Pues yo iba a comenzar contándoles que han puesto el pueblo que parece un pollo de rifa, todo lleno de bombillas de colores, pero de todos los colores primando el rojo y el verde, que claro hay unos jaleos por la noche porque no se distinguen los semáforos de las luces de Navidad y nunca se sabe cuándo está en verde y cuándo en rojo y todos vamos avanzando así a trompicones porque nos da miedo habernos saltado el disco. También les iba a contar que la noche que inauguraron la iluminación navideña se oyó una especie de chispazo y el pueblo se quedó sin luz durante tres horas (cuando yo digo que se han pasado con las luces es que se han pasado, que mira que yo soy barrocaza pero hasta a mí me parecían demasiadas bombillas) y a Kenya y su noviete, el Sirio, les pilló en la calle volviendo a casa y no se atrevían a seguir porque estaba todo más oscuro que el culo de Etoo, y tuve que ir a buscarles en el coche en pijama de pingüinos (bah, lo hago mucho, además estaba oscurísimo, no me iba a ver nadie). También les iba a contar que hemos tenido a Cristo bastante malito porque se le estropeó la calefacción y claro, que se te estropee la calefacción los días de ola de frío polar es una putada pero si eres nudista es putada y media. Total, el pobre Cristo una semana metido en la cama abrigadito y con pijama, que resultaba rarísimo verle vestido, se le pone hasta cara de ser otro señor y todo. Y también iba a contarles que mi vecino de enfrente se ha montado su cortilandia particular en el jardín y se me ponen los pelos como escarpias cada vez que salgo por la mañana y me encuentro el desfile de renos luminosos tirando de un carrillo con un Santa Claus gigante y fosforescente. Y que este año se me había olvidado que era Navidad y que en Navidad se adornan las casas y cuando me he acordado he puesto todo a la carrera, y que menos mal que del árbol y de los nacimientos (tres, toma ya que ponemos tres) se ha encargado Madagascar y han quedado preciosos, pero que las luces han estado a cargo de Bruno y servidora y me da la sensación de que desde la carretera la casa parece un puticlú. Como que JB ha comprado unas cuantas botellas de licor por si vienen clientes.
En fin, les iba a contar muchas cosas pero es como si los dedos tuvieran astenia invernal y se me han quedado todas las cosas adormiladas en el teclado. Así que aprovecho que llegan las Navidades, con sus vacaciones y sus viajes, y aprovecho que voy a estar en Madrid viendo pasar el año para despedirme de ustedes hasta el día de Reyes. Que volveré. Un año más vieja (snif, qué espaaaaaaaaaaaaaaaaaaaanto). Que lo pasen bien. Y que vuelvan de donde vayan enteros y verdaderos.
Feliz año a todos.
domingo, 21 de diciembre de 2008
jueves, 4 de diciembre de 2008
Vida nueva
Se mudaba. Como quería empezar de cero solamente metió en la maleta lo imprescindible: sus recuerdos y sensaciones más importantes. Eligió la puesta de sol más romántica, algunas llamadas alegres e inesperadas, la emoción del primer trabajo, las cenas más especiales con los amigos, y las Navidades más entrañables. Metió también paseos melancólicos, la tristeza de una pérdida, y unas cuantas lágrimas. Al llegar a su destino guardó la maleta. Cuando la abrió, días después, se sumergió en recuerdos desconocidos y sintió sensaciones nuevas. Sorprendido leyó en la etiqueta un nombre que no era el suyo: ya tenía nueva vida.
jueves, 27 de noviembre de 2008
Lisboa (2)
A Lisboa llegamos así como a media tarde. Conduzco yo. Los amigos nos han recomendado que no nos metamos en la ciudad con el coche pero no hacemos caso (me divierte la forma de conducir tan caótica que tienen los lisboetas) y damos unas vueltas por el centro por el puro placer de callejear hasta que decidimos buscar alojamiento.
Aparco en una bocacalle de la Avenida da Liberdade. El barrio me recuerda a Madrid y me hace sentir a gusto. Nada más salir del coche vemos un cartel que pone “Habitaciones” y subimos a preguntar. La dueña del establecimiento nos mira un poco sorprendida y nos da “su” habitación, la única de la casa que no se alquila porque, nos cuenta, está siempre reservada para ella. Cuando entramos en la habitación los sorprendidos somos nosotros. Está decorada combinando los colores rojo, naranja, y salmón. Las cortinas son de raso, como la colcha, sobre la que descansan unos cuantos muñecos de peluche. En el techo, sobre la cama, hay un espejo de buen tamaño. Al fondo de la habitación, tras un biombo chinesco, un bidé y un lavabo. Las lamparitas de las mesitas de noche están cubiertas por unos pañuelos de gasa color salmón; al encenderlas tenemos la sensación de estar en un club de carretera. Serguei y yo nos miramos de reojo y sonreímos.
Paseamos por Lisboa. Cogemos un taxi para subir al Chiado. Es una taxista. Fuma y lleva puesta una cinta de fados a todo volumen. Conduce tan rápidamente que un policíala para en una callejuela. Deben ser conocidos porque se ponen a charlar; no hay multa.
Recorremos varios bares y terminamos cenando en una casa de comidas con manteles de cuadros rojos y blancos. Bacalo frito con salsa de pimientos, tomates, y aceitunas.
El hotel está animadísimo. Nuestra habitación está junto a la puerta de la calle. La puerta de la habitación tiene una mirilla en forma de ojo. Me paso un rato mirando. Hay una chica que aproximadamente cada hora (o menos) sale y entra con un hombre diferente; las demás llevan un ritmo más lento. Sólo hay un cuarto de baño, común, amplísimo. Dentro, junto a la ducha, una lavadora y una secadora de tamaño casi industrial están trabajando constantemente. El baño y los pasillos huelen a pino con un fondo de lejía. Salgo del baño y me cruzo con la dueña, cargada con sábanas y toallas blancas. Me sonríe. “Todo limpio, ¿eh?, aquí somos muy limpias”. Me gusta el "hotel".
Aparco en una bocacalle de la Avenida da Liberdade. El barrio me recuerda a Madrid y me hace sentir a gusto. Nada más salir del coche vemos un cartel que pone “Habitaciones” y subimos a preguntar. La dueña del establecimiento nos mira un poco sorprendida y nos da “su” habitación, la única de la casa que no se alquila porque, nos cuenta, está siempre reservada para ella. Cuando entramos en la habitación los sorprendidos somos nosotros. Está decorada combinando los colores rojo, naranja, y salmón. Las cortinas son de raso, como la colcha, sobre la que descansan unos cuantos muñecos de peluche. En el techo, sobre la cama, hay un espejo de buen tamaño. Al fondo de la habitación, tras un biombo chinesco, un bidé y un lavabo. Las lamparitas de las mesitas de noche están cubiertas por unos pañuelos de gasa color salmón; al encenderlas tenemos la sensación de estar en un club de carretera. Serguei y yo nos miramos de reojo y sonreímos.
Paseamos por Lisboa. Cogemos un taxi para subir al Chiado. Es una taxista. Fuma y lleva puesta una cinta de fados a todo volumen. Conduce tan rápidamente que un policíala para en una callejuela. Deben ser conocidos porque se ponen a charlar; no hay multa.
Recorremos varios bares y terminamos cenando en una casa de comidas con manteles de cuadros rojos y blancos. Bacalo frito con salsa de pimientos, tomates, y aceitunas.
El hotel está animadísimo. Nuestra habitación está junto a la puerta de la calle. La puerta de la habitación tiene una mirilla en forma de ojo. Me paso un rato mirando. Hay una chica que aproximadamente cada hora (o menos) sale y entra con un hombre diferente; las demás llevan un ritmo más lento. Sólo hay un cuarto de baño, común, amplísimo. Dentro, junto a la ducha, una lavadora y una secadora de tamaño casi industrial están trabajando constantemente. El baño y los pasillos huelen a pino con un fondo de lejía. Salgo del baño y me cruzo con la dueña, cargada con sábanas y toallas blancas. Me sonríe. “Todo limpio, ¿eh?, aquí somos muy limpias”. Me gusta el "hotel".
viernes, 7 de noviembre de 2008
Liberación
Abrió el paquete de calcetines y al ponérselos se notó extraño. Asombrado se miró los pies, que saltaban solos. Absurdamente pensó que eran los calcetines y sustituyó los deportivos por unos de tipo ejecutivo. Los pies adoptaron un paso altivo y decidido. Hizo experimentos: comprobó que con estampados infantiles los pies se volvían juguetones y que los colores suaves volvían sus pasos románticos y etéreos. Decidió rescatar sus pies y se puso sandalias. Por fin, aquéllos eran sus pasos, ése era realmente él. Llegó a la oficina con los dedos asomando alegremente por las sandalias y le echaron del trabajo.
lunes, 3 de noviembre de 2008
La Sirenita
Lo he comentado ya en varias ocasiones: tengo una especie de imán interior que hace que se me acerquen todos los majarones que andan sueltos por la calle. A JB también le pasa pero como él es marciano se nota menos. Por cierto, y por si alguien tenía dudas les informo: esto de la marcianidad es genético así que si sospechan que alguien de su familia procede de más allá de la capa de ozono vigilen a sus retoños porque hay muchas probabilidades de que no se los trajera la cigüeña sino el doctor Spock o similar. Se lo digo por experiencia que yo tengo en casa dos alienígenas de esos. No pasa nada, no crean, es como todo, que a veces es divertido y a veces no. A mí la mayor parte de las veces me divierte aunque reconozco que los que no saben de qué va la cosa pueden sentirse, digamos, un tanto desorientados así que cuando me siento bondadosa lo voy avisando. Lo que no sé es cómo se las apañan los marcianos y los majaras para que haga lo que haga sea yo la que acabe quedando como la mayor chalada del reino.
Por ejemplo, hace unos días vinieron las niñas con la convocatoria de la primera reunión profesores-padres del intituto. Madagascar traía, además, un papelito que resultó ser un cuestionario que su profesor quería que rellenáramos antes de la reunión para tener las ideas un poco más claras. El cuestionario era una pavada, estaba lleno de preguntas con respuestas obvias, pero aun así me puse a contestarlo como una madre aplicada, y al llegar a “¿cómo diría que es su hijo”? me ví obligada a ser sincera y contesté: “mi hija es marciana”. Luego, cuando le di el cuestionario a Madagascar para que se lo entregara a su tutor, se enfadó ligeramente y dijo que cuando preguntaban “¿qué quiere que sea su hijo de mayor?” no se contestaba “feliz” sino médico, azafata, peluquera, maestro, y cosas así. De la marcianidad no dijo nada; pobre mía creo que la tiene asumida.
Al día siguiente se celebraba el bonito encuentro de padres y profesores con meriendita compuesta por viandas caseras traidas a modo de ofrenda de paz por los asistentes así que cogí el paraguas de La Sirenita (ay qué mono es: tamaño sombrilla de playa y estampado con muñequitos de la película de Disney), me calcé las botas de agua y eché a andar cuesta arriba hacia el instituto. Vianda no llevé, que no me acordé y no tenía nada apropiado. Ya casi me había animado cuando divisé al final de la calle a Antonio El Zajorín. El Zajorín tiene como profesión ésa: ser zahorí (ni se imaginan lo que me costó saber a qué se refería cuando me decía que él era zajorín; hasta que me dijo que era tan bueno que a veces encontraba el agua incluso sin varita no caí en lo que me quería decir) pero como eso se requiere poco, se dedica a lo que se tercie, lo mismo te lo encuentras vareando los olivos de los jardines que pescando, pelando almendras, o limpiando motores de barco. El hombre se pone contentísimo cuando me ve y se empeña siempre en regalarme parte del género que lleve, sea el que sea. El otro día había estado pescando como deduje hábilmente al ver que llevaba los pantalones remangados por encima de la rodilla y chanclas de playa. Que además llevara un cubo en una mano y una red llena de pescados coleando en la otra me facilitó bastante la deducción.
Rápidamente utilicé mi visión periférica para echar una ojeadita a ver si tenía escapatoria pero como no había por dónde escabullirse me resigné a lo imprevisible. Total que El Zajorín me vio, gritó “¡Guap-paaaaaaaa!”, se le alegraron las pajarillas, y se puso a contarme lo bien que se le había dado la mañana de pesca y lo mal que estaba el tráfico que había que ver que estaba la carretera llena de coches que cuando no ibas por la acera te atropellaban y todo. El Zajorín entremezclaba los dos temas de conversación (una frase para uno, una frase para otro) y yo decía que sí a todo con la cabeza concentrada en esquivar la mano derecha del Zajorín, que sobrevolaba mi brazo amenazando con cubrirlo de escamas, restos de gusanillo y otras porquerías, cuando me pareció entender que decía algo así como “y mira qué hermosura de caballas y pargos he cogido, quince en total, y te los voy a regalar por ser tan simpática”. Y aun estaba yo intentando procesar si de verdad habría dicho aquello cuando El Zajorín, aprovechando la bajada de guardia, me plantó una mano en la gabardina y con la otra me colgó la red del mango del paraguas “mira lo bien que vas a llevar aquí los pescaítos” y echó a andar cuesta abajo ligerito; ligerito e inmune a mis gritos de “¡PoramordeDios, Antonio, llévese usted estos pescados!” . Es que ni se dio la vuelta, vaya, levantó el brazo derecho a modo de saludo y sin mirarme gritó: “De nada guap-paaaaaa, ya me dirás si te gustaron”.
Se pueden imaginar que la entrada a la reunión fue de todo menos triunfal: empapada tras el rato de charla, con botas de agua, un brazo lleno de escamas y otras porcadas, y una red llena de pescados coleantes colgada del paraguas-sombrilla con una Sirenita sonriente estampada en lo alto. Una peque de unos tres años me miraba extasiada y le decía a su madre: “Mira, mira, es de La Sirenita, por eso lleva tantos pescados”. Una de las madres asistentes me dijo “Pero Gin, hija, ¿te has traido tó eso para prepararnos chuchi?” con lo que se ganó una MIRADA, y me pareció oir susurrar al tutor de Madagascar “pues si ésta dice que la niña es marciana....” mientras movía la cabeza.
Madagascar está un poco enfadada conmigo.
Por ejemplo, hace unos días vinieron las niñas con la convocatoria de la primera reunión profesores-padres del intituto. Madagascar traía, además, un papelito que resultó ser un cuestionario que su profesor quería que rellenáramos antes de la reunión para tener las ideas un poco más claras. El cuestionario era una pavada, estaba lleno de preguntas con respuestas obvias, pero aun así me puse a contestarlo como una madre aplicada, y al llegar a “¿cómo diría que es su hijo”? me ví obligada a ser sincera y contesté: “mi hija es marciana”. Luego, cuando le di el cuestionario a Madagascar para que se lo entregara a su tutor, se enfadó ligeramente y dijo que cuando preguntaban “¿qué quiere que sea su hijo de mayor?” no se contestaba “feliz” sino médico, azafata, peluquera, maestro, y cosas así. De la marcianidad no dijo nada; pobre mía creo que la tiene asumida.
Al día siguiente se celebraba el bonito encuentro de padres y profesores con meriendita compuesta por viandas caseras traidas a modo de ofrenda de paz por los asistentes así que cogí el paraguas de La Sirenita (ay qué mono es: tamaño sombrilla de playa y estampado con muñequitos de la película de Disney), me calcé las botas de agua y eché a andar cuesta arriba hacia el instituto. Vianda no llevé, que no me acordé y no tenía nada apropiado. Ya casi me había animado cuando divisé al final de la calle a Antonio El Zajorín. El Zajorín tiene como profesión ésa: ser zahorí (ni se imaginan lo que me costó saber a qué se refería cuando me decía que él era zajorín; hasta que me dijo que era tan bueno que a veces encontraba el agua incluso sin varita no caí en lo que me quería decir) pero como eso se requiere poco, se dedica a lo que se tercie, lo mismo te lo encuentras vareando los olivos de los jardines que pescando, pelando almendras, o limpiando motores de barco. El hombre se pone contentísimo cuando me ve y se empeña siempre en regalarme parte del género que lleve, sea el que sea. El otro día había estado pescando como deduje hábilmente al ver que llevaba los pantalones remangados por encima de la rodilla y chanclas de playa. Que además llevara un cubo en una mano y una red llena de pescados coleando en la otra me facilitó bastante la deducción.
Rápidamente utilicé mi visión periférica para echar una ojeadita a ver si tenía escapatoria pero como no había por dónde escabullirse me resigné a lo imprevisible. Total que El Zajorín me vio, gritó “¡Guap-paaaaaaaa!”, se le alegraron las pajarillas, y se puso a contarme lo bien que se le había dado la mañana de pesca y lo mal que estaba el tráfico que había que ver que estaba la carretera llena de coches que cuando no ibas por la acera te atropellaban y todo. El Zajorín entremezclaba los dos temas de conversación (una frase para uno, una frase para otro) y yo decía que sí a todo con la cabeza concentrada en esquivar la mano derecha del Zajorín, que sobrevolaba mi brazo amenazando con cubrirlo de escamas, restos de gusanillo y otras porquerías, cuando me pareció entender que decía algo así como “y mira qué hermosura de caballas y pargos he cogido, quince en total, y te los voy a regalar por ser tan simpática”. Y aun estaba yo intentando procesar si de verdad habría dicho aquello cuando El Zajorín, aprovechando la bajada de guardia, me plantó una mano en la gabardina y con la otra me colgó la red del mango del paraguas “mira lo bien que vas a llevar aquí los pescaítos” y echó a andar cuesta abajo ligerito; ligerito e inmune a mis gritos de “¡PoramordeDios, Antonio, llévese usted estos pescados!” . Es que ni se dio la vuelta, vaya, levantó el brazo derecho a modo de saludo y sin mirarme gritó: “De nada guap-paaaaaa, ya me dirás si te gustaron”.
Se pueden imaginar que la entrada a la reunión fue de todo menos triunfal: empapada tras el rato de charla, con botas de agua, un brazo lleno de escamas y otras porcadas, y una red llena de pescados coleantes colgada del paraguas-sombrilla con una Sirenita sonriente estampada en lo alto. Una peque de unos tres años me miraba extasiada y le decía a su madre: “Mira, mira, es de La Sirenita, por eso lleva tantos pescados”. Una de las madres asistentes me dijo “Pero Gin, hija, ¿te has traido tó eso para prepararnos chuchi?” con lo que se ganó una MIRADA, y me pareció oir susurrar al tutor de Madagascar “pues si ésta dice que la niña es marciana....” mientras movía la cabeza.
Madagascar está un poco enfadada conmigo.
miércoles, 15 de octubre de 2008
Espirales
Y justo cuando tenía la mente triste y apagada y estaba pensando en cerrar el chiringuito porque no se me ocurren historias y cuando no se tiene nada que contar es mejor callarse, abro el correo y encuentro un e_mail de un viejo amigo que ha encontrado su nombre en el blog y me pregunta si yo soy yo. Y digo yo, que como no se puede retroceder en el tiempo igual es que a veces lo que hacemos es adelantar a saltos. Claro, que esto de que los saltos sean de más de veinte años no termina de convencerme. Y también digo yo, a lo mejor esto es una señal para que siga por aquí contando chalaúras.
martes, 23 de septiembre de 2008
Lisboa
"Nos quejamos mucho pero a todos nos gusta la saudade, todos nos dejamos
envolver por ella. Y nos gusta". Teresa habla despacio, tan pausadamente que
casi no se nota que hace continuas paradas para dar pequeños sorbos a
su vaso de refresco. Marcelo la escucha atentamente, preparado para
intervenir cuando haga falta. Por un lado le agrada conversar, por otro lado no le gusta nada escucharse porque tiene frenillo así que se queda en un segundo plano, mirándonos a todos. Entorna los ojos para evitar el humo del tabaco, que invade hasta el último rincón del local, y bebe vino blanco. Serguei fuma sin parar, escucha atentamente, y de cuando en cuando aprovecha las pausas de Teresa, no para completar sus frases sino para complementarlas. Serguei no es para nada un espíritu triste pero la saudade despierta en la melancolía rusa de su alma, ésa que pocas veces muestra. Yo escucho en silencio. En un local con tanto ruido de fondo tengo que elevar la voz más de lo normal (suelo hablar en voz bastante baja) y hoy me duele la garganta así que permanezco callada.
"La saudade se acerca sin estridencias, se desliza a tu alrededor, te
acaricia, y poco a poco te dejas envolver por ella hasta que se convierte en
parte de ti". Teresa es cantante de fados. Nació en Lisboa y ha vivido
siempre aquí. Aprendió a cantar en su casa, en su familia ("un poco como
aprenden flamenco los gitanos, supongo", explica sonriendo), y canta por las
noches en algunos locales del Chiado acompañada a la guitarra por Marcelo,
un vecino "de toda la vida". Por las mañanas trabaja como dependienta en una
papelería. En su vida diurna, Marcelo es funcionario.
Hemos recalado en el bar después de haber recorrido el Chiado, sin prisas, sin rumbo, dejándonos llevar por el aspecto de cada local, eligiendo en cada ocasión uno opuesto al anterior. Antes de venir a éste hemos estado en un bar de música disco y cuando hemos cambiado de local lo primero que nos ha sorprendido ha sido el silencio, dominado por la voz de Teresa. La actuación de Teresa y Marcelo ha cambiado el rumbo de la noche. De la pura risa hemos pasado, casi sin transición, a la conversación de caminos infinitos. De cuando en cuando Teresa y Serguei callan. Les miro: la gentil saudade portuguesa, la torturante nostalgia rusa. No puedo evitar verme como una simple espectadora, una aprovechada que oscila entre una y otra según lo pida mi ánimo pero sin adoptar ninguna de ellas. Y, a pesar del enorme atractivo de ambas actitudes vitales, pienso que me gusta no estar atada a ninguna, poder elegir en cada momento, cambiar, darme permiso para ser imprevisible. Sonrío ampliamente y los tres me miran sorprendidos.
envolver por ella. Y nos gusta". Teresa habla despacio, tan pausadamente que
casi no se nota que hace continuas paradas para dar pequeños sorbos a
su vaso de refresco. Marcelo la escucha atentamente, preparado para
intervenir cuando haga falta. Por un lado le agrada conversar, por otro lado no le gusta nada escucharse porque tiene frenillo así que se queda en un segundo plano, mirándonos a todos. Entorna los ojos para evitar el humo del tabaco, que invade hasta el último rincón del local, y bebe vino blanco. Serguei fuma sin parar, escucha atentamente, y de cuando en cuando aprovecha las pausas de Teresa, no para completar sus frases sino para complementarlas. Serguei no es para nada un espíritu triste pero la saudade despierta en la melancolía rusa de su alma, ésa que pocas veces muestra. Yo escucho en silencio. En un local con tanto ruido de fondo tengo que elevar la voz más de lo normal (suelo hablar en voz bastante baja) y hoy me duele la garganta así que permanezco callada.
"La saudade se acerca sin estridencias, se desliza a tu alrededor, te
acaricia, y poco a poco te dejas envolver por ella hasta que se convierte en
parte de ti". Teresa es cantante de fados. Nació en Lisboa y ha vivido
siempre aquí. Aprendió a cantar en su casa, en su familia ("un poco como
aprenden flamenco los gitanos, supongo", explica sonriendo), y canta por las
noches en algunos locales del Chiado acompañada a la guitarra por Marcelo,
un vecino "de toda la vida". Por las mañanas trabaja como dependienta en una
papelería. En su vida diurna, Marcelo es funcionario.
Hemos recalado en el bar después de haber recorrido el Chiado, sin prisas, sin rumbo, dejándonos llevar por el aspecto de cada local, eligiendo en cada ocasión uno opuesto al anterior. Antes de venir a éste hemos estado en un bar de música disco y cuando hemos cambiado de local lo primero que nos ha sorprendido ha sido el silencio, dominado por la voz de Teresa. La actuación de Teresa y Marcelo ha cambiado el rumbo de la noche. De la pura risa hemos pasado, casi sin transición, a la conversación de caminos infinitos. De cuando en cuando Teresa y Serguei callan. Les miro: la gentil saudade portuguesa, la torturante nostalgia rusa. No puedo evitar verme como una simple espectadora, una aprovechada que oscila entre una y otra según lo pida mi ánimo pero sin adoptar ninguna de ellas. Y, a pesar del enorme atractivo de ambas actitudes vitales, pienso que me gusta no estar atada a ninguna, poder elegir en cada momento, cambiar, darme permiso para ser imprevisible. Sonrío ampliamente y los tres me miran sorprendidos.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Golondrinas taradas
La verdad es que cuando las cosas salen bien, salen bien de verdad. Claro, también es cierto que si algo puede salir mal saldrá como el culo, pero ése es otro tema. La tele. No pasa un día sin que me felicite por haber sido de las primeras personas del país en abonarse a una cadena de pago. Por ejemplo, cuando eran pequeñas mis hijas eran las únicas niñas del colegio que, como no veían anuncios en la televisión, pedían los juguetes de Reyes mirando catálogos del híper o dándose una vuelta por el Toys. Era estupendo para todos. Para mí porque me evitaba el bombardeo constante del “¡me lo pido!” (al principio es tierno y gracioso pero cuando lo has oído así como cincuenta veces en una tarde aplicándolo cada vez a un juguete distinto se te acaban por poner los nervios de punta y echas espumajaros por la boca como si te hubieran poseído) y para ellas porque se ahorraban la decepción de ver que el juguete no se movía solo como en la televisión (una amiguita de Kenya se pasó horas llorando porque cuando cogía la muñeca en brazos no sonaba la música de fondo que se escuchaba en el anuncio ni a ella se le volvía el pelo rubio como a la niña de la tele).
Otro ejemplo: si no fuera por la cadena digital nunca me habría enterado de la apasionante vida del pollo Michael (y me habría perdido el espectáculo de ver cómo a JB se le ponía la cara de un delicado color turquesa al ver comer al pollo decapitado), ni sabría cómo se hacen las pilas (quién habría pensado que a Kenya le interesaba el tema hasta el punto de tragarse tres reportajes seguidos sobre lo mismo), ni habría tenido la oportunidad de escuchar a Madagascar disertando sobre los diferentes tipos de urna funeraria que se pueden encontrar hoy día (ella se decantaba por una que está hecha de una materia orgánica que se disuelve poco a poco en el agua de forma que tú tiras las cenizas de tu difunto al mar, por ejemplo, y aquí paz y después gloria). Claro, también tiene algún que otro inconveniente, como terminar conociendo casi por su nombre absolutamente a todos y cada uno de los bichos que pueblan el Masai Mara, Terranova, Mongolia, y lo más profundo de los mares del mundo mundial, hasta el punto de no impresionarte ni conmoverte ninguna imagen referida al reino animal. Hace un par de meses, por ejemplo, estaban Kenya, Madagascar y Bruno sentados en el sofá viendo un reportaje sobre las crecidas del río Mara y “cantaban” a coro el guión del reportaje: “ahora entra un león por la derecha”; “ahora el león se come al ñu despistado”; “ahora el elefante pisa al cocodrilo”; “ahora al cocodrilo se le esparraman los sesos por el río”... y así. Ellos estaban descojonados perdidos, claro, pero a mí me pareció ya un poco excesivo. Cuando llegamos a ese punto JB decide pasar olímpicamente de ese tipo de documentales, los “prohíbe”, y nos culturiza con cosas tan entretenidas como la vida en las cárceles americanas (es el último enganche que tienen, el otro día había que verles sollozar viendo cómo Jay, un recluso que había entrado en la cárcel sin estudios ni ná se graduaba en derecho por una universidad y toda su familia iba a ver cómo le daban el diploma).
Yo reconozco que no veo la tele y me dedico a otros menesteres propios de mi sexo y condición así que eso que me pierdo y estoy condenada a ser la más inculta de la familia, pero no todo está perdido porque digo yo que, aunque sea de pasar cerca de cuando en cuando, algo se me irá quedando almacenado en el cerebro. Por ejemplo, tanto documental de focas, elefantes, garzas y demás me ha dejado claro que menos el hombre, que somos lo más zoquete del reino animal, todos los demás bichos del orbe tienen un sentido de la orientación bárbaro y que los que se pierden es porque no se merecen ni respirar, de torpes y tarados que son. Como Armando, un despiste con alas que se estrelló este verano contra la cristalera de la casa en tierra de lobos. Fue una tarde plácida. Estaba yo intentando acomodar toda la ropa sucia dentro de la lavadora cuando escuché un “PLAFFFF” estruendoso seguido de correteos y muchos gritos. Como pasa que de cuando en cuando se nos estampan contra los cristales voladores más torpes que la mar y se espanzurran de mala manera yo dejé lo que estaba haciendo y salí con el recogedor en la mano dispuesta a hacerme cargo del cadáver y rezando para que no hubiera mucha sangre, que eso da un mal rollo tremendo. La buena noticia fue que el presunto suicida con alas estaba vivo, atontadillo pero vivo. La mala noticia fue que los niños, con la connivencia del propio pollo, decidieron adoptarlo y quedárselo en casa después de bautizarlo como Armando.

En fin. Las andanzas de Armando el cagarrutero se las contaré otro día, si quieren.
Menos mal que los seres humanos tenemos otros recursos para paliar estas taras con las que nos ha obsequiado la naturaleza y estamos dotados de boca para preguntar el camino si no sabes cómo ir a algún sitio. Bueno, eso si eres hembra, que no nos duelen prendas a la hora de preguntar. Si eres macho lo tienes más difícil porque a pesar de que las generalizaciones suelen ser erróneas es cierto que ELLOS parecen estar genéticamente incapacitados para preguntar. Y si van solos, anda y que les zurzan. El problema es cuando se erigen en cabeza de la manada. Les cuento.
Esta mañana estaba nublado. La verdad es que digo mañana porque técnicamente ya era el día de hoy pero todavía no había amanecido y, a pesar de que la luna está gordita estos días, como estaba nublado estaba todo oscurito. Al salir de casa ¡zas! Apagón general en el pueblo. Pasa a menudo. Al principio me ponía de los nervios pero ya no me extraña nada y me pilla siempre preparada: velas y linternas en casi todas las habitaciones de la casa y la ropa y accesorios del día preparados la noche antes para que no me pase como algunas veces que como no veía nada he salido de casa vestida con más colores que Agatha Ruiz de la Prada y, horror de los horrores, maquillada como ella. Eso sí, entre que todavía era de noche, que había nubes, y el apagón, no se veía un pimiento y caminar por el cauce del arroyo, en pleno campo campero, a oscuras no es algo que me seduzca mucho (ya sé que lo más que me puede salir al paso es una cabra, o algún borriquillo, o un perro perdido, que por aquí no campan leones ni rinocerontes, pero qué quieren, en esos momentos me siento como Caperucita a punto de ser devorada por el lobo) así que he mascullado unas cuantas imprecaciones (más que nada para evitar el silencio que hace que los crujidos de las ramas parezcan pisadas de hombre lobo acechante) hasta que he llegado a la parada.
La llegada del autobús ha sido un poco fantasmal, parecía aquello una película de miedo de ésas en las que la protagonista está esperando el bus y cuando llega está conducido por zombies o algo así. Éste no llevaba zombies (casi hubiera sido mejor), llevaba cuatro gatos (los cuatro pringaos que cogen el autobús antes de las siete de la mañana) y un conductor nuevo que lo primero que ha hecho ha sido perderse al salir del pueblo. Hombre, hay que reconocer que no se veía ni chimpún y que los que diseñaron los distintos ramales de la carretera debieron planificarlos cocidos en anís Del Mono porque sólo así se explica que al final del pueblo a la carretera le salgan tres venas una a continuación de la otra, divididas a su vez en multitud de capilares que surcan alegremente los montes en dirección a distintos pueblos y cortijadas. Y los diseñadores de los carteles señalizadores debieron estar invitados en la misma juerga que los otros porque han colocado todos los letreros en el mismo sitio, uno encima del otro, y con las flechas en la misma dirección y sentido. Así que es un lío, vale, y entre eso y que la oscuridad era total pues no habría estado de más que el conductor hubiera aminorado la velocidad y se hubiese concedido unos minutillos para elegir la carretera correcta, sobre todo teniendo en cuenta que era el primer día que hacía esa línea. Pero no; el muchacho dejándose llevar por el aturullamiento de la situación tiró por el primer ramal que le pareció bonito y, claro, terminamos en la autovía en sentido contrario al nuestro.
Yo no me había dado cuenta porque iba leyendo; he levantado la cabeza del libro cuando los murmullos que se cruzaban los cuatro gatos se han convertido en gritos. Hala, a dar la vuelta. Ahí ya iba el personal un poco alterado así que cuando hemos llegado a otro ramillete de ramales los cuatro gatos han empezado a vocear para advertir al novato de cuál era la salida correcta. Por supuesto, el novato no ha hecho ni caso y ha vuelto a coger la primera salida que le ha parecido buena con lo cual los gritos han arreciado porque todos sabíamos que por allí íbamos a terminar en la playa. Y, efectivamente, hemos embarrancado en el acceso a la playa. Por cierto, qué bonita la playa a esas horas, justo antes de amanecer, tan vacía, tan solitaria, y tan oscura que ni veíamos por dónde habíamos entrado a la playa. El chófer se ha puesto tan pálido que se le veía la carita en la oscuridad (sólo habría faltado que brillara en verde fosforescente como las virgencitas de Lourdes que tenía mi abuela encima de su cómoda). Y entonces ha vuelto la luz y a mí me ha dado la risa porque por un momento me ha dado la sensación de que parecíamos una bandada de golondrinas taradas. P’a rematarnos, vaya.
Otro ejemplo: si no fuera por la cadena digital nunca me habría enterado de la apasionante vida del pollo Michael (y me habría perdido el espectáculo de ver cómo a JB se le ponía la cara de un delicado color turquesa al ver comer al pollo decapitado), ni sabría cómo se hacen las pilas (quién habría pensado que a Kenya le interesaba el tema hasta el punto de tragarse tres reportajes seguidos sobre lo mismo), ni habría tenido la oportunidad de escuchar a Madagascar disertando sobre los diferentes tipos de urna funeraria que se pueden encontrar hoy día (ella se decantaba por una que está hecha de una materia orgánica que se disuelve poco a poco en el agua de forma que tú tiras las cenizas de tu difunto al mar, por ejemplo, y aquí paz y después gloria). Claro, también tiene algún que otro inconveniente, como terminar conociendo casi por su nombre absolutamente a todos y cada uno de los bichos que pueblan el Masai Mara, Terranova, Mongolia, y lo más profundo de los mares del mundo mundial, hasta el punto de no impresionarte ni conmoverte ninguna imagen referida al reino animal. Hace un par de meses, por ejemplo, estaban Kenya, Madagascar y Bruno sentados en el sofá viendo un reportaje sobre las crecidas del río Mara y “cantaban” a coro el guión del reportaje: “ahora entra un león por la derecha”; “ahora el león se come al ñu despistado”; “ahora el elefante pisa al cocodrilo”; “ahora al cocodrilo se le esparraman los sesos por el río”... y así. Ellos estaban descojonados perdidos, claro, pero a mí me pareció ya un poco excesivo. Cuando llegamos a ese punto JB decide pasar olímpicamente de ese tipo de documentales, los “prohíbe”, y nos culturiza con cosas tan entretenidas como la vida en las cárceles americanas (es el último enganche que tienen, el otro día había que verles sollozar viendo cómo Jay, un recluso que había entrado en la cárcel sin estudios ni ná se graduaba en derecho por una universidad y toda su familia iba a ver cómo le daban el diploma).
Yo reconozco que no veo la tele y me dedico a otros menesteres propios de mi sexo y condición así que eso que me pierdo y estoy condenada a ser la más inculta de la familia, pero no todo está perdido porque digo yo que, aunque sea de pasar cerca de cuando en cuando, algo se me irá quedando almacenado en el cerebro. Por ejemplo, tanto documental de focas, elefantes, garzas y demás me ha dejado claro que menos el hombre, que somos lo más zoquete del reino animal, todos los demás bichos del orbe tienen un sentido de la orientación bárbaro y que los que se pierden es porque no se merecen ni respirar, de torpes y tarados que son. Como Armando, un despiste con alas que se estrelló este verano contra la cristalera de la casa en tierra de lobos. Fue una tarde plácida. Estaba yo intentando acomodar toda la ropa sucia dentro de la lavadora cuando escuché un “PLAFFFF” estruendoso seguido de correteos y muchos gritos. Como pasa que de cuando en cuando se nos estampan contra los cristales voladores más torpes que la mar y se espanzurran de mala manera yo dejé lo que estaba haciendo y salí con el recogedor en la mano dispuesta a hacerme cargo del cadáver y rezando para que no hubiera mucha sangre, que eso da un mal rollo tremendo. La buena noticia fue que el presunto suicida con alas estaba vivo, atontadillo pero vivo. La mala noticia fue que los niños, con la connivencia del propio pollo, decidieron adoptarlo y quedárselo en casa después de bautizarlo como Armando.

En fin. Las andanzas de Armando el cagarrutero se las contaré otro día, si quieren.
Menos mal que los seres humanos tenemos otros recursos para paliar estas taras con las que nos ha obsequiado la naturaleza y estamos dotados de boca para preguntar el camino si no sabes cómo ir a algún sitio. Bueno, eso si eres hembra, que no nos duelen prendas a la hora de preguntar. Si eres macho lo tienes más difícil porque a pesar de que las generalizaciones suelen ser erróneas es cierto que ELLOS parecen estar genéticamente incapacitados para preguntar. Y si van solos, anda y que les zurzan. El problema es cuando se erigen en cabeza de la manada. Les cuento.
Esta mañana estaba nublado. La verdad es que digo mañana porque técnicamente ya era el día de hoy pero todavía no había amanecido y, a pesar de que la luna está gordita estos días, como estaba nublado estaba todo oscurito. Al salir de casa ¡zas! Apagón general en el pueblo. Pasa a menudo. Al principio me ponía de los nervios pero ya no me extraña nada y me pilla siempre preparada: velas y linternas en casi todas las habitaciones de la casa y la ropa y accesorios del día preparados la noche antes para que no me pase como algunas veces que como no veía nada he salido de casa vestida con más colores que Agatha Ruiz de la Prada y, horror de los horrores, maquillada como ella. Eso sí, entre que todavía era de noche, que había nubes, y el apagón, no se veía un pimiento y caminar por el cauce del arroyo, en pleno campo campero, a oscuras no es algo que me seduzca mucho (ya sé que lo más que me puede salir al paso es una cabra, o algún borriquillo, o un perro perdido, que por aquí no campan leones ni rinocerontes, pero qué quieren, en esos momentos me siento como Caperucita a punto de ser devorada por el lobo) así que he mascullado unas cuantas imprecaciones (más que nada para evitar el silencio que hace que los crujidos de las ramas parezcan pisadas de hombre lobo acechante) hasta que he llegado a la parada.
La llegada del autobús ha sido un poco fantasmal, parecía aquello una película de miedo de ésas en las que la protagonista está esperando el bus y cuando llega está conducido por zombies o algo así. Éste no llevaba zombies (casi hubiera sido mejor), llevaba cuatro gatos (los cuatro pringaos que cogen el autobús antes de las siete de la mañana) y un conductor nuevo que lo primero que ha hecho ha sido perderse al salir del pueblo. Hombre, hay que reconocer que no se veía ni chimpún y que los que diseñaron los distintos ramales de la carretera debieron planificarlos cocidos en anís Del Mono porque sólo así se explica que al final del pueblo a la carretera le salgan tres venas una a continuación de la otra, divididas a su vez en multitud de capilares que surcan alegremente los montes en dirección a distintos pueblos y cortijadas. Y los diseñadores de los carteles señalizadores debieron estar invitados en la misma juerga que los otros porque han colocado todos los letreros en el mismo sitio, uno encima del otro, y con las flechas en la misma dirección y sentido. Así que es un lío, vale, y entre eso y que la oscuridad era total pues no habría estado de más que el conductor hubiera aminorado la velocidad y se hubiese concedido unos minutillos para elegir la carretera correcta, sobre todo teniendo en cuenta que era el primer día que hacía esa línea. Pero no; el muchacho dejándose llevar por el aturullamiento de la situación tiró por el primer ramal que le pareció bonito y, claro, terminamos en la autovía en sentido contrario al nuestro.
Yo no me había dado cuenta porque iba leyendo; he levantado la cabeza del libro cuando los murmullos que se cruzaban los cuatro gatos se han convertido en gritos. Hala, a dar la vuelta. Ahí ya iba el personal un poco alterado así que cuando hemos llegado a otro ramillete de ramales los cuatro gatos han empezado a vocear para advertir al novato de cuál era la salida correcta. Por supuesto, el novato no ha hecho ni caso y ha vuelto a coger la primera salida que le ha parecido buena con lo cual los gritos han arreciado porque todos sabíamos que por allí íbamos a terminar en la playa. Y, efectivamente, hemos embarrancado en el acceso a la playa. Por cierto, qué bonita la playa a esas horas, justo antes de amanecer, tan vacía, tan solitaria, y tan oscura que ni veíamos por dónde habíamos entrado a la playa. El chófer se ha puesto tan pálido que se le veía la carita en la oscuridad (sólo habría faltado que brillara en verde fosforescente como las virgencitas de Lourdes que tenía mi abuela encima de su cómoda). Y entonces ha vuelto la luz y a mí me ha dado la risa porque por un momento me ha dado la sensación de que parecíamos una bandada de golondrinas taradas. P’a rematarnos, vaya.
lunes, 8 de septiembre de 2008
jueves, 14 de agosto de 2008
Irresponsabilidad
Permaneció inmóvil, al acecho, mientras su posible víctima se acercaba. Cuando la tuvo a tiro se lanzó sobre su lomo. Molesto, el ciervo se quitó de encima a aquel extraño gorrión que le clavaba las uñas y le intentaba morder con el pico. Escucharon un estruendo y se volvieron a tiempo para ver cómo un enorme grizzly se tiraba desde la rama de un árbol moviendo las patas delanteras en un patético intento de vuelo. El oso y el gorrión se miraron desconcertados. En la tienda, el chamán reprendió duramente a su aprendiz y le prohibió practicar conjuros sin permiso.
jueves, 24 de julio de 2008
martes, 22 de julio de 2008
Qué importante es la salú
La niña koala. Durante un tiempo Madagascar fue mi niña koala. Era como un virkiki. Si me sentaba en el sofá, por ejemplo, no pasaban dos minutos sin que se me “arretrepara” sobre la barriga. Y caminando igual porque ella andaba, claro que andaba, pero prefería ir abrazada a mi, así que me pasé unos cuantos años con la niña permanentemente sentada sobre mi cadera como si fuera una gitana o una madre africana. A mí, que soy de naturaleza despegada igual que Kenya (es hipersensible pero ella cariñitos los justos) me gustaba esa “pegajosidad”, esa necesidad de piel. Luego, cuando conseguí que pasara la mayor parte del día con los pies en el suelo, Madagascar iba a todos lados de la mano. Y cuando digo a todos lados quiero decir, literalmente, a todos lados, desde el cuarto de baño a los paseos por la playa. Y yo seguía pensando que qué rica, qué cariñosa me había salido la niña. Hasta que el Disney Channel nos abrió los ojos y convirtió a la niña koala en la niña topillo. Supongo que si JB no se hubiera empeñado en que vieran la televisión en versión original nunca nos habríamos dado cuenta de que Madagascar no veía los subtítulos. Ni los subtítulos ni nada. La pobre no veía tres en un burro, que fue ponerse las gafitas la primera vez y le cambió la cara. “¡Veo!” gritó en la óptica. Fue emocionante, hasta al técnico de la óptica (que debe estar hartito de poner gafas al personal) se le pusieron los vellos de punta. Si estuvimos a punto de abrazarnos y todo. Fue como “El milagro de Ana Sullivan” sólo que en versión pueblo. Y fue ponerse gafas y cortar el cordón umbilical; ya no volvió a ir de la mano a ningún sitio. Y desde que se puso lentillas, todavía menos. En venganza por este desapego cuando estamos en la playa y sale del agua la dejamos que se recorra varias veces la playa de un lado para otro con los ojillos entrecerrados intentando distinguir cuál es nuestro campamento antes de llamarla.
Es curioso porque cuando yo era pequeña llevar gafas o hierritos en los dientes era lo peor que te podía pasar, eran cosas que estaban más o menos al mismo nivel que ser “la gorda”, tener la cara llena de granos, y oler a bicho muerto (sí, en mi clase había una niña que olía como si llevara los bolsillos del uniforme llenos de ratones en pleno proceso de descomposición, la llamábamos “la mofeta” y nadie nos queríamos sentar con ella; hace un par de años me la encontré por la calle y trabaja en Lancóme, en fin). Ahora en cambio lo de llevar hierritos (que ya no se llaman hierritos sino algo así como “brackets”, y tienen gomitas de colores monísimos) o gafas es como muy fashion. Kenya y Madagascar, que tienen la dentadura impecable, jugaban de pequeñas a ponerse tiritas de papel de aluminio en los dientes como si fueran aparatos de ortodoncia hasta que una vez Kenya se tragó una tirilla de papel albal y estuvo preocupadísima hasta que la echó. Desde entonces se acabaron las ortodoncias falsas. Lo de las gafas es otra historia. Y más desde que Madagascar alterna monturas modernísimas de distintos colores. De cuando en cuando a Kenya le entra la necesidad de un cambio estético y se pone pesadísima diciendo que no ve bien y que le duele la cabeza, y así. Total, que no para hasta que la llevo al oculista, le hacen una revisión, le dicen que ve perfectamente y que no necesita gafas, y se busca otro objetivo estético como un corte de pelo.
El último ataque de “gafitis” fue hace un mes así que la semana pasada fuimos al oculista (vale, si yo ya sé que no tiene nunca nada y que estos paseos al médico son inútiles pero ¿y si fuera verdad que la chiquilla no ve y se queda ciega porque no le hago caso?¿eh? que todos hemos leído “Pedro y el lobo”). Total, que allá que fuimos y allá que salimos de la consulta con el diagnóstico de que la niña ve como un lince, y nos subimos al autobús para volver al pueblo. Kenya, que había subido antes que yo, comenzó a andar por el pasillo del autobús extendiendo los brazos para agarrarse a algún lado y dijo “Mamá ven, caramba, que no veo”, a lo que yo contesté “chiqui, mira que te dije que te trajeras el bastón”. Palabra que fue una risa entre nosotras, una broma que llevábamos arrastrando desde que salí de la consulta haciendo de lazarillo a Kenya, que como tenía las pupilas dilatadas no veía lo que se dice nada y llevaba unas gafitas negras como si fuera la Niña de la Puebla, pero cuando dos mujeres se levantaron de sus asientos para cedérnoslos nos vimos incapaces de aclarárselo y nos sentamos aguantando la risa. Ya, que está feo, que con esas cosas no se bromea pero qué le vamos a hacer. Así que Kenya se sentó muy derechita mirando hacia el frente y dando sorbitos de cuando en cuando a su lata de cocacola. Y las mujeres continuaron con su conversación, que más que conversación era un monólogo en el que una de ellas contaba a la otra, con voz altísima y clarísima (como que todos íbamos supercallados escuchándolas), su estado de salud. Bueno, por cierto, buenísimo, que se había hecho todo tipo de pruebas y habían salido satisfactorias. Y de verdad que le habían hecho de todo: un electro, análisis de sangre, un test de sullivan (no sé para qué querrían medirle la diabetes gestacional a una señora que pasa de los sesenta y que no está preñada ni de coña, pero en fin), una eco dopler, una mamografía, una citología, y lo mejor (que dejó para el final): UNA CULOSCOPIA. Ahí la amiga, que había estado callada diciendo solamente “mmmm... aaaaaah... claaaaaaaro” no se pudo contener.
- Mujer, será una colonoscopia o rectoscopia.
- ¿Eso qué es?
- Pues una prueba que te meten un tubo por el recto...
- ¡Aaaaaaaaah, pues no! de rectoscopia nada. ¡Lo mío fue una culoscopia que a mí el tubo me lo metieron por el culo!
Discretísimos, todos en el autobús contuvimos la respiración para no soltar la carcajada. Al otro lado del pasillo yo veía a un muchacho escondido detrás de un periódico que tenía hasta convulsiones y todo. Menos mal que siempre hay una salida.
- Ggggggggghhhhgggg.... (ésta era Kenya)
- ¿Pero qué pasa???
- Ná, que la cieguita está echando espumarajos por la nariz.
- Mujer, no se dice cieguita, se dice “invedente”.
- Pues lo que sea, pero a la niña le sale espuma por la nariz, que digo yo que igual está rabiosa.
- Anda, anda, mujer, qué va a estar rabiosa; es que como no ve no sabe por dónde meterse la lata de cocacola.
- ¡Ains qué pobre que no sabe ni beber! Tch... tch... Y mira cómo se ríe todo el mundo de ella. Qué malos somos. Hala, Mari, vámonos, que ésta es nuestra parada.
Kenya siguió echando cocacola por la nariz mientras se reía como una loca hasta que llegamos a casa. De cuando en cuando alguna de las dos dice “culoscopia” y nos da otro ataque de risa.
Es curioso porque cuando yo era pequeña llevar gafas o hierritos en los dientes era lo peor que te podía pasar, eran cosas que estaban más o menos al mismo nivel que ser “la gorda”, tener la cara llena de granos, y oler a bicho muerto (sí, en mi clase había una niña que olía como si llevara los bolsillos del uniforme llenos de ratones en pleno proceso de descomposición, la llamábamos “la mofeta” y nadie nos queríamos sentar con ella; hace un par de años me la encontré por la calle y trabaja en Lancóme, en fin). Ahora en cambio lo de llevar hierritos (que ya no se llaman hierritos sino algo así como “brackets”, y tienen gomitas de colores monísimos) o gafas es como muy fashion. Kenya y Madagascar, que tienen la dentadura impecable, jugaban de pequeñas a ponerse tiritas de papel de aluminio en los dientes como si fueran aparatos de ortodoncia hasta que una vez Kenya se tragó una tirilla de papel albal y estuvo preocupadísima hasta que la echó. Desde entonces se acabaron las ortodoncias falsas. Lo de las gafas es otra historia. Y más desde que Madagascar alterna monturas modernísimas de distintos colores. De cuando en cuando a Kenya le entra la necesidad de un cambio estético y se pone pesadísima diciendo que no ve bien y que le duele la cabeza, y así. Total, que no para hasta que la llevo al oculista, le hacen una revisión, le dicen que ve perfectamente y que no necesita gafas, y se busca otro objetivo estético como un corte de pelo.
El último ataque de “gafitis” fue hace un mes así que la semana pasada fuimos al oculista (vale, si yo ya sé que no tiene nunca nada y que estos paseos al médico son inútiles pero ¿y si fuera verdad que la chiquilla no ve y se queda ciega porque no le hago caso?¿eh? que todos hemos leído “Pedro y el lobo”). Total, que allá que fuimos y allá que salimos de la consulta con el diagnóstico de que la niña ve como un lince, y nos subimos al autobús para volver al pueblo. Kenya, que había subido antes que yo, comenzó a andar por el pasillo del autobús extendiendo los brazos para agarrarse a algún lado y dijo “Mamá ven, caramba, que no veo”, a lo que yo contesté “chiqui, mira que te dije que te trajeras el bastón”. Palabra que fue una risa entre nosotras, una broma que llevábamos arrastrando desde que salí de la consulta haciendo de lazarillo a Kenya, que como tenía las pupilas dilatadas no veía lo que se dice nada y llevaba unas gafitas negras como si fuera la Niña de la Puebla, pero cuando dos mujeres se levantaron de sus asientos para cedérnoslos nos vimos incapaces de aclarárselo y nos sentamos aguantando la risa. Ya, que está feo, que con esas cosas no se bromea pero qué le vamos a hacer. Así que Kenya se sentó muy derechita mirando hacia el frente y dando sorbitos de cuando en cuando a su lata de cocacola. Y las mujeres continuaron con su conversación, que más que conversación era un monólogo en el que una de ellas contaba a la otra, con voz altísima y clarísima (como que todos íbamos supercallados escuchándolas), su estado de salud. Bueno, por cierto, buenísimo, que se había hecho todo tipo de pruebas y habían salido satisfactorias. Y de verdad que le habían hecho de todo: un electro, análisis de sangre, un test de sullivan (no sé para qué querrían medirle la diabetes gestacional a una señora que pasa de los sesenta y que no está preñada ni de coña, pero en fin), una eco dopler, una mamografía, una citología, y lo mejor (que dejó para el final): UNA CULOSCOPIA. Ahí la amiga, que había estado callada diciendo solamente “mmmm... aaaaaah... claaaaaaaro” no se pudo contener.
- Mujer, será una colonoscopia o rectoscopia.
- ¿Eso qué es?
- Pues una prueba que te meten un tubo por el recto...
- ¡Aaaaaaaaah, pues no! de rectoscopia nada. ¡Lo mío fue una culoscopia que a mí el tubo me lo metieron por el culo!
Discretísimos, todos en el autobús contuvimos la respiración para no soltar la carcajada. Al otro lado del pasillo yo veía a un muchacho escondido detrás de un periódico que tenía hasta convulsiones y todo. Menos mal que siempre hay una salida.
- Ggggggggghhhhgggg.... (ésta era Kenya)
- ¿Pero qué pasa???
- Ná, que la cieguita está echando espumarajos por la nariz.
- Mujer, no se dice cieguita, se dice “invedente”.
- Pues lo que sea, pero a la niña le sale espuma por la nariz, que digo yo que igual está rabiosa.
- Anda, anda, mujer, qué va a estar rabiosa; es que como no ve no sabe por dónde meterse la lata de cocacola.
- ¡Ains qué pobre que no sabe ni beber! Tch... tch... Y mira cómo se ríe todo el mundo de ella. Qué malos somos. Hala, Mari, vámonos, que ésta es nuestra parada.
Kenya siguió echando cocacola por la nariz mientras se reía como una loca hasta que llegamos a casa. De cuando en cuando alguna de las dos dice “culoscopia” y nos da otro ataque de risa.
lunes, 14 de julio de 2008
París
Tenía la intención de pasar la tarde caminando por las calles pero la lluvia ha hecho que llegue una hora antes a la cita. Cuando salí de la residencia, a primera hora, el cielo estaba despejado pero a final de la mañana ha comenzado a llover. La lluvia me ha pillado por sorpresa (no es la primera vez que me pasa; el tiempo en París, en primavera, es imprevisible y siempre se me olvida consultar el parte meteorológico) y he tenido que comprar un paraguas plegable, carísimo y horroroso que tiene toda la pinta de no durar más allá de una tormenta. Como en los comedores universitarios. Están llenos. Una chica me explica que es porque es miércoles. Todos los miércoles hay cous-cous (al decirlo pone los ojos en blanco y hace gestos de satisfacción) y los comedores se llenan. Me siento en la misma mesa que la chica de antes y nos presentamos. Se llama Adèle. Miro sorprendida las bandejas de los estudiantes árabes, que rebosan pan. Adèle sonríe. Me cuenta que la primera vez que comió aquí hizo lo mismo que ellos y cogió casi un canastillo entero de pan, y luego le dio apuro dejarlo así que se lo comió todo aunque estaba más que llena. El cous-cous está sabroso y muy caliente. Adèle termina antes que yo y se queda conversando hasta que se da cuenta de que se le hace tarde y se va. Como despacio, remoloneando; no me apetece salir y mojarme. Cuando salgo apenas llueve pero las calles están mojadas y llenas de charcos. Llevo sandalias así que al principio intento esquivar el agua pero al rato tengo los pies tan mojados que me despreocupo. Esperando un semáforo veo un cartel que me hace reír y saco la cámara de fotos. Es un anuncio de una colonia con un aroma “tan penetrante –dice el texto- que le evitará el molesto baño semanal”. Comienza a llover más fuerte y cojo el metro hasta el centro. El resto de la tarde lo paso entre paseos y tiendas en las que me refugio cuando me harto de lluvia. Llego a Notre Dame una hora antes de la cita y cuando Jose llega (seco, él ha estado escuchando conferencias) y me mira, mojada y malhumorada, se ríe. Le digo que tengo los pies helados y que no pienso volver a París en primavera, y se ríe más fuerte.
viernes, 4 de julio de 2008
Palabras como pelos
Le picaba la garganta. Carraspeó. No notó alivio y bebió agua fresca pero la sensación continuaba. Se dio cuenta de que llevaba varios días así. Tener conciencia de la molestia la agravó. Cada vez tosía más fuerte. Desesperado intentó incluso provocarse el vómito sin éxito. Por fin expulsó una bola como las que escupía su gato, aunque en lugar de pelos estaba entretejida de letras. Tiradas en el suelo, llenas de baba y con las esquinillas rotas estaban las palabras que nunca había dicho. Le dieron pena. Vistas así no tenían valor. Decidió obedecer a su terapeuta: verbalizaría sus sentimientos.
(Gracias a Lupe por su "Puré de pelos" porque aunque estas historias no tienen nada que ver se me quedó dentro y hasta que no lo he sacado no me he quedado a gusto)
(Gracias a Lupe por su "Puré de pelos" porque aunque estas historias no tienen nada que ver se me quedó dentro y hasta que no lo he sacado no me he quedado a gusto)
viernes, 27 de junio de 2008
Bandera de verano
Odio ir a la playa los fines de semana. No soy nada original, qué le vamos a hacer, pero no soporto a los domingueros. Ya sé que cada uno va a la playa cuando puede y que el fin de semana es cuando pueden la mayor parte de la gente pero esos días yo prefiero quedarme en casa viéndoles venir. Ojo, eso no quiere decir que el resto de la semana la playa sea un paraíso tropical de esos de espacios kilométricos vacíos cubiertos de arena limpia, aguas color turquesa, y surferos de impresión jugando a exhibir músculo delante de despampanantes bikinosas. Para nada, al menos la playa que tengo delante de casa. El resto de la semana la playa está llena de madres gritonas remojando niños descontrolados (pero cómo no se van a descontrolar con semejantes bocinas cerca) y pandillas de adolescentes tatuados y sus correspondientes pavos, que como se los llevan a todos lados pues a la playa también. La ventaja es que la labor arqueológica es menor, o sea que no tienes que ir buscando el mínimo espacio intercorporal para clavar la sombrilla, sino que puedes montar el campamento base con una cierta holgura. Eso sí, una cierta holgura que no te aísla del resto de playeros y que te permite seguir disfrutando de una de las mayores diversiones de la playa: mirar y escuchar.
Yo soy de bajarme un libro pero reconozco que hay veces que tardo semanas en leerlos porque bajo a la playa, abro el libro y, antes de que haya conseguido siquiera enfocar las letritas, mis oídos han captado algo que secuestra mi atención hasta el punto de pasarme la mañana, o la tarde, entera con la misma página abierta. A JB también le gusta practicar el “escuching” pero como tiene serias dificultades auditivas pues lo hace menos. Y las niñas... el año pasado el pavo de Kenya decidió que ya había pasado el tiempo de ir a la playa con la familia y no vino con nosotros ni un solo día. Este año, como sigue siendo el pavo el que toma las decisiones, tampoco vendrá con nosotros. Madagascar, que de momento tiene el pavo todavía en fase de incubación (para compensar tiene la mayor cantidad de pajaritos en la cabeza del mundo mundial) ha protestado débilmente pero baja a la playa con nosotros aunque se pasa todo el tiempo sentada en la toalla, leyendo. Eso sí, a la sombra; ella defiende su pertenencia a la raza más puramente blanca. Hasta ahora, como decía, ha protestado débilmente pero creo que desde el otro día la tenemos ganada para la causa. Al menos sería de esperar después de haberla visto llorar de risa, que se le llenaron las gafillas de lágrimas y todo.
La mañana había ido como la seda. Habíamos planeado bajar a la playa con Rosemarie y Cristo pero al final se rajaron y fuimos la familia Telerín (o la familia Monster, depende de cómo se nos mire) solitos. Menos mal, porque Madagascar había dicho que si venía Cristo ella se quedaba en casa, que ya había visto su bañador y que no pensaba permitir que nadie la asociara a él de ninguna manera. En su descargo diré que Cristo no baja a la playa con el calcetín peneano. No. Cristo vio “Borat” y se hizo con un tanga de ganchillo tal que igualito que el que sale en la peli. Demasiado para Madagascar (y para cualquiera, todo hay que decirlo, que yo el primer día contuve la risa a duras penas). Nada más llegar Bruno se nos escurrió (literalmente porque JB le embadurnó de crema solar hasta los pelos) para jugar con un amigo del cole que estaba unas toallas más allá, y Madagascar plantó su toalla bajo una sombrilla para leer. Cuando volvíamos de un remojón, la veo sentada y con la vista como perdida. Resultó que no tenía la vista perdida sino fija, así como los hipnotizados, en una pareja cercana. Miré, claro. Después de instalar un campamento como para albergar a siete personas, la mujer, rubia porque ella lo vale, se había quitado un pareo anaranjado que llevaba y se disponía a darse crema. Que se la dio aunque le resultó difícil porque se dejó puesto todo el joyerío que llevaba. Y llevaba unos pocos jorjorrios colgados, todos muy dorados, mucho, todos con pinta de pesar horrores. Lo mejor es que después de darse la crema se quita el sujetador del bikini y se tumba a tomar el sol. Claro, media hora después, cuando la vimos incorporarse (para mí que se había quedado dormida y todo) tenía las tetas como dos salmonetes (arrugados), así que volvió a untarse crema, esta vez por todo el cuerpo, y se metió en el agua. Y no le habríamos echado más cuenta si no fuera porque minutos después se puso a dar voces (“Paaaaaacoooooo... paaaaaacooooo...”) al propio hasta que captó su atención. De paso captó la atención de media playa con lo que el espectáculo, que fijo que ella habría preferido que hubiera sido discreto, fue público y notorio.
-¿Queeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeé?
-Que vengas con una toalla a ayudarme a saliiiiiiiiiiiiiiiiiiiir.
-Ojú, qué pesá! ¿Y pa qué quieres la toalla, Asun?
-Panvolverme, que he perdío la braga del bikini.
Y allá que fue Paco, todo solícito, con su toalla, para tapar las vergüenzas a su Asun, que salió del agua intentando mantener la dignidad entre las risotadas generales que se oían desde todas las toallas. Luego resultó que no se había llevado bikini de repuesto así que, después de las airadas protestas de Paco, gracias a las cuales nos enteramos de lo que habían tardado en ponerse en marcha, el tiempo que habían pasado buscando aparcamiento, y lo que costaba montar la carpa para el sol, desmontaron el campamento y se fueron.
Al rato vino Bruno corriendo buscando “un palo o algo parecido, que necesitamos algo para atar la bandera”. Se llevó una pala y dos minutos después oigo las carcajadas de Madagascar que se retorcía de risa en la toalla. Miré. Bruno y su amigo habían hecho un fuerte de arena. Y en la torre más alta, ondeaba orgullosa una bandera: la braga del bikini de la Asun.
Yo soy de bajarme un libro pero reconozco que hay veces que tardo semanas en leerlos porque bajo a la playa, abro el libro y, antes de que haya conseguido siquiera enfocar las letritas, mis oídos han captado algo que secuestra mi atención hasta el punto de pasarme la mañana, o la tarde, entera con la misma página abierta. A JB también le gusta practicar el “escuching” pero como tiene serias dificultades auditivas pues lo hace menos. Y las niñas... el año pasado el pavo de Kenya decidió que ya había pasado el tiempo de ir a la playa con la familia y no vino con nosotros ni un solo día. Este año, como sigue siendo el pavo el que toma las decisiones, tampoco vendrá con nosotros. Madagascar, que de momento tiene el pavo todavía en fase de incubación (para compensar tiene la mayor cantidad de pajaritos en la cabeza del mundo mundial) ha protestado débilmente pero baja a la playa con nosotros aunque se pasa todo el tiempo sentada en la toalla, leyendo. Eso sí, a la sombra; ella defiende su pertenencia a la raza más puramente blanca. Hasta ahora, como decía, ha protestado débilmente pero creo que desde el otro día la tenemos ganada para la causa. Al menos sería de esperar después de haberla visto llorar de risa, que se le llenaron las gafillas de lágrimas y todo.
La mañana había ido como la seda. Habíamos planeado bajar a la playa con Rosemarie y Cristo pero al final se rajaron y fuimos la familia Telerín (o la familia Monster, depende de cómo se nos mire) solitos. Menos mal, porque Madagascar había dicho que si venía Cristo ella se quedaba en casa, que ya había visto su bañador y que no pensaba permitir que nadie la asociara a él de ninguna manera. En su descargo diré que Cristo no baja a la playa con el calcetín peneano. No. Cristo vio “Borat” y se hizo con un tanga de ganchillo tal que igualito que el que sale en la peli. Demasiado para Madagascar (y para cualquiera, todo hay que decirlo, que yo el primer día contuve la risa a duras penas). Nada más llegar Bruno se nos escurrió (literalmente porque JB le embadurnó de crema solar hasta los pelos) para jugar con un amigo del cole que estaba unas toallas más allá, y Madagascar plantó su toalla bajo una sombrilla para leer. Cuando volvíamos de un remojón, la veo sentada y con la vista como perdida. Resultó que no tenía la vista perdida sino fija, así como los hipnotizados, en una pareja cercana. Miré, claro. Después de instalar un campamento como para albergar a siete personas, la mujer, rubia porque ella lo vale, se había quitado un pareo anaranjado que llevaba y se disponía a darse crema. Que se la dio aunque le resultó difícil porque se dejó puesto todo el joyerío que llevaba. Y llevaba unos pocos jorjorrios colgados, todos muy dorados, mucho, todos con pinta de pesar horrores. Lo mejor es que después de darse la crema se quita el sujetador del bikini y se tumba a tomar el sol. Claro, media hora después, cuando la vimos incorporarse (para mí que se había quedado dormida y todo) tenía las tetas como dos salmonetes (arrugados), así que volvió a untarse crema, esta vez por todo el cuerpo, y se metió en el agua. Y no le habríamos echado más cuenta si no fuera porque minutos después se puso a dar voces (“Paaaaaacoooooo... paaaaaacooooo...”) al propio hasta que captó su atención. De paso captó la atención de media playa con lo que el espectáculo, que fijo que ella habría preferido que hubiera sido discreto, fue público y notorio.
-¿Queeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeé?
-Que vengas con una toalla a ayudarme a saliiiiiiiiiiiiiiiiiiiir.
-Ojú, qué pesá! ¿Y pa qué quieres la toalla, Asun?
-Panvolverme, que he perdío la braga del bikini.
Y allá que fue Paco, todo solícito, con su toalla, para tapar las vergüenzas a su Asun, que salió del agua intentando mantener la dignidad entre las risotadas generales que se oían desde todas las toallas. Luego resultó que no se había llevado bikini de repuesto así que, después de las airadas protestas de Paco, gracias a las cuales nos enteramos de lo que habían tardado en ponerse en marcha, el tiempo que habían pasado buscando aparcamiento, y lo que costaba montar la carpa para el sol, desmontaron el campamento y se fueron.
Al rato vino Bruno corriendo buscando “un palo o algo parecido, que necesitamos algo para atar la bandera”. Se llevó una pala y dos minutos después oigo las carcajadas de Madagascar que se retorcía de risa en la toalla. Miré. Bruno y su amigo habían hecho un fuerte de arena. Y en la torre más alta, ondeaba orgullosa una bandera: la braga del bikini de la Asun.
lunes, 16 de junio de 2008
Ciencias naturales
Cuando yo hacía EGB (sí, yo pillé la EGB: me enseñaron matemáticas con conjuntos, que así ando yo en matemáticas que no sé sumar sin los dedos, y me inflé a hacer fichas) estaba convencida de que mi colegio era como de segunda. La verdad es que era un colegio estupendo, tenía varios campos de deporte al aire libre, dos patios de recreo, un patio cubierto (la “polipista” la llamábamos porque cuando hacía malo era donde hacíamos educación física, y lo mismo servía para un roto que para un descosido, siempre y cuando ese roto tuviera relación con los deportes), un gimnasio, un salón de actos con un teatro en condiciones, un comedor, etc. Aun así yo tenía la sensación de que no era más que una imitación de lo que tenía que ser un colegio. Para que fuera un colegio de verdad teníamos que tener una banda de música y no un grupo de joteros como teníamos, animadoras que hicieran la majorette en los partidos en lugar de padres y madres que perdían la voz gritando a pulmón lleno, y laboratorios de verdad en los que los profesores nos enseñaran a diseccionar ranas.
Como ya se habrán imaginado, la culpa de todo la tenía la televisión. En las películas de la tele los niños siempre andaban rajando ranas en clase. A mí eso de mirarles las tripas a las ranas no me parecía nada apetecible pero como lo hacían en todos los colegios americanos pensaba que debía ser una condición sine qua non para que un colegio fuera de verdad. Y tuve esa espinita clavada hasta que un verano cogimos un sapo en el pueblo y lo abrimos por la mitad. Fue un asco horrible. Primero había que matar el sapo, claro, porque intentamos rajarle en vivo y el jodío se puso a patalear como un descosido y no se dejó. Así que nada, a matarlo. Y no estaba por la labor. Sobrevivió al intento de ahogamiento en el río (a Quique se le pusieron las manos azules de tenerlas en el agua helada aguantando al sapo) al envenenamiento con alcohol (no se puso ni borracho ni nada, que lo escupía todo), y al estrangulamiento con un cordelito. Al final Julio optó por tirarlo contra una piedra con lo que nos ahorramos tener que rajar al bicho porque se espanzurró enterito y las tripas saltaron por todos lados. De aquélla se me quitaron las ganas de experimentar en el laboratorio, porque no le ví gracia ninguna y además se me mancharon las zapatillas de sangre y tardó muchísimo en quitarse.
Después llegó el BUP y resultó que en tercero sí que se diseccionaban animales. A mí, que ví “Alien” sin inmutarme, no me habría impresionado mucho, la verdad, pero recuerdo que los días que tocaba destripamiento los de ciencias llegaban a las clases comunes con las caritas de un bonito color verde tirando a turquesa. También nos contaron que en el aula de biología había bichos muertos (algunos enteros y otros destrozados perdidos) metidos en frascos de alcohol, y otras porquerías similares que nadie vio nunca del todo (los de letras porque teníamos prohibidas las aulas de ciencias, y los de ciencias porque entrecerraban los ojos los muy pasmados) y pasaron a formar parte de la leyenda urbana del aula de biología.
A mí se me había olvidado esta leyenda urbana escolar hasta que hace dos días Madagascar me la recordó de forma un poco traumática por el procedimiento de enseñarnos un frasco de Nescafé que llevaba en la mochila del instituto.
- ¿Eso qué es????
- ¡Un cerebro! ¡Te has traído un cerebro!
Al oír la exclamación de Kenya no pude menos que acercarme a mirar. Efectivamente, dentro del frasco de Nescafé había un cerebro de tamaño considerable (hombre, considerable teniendo en cuenta que cabía dentro del frasco) nadando en alcohol. Kenya ponía caras de asco mientras Bruno lo contemplaba hipnotizado.
- ¿De quién es eso?
- De Melani.
- Joé, pues para lo tonta que es tiene un cerebro enorme.
- Ya decía yo que Melani es una descerebrada. Ahora me lo explico; se lo debe dejar todos los días en casa.
Kenya y yo nos habíamos lanzado al precipicio de las bromas fáciles y Madagascar sonreía malévolamente con intención de unírsenos pero tuvimos que dejarlo para otro momento porque Bruno no entendía nada.
- ¿Melani lleva el cerebro en un frasco? ¿Y te lo ha prestado? ¿El cerebro se puede quitar?
- No, enano, es un cerebro de cerdo que se ha traido Melani a clase de biología porque estamos estudiando los mamíferos. Como la semana pasada cuando estudiamos las plantas Lidia se trajo manzanas y nueces y las estuvimos viendo, y las repartimos y nos las comimos y todo, pues Melani se ha traído esto.
- Ya. ¿Y Charo qué ha dicho?
Charo es la profesora de biología.
- Puesssss... primero ha abierto mucho los ojos y la boca pero no ha dicho nada. Luego ha dicho que muy interesante y que se iba a quedar en el aula de biología, y ha amenazado con hacer rular el cerebro por las mesas si hablábamos. También le ha dicho a Víctor que no hace falta que traiga mañana un gato muerto. Es que se había ofrecido.
- ¡Ya! Y esta porquería ha terminado en casa porque...
- ¡Le he pedido permiso a Charo para traérmelo para que lo viérais! Pero tengo que devolverlo mañana.
- Debe estar blandito. ¿Podemos abrirlo y sacarl..?
No dejé ni que Bruno terminara la frase. Vamos, hombre, sólo de pensar que aquello se pudiera esparramar por el suelo y me tocara luego recogerlo a mí me entró un asco tremendo. Eso sí, por asociación de ideas me acordé de que tenía una latita de foie gras que había que comerla esta semana o caducaba.
Ayer Madagascar volvió del instituto un tanto desinflada.
- Es que hemos dejado los mamíferos y estamos con los invertebrados. Y Charo nos ha dicho que si preferíamos dar clase o ver una película. Y claro, nosotros hemos dicho que película, película, y resulta que era una película sobre la vida de las babosas. Una hora entera con un primer plano de una babosa contándonos lo que hace una babosa durante el día y resulta que las babosas ¿qué hacen? ¿eh? Pues no hacen NADA DE NADA. Yo creo que ha sido una venganza por lo del cerebro de ayer.
De pronto se le iluminó la carita con una sonrisita malvada.
- Menos mal que mañana va a ser divertido porque Víctor nos ha dicho que se va a pasar la tarde recogiendo gusanos y lombrices para llevarle a Charo un par de frascos llenos. Va a ser genial.
Como ya se habrán imaginado, la culpa de todo la tenía la televisión. En las películas de la tele los niños siempre andaban rajando ranas en clase. A mí eso de mirarles las tripas a las ranas no me parecía nada apetecible pero como lo hacían en todos los colegios americanos pensaba que debía ser una condición sine qua non para que un colegio fuera de verdad. Y tuve esa espinita clavada hasta que un verano cogimos un sapo en el pueblo y lo abrimos por la mitad. Fue un asco horrible. Primero había que matar el sapo, claro, porque intentamos rajarle en vivo y el jodío se puso a patalear como un descosido y no se dejó. Así que nada, a matarlo. Y no estaba por la labor. Sobrevivió al intento de ahogamiento en el río (a Quique se le pusieron las manos azules de tenerlas en el agua helada aguantando al sapo) al envenenamiento con alcohol (no se puso ni borracho ni nada, que lo escupía todo), y al estrangulamiento con un cordelito. Al final Julio optó por tirarlo contra una piedra con lo que nos ahorramos tener que rajar al bicho porque se espanzurró enterito y las tripas saltaron por todos lados. De aquélla se me quitaron las ganas de experimentar en el laboratorio, porque no le ví gracia ninguna y además se me mancharon las zapatillas de sangre y tardó muchísimo en quitarse.
Después llegó el BUP y resultó que en tercero sí que se diseccionaban animales. A mí, que ví “Alien” sin inmutarme, no me habría impresionado mucho, la verdad, pero recuerdo que los días que tocaba destripamiento los de ciencias llegaban a las clases comunes con las caritas de un bonito color verde tirando a turquesa. También nos contaron que en el aula de biología había bichos muertos (algunos enteros y otros destrozados perdidos) metidos en frascos de alcohol, y otras porquerías similares que nadie vio nunca del todo (los de letras porque teníamos prohibidas las aulas de ciencias, y los de ciencias porque entrecerraban los ojos los muy pasmados) y pasaron a formar parte de la leyenda urbana del aula de biología.
A mí se me había olvidado esta leyenda urbana escolar hasta que hace dos días Madagascar me la recordó de forma un poco traumática por el procedimiento de enseñarnos un frasco de Nescafé que llevaba en la mochila del instituto.
- ¿Eso qué es????
- ¡Un cerebro! ¡Te has traído un cerebro!
Al oír la exclamación de Kenya no pude menos que acercarme a mirar. Efectivamente, dentro del frasco de Nescafé había un cerebro de tamaño considerable (hombre, considerable teniendo en cuenta que cabía dentro del frasco) nadando en alcohol. Kenya ponía caras de asco mientras Bruno lo contemplaba hipnotizado.
- ¿De quién es eso?
- De Melani.
- Joé, pues para lo tonta que es tiene un cerebro enorme.
- Ya decía yo que Melani es una descerebrada. Ahora me lo explico; se lo debe dejar todos los días en casa.
Kenya y yo nos habíamos lanzado al precipicio de las bromas fáciles y Madagascar sonreía malévolamente con intención de unírsenos pero tuvimos que dejarlo para otro momento porque Bruno no entendía nada.
- ¿Melani lleva el cerebro en un frasco? ¿Y te lo ha prestado? ¿El cerebro se puede quitar?
- No, enano, es un cerebro de cerdo que se ha traido Melani a clase de biología porque estamos estudiando los mamíferos. Como la semana pasada cuando estudiamos las plantas Lidia se trajo manzanas y nueces y las estuvimos viendo, y las repartimos y nos las comimos y todo, pues Melani se ha traído esto.
- Ya. ¿Y Charo qué ha dicho?
Charo es la profesora de biología.
- Puesssss... primero ha abierto mucho los ojos y la boca pero no ha dicho nada. Luego ha dicho que muy interesante y que se iba a quedar en el aula de biología, y ha amenazado con hacer rular el cerebro por las mesas si hablábamos. También le ha dicho a Víctor que no hace falta que traiga mañana un gato muerto. Es que se había ofrecido.
- ¡Ya! Y esta porquería ha terminado en casa porque...
- ¡Le he pedido permiso a Charo para traérmelo para que lo viérais! Pero tengo que devolverlo mañana.
- Debe estar blandito. ¿Podemos abrirlo y sacarl..?
No dejé ni que Bruno terminara la frase. Vamos, hombre, sólo de pensar que aquello se pudiera esparramar por el suelo y me tocara luego recogerlo a mí me entró un asco tremendo. Eso sí, por asociación de ideas me acordé de que tenía una latita de foie gras que había que comerla esta semana o caducaba.
Ayer Madagascar volvió del instituto un tanto desinflada.
- Es que hemos dejado los mamíferos y estamos con los invertebrados. Y Charo nos ha dicho que si preferíamos dar clase o ver una película. Y claro, nosotros hemos dicho que película, película, y resulta que era una película sobre la vida de las babosas. Una hora entera con un primer plano de una babosa contándonos lo que hace una babosa durante el día y resulta que las babosas ¿qué hacen? ¿eh? Pues no hacen NADA DE NADA. Yo creo que ha sido una venganza por lo del cerebro de ayer.
De pronto se le iluminó la carita con una sonrisita malvada.
- Menos mal que mañana va a ser divertido porque Víctor nos ha dicho que se va a pasar la tarde recogiendo gusanos y lombrices para llevarle a Charo un par de frascos llenos. Va a ser genial.
martes, 3 de junio de 2008
Divinidad y escatología
A JB le gustan las películas de romanos. Y las del Oeste (conboys los llama él), las de guerra, y las de aventuras. Bueno, también le gusta Woody Allen y cosas así, eh, no se crean. No le gustan las películas de miedo, las gore, las del ciencia ficción, ni los musicales. Yo, menos películas de Paco Martínez Soria y de Joselito, veo de todo aunque reconozco que muchas veces dejo a JB solo ante la pantalla porque me aburro. Eso pasó hace ya años una tarde en la que pusieron Quo Vadis: que me aburrí como una seta y me fui al jardín a leer y dejé a JB solo en el sofá. Al ratito pasó por allí Kenya, que tenía poco más de tres años, y se quedó hipnotizada mirando la pantalla.
- ¿Por qué los leones se comen a esas personas?
- Porque son cristianos.
Sin mirarla siquiera JB respondió con toda la rotundidad de la que fue capaz, con el tono condescendiente de quien está explicando algo totalmente obvio. Kenya asimiló rápidamente la respuesta.
- Yo no seré cristiana, ¿no?
- Sí, claro.
JB estaba de espaldas a la niña y no podía ver la carita de horror que se le estaba poniendo.
- Pero si yo soy malagueña.
- Ya, pero eres cristiana porque estás bautizada. ¿Ya no te acuerdas de tu bautizo, o qué?
Kenya torció el morrito. Hacía poquísimos meses que la habían bautizado y se lo había pasado tan bien en la fiesta que había preguntado si se podía bautizar varias veces. Ahora empezaba a arrepentirse de todo eso. Cuando yo entré había empezado ya a preguntar si nosotros también estábamos bautizados para asegurarse de que en caso de merendola leonina no les tocara sufrir solamente a ella y a su hermana. Mientras en la pantalla los leones se ponían las botas zampándose a cuanto incauto se les ponía por delante, JB explicó brevemente a Kenya los requisitos necesarios para ser cristiano. Aquella noche la niña nos comunicó que ella no pensaba hacer la comunión en su vida, y le dijimos que vale.
Unos años más tarde, cuando llegó la edad de hacer la comunión Kenya se negó en redondo. Curiosamente ella, que era la única niña que hasta entonces había ido a clase de religión, fue la única que no la hizo y se pasó meses explicando a la gente por qué no comulgaba. La explicación de “para que no me coman los leones” que Kenya soltaba con toda solemnidad no daba lugar a más preguntas aunque supongo que nadie entendió nada.
En esa ocasión tomamos nota de que hay que tener mucho cuidadito con lo que se les dice a los niños sobre Dios, la religión y esas cosas, y hasta hace poco hemos podido controlarlo, pero hace unas semanas nos topamos con Marika. Marika es la nueva limpiadora de mi suegra. Es búlgara y todavía no sabe hablar correctamente español pero a cada frase pero te recita la Biblia sin equivocarse.
- Ay, Dios mío, qué vieja estoy, cómo me duelen las piernas.
- Bienaventurados los que sufren dice Jesús: Mateo 5, 3-9.
- Ay, qué poco me gustan estas medicinas.
- Nuestro Señor bebió hiel y vinagre por nosotros. Mateo 27, 32-34.
Y así todo. Claro, entre que mi suegra es sorda como una tapia y que la otra no sólo no le da bolilla con sus achaques sino que encima le lanza versículos cada dos por tres, las conversaciones entre ambas son un poco de risa. El sábado me mira y me dice:
- Tú tienes ojo de Dios dentrrrro.
- Mira qué bien, hombre, estará encantado mirándome el bazo o el páncreas.
- Tú no brrrrrromeas con Dios, Gin.
- Pues claro que bromeo, Marika, caramba, claro que bromeo.
Bruno nos miraba hipnotizado. Al rato abordó a Marika.
- Marika, ¿yo también tengo dentro un ojo?
- Sí, prrrríncipe, tú tienes también ojo de Dios dentrrrrro.
- ¿Dentro de mí???
- Dentrrrrrrro, sí, ojo de Dios todo ve.
Bruno levantó una cejita y miró a Marika con franca hostilidad. La búlgara practicó la ignoración con estilo olímpico y siguió desgranándole las múltiples cualidades visionarias del ojo de Dios tanto fuera como dentro de las entrañas trufando la información con pildorazos versiculares recitados con su peculiar acento. El niño aguantó dos versículos y al tercero simplemente se dio la vuelta sin decir nada (que es lo que suele hacer en estos casos) y se fue a jugar tan fresco.
Y no nos habríamos vuelto a acordar de aquello si no hubiera sido porque el fin de semana fuimos a la comunión del hijo de un amigo. Durante la ceremonia (larguiiiiiiiiiiiiisima) Bruno se estuvo informando de qué iba la cosa.
- ¿Qué se comen?
- El cuerpo de Cristo.
JB, cuando quiere, es escueto a más no poder.
- ¿Y quién es Cristo?
- Dios. Cristo es Dios.
Al salir de la iglesia nos acercamos a darle su regalo al niño para poder huir de allí cuanto antes y que no nos pillara la tanda de fotografías. Mientras el chaval, que iba disfrazado de capitán general de los ejércitos imperiales, abría los paquetitos nosotros charlábamos con el orgulloso padre. Algunos amiguitos, también comulgantes, se acercaron a cotillear los regalos. El capitán general los enseñó orgulloso y miró a Bruno con desdén.
- Mira, enano, mira qué chulada.
- ¿Por qué te regalan cosas?
- Por hacer la comunión.
- ¿Qué es hacer la comunión?
- Recibir a Dios.
Bruno no se dejó atropellar.
- ¡Ah! A mi no me hace falta hacer la comunión ésa. Yo tengo ya el ojo de Dios dentro, me lo ha dicho Marika.
Una niña, vestida de mininovia con escote palabra de honor y todo, miró a Bruno con curiosidad.
- Pero solamente el ojo de Dios no sirve. Nosotros nos hemos comido a Dios entero.
Bruno entrecerró los ojitos y meditó un momento.
- Es que solamente tengo el ojo de Dios porque soy chico; cuando crezca y tenga sitio se me meterá Dios entero.
Una amiga de la mininovia, vestida estilo Sissi emperatriz, se rió a carcajadas. Bruno no se inmutó.
- Además lo mío es mejor porque como yo no me he comido a Dios no se me va a salir nunca. Vosotros lo echaréis luego cuando hagáis caca. Y cagar un dios debe doler.
Bruno les enseñó su sonrisa más luminosa, se dio la vuelta y se fue. El capitán general de los ejércitos imperiales, la mininovia, y Sissi emperatriz se quedaron sin habla. Bueno, sin habla un nanosegundo porque después la mininovia se fue corriendo a buscar a sus padres llorando desconsolada. Nosotros la ignoramos olímpicamente (que para eso no era nuestra ni de ningún allegado), montamos en el coche, y escapamos de allí a toda velocidad, que ese tipo de fiestas no nos gustan ni medio pelo.
Unos días después me llamó el padre del capitán general del ejército imperial un tanto mosqueado con Bruno. Al parecer varios de los comulgantes (entre ellos el capitán general) habían estado malos con un curioso estreñimiento voluntario (“que se negaban a cagar” dijo textualmente mi amigo) que les había ocasionado fuertes dolores de barriga. Y echaban la culpa a Bruno, claro.
- ¿Por qué los leones se comen a esas personas?
- Porque son cristianos.
Sin mirarla siquiera JB respondió con toda la rotundidad de la que fue capaz, con el tono condescendiente de quien está explicando algo totalmente obvio. Kenya asimiló rápidamente la respuesta.
- Yo no seré cristiana, ¿no?
- Sí, claro.
JB estaba de espaldas a la niña y no podía ver la carita de horror que se le estaba poniendo.
- Pero si yo soy malagueña.
- Ya, pero eres cristiana porque estás bautizada. ¿Ya no te acuerdas de tu bautizo, o qué?
Kenya torció el morrito. Hacía poquísimos meses que la habían bautizado y se lo había pasado tan bien en la fiesta que había preguntado si se podía bautizar varias veces. Ahora empezaba a arrepentirse de todo eso. Cuando yo entré había empezado ya a preguntar si nosotros también estábamos bautizados para asegurarse de que en caso de merendola leonina no les tocara sufrir solamente a ella y a su hermana. Mientras en la pantalla los leones se ponían las botas zampándose a cuanto incauto se les ponía por delante, JB explicó brevemente a Kenya los requisitos necesarios para ser cristiano. Aquella noche la niña nos comunicó que ella no pensaba hacer la comunión en su vida, y le dijimos que vale.
Unos años más tarde, cuando llegó la edad de hacer la comunión Kenya se negó en redondo. Curiosamente ella, que era la única niña que hasta entonces había ido a clase de religión, fue la única que no la hizo y se pasó meses explicando a la gente por qué no comulgaba. La explicación de “para que no me coman los leones” que Kenya soltaba con toda solemnidad no daba lugar a más preguntas aunque supongo que nadie entendió nada.
En esa ocasión tomamos nota de que hay que tener mucho cuidadito con lo que se les dice a los niños sobre Dios, la religión y esas cosas, y hasta hace poco hemos podido controlarlo, pero hace unas semanas nos topamos con Marika. Marika es la nueva limpiadora de mi suegra. Es búlgara y todavía no sabe hablar correctamente español pero a cada frase pero te recita la Biblia sin equivocarse.
- Ay, Dios mío, qué vieja estoy, cómo me duelen las piernas.
- Bienaventurados los que sufren dice Jesús: Mateo 5, 3-9.
- Ay, qué poco me gustan estas medicinas.
- Nuestro Señor bebió hiel y vinagre por nosotros. Mateo 27, 32-34.
Y así todo. Claro, entre que mi suegra es sorda como una tapia y que la otra no sólo no le da bolilla con sus achaques sino que encima le lanza versículos cada dos por tres, las conversaciones entre ambas son un poco de risa. El sábado me mira y me dice:
- Tú tienes ojo de Dios dentrrrro.
- Mira qué bien, hombre, estará encantado mirándome el bazo o el páncreas.
- Tú no brrrrrromeas con Dios, Gin.
- Pues claro que bromeo, Marika, caramba, claro que bromeo.
Bruno nos miraba hipnotizado. Al rato abordó a Marika.
- Marika, ¿yo también tengo dentro un ojo?
- Sí, prrrríncipe, tú tienes también ojo de Dios dentrrrrro.
- ¿Dentro de mí???
- Dentrrrrrrro, sí, ojo de Dios todo ve.
Bruno levantó una cejita y miró a Marika con franca hostilidad. La búlgara practicó la ignoración con estilo olímpico y siguió desgranándole las múltiples cualidades visionarias del ojo de Dios tanto fuera como dentro de las entrañas trufando la información con pildorazos versiculares recitados con su peculiar acento. El niño aguantó dos versículos y al tercero simplemente se dio la vuelta sin decir nada (que es lo que suele hacer en estos casos) y se fue a jugar tan fresco.
Y no nos habríamos vuelto a acordar de aquello si no hubiera sido porque el fin de semana fuimos a la comunión del hijo de un amigo. Durante la ceremonia (larguiiiiiiiiiiiiisima) Bruno se estuvo informando de qué iba la cosa.
- ¿Qué se comen?
- El cuerpo de Cristo.
JB, cuando quiere, es escueto a más no poder.
- ¿Y quién es Cristo?
- Dios. Cristo es Dios.
Al salir de la iglesia nos acercamos a darle su regalo al niño para poder huir de allí cuanto antes y que no nos pillara la tanda de fotografías. Mientras el chaval, que iba disfrazado de capitán general de los ejércitos imperiales, abría los paquetitos nosotros charlábamos con el orgulloso padre. Algunos amiguitos, también comulgantes, se acercaron a cotillear los regalos. El capitán general los enseñó orgulloso y miró a Bruno con desdén.
- Mira, enano, mira qué chulada.
- ¿Por qué te regalan cosas?
- Por hacer la comunión.
- ¿Qué es hacer la comunión?
- Recibir a Dios.
Bruno no se dejó atropellar.
- ¡Ah! A mi no me hace falta hacer la comunión ésa. Yo tengo ya el ojo de Dios dentro, me lo ha dicho Marika.
Una niña, vestida de mininovia con escote palabra de honor y todo, miró a Bruno con curiosidad.
- Pero solamente el ojo de Dios no sirve. Nosotros nos hemos comido a Dios entero.
Bruno entrecerró los ojitos y meditó un momento.
- Es que solamente tengo el ojo de Dios porque soy chico; cuando crezca y tenga sitio se me meterá Dios entero.
Una amiga de la mininovia, vestida estilo Sissi emperatriz, se rió a carcajadas. Bruno no se inmutó.
- Además lo mío es mejor porque como yo no me he comido a Dios no se me va a salir nunca. Vosotros lo echaréis luego cuando hagáis caca. Y cagar un dios debe doler.
Bruno les enseñó su sonrisa más luminosa, se dio la vuelta y se fue. El capitán general de los ejércitos imperiales, la mininovia, y Sissi emperatriz se quedaron sin habla. Bueno, sin habla un nanosegundo porque después la mininovia se fue corriendo a buscar a sus padres llorando desconsolada. Nosotros la ignoramos olímpicamente (que para eso no era nuestra ni de ningún allegado), montamos en el coche, y escapamos de allí a toda velocidad, que ese tipo de fiestas no nos gustan ni medio pelo.
Unos días después me llamó el padre del capitán general del ejército imperial un tanto mosqueado con Bruno. Al parecer varios de los comulgantes (entre ellos el capitán general) habían estado malos con un curioso estreñimiento voluntario (“que se negaban a cagar” dijo textualmente mi amigo) que les había ocasionado fuertes dolores de barriga. Y echaban la culpa a Bruno, claro.
martes, 27 de mayo de 2008
Nefta
Llegamos a Nefta a media mañana. De lejos, a la luz del sol, la ciudad me resulta cegadora de puro deslumbrante. Por contraste, el palmeral parece oscuro, incluso umbrío, da sensación de frescor. Atravesamos las calles y llegamos al hotel. Parece vacío. Preguntamos al recepcionista y nos dice que tienen una ocupación del ochenta por ciento y que todos los turistas son europeos. Atravesamos las salas del hotel sin cruzarnos casi con nadie. Salah ha concertado una cita para ver varias villas de la ciudad así que tenemos el tiempo justo para dejar las cosas y volver a salir. Cuando volvemos está anocheciendo. Durante la cena la luz parpadea un par de veces. El maitre nos explica que es por las tormentas eléctricas y le quita importancia. Después de cenar voy a la piscina. Allí hay otras dos personas. El agua está fresca. Se vuelve a ir la luz en el hotel. Desde la piscina vemos a lo lejos los relámpagos de la tormenta.
domingo, 18 de mayo de 2008
Kasserine
Tengo sed. Intento beber pero cuando me llevo la botella a la boca el coche pilla un bache y el agua se me derrama por la barbilla y el escote. El conductor, Miguel, me ve por el retrovisor, se ríe y se me pide disculpas. Miguel no se llama Miguel, tiene un nombre impronunciable para mí pero es exactamente igual que el Miguel Bosé que cantaba “Linda”, y todas las turistas españolas se lo dicen de modo que cuando se presentó lo hizo directamente así: “Miguel, como Bosé”. Miguel disfruta con su trabajo. Le gustan los turistas, dice que los turistas no se plantean complicaciones; cuando vienen son felices porque están de vacaciones y nunca hablan de problemas ni se lamentan porque no ganan suficiente para mantener a su familia o porque no puedan casar a una hija. Además, Miguel dice no ser hombre de permanecer mucho tiempo en el mismo sitio; prefiere moverse aunque nunca demasiado lejos, quiere tener todo bajo control pero que nadie ni nada le controle a él. Le gusta recorrer el país entero aunque prefiere el sur. Me ha prometido que cuando vayamos al sur me llevará a Djenein, conocer a su familia.
Durante varios días hemos recorrido las pistas de montaña de Al Qasrayn sin encontrar casi turistas; únicamente en el paso de Kasserine hemos coincidido con un grupo de ingleses. La mayoría son jubilados. Pertenecen a una especie de club o sociedad que estudia la segunda guerra mundial y han decidido hacer un tour para conocer los escenarios africanos de la contienda. Están siguiendo los pasos de los americanos que desembarcaron en Marruecos. Miran y fotografían el escenario de la derrota intentando imaginar el desastre. Se recuerdan cosas mutuamente, cuando uno duda siempre hay varios dispuestos a recordar por él. Me cuentan que mañana viajarán a Tatauin y que el viaje finalizará en Djerba, donde piensan descansar unos días antes de volver a Inglaterra.
Dejamos a los ingleses recordando la historia y salimos rumbo a Tozeur pasando por Gafsa. Aunque la idea de volver al desierto me estimula no tengo ninguna prisa por llegar; no quiero perderme ni un minuto de estas pistas de montaña, áridas, abruptas, a veces invisibles, siempre a punto de borrarse y sin embargo tan permanentes, tan atemporales que parece que están aquí desde antes de que existiera el país. Salah, el guía, me explica que Gafsa es una ciudad bonita pero poco visitada por el turismo. Dependiendo del día a Salah esto de parece bien o fatal. Respecto al turismo tiene el corazón partido. Por un lado le parece que el desarrollo turístico va a convertir el país en un parque temático anulando la riqueza de su cultura y no quiere convertirse en títere de los europeos; por otro sabe que es una buena salida económica para el país y además se siente orgulloso de mostrarlo a los visitantes. Las contradicciones de Salah aumentan en su vida personal: no quiere vivir fuera fura de Túnez pero en Barcelona tiene una novia embarazada de seis meses. A veces Salah está poseído de amor patrio y rechaza cualquier cosa que venga de Europa. Otras veces se deja arrastrar por el desánimo y no ve otra salida a la falta de desarrollo del país que no sea la europeización. Pero sea cual sea su estado de ánimo Salah está siempre encantado de hablar de la cultura del país. Y lo hace con orgullo.
Cuando Salah ve mis dificultades para beber en marcha sonríe y me dice que a medida que vayamos bajando las carreteras serán diferentes, pero no especifica si eso quiere decir que serán mejores o peores. De momento siguen siendo firmes. Estamos bajando por la ladera de una montaña. Salah está hablándome de la época dorada del renacimiento cultural tunecino cuando Miguel detiene el todoterreno. Un arroyo atraviesa la carretera y, en medio, hay una furgoneta atascada. A ambos lados del arroyo esperan varios vehículos. Bajamos y nos acercamos a ayudar. Nos dicen que anteayer hubo tormentas en Argelia y estos son los efectos de la lluvia. Miguel y Salah se meten en el cauce del arroyo para echar una mano a los que intentan sacar la furgoneta. Yo me siento y miro. Un grupo de niños corretea alrededor nuestro; me miran y sonríen, no se acercan a pedir monedas como en otros países. Les ofrezco chicles y se sientan conmigo. Saco la cámara y les fotografío. Me fotografían ellos a mí. Vemos las fotos y nos reímos. Jugamos. Me enseñan una canción Una mujer se acerca. Va dando una naranja a cada niño. También a mi me da una.
Durante varios días hemos recorrido las pistas de montaña de Al Qasrayn sin encontrar casi turistas; únicamente en el paso de Kasserine hemos coincidido con un grupo de ingleses. La mayoría son jubilados. Pertenecen a una especie de club o sociedad que estudia la segunda guerra mundial y han decidido hacer un tour para conocer los escenarios africanos de la contienda. Están siguiendo los pasos de los americanos que desembarcaron en Marruecos. Miran y fotografían el escenario de la derrota intentando imaginar el desastre. Se recuerdan cosas mutuamente, cuando uno duda siempre hay varios dispuestos a recordar por él. Me cuentan que mañana viajarán a Tatauin y que el viaje finalizará en Djerba, donde piensan descansar unos días antes de volver a Inglaterra.
Dejamos a los ingleses recordando la historia y salimos rumbo a Tozeur pasando por Gafsa. Aunque la idea de volver al desierto me estimula no tengo ninguna prisa por llegar; no quiero perderme ni un minuto de estas pistas de montaña, áridas, abruptas, a veces invisibles, siempre a punto de borrarse y sin embargo tan permanentes, tan atemporales que parece que están aquí desde antes de que existiera el país. Salah, el guía, me explica que Gafsa es una ciudad bonita pero poco visitada por el turismo. Dependiendo del día a Salah esto de parece bien o fatal. Respecto al turismo tiene el corazón partido. Por un lado le parece que el desarrollo turístico va a convertir el país en un parque temático anulando la riqueza de su cultura y no quiere convertirse en títere de los europeos; por otro sabe que es una buena salida económica para el país y además se siente orgulloso de mostrarlo a los visitantes. Las contradicciones de Salah aumentan en su vida personal: no quiere vivir fuera fura de Túnez pero en Barcelona tiene una novia embarazada de seis meses. A veces Salah está poseído de amor patrio y rechaza cualquier cosa que venga de Europa. Otras veces se deja arrastrar por el desánimo y no ve otra salida a la falta de desarrollo del país que no sea la europeización. Pero sea cual sea su estado de ánimo Salah está siempre encantado de hablar de la cultura del país. Y lo hace con orgullo.
Cuando Salah ve mis dificultades para beber en marcha sonríe y me dice que a medida que vayamos bajando las carreteras serán diferentes, pero no especifica si eso quiere decir que serán mejores o peores. De momento siguen siendo firmes. Estamos bajando por la ladera de una montaña. Salah está hablándome de la época dorada del renacimiento cultural tunecino cuando Miguel detiene el todoterreno. Un arroyo atraviesa la carretera y, en medio, hay una furgoneta atascada. A ambos lados del arroyo esperan varios vehículos. Bajamos y nos acercamos a ayudar. Nos dicen que anteayer hubo tormentas en Argelia y estos son los efectos de la lluvia. Miguel y Salah se meten en el cauce del arroyo para echar una mano a los que intentan sacar la furgoneta. Yo me siento y miro. Un grupo de niños corretea alrededor nuestro; me miran y sonríen, no se acercan a pedir monedas como en otros países. Les ofrezco chicles y se sientan conmigo. Saco la cámara y les fotografío. Me fotografían ellos a mí. Vemos las fotos y nos reímos. Jugamos. Me enseñan una canción Una mujer se acerca. Va dando una naranja a cada niño. También a mi me da una.
jueves, 15 de mayo de 2008
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