Lo reconozco, debo tener algo parecido al horror vacui, a mí me dan ustedes un espacio vacío y se lo lleno de las cosas más dispares en un pispás. Pero es que no dejo un centímetro vacío, vaya. Puedo tardar un poco en arrancar, eso sí, pero cuando empiezo no puedo parar. Se pueden imaginar que con semejante tara las Navidades son un peligro total, porque yo no me conformo con poner una tira de lucecitas en el árbol. No. Yo si hay que matar, descabello. ¿Luces? Como para adornar un puticlub. Antes no las ponía, de ningún tipo, pero hace unos años, cuando estaba en el exilio sevillano, me entró un frenesí extraño que me impulsó a comprar los adornos luminosos más extravagantes del mundo mundial y, con la inestimable ayuda del LIDL y de IKEA, me hice con unas tiras de luces enormes de todos los colores y con las formas más inimaginables (creo que hay hasta gansos voladores) posibles. La tarde que JB entró en casa después de pasar unas horas haciendo recados y se encontró con semejante despliegue de luces de colorines estuvo a punto de enseñarme una tarjeta amarilla. Se contuvo porque las niñas estaban encantadas. Bueno, por eso y porque le dije muy seria que cómo era capaz de regañarme por unas pocas luces cuando él había montado un Nacimiento de cienes y cienes de figuritas de plástico. Claro, ahí se tuvo que callar, porque es cierto que cuando nació Kenya él se dedicó a comprar figuritas de plástico, y casitas, y palmeras de plástico, y animales, y montañas, y a ocupar medio comedor recreando lo que Siberia llama “la campiña palestina” con un índice de verosimilitud de cero pelotero. Yo le dejo aunque a mí esas figuritas me parecen horribles y monto por mi cuenta otros dos nacimientos más: uno de muñequitos de estilo naif (al que la gata tiene especial inquina y se empeña en comerse todos los personajes que caen en sus garritas, especialmente San José, figura peligrosa donde las haya), y otro artesanal y preciosísimo del todo que todos tienen prohibido tocar porque como se rompa lío una pajarraca que pa qué.
El otro día, después de que JB hubiera terminado de desparramar las casi dos centurias de romanos que viven en el nacimiento, me di cuenta de que había convertido Belén en una sucursal de un geriátrico: el índice medio de edad de todos los muñecos superaba los cuarenta años. Y me dio un mal rollo tremendo, tanto que me pasé un par de días pensando en cómo solucionar semejante problema demográfico. La solución se presentó sola dos días después, una tarde que me dedicaba a recorrer los pasillos del híper con una amiga y me encontré una estantería llena de Sagradas Familias de plástico, de la misma colección que el nacimiento de JB, cada una con su niño Jesús mirándome provocador. Si hubieran estado convenientemente precintadas no se me habría ocurrido pero me di cuenta de que la mitad estaban abiertas y varias figuritas fugitivas se habían caido al suelo en su intento de escapar de los plásticos que las envolvían. Y se me fue la mano, claro. Tres segundos después tenía la mano izquierda llena de niñosjesuses de plástico. “Corre, Jose, vámonos”. “Sí, sí, nos vamos ya, cojo unos cuantos turrones y ya está”. “Vale, pero date prisa”. La Jose debió notar algo. “¿Pero qué pasa, Gin?” Yo me limité a abrir la mano y enseñarle en contenido. “Pero tía, ¿has robado un puñado de niñosjesuses? Estás chiflada, como nos cojan verás qué ridículo”. Sí, sí, ridículo y lo que tú quieras, pero se dio una prisa que te mueres en llenar el cesto de turrones. En la caja nos dio la risa tonta pero ni me pillaron ni nada, y eso que teníamos una pinta de lo más sospechosa. Cuando llegué a casa tenía la mano llena de marcas porque los niñosjesuses me habían clavado los piececitos en la mano con saña, y entregué el alijo de muñecos a las niñas, quienes se apresuraron a customizarles los pañales pintándoselos de colorines con rotuladores permanentes. Qué quieren que les diga, ahora Belén da gloria verlo, lleno de niños chicos por todos lados, con la alegría que dan los niños, sobre todo cuando son mudos como estos de plástico.
Pásenlo bien, ustedes afortunados que no tienen que desplazarse estos días en zodiac, como nos está ocurriendo a los habitantes de esta costa, que estamos ya a punto de mutar. Yo ya he dicho que puesta a mutar me pido membranas interdigitales; Kenya se ha pedido cola de sirena pero yo no lo veo nada práctico, la verdad. Les veo el año que viene.
sábado, 26 de diciembre de 2009
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Ñiki-ñiki
Una vez tuve un novio violinista. En realidad Rodrigo no era violinista sino estudiante de violín, pero a él le gustaba decir que era músico y se lo soltaba a cuantos le preguntaban a qué se dedicaba. “Soy violinista” decía, y se quedaba tan pancho. Era malísimo. Lamentablemente tenía voluntad, mucha, y digo lamentablemente porque dedicaba todo su tiempo libre a estudiar y a ensayar, y como era más malo que una ciática el resultado eran horas y horas de chirridos más parecidos a un gato que estuviera sometido a un lento y doloroso despellejamiento que a algo remotamente parecido a la música. La primera vez que me crucé con la vecina en el descansillo me miró detenidamente y le cambió el color cuando vio que llevaba una bolsa grande colgada del hombro. “¿Tú también te dedicas a la música? ¿Tocas algo?” preguntó asomándole la ansiedad por todas las letras de la frase. “No, señora, yo soy bailarina, solamente toco los palillos. Pero no se preocupe que no pienso zapatear ni hacer ningún tipo de ruido, que yo ya vengo ensayada.” La mujer suspiró aliviada, murmuró algo parecido a “Gracias al cielo” y se refugió en su casa después de ofrecerse un café de cortesía que yo rechacé también con toda la cortesía de la que fui capaz. Y soy capaz de mucha, de veras. Al principio pensé que le había tocado la vecina tonta pero una hora después, con los nervios totalmente de punta, lo que me parecía raro era que los vecinos en pleno no hubieran linchado al “violinista”. Al día siguiente compré unas cuantas cajitas de tapones para los oídos, de esos que son bolitas de cera, y los eché en todos los buzones del portal con una notita que ponía “No saben cuánto lo siento”. Desde ese día cada vez que me cruzaba con un vecino me sonreían con carita de “pobre chavala, qué desgracia, tener que aguantar algo tan terrible, con lo jovencita que es”. A mí me daba un poco igual porque yo llegaba a casa y, si oía el ñiki-ñiki del violín, me plantaba las bolitas de cera en las orejas, y tan fresca. Creo que todos en el edificio llevábamos tapones a excepción de Rodrigo y de Kimba, el perro. A Kimba no le puse tapones para fastidiarle porque era un pequinés con un carácter horrible, pero le importó un pimiento porque era sordo. De que era sordo me enteré a los pocos días, cuando le solté una tarde en el parque y lo perdí. Una hora enterita me tiré llamándole a voces, que volví a casa afónica perdida, y él ni puto caso. Vale, Rodrigo ya me había dicho que no se me ocurriera soltarlo pero podía haberme completado la frase y haber añadido “…porque es sordo y no te va a oír llamarle”. Da igual, que fuera sordo no le hacía ni una pizca más simpático y se habría merecido aguantar las prácticas de violín de Rodrigo, que era inasequible al desaliento y perseveraba en el estudio día tras día. Lo peor era que no era consciente de su escasa pericia y se entusiasmaba cada vez que escuchábamos una pieza al violín. Y las escuchábamos a menudo porque todos los sábados íbamos al Teatro Real. Una noche tocaron “I musici”. Fue mágico. El programa estaba formado íntegramente por obras de Boccherini, y la interpretación de La Musica Notturna Delle Strade Di Madrid fue digna de un síndrome de Stendhal. Entre que yo soy incapaz de llorar viendo una película o leyendo un libro y cosas así pero es escuchar música y soltar el moco del todo, (qué quieren, cada uno sufre su síndrome de Stendhal como le viene en gana) y que la musica notturna siempre me ha parecido una belleza, salí del concierto totalmente transportada, más callada que en misa. Y Rodrigo aprovechó mi silencio para decir que el violín era bueno pero poco vibrante, y que sin duda alguna él era mucho mejor. Yo hasta entonces había mantenido un silencio algo cobarde sobre su virtuosismo o mejor dicho sobre su falta de él, pero esa noche no pude más y las carcajadas las escucharon hasta los operarios de Radio Moscú. Rodrigo no preguntó ni comentó nada, solamente me miró y, haciendo un cambio de tercio digno de un domingo de San Isidro en las Ventas, me preguntó si prefería cenar en un italiano o en un indio.
Durante estos años me he acordado de Rodrigo en varias ocasiones, sobre todo los primeros años de clarinete de Kenya, cuando la mandábamos a practicar a la esquina más remota del jardín y nos llamaban los vecinos indignados pidiendo que por favor tuviéramos piedad y rematáramos a aquel elefante que se debía estar muriendo poco a poco en nuestro jardín. Con Madagascar fue peor porque probó toooooodos los instrumentos que había en la banda, desde el flautín hasta la trompa, pasando por la flauta, el requinto, la trompeta (ay, qué horror la temporada de la trompeta) y un bombardino. La trompa parecía que le gustaba hasta que se lió a trompazos (literalmente) con su hermana, y decidimos que igual era mejor un instrumento menos agresivo. No hubo manera, al poco descubrimos que en manos de Madagascar todos podían convertirse en arma letal. Al final fue la niña la que puso punto final a su carrera musical por el simple procedimiento de abrir la ventanilla del coche una tarde cuando volvía de clase y tirar el libro de solfeo a la carretera, donde murió atropellado por varios camiones. Desde entonces, y dado que Kenya ya es clarinete principal y toca divinamente, he pasado unos años sin acordarme de Rodrigo, pero gracias a la Navidad, llevo varios días acordándome de él a todas horas. Y es que la semana pasada decidimos poner los adornos de Navidad. Bueno, lo decidí yo, y mandé a Madagascar a la buhardilla a que buscara las cajas con las bolas, los pastores, y eso. Y la niña subió a la buhardilla y fue como cuando Ali-Babá entró por primera vez en la cueva de los ladrones: Madagascar se reencontró con los juguetes de cuando eran chicas, y los libros, y mis cosas de érase que se era, y pasó lo que tenía que pasar, que se tiró un rato larguísimo dando grititos de sorpresa, y terminó bajando los adornos de Navidad y las guitarras que yo tenía guardadas. Y ahí está, dándole todo el día a las cuerdecitas sin parar, con la misma voluntad que Rodrigo pero, afortunadamente, mucho más oído y más sentido musical. Yo estoy por alegar trastorno mental transitorio para disculpar los actos delictivos que estoy cometiendo estos días, como robar niñosjesuses del Carrefour (ya se lo contaré). Igual cuela, ¿no?
Durante estos años me he acordado de Rodrigo en varias ocasiones, sobre todo los primeros años de clarinete de Kenya, cuando la mandábamos a practicar a la esquina más remota del jardín y nos llamaban los vecinos indignados pidiendo que por favor tuviéramos piedad y rematáramos a aquel elefante que se debía estar muriendo poco a poco en nuestro jardín. Con Madagascar fue peor porque probó toooooodos los instrumentos que había en la banda, desde el flautín hasta la trompa, pasando por la flauta, el requinto, la trompeta (ay, qué horror la temporada de la trompeta) y un bombardino. La trompa parecía que le gustaba hasta que se lió a trompazos (literalmente) con su hermana, y decidimos que igual era mejor un instrumento menos agresivo. No hubo manera, al poco descubrimos que en manos de Madagascar todos podían convertirse en arma letal. Al final fue la niña la que puso punto final a su carrera musical por el simple procedimiento de abrir la ventanilla del coche una tarde cuando volvía de clase y tirar el libro de solfeo a la carretera, donde murió atropellado por varios camiones. Desde entonces, y dado que Kenya ya es clarinete principal y toca divinamente, he pasado unos años sin acordarme de Rodrigo, pero gracias a la Navidad, llevo varios días acordándome de él a todas horas. Y es que la semana pasada decidimos poner los adornos de Navidad. Bueno, lo decidí yo, y mandé a Madagascar a la buhardilla a que buscara las cajas con las bolas, los pastores, y eso. Y la niña subió a la buhardilla y fue como cuando Ali-Babá entró por primera vez en la cueva de los ladrones: Madagascar se reencontró con los juguetes de cuando eran chicas, y los libros, y mis cosas de érase que se era, y pasó lo que tenía que pasar, que se tiró un rato larguísimo dando grititos de sorpresa, y terminó bajando los adornos de Navidad y las guitarras que yo tenía guardadas. Y ahí está, dándole todo el día a las cuerdecitas sin parar, con la misma voluntad que Rodrigo pero, afortunadamente, mucho más oído y más sentido musical. Yo estoy por alegar trastorno mental transitorio para disculpar los actos delictivos que estoy cometiendo estos días, como robar niñosjesuses del Carrefour (ya se lo contaré). Igual cuela, ¿no?
sábado, 5 de diciembre de 2009
Un amor azul como una naranja
Para Dora la vida empezaba y terminaba los miércoles. El resto de los días sólo esperaba. Los miércoles Dora iba al mercadillo, a comprar donde El titiritero. Le llamaban así porque su hijo Paco entretenía a las clientas haciendo malabarismos con las naranjas. Paco solamente actuaba para Dora; la veía venir y lanzaba al aire las naranjas, una tras otra, hasta siete. Y seguía hasta que a Dora le tocaba pedir. Durante la semana ella comía una naranja cada día recordándole. Un miércoles Paco faltó. El titiritero dijo que le habían llamado a filas. Dora no volvió a comer naranjas.
viernes, 27 de noviembre de 2009
El hombre del autobús
No sé quién es. Ni siquiera sé cómo se llama. Pero sé muchas cosas de él. Sé en qué países ha vivido, cómo son las relaciones con sus padres, cuánto hace que no ve a sus hijos, cómo le gustan las mañanas, que prefiere el frío al calor, que le gusta conocer a todo tipo de gente, que no califica a las personas en general sino individualmente, ni juzga a los países por una parte de sus habitantes. Sé que le gusta hablar y le desagrada que la gente de aquí le mire con una cierta prevención por ser extranjero. Por eso le gusta hablar conmigo, porque tampoco soy de aquí. Sé que se ducha por las mañanas, aunque esto no me lo ha contado, esto lo sé porque es el hombre que mejor huele en el autobús, huele a una mezcla de gel y colonia. También sé de dónde es y esto tampoco me lo ha dicho, pero no hace falta, no hay más que oírle hablar. No sé quién es. Ni siquiera sé cómo se llama. Él tampoco sabe quién soy yo, ni cómo me llamo, pero cada mañana cuando llega a la parada del autobús me saluda, hacemos un par de comentarios sobre el tiempo (para él todas las mañanas son lindas, aunque en realidad sea de noche cerrada y caigan chuzos de punta) y luego me habla de él, de su vida. Y ocurre de una manera natural y finaliza cuando llega el autobús. Nunca nos sentamos juntos, no seguimos hablando durante el trayecto, cuando llegar el autobús nos despedimos deseándonos un buen día (en realidad él me desea “que tenga un día lindo”) y cada uno nos dedicamos a leer nuestros libros. No sé quién es ni cómo se llama, pero el hombre del autobús convierte los momentos vacíos de espera en pequeñas novelas.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Perversiones navideñas
Yo no sé si es que los servicios operativos de la ciudad se aburren o qué, pero cada año ponen antes las luces de Navidad y cada año las quitan más tarde. Y las quitan porque tienen que poner las luces de Carnaval (sí, sí, de Carnaval); y éstas las quitan por la Semana Santa, porque quedaría fatal que procesionaran las imágenes sangrantes y dolientes, que van casi luciendo vísceras, entre farolitos jolgoriosos con forma de máscaras y de notas musicales. Pero en cuanto pasa la Semana Santa y consiguen quitar la cera de las calles (que hay que oír los chirridos cada vez que pasa un coche: ñiiiiiiiiiiii, ñiiiiiiiiiiii, que da la sensación de que el coche derrapa de mala manera, y es que sí, que un poco derrapan de mala manera), hala, ya están otra vez colgando churiburris para la Feria. Y vuelta a empezar el ciclo festivo. A mí al principio, cuando llegué, me hacía gracia ese afán festero hasta que me dí cuenta de que lo hacen porque tampoco tienen mucho más que hacer, y a fuerza de repetir ciclos consiguen que todo sea siempre previsible hasta el aburrimiento. Vale, cada año ponen luces de Navidad distintas a las del año anterior, pero ni aun así. Además me he dado cuenta de que aplican puntualmente la consigna ésa de “recicla, reduce, reutiliza”. Bueno, aplican lo de recicla y reutiliza porque lo de reduce ni de coña, que cada año ponen los churiburris más grandes. Por ejemplo, el año pasado el Ayuntamiento sorprendió a los vecinos del pueblo colocando una especie de cruce entre reno y jirafa en todas las rotondas de la carretera. Eran enormes, ni que los hubieran criado con piensos compuestos, tanto que impedían la visibilidad de los cruces y ahí que íbamos todos los coches, a 30 y con más miedo que vergüenza. Y lo divertido fue después de Nochebuena, una noche que hubo un temporal de viento y un reno jirafesco salió rodando carretera abajo. Menos mal que fue de madrugada porque menudo susto encontrarte semejante bicho revolcándose por la carretera.La cosa es que a mí los renos mutantes aquellos me sonaban mucho pero no conseguía ubicarlos hasta que Kenya me dijo que eran los mismos que había puesto hacía tres años El Corte Inglés. Y ahí se me encendieron todas las luces de golpe, que parecía mi mente Cortilandia en plena exhibición: efectivamente eran los mismos engendrillos de reno. Yo estuve preguntando con quién había que hablar para pedir los renos esos, que me encantaría ponerlos en mi jardín y que se vieran desde la carretera. Anda que no iba a molar ni nada. Pero no hubo manera de enterarme, todo el mundo me ponía cara de asombro infinito, balbuceaba cosas ininteligibles y me mandaba a hablar con otra persona. Y así de oca a oca hasta que al final me fui al LIDL y al IKEA y me inflé a comprar mogollón de luces de colores con forma de corazón, de estrellas… para poner este año la casa como si fuera un restaurante chino.También compré un peluche con forma de comadreja, que por cierto, pensé que los niños suecos debían ser tela de raritos para jugar con comadrejas de peluche, pero a Bruno le encantó, igual me dieron el cambiazo en el hospital y el niño es nórdico. Y voy a empezar a poner las luces ya, como el Ayuntamiento, para que no me pase lo del año pasado, que por puritita pereza lo fui dejando y al final puse los adornos navideños en día 29 de diciembre, y los puse porque buscando un libro encontré una caja con el Nacimiento que me había regalado mi madre hacía unos meses. Vamos, hombre, no lo pongo y me deshereda. Este año no; ya le he dicho a JB que este mismo fin de semana voy a sacar todas las cajas de adornos de la casa para empezar la ambientación navideña. En eso sí voy a seguir las tradiciones de aquí.
No voy a seguir las tradiciones locales en cuanto a los dulces de Navidad, más que nada porque a mí eso de comprar tabletitas de turrón (de todos los sabores, aquí no se cortan un pelo en eso) en un puestecillo callejero en plena feria estival me da tanta mala espina como las manzanas cubiertas de caramelo. El algodón dulce me gusta. Ya, es una guarrada, lo sé, pero cada uno tenemos nuestros vicios. Este año no vamos a tener más remedio que comer mantecados y polvorones a porrillo porque Kenya se va de viaje de fin de estudios a Praga (menos mal, que hace dos años les dieron a elegir a los músicos de la banda municipal entre irse de viaje a Lisboa y a Benalmádena y eligieron Benalmádena, que está a un escupitajo de distancia del pueblo; yo creí que a Kenya le daba un ataque de la rabia que le entró) y están vendiendo dulces de Navidad para sacar dinero. Así que hoy han venido ella y Madagascar (que actuaba de ayudante) cargadas con montones de cajas supertentadoras. Han dejado las cajas y Kenya ha sacado un peluche con forma de pingüino. Muy mono. Monísimo. Bueno, me parecía monísimo hasta que Kenya me ha preguntado si quería un bombón y, ante mi sorpresa, le ha metido al pingüino la mano por el culo y ha sacado unos chocolatines. Madagascar y Bruno encantados, claro. Y yo me he quedado alucinada pensando quién habrá sido el pervertido que ha diseñado un peluche que echa bombones por el culo.
No voy a seguir las tradiciones locales en cuanto a los dulces de Navidad, más que nada porque a mí eso de comprar tabletitas de turrón (de todos los sabores, aquí no se cortan un pelo en eso) en un puestecillo callejero en plena feria estival me da tanta mala espina como las manzanas cubiertas de caramelo. El algodón dulce me gusta. Ya, es una guarrada, lo sé, pero cada uno tenemos nuestros vicios. Este año no vamos a tener más remedio que comer mantecados y polvorones a porrillo porque Kenya se va de viaje de fin de estudios a Praga (menos mal, que hace dos años les dieron a elegir a los músicos de la banda municipal entre irse de viaje a Lisboa y a Benalmádena y eligieron Benalmádena, que está a un escupitajo de distancia del pueblo; yo creí que a Kenya le daba un ataque de la rabia que le entró) y están vendiendo dulces de Navidad para sacar dinero. Así que hoy han venido ella y Madagascar (que actuaba de ayudante) cargadas con montones de cajas supertentadoras. Han dejado las cajas y Kenya ha sacado un peluche con forma de pingüino. Muy mono. Monísimo. Bueno, me parecía monísimo hasta que Kenya me ha preguntado si quería un bombón y, ante mi sorpresa, le ha metido al pingüino la mano por el culo y ha sacado unos chocolatines. Madagascar y Bruno encantados, claro. Y yo me he quedado alucinada pensando quién habrá sido el pervertido que ha diseñado un peluche que echa bombones por el culo.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Más cine, por favor
Una de las cosas que peor llevo de la gente que quiero es la impuntualidad. Los otros me encanta que sean impuntuales porque así puedo despotricar más y mejor de ellos, y además me dan pie a dejar de hablarles o darles plantón; largarme y dejar plantado al que llega tarde me gusta mucho, qué le voy a hacer. Lo llevo fatal cuando lo hacen los amigos, claro, porque a esos no me gusta ni dejarles plantados ni ponerles verde. Se pueden imaginar que yo soy de una puntualidad británica. Es rarísimo que llegue tarde, al contrario, siempre procuro llegar antes de la hora establecida, aunque me dedique a dar vueltas por las cercanías mirando a los que van llegando. Porque eso sí, no me gusta llegar tarde a ningún sitio pero tampoco me gusta llegar la primera. Por mí llegaría siempre la última, cuando ya están todos los convocados, pero claro no puede ser porque si lo hiciera siempre llegaría tarde y no está en mi naturaleza. Ya saben, es como lo del escorpión, que no puedo y como no puedo no hay más que hablar. Los tardones me desesperan. Y los que me desatan la lengua cosa fina son los que llegan tarde al cine. En el teatro como no les dejan entrar una vez que ha empezado la función me da exactamente igual, pero en el cine... cómo detesto a esos que llegan cuando ya están poniendo los trailers y se dedican a ir restregando el culo por las rodillas de toda la fila mientras van espurreando palomitas por doquier y repiten “perdón” en el mismo tono que usan las abuelas con las letanías del rosario.
Bueno, la verdad es que tengo que reconocer que para el cine soy muy maniática y me molestan muchas cosas, no solamente los tardones. Por ejemplo, tampoco soporto a los palomiteros. Nunca he entendido qué es lo que mueve al personal a hincarse esos cubos gigantes de palomitas más saladas que la mar, y a pasarse la película sorbiendo un tanque de coca-cola en el que podría nadar un pato. Sobre todo en la sesión de las cuatro o las cinco de la tarde, cuando la mayoría de la gente de este país estamos en plena digestión. ¿Cómo se puede alguien inflar a palomitas y empapuzar todo eso con coca-cola? Y chuches, que muchos no se conforman con el cubo de maíz y se compran además una bolsa de gominolas, regalices, nubes, o a saber qué porcadas azucareras.
A mí, si estos placeres fueran silenciosos, no me provocarían más allá de la sorpresa de ver a un adulto medianamente maduro meterse eso en el cuerpo. Pero no, se trata de porquerías sonoras que producen contaminación acústica de todo tipo: desde el ruido de las muelas triturando palomitas (no vamos a hablar de los kikos y las patatas, que me cabreo), hasta la gente que se pasa la película rascando el cubo con las uñas cada vez que coge un puñao de palomitas, o los que eligen los caramelos envueltos con el celofán más crujiente del mundo. Claro que para mi gusto los más cochinos son los que sorben la coca-cola haciendo slurrrrrp-rrrrrrrrppp.
Tampoco me gustan los que hablan en el cine. No me importan los comentarios antes de la película, al revés, me resulta divertidísimo escuchar a la gente, pero una vez que empieza no soporto que hable nadie. Y eso que se oyen cosas descojonantes, que todavía recuerdo cuando salió Quevedo en “Alatriste” y los adolescentes que tenía sentados a mi lado dijeron: “anda, mira, Becquer”. Las carcajadas me salieron a chorros, que JB no entendía qué le veía de gracioso a la esa escena. O cuando terminó “El nombre de la rosa” y la chica de la fila de atrás dijo: “aaaaaaah... ya entiendo.... que la chica se debía llamar rosa... por eso han titulado así la película”. Hala, otra tanda de carcajadas. Los que no me hicieron ni pizca de gracia fueron unos japoneses que coincidieron conmigo viendo “El último samurái”. Estábamos solos en el cine ellos dos y yo, y como uno de ellos no hablaba español, el otro le tradujo la película enterita al japonés. Tócate los cojones, manolito, toooooda la película directamente al nipo, en el mismo tono de voz que si estuvieran en su casa y sin cortarse un pelo. Menos mal que habían roto esa regla de comportamiento no escrita que dice que si entras en una sala de cine te tienes que sentar justo al lado de los que hayan llegado antes. Aaaaaah, se siente, aunque tengas toda la sala para ti no puedes elegir acomodarte dejando filas o asientos por medio, te tienes que apegotonar con los que hayan llegado antes que tú. Es algo parecido a lo que hacen las ovejas en el monte, que las dejas sueltas y en vez de desperdigarse van siempre en rebaño. Claro que lo de las ovejas (y las cebras, y los ñúes) lo entiendo, que lo hacen para defenderse de los depredadores pero en una sala de cine me contarán ustedes qué depredadores nos van a atacar.
Aun así, con todas esas manías, me gusta el cine; más que gustarme me encanta, y JB y yo aprovechamos que en el pueblo hay 16 salas para escaparnos entre semana a media tarde, que no suele haber nadie. Y cuando digo nadie me refiero a que literalmente no suele haber nadie; que más de una vez hemos estado solos no ya en la sala sino en todo el complejo de los cines. Y eso que se trata de un circuito comercial a tope, que cuando han puesto los ciclos de cine en versión original o de ópera ni les cuento. Claro, así pasan las cosas que pasan, como la otra tarde, que subimos a ver une peli acompañados de Madagascar, que había terminado los deberes. Entramos y no había nadie, así que elegimos las butacas más centraditas, y justo cuando pensábamos que se iban a apagar las luces entró una pareja de venerables viejecillos. Los abuelos echaron un vistazo, nos vieron, y en lugar de buscar un sitio cómodo se dedicaron a escalar todos los escalones que fueran necesarios para sentarse justo en la fila de delante de la nuestra. Tardaron la tira, claro, que el hombre llevaba incluso un bastón. Y cuando ya estaban sentados dice la mujer: “Ay, yo tendría que orinar, que si no no voy a ver la película a gusto”. Y esto lo dijo cuatro veces, y cada vez elevando más la voz porque su santo no la oía. Al final, cuando ya el hombre se había enterado (como para no enterarse) la mujer añadió: “pero no sé yo si me dará tiempo”. Nosotros calculamos mentalmente lo que iba a tardar en bajar los escalones, quitarse los refajos para aliviarse, volver a colocarse los refajos, subir los escalones de nuevo... psé, una media película más o menos. La mujer, que debía estar haciendo el mismo cálculo, dudaba entre si irse o no, cuando de pronto se oyó una voz profunda que inundaba la sala: “vaya a mear tranquilamente, señora, que la esperamos; si es menester pongo los trailers dos veces, que hay tiempo pa tó”. Nos quedamos todos callados de la impresión. “¿Es Dios?” preguntó Madagascar muerta de risa. “En este momento yo diría que sí”, contestó JB muy serio. "Pues ya le gusta perder el tiempo", respondió Madagascar riéndose a más no poder. “Fíjate que yo creía que las cabinas ésas estaban insonorizadas” dije yo sorprendida. La mujer empezó a mirar hacia arriba, a todos lados, sin saber a quién ni a dónde dar las gracias, y se fue escaleras abajo seguida por la voz del marido, que preguntaba a voces quién había dicho algo y qué había dicho. Y sí, hubo tiempo pa tó, y vimos más tráilers que nunca.
Bueno, la verdad es que tengo que reconocer que para el cine soy muy maniática y me molestan muchas cosas, no solamente los tardones. Por ejemplo, tampoco soporto a los palomiteros. Nunca he entendido qué es lo que mueve al personal a hincarse esos cubos gigantes de palomitas más saladas que la mar, y a pasarse la película sorbiendo un tanque de coca-cola en el que podría nadar un pato. Sobre todo en la sesión de las cuatro o las cinco de la tarde, cuando la mayoría de la gente de este país estamos en plena digestión. ¿Cómo se puede alguien inflar a palomitas y empapuzar todo eso con coca-cola? Y chuches, que muchos no se conforman con el cubo de maíz y se compran además una bolsa de gominolas, regalices, nubes, o a saber qué porcadas azucareras.
A mí, si estos placeres fueran silenciosos, no me provocarían más allá de la sorpresa de ver a un adulto medianamente maduro meterse eso en el cuerpo. Pero no, se trata de porquerías sonoras que producen contaminación acústica de todo tipo: desde el ruido de las muelas triturando palomitas (no vamos a hablar de los kikos y las patatas, que me cabreo), hasta la gente que se pasa la película rascando el cubo con las uñas cada vez que coge un puñao de palomitas, o los que eligen los caramelos envueltos con el celofán más crujiente del mundo. Claro que para mi gusto los más cochinos son los que sorben la coca-cola haciendo slurrrrrp-rrrrrrrrppp.
Tampoco me gustan los que hablan en el cine. No me importan los comentarios antes de la película, al revés, me resulta divertidísimo escuchar a la gente, pero una vez que empieza no soporto que hable nadie. Y eso que se oyen cosas descojonantes, que todavía recuerdo cuando salió Quevedo en “Alatriste” y los adolescentes que tenía sentados a mi lado dijeron: “anda, mira, Becquer”. Las carcajadas me salieron a chorros, que JB no entendía qué le veía de gracioso a la esa escena. O cuando terminó “El nombre de la rosa” y la chica de la fila de atrás dijo: “aaaaaaah... ya entiendo.... que la chica se debía llamar rosa... por eso han titulado así la película”. Hala, otra tanda de carcajadas. Los que no me hicieron ni pizca de gracia fueron unos japoneses que coincidieron conmigo viendo “El último samurái”. Estábamos solos en el cine ellos dos y yo, y como uno de ellos no hablaba español, el otro le tradujo la película enterita al japonés. Tócate los cojones, manolito, toooooda la película directamente al nipo, en el mismo tono de voz que si estuvieran en su casa y sin cortarse un pelo. Menos mal que habían roto esa regla de comportamiento no escrita que dice que si entras en una sala de cine te tienes que sentar justo al lado de los que hayan llegado antes. Aaaaaah, se siente, aunque tengas toda la sala para ti no puedes elegir acomodarte dejando filas o asientos por medio, te tienes que apegotonar con los que hayan llegado antes que tú. Es algo parecido a lo que hacen las ovejas en el monte, que las dejas sueltas y en vez de desperdigarse van siempre en rebaño. Claro que lo de las ovejas (y las cebras, y los ñúes) lo entiendo, que lo hacen para defenderse de los depredadores pero en una sala de cine me contarán ustedes qué depredadores nos van a atacar.
Aun así, con todas esas manías, me gusta el cine; más que gustarme me encanta, y JB y yo aprovechamos que en el pueblo hay 16 salas para escaparnos entre semana a media tarde, que no suele haber nadie. Y cuando digo nadie me refiero a que literalmente no suele haber nadie; que más de una vez hemos estado solos no ya en la sala sino en todo el complejo de los cines. Y eso que se trata de un circuito comercial a tope, que cuando han puesto los ciclos de cine en versión original o de ópera ni les cuento. Claro, así pasan las cosas que pasan, como la otra tarde, que subimos a ver une peli acompañados de Madagascar, que había terminado los deberes. Entramos y no había nadie, así que elegimos las butacas más centraditas, y justo cuando pensábamos que se iban a apagar las luces entró una pareja de venerables viejecillos. Los abuelos echaron un vistazo, nos vieron, y en lugar de buscar un sitio cómodo se dedicaron a escalar todos los escalones que fueran necesarios para sentarse justo en la fila de delante de la nuestra. Tardaron la tira, claro, que el hombre llevaba incluso un bastón. Y cuando ya estaban sentados dice la mujer: “Ay, yo tendría que orinar, que si no no voy a ver la película a gusto”. Y esto lo dijo cuatro veces, y cada vez elevando más la voz porque su santo no la oía. Al final, cuando ya el hombre se había enterado (como para no enterarse) la mujer añadió: “pero no sé yo si me dará tiempo”. Nosotros calculamos mentalmente lo que iba a tardar en bajar los escalones, quitarse los refajos para aliviarse, volver a colocarse los refajos, subir los escalones de nuevo... psé, una media película más o menos. La mujer, que debía estar haciendo el mismo cálculo, dudaba entre si irse o no, cuando de pronto se oyó una voz profunda que inundaba la sala: “vaya a mear tranquilamente, señora, que la esperamos; si es menester pongo los trailers dos veces, que hay tiempo pa tó”. Nos quedamos todos callados de la impresión. “¿Es Dios?” preguntó Madagascar muerta de risa. “En este momento yo diría que sí”, contestó JB muy serio. "Pues ya le gusta perder el tiempo", respondió Madagascar riéndose a más no poder. “Fíjate que yo creía que las cabinas ésas estaban insonorizadas” dije yo sorprendida. La mujer empezó a mirar hacia arriba, a todos lados, sin saber a quién ni a dónde dar las gracias, y se fue escaleras abajo seguida por la voz del marido, que preguntaba a voces quién había dicho algo y qué había dicho. Y sí, hubo tiempo pa tó, y vimos más tráilers que nunca.
jueves, 29 de octubre de 2009
El premio
Los sábados eran el mejor día de la semana. Su padre compraba cacahuetes e iban al cine. Durante dos horas se convertían en peligrosos piratas, se enfrentaban a indios salvajes, se dejaban morir por amor, y conquistaban mundos lejanos. Y durante la semana los recuerdos de la película les ayudaban a seguir con su vida tan gris. “El Español” era la única sala de cine del pueblo. Por eso no dudó cuando el hombre del micrófono le hizo la pregunta. Miró a la cámara y dijo: “¿Cuál va a ser? El cine que me gusta es El Español”. Durante semanas todo el país vio su carita en el NO-DO.
La noche que recibió el premio de la Academia de Cinematografía a su carrera, su imagen apareció de nuevo en la pantalla: “... El Español”. De pronto la boca le supo a cacahuetes y se le llenaron los ojos de lágrimas.
La noche que recibió el premio de la Academia de Cinematografía a su carrera, su imagen apareció de nuevo en la pantalla: “... El Español”. De pronto la boca le supo a cacahuetes y se le llenaron los ojos de lágrimas.
lunes, 19 de octubre de 2009
Control
Era una tarde aburrida. Encendió la tele. Ponían “Casablanca” de nuevo y se la zampó enterita. Al llegar al final dijo “Vete con ella, Rick, qué coño!”. Para su sorpresa Rick subió al avión. Asombrado hizo zapping y se detuvo en “Sonrisas y lágrimas”. “Mata a los putos niños” susurró, y la dulce María despeñó a los chavales montañas abajo sin dejar de cantar. Hizo varias pruebas y comprobó, asombrado, que aquello funcionaba, que podía cambiar los guiones a voluntad. Probó con el telediario y cuando vio que eliminaba el último terremoto de Pakistán se asustó y apagó el televisor.
viernes, 16 de octubre de 2009
Comer en Londres
Llevo todo el día caminando y los pies están empezando a quejarse por el simple procedimiento de mandarme aguijonazos de dolor intermitentes. Como les conozco sé que si no hago caso será peor y acabarán criando ampollas así que me siento un rato en un parque. Hace frío, y hay mucha humedad, pero estoy contenta. Me gusta Londres en otoño. Me he pateado dos mercadillos y he encontrado cosas sorprendentes. Mi madre no soporta la idea de que compre en los mercados de segunda mano, sobre todo ropa, pero a mí me fascina la posibilidad de curiosear en los montones donde todo lo que encuentras es impredecible. Voy a ir a comer al restaurante en el que trabaja Beatriz. Es un restaurante italiano. Me ha dejado la dirección esta mañana, junto con un pequeño planito, así que llego sin problemas. Hay mesas vacías de sobra porque aunque he llegado antes de la hora de comer española, es ya tarde para los ingleses. Beatriz está guapa con el uniforme blanco y el delantal largo, negro. Me recomienda un par de cosas y le digo que mejor me traiga lo que ella considere. La pasta está buena, sabrosa y abundante, el vino blanco, seco como a mí me gusta, está fresco, y el pan está todavía caliente. Entra un grupo de seis españoles. Se sientan en la zona de Beatriz y les lleva las cartas. No puedo evitar escucharles. Ninguno de ellos habla inglés y para ellos las cartas resultan indescifrables. Beatriz se pone a su lado y les pregunta, en inglés, si saben lo que van a tomar. Ellos dicen “güait, güait” mientras señalan los distintos platos con aire interrogante. Beatriz les explica, igualmente en inglés, lo que lleva cada plato y ellos están cada vez más confundidos. Me levanto y me acerco. Les pregunto si necesitan ayuda y me miran como si se les hubiera aparecido la Virgen. Me preguntan si puedo traducirles la carta y les digo que tranquilos, que ya se lo hace la camarera. Miro a mi hermana, quien suspira y les explica la carta plato por plato mientras me mira con carita de fastidio consciente de que se ha quedado sin propina.
lunes, 5 de octubre de 2009
lunes, 28 de septiembre de 2009
Dispersión
Antes de besarse le miró a los ojos. Le parecieron insondables. Pensó cómo sería sumergirse en ellos y se acordó de una película en la que unos hombres de tamaño reducido se metían en el cuerpo de otro y se enfrentaban con voraces glóbulos blancos y peligrosos anticuerpos asesinos. Había visto aquella película un sábado que su madre puso pollo asado y croquetas. Entonces recordó que tenía un pollo guisado en el congelador y pensó que cuando acabaran lo sacaría para comer mañana. Cuando abrió los ojos ya habían terminado y otra vez no se había enterado de nada.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
¡Vamos a proceder, y procedemos, al bingo!
Yo no duermo siesta. Así puedo estar muerta que soy incapaz de dormir después de comer. Y si es en el sofá menos todavía. Alguna vez, alentada por la entrañable estampa que supone ver a todos los miembros de la familia roncando desparramados por los sofás, que me recuerda aquello a los documentales de la BBC sobre los leones en la sabana, he intentado echarme la siesta y me he metido en la cama para terminar mirando cómo duerme Madagascar, que es especialista en siestas de categoría olímpica. Y casi mejor que no duerma porque alguna vez que lo he conseguido me he despertado con un mal cuerpo que me hacía pensar que hubiera transmutado en boa y estuviera haciendo la digestión de una cría de elefante crecidita. Y mala cara, claro, una mala caraaaaa... unas ojeraaaaas... unas señales de la almohada por todos lados... uf, no quiero ni acordarme. Eli no. Eli en cambio se echa la siesta y aparece después lozana, fresca, rozagante, estupenda de la muerte.
Aquella tarde Eli aprovechó la limpieza de chimenea (no sé cómo pudo, con las voces que estábamos pegando todos) y se durmió una siesta que la dejó lista de papeles para toda la tarde pero sobre todo para el bingo, que era lo que a ella le apetecía. A mí el bingo no me ha llamado nunca la atención, la verdad. Es de esos juegos, como el parchís, que siempre hacen que me pregunte qué es lo que la gente les ve de divertido. O, simplemente, de entretenido, porque lo que es a mí me resultan aburridísimos. Y el bingo, además, estresante, que eso de tener que buscar los números en el cartón a la carrera me parece malo para los nervios. Así que el bingo nunca. Y eso que en el pueblo, no sé por qué, le tienen una querencia tremenda al bingo, que hasta forma parte de la programación “deportiva” el día de la comida vecinal: tira de soga, juego de la rana, petanca, y bingo. Hombre, yo entiendo que las viejas no se van a poner a jugar a tirar de la soga, que luego se caen y se rompen todas, y que el bingo es una actividad mucho más tranquila, pero cualquier día van a provocar un accidente, que a los conductores les parece cuanto menos peculiar eso de ver un bingo en mitad de un prado y se ponen a mirar, y se distraen, y más de uno acabará cayéndose a la cuneta.
Eli se levantó de la siesta, comprobó que la lechuga viajera no había intimado peligrosamente con el cobejo sino que estaba convenientemente a salvo en la nevera, me miró sonriendo, y dijo “hala, vámonos al bingo, que me apetece muchísimo”, y no le pude decir que no. Y allá que nos fuimos, con los bolsillos llenos de moneditas. Por el camino nos encontramos a mi primo Ander, que llevaba un vendaje aparatosísimo en la barbilla.
- ¿Qué te ha pasado?
- Nada, que me he caído jugando al frontón, y me han echado unos puntos.
- Ah, vaya ¿y te duele?
- No, qué va, ya no. Además, cuando fui al centro de salud, el médico de urgencias me miró y me preguntó si era de Bilbao. “¿Y, pues?” le contesté yo. Y me dijo que si sería de otro lado me dormirían la barbilla, pero que a los de Bilbao les ponían los puntos sin anestesia.
- Hala! ¿Y qué le dijiste? – Me dio la risa por dentro porque no hay más que oir a Ander para saber que es “del mismo Bilbao, pues”.
- Pues qué le iba a decir, que sí.
- ¿Y te dio los puntos sin anestesia???
- Pedazo de cabrón, un montón de puntos además. Claro, después de eso lo demás me parecen dolorcillos de nada.
La casa del pueblo estaba llena de bote en bote, que nos tuvimos que sentar en una ventana. Eli compró un cartón y sacó un bolígrafo del bosillo, que iba preparadísima.
- ¿Tú quieres un cartón, Gin?
- No, no, a mí el bingo no me va, me parece un poco estresante eso de buscar los números a toda velocidad, y tal... déjalo, yo miro.
Y comenzó el bingo. De entrada a mí me dio la risa ver a Justa, que ese día era la encargada del juego, tan solemne, que hablaba a todos de usted como si fueran completos desconocidos (y en una aldea tan pequeña como ésta todos son familia) y decía cosas como “señores y señoras, vamos a proceder a comenzar... y procedemos de inmediato”. El bombo de plástico giró y giró, y empezaron a caer las bolas. Y Justa comenzó a cantar los números. Yo me puse tensa pensando que se me iban a escapar la mitad.
- ¡El doce!...
- ¡El veinte!...
- ¡El cuarenta!...
Al principio pensé que me estaba perdiendo la mayoría de los números, pero no. Justa se tomaba su tiempo y entre número y número podías irte tranquilamente al cuarto de baño (al de tu casa, que allí no hay), echar una charlita por teléfono (en el improbable caso de que hubiera cobertura en el pueblo), adobar un jabalí, o rizarte el pelo tranquilamente. Yo pensé que igual Justa lo hacía tan lentamente por tratarse del principio, y que en cuanto le cogiera el truco la cosa sería más rápida, pero qué va.
- Si véis que voy muy deprisa me lo decís y lo hago más despacio.
Aluciné, y más todavía cuando escuché una vocecilla quejumbrosa que decía todo el tiempo:
- Ay, ay, ya me he perdido otra vez.
Eli anotaba los números con parsimonia mientras charlábamos por lo bajini para no distraer al resto de jugadores, los cuales buscaban frenéticamente los números en sus cartones sin que a día de hoy tengamos claro a qué se debía tal frenesí.
- ¡El veintidós, los dos patitos!... – Justa esperó todavía más por si alguien quería reirle la broma. Ni caso, claro, que ya está muy vista.
Los números iban saliendo leeeeeeeentamente (muuuuuuuy leeeeeeentamente) y a medida que en los cartones iba habiendo tachaduritas las expectativas de conseguir una línea se traducían en un ligero murmullito de fondo.
- Ahívalahostiacoño! A ver si podéis callaros, joder, que no se oye un carajo y así no hay quien se entere de los putos números! Cerrad el pico, leche, que parecéis unas jodidas viejas!
Yo miré alrededor y pensé que qué querría que parecieran, si la media de edad era de más de setenta años. Las viejas se alborotaron porque las habían llamado viejas. Una, la que nunca oía los números, pedía a las demás que le contaran qué pasaba. Eli se inclinó y me susurró.
- Éste también es del mismo Bilbao ¿a que sí?
- No, qué va, éste es de Burgos, pero como si lo fuera.
La cosa se resolvió en seguida porque Justa ignoró la bronca y siguió cantando los números. Así que se callaron todos. Dos bolas después una gritó “¡¡¡línea!!!”, y cinco números después Severino cantó bingo. El afortunado ganador se acercó a la mesa, la presidenta verificó (eso dijo, que se iba “a proceder a verificar la comprobación de la corrección del bingo proclamado”) que los números eran los que debían ser, y se pagó (“procedemos a abonar”) al ganador lo que le tocara.
- Pues menos mal que han cantado el bingo porque solamente quedaban ya dos bolas en el bombo.
- ¿Qué???
- Que solamente quedaban ya dos bolas en el bombo, así que tenía que salir el bingo ya mismo.
- Gin, ¿cómo van a quedar solamente dos bolas en el bombo si todavía no han salido la mitad de los números?
Eli me enseñó su cartón prácticamente virgen de tachaduras. Tal y como yo había dicho, únicamente quedaban dos bolas enjauladitas en el bombo. Extrañados, los demás miraban sus cartones también sin rallajones. Los murmullos comenzaron a extenderse, sin que esta vez nadie protestara, hasta que se oyó una voz:
- ¡Pero amá, si quedan mogollón de bolas en la caja! ¡Que no las habías metido en el bombo!
Los murmullos terminaron y dieron paso a los comentarios en voz alta acompañados de tales meneos de cabeza que me imagino que no se les dislocó a todas el cuello porque están más que acostumbradas a esas sacudidas tan violentas. Justa se puso blanca, comenzó a tartamudear, sacó las susodichas bolas de la caja, y miró a la concurrencia con el labio inferior temblón del todo y los ojos empañaditos por las lágrimas, como si el público, en lugar de pedir que Severino devolviera el importe del bingo, estuviera reclamando la cabecita de la binguera sobre una bandeja sanjuanera. Severino opuso una resistencia algo turronera, que de sobra sabía él que lo que tocaba era restituir la pasta, pero en seguida soltó los veinte eurazos. Y todo volvió a la normalidad. Bueno, menos la vocecita de Justa, que sonaba temblorosa perdida cuando proclamó que procedíamos a comenzar de nuevo al bingo. Eli me miró con una sonrisa de oreja a oreja.
- ¿Procedemos a comprar un cartón, Gin?
- Procedemos, procedemos.
Aquella tarde Eli aprovechó la limpieza de chimenea (no sé cómo pudo, con las voces que estábamos pegando todos) y se durmió una siesta que la dejó lista de papeles para toda la tarde pero sobre todo para el bingo, que era lo que a ella le apetecía. A mí el bingo no me ha llamado nunca la atención, la verdad. Es de esos juegos, como el parchís, que siempre hacen que me pregunte qué es lo que la gente les ve de divertido. O, simplemente, de entretenido, porque lo que es a mí me resultan aburridísimos. Y el bingo, además, estresante, que eso de tener que buscar los números en el cartón a la carrera me parece malo para los nervios. Así que el bingo nunca. Y eso que en el pueblo, no sé por qué, le tienen una querencia tremenda al bingo, que hasta forma parte de la programación “deportiva” el día de la comida vecinal: tira de soga, juego de la rana, petanca, y bingo. Hombre, yo entiendo que las viejas no se van a poner a jugar a tirar de la soga, que luego se caen y se rompen todas, y que el bingo es una actividad mucho más tranquila, pero cualquier día van a provocar un accidente, que a los conductores les parece cuanto menos peculiar eso de ver un bingo en mitad de un prado y se ponen a mirar, y se distraen, y más de uno acabará cayéndose a la cuneta.
Eli se levantó de la siesta, comprobó que la lechuga viajera no había intimado peligrosamente con el cobejo sino que estaba convenientemente a salvo en la nevera, me miró sonriendo, y dijo “hala, vámonos al bingo, que me apetece muchísimo”, y no le pude decir que no. Y allá que nos fuimos, con los bolsillos llenos de moneditas. Por el camino nos encontramos a mi primo Ander, que llevaba un vendaje aparatosísimo en la barbilla.
- ¿Qué te ha pasado?
- Nada, que me he caído jugando al frontón, y me han echado unos puntos.
- Ah, vaya ¿y te duele?
- No, qué va, ya no. Además, cuando fui al centro de salud, el médico de urgencias me miró y me preguntó si era de Bilbao. “¿Y, pues?” le contesté yo. Y me dijo que si sería de otro lado me dormirían la barbilla, pero que a los de Bilbao les ponían los puntos sin anestesia.
- Hala! ¿Y qué le dijiste? – Me dio la risa por dentro porque no hay más que oir a Ander para saber que es “del mismo Bilbao, pues”.
- Pues qué le iba a decir, que sí.
- ¿Y te dio los puntos sin anestesia???
- Pedazo de cabrón, un montón de puntos además. Claro, después de eso lo demás me parecen dolorcillos de nada.
La casa del pueblo estaba llena de bote en bote, que nos tuvimos que sentar en una ventana. Eli compró un cartón y sacó un bolígrafo del bosillo, que iba preparadísima.
- ¿Tú quieres un cartón, Gin?
- No, no, a mí el bingo no me va, me parece un poco estresante eso de buscar los números a toda velocidad, y tal... déjalo, yo miro.
Y comenzó el bingo. De entrada a mí me dio la risa ver a Justa, que ese día era la encargada del juego, tan solemne, que hablaba a todos de usted como si fueran completos desconocidos (y en una aldea tan pequeña como ésta todos son familia) y decía cosas como “señores y señoras, vamos a proceder a comenzar... y procedemos de inmediato”. El bombo de plástico giró y giró, y empezaron a caer las bolas. Y Justa comenzó a cantar los números. Yo me puse tensa pensando que se me iban a escapar la mitad.
- ¡El doce!...
- ¡El veinte!...
- ¡El cuarenta!...
Al principio pensé que me estaba perdiendo la mayoría de los números, pero no. Justa se tomaba su tiempo y entre número y número podías irte tranquilamente al cuarto de baño (al de tu casa, que allí no hay), echar una charlita por teléfono (en el improbable caso de que hubiera cobertura en el pueblo), adobar un jabalí, o rizarte el pelo tranquilamente. Yo pensé que igual Justa lo hacía tan lentamente por tratarse del principio, y que en cuanto le cogiera el truco la cosa sería más rápida, pero qué va.
- Si véis que voy muy deprisa me lo decís y lo hago más despacio.
Aluciné, y más todavía cuando escuché una vocecilla quejumbrosa que decía todo el tiempo:
- Ay, ay, ya me he perdido otra vez.
Eli anotaba los números con parsimonia mientras charlábamos por lo bajini para no distraer al resto de jugadores, los cuales buscaban frenéticamente los números en sus cartones sin que a día de hoy tengamos claro a qué se debía tal frenesí.
- ¡El veintidós, los dos patitos!... – Justa esperó todavía más por si alguien quería reirle la broma. Ni caso, claro, que ya está muy vista.
Los números iban saliendo leeeeeeeentamente (muuuuuuuy leeeeeeentamente) y a medida que en los cartones iba habiendo tachaduritas las expectativas de conseguir una línea se traducían en un ligero murmullito de fondo.
- Ahívalahostiacoño! A ver si podéis callaros, joder, que no se oye un carajo y así no hay quien se entere de los putos números! Cerrad el pico, leche, que parecéis unas jodidas viejas!
Yo miré alrededor y pensé que qué querría que parecieran, si la media de edad era de más de setenta años. Las viejas se alborotaron porque las habían llamado viejas. Una, la que nunca oía los números, pedía a las demás que le contaran qué pasaba. Eli se inclinó y me susurró.
- Éste también es del mismo Bilbao ¿a que sí?
- No, qué va, éste es de Burgos, pero como si lo fuera.
La cosa se resolvió en seguida porque Justa ignoró la bronca y siguió cantando los números. Así que se callaron todos. Dos bolas después una gritó “¡¡¡línea!!!”, y cinco números después Severino cantó bingo. El afortunado ganador se acercó a la mesa, la presidenta verificó (eso dijo, que se iba “a proceder a verificar la comprobación de la corrección del bingo proclamado”) que los números eran los que debían ser, y se pagó (“procedemos a abonar”) al ganador lo que le tocara.
- Pues menos mal que han cantado el bingo porque solamente quedaban ya dos bolas en el bombo.
- ¿Qué???
- Que solamente quedaban ya dos bolas en el bombo, así que tenía que salir el bingo ya mismo.
- Gin, ¿cómo van a quedar solamente dos bolas en el bombo si todavía no han salido la mitad de los números?
Eli me enseñó su cartón prácticamente virgen de tachaduras. Tal y como yo había dicho, únicamente quedaban dos bolas enjauladitas en el bombo. Extrañados, los demás miraban sus cartones también sin rallajones. Los murmullos comenzaron a extenderse, sin que esta vez nadie protestara, hasta que se oyó una voz:
- ¡Pero amá, si quedan mogollón de bolas en la caja! ¡Que no las habías metido en el bombo!
Los murmullos terminaron y dieron paso a los comentarios en voz alta acompañados de tales meneos de cabeza que me imagino que no se les dislocó a todas el cuello porque están más que acostumbradas a esas sacudidas tan violentas. Justa se puso blanca, comenzó a tartamudear, sacó las susodichas bolas de la caja, y miró a la concurrencia con el labio inferior temblón del todo y los ojos empañaditos por las lágrimas, como si el público, en lugar de pedir que Severino devolviera el importe del bingo, estuviera reclamando la cabecita de la binguera sobre una bandeja sanjuanera. Severino opuso una resistencia algo turronera, que de sobra sabía él que lo que tocaba era restituir la pasta, pero en seguida soltó los veinte eurazos. Y todo volvió a la normalidad. Bueno, menos la vocecita de Justa, que sonaba temblorosa perdida cuando proclamó que procedíamos a comenzar de nuevo al bingo. Eli me miró con una sonrisa de oreja a oreja.
- ¿Procedemos a comprar un cartón, Gin?
- Procedemos, procedemos.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Con lo que es Steinbeck en este pueblo!
A estas alturas ya todos ustedes lo saben pero por si hay algún despistado o algún nuevo, lo aclaro: no soy nada grupal. O gregaria. O pandillera. O como quieran llamarlo. Que yo recuerde nunca me he dado ningún golpe fuerte. Ciertamente una vez me caí de lo alto de un poste de teléfonos pero me rompí un pie no la cabeza, y no guardo memoria de ningún otro percance de ese estilo ni en casa se aprovechan las sobremesas familiares para recordar aquella vez que me caí y me di un golpe en la cabeza, así que igual es una de esas taras que sufren los bebés durante su proceso de formación. Eso puede ser, que como soy la mayor mi madre todavía no tuviera así muy cogido el tranquillo de la gestación y se dedicara a experimentar conmigo como si fuera un ratón blanco. Se conoce que luego aprendió divinamente porque mis hermanas han salido como Señor Padre: sociales y sociables para reventar.
Yo, pues no, qué quieren, no manejo para nada los códigos grupales así que no lo paso bien, y resulto rara, pero rara rara. Y por mí no ha sido, eh, que lo he intentado en muchas ocasiones, conste. Por ejemplo, durante una temporada larga estuve en una asociación ecologista (aprovecho para contarlo públicamente y así dar en los morros a los que me tiran pullitas y me acusan de no tratar bien a los animales, ser antiecologista, y no sé cuántas falsedades más). Eso me encantaba, lo pasaba fenomenal y, excepto la primera vez que acudí a una reunión enfundada en un chaquetón de mouton que mi abuela le había hecho a mi madre cuando ésta tenía veinte años, nunca desentoné demasiado. Aquella vez reconozco que les dejé un poco de piedra, me miraban con los ojos tan abiertos que durante un momento me dio miedo que se les salieran de los boquetillos de la cara y se les cayeran al suelo. Luego me acordé de que los tenían bien pegados y desvié mi atención a las mandíbulas que se descolgaban por momentos. Yo puse mi carita más inocente (y no saben ustedes hasta qué punto puedo parecer buena e inocente, juá) y pregunté. “¿Qué-é?” Dani levantó un dedo acusador, me señaló, y balbuceó: “Llevas pieles, tía, llevas pieles”. Yo le miré sin señalarle (que siempre me ha parecido que eso de señalar es un gesto feísimo que solamente le queda bien a la estatua de Colón, que se ha aprovechado de que al pobre Rodrigo de Triana le ningunean siempre) y dije tranquilamente: “Sí, de cordero muerto. Y tú llevas zapatos y chupa de cuero y no lo voy gritando con cara de poseída.” Y ahí se zanjó la cosa, nunca más volvieron a decirme nada. También es verdad que con ellos solamente me puse una vez más el chaquetón, y fue una vez que se rompió la calefacción del local y o te abrigabas o se te congelaban hasta los mocos. Pues eso, durante esa temporada lo pasé fenomenal, conocí a cantidad de gente curiosa, y salí en una foto de portada de El País que tengo en casa pero no voy a colgar porque yo no soy de esas criaturas que aprovechan la mínima para colgar fotos suyas en la red. Lo de la portada fue por una manifestación que hicimos contra el vertido de residuos nucleares. Yo iba en cabeza de la manifestación, sosteniendo la pancarta, y en el periódico salí supermona aunque con la boquita un poco abierta, eso sí, porque claro estuvimos toda la tarde coreando proclamas antinucleares. Luego un equipo de televisión holandés me hizo una entrevista en inglés (juá, siempre he tenido curiosidad por ver el resultado) sobre la asociación, la manifestación, etc., y después hubo que correr por las calles por no sé qué disturbios y otras leches. Total, al final terminó todo el personal metido en una furgoneta que nunca llegó a la comisaría de Leganitos porque el madero que conducía acababa de llegar de San Roque y se hizo un lío con las calles, y el compañero llevaba poquísimo tiempo en Madrid y tampoco se orientaba muy bien. Majetes, muy majetes los dos. De aquella época en el grupo ecologista conservo algunos amigos, la afición por el pan integral (sobre todo de la panificadora “El tigre”, que debe haber desaparecido porque no se encuentra por ningún lado, snif), camisetas y carpetas con proclamas ecologistas, y un montón de chapas y pegatinas con los lemas “nucleares no, gracias”, y “salvad las ballenas”. Lo de salvad las ballenas estuve a punto de tatuármelo en la barriga pero al final JB me disuadió y me convenció de que era mucho mejor en la espalda. La verdad es que para ser una asocial no está nada mal, ¿eh?
Lo de que no soy nada social lo argumentan mis hijas cada verano desde hace unos pocos años. Concretamente los que llevan instaladas en la adolescencia. Antes no decían nada. Antes, lo de pasar las vacaciones en una aldea perdida de las montañas, sin cobertura para el móvil, sin ADSL, sin digital plus y si me apuran casi sin canales analógicos, sin centros comerciales (juá, no hay ni panadería como para haber centro comercial), sin piscinas, sin nada de nada, les parecía estupendo. Ellas se dedicaban a triscar por la montaña como las cabras y a ayudar con las vacas por aquello de practicar para cuando fueran mayores y tuvieran una granja. Les duró lo que les duró la infancia, claro, y hubo un año en el que pareció que se les abrían los ojos y el entendimiento y cuando les dije que hicieran las maletas porque nos íbamos de vacaciones pusieron la misma carita que Joel Fleishman al llegar a Cicely (por si alguien no lo sabía, “Doctor en Alaska” es mi serie favorita) y se tiraron gimoteando unas semanas, las mismas que las tuve en tierra de lobos. Y así siguen, no crean, que me escuchan la palabra “vacaciones” y se les ponen los pelos de punta ante el asombro de Bruno, que no comprende cómo pueden no querer ir a un sitio tan maravilloso y tan lleno de vacas (y cerdos, y cabras, y gallinas) con las que practicar para cuando sean granjero. Eso de ser granjero debe ser genético, sí. Ya se le pasará. De momento se ha tirado el verano entero zascandileando con las vacas y los cerdos, que desaparecía en cuanto nos descuidábamos y sabíamos que había vuelto a la casa por las tardes porque iba dejando un tufillo absolutamente insoportable y tan denso que si mirabas fijamente hasta se veía.
A mí, qué quieren que les diga, me gusta el aislamiento del mundo, cuanto más mejor, siempre me da la sensación de que estoy demasiado rodeada de gente. Claro que reconozco que reconozco que la gente me divierte. Bueno, en realidad me divierte todo, tengo un espíritu disfrutón que a veces me parece hasta malo.
La cosa es que hemos pasado unas vacaciones a la vez plácidas y divertidas, de ésas en las que no pasa nada, en las que la vida es un largo río tranquilo (qué buena película, por cierto), pero ese nada que ocurre resulta surrealistamente gracioso. Claro que mientras estás viviéndolas esas situaciones te parecen de lo más normal y te das cuenta de que no lo son un tiempecillo después, cuando se las cuentas a alguien. También te puedes dar cuenta en el momento, si tienes al lado a otro alguien ajeno al ambiente. En nuestro caso este verano le ha tocado hacer de Pepito Grillo a Héctor, que vino a pasar unos días con nosotros. Vinieron él y Eli. Bueno, él, Eli, y la lechuga viajera, que aquí cada uno tiene las mascotas que le petan, y después de recorrer casi 1000 kilómetros con los niños, la rata, y El Cobejo, reconozco que no soy quién para decir nada, y si un amigo quiere recorrer España y Portugal acarreando y cuidando una lechuga allá él, manías mayores he visto. Eli ya sabe cómo son estos sitios así que no se asombró mucho. Y la lechuga no dijo nada; ella, en teniendo un sitio fresquito para estar, tan contenta.

(Éste es El Cobejo. Apareció una noche en mi calle y Kenya lo adoptó por el procedimiento de cogerlo en brazos y meterlo en casa; en realidad se llama Mauricio pero Madagascar es superfan de Manolito Gafotas y acabamos todos llamándole Cobejo)
Héctor, Eli, y la lechuga llegaron en plena semana cultural, mientras estábamos en la iglesia haciendo la lectura comunitaria de “La perla”. Es que este año la mayoría de los actos culturales se han celebrado en la iglesia, con lo que las viejas han tenido motivos para pasarse días protestando. Bueno, en realidad se han celebrado en la iglesia todos los actos culturales a excepción del bingo y el lanzamiento de ruedas. Del bingo y del lanzamiento de ruedas ya les contaré en otra ocasión, si quieren, que han tenido sus risas. Héctor, Eli, y la lechuga viajera llegaron justo cuando terminaba yo de leer el capítulo que me tocaba. “¿Qué hacéis todo el pueblo en la iglesia?” preguntó Héctor con un puntito de asombro. “Estamos leyendo a Steinbeck”. “Emmm... ¿Steinbeck por qué?” Ahí lo propio sería que alguna de las viejas se hubiera vuelto y hubiera dicho “¡con lo que es Steinbeck en este pueblo!”, pero no, en su lugar todo el mundo se encogió de hombros y siguió escuchando las aventuras y desventuras de Kino. Y ahí les dejamos y nos fuimos a casa, que ellos tres venían cansados del viaje. En la puerta de la casa nos encontramos sentado a Señor Padre: “estoy esperando a Epig, que va a traer una cosa especial que tiene para arreglar la chimenea”. Eli se encogió de hombros y subió a echarse (“Despertadme para el bingo”) un rato pero a Héctor le pudo la curiosidad por ver tanto el extraño artilugio como al técnico mismo en acción.
Y allá que apareció Epigmenio con el artilugio especial de última tecnología: una cuerda larguísima a la que habían atado una escoba de pajotes. Y comenzó el procedimiento. Epigmenio se subió al tejado y Señor Padre esperó a que la cuerda asomara por debajo la trébede, momento que aprovechó para cogerla y tirar con fuerza. Le teoría era que uno sujetara la cuerda por arriba y otro tirase por abajo para que la escoba fuera limpiando el tiro de porquería y lo dejara listo de papeles. A medio recorrido Señor Padre me miró. “Esto se ha atascado, díselo a Epig”. Yo salí y me puse a dar voces. Epig me miró y dijo: “dile que tire fuerte”. Yo entré y se lo dije a Señor Padre. “Dile que no hay manera”. “Dile que tiene que haberla”. Y así hasta que me hartaron un poco, sobre todo porque entender a Epig me costaba un mundo. “Dice Epig algo de la madre que parió a la escoba, y que no sé qué de sus cojones y una barra”. Señor Padre, que me conoce, me miró impasible y sólo dijo: “vale”. Y salió a ver. A ver a Epig bajarse del tejado refunfuñando que parecía que estaba rezando el Rosario. Todo bajo la atenta mirada de Héctor, que lo estaba grabando en vídeo y que cruzó los dedos para que Epig recuperase la escoba perdida, que sólo faltaba que se estropeara el invento para siempre.
Epig volvió al rato armado con una barra de hierro larguísima, que debía pesar un congo, y sin dejar de mascullar juramentos la metió por la chimenea y se puso a golpear a cuanto enemigo invisible se escondía en el tiro. “Habrá un pájaro muerto atascado” dijo una vieja que miraba el espectáculo. “Con los zurriagazos que está dando el Epig más parece que haya atascado un jabalí” me susurró Héctor. Y, claro, me acojoné un poco sólo de pensar en lo que podría ser un jabalí cayendo por el tiro de la chimenea. Al rato Epig dejó de castigar la nada y me pidió un cable largo, como de al menos siete metros de largo, que estuviera enchufado y tuviera al otro lado una bombilla. Le miré. “Te vale una linterna de petaca, Epig?” “Vale” contestó sin inmutarse. Y allá que metió un brazo por la chimenea y encendió la linterna. “¿Ves la luz?” gritó a Señor Padre, que tumbado en la cocina había metido medio cuerpo debajo de la trébede. “¡¡¡Sí!!!” Héctor y yo no pudimos contenernos. “Aléjate de ella, aléjate de ella”, gritamos poniendo vocecita de pitufos. Señor Padre salió de la chimenea todo tiznado, y nos miró tan seriamente que nos cortó las risas de golpe.
Epigmenio bajó del tejado, entre los aplausos de los numerosos mirones (todos los que habían asistido a la lectura comunitaria porque la casa está justo frente a la iglesia y según salían se habían ido quedando a mirar), y él y Señor Padre se fueron a celebrar el éxito de la operación como si tal cosa.
-¿Y esto es normal? – preguntó Héctor.
-Sí- suspiró Madagascar –Aquí siempre son así de frikis. Tú verás mañana el lanzamiento de ruedas por el monte.
-Pero... no entiendo por qué no te apetece estar aquí, si esto es genial.
Claro, ahí Madagascar le echó su mirada más furibunda. Pero no le hicimos ni caso, en lugar de eso despertamos a Eli y nos fuimos al bingo
Yo, pues no, qué quieren, no manejo para nada los códigos grupales así que no lo paso bien, y resulto rara, pero rara rara. Y por mí no ha sido, eh, que lo he intentado en muchas ocasiones, conste. Por ejemplo, durante una temporada larga estuve en una asociación ecologista (aprovecho para contarlo públicamente y así dar en los morros a los que me tiran pullitas y me acusan de no tratar bien a los animales, ser antiecologista, y no sé cuántas falsedades más). Eso me encantaba, lo pasaba fenomenal y, excepto la primera vez que acudí a una reunión enfundada en un chaquetón de mouton que mi abuela le había hecho a mi madre cuando ésta tenía veinte años, nunca desentoné demasiado. Aquella vez reconozco que les dejé un poco de piedra, me miraban con los ojos tan abiertos que durante un momento me dio miedo que se les salieran de los boquetillos de la cara y se les cayeran al suelo. Luego me acordé de que los tenían bien pegados y desvié mi atención a las mandíbulas que se descolgaban por momentos. Yo puse mi carita más inocente (y no saben ustedes hasta qué punto puedo parecer buena e inocente, juá) y pregunté. “¿Qué-é?” Dani levantó un dedo acusador, me señaló, y balbuceó: “Llevas pieles, tía, llevas pieles”. Yo le miré sin señalarle (que siempre me ha parecido que eso de señalar es un gesto feísimo que solamente le queda bien a la estatua de Colón, que se ha aprovechado de que al pobre Rodrigo de Triana le ningunean siempre) y dije tranquilamente: “Sí, de cordero muerto. Y tú llevas zapatos y chupa de cuero y no lo voy gritando con cara de poseída.” Y ahí se zanjó la cosa, nunca más volvieron a decirme nada. También es verdad que con ellos solamente me puse una vez más el chaquetón, y fue una vez que se rompió la calefacción del local y o te abrigabas o se te congelaban hasta los mocos. Pues eso, durante esa temporada lo pasé fenomenal, conocí a cantidad de gente curiosa, y salí en una foto de portada de El País que tengo en casa pero no voy a colgar porque yo no soy de esas criaturas que aprovechan la mínima para colgar fotos suyas en la red. Lo de la portada fue por una manifestación que hicimos contra el vertido de residuos nucleares. Yo iba en cabeza de la manifestación, sosteniendo la pancarta, y en el periódico salí supermona aunque con la boquita un poco abierta, eso sí, porque claro estuvimos toda la tarde coreando proclamas antinucleares. Luego un equipo de televisión holandés me hizo una entrevista en inglés (juá, siempre he tenido curiosidad por ver el resultado) sobre la asociación, la manifestación, etc., y después hubo que correr por las calles por no sé qué disturbios y otras leches. Total, al final terminó todo el personal metido en una furgoneta que nunca llegó a la comisaría de Leganitos porque el madero que conducía acababa de llegar de San Roque y se hizo un lío con las calles, y el compañero llevaba poquísimo tiempo en Madrid y tampoco se orientaba muy bien. Majetes, muy majetes los dos. De aquella época en el grupo ecologista conservo algunos amigos, la afición por el pan integral (sobre todo de la panificadora “El tigre”, que debe haber desaparecido porque no se encuentra por ningún lado, snif), camisetas y carpetas con proclamas ecologistas, y un montón de chapas y pegatinas con los lemas “nucleares no, gracias”, y “salvad las ballenas”. Lo de salvad las ballenas estuve a punto de tatuármelo en la barriga pero al final JB me disuadió y me convenció de que era mucho mejor en la espalda. La verdad es que para ser una asocial no está nada mal, ¿eh?
Lo de que no soy nada social lo argumentan mis hijas cada verano desde hace unos pocos años. Concretamente los que llevan instaladas en la adolescencia. Antes no decían nada. Antes, lo de pasar las vacaciones en una aldea perdida de las montañas, sin cobertura para el móvil, sin ADSL, sin digital plus y si me apuran casi sin canales analógicos, sin centros comerciales (juá, no hay ni panadería como para haber centro comercial), sin piscinas, sin nada de nada, les parecía estupendo. Ellas se dedicaban a triscar por la montaña como las cabras y a ayudar con las vacas por aquello de practicar para cuando fueran mayores y tuvieran una granja. Les duró lo que les duró la infancia, claro, y hubo un año en el que pareció que se les abrían los ojos y el entendimiento y cuando les dije que hicieran las maletas porque nos íbamos de vacaciones pusieron la misma carita que Joel Fleishman al llegar a Cicely (por si alguien no lo sabía, “Doctor en Alaska” es mi serie favorita) y se tiraron gimoteando unas semanas, las mismas que las tuve en tierra de lobos. Y así siguen, no crean, que me escuchan la palabra “vacaciones” y se les ponen los pelos de punta ante el asombro de Bruno, que no comprende cómo pueden no querer ir a un sitio tan maravilloso y tan lleno de vacas (y cerdos, y cabras, y gallinas) con las que practicar para cuando sean granjero. Eso de ser granjero debe ser genético, sí. Ya se le pasará. De momento se ha tirado el verano entero zascandileando con las vacas y los cerdos, que desaparecía en cuanto nos descuidábamos y sabíamos que había vuelto a la casa por las tardes porque iba dejando un tufillo absolutamente insoportable y tan denso que si mirabas fijamente hasta se veía.
A mí, qué quieren que les diga, me gusta el aislamiento del mundo, cuanto más mejor, siempre me da la sensación de que estoy demasiado rodeada de gente. Claro que reconozco que reconozco que la gente me divierte. Bueno, en realidad me divierte todo, tengo un espíritu disfrutón que a veces me parece hasta malo.
La cosa es que hemos pasado unas vacaciones a la vez plácidas y divertidas, de ésas en las que no pasa nada, en las que la vida es un largo río tranquilo (qué buena película, por cierto), pero ese nada que ocurre resulta surrealistamente gracioso. Claro que mientras estás viviéndolas esas situaciones te parecen de lo más normal y te das cuenta de que no lo son un tiempecillo después, cuando se las cuentas a alguien. También te puedes dar cuenta en el momento, si tienes al lado a otro alguien ajeno al ambiente. En nuestro caso este verano le ha tocado hacer de Pepito Grillo a Héctor, que vino a pasar unos días con nosotros. Vinieron él y Eli. Bueno, él, Eli, y la lechuga viajera, que aquí cada uno tiene las mascotas que le petan, y después de recorrer casi 1000 kilómetros con los niños, la rata, y El Cobejo, reconozco que no soy quién para decir nada, y si un amigo quiere recorrer España y Portugal acarreando y cuidando una lechuga allá él, manías mayores he visto. Eli ya sabe cómo son estos sitios así que no se asombró mucho. Y la lechuga no dijo nada; ella, en teniendo un sitio fresquito para estar, tan contenta.

(Éste es El Cobejo. Apareció una noche en mi calle y Kenya lo adoptó por el procedimiento de cogerlo en brazos y meterlo en casa; en realidad se llama Mauricio pero Madagascar es superfan de Manolito Gafotas y acabamos todos llamándole Cobejo)
Héctor, Eli, y la lechuga llegaron en plena semana cultural, mientras estábamos en la iglesia haciendo la lectura comunitaria de “La perla”. Es que este año la mayoría de los actos culturales se han celebrado en la iglesia, con lo que las viejas han tenido motivos para pasarse días protestando. Bueno, en realidad se han celebrado en la iglesia todos los actos culturales a excepción del bingo y el lanzamiento de ruedas. Del bingo y del lanzamiento de ruedas ya les contaré en otra ocasión, si quieren, que han tenido sus risas. Héctor, Eli, y la lechuga viajera llegaron justo cuando terminaba yo de leer el capítulo que me tocaba. “¿Qué hacéis todo el pueblo en la iglesia?” preguntó Héctor con un puntito de asombro. “Estamos leyendo a Steinbeck”. “Emmm... ¿Steinbeck por qué?” Ahí lo propio sería que alguna de las viejas se hubiera vuelto y hubiera dicho “¡con lo que es Steinbeck en este pueblo!”, pero no, en su lugar todo el mundo se encogió de hombros y siguió escuchando las aventuras y desventuras de Kino. Y ahí les dejamos y nos fuimos a casa, que ellos tres venían cansados del viaje. En la puerta de la casa nos encontramos sentado a Señor Padre: “estoy esperando a Epig, que va a traer una cosa especial que tiene para arreglar la chimenea”. Eli se encogió de hombros y subió a echarse (“Despertadme para el bingo”) un rato pero a Héctor le pudo la curiosidad por ver tanto el extraño artilugio como al técnico mismo en acción.
Y allá que apareció Epigmenio con el artilugio especial de última tecnología: una cuerda larguísima a la que habían atado una escoba de pajotes. Y comenzó el procedimiento. Epigmenio se subió al tejado y Señor Padre esperó a que la cuerda asomara por debajo la trébede, momento que aprovechó para cogerla y tirar con fuerza. Le teoría era que uno sujetara la cuerda por arriba y otro tirase por abajo para que la escoba fuera limpiando el tiro de porquería y lo dejara listo de papeles. A medio recorrido Señor Padre me miró. “Esto se ha atascado, díselo a Epig”. Yo salí y me puse a dar voces. Epig me miró y dijo: “dile que tire fuerte”. Yo entré y se lo dije a Señor Padre. “Dile que no hay manera”. “Dile que tiene que haberla”. Y así hasta que me hartaron un poco, sobre todo porque entender a Epig me costaba un mundo. “Dice Epig algo de la madre que parió a la escoba, y que no sé qué de sus cojones y una barra”. Señor Padre, que me conoce, me miró impasible y sólo dijo: “vale”. Y salió a ver. A ver a Epig bajarse del tejado refunfuñando que parecía que estaba rezando el Rosario. Todo bajo la atenta mirada de Héctor, que lo estaba grabando en vídeo y que cruzó los dedos para que Epig recuperase la escoba perdida, que sólo faltaba que se estropeara el invento para siempre.
Epig volvió al rato armado con una barra de hierro larguísima, que debía pesar un congo, y sin dejar de mascullar juramentos la metió por la chimenea y se puso a golpear a cuanto enemigo invisible se escondía en el tiro. “Habrá un pájaro muerto atascado” dijo una vieja que miraba el espectáculo. “Con los zurriagazos que está dando el Epig más parece que haya atascado un jabalí” me susurró Héctor. Y, claro, me acojoné un poco sólo de pensar en lo que podría ser un jabalí cayendo por el tiro de la chimenea. Al rato Epig dejó de castigar la nada y me pidió un cable largo, como de al menos siete metros de largo, que estuviera enchufado y tuviera al otro lado una bombilla. Le miré. “Te vale una linterna de petaca, Epig?” “Vale” contestó sin inmutarse. Y allá que metió un brazo por la chimenea y encendió la linterna. “¿Ves la luz?” gritó a Señor Padre, que tumbado en la cocina había metido medio cuerpo debajo de la trébede. “¡¡¡Sí!!!” Héctor y yo no pudimos contenernos. “Aléjate de ella, aléjate de ella”, gritamos poniendo vocecita de pitufos. Señor Padre salió de la chimenea todo tiznado, y nos miró tan seriamente que nos cortó las risas de golpe.
Epigmenio bajó del tejado, entre los aplausos de los numerosos mirones (todos los que habían asistido a la lectura comunitaria porque la casa está justo frente a la iglesia y según salían se habían ido quedando a mirar), y él y Señor Padre se fueron a celebrar el éxito de la operación como si tal cosa.
-¿Y esto es normal? – preguntó Héctor.
-Sí- suspiró Madagascar –Aquí siempre son así de frikis. Tú verás mañana el lanzamiento de ruedas por el monte.
-Pero... no entiendo por qué no te apetece estar aquí, si esto es genial.
Claro, ahí Madagascar le echó su mirada más furibunda. Pero no le hicimos ni caso, en lugar de eso despertamos a Eli y nos fuimos al bingo
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Venecia
Tenía tantas ganas de venir a Venecia que cuando llegamos la ciudad me parece irreal. El portal de entrada es oscuro y las escaleras son estrechas y también oscuras. Subimos hasta la última planta. El piso es pequeño y todas las habitaciones están asomadas a uno de los canales. Massimo me explica que mañana, cuando amanezca, se verá luminoso. Pero eso será mañana. Hoy, ahora, en plena noche, está sumido en la penumbra; cansada como estoy, si me dejara arrastrar por las sensaciones me resultaría incluso un tanto siniestro. Abro el balcón del dormitorio y antes de asomarme me llega el sonido y el olor del agua. Recuerdo a Umberto, desdeñoso, "Venezia è bella, cara, ma ha un cattivo odore... el olor, uf, el olor tan malo". A Umberto, tan siciliano, se le ha llenado la boca con los defectos de esta ciudad del norte, desde la luz ("non c'è luce, la luz, cara, la luz, como quella del Sud") hasta la forma de cocinar, el olor y la actitud de la gente. De hecho no ha querido venir con nosotros. Massimo me ve asomada al balcón y me pregunta si está todo bien, si no hace demasiado frío con la ventana abierta. Se ríe cuando le digo que no me huele mal, que no huele a agua estancada sino que huele a agua profunda, a agua antigua. Massimo es veneciano, se ha criado aquí y dice que él no nota el olor; para él Venecia huele a su casa, a su infancia, al colegio.
La luz de la mañana, filtrándose por las contraventanas de madera, resulta mágica. Las abro y, aunque yo habría preferido estar en un cuadro de Canaletto, es como meterme en una película, la vista responde a todos los tópicos: ropa tendida, barcas yendo y viniendo, gente riendo y hablando de una ventana a otra. Massimo se asoma conmigo, me va traduciendo lo que dicen las distintas voces que oimos. Me quedo sola en el balcón, mientras él se ducha y se prepara para irnos a recorrer la ciudad, y me doy cuenta de que los edificios de la calle no es que no sean bonitos, es que son feos, ninguno de ellos se salva, pero el conjunto resulta espectacular. Se lo digo a Massimo y le pregunto si es la tónica general de la ciudad, sonríe y me dice que esta noche lo hablamos.
La luz de la mañana, filtrándose por las contraventanas de madera, resulta mágica. Las abro y, aunque yo habría preferido estar en un cuadro de Canaletto, es como meterme en una película, la vista responde a todos los tópicos: ropa tendida, barcas yendo y viniendo, gente riendo y hablando de una ventana a otra. Massimo se asoma conmigo, me va traduciendo lo que dicen las distintas voces que oimos. Me quedo sola en el balcón, mientras él se ducha y se prepara para irnos a recorrer la ciudad, y me doy cuenta de que los edificios de la calle no es que no sean bonitos, es que son feos, ninguno de ellos se salva, pero el conjunto resulta espectacular. Se lo digo a Massimo y le pregunto si es la tónica general de la ciudad, sonríe y me dice que esta noche lo hablamos.
jueves, 23 de julio de 2009
miércoles, 22 de julio de 2009
Noches de riesgo
Hay que a determinadas edades pueden convertirse casi en deportes de riesgo. Anoche fui a un concierto. Hacía unos quince años que no le veía. Está mayor, quince años mayor, pero yo también. Está claro que él y yo, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. O sí, no lo sé. Quizás es que tiene razón y, aunque uno se cree que los mató el tiempo y la ausencia, lo cierto es que guardamos dentro a todos los que fuimos en distintos momentos, en distintas épocas, y de cuando en cuando, cuando los llamamos, vuelven, y durante esos momentos nos tienen a su merced, como hojas al viento.
Anoche fueron todas las noches. Volvieron con suavidad, colándose o más bien deslizándose una a una sin darme tiempo a reaccionar. Anoche fueron todas las noches, anoche fui todas las que he sido y veo que sigo siendo, anoche fueron todos los amigos. Y todos tuvimos veinte años. Anoche Raúl me volvió a susurrar al oído “menuda” y volvió a hacerme reír recitándome palabras de amor con el peor acento del mundo. Anoche la vida tomó conmigo café mientras Rafael nos ofrecía una granaína a la guitarra y las dos estuvimos tan bonitas que daba gusto vernos. Y me dolió tanto como a Oscar volver a sentir más corazones que arenas en mi pecho, y volvimos a sangrar para la libertad. Y Angel contradijo a sus ojos oceánicos y se declaró nacido en el Mediterráneo mientras Diego, él sí nacido en el Mediterráneo, sonreía queriendo jugar entre Algeciras y Estambul. Y Juan intentó de nuevo cantar una saeta sin que se notara su acento porteño, y de nuevo le salió fatal. Anoche Héctor y yo nos fuimos de farra con algún pirata perdido e Ignacio volvió a jurarme que uno de su calle le había dicho que tiene un amigo que decía conocer a un tipo que un día fue feliz. Y volví a pensar que porque quiero a JB dejé los montes y me vine al mar. Y la verdad es que sí que es cierto que no hay nada más bello que lo que nunca se ha tenido, pero también es cierto que lo que he tenido, lo que sigo teniendo, me gusta mucho. Anoche volvieron todas esas pequeñas cosas y a mí, que nunca lloro, me hicieron llorar aunque todos me veían.
(Nota: ya, qué se creían, yo también tengo estos arranques; se me aguantan ustedes las risitas)
Anoche fueron todas las noches. Volvieron con suavidad, colándose o más bien deslizándose una a una sin darme tiempo a reaccionar. Anoche fueron todas las noches, anoche fui todas las que he sido y veo que sigo siendo, anoche fueron todos los amigos. Y todos tuvimos veinte años. Anoche Raúl me volvió a susurrar al oído “menuda” y volvió a hacerme reír recitándome palabras de amor con el peor acento del mundo. Anoche la vida tomó conmigo café mientras Rafael nos ofrecía una granaína a la guitarra y las dos estuvimos tan bonitas que daba gusto vernos. Y me dolió tanto como a Oscar volver a sentir más corazones que arenas en mi pecho, y volvimos a sangrar para la libertad. Y Angel contradijo a sus ojos oceánicos y se declaró nacido en el Mediterráneo mientras Diego, él sí nacido en el Mediterráneo, sonreía queriendo jugar entre Algeciras y Estambul. Y Juan intentó de nuevo cantar una saeta sin que se notara su acento porteño, y de nuevo le salió fatal. Anoche Héctor y yo nos fuimos de farra con algún pirata perdido e Ignacio volvió a jurarme que uno de su calle le había dicho que tiene un amigo que decía conocer a un tipo que un día fue feliz. Y volví a pensar que porque quiero a JB dejé los montes y me vine al mar. Y la verdad es que sí que es cierto que no hay nada más bello que lo que nunca se ha tenido, pero también es cierto que lo que he tenido, lo que sigo teniendo, me gusta mucho. Anoche volvieron todas esas pequeñas cosas y a mí, que nunca lloro, me hicieron llorar aunque todos me veían.
(Nota: ya, qué se creían, yo también tengo estos arranques; se me aguantan ustedes las risitas)
miércoles, 15 de julio de 2009
El hombre de mercurio
Cuando nos conocimos fue como rozar una bola de mercurio. Por ambas partes. Nos miramos encantados de encontrar a alguien tan profundamente igual, tan aparentemente diferente, y nos dedicamos a buscarnos mutuamente sabiendo que ambos éramos inasibles. Era tan bonito ver cómo cada vez que nos dividíamos todos y cada uno de nuestros yoes se encontraban siempre, que decidimos no dejar de hacerlo. Y así seguimos. A veces sé que al recomponernos nos hemos intercambiado y dudo de qué parte es mía y cuál es suya. Y me gusta.
lunes, 6 de julio de 2009
Evasión
Le dolían la espalda el cuello y los ojos de tanto como escrutaba el cielo. Inasequible a las burlas y al desaliento se pasaba las noches en la azotea, pegado al telescopio que le había regalado el banco cuando abrió la cuenta a los niños. La noche que el platillo volante aterrizó a dos metros de él no dudó un momento: apenas abrieron una compuerta se lanzó al interior gritando “¡Llevadme, llevadme con vosotros!”. Dentro, los tripulantes instalaron al terrícola diez millones en una camilla, y redactaron un informe explicando de nuevo que en la Tierra no se podía vivir.
martes, 23 de junio de 2009
Comer o no comer
A la hora de estudiar hay fundamentalmente dos tipos de personas: las que necesitan echar codos y se pasan horas empollando para sacar los cursos adelante, y las que parece que lo aprenden todo sin esfuerzo. Bueno, también están los que cuidan su mente y no dejan que se contamine con ningún conocimiento pero a esos mejor los dejamos aparte, no vaya a ser que dejemos alguna marca en sus cuidados cerebritos. Yo no les voy a decir a qué categoría pertenezco para no comerles la moral, que eso está feísimo y además debe engordar una barbaridad y en esta época del año las mollas y yo andamos más bien peleadas. Lo que sí les diré es que en casa seguimos estudiando aunque ya lo hacemos por el método osmótico consistente en que JB enciende la televisión, busca en los canales del satélite algún reportaje, y todos confiamos en que los conocimientos nos entren por las orejas. Y no se crean, funciona bastante bien. Por ejemplo este año Madagascar ha triunfado en todos los exámenes de historia por el procedimiento de explicar de forma minuciosa y totalmente explícita los distintos tipos de tortura utilizados a lo largo de la historia. ¿Que tocaba exámen del antiguo Egipto? Pues Madagascar explicaba al detalle cómo se momifica un cadáver (antes de que alguno proteste les aseguro que es una tortura incluso si estás muerto). ¿Que estaban sumergidos en el estudio de las civilizaciones precolombinas? Pues la niña se recreaba en contar los rituales de mayas y aztecas, y como me ha salido morbosilla pues ríete tú de “Apocalypto”. ¿Que había que contar los empalamientos y demás barbaridades que hicieron los conquistadores en América? Pues hala hala, a ello sin evitar un solo detalle escabroso. Total, que gracias a la televisión Madagascar ha conseguido unas notas sangrientamente brillantes en historia. Y no sólo en historia, eh, que el abanico temático de los reportajes con los que nos castig... digo nos instruye JB es tan amplio que Mada dejó epatada a su profesora de inglés el día que hicieron una lectura dedicada a los adelantos del siglo y contestó sin dudar y sin inmutarse a un compañero que había preguntado intrigadísimo quién inventó el váter. Y si hablamos de animales ya ni les cuento. Creo que conocemos por su nombre a todos los núes del Serengeti, sabemos cuántos dientes ha perdido cada cocodrilo del Mara, y estamos al tanto de todas las correrías del comehombres de la India. Eso sí, que nosotros tengamos conocimientos del reino animal casi al mismo nivel que David Attenborough no quita para que suframos de cuando en cuando algunos incidentes desagradables a cuenta de los bichos.
Una de las ventajas de vivir justo frente al mar es que cuando llega el buen tiempo menudean las visitas de los amigos. Bueno, cuando llega el buen tiempo y cuando está malo de morirse, que con eso de que aquí siempre hace menos frío que en cualquier otro lado, el personal se apunta a venir cada dos por tres. A mí eso me gusta. Estas semanas tenemos en casa a Umberto. Umberto es italiano del sur, muy del sur, del sur de Sicilia; desde su casa los días buenos se vislumbra la costa tunecina. Umberto y yo nos conocemos desde hace más veinte años (ufff, cada vez que escribo cosas así me doy cuenta de la edad y duele); ha sido mi guía en Italia y yo he sido su anfitriona en Madrid y ahora aquí. A JB le encanta ver partidos de fútbol con él. Las niñas le adoran. Yo también aunque este año no me tiene muy contenta. Umberto llegó en un deportivo rojo (ay, qué le vamos a hacer, para algunas cosas tiene ese toquecito macabrilla...) y empezó a sacar regalos para todos menos para Madagascar. Cuando hubo repartido todo miró la carita de pena de Madagascar, soltó una carcajada y sacó del coche una jaula con un canario amarillo chillón. “Qui è. Canta come Pavarotti”. A mí me dio un poco de mal rollo pensar que semejante bicho pudiera cantar por ejemplo el “Nessun dorma” como el gordito de Módena pero resultó que no, que el canario abrió el pico y cantó como se esperaba que hicieran los canarios dejando a todo el mundo admirado y ganándose el nombre de Pavarotti para siempre jamás amén. Yo lancé a Umberto mi mirada más asesina (él sabe de siempre la “pequeña manía” que les tengo a las aves) y él la ignoró como lleva haciendo toda la vida. Y Pavarotti entró en nuestras vidas aunque no le dejé entrar del todo y le instalé en la parte trasera del jardín.
El sábado por la tarde habían venido a comer Cristo y Rosamari, y estábamos todos tirados por diversos rincones del jardín charlando sobre frutos, árboles, y flores, y JB se fue a buscar una de las almendras gigantes que tenemos este año para enseñarle a Rosamari cómo son en realidad antes de salir de la cáscara. Volvió de la parte trasera del jardín así como un tanto apresuradamente y con la carita algo demudada, masculló algo de la necesidad de salir a comprar cervezas, cogió la llave del coche y se fue, aunque antes de cerrar la portezuela alcancé a entender algo así como “Gin, echa un vistazo a la jaula de Pavarotti” así que intrigadísima me fui a ver. Antes de llegar ya me extrañó bastante no escuchar los trinos agudísimos del canario pero pensé que igual estaba echándose una siestecilla o algo. Pero no, Pavarotti había desaparecido. No estaba sobre el columpio ni sobre las múltiples barritas que se atraviesan en la jaula para que pueda elegir desde dónde cantar. Mosqueada me acerqué y vi en el fondo de la jaula una serpiente enroscada con pinta de estar echándose, ella sí, una siestecita después de comer. Después de comer... se a Pavarotti, claro, que se veía perfectamente el bulto del pollo dentro del cuerpo del ofidio.
El grito fue de campeonato, y eso que no soy nada propensa a los chillidos. Claro, acudieron todos corriendo y al ver a la serpiente empezaron a gritar también. Había que hacer algo pero no sabíamos qué. Umberto sugirió traer la pistola que lleva siempre en la guantera del coche y ejecutarla de un tiro. Yo ya sabía lo de la pistola pero los demás no y aquello despertó muchísimo su interés (sobre todo el de Bruno) con lo que la conversación amenazó con perderse y olvidar el objetivo principal: eliminar a la serpiente. Kenya sacó el machete de JB y sugirió que lo utilizáramos pero para matar la serpiente a machetazos había que sacarla de la jaula y ninguno estábamos por la labor de meter la mano. Descartadas las ideas de la pistola y el machete cada uno se puso a dar su opinión a excepción de Rosamari, que miraba la jaula como hipnotizada sin dejar de agarrar firmemente su gin-tonic. Es curioso porque Rosamari, cuando está en Londres dedicada a su trabajo, no bebe ni una gota pero es llegar aquí, de vacaciones, y no soltar el gin-tonic ni para ducharse. Mientras los demás discutíamos ella se perdió por la casa y apareció de nuevo enseñando los dientes con una semisonrisa triunfal. Como es tan negra y los dientes son tan blancos cuando sonríe da un poco de yuyu.
“Tengo la solución” dijo solemnemente en inglés, que en español todavía no sabe decir ni buenos días, y antes de que pudiéramos impedirlo se puso a pulverizar la serpiente a dos manos con insecticida y laca.
- Pero si está echándole laca! ¿Para qué?
- Yo qué sé, igual quiere dejarla tiesa.
- ¿Pero está loca o qué?
- Qué loca! Lo que debe estar es borracha perdida. ¡Kenya! Tírale el gin-tonic por el fregadero, hombre!
Claro, como Rosamari no vive en casa y no se ha tragado docenas de miles de reportajes sobre animales no sabe que no se debe provocar a una serpiente, y menos cuando está en plena siesta. La serpiente, que debía estar ya un tanto molesta por los gritos, abrió los ojos, siseó amenazadoramente y se lanzó en pleno ataque contra Rosamari, quien ni por ésas dejó de espurrear laca e insecticida como una auténtica posesa.
Menos mal que Pavarotti era un canario gordito y cuando la serpiente se lanzó contra Rosamari el cuerpo del canario, atravesado dentro de ella, chocó contra los barrotes de la jaula y allí quedó la serpiente, siseando desesperadamente, y en ese momento ¡zas! la mano ejecutora de Cristo descargó el machete cortándole la cabeza y dejando la camisa de seda de Umberto perdida de sangre, que no sé qué tipo de sangre será porque llevamos ya siete frascos de agua oxigenada y eso no sale ni patrás. Después Bruno insistió mucho rato en que rajáramos a la serpiente por si Pavarotti todavía vivía.
JB lleva dos días durmiendo en el sofá, castigado por cobarde.
Una de las ventajas de vivir justo frente al mar es que cuando llega el buen tiempo menudean las visitas de los amigos. Bueno, cuando llega el buen tiempo y cuando está malo de morirse, que con eso de que aquí siempre hace menos frío que en cualquier otro lado, el personal se apunta a venir cada dos por tres. A mí eso me gusta. Estas semanas tenemos en casa a Umberto. Umberto es italiano del sur, muy del sur, del sur de Sicilia; desde su casa los días buenos se vislumbra la costa tunecina. Umberto y yo nos conocemos desde hace más veinte años (ufff, cada vez que escribo cosas así me doy cuenta de la edad y duele); ha sido mi guía en Italia y yo he sido su anfitriona en Madrid y ahora aquí. A JB le encanta ver partidos de fútbol con él. Las niñas le adoran. Yo también aunque este año no me tiene muy contenta. Umberto llegó en un deportivo rojo (ay, qué le vamos a hacer, para algunas cosas tiene ese toquecito macabrilla...) y empezó a sacar regalos para todos menos para Madagascar. Cuando hubo repartido todo miró la carita de pena de Madagascar, soltó una carcajada y sacó del coche una jaula con un canario amarillo chillón. “Qui è. Canta come Pavarotti”. A mí me dio un poco de mal rollo pensar que semejante bicho pudiera cantar por ejemplo el “Nessun dorma” como el gordito de Módena pero resultó que no, que el canario abrió el pico y cantó como se esperaba que hicieran los canarios dejando a todo el mundo admirado y ganándose el nombre de Pavarotti para siempre jamás amén. Yo lancé a Umberto mi mirada más asesina (él sabe de siempre la “pequeña manía” que les tengo a las aves) y él la ignoró como lleva haciendo toda la vida. Y Pavarotti entró en nuestras vidas aunque no le dejé entrar del todo y le instalé en la parte trasera del jardín.
El sábado por la tarde habían venido a comer Cristo y Rosamari, y estábamos todos tirados por diversos rincones del jardín charlando sobre frutos, árboles, y flores, y JB se fue a buscar una de las almendras gigantes que tenemos este año para enseñarle a Rosamari cómo son en realidad antes de salir de la cáscara. Volvió de la parte trasera del jardín así como un tanto apresuradamente y con la carita algo demudada, masculló algo de la necesidad de salir a comprar cervezas, cogió la llave del coche y se fue, aunque antes de cerrar la portezuela alcancé a entender algo así como “Gin, echa un vistazo a la jaula de Pavarotti” así que intrigadísima me fui a ver. Antes de llegar ya me extrañó bastante no escuchar los trinos agudísimos del canario pero pensé que igual estaba echándose una siestecilla o algo. Pero no, Pavarotti había desaparecido. No estaba sobre el columpio ni sobre las múltiples barritas que se atraviesan en la jaula para que pueda elegir desde dónde cantar. Mosqueada me acerqué y vi en el fondo de la jaula una serpiente enroscada con pinta de estar echándose, ella sí, una siestecita después de comer. Después de comer... se a Pavarotti, claro, que se veía perfectamente el bulto del pollo dentro del cuerpo del ofidio.
El grito fue de campeonato, y eso que no soy nada propensa a los chillidos. Claro, acudieron todos corriendo y al ver a la serpiente empezaron a gritar también. Había que hacer algo pero no sabíamos qué. Umberto sugirió traer la pistola que lleva siempre en la guantera del coche y ejecutarla de un tiro. Yo ya sabía lo de la pistola pero los demás no y aquello despertó muchísimo su interés (sobre todo el de Bruno) con lo que la conversación amenazó con perderse y olvidar el objetivo principal: eliminar a la serpiente. Kenya sacó el machete de JB y sugirió que lo utilizáramos pero para matar la serpiente a machetazos había que sacarla de la jaula y ninguno estábamos por la labor de meter la mano. Descartadas las ideas de la pistola y el machete cada uno se puso a dar su opinión a excepción de Rosamari, que miraba la jaula como hipnotizada sin dejar de agarrar firmemente su gin-tonic. Es curioso porque Rosamari, cuando está en Londres dedicada a su trabajo, no bebe ni una gota pero es llegar aquí, de vacaciones, y no soltar el gin-tonic ni para ducharse. Mientras los demás discutíamos ella se perdió por la casa y apareció de nuevo enseñando los dientes con una semisonrisa triunfal. Como es tan negra y los dientes son tan blancos cuando sonríe da un poco de yuyu.
“Tengo la solución” dijo solemnemente en inglés, que en español todavía no sabe decir ni buenos días, y antes de que pudiéramos impedirlo se puso a pulverizar la serpiente a dos manos con insecticida y laca.
- Pero si está echándole laca! ¿Para qué?
- Yo qué sé, igual quiere dejarla tiesa.
- ¿Pero está loca o qué?
- Qué loca! Lo que debe estar es borracha perdida. ¡Kenya! Tírale el gin-tonic por el fregadero, hombre!
Claro, como Rosamari no vive en casa y no se ha tragado docenas de miles de reportajes sobre animales no sabe que no se debe provocar a una serpiente, y menos cuando está en plena siesta. La serpiente, que debía estar ya un tanto molesta por los gritos, abrió los ojos, siseó amenazadoramente y se lanzó en pleno ataque contra Rosamari, quien ni por ésas dejó de espurrear laca e insecticida como una auténtica posesa.
Menos mal que Pavarotti era un canario gordito y cuando la serpiente se lanzó contra Rosamari el cuerpo del canario, atravesado dentro de ella, chocó contra los barrotes de la jaula y allí quedó la serpiente, siseando desesperadamente, y en ese momento ¡zas! la mano ejecutora de Cristo descargó el machete cortándole la cabeza y dejando la camisa de seda de Umberto perdida de sangre, que no sé qué tipo de sangre será porque llevamos ya siete frascos de agua oxigenada y eso no sale ni patrás. Después Bruno insistió mucho rato en que rajáramos a la serpiente por si Pavarotti todavía vivía.
JB lleva dos días durmiendo en el sofá, castigado por cobarde.
martes, 16 de junio de 2009
San Petersburgo (2)
Siempre he querido ver el Hermitage y después de seis días en San Petersburgo solamente lo he visto de refilón, de lejos, mientras vamos corriendo a ver otros sitios. No puedo quejarme, Serguei ha cumplido su palabra y no me ha dejado sola. He disfrutado la visita a la Iglesia de la Sangre Derramada, el Almirantazgo, la Catedral de San Isaac… Por ahora todo lo que vemos me ha resultado increíble, claro que es normal porque aquí todas las construcciones tienen un tamaño apabullante.
Hoy habíamos planeado ver por fin el Hermitage pero la madre de Serguei ha llamado a primera hora y no podrá venir conmigo. Al principio me planteo esperar a ir con él mañana pero luego pienso que por qué no me acerco yo sola, seguro que varios días serán pocos para ver el museo completo.
Desde lejos me había parecido impresionante pero según me acerco al Palacio de Invierno me parece la construcción más impresionante que he visto nunca. Rodeo el edificio, me alejo para mirarlo con una perspectiva mejor, me acerco de nuevo, doy otra vuelta y al final termino entrando aunque no empiezo la visita muy animada. Poco a poco me voy dejando llevar y termino entusiasmándome con la colección de joyas orientales. Mi humor mejora y pienso que no importa que Serguei no haya venido, que estar aquí es un privilegio y que será todo un placer volver mañana con él. Entonces oigo una voz que me dice que estaría guapísima con todo eso, me doy la vuelta y veo a Serguei. Qué bien! El placer será doble: hoy y mañana.
Hoy habíamos planeado ver por fin el Hermitage pero la madre de Serguei ha llamado a primera hora y no podrá venir conmigo. Al principio me planteo esperar a ir con él mañana pero luego pienso que por qué no me acerco yo sola, seguro que varios días serán pocos para ver el museo completo.
Desde lejos me había parecido impresionante pero según me acerco al Palacio de Invierno me parece la construcción más impresionante que he visto nunca. Rodeo el edificio, me alejo para mirarlo con una perspectiva mejor, me acerco de nuevo, doy otra vuelta y al final termino entrando aunque no empiezo la visita muy animada. Poco a poco me voy dejando llevar y termino entusiasmándome con la colección de joyas orientales. Mi humor mejora y pienso que no importa que Serguei no haya venido, que estar aquí es un privilegio y que será todo un placer volver mañana con él. Entonces oigo una voz que me dice que estaría guapísima con todo eso, me doy la vuelta y veo a Serguei. Qué bien! El placer será doble: hoy y mañana.
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