguntar. Y si van solos, anda y que les zurzan. El problema es cuando se erigen en cabeza de la manada. Les cuento.
Esta mañana estaba nublado. La verdad es que digo mañana porque técnicamente ya era el día de hoy pero todavía no había amanecido y, a pesar de que la luna está gordita estos días, como estaba nublado estaba todo oscurito. Al salir de casa ¡zas! Apagón general en el pueblo. Pasa a menudo. Al principio me ponía de los nervios pero ya no me extraña nada y me pilla siempre preparada: velas y linternas en casi todas las habitaciones de la casa y la ropa y accesorios del día preparados la noche antes para que no me pase como algunas veces que como no veía nada he salido de casa vestida con más colores que Agatha Ruiz de la Prada y, horror de los horrores, maquillada como ella. Eso sí, entre que todavía era de noche, que había nubes, y el apagón, no se veía un pimiento y caminar por el cauce del arroyo, en pleno campo campero, a oscuras no es algo que me seduzca mucho (ya sé que lo más que me puede salir al paso es una cabra, o algún borriquillo, o un perro perdido, que por aquí no campan leones ni rinocerontes, pero qué quieren, en esos momentos me siento como Caperucita a punto de ser devorada por el lobo) así que he mascullado unas cuantas imprecaciones (más que nada para evitar el silencio que hace que los crujidos de las ramas parezcan pisadas de hombre lobo acechante) hasta que he llegado a la parada.
La llegada del autobús ha sido un poco fantasmal, parecía aquello una película de miedo de ésas en las que la protagonista está esperando el bus y cuando llega está conducido por zombies o algo así. Éste no llevaba zombies (casi hubiera sido mejor), llevaba cuatro gatos (los cuatro pringaos que cogen el autobús antes de las siete de la mañana) y un conductor nuevo que lo primero que ha hecho ha sido perderse al salir del pueblo. Hombre, hay que reconocer que no se veía ni chimpún y que los que diseñaron los distintos ramales de la carretera debieron planificarlos cocidos en anís Del Mono porque sólo así se explica que al final del pueblo a la carretera le salgan tres venas una a continuación de la otra, divididas a su vez en multitud de capilares que surcan alegremente los montes en dirección a distintos pueblos y cortijadas. Y los diseñadores de los carteles señalizadores debieron estar invitados en la misma juerga que los otros porque han colocado todos los letreros en el mismo sitio, uno encima del otro, y con las flechas en la misma dirección y sentido. Así que es un lío, vale, y entre eso y que la oscuridad era total pues no habría estado de más que el conductor hubiera aminorado la velocidad y se hubiese concedido unos minutillos para elegir la carretera correcta, sobre todo teniendo en cuenta que era el primer día que hacía esa línea. Pero no; el muchacho dejándose llevar por el aturullamiento de la situación tiró por el primer ramal que le pareció bonito y, claro, terminamos en la autovía en sentido contrario al nuestro.
Yo no me había dado cuenta porque iba leyendo; he levantado la cabeza del libro cuando los murmullos que se cruzaban los cuatro gatos se han convertido en gritos. Hala, a dar la vuelta. Ahí ya iba el personal un poco alterado así que cuando hemos llegado a otro ramillete de ramales los cuatro gatos han empezado a vocear para advertir al novato de cuál era la salida correcta. Por supuesto, el novato no ha hecho ni caso y ha vuelto a coger la primera salida que le ha parecido buena con lo cual los gritos han arreciado porque todos sabíamos que por allí íbamos a terminar en la playa. Y, efectivamente, hemos embarrancado en el acceso a la playa. Por cierto, qué bonita la playa a esas horas, justo antes de amanecer, tan vacía, tan solitaria, y tan oscura que ni veíamos por dónde habíamos entrado a la playa. El chófer se ha puesto tan pálido que se le veía la carita en la oscuridad (sólo habría faltado que brillara en verde fosforescente como las virgencitas de Lourdes que tenía mi abuela encima de su cómoda). Y entonces ha vuelto la luz y a mí me ha dado la risa porque por un momento me ha dado la sensación de que parecíamos una bandada de golondrinas taradas. P’a rematarnos, vaya.
lunes, 8 de septiembre de 2008
jueves, 14 de agosto de 2008
Irresponsabilidad
Permaneció inmóvil, al acecho, mientras su posible víctima se acercaba. Cuando la tuvo a tiro se lanzó sobre su lomo. Molesto, el ciervo se quitó de encima a aquel extraño gorrión que le clavaba las uñas y le intentaba morder con el pico. Escucharon un estruendo y se volvieron a tiempo para ver cómo un enorme grizzly se tiraba desde la rama de un árbol moviendo las patas delanteras en un patético intento de vuelo. El oso y el gorrión se miraron desconcertados. En la tienda, el chamán reprendió duramente a su aprendiz y le prohibió practicar conjuros sin permiso.
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