Lo confieso: yo odiaba los dibujos animados de Heidi. También odiaba a Marco, pero a Marco le odiaba por llorón, por enmadrado, por consentido, por inconsciente, y por tener a un monito como mascota, con la de piojos y bichos que eso tiene. A Heidi la odiaba porque llevaba fenomenal eso de vivir en una cabaña de piedra en la que no había cuarto de baño ni agua caliente y estaba encantada de dormir en el pajar sin importarle ni el frío ni lo molestísimo que es eso que siempre hay ratones, y las pajillas se quedan duras y por la mañana te duelen los huesos, y beber leche de cabra directamente de la teta, sin hervir ni ná, y pasarse el día descalza clavándose piedrecitas en los pies. Además la detestaba por esa vocecilla de pito que tenía. Que independientemente de que no la tragara me sepa las canciones de la serie en japonés (que mis hijas se descojonan cuando se las canto, y pretenden que las cante cuando vienen sus amigos, como si fuera un loro amaestrado, las muy malvadas) es cosa aparte.
Ese mundo idílico de Heidi es totalmente mentira. Se lo digo yo que cuando era pequeña pasaba los veranos en una aldea de las montañas, y no había cuarto de baño ni agua caliente, ni televisión, ni calefacción, ni lavadora, ni teléfono, ni nada, y aunque muchas cosas eran divertidas había otras que resultaban francamente molestas. Por ejemplo, entre las divertidas estaba lo de ir a lavar la ropa al río. La verdad es que lo pienso ahora y eso de pasarte un rato largo arrodillada en una piedra (con un cojín debajo, vale, pero piedra al fin y al cabo) con las manos metidas en un agua que baja del deshielo espantando renacuajos a base de restregar ropa contra una laja (no, no usábamos lavaderas de madera, no, eran de piedra) y luego retorcerla con toda la saña del mundo para sacarle hasta la última gota de agua posible, y acarrear después hasta casa un barreño o un cubo lleno de ropa pesada como un collar de melones, pues como que divertido no lo veo, pero entonces nos parecía lo más de lo más y nos tirábamos media mañana lavando bragas y perdiendo calcetines cauce abajo. Eso estaba entre lo divertido. Entre lo no divertido, pues volver a casa con la única luz de la linternita de petaca pisando boñigas y sapos. O tener que bajar a la cuadra a hacer nuestras necesidades al calor de los animales.
Yo creo que de ahí viene la manía que le tengo a las aves, sobre todo a las aves de corral, aunque no soporto a ninguna. Háganse una idea e imagínense que tienen que hacer pis (comencemos con eso, de momento) agachaditos en una cuadra con poca luz, el suelo de tierra (y cacas de animal) y rodeados de ganado de todo tipo. Como para que no salga el chorrito. Y cuando por fin sale ven que se les acercan las gallinas mirándoles de lado (yo sé que las pobres no pueden mirar de frente porque tienen un ojo a cada lado de la cabeza pero eso no hace que me den menos grima) y haciendo ruidos irreproducibles. Anda que no me he meado yo veces encima por ponerme de pie a toda prisa. Y de otros menesteres no hablemos que se pueden imaginar el grado de estreñimiento que se adquiere solamente de pensar que tienes que tirarte un rato en cuclillas espantando gallinas y demás, y encima sin caerte. ¿A que ustedes no se imaginaban eso cuando veían Heidi? Pues yo sí. De entonces me viene este asco a las aves. A todas, porque como dice Madagascar, puestos a detestar, yo a lo grande. Y por supuesto, como no me gustan, el destino está empeñado en amenazar con meterlas en mi vida a toda costa.
A primeros de semana JB se puso a podar los árboles del jardín, que buena falta les hacía, y volvió con un misterioso tesoro en una bolsa. Mira que podía ser un montón de cosas, yo qué sé, desde un cargamento de limones hasta ramos de lilas, un gatito nuevo (no sería la primera vez), e incluso un frasco de perfume para mí, yo qué sé, pero no, antes de abrirlo yo sabía lo que era.
-No habrás traido un nido.
Se le puso carita de culpable.
-Y encima tendrá hasta huevos.
La culpabilidad le chorreaba ya por todos los poros de la piel, rivalizando en intensidad con el entusiasmo, así que abrió la bolsa y sacó el nido. Muy bonito, tengo que reconocerlo, era un nido perfecto, y por supuesto estaba habitado por tres huevos de color azul turquesa con pintitas marroncillos. Yo sé que las miradas entre gélidas y de asco que les dedicamos no coincidían ni medio con los gritos de júbilo y desbordada ilusión que esperaba JB, pero es que no podía.
-¿No os gustan?
-Emmm... son preciosos, sí, es un azul turquesa francamente bonito.
-Además están llenos, mira, porque pesan.
Ahí no pude menos que visualizar a los embriones a medio hacer y recordar a los vietnamitas comiendo embrión de pato y como dice Bruno “por casi gomito”. La cara de asco debió ser memorable. Lo sé porque ví las de Kenya y Madagascar, que debieron tener un hilo de pensamiento similar al mío. Bruno sopesaba los huevos a ver qué pollo era más gordo, y se los quité porque corrían grave riesgo de rotura y lo único que me faltaba era el cadáver de un pollo a medio desarrollar por el suelo. Puaj.
Ante nuestra reacción cualquiera se habría desinflado, pero estamos hablando de JB, inasequible al desaliento y que dispone de una capacidad de entusiasmo que alcanza límites insospechados. Él en lugar de retirarse cabizbajo a su rincón, se puso a explicarnos lo bonito que iba a ser cuando los minipollos abrieran el cascarón y les viéramos salir y piar de contento. Su discurso se enfrió levemente cuando yo le dije, con toda la frialdad de la que fui capaz, que entendía que él quisiera que los pajaritos que tiene en la cabeza tuvieran nuevos amiguitos con los que jugar pero que si uno solo de esos pollos conseguía nacer no contara conmigo para masticarle lombrices y regurgitárselas después amorosamente en el piquito. Kenya y Madagascar dijeron que ellas tampoco se apuntaban, y Bruno, después de preguntar qué quería decir regurgitar dijo que contáramos con él para coger lombrices pero que no pensaba masticarlas ni nada. JB nos miró con cara de ofendido.
-Sois unas... unas... unas... ahora mismo no me sale nada, pero me habéis desilusionado. Yo pensé que os iban a encantar los huevos.
-A mí me gustan los huevos. Oye, ¿con esto salen tortillas azules?
Bruno no tiene pajaritos en la cabeza pero derrapa mentalmente que da gusto. JB ni siquiera consideró contestarle.
-Pues que sepáis que voy a poner el nido encima del radiador y que los pajaritos van a salir. Y los voy a criar. Y vendrán a comer de mi mano.
-¿Y cómo los vas a llamar?
Madagascar, una vez superada la etapa repugnante de bichos sin plumas, estaba francamente interesada en los pollos. JB aprovechó el resquicio.
-No sé. ¿Por qué no le ponéis nombre cada uno a un huevo?
Kenya aprovechó para soltar un golpe bajo.
-Vale. El mío se llama Cadáver porque seguro que están ya todos muertos.
-¡Ah! Pues entonces el mío que se llame Carroña.
Sólo quedaba Bruno. La mirada furibunda de JB cambió al verle la carita.
-Pues el mío se llama Vivito, y va a ser un pájaro precioso, de colores, y cantará y vendrá a todos lados conmigo.
-¿Pero no eran mirlos negros de esos asquerosos?- Susurró Madagascar justo antes de ganarse un codazo mío.
Y ahí quedó el nido, sobre el radiador y envuelto en una toalla. La mañana siguiente estoy terminando de desayunar cuando veo a Madagascar salir de su habitación en pijama con los pelos tiesos (como siempre) y carita de asombro.
-Buenos días. ¿Qué te pasa?
-Que he abierto los ojos y estoy oyendo cantar pajaritos, y... ¿han salido ya o qué?
Muerta de risa le di la vuelta y la puse mirando a la ventana. Le dio la risa también a ella.
-¡Aaaaaaah! Que son los pájaros normales, los de todas las mañanas...
Han pasado ya varios días desde que JB trajera el nido y esta mañana lo hemos visto moverse levemente (al nido, que JB se mueve con mucho brío, nada de levemente). Como salgan los pollos me voy de casa.
sábado, 19 de abril de 2008
viernes, 11 de abril de 2008
sábado, 5 de abril de 2008
Cucurrucucú
La primera vez que Kenya fue de excursión con el colegio tenía 6 años. Los llevaron al centro de la ciudad, a ver la casa natal del pintor local (aquí todo gira en torno a él) y cuando volvieron la profesora estaba a punto de tener un ataque de nervios. Resulta que al terminar la visita había dejado a los chiquillos jugar un rato en la plaza (frente a la casa natal del pintor local en torno al cual gira la vida de la ciudad) y al ir a subir al autobús para volver al pueblo se dio cuenta de que todos los niños (y me refiero a niños macho, las niñas hembra no) llevaban bajo el brazo una paloma. Teniendo en cuenta que las palomas de esta ciudad son listas y taimadas como un lobo acosado por espíritus de vampiro en celo (ya, es que no se me ocurría qué podía acosar tanto a un lobo como para volverle taimado al nivel de los rapaces estos) ya tenía mérito que las hubieran atrapado. Alguno, incluso, llevaba dos. Al preguntarles qué narices hacían con las palomas, uno de ellos dijo que su madre las preparaba con arroz y que estaban bien ricas. Por supuesto le costó un rato largo y una batería de gritos conseguir que las palomas volvieran a ser libres y pudieran continuar destrozando los edificios, las estatuas, y la ropa de los viandantes a base de cagarrutas descontroladas.
La verdad es que cuando a mi me lo contó me pareció que exageraba un poco. Bien es cierto que ella acababa de bajar del autobús y estaba histérica perdida, y que yo llevaba un buen rato en el bar esperando a que llegaran, pero aun así me pareció que estaba echando un poco las patas por alto porque vamos a ver, qué mal habían hecho los vandalitos aquellos en capturar unas cuantas presas para echar al puchero. Al fin y al cabo ahí se veía que tenían madera de machos, de cazadores, de sostén familiar, de… vale, de brutísimos. Pero también es cierto que palomas hay un ciento en cada esquina, y que tampoco pasa nada por aligerar un poco la población aviar de la zona. Aunque sea para comerlas con arroz, que no lo he probado nunca (me da un poco de reparo, tengo que confesarlo) pero todo el mundo dice que está rico. Yo detesto las palomas, vivas o muertas. Bueno, vivas más.
Hace un par de semanas estaba tomando el té en el jardín con Rosamari cuando llegó Cristo y se nos unió. Estaban los dos encantados de conocerse, Rosamari porque era la primera vez que conocía a un lugareño nudista, y Cristo porque es más sociable que la mar y le encanta conocer gente nueva. Y si esa gente nueva es negra, inglesa de Jamaica, y solamente habla inglés pues mejor porque así practica el idioma. Es que no había dicho que Rosamari es una alumna de JB y en realidad se llama Rose Marie, es negra, inglesa de Jamaica, y etc. etc. etc. Así que allí estábamos los tres tomando el sol y el té tan ricamente. Cristo y Rosamari charlaban (o lo intentaban) y yo miraba las palmeras del jardín de las cuales salían unos “cucurrucucúes” la mar de mosqueantes, para mí, claro. Cristo siguió la dirección de mi mirada.
- ¿Contemplando las palomas?
- Ajá.
- Son preciosas, ¿eh?
- ¿Tú sabes cómo podría cargármelas a todas?
- ¡Joder, Gin, no seas cafre!
Cristo me miraba como si hubiera dicho que quería asarles a él y a Rosamari y comérmelos de a poquito.
- Me tienen harta, Cristo, me tienen harta. Hoy he tenido que lavar las toallas dos veces porque las tiendo y las cagan enteritas. Me dan un aaaaaasco. Y todo el día haciendo “rruuuuuuruuuuuuruuuu”. Son desagradables como ellas solas.
- ¿What?
Rosamari es que no se entera de nada de español, y eso que lleva ya tiempo aquí.
- Pidgeons. Disgusting.
Kenya al principio se dedicaba con entusiasmo a la tarea de traducir fielmente todo lo que hablábamos en español pero ya empieza a estar un poco hasta el moñete y traduce tipo Tarzán. Miedo me da pensar qué hará dentro de una semana o dos. Igual se dedica a hacer señas.
- Mi madre hacía un pastel de paloma delicioso.
Yo creí que había oído mal pero cuando Kenya dijo “pero qué asco, por Dios”, y ví brillar los ojitos de Rosamari así como con aire golosito me di cuenta de que no, que la cocina inglesa era todavía más repugnante de lo que yo pensaba y que si se la dábamos bien muerta aquella mujer era capaz de hacernos un pastel con la paloma.
- ¡Ah, pues estará rico! ¿Te acuerdas de aquel arroz con pechuguitas de gorrión que nos hizo Juani el bombero, Gin?
Cristo a veces tiene la extraña capacidad de sacar a relucir aquellos temas que yo querría que quedaran bien enterrados en el subconsciente colectivo. El arroz con pechuguitas de gorrión era uno de ellos. Bien es cierto que estaba estupendo pero recuerdo que al principio estaba intrigadísima por saber de dónde habría sacado el bombero pollos tan diminutos. Cuando nos dijo que se trataba de gorriones y que se había pasado todo el día anterior limpiándolos para dejar las pechuguitas nada más me imaginé la pila de gorriones muertos y despechugados (literalmente) y me entró un mal rollo que no pude seguir comiendo. Vaya, aquello solamente fue comparable al día que Claudia la colombiana nos invitó a comer y cuando llevábamos ya medio plato comido nos preguntó si nos gustaba la lengua. En ese mismo momento terminó la comida. Y es que somos unos prejuiciosos, vale, pero por mucho que me intente mentalizar lo de zamparme un puñao de pajaritos no termina de convencerme nada de nada. Y de las lenguas de criaturas muertas ni hablemos.
Iba a fulminar a Cristo con la mirada pero afortunadamente él y Rosamari se enredaron a discutir sobre gastronomía y me dejaron tranquila para pensar en la manera de desarraigar a las palomas de las palmeras. De pronto se me ocurrió.
- ¡El nido! Si les quitamos el nido se irán de ahí.
Era tan fácil que no sabía cómo no se me había ocurrido antes. Lo que no parecía tan fácil era cómo subir a lo alto de la palmera (son doce metros) esquivando picotazos (eh, que yo he visto “Los pájaros”) localizar un nido, hacerlo añicos, y bajar sana, salva, y triunfal, al jardín. Pero bueno, pensé que la cosa no iba mal. De momento había dado con la solución. Otro día me dedicaría a pensar cómo ejecutarla.
Y la solución parecieron aportarla las mismas palomas. Dos días después volvía del pueblo en coche con Madagascar cuando vimos dos palomas caminando por la carretera.
- ¡Vas a atropellar una paloma! ¡Gira el volante!¡Esquívala!
A veces Madagascar se cree que soy Lara Croft y que estamos en una autopista y se olvida de que por la calle no cabe más que coche y medio (el otro medio suele estar retrepado en la acera bien aparcadito).
- No digas bobadas, Madagascar, a ver si te crees que las palomas son tontas. Cómo voy a atrop…
¡CHOF, CHOF! No pude terminar la frase. Por el retrovisor vi el cadáver espachurrado de la paloma.
- ¿La has atropellado?
- Mmm… creo que sí.
- ¡La ha reventao entera! ¡Está la carretera llena de tripas y de sangre!
Bruno estaba entusiasmado; se había salido de la silla del coche para mirar por el cristal trasero. A veces no sé de dónde salen estos niños.
Durante la comida Bruno contó el atropello. “Se trata de una acción vituperable que deploro de veras” dijo JB, y se quedó tan pancho. Yo empiezo a cuestionarme seriamente lo de impedirle ver películas de romanos, que luego nos suelta cosas así y terminamos hablando todos que parecemos Judá Ben Hur y el colega aquel de la cuádriga tuneada de negro. Kenya, por cortesía del canal Odisea (de verdad que durante esa comida estuve tentada de borrarme del Digital para siempre) nos explicó que las palomas son monógamas y que si un miembro de la pareja muere el otro se deja morir porque no soporta vivir sin su pareja. “Estupendo” dije fríamente “a ver si se muere pronto y puedo tender la ropa en paz de una vez”. El tono fue lo suficientemente lúgubre como para que nadie continuara hablando del tema.
Y la cosa parecía funcionar. Durante un par de días la paloma superviviente se lanzaba entre las ruedas del coche cada vez que me veía aparecer por la calle, en plan kamikaze. Hay que decir que ella era una kamikaze muy torpe y yo una asesina fatal porque ninguna de las dos conseguimos nuestro objetivo y la paloma siguió vivita y coleante. Al final, aburrida de intentar suicidarse sin éxito, la paloma dejó de atacar mis ruedas y se fue. Y yo me quedé tan contenta.
Hasta hoy, que al tender la ropa con Kenya hemos oído unos “currucucúes” de lo más familiar y al mirar he visto que la paloma ha vuelto ¡con otra pareja! He mirado a Kenya de modo acusador, claro. “Con que fieles hasta la muerte, ¿eh?”, y se ha inflado a reir. Llevo todo el día buscando el tirachinas.
La verdad es que cuando a mi me lo contó me pareció que exageraba un poco. Bien es cierto que ella acababa de bajar del autobús y estaba histérica perdida, y que yo llevaba un buen rato en el bar esperando a que llegaran, pero aun así me pareció que estaba echando un poco las patas por alto porque vamos a ver, qué mal habían hecho los vandalitos aquellos en capturar unas cuantas presas para echar al puchero. Al fin y al cabo ahí se veía que tenían madera de machos, de cazadores, de sostén familiar, de… vale, de brutísimos. Pero también es cierto que palomas hay un ciento en cada esquina, y que tampoco pasa nada por aligerar un poco la población aviar de la zona. Aunque sea para comerlas con arroz, que no lo he probado nunca (me da un poco de reparo, tengo que confesarlo) pero todo el mundo dice que está rico. Yo detesto las palomas, vivas o muertas. Bueno, vivas más.
Hace un par de semanas estaba tomando el té en el jardín con Rosamari cuando llegó Cristo y se nos unió. Estaban los dos encantados de conocerse, Rosamari porque era la primera vez que conocía a un lugareño nudista, y Cristo porque es más sociable que la mar y le encanta conocer gente nueva. Y si esa gente nueva es negra, inglesa de Jamaica, y solamente habla inglés pues mejor porque así practica el idioma. Es que no había dicho que Rosamari es una alumna de JB y en realidad se llama Rose Marie, es negra, inglesa de Jamaica, y etc. etc. etc. Así que allí estábamos los tres tomando el sol y el té tan ricamente. Cristo y Rosamari charlaban (o lo intentaban) y yo miraba las palmeras del jardín de las cuales salían unos “cucurrucucúes” la mar de mosqueantes, para mí, claro. Cristo siguió la dirección de mi mirada.
- ¿Contemplando las palomas?
- Ajá.
- Son preciosas, ¿eh?
- ¿Tú sabes cómo podría cargármelas a todas?
- ¡Joder, Gin, no seas cafre!
Cristo me miraba como si hubiera dicho que quería asarles a él y a Rosamari y comérmelos de a poquito.
- Me tienen harta, Cristo, me tienen harta. Hoy he tenido que lavar las toallas dos veces porque las tiendo y las cagan enteritas. Me dan un aaaaaasco. Y todo el día haciendo “rruuuuuuruuuuuuruuuu”. Son desagradables como ellas solas.
- ¿What?
Rosamari es que no se entera de nada de español, y eso que lleva ya tiempo aquí.
- Pidgeons. Disgusting.
Kenya al principio se dedicaba con entusiasmo a la tarea de traducir fielmente todo lo que hablábamos en español pero ya empieza a estar un poco hasta el moñete y traduce tipo Tarzán. Miedo me da pensar qué hará dentro de una semana o dos. Igual se dedica a hacer señas.
- Mi madre hacía un pastel de paloma delicioso.
Yo creí que había oído mal pero cuando Kenya dijo “pero qué asco, por Dios”, y ví brillar los ojitos de Rosamari así como con aire golosito me di cuenta de que no, que la cocina inglesa era todavía más repugnante de lo que yo pensaba y que si se la dábamos bien muerta aquella mujer era capaz de hacernos un pastel con la paloma.
- ¡Ah, pues estará rico! ¿Te acuerdas de aquel arroz con pechuguitas de gorrión que nos hizo Juani el bombero, Gin?
Cristo a veces tiene la extraña capacidad de sacar a relucir aquellos temas que yo querría que quedaran bien enterrados en el subconsciente colectivo. El arroz con pechuguitas de gorrión era uno de ellos. Bien es cierto que estaba estupendo pero recuerdo que al principio estaba intrigadísima por saber de dónde habría sacado el bombero pollos tan diminutos. Cuando nos dijo que se trataba de gorriones y que se había pasado todo el día anterior limpiándolos para dejar las pechuguitas nada más me imaginé la pila de gorriones muertos y despechugados (literalmente) y me entró un mal rollo que no pude seguir comiendo. Vaya, aquello solamente fue comparable al día que Claudia la colombiana nos invitó a comer y cuando llevábamos ya medio plato comido nos preguntó si nos gustaba la lengua. En ese mismo momento terminó la comida. Y es que somos unos prejuiciosos, vale, pero por mucho que me intente mentalizar lo de zamparme un puñao de pajaritos no termina de convencerme nada de nada. Y de las lenguas de criaturas muertas ni hablemos.
Iba a fulminar a Cristo con la mirada pero afortunadamente él y Rosamari se enredaron a discutir sobre gastronomía y me dejaron tranquila para pensar en la manera de desarraigar a las palomas de las palmeras. De pronto se me ocurrió.
- ¡El nido! Si les quitamos el nido se irán de ahí.
Era tan fácil que no sabía cómo no se me había ocurrido antes. Lo que no parecía tan fácil era cómo subir a lo alto de la palmera (son doce metros) esquivando picotazos (eh, que yo he visto “Los pájaros”) localizar un nido, hacerlo añicos, y bajar sana, salva, y triunfal, al jardín. Pero bueno, pensé que la cosa no iba mal. De momento había dado con la solución. Otro día me dedicaría a pensar cómo ejecutarla.
Y la solución parecieron aportarla las mismas palomas. Dos días después volvía del pueblo en coche con Madagascar cuando vimos dos palomas caminando por la carretera.
- ¡Vas a atropellar una paloma! ¡Gira el volante!¡Esquívala!
A veces Madagascar se cree que soy Lara Croft y que estamos en una autopista y se olvida de que por la calle no cabe más que coche y medio (el otro medio suele estar retrepado en la acera bien aparcadito).
- No digas bobadas, Madagascar, a ver si te crees que las palomas son tontas. Cómo voy a atrop…
¡CHOF, CHOF! No pude terminar la frase. Por el retrovisor vi el cadáver espachurrado de la paloma.
- ¿La has atropellado?
- Mmm… creo que sí.
- ¡La ha reventao entera! ¡Está la carretera llena de tripas y de sangre!
Bruno estaba entusiasmado; se había salido de la silla del coche para mirar por el cristal trasero. A veces no sé de dónde salen estos niños.
Durante la comida Bruno contó el atropello. “Se trata de una acción vituperable que deploro de veras” dijo JB, y se quedó tan pancho. Yo empiezo a cuestionarme seriamente lo de impedirle ver películas de romanos, que luego nos suelta cosas así y terminamos hablando todos que parecemos Judá Ben Hur y el colega aquel de la cuádriga tuneada de negro. Kenya, por cortesía del canal Odisea (de verdad que durante esa comida estuve tentada de borrarme del Digital para siempre) nos explicó que las palomas son monógamas y que si un miembro de la pareja muere el otro se deja morir porque no soporta vivir sin su pareja. “Estupendo” dije fríamente “a ver si se muere pronto y puedo tender la ropa en paz de una vez”. El tono fue lo suficientemente lúgubre como para que nadie continuara hablando del tema.
Y la cosa parecía funcionar. Durante un par de días la paloma superviviente se lanzaba entre las ruedas del coche cada vez que me veía aparecer por la calle, en plan kamikaze. Hay que decir que ella era una kamikaze muy torpe y yo una asesina fatal porque ninguna de las dos conseguimos nuestro objetivo y la paloma siguió vivita y coleante. Al final, aburrida de intentar suicidarse sin éxito, la paloma dejó de atacar mis ruedas y se fue. Y yo me quedé tan contenta.
Hasta hoy, que al tender la ropa con Kenya hemos oído unos “currucucúes” de lo más familiar y al mirar he visto que la paloma ha vuelto ¡con otra pareja! He mirado a Kenya de modo acusador, claro. “Con que fieles hasta la muerte, ¿eh?”, y se ha inflado a reir. Llevo todo el día buscando el tirachinas.
jueves, 3 de abril de 2008
Un mal momento
"¡Dios mío, qué mala suerte! Otra pérdida más. Soy una desgraciada. Nada me sale bien. Cada vez que intento hacer algo, sea lo que sea, lo fastidio. Si no soy capaz de hacer bien una cosa insignificante, algo cotidiano, cómo voy a poder llevar adelante mi vida. Nunca seré nadie; siempre un cero a la izquierda. ¡Ay, Dios! Miro y solamente veo un abismo. Esto es siempre mi vida: un abismo en el que solamente hay pérdidas desastrosas y… "
(Ding-Dong)
- Hola, soy la vecina del bajo; te traigo una toalla. Se te acaba de caer al recoger la ropa.
(Ding-Dong)
- Hola, soy la vecina del bajo; te traigo una toalla. Se te acaba de caer al recoger la ropa.
martes, 1 de abril de 2008
Donegal
Me levanto temprano. Hace mucho frío en la cocina. Declan ha ido a comprar pan para desayunar. Me ducho y preparo café mientras le espero. Siempre madruga más que yo. Por muy temprano que me levante él lo ha hecho antes. Se levanta, se ducha con agua fría, incluso en invierno, y desaparece un par de horas. Luego vuelve trayendo pan o bollos recién hechos para el desayuno. Nunca le he preguntado dónde va y qué hace en esas horas. No sé si se dedica a pasear, si reza, si corre por el campo, o si hace meditación. No lo sé y no me importa. No me importa siempre, sólo cuando creo que a veces sería bueno para él que yo lo supiera. Pero de eso no estoy segura.
Llueve. Hoy, ahora, toca esa lluvia blanda y fina que engaña haciendo que parezca que las gotas se limitan a flotar en el ambiente, y que hace que terminemos calados hasta los huesos. Declan entra y sacude la cabeza esparciendo agua por la cocina. Trae pan caliente y el periódico. Cuando terminamos de desayunar yo leo el periódico mientras él recoge la cocina en silencio, sin molestarme. Sólo después de haber desayunado, después de haber echado un vistazo al periódico, hablamos y decidimos qué vamos a hacer cada día. Es una rutina que establecimos el año pasado sin darnos cuenta. Entonces trabajábamos juntos. Este año compartimos las vacaciones pero seguimos manteniendo ciertos hábitos que facilitan nuestra convivencia. El año pasado yo le explicaba qué buscaba, qué necesitaba, con quién quería hablar, y él decidía la manera de hacerlo. Este año hacemos algo parecido: él me pregunta qué me gustaría ver, dónde me gustaría ir, y él decide cómo y dónde.
Viajamos en su coche. Es una furgoneta grande y alta. Está preparada para poder dormir en ella en caso necesario pero preferimos las granjas y los bed and breakfast. Hasta ahora no hemos tenido problemas de alojamiento. En esta zona no hay casi turistas y en todos los pueblos se pueden alquilar habitaciones para unos días. Hoy no ha preguntado qué quería hacer, vamos a ver Downings Bay y luego subiremos hacia el norte, hacia Sheep Haven. Como es habitual aquí, en cuestión de minutos deja de llover y sale el sol, un sol tibio pero brillante, que no calienta pero ilumina los prados verdes y hace que el cielo se vea profundamente azul. Disfrutamos el buen tiempo y aprovecho que Declan conoce perfectamente la zona. Le dejo hacer, voy donde quiere y veo lo que me muestra, relajada, confiada, tanto que el día se me pasa volando. Me dice que vamos a recorrer Donegal un par de días y luego iremos hacia el Este, a Londonderry. No me dice más y yo no le pregunto. Sé quién es Declan, sé lo que ha hecho y lo que calla. Lo sé y nunca le he dicho si me importa o no me importa; no le juzgo y él lo agradece. Tampoco él me juzga a mí.
Llueve. Hoy, ahora, toca esa lluvia blanda y fina que engaña haciendo que parezca que las gotas se limitan a flotar en el ambiente, y que hace que terminemos calados hasta los huesos. Declan entra y sacude la cabeza esparciendo agua por la cocina. Trae pan caliente y el periódico. Cuando terminamos de desayunar yo leo el periódico mientras él recoge la cocina en silencio, sin molestarme. Sólo después de haber desayunado, después de haber echado un vistazo al periódico, hablamos y decidimos qué vamos a hacer cada día. Es una rutina que establecimos el año pasado sin darnos cuenta. Entonces trabajábamos juntos. Este año compartimos las vacaciones pero seguimos manteniendo ciertos hábitos que facilitan nuestra convivencia. El año pasado yo le explicaba qué buscaba, qué necesitaba, con quién quería hablar, y él decidía la manera de hacerlo. Este año hacemos algo parecido: él me pregunta qué me gustaría ver, dónde me gustaría ir, y él decide cómo y dónde.
Viajamos en su coche. Es una furgoneta grande y alta. Está preparada para poder dormir en ella en caso necesario pero preferimos las granjas y los bed and breakfast. Hasta ahora no hemos tenido problemas de alojamiento. En esta zona no hay casi turistas y en todos los pueblos se pueden alquilar habitaciones para unos días. Hoy no ha preguntado qué quería hacer, vamos a ver Downings Bay y luego subiremos hacia el norte, hacia Sheep Haven. Como es habitual aquí, en cuestión de minutos deja de llover y sale el sol, un sol tibio pero brillante, que no calienta pero ilumina los prados verdes y hace que el cielo se vea profundamente azul. Disfrutamos el buen tiempo y aprovecho que Declan conoce perfectamente la zona. Le dejo hacer, voy donde quiere y veo lo que me muestra, relajada, confiada, tanto que el día se me pasa volando. Me dice que vamos a recorrer Donegal un par de días y luego iremos hacia el Este, a Londonderry. No me dice más y yo no le pregunto. Sé quién es Declan, sé lo que ha hecho y lo que calla. Lo sé y nunca le he dicho si me importa o no me importa; no le juzgo y él lo agradece. Tampoco él me juzga a mí.
martes, 25 de marzo de 2008
La noche del cometa
Rafael viene a recogerme. No hace mucho frío pero llevo unas mantas de viaje porque es temprano y de madrugada refrescará. Al ponerlas en el asiento de atrás del coche veo saco de dormir: Rafael ha pensado lo mismo. Yo traigo, además, una mochila pequeña con un termo de té dulce y galletas. Enciendo el equipo de música y suena Serrat. Sonreímos. “¿Pero es que tus hermanos sólo escuchan a Serrat?” El coche es de los hermanos de Rafael, los pequeños, los gemelos. Tienen sólo dos años menos que yo, y estudian en mi facultad; ellos casi empiezan y yo ya termino. A veces me los cruzo por las escaleras. Entonces nos miramos y nos saludamos con una inclinación de cabeza. Nunca hemos hablado pero sabemos quiénes somos porque nos hemos visto en fotografías en casa de Rafael. Los fines de semana salen de bares, a beber, y le prestan el coche a su hermano mayor, el artista, el bohemio. Y nosotros salimos por los pueblos, vemos montes, comemos en sitios desconocidos y tomamos café viendo a los viejos jugar al dominó y al mus en bares en los que no entran turistas. Por las noches, en invierno, recorremos las calles de Madrid hasta que nos hartamos, aparcamos el coche y buscamos algún sitio acogedor en el que seguir conversando o escuchando buena música.
Esta noche es diferente. Salimos de Madrid en dirección a Navacerrada. Subimos el puerto. A Rafael, que no suele venir por aquí, le sorprende la cantidad de tráfico que hay a estas horas. Conduce despacio dejándose adelantar por todos. Nosotros no vamos a ningún sitio en concreto, nadie nos espera, no tenemos que estar en ningún lado a ninguna hora así que podemos permitirnos el lujo de ir despacio, disfrutando el camino. El puerto está lleno de coches. Hay de todo: parejas que quieren pasar una noche especialmente romántica, grupos de amigos que han venido a ver el prodigio, familias con niños excitados por la novedad es estar fuera de casa a estas horas. Aparcamos y durante un rato miramos el cielo, como todos, hasta que decidimos buscar otro observatorio con menos gente.
Bajamos el puerto y nos perdemos por una carretera local hasta llegar a una pequeña explanada. Conozco el sitio. Estamos en Cercedilla. Le cuento a Rafael que aquí es donde se organizan por San Juan las Enramadas del pueblo. Hoy no hay nadie. Aparcamos, cogemos las mantas, el saco de dormir y la mochila, y avanzamos a pie unos metros por un caminillo. Nos sentamos sobre una manta y nos abrigamos con la otra y con el saco. Bebemos té caliente y nos comemos las galletas mirando al cielo. Conversamos, nos gusta hacerlo, pero durante el momento mágico, sin ponernos de acuerdo, nos callamos los dos y nos perdemos mirando las estrellas, las señales del Halley que pasa. Dicen que el de este año no es el avistamiento más espectacular. A mí me parece una maravilla.
Esta noche es diferente. Salimos de Madrid en dirección a Navacerrada. Subimos el puerto. A Rafael, que no suele venir por aquí, le sorprende la cantidad de tráfico que hay a estas horas. Conduce despacio dejándose adelantar por todos. Nosotros no vamos a ningún sitio en concreto, nadie nos espera, no tenemos que estar en ningún lado a ninguna hora así que podemos permitirnos el lujo de ir despacio, disfrutando el camino. El puerto está lleno de coches. Hay de todo: parejas que quieren pasar una noche especialmente romántica, grupos de amigos que han venido a ver el prodigio, familias con niños excitados por la novedad es estar fuera de casa a estas horas. Aparcamos y durante un rato miramos el cielo, como todos, hasta que decidimos buscar otro observatorio con menos gente.
Bajamos el puerto y nos perdemos por una carretera local hasta llegar a una pequeña explanada. Conozco el sitio. Estamos en Cercedilla. Le cuento a Rafael que aquí es donde se organizan por San Juan las Enramadas del pueblo. Hoy no hay nadie. Aparcamos, cogemos las mantas, el saco de dormir y la mochila, y avanzamos a pie unos metros por un caminillo. Nos sentamos sobre una manta y nos abrigamos con la otra y con el saco. Bebemos té caliente y nos comemos las galletas mirando al cielo. Conversamos, nos gusta hacerlo, pero durante el momento mágico, sin ponernos de acuerdo, nos callamos los dos y nos perdemos mirando las estrellas, las señales del Halley que pasa. Dicen que el de este año no es el avistamiento más espectacular. A mí me parece una maravilla.
martes, 18 de marzo de 2008
Cuidado con lo que deseas...
Quería una tarta perfecta para una boda perfecta así que buscó por todo el país hasta que encontró a los pasteleros capaces de convertir sus fantasías en chocolate, y les explicó qué quería. El día de la boda todo fue perfecto, como había soñado. El vestido causó sensación, la ceremonia hizo llorar a madres y amigas, y la comida satisfizo a todos. Cuando apareció la tarta se quedaron sin habla. Se trataba de una perfecta reproducción en miniatura del Taj Mahal realizada en mazapán y chocolate. Era tan perfecta que no quisieron ni cortarla. De postre comieron frutas de temporada.
domingo, 16 de marzo de 2008
... al que no estrena se le caen las manos
Cuando era pequeña me daba bastante miedo el Domingo de Ramos (me daba miedo casi todo, la verdad, pero me reconocerán que lo de temer el Domingo de Ramos como si fuera un viernes trece o el día del cumpleaños de Chucky se sale de lo común). Por un lado me encantaba porque solíamos pasarlo en Alicante y nos compraban unas palmas trenzadas tan bonitas que las conservábamos el resto del año hasta que terminaban, negras y churretosas perdidas, en el cubo de la basura. Las palmas no me daban miedo más allá de que acabáramos ensartándonos un ojo con alguno de los remates o que acabara tragándome las borlas trenzadas que les colgaban por todos lados. Lo que me daba miedo era el dicho que durante la semana anterior escuchábamos a todas las abuelas: Domingo de Ramos, al que no estrena se le caen las manos. Las abuelas soltaban semejante barbaridad y sonreían, las jodías, como si hubieran dicho sojosnegrostienesmorena. Ya, ya. Ya sé que eso es como las cadenas que recibimos por mail amenazándonos con no volver a comer jamón en la vida si no reenviamos una carta tristísima en la que una niñita que se pilló un dedito con un cascanueces agoniza gangrenosa perdida en un hospital de la alta Mongolia esperando que el reenvío masivo de la carta obre el milagro de devolverle los siete dedos que le llevan ya amputados. Pues lo mismo, con la diferencia de que a estas alturas de vida los mails no los reenvío ni borracha (hombre, borracha es que ni atino con la tecla para conectarme a la intesné) pero con ocho y nueve años yo no me creía lo de las manos pero por si acaso procuraba estrenar algo ese día, así que procuraba reservar algunos calcetines nuevos o alguna braga. Las bragas eran mucho más efectivas porque siempre cabía la posibilidad de que el Domingo de Ramos amaneciera un día soleado de morirse, de esos en los que o te pones sandalias o terminas con los datilillos cocidos, y luego me tirase el día entero temiéndome que con cualquier gesto me saliera una mano volando como si fuera una leprosa de Molokai. Con las bragas no había problema porque hiciera el tiempo que hiciera siempre las llevaba del mismo estilo.
Esta mañana, después de desayunar, he preparado la ropa que me iba a poner hoy cuidándome muy mucho de sacar unas braguitas negras recién compradas (por si acaso) y libre de todo peligro me dedicaba a sacar del cubo la bosa destinada a la basura orgánica (hago más apartadijos con la basura que con la ropa que voy a meter en la lavadora, y no sé para qué si luego lo echamos todo en el único contenedor de basura que hay al final de la torrentera) cuando he notado un "cruijj" así por la cartuchera izquierda y me he quedado doblada por la mitad. Kenya, ocupada en sacar del cubo correspondiente otra de las bolsas de basura, me ha mirado, ha soltado una carcajada y ha dicho algo así como "estás vieja". Le he lanzado mi mirada más asesina aprovechando que a veces rivalizo en mirada periférica con el camaleón Currito, y se le ha helado la carcajada antes de terminarla. "Em... que va a ser verdad y todo".
Y era verdad, claro que era verdad, que me había quedado doblada por la mitad de mala manera sin poder enderezarme mientras no dejaba de visualizar las braguitas negras esperándome sobre la cama y sin parar de pensar: "tenía que haberme duchado y vestido nada más levantarme; esto ha sido por no haber estrenado nada".
En resumiendas cuentas (como decía un becario que tuve, más brutillo que un arado el pobre pero que en cumplimiento del principio de píter llegará lejos), que aquí estoy, después de varios ibuprofenos, dos masajes con flogoprofén, y un calmante cuyo nombre no sé ni pronunciar, aburrida perdida y con la cartuchera izquierda doliéndome sin parar me ponga como me ponga. Así que no sé si estos días me verán aparecer por aquí pero si aparezco y el resultado es una mezcla de surrealismo y mala leche, a mí no me echen la culpa, pío pío que yo no he sido, que la culpa es de la cartuchera, que ha decidido tener sensibilidad propia y hacerse valer. Y háganme caso: el año que viene estrenen algo, aunque sea una gomilla del pelo.
Esta mañana, después de desayunar, he preparado la ropa que me iba a poner hoy cuidándome muy mucho de sacar unas braguitas negras recién compradas (por si acaso) y libre de todo peligro me dedicaba a sacar del cubo la bosa destinada a la basura orgánica (hago más apartadijos con la basura que con la ropa que voy a meter en la lavadora, y no sé para qué si luego lo echamos todo en el único contenedor de basura que hay al final de la torrentera) cuando he notado un "cruijj" así por la cartuchera izquierda y me he quedado doblada por la mitad. Kenya, ocupada en sacar del cubo correspondiente otra de las bolsas de basura, me ha mirado, ha soltado una carcajada y ha dicho algo así como "estás vieja". Le he lanzado mi mirada más asesina aprovechando que a veces rivalizo en mirada periférica con el camaleón Currito, y se le ha helado la carcajada antes de terminarla. "Em... que va a ser verdad y todo".
Y era verdad, claro que era verdad, que me había quedado doblada por la mitad de mala manera sin poder enderezarme mientras no dejaba de visualizar las braguitas negras esperándome sobre la cama y sin parar de pensar: "tenía que haberme duchado y vestido nada más levantarme; esto ha sido por no haber estrenado nada".
En resumiendas cuentas (como decía un becario que tuve, más brutillo que un arado el pobre pero que en cumplimiento del principio de píter llegará lejos), que aquí estoy, después de varios ibuprofenos, dos masajes con flogoprofén, y un calmante cuyo nombre no sé ni pronunciar, aburrida perdida y con la cartuchera izquierda doliéndome sin parar me ponga como me ponga. Así que no sé si estos días me verán aparecer por aquí pero si aparezco y el resultado es una mezcla de surrealismo y mala leche, a mí no me echen la culpa, pío pío que yo no he sido, que la culpa es de la cartuchera, que ha decidido tener sensibilidad propia y hacerse valer. Y háganme caso: el año que viene estrenen algo, aunque sea una gomilla del pelo.
jueves, 13 de marzo de 2008
Noordwijk
Cuentan las crónicas que hace dos mil años los hombres más altos procedían
de los Países Bajos y eran reclutados por el imperio romano como guardias
especiales al servicio del emperador. Hoy, los holandeses siguen siendo
altos, tanto que según me explica Aafke la KLM ha modificado las medidas de
los asientos en los aviones para adecuarlos a las necesidades de su
población. Aafke me lo cuenta con una media sonrisa mientras yo miro con
algo de asombro a Silvio y a Fernando, quienes se van haciendo más grandes a medida que se aproximan a nosotras. Cuando llegan hasta nuestra mesa les doy la mano y me quedo sentada para evitar el contraste. Sé que es inevitable y que dentro de un rato tendré que caminar, no "codo con codo" sino casi "hombro con cadera", junto a estos dos hombres que superan los dos metros, pero prefiero que ese momento llegue más tarde. Miro alrededor y me doy cuenta de que soy la única que les ha mirado con sorpresa porque soy la única extranjera del bar. Silvio y Fernando trabajan en la universidad; su departamento se dedica a hacer estudios para continuar ganando tierras al mar, y mejorar el afianzamiento del terreno y su aprovechamiento agrícola. Nos hablan de los distintos tipos de cultivo, de las semillas y su tratamiento, de las mareas, y de la constante amenaza que supone el mar. Estamos sentados en una mesa en la calle, y aunque estamos en julio sopla un viento frío que amenaza con tirar las sombrillas incluso cerradas como están. Escucho a Fernando hablar del terrible mar, de este Mar del Norte que nos ofrece sus aguas grises y opacas como si fuera en realidad mercurio, y por un momento puedo imaginar las batallas que ha acogido, los monstruos con que los hombres lo han poblado, y las duras luchas que han mantenido contra él. Mirándolo entiendo también la fascinación que despierta incluso así, o sobre todo así, desafiante, bravío, magnético. Y comprendo entonces que sólo unos gigantes son capaces de medirse con él, ganarle, y mantenerlo a raya.
de los Países Bajos y eran reclutados por el imperio romano como guardias
especiales al servicio del emperador. Hoy, los holandeses siguen siendo
altos, tanto que según me explica Aafke la KLM ha modificado las medidas de
los asientos en los aviones para adecuarlos a las necesidades de su
población. Aafke me lo cuenta con una media sonrisa mientras yo miro con
algo de asombro a Silvio y a Fernando, quienes se van haciendo más grandes a medida que se aproximan a nosotras. Cuando llegan hasta nuestra mesa les doy la mano y me quedo sentada para evitar el contraste. Sé que es inevitable y que dentro de un rato tendré que caminar, no "codo con codo" sino casi "hombro con cadera", junto a estos dos hombres que superan los dos metros, pero prefiero que ese momento llegue más tarde. Miro alrededor y me doy cuenta de que soy la única que les ha mirado con sorpresa porque soy la única extranjera del bar. Silvio y Fernando trabajan en la universidad; su departamento se dedica a hacer estudios para continuar ganando tierras al mar, y mejorar el afianzamiento del terreno y su aprovechamiento agrícola. Nos hablan de los distintos tipos de cultivo, de las semillas y su tratamiento, de las mareas, y de la constante amenaza que supone el mar. Estamos sentados en una mesa en la calle, y aunque estamos en julio sopla un viento frío que amenaza con tirar las sombrillas incluso cerradas como están. Escucho a Fernando hablar del terrible mar, de este Mar del Norte que nos ofrece sus aguas grises y opacas como si fuera en realidad mercurio, y por un momento puedo imaginar las batallas que ha acogido, los monstruos con que los hombres lo han poblado, y las duras luchas que han mantenido contra él. Mirándolo entiendo también la fascinación que despierta incluso así, o sobre todo así, desafiante, bravío, magnético. Y comprendo entonces que sólo unos gigantes son capaces de medirse con él, ganarle, y mantenerlo a raya.
martes, 11 de marzo de 2008
Civilización
El fin del mundo llegó anunciándose mediante un amenazante rumor lejano que se fue acercando hasta convertirse en un rugido ensordecedor que anulaba cualquier sonido excepto unos gritos despiadados mediante los cuales los demonios determinaban la posición de sus víctimas y celebraban su inmolación mientras extendían a su alrededor el hedor de la podredumbre humana. Las paredes y el suelo vibraron. De pronto todo cesó; los demonios se alejaron llevándose aquel infierno. Sin abrir los ojos, comprendió que su denuncia no había prosperado y que el camión de la basura seguía pasando, como siempre, a las cinco de la mañana.
jueves, 6 de marzo de 2008
Burgas
Viajamos bordeando montes por una carretera que hace poco más de una hora
dejó de serlo para convertirse en un carril de tierra. Vamos despacio y
tenemos las ventanillas cerradas para evitar la polvareda que levanta la
camioneta que llevamos delante, así que el calor empieza a ser agobiante.
Cuando Todor ve coches aparcados a ambos lados del camino se detiene y
estaciona él también. Sacamos un par de mochilas; desde allí hasta la
explanada de la romería nos toca ir andando pero la caminata merece la pena
aunque solamente sea para disfrutar del ambiente. Por todos lados hay
familias enteras vestidas con trajes tradicionales y cargadas con bolsas
enormes llenas de comida y mantas para sentarse en la hierba. Algunos montan caballos cubiertos con cintas de colores de la cabeza a la cola pero la
mayoría vienen en camioncitos y furgonetas destartaladas, e incluso en carros, también adornados con cintas y flores, y tirados por bueyes de
cuernos enormes.
Según nos vamos acercando a la explanada aumentan los puestecillos de dulces, fruta y limonada fría. De uno de ellos sale un olorcillo familiar a churros. Me acerco y veo que venden una especie de masas fritas que luego recubren de azúcar. Compramos unas cuantas, que nos entregan en un papel de periódico, y las comemos mientras observamos. Pacientemente, Todor responde a todas mis preguntas, riendo ruidosamente con alguna de ellas. Me cuenta el origen de la romería y la razón de que se celebre aquí, en un sitio aparentemente alejado de todo excepto de la frontera turca, que está a poco menos de cien metros y me explica que la mayoría de los asistentes a la fiesta viven en aldeas vecinas pero que son todos búlgaros; no hay ningún turco. Sonrío. Sé que en eso búlgaros y griegos son iguales: detestan a los turcos.
Por todos lados escuchamos música hecha con instrumentos tradicionales: acordeones, gaitas, flautas, y tambores. Sorprendentemente escuchamos también una trompeta. Nos acercamos y creo retroceder en el tiempo. Es como estar viendo de nuevo al Circo Rubí, a los gitanos que acampaban en el descampado frente a mi casa y se pasaban el día ensayando sus números, sólo que esta vez la estrella del circo no es una cabra que sube y baja escaleras sino varios perrillos y un oso pardo que baila al son de la trompeta. El oso está sujeto por una cadenita que le cuelga de una argolla que lleva en la nariz. Su cuidador me ofrece la cadena para que haga bailar al oso y lo hago con un cierto temor. El oso se deja llevar dócilmente. Cuando el número termina su cuidador le acerca un cubo de plástico lleno de cerveza. La gente se dispersa y Todor y yo nos quedamos a conversar. En el circo trabajan cuatro generaciones de la misma familia. Mientras ellos hablan miro al oso, que ha terminado la cerveza y está tumbado a nuestros pies, y le acaricio. “Es un oso precioso; se nota que es búlgaro” le digo provocándole. Él sonríe. “Es un oso especial. Hace dos días era turco. La semana que viene será griego. Es especial. Como yo.”
dejó de serlo para convertirse en un carril de tierra. Vamos despacio y
tenemos las ventanillas cerradas para evitar la polvareda que levanta la
camioneta que llevamos delante, así que el calor empieza a ser agobiante.
Cuando Todor ve coches aparcados a ambos lados del camino se detiene y
estaciona él también. Sacamos un par de mochilas; desde allí hasta la
explanada de la romería nos toca ir andando pero la caminata merece la pena
aunque solamente sea para disfrutar del ambiente. Por todos lados hay
familias enteras vestidas con trajes tradicionales y cargadas con bolsas
enormes llenas de comida y mantas para sentarse en la hierba. Algunos montan caballos cubiertos con cintas de colores de la cabeza a la cola pero la
mayoría vienen en camioncitos y furgonetas destartaladas, e incluso en carros, también adornados con cintas y flores, y tirados por bueyes de
cuernos enormes.
Según nos vamos acercando a la explanada aumentan los puestecillos de dulces, fruta y limonada fría. De uno de ellos sale un olorcillo familiar a churros. Me acerco y veo que venden una especie de masas fritas que luego recubren de azúcar. Compramos unas cuantas, que nos entregan en un papel de periódico, y las comemos mientras observamos. Pacientemente, Todor responde a todas mis preguntas, riendo ruidosamente con alguna de ellas. Me cuenta el origen de la romería y la razón de que se celebre aquí, en un sitio aparentemente alejado de todo excepto de la frontera turca, que está a poco menos de cien metros y me explica que la mayoría de los asistentes a la fiesta viven en aldeas vecinas pero que son todos búlgaros; no hay ningún turco. Sonrío. Sé que en eso búlgaros y griegos son iguales: detestan a los turcos.
Por todos lados escuchamos música hecha con instrumentos tradicionales: acordeones, gaitas, flautas, y tambores. Sorprendentemente escuchamos también una trompeta. Nos acercamos y creo retroceder en el tiempo. Es como estar viendo de nuevo al Circo Rubí, a los gitanos que acampaban en el descampado frente a mi casa y se pasaban el día ensayando sus números, sólo que esta vez la estrella del circo no es una cabra que sube y baja escaleras sino varios perrillos y un oso pardo que baila al son de la trompeta. El oso está sujeto por una cadenita que le cuelga de una argolla que lleva en la nariz. Su cuidador me ofrece la cadena para que haga bailar al oso y lo hago con un cierto temor. El oso se deja llevar dócilmente. Cuando el número termina su cuidador le acerca un cubo de plástico lleno de cerveza. La gente se dispersa y Todor y yo nos quedamos a conversar. En el circo trabajan cuatro generaciones de la misma familia. Mientras ellos hablan miro al oso, que ha terminado la cerveza y está tumbado a nuestros pies, y le acaricio. “Es un oso precioso; se nota que es búlgaro” le digo provocándole. Él sonríe. “Es un oso especial. Hace dos días era turco. La semana que viene será griego. Es especial. Como yo.”
miércoles, 5 de marzo de 2008
Buscavidas
Durante un tiempo, mientras estudiaba en la facultad, tuve una especie de “complejo de cigarra”, que no sé si existe o no pero que si no existe debería y por si acaso no existía no importa que ya lo he inventado yo. La culpa de mi complejo no era mía sino de mis compañeros, que se dividían en tres grupos: los que querían ser Miguel de la Quadra Salcedo (uno lo consiguió), los que querían ser Pérez Reverte, y los que querían ser José María García. También estaban los que no sabían lo que querían ser pero pensaban que al salir de allí conseguirían ser algo, pero esos andaban siempre muy perdidos y ni hostilizaban ni nada.
A mí me acomplejaban los que sabían a quién querían parecerse porque estaban todos poseídos por un extraño frenesí profesional y parecían rivalizar en a ver cuál de ellos hacía más prácticas laborales. Claro, como no había mercado para todos al final terminaban pasándose los veranos escribiendo sucesos en el periódico comarcal de su zona o pinchando discos de madrugada en las radios más perdidas de la España rural. Yo no le ví nunca mucho color a aquello y preferí dedicar mis ratos libres a cosas mucho más lúdicas (bueno, también di rienda suelta a la esquizofrenia lingüística y correteaba del Instituto Británico a la Asociación España URSS a ver qué aprendía) como la música y el baile, con lo que me gané unas cuantas miradas descalificadoras por parte de mis compañeros, miradas que recogí y convertí en el “complejo de cigarra” del que hablaba antes.
Menos mal que lo de ir de sufridora y de víctima me aburre casi tanto como llorar y tardé menos de dos días y medio en recordar a Freud (“todo complejo es una mentira”) y quitarme el problema de encima. Total, si luego salimos de la facultad todos igual de cruditos y al final resultó que mis horas y noches de faranduleo me fueron más útiles que todas las prácticas en redacción del mundo, porque uno de los primeros sitios en los que trabajé fue una revista de arte donde se juntaba la fauna más rara del mundo mundial (y mira que entonces había gente rara en Madrid), como Luis “el engrasador”.
“El engrasador” venía a ser algo así como el chico para todo, o sea, que lo mismo te recogía un paquete en un museo que descargaba cajas de folios, o nos servía de conductor cuando teníamos que ir fuera de la ciudad. Yo reconozco que me divertía muchísimo ir con él, sobre todo porque al ser una revista de arte “el engrasador” estaba normalmente fuera de lugar y dejaba al personal de museos y galerías de arte ojipláticos perdidos. Lo de “el engrasador” venía de sus otros trabajos. Y es que Luis era el mejor buscavidas que me he topado jamás, y una de sus ocupaciones era recorrerse los comercios ofreciéndose para engrasar los cierres de los escaparates. Y colaba. Que se sacaba un dinerito, vaya. Luego, cuando había terminado de engrasar lo que se pusiera por delante, se recorría los bares y restaurantes vendiendo rosas. Ahora todo pichigato vende rosas pero entonces aquello no lo hacía casi nadie, y menos tipos de metro ochenta con la nariz rota y pinta de gladiadores. Era un peligro porque cuando me lo encontraba en algún local por la noche se ponía contentísimo y se sentaba en mi mesa a tomarse algo ante el pasmo de quien estuviera conmigo. A mí me encanta la gente que se las ingenia así de bien.
La otra tarde H. y yo decidimos aprovechar esta especie de pre-primavera que se nos ha venido encima y nos fuimos a comer a la playa, al griego. Estábamos digiriendo al solecito una de las mejores moussakas que he comido los últimos cinco años cuando se acercaron dos potos gigantes y una schefflera. A mí lo que me extrañó no fue que las plantas caminaran porque a pesar del ouzo ya me había imaginado que llevaban detrás dos señores sujetándolas; a mí me extrañó que las hubieran sacado a la calle en un día tan soleadito, porque aquí lo que se estila es sacar las plantas a la calle en cuanto caen cuatro gotas, que fue una de las cosas que más me chocaron cuando llegué aquí (tengan en cuenta que yo venía de un sitio sin problemas de agua y me hacía mucha gracia eso de que las macetas aparecieran con la lluvia, como los caracoles; bueno, me hizo gracia hasta que un día casi me caigo de morros porque me habían puesto un macetón de pilistras en la puerta).
Las macetas, y sus correspondientes porteadores, entraron en el local y salieron a los pocos minutos. Y no les eché mayor cuenta hasta que decidimos irnos a tomar una copa a otro sitio y volvimos a ver el jardín andante, esta vez de un lado para otro. Aquello era como un sketch de Benny Hill, plantas p’arriba, plantas p’abajo, plantas entrando en un local, plantas entrando en otro. Es que sólo faltaba la musiquilla. Además, como eran macetones enormes los porteadores veían poco y mal así que entre eso y que debían pesar como dos burros muertos, iban los pobres resoplando, tropezando con todo lo que se les ponía por delante, y sudando la gota gorda. Ya estaba intrigadísima.
- Jo, qué trabajo más cansado, repartir macetones.
H., que estaba cómodamente recostadito en su sillón, y tomando el sol con los ojitos entrecerrados, los abrió y echó una miradita rápida.
- Como me digas que quieres una la vas a llevar tú, aviso.
Se me conectaron todas las neuronas y no se me hizo la luz: fue como si cortilandia entero se me hubiera encendido en el cerebro.
- No me irás a decir que las venden.
H. movió la cabeza divertido.
- ¿Que las venden por los locales? ¿Como las chinas que van vendiendo rosas por los restaurantes? - (es que últimamente todas las que venden rosas por las noches son chinas, con lo que ni entiendes el precio ni ellas te entienden lo que preguntas ni ná) – Venga ya, hombre, si son macetones enormes, eso cómo va a ser, quién va a comprarse un macetón por la calle, con lo que pesan, con lo que abultan, menuda barbaridad, a quién se le ocurre pensar que va a sacar pasta así.
H. se había incorporado y asentía muerto de risa. En la acera de enfrente los potos y la schefflera se cruzaban con una familia. En menos de dos minutos, y tras un regateo rapidísimo, los potos habían cambiado de porteadores y se alejaban paseo abajo. Durante un rato nos estuvimos riendo del tema. Cuando volví a casa me encontré a JB la mar de contento.
- He bajado al pueblo a por tabaco y mira lo que he comprado en la calle. Baratísima, oye, y no he tenido ni que ir al vivero ni nada.
La schefflera, más alta que yo, ocupaba una de las esquinas del comedor.
A mí me acomplejaban los que sabían a quién querían parecerse porque estaban todos poseídos por un extraño frenesí profesional y parecían rivalizar en a ver cuál de ellos hacía más prácticas laborales. Claro, como no había mercado para todos al final terminaban pasándose los veranos escribiendo sucesos en el periódico comarcal de su zona o pinchando discos de madrugada en las radios más perdidas de la España rural. Yo no le ví nunca mucho color a aquello y preferí dedicar mis ratos libres a cosas mucho más lúdicas (bueno, también di rienda suelta a la esquizofrenia lingüística y correteaba del Instituto Británico a la Asociación España URSS a ver qué aprendía) como la música y el baile, con lo que me gané unas cuantas miradas descalificadoras por parte de mis compañeros, miradas que recogí y convertí en el “complejo de cigarra” del que hablaba antes.
Menos mal que lo de ir de sufridora y de víctima me aburre casi tanto como llorar y tardé menos de dos días y medio en recordar a Freud (“todo complejo es una mentira”) y quitarme el problema de encima. Total, si luego salimos de la facultad todos igual de cruditos y al final resultó que mis horas y noches de faranduleo me fueron más útiles que todas las prácticas en redacción del mundo, porque uno de los primeros sitios en los que trabajé fue una revista de arte donde se juntaba la fauna más rara del mundo mundial (y mira que entonces había gente rara en Madrid), como Luis “el engrasador”.
“El engrasador” venía a ser algo así como el chico para todo, o sea, que lo mismo te recogía un paquete en un museo que descargaba cajas de folios, o nos servía de conductor cuando teníamos que ir fuera de la ciudad. Yo reconozco que me divertía muchísimo ir con él, sobre todo porque al ser una revista de arte “el engrasador” estaba normalmente fuera de lugar y dejaba al personal de museos y galerías de arte ojipláticos perdidos. Lo de “el engrasador” venía de sus otros trabajos. Y es que Luis era el mejor buscavidas que me he topado jamás, y una de sus ocupaciones era recorrerse los comercios ofreciéndose para engrasar los cierres de los escaparates. Y colaba. Que se sacaba un dinerito, vaya. Luego, cuando había terminado de engrasar lo que se pusiera por delante, se recorría los bares y restaurantes vendiendo rosas. Ahora todo pichigato vende rosas pero entonces aquello no lo hacía casi nadie, y menos tipos de metro ochenta con la nariz rota y pinta de gladiadores. Era un peligro porque cuando me lo encontraba en algún local por la noche se ponía contentísimo y se sentaba en mi mesa a tomarse algo ante el pasmo de quien estuviera conmigo. A mí me encanta la gente que se las ingenia así de bien.
La otra tarde H. y yo decidimos aprovechar esta especie de pre-primavera que se nos ha venido encima y nos fuimos a comer a la playa, al griego. Estábamos digiriendo al solecito una de las mejores moussakas que he comido los últimos cinco años cuando se acercaron dos potos gigantes y una schefflera. A mí lo que me extrañó no fue que las plantas caminaran porque a pesar del ouzo ya me había imaginado que llevaban detrás dos señores sujetándolas; a mí me extrañó que las hubieran sacado a la calle en un día tan soleadito, porque aquí lo que se estila es sacar las plantas a la calle en cuanto caen cuatro gotas, que fue una de las cosas que más me chocaron cuando llegué aquí (tengan en cuenta que yo venía de un sitio sin problemas de agua y me hacía mucha gracia eso de que las macetas aparecieran con la lluvia, como los caracoles; bueno, me hizo gracia hasta que un día casi me caigo de morros porque me habían puesto un macetón de pilistras en la puerta).
Las macetas, y sus correspondientes porteadores, entraron en el local y salieron a los pocos minutos. Y no les eché mayor cuenta hasta que decidimos irnos a tomar una copa a otro sitio y volvimos a ver el jardín andante, esta vez de un lado para otro. Aquello era como un sketch de Benny Hill, plantas p’arriba, plantas p’abajo, plantas entrando en un local, plantas entrando en otro. Es que sólo faltaba la musiquilla. Además, como eran macetones enormes los porteadores veían poco y mal así que entre eso y que debían pesar como dos burros muertos, iban los pobres resoplando, tropezando con todo lo que se les ponía por delante, y sudando la gota gorda. Ya estaba intrigadísima.
- Jo, qué trabajo más cansado, repartir macetones.
H., que estaba cómodamente recostadito en su sillón, y tomando el sol con los ojitos entrecerrados, los abrió y echó una miradita rápida.
- Como me digas que quieres una la vas a llevar tú, aviso.
Se me conectaron todas las neuronas y no se me hizo la luz: fue como si cortilandia entero se me hubiera encendido en el cerebro.
- No me irás a decir que las venden.
H. movió la cabeza divertido.
- ¿Que las venden por los locales? ¿Como las chinas que van vendiendo rosas por los restaurantes? - (es que últimamente todas las que venden rosas por las noches son chinas, con lo que ni entiendes el precio ni ellas te entienden lo que preguntas ni ná) – Venga ya, hombre, si son macetones enormes, eso cómo va a ser, quién va a comprarse un macetón por la calle, con lo que pesan, con lo que abultan, menuda barbaridad, a quién se le ocurre pensar que va a sacar pasta así.
H. se había incorporado y asentía muerto de risa. En la acera de enfrente los potos y la schefflera se cruzaban con una familia. En menos de dos minutos, y tras un regateo rapidísimo, los potos habían cambiado de porteadores y se alejaban paseo abajo. Durante un rato nos estuvimos riendo del tema. Cuando volví a casa me encontré a JB la mar de contento.
- He bajado al pueblo a por tabaco y mira lo que he comprado en la calle. Baratísima, oye, y no he tenido ni que ir al vivero ni nada.
La schefflera, más alta que yo, ocupaba una de las esquinas del comedor.
lunes, 3 de marzo de 2008
Extraña Europa
Querida Min, no te he escrito antes para no entristecerte. Hasta ahora lo he pasado mal. Aquí todo es diferente y extraño: las casas, los vestidos, las costumbres y, ¡ay!, la comida. No consigo acostumbrarme a beber leche. Tampoco encuentro sabor a los guisos. Estos occidentales comen cosas rarísimas. ¿Te puedes creer que los Polo tienen cinco perros pero no piensan comérselos? Anoche, cuando iba a decirle que quería regresar, Marco me sorprendió con un tazón de olor familiar, reconfortante. Es increíble pero estos bárbaros preparan buen té, así que haré otro intento por aclimatarme antes de volver a China.
martes, 26 de febrero de 2008
La Cabina
A mi madre siempre le han gustado lo que aquí llaman las "películas de susto" (el realidad dicen “zuto), y cuando más miedo mejor. No le dan ni miedo ni susto ni nada, al contrario, se pone como más contenta. Rara, rara. A mi padre en cambio no le gustan ni un pelo. Él está muy bien enseñado: si una película es de miedo él se caga vivo, como debe ser. Nosotras nos hemos saltado todas las leyes de Mendel, y en lugar de ser guisantes verde o amarillo hemos salido una especie de cruce a cuadritos tipo Burberry, con lo que las películas de terror nos dan un miedo espantoso pero disfrutamos como locas. Pero locas del todo, vaya, que recuerdo una noche de invierno que fuimos B1 y yo a ver "Lo que la verdad esconde" en sesión golfa entre semana, y gritamos como poseídas cada vez que salía el fantasma, o se cerraba una inocente puerta, que ya puestas aprovechamos y vaciamos los pulmones cada vez que nos dio la gana. Total, en el cine solamente había otra persona más, y cuando vio que no nos cortábamos ni medio pelo se puso también a dar alaridos. Del trayecto de vuelta a la casa, con esas calles oscuras y vacías, no voy a contar nada porque todavía me da la risa cada vez que me acuerdo.
Además a mí con este tipo de películas me debe pasar como con los chistes, que me los cuentan, y si me los repiten a la media hora me río otra vez porque se me olvidan. Y si son de Lepe se me olvidan antes. Pues con las películas de miedo me pasa algo parecido, que aunque las haya visto me acojonan igual que la primera vez. Como que después de haber visto “Lo que la verdad esconde” con B1 en el cine intenté verla en la televisión unas cuatro veces (bendito canal satélite digital) y no hubo manera. Yo creo que era incluso peor que la primera vez porque estaba todo el tiempo esperando que apareciera la muerta y eso y claro, daba unos repullos en el sofá que al final tuve que apagar la televisión y subir corriendo a acostarme con tal miedo que ni me miré en el espejo mientras me lavaba los dientes por si se me aparecía algún fantasma (mejor, porque debía tener la cara hasta desencajada y si me llego a mirar me habría asustado más que si se me hubiera aparecido el pantojito pidiéndome fuego).
Y por si fuera poco yo para el cine de miedo tengo la manga tan ancha que ríanse ustedes de los kimonos. Para mí en el cine de susto cabe todo. Y cuando digo todo me refiero a todo, desde Shin Chan (siempre me acuerdo de la sobrina de un amigo que cuando veía esos dibujos en la tele lloraba espantadita perdida y decía “Chin Chan no, Chin Chan no” echando tantas lágrimas que daba pena la pobre) a La casa de la pradera, pasando por los desmanes de Chuky (uf, después de Chuky no volví a mirar igual a los gusiluces) y algunas emisiones de Cine de Barrio. El otro día, por ejemplo, pusieron “Los pájaros” y cuando acabó Madagascar dijo que aquello no era película de susto ni nada. “Hombre” le dije yo toda ofendida porque a mí sí me lo parecía, “a ti no te dan miedo porque tú tienes la cabeza llena de pajaritos y estás acostumbrada a tratarlos”. “Pero si se ve todo falsísimo”. Claro, Kenya, que se ha criado con los parques jurásicos en pleno, no admite plástico en ningún monstruo que se precie. Y es que a estos niños es difícil asustarles. Con el miedo que me dio a mi “King Kong” (ojo, que hablo de la versión de 1933, la de Merian C. Cooper, que la volví a ver hace poco y los dinosaurios cantaban a goma que parecía aquello La Travista) y la risa que les dio a ellas. Aunque también lo entiendo.
Yo, por ejemplo, no me asusté con “La cabina” hasta hace unos días. Y no porque la viera sino porque la sufrí en mis chichas morenas. Bueno, algo parecido. No se trataba de una cabina telefónica sino la cabina del aseo de señoras de una delegación de la Junta. Pensándolo después debió ser cosa del karma ése porque quince minutos antes me había dedicado a reirme de lo lindo mirando a la Delegada Provincial que se había quedado encerrada en el ascensor y no paraba de subir y bajar, y como era uno de esos ascensores con paredes transparentes todo el mundo podía verla allí encerradita, con cara de sota, esperando que el técnico de mantenimiento abriera. Así que tuvo que ser el karma, por mala, que yo reirme me reí poco pero hice los comentarios más cáusticos de todos. Total, que entré en el aseo, eché el pestillo, encantada de la amplitud (a ver, era el de minusválidas, no iba a ser grande) y la limpieza, y me dediqué a mis cosas. Y por supuesto, pasó lo que pasó, que cuando quise salir el pestillo dijo que no. Intenté de todo, desde dar empujones al más puro estilo clinisgud (jo, qué daño en el hombro, poramordeDios) hasta hurgar con una horquilla del pelo, que es algo que me pasma desde que una vez vi a una amiga en Orcasitas abrir un coche por ese procedimiento (nada más para demostrarme que se podía, no vayan a pensar mal; también se ofreció a enseñarme a hacer un puente y le dije que muchas gracias que eso ya sabía hacerlo y que mejor nos fuéramos corriendo no nos fueran a pillar como dos chorizas cualquiera) pero nada, aquello no se abría así que opté por sentarme a esperar. Total, los servicios de mujeres siempre están llenos así que seguro que no tendría que esperar mucho para que apareciera alguien. Y mis comentarios sobre el ascensor debían haber sido demasiado malévolos porque el karma decidió castigarme con una ausencia tan prolongada de meonas que empecé a preocuparme. Y más cuando miré el reloj y ví que estaban a punto de cerrar el edificio.
En esto entraron dos señoras. Por la voz debían ser mayores. Venían hablando de achaques, análisis de sangre, y demás. Yo iba a empezar a gritarles pero me parecía mal interrumpir así que esperé a que hubiera un clarito en la conversación.
- Pues mañana tenemos cita en el centro de salú para hacernos los análisis para el sintrón.
- ¡Aaaaaay, el sintrón! ¡Fatal que está mi Manolo del sintrón! Echaíto a perder que lo tiene.
- Pues Conchi, que se lo mire, que eso es mú malísimo.
Yo reconozco que, dada mi situación en esos momentos, debía haberme callado pero no pude. La carcajada me salió del alma.
- Cucha, qué maleducada, ésa se está riendo de nosotras- dijo una de ellas (la Conchi), con toda la razón del mundo.
- Perdonen señoras, pero me he quedado encerrada. ¿Podrían avisar a alguien para que vengar a abrirme?
- Sí, anda, que tú te estabas riendo de nosotras, guapa.
- Que nooooooo, de verdad, que me reía de mis cosas.
- ………
- De verdad, por favor, avisen a alguien, que llevo ya un rato aquí.
Las oí cuchichear en un tonillo indignado que me dio mala espina.
- Señoras, por favor, avisen a alguien.
- …
- ¡Señoras!
La puerta del aseo acababa de cerrarse. Cogí el móvil y marqué.
- Hola, Gin, rápido que no puedo hablar, que tengo una rueda de prensa en cinco minutos.
- Jose, que me he quedado encerrada en un lavabo y no puedo salir.
- ¿Y qué quieres, que deje la rueda de prensa, vaya para allá,y te abra?
- No, mujer, que llames a la Delegación y le digas al de centralita que manden a alguien para abrir.
- Mira, Ginebra, que no me da tiempo, que te he dicho que tengo una rueda de prensa y tengo esto llenito de periodistas.
- Vale, vale, pues la próxima vez que no sepas dónde has aparcado el coche en el carrefour y te dé un ataque de nervios no me llames a mi para buscarlo como si fuera Garbancito.
Jose se quedó callada medio nanosegundo.
- Bueno, lo intento, pero no sé si voy a poder, eh, tú búscate la vida. Beso.
Y me colgó sin más. Luego llamé a JB. Se descojonó un poco y prometió que llamaría a la Delegación. Y mientras pasaban los minutos. Y llamé a Kenya para que avisara. Y yo llevaba ya un rato acordándome de José Luis López Vázquez en “La cabina”. Y se me despertó el lado dramático. Y luego me dio la risa. Y cuando estaba riéndome más escuché una voz que me decía que me apartara que iban a tirar la puerta, cosa que hicieron en dos minutos. Cuando salí aquello parecía una fiesta: dos conserjes, el telefonista, el guardia de seguridad de la Delegación (con la porra en alto esperando que saliera del aseo qué sé yo qué), y el técnico de mantenimiento. Sólo faltaban los bomberos y Protección Civil. Lo comenté en voz alta.
- Pues han estado a punto de venir- dijo el telefonista –Porque han llamado diciendo que alguien les había avisado (la Jose, es que es un poco exagerada), pero les he dicho que no hacía falta. Reconozco que ahí hemos pensado que era una broma. También han llamado un señor y una señorita, y he pensado que seguían con la broma pero mire, luego han llamado dos señoras mayores que han dicho que no hacía falta que nos diéramos mucha prisa, que se lo tenía usted merecido, y fíjese, eso me ha mosqueado y he pensado que igual sí pasaba algo.
Todavía estoy intentando descifrar el código adecuado para conseguir auxilio en estos casos.
Además a mí con este tipo de películas me debe pasar como con los chistes, que me los cuentan, y si me los repiten a la media hora me río otra vez porque se me olvidan. Y si son de Lepe se me olvidan antes. Pues con las películas de miedo me pasa algo parecido, que aunque las haya visto me acojonan igual que la primera vez. Como que después de haber visto “Lo que la verdad esconde” con B1 en el cine intenté verla en la televisión unas cuatro veces (bendito canal satélite digital) y no hubo manera. Yo creo que era incluso peor que la primera vez porque estaba todo el tiempo esperando que apareciera la muerta y eso y claro, daba unos repullos en el sofá que al final tuve que apagar la televisión y subir corriendo a acostarme con tal miedo que ni me miré en el espejo mientras me lavaba los dientes por si se me aparecía algún fantasma (mejor, porque debía tener la cara hasta desencajada y si me llego a mirar me habría asustado más que si se me hubiera aparecido el pantojito pidiéndome fuego).
Y por si fuera poco yo para el cine de miedo tengo la manga tan ancha que ríanse ustedes de los kimonos. Para mí en el cine de susto cabe todo. Y cuando digo todo me refiero a todo, desde Shin Chan (siempre me acuerdo de la sobrina de un amigo que cuando veía esos dibujos en la tele lloraba espantadita perdida y decía “Chin Chan no, Chin Chan no” echando tantas lágrimas que daba pena la pobre) a La casa de la pradera, pasando por los desmanes de Chuky (uf, después de Chuky no volví a mirar igual a los gusiluces) y algunas emisiones de Cine de Barrio. El otro día, por ejemplo, pusieron “Los pájaros” y cuando acabó Madagascar dijo que aquello no era película de susto ni nada. “Hombre” le dije yo toda ofendida porque a mí sí me lo parecía, “a ti no te dan miedo porque tú tienes la cabeza llena de pajaritos y estás acostumbrada a tratarlos”. “Pero si se ve todo falsísimo”. Claro, Kenya, que se ha criado con los parques jurásicos en pleno, no admite plástico en ningún monstruo que se precie. Y es que a estos niños es difícil asustarles. Con el miedo que me dio a mi “King Kong” (ojo, que hablo de la versión de 1933, la de Merian C. Cooper, que la volví a ver hace poco y los dinosaurios cantaban a goma que parecía aquello La Travista) y la risa que les dio a ellas. Aunque también lo entiendo.
Yo, por ejemplo, no me asusté con “La cabina” hasta hace unos días. Y no porque la viera sino porque la sufrí en mis chichas morenas. Bueno, algo parecido. No se trataba de una cabina telefónica sino la cabina del aseo de señoras de una delegación de la Junta. Pensándolo después debió ser cosa del karma ése porque quince minutos antes me había dedicado a reirme de lo lindo mirando a la Delegada Provincial que se había quedado encerrada en el ascensor y no paraba de subir y bajar, y como era uno de esos ascensores con paredes transparentes todo el mundo podía verla allí encerradita, con cara de sota, esperando que el técnico de mantenimiento abriera. Así que tuvo que ser el karma, por mala, que yo reirme me reí poco pero hice los comentarios más cáusticos de todos. Total, que entré en el aseo, eché el pestillo, encantada de la amplitud (a ver, era el de minusválidas, no iba a ser grande) y la limpieza, y me dediqué a mis cosas. Y por supuesto, pasó lo que pasó, que cuando quise salir el pestillo dijo que no. Intenté de todo, desde dar empujones al más puro estilo clinisgud (jo, qué daño en el hombro, poramordeDios) hasta hurgar con una horquilla del pelo, que es algo que me pasma desde que una vez vi a una amiga en Orcasitas abrir un coche por ese procedimiento (nada más para demostrarme que se podía, no vayan a pensar mal; también se ofreció a enseñarme a hacer un puente y le dije que muchas gracias que eso ya sabía hacerlo y que mejor nos fuéramos corriendo no nos fueran a pillar como dos chorizas cualquiera) pero nada, aquello no se abría así que opté por sentarme a esperar. Total, los servicios de mujeres siempre están llenos así que seguro que no tendría que esperar mucho para que apareciera alguien. Y mis comentarios sobre el ascensor debían haber sido demasiado malévolos porque el karma decidió castigarme con una ausencia tan prolongada de meonas que empecé a preocuparme. Y más cuando miré el reloj y ví que estaban a punto de cerrar el edificio.
En esto entraron dos señoras. Por la voz debían ser mayores. Venían hablando de achaques, análisis de sangre, y demás. Yo iba a empezar a gritarles pero me parecía mal interrumpir así que esperé a que hubiera un clarito en la conversación.
- Pues mañana tenemos cita en el centro de salú para hacernos los análisis para el sintrón.
- ¡Aaaaaay, el sintrón! ¡Fatal que está mi Manolo del sintrón! Echaíto a perder que lo tiene.
- Pues Conchi, que se lo mire, que eso es mú malísimo.
Yo reconozco que, dada mi situación en esos momentos, debía haberme callado pero no pude. La carcajada me salió del alma.
- Cucha, qué maleducada, ésa se está riendo de nosotras- dijo una de ellas (la Conchi), con toda la razón del mundo.
- Perdonen señoras, pero me he quedado encerrada. ¿Podrían avisar a alguien para que vengar a abrirme?
- Sí, anda, que tú te estabas riendo de nosotras, guapa.
- Que nooooooo, de verdad, que me reía de mis cosas.
- ………
- De verdad, por favor, avisen a alguien, que llevo ya un rato aquí.
Las oí cuchichear en un tonillo indignado que me dio mala espina.
- Señoras, por favor, avisen a alguien.
- …
- ¡Señoras!
La puerta del aseo acababa de cerrarse. Cogí el móvil y marqué.
- Hola, Gin, rápido que no puedo hablar, que tengo una rueda de prensa en cinco minutos.
- Jose, que me he quedado encerrada en un lavabo y no puedo salir.
- ¿Y qué quieres, que deje la rueda de prensa, vaya para allá,y te abra?
- No, mujer, que llames a la Delegación y le digas al de centralita que manden a alguien para abrir.
- Mira, Ginebra, que no me da tiempo, que te he dicho que tengo una rueda de prensa y tengo esto llenito de periodistas.
- Vale, vale, pues la próxima vez que no sepas dónde has aparcado el coche en el carrefour y te dé un ataque de nervios no me llames a mi para buscarlo como si fuera Garbancito.
Jose se quedó callada medio nanosegundo.
- Bueno, lo intento, pero no sé si voy a poder, eh, tú búscate la vida. Beso.
Y me colgó sin más. Luego llamé a JB. Se descojonó un poco y prometió que llamaría a la Delegación. Y mientras pasaban los minutos. Y llamé a Kenya para que avisara. Y yo llevaba ya un rato acordándome de José Luis López Vázquez en “La cabina”. Y se me despertó el lado dramático. Y luego me dio la risa. Y cuando estaba riéndome más escuché una voz que me decía que me apartara que iban a tirar la puerta, cosa que hicieron en dos minutos. Cuando salí aquello parecía una fiesta: dos conserjes, el telefonista, el guardia de seguridad de la Delegación (con la porra en alto esperando que saliera del aseo qué sé yo qué), y el técnico de mantenimiento. Sólo faltaban los bomberos y Protección Civil. Lo comenté en voz alta.
- Pues han estado a punto de venir- dijo el telefonista –Porque han llamado diciendo que alguien les había avisado (la Jose, es que es un poco exagerada), pero les he dicho que no hacía falta. Reconozco que ahí hemos pensado que era una broma. También han llamado un señor y una señorita, y he pensado que seguían con la broma pero mire, luego han llamado dos señoras mayores que han dicho que no hacía falta que nos diéramos mucha prisa, que se lo tenía usted merecido, y fíjese, eso me ha mosqueado y he pensado que igual sí pasaba algo.
Todavía estoy intentando descifrar el código adecuado para conseguir auxilio en estos casos.
miércoles, 20 de febrero de 2008
Camino del Estrecho
El bar está junto a la carretera general. No es gran cosa pero tiene aire acondicionado y en pleno verano eso se agradece. Lo atiende un matrimonio. De momento somos los únicos clientes. Vamos a pasar el día en Gibraltar y hemos parado porque a Kenya le toca mamar. Dejo la sillita de la niña sobre la mesa y me voy abriendo la blusa. La mujer del bar se acerca a mirarla y hace los cumplidos y comentarios de rigor. Antes me molestaba un poco, ahora estoy acostumbrada. “Tiene dos meses... sí, es muy chiquitina porque es prematura... sí, una muñeca, gracias... sí, ya lo ve, es muy tranquila... no, no llora nunca”. Mientras, JB pide una botella de agua en la barra. “Ciento quince pesetas”. El hombre dice el precio sin mirar a JB a la cara. Todos, ellos y nosotros, somos conscientes de que es abusivo, pero no tenemos más opción. Entonces entran más clientes y la dueña del bar vuelve a meterse tras la barra. Es una familia de siete personas. Van camino de Algeciras, para pasar el Estrecho. Viajan en un mercedes tan viejo y tan cargado que parece el dibujo de un tebeo. Tienen cuatro niños de edades comprendidas entre dos y ocho años. Ella tiene mi edad y lleva, además, en brazos a un bebé que tendrá un par de meses más que Kenya. Se sienta en la mesa de al lado, me mira y sonríe levemente. Yo hago lo mismo. Él se acerca, rodeado de niños, a la barra y pregunta el precio de las botellas de agua. “Trescientas pesetas”. El dueño del bar lo dice mirándole desafiante. El nuevo cliente duda, cuenta el dinero, y pide una sola botella. Sale fuera con los chiquillos, que se arremolinan alrededor para beber. Ella acerca su bebé al pecho, tan tapado que hay que saber muy bien lo que está haciendo para darse cuenta. El dueño del bar la mira y se pone hecho un energúmeno. Le grita que salga, que “esas cosas” se hacen fuera, en la calle, que su bar no es un sitio de mala muerte para que “una mora muerta de hambre se saque las tetas”. Ella sale inmediatamente, sin decir nada, sin descomponer el gesto. JB y yo nos miramos imperceptiblemente. Yo recojo la bolsa y la niña y salgo tras ella. Está sentada a la sombra mirando a los niños, que juegan a perseguirse alrededor del coche. Me siento a su lado, tan avergonzada por el comportamiento del dueño del bar que no me atrevo ni a mirarla, y continúo dando de mamar a Kenya. Pocos minutos después JB sale con varias botellas de agua, y se sienta junto a nosotras. Cuando nos vamos les dejamos todas las botellas.
lunes, 18 de febrero de 2008
Sabores del mundo
Yo no soy muy de traerme trabajo a casa. De cuando en cuando algo cae, o porque la fecha de entrega se me eche encima, o porque así, parapetándome tras la excusa de que tengo que trabajar, puedo encerrarme durante horas sin que nadie me moleste. JB sí es más de traerse trabajo. No es que me moleste. Hombre, si trabajara quitando tripas a los pescados, o capando cerdos, por ejemplo, pues sí, le montaría un pollo que temblaría el misterio cada vez que viniera con trabajo a casa. Pero como lo que se trae son guiris, y nos divierten bastante, le perdono el trabajo extra que me suele suponer su visita. Porque siempre los trae a comer o a cenar, claro.
La semana pasada me dijo que tenía tres japoneses muy majos y que si se los traía a cenar. Y dicho y hecho, el viernes por la noche fue a buscarlos a la ciudad y se presentó con ellos en casa. Nada más entrar en el jardín se deshicieron en reverencias. Al principio era muy divertido porque parecía que tenían un muellecito en la cintura y no paraban de doblarse. Ellos hacían una reverencia, nosotros otra, ellos correspondían, nosotros (desconcertadísimos) hacíamos lo propio, y así hasta que entre dientes le pregunté a JB cómo se paraba aquello y él me dijo que no hiciéramos más reverencias. Mano de santo. Fue parar y ellos hacer lo mismo. Un descanso total, vaya.
Una de las cosas que más nos gustan son los regalos que traen los guiris a casa. Entiéndanme, no es por los regalos en sí sino porque son lo más curioso del mundo mundial. Una vez unos holandeses trajeron dos cajas de cerveza, y hace dos meses una holandesa y una danesa nos trajeron una bolsita con bulbos de tulipán y un paquetito que nos entregaron excitadísimas y que cuando lo abrimos vimos sorprendidísimos que contenía dos tabletas de turrón, El Lobo para más señas. Las chicas nos explicaron que era la primera vez que habían comido aquello y que les parecía un manjar de lo más exótico. Claro que la palma se la llevó una sueca que nos trajo como regalo, primorosamente envuelto, un cortaquesos, y nos dijo que era el mismo cortaquesos que usaba su familia en Suecia, que lo había visto en una ferretería y no había podido resistir la tentación de llevarnos algo muy suyo. Lo que no nos explicó fue por qué, además del cortaquesos, nos había traído media docena de pañitos de cocina blancos y con un estampado de cerecitas bonísimas que se fueron por el desagüe de la lavadora al primer lavado con lejía blanca. Para mí que los paños de cocina eran para ella misma, que se le había olvidado sacarlos de la bolsa y que cuando los desenvolví les hice tantas fiestas (María Guerrero parezco yo a veces) que parecía que nos hubiera traído un jamón de pata negra, y claro, la chiquilla no se atrevió a pedírmelos.
Después de la tanda de reverencias los japoneses nos entregaron, con mucha ceremonia, un tetra brick (como lo oyen) de dos litros de sake, y un paquetito de galletas. Lo del sake lo interpretamos a la primera, además de porque ellos dijeron sake y lo señalaron así como treinta veces, porque en el cartoncito venía en japonés y en inglés. Un detalle. Podían haber hecho lo mismo con las galletas, que sólo tenían letras en japonés, de esas que parecen casitas, y nos enteramos de lo que era porque Izumi, una de las japonesas, dijo lacónicamente “esto galleta”. Tuvimos otro intercambio de reverencias y huí a la cocina a ver si ponía en orden el cerebro, que como no lo tengo acostumbrado a semejante subeybaja amenazaba con salirse por la cuenca de un ojo o por uno de los boquetes de la nariz. JB y los niños se encargaron de enseñarles la casa y los nipos se dedicaron a admirar absolutamente todo emitiendo unos sonidos guturales a modo de cruce entre gruñido e intento de sacarse un gargajo de la garganta. JB ya nos había avisado de que eso lo hacen mucho, pero todas sus escenificaciones, siendo buenísimas, no nos habían preparado para aquello.
Yo les escuchaba desde la cocina, muerta de risa, y de pronto entró Madagascar corriendo.
- Oye, que los chinos están haciendo fotos a todo.
- No son chinos, que son japoneses, y déjales que hagan fotos, si eso es lo que hacen los japoneses, mujer: fotos.
- Ya, pero es que están haciendo fotos a los muebles, a los cuadros, a los cajones del aparador, y hasta a tu foto en bolas.
Aquello me pareció un poco exagerado así que fui a mirar. Efectivamente, en ese momento Kasuko, otra de las japonesas, se dedicaba a capturar con su cámara la única fotografía que tenemos puesta en un marco, que no es otra que una foto mía desnuda y luciendo la barriga correspondiente al noveno mes de embarazo de Kenya. Puse una mano delante.
- Mira, Kasuko, ven, que Madagascar te va a enseñar sus muñecas.
Madagascar se resistió un poco porque hace años que no juega con muñecas pero accedió a exhibir todas sus Bratz. Mientras, escuché la vocecita penetrante de Bruno.
- ¡A los perros los dejas, que no se comen!
Hitaro le miraba sin comprender por qué aquel pequeñazo le gritaba sin ningún miramiento mientras agarraba a los perros por los collares. Kenya se acercó al niño por detrás y le susurró:
- Los japoneses no comen perro, eso lo hacen los chinos. Los japoneses comen tortuga.
Bruno escuchó aquello y salió pitando a poner las tortugas a buen recaudo ante el pasmo de Hitaro, quien quedó bajo la tutela de una Kenya que enseñaba tanto los dientes en su empeño por mostrar una sonrisa amistosa que más bien resultaba algo amenazadora.
La cena transcurrió sin mayores percances. Los invitados se comieron todo lo que les pusimos por delante (Madagascar dijo después que Hitaro se había servido arroz con calamares en salsa de almendras siete veces, y Kasuko se cepilló ella solita una bandeja con medio kilo de langostinos; el otro medio kilo conseguimos probarlo los demás) lanzando sus gruñidos de entusiasmo para todo: cada vez que probaban algo y a cada comentario que les hacíamos.
Finalmente, y tras el postre, preparé un té y se me ocurrió acompañarlo con las galletas que habían traído así que las coloqué en una bandejita la mar de mona. Es cierto que cuando abrí el paquete me sorprendió que oliera a pescado pero pensé que sería una tara de mi pituitaria, aunque no me suele fallar.
Así que serví el té y cogí una galleta ante la mirada un tanto extrañada, de los japoneses, que no dejaban de mirarme la mano atentamente. Y me dispuse a mojar la galleta en el té, como está mandado. Y justo cuando iba a introducirla en la taza, Izumi la señaló con un dedo y dijo:
-Sabol gamba-
(NOTA: no es un mito, los japoneses y los chinos, como los caribeños, hablan con la ele)
Eso explicaba el olor a pescado. JB estalló en carcajadas y los niños en gritos de asco mientras yo, muy digna, bajaba lentamente la mano y devolvía la galleta a la bandeja.
Al día siguiente probamos las galletas, que nos resultaron repugnantes incluso remojándolas con sake, e intentamos dárselas a la gata, quien las escupió sin dudarlo. Lo intentamos también con las tortugas de oreja roja, que como te descuides te zampan un dedo, y al olerlas se escondieron en lo más profundo del estanque. El único que se atrevió con ellas fue el perro, y nada más comerse una vomitó.
Hoy JB ha vuelto del trabajo con un paquetito de parte de los japoneses. En la nota ponía: Señora, su arroz es el más rico que hemos probado nunca, y somos japoneses, pero mejorará si lo acompañan con esto”. Y al abrirlo nos hemos encontrado tres bolsitas de galletas de gambas.
La semana pasada me dijo que tenía tres japoneses muy majos y que si se los traía a cenar. Y dicho y hecho, el viernes por la noche fue a buscarlos a la ciudad y se presentó con ellos en casa. Nada más entrar en el jardín se deshicieron en reverencias. Al principio era muy divertido porque parecía que tenían un muellecito en la cintura y no paraban de doblarse. Ellos hacían una reverencia, nosotros otra, ellos correspondían, nosotros (desconcertadísimos) hacíamos lo propio, y así hasta que entre dientes le pregunté a JB cómo se paraba aquello y él me dijo que no hiciéramos más reverencias. Mano de santo. Fue parar y ellos hacer lo mismo. Un descanso total, vaya.
Una de las cosas que más nos gustan son los regalos que traen los guiris a casa. Entiéndanme, no es por los regalos en sí sino porque son lo más curioso del mundo mundial. Una vez unos holandeses trajeron dos cajas de cerveza, y hace dos meses una holandesa y una danesa nos trajeron una bolsita con bulbos de tulipán y un paquetito que nos entregaron excitadísimas y que cuando lo abrimos vimos sorprendidísimos que contenía dos tabletas de turrón, El Lobo para más señas. Las chicas nos explicaron que era la primera vez que habían comido aquello y que les parecía un manjar de lo más exótico. Claro que la palma se la llevó una sueca que nos trajo como regalo, primorosamente envuelto, un cortaquesos, y nos dijo que era el mismo cortaquesos que usaba su familia en Suecia, que lo había visto en una ferretería y no había podido resistir la tentación de llevarnos algo muy suyo. Lo que no nos explicó fue por qué, además del cortaquesos, nos había traído media docena de pañitos de cocina blancos y con un estampado de cerecitas bonísimas que se fueron por el desagüe de la lavadora al primer lavado con lejía blanca. Para mí que los paños de cocina eran para ella misma, que se le había olvidado sacarlos de la bolsa y que cuando los desenvolví les hice tantas fiestas (María Guerrero parezco yo a veces) que parecía que nos hubiera traído un jamón de pata negra, y claro, la chiquilla no se atrevió a pedírmelos.
Después de la tanda de reverencias los japoneses nos entregaron, con mucha ceremonia, un tetra brick (como lo oyen) de dos litros de sake, y un paquetito de galletas. Lo del sake lo interpretamos a la primera, además de porque ellos dijeron sake y lo señalaron así como treinta veces, porque en el cartoncito venía en japonés y en inglés. Un detalle. Podían haber hecho lo mismo con las galletas, que sólo tenían letras en japonés, de esas que parecen casitas, y nos enteramos de lo que era porque Izumi, una de las japonesas, dijo lacónicamente “esto galleta”. Tuvimos otro intercambio de reverencias y huí a la cocina a ver si ponía en orden el cerebro, que como no lo tengo acostumbrado a semejante subeybaja amenazaba con salirse por la cuenca de un ojo o por uno de los boquetes de la nariz. JB y los niños se encargaron de enseñarles la casa y los nipos se dedicaron a admirar absolutamente todo emitiendo unos sonidos guturales a modo de cruce entre gruñido e intento de sacarse un gargajo de la garganta. JB ya nos había avisado de que eso lo hacen mucho, pero todas sus escenificaciones, siendo buenísimas, no nos habían preparado para aquello.
Yo les escuchaba desde la cocina, muerta de risa, y de pronto entró Madagascar corriendo.
- Oye, que los chinos están haciendo fotos a todo.
- No son chinos, que son japoneses, y déjales que hagan fotos, si eso es lo que hacen los japoneses, mujer: fotos.
- Ya, pero es que están haciendo fotos a los muebles, a los cuadros, a los cajones del aparador, y hasta a tu foto en bolas.
Aquello me pareció un poco exagerado así que fui a mirar. Efectivamente, en ese momento Kasuko, otra de las japonesas, se dedicaba a capturar con su cámara la única fotografía que tenemos puesta en un marco, que no es otra que una foto mía desnuda y luciendo la barriga correspondiente al noveno mes de embarazo de Kenya. Puse una mano delante.
- Mira, Kasuko, ven, que Madagascar te va a enseñar sus muñecas.
Madagascar se resistió un poco porque hace años que no juega con muñecas pero accedió a exhibir todas sus Bratz. Mientras, escuché la vocecita penetrante de Bruno.
- ¡A los perros los dejas, que no se comen!
Hitaro le miraba sin comprender por qué aquel pequeñazo le gritaba sin ningún miramiento mientras agarraba a los perros por los collares. Kenya se acercó al niño por detrás y le susurró:
- Los japoneses no comen perro, eso lo hacen los chinos. Los japoneses comen tortuga.
Bruno escuchó aquello y salió pitando a poner las tortugas a buen recaudo ante el pasmo de Hitaro, quien quedó bajo la tutela de una Kenya que enseñaba tanto los dientes en su empeño por mostrar una sonrisa amistosa que más bien resultaba algo amenazadora.
La cena transcurrió sin mayores percances. Los invitados se comieron todo lo que les pusimos por delante (Madagascar dijo después que Hitaro se había servido arroz con calamares en salsa de almendras siete veces, y Kasuko se cepilló ella solita una bandeja con medio kilo de langostinos; el otro medio kilo conseguimos probarlo los demás) lanzando sus gruñidos de entusiasmo para todo: cada vez que probaban algo y a cada comentario que les hacíamos.
Finalmente, y tras el postre, preparé un té y se me ocurrió acompañarlo con las galletas que habían traído así que las coloqué en una bandejita la mar de mona. Es cierto que cuando abrí el paquete me sorprendió que oliera a pescado pero pensé que sería una tara de mi pituitaria, aunque no me suele fallar.
Así que serví el té y cogí una galleta ante la mirada un tanto extrañada, de los japoneses, que no dejaban de mirarme la mano atentamente. Y me dispuse a mojar la galleta en el té, como está mandado. Y justo cuando iba a introducirla en la taza, Izumi la señaló con un dedo y dijo:
-Sabol gamba-
(NOTA: no es un mito, los japoneses y los chinos, como los caribeños, hablan con la ele)
Eso explicaba el olor a pescado. JB estalló en carcajadas y los niños en gritos de asco mientras yo, muy digna, bajaba lentamente la mano y devolvía la galleta a la bandeja.
Al día siguiente probamos las galletas, que nos resultaron repugnantes incluso remojándolas con sake, e intentamos dárselas a la gata, quien las escupió sin dudarlo. Lo intentamos también con las tortugas de oreja roja, que como te descuides te zampan un dedo, y al olerlas se escondieron en lo más profundo del estanque. El único que se atrevió con ellas fue el perro, y nada más comerse una vomitó.
Hoy JB ha vuelto del trabajo con un paquetito de parte de los japoneses. En la nota ponía: Señora, su arroz es el más rico que hemos probado nunca, y somos japoneses, pero mejorará si lo acompañan con esto”. Y al abrirlo nos hemos encontrado tres bolsitas de galletas de gambas.
sábado, 16 de febrero de 2008
Premio Arte y Pico
Entro para contarles un chascarrillo y me encuentro con que Almaleonor, la autora del blog "Helicon.Lugar donde reside la ilusión" (http://almaleonor.spaces.live.com/blog/cns!375874968D08DC3!2108.entry) le ha otorgado a este blog el premio Arte y Pico. Como muchos se estarán preguntando qué razones ha podido tener Almaleonor (aparte de su natural bondad, claro) para darme un premio, léanla a ella:
"...la he elegido, porque sus relatos de viajes despiden una gran sensibilidad, los relatos de humor un vivo ingenio, y los relatos en 100 palabras, una acertadísima elección del lenguaje. Y por su bellísimo tatuaje, jejeje"
Dado que éste es un premio que se otorga entre blogueros para premiar y difundir por la red el trabajo de otros compañeros, ahora yo debo premiar a cinco blogs, cosa difícil porque son muchos los que a mi modo de ver lo merecen. Mis candidatos:
Exapamicron: http://exapamicron.wordpress.com/ (Autor: Arc)
Dos son multitud: http://dossonmultitud.blogspot.com/ (Autores: Max y Lula)
Mira y calla: http://miraycalla.blogspot.com/ (Autor: Toni)
Avellana: http://avellana.neunoi.com/ (Autor: Avellana)
Peterpsych: http://peterpsych.blogspot.com/ (Autores: Peterpsych, K Miquel, Mayal)
Me van a disculpar que no diga nada de ellos; prefiero que los visiten y comprueben por qué merecen un premio.
Infinitas gracias a Almaleonor, sinceramente.
"...la he elegido, porque sus relatos de viajes despiden una gran sensibilidad, los relatos de humor un vivo ingenio, y los relatos en 100 palabras, una acertadísima elección del lenguaje. Y por su bellísimo tatuaje, jejeje"
Dado que éste es un premio que se otorga entre blogueros para premiar y difundir por la red el trabajo de otros compañeros, ahora yo debo premiar a cinco blogs, cosa difícil porque son muchos los que a mi modo de ver lo merecen. Mis candidatos:
Exapamicron: http://exapamicron.wordpress.com/ (Autor: Arc)
Dos son multitud: http://dossonmultitud.blogspot.com/ (Autores: Max y Lula)
Mira y calla: http://miraycalla.blogspot.com/ (Autor: Toni)
Avellana: http://avellana.neunoi.com/ (Autor: Avellana)
Peterpsych: http://peterpsych.blogspot.com/ (Autores: Peterpsych, K Miquel, Mayal)
Me van a disculpar que no diga nada de ellos; prefiero que los visiten y comprueben por qué merecen un premio.
Infinitas gracias a Almaleonor, sinceramente.
jueves, 14 de febrero de 2008
Nostalgia
Llevaba tanto tiempo viajando, había ido tan de acá para allá, que siempre decía que su casa cabía en una maleta; a veces incluso en una mochila. Disfrutaba cada sitio plenamente, llena de curiosidad, con los sentidos dispuestos, y en todos lados quería vivir, pero no había querido quedarse a morir en ninguno. Nunca había entendido a aquellas gentes que intentaban reproducir su pueblo en ciudades nuevas, a los que no aprendían la lengua del país adoptivo, a los que morían de nostalgia; por eso nunca imaginó que saborear un madrileño caramelo de violeta le iba a derretir el corazón.
martes, 12 de febrero de 2008
Mar Muerto
Hemos salido de Beersheba temprano para evitar el calor pero al rato el agua de las cantimploras deja de estar fría. Bebo a sorbitos cortos procurando no moverme para no despertar a Erik, que duerme utilizando mi hombro como almohada. Paavo conduce con cuidado. A su lado, Yossi le indica el camino. En principio Yossi tenía que ser el conductor pero ha insistido en viajar como copiloto “por si acaso” y ha colocado el fusil a sus pies lo cual lejos de tranquilizarme me mantiene en un estado de alerta constante. Serguei lee un ejemplar de bolsillo de “Doctor Zhivago” mientras mosdisquea un trozo de paloduz, y sólo imaginar el sabor dulce me da sed. A los dos lados de la carretera el paisaje da sensación de aridez. Me sorprende que alguien pelee por esto. Paavo debe estar pensando lo mismo porque hace un comentario en español a propósito de las relaciones de Dios y su pueblo después de ver lo que es la “tierra prometida”. Le contesto que no hay que fiarse nunca de las promesas de los enamorados y me sonríe por el retrovisor.
Al rato Yossi señala a su derecha y dice lacónicamente: “allí, Mar Muerto”. Paavo aminora un poco la velocidad, Serguei cierra el libro, y Eric se despierta. No vemos gran cosa, únicamente una alambrada que impide el acceso al lago. Junto a las orillas se adivinan algunos oasis. Yossi nos explica que junto al lago hay complejos hoteleros y balnearios para disfrutar de los beneficios de estas aguas. Erik dice que siempre ha querido flotar aquí. Yossi dice que desde aquí no tenemos acceso pero que hay una entrada relativamente cerca, bordeando el lago. Sin avisar Paavo se sale de la carretera y para. No preguntamos. Está señalando un agujero en la alambrada. Serguei sonríe, Erik se quita la camiseta, y Yossi niega con la cabeza. En unos minutos estamos en la orilla del lago y nos desvestimos. Yossi permanece de pie, vestido, vigilante, junto a nuestras ropas. Me envuelvo el pelo en un pañuelo y entro en el lago despacio. Erik se deja caer de culo en el agua y ríe a carcajadas cuando en vez de hundirse emerge como si hubiera rebotado. Paavo mete los pies y se queja amargamente; las botas le han hecho rozaduras en los tobillos y el contacto con la sal le resulta muy doloroso. Se sienta en el agua con las piernas estiradas para no sumergir más los pies mientras Erik se burla. Serguei nos hace unas fotos antes de meterse él también a jugar teniendo mucho cuidado de no salpicarnos en los ojos. Nos reimos y Yossi nos pide, un tanto inquieto, que no gritemos y que nos demos prisa en salir. Está acostumbrado a acatar órdenes y esta pequeña e inocente travesura trastorna su sentido del orden.
Bañarse aquí es una sensación curiosa. El agua está fresca y es difícil nadar porque no hay manera de conseguir sumergir el cuerpo. Lo mejor es sentarse y desplazarse remando con las manos. Salimos y nos sentamos en unas piedras para secarnos al sol. A los pocos minutos estamos secos y blancos, con el cuerpo recubierto de sal. Me siento crujiente e incómoda; el sol me pica en la piel. Intento quitarme la sal con las manos, pero es imposible, tengo todos los vellos del cuerpo revestidos de sal; no habrá manera de librarme de ella hasta que pueda ducharme con agua dulce. No quiero quitarme el pañuelo de la cabeza para no llenarme el pelo con la sal de la espalda. Vestida estoy todavía más incómoda. Cuando nos sentamos en el coche nos damos cuenta de que hemos hecho una tontería y volvemos a reirnos.
Al rato Yossi señala a su derecha y dice lacónicamente: “allí, Mar Muerto”. Paavo aminora un poco la velocidad, Serguei cierra el libro, y Eric se despierta. No vemos gran cosa, únicamente una alambrada que impide el acceso al lago. Junto a las orillas se adivinan algunos oasis. Yossi nos explica que junto al lago hay complejos hoteleros y balnearios para disfrutar de los beneficios de estas aguas. Erik dice que siempre ha querido flotar aquí. Yossi dice que desde aquí no tenemos acceso pero que hay una entrada relativamente cerca, bordeando el lago. Sin avisar Paavo se sale de la carretera y para. No preguntamos. Está señalando un agujero en la alambrada. Serguei sonríe, Erik se quita la camiseta, y Yossi niega con la cabeza. En unos minutos estamos en la orilla del lago y nos desvestimos. Yossi permanece de pie, vestido, vigilante, junto a nuestras ropas. Me envuelvo el pelo en un pañuelo y entro en el lago despacio. Erik se deja caer de culo en el agua y ríe a carcajadas cuando en vez de hundirse emerge como si hubiera rebotado. Paavo mete los pies y se queja amargamente; las botas le han hecho rozaduras en los tobillos y el contacto con la sal le resulta muy doloroso. Se sienta en el agua con las piernas estiradas para no sumergir más los pies mientras Erik se burla. Serguei nos hace unas fotos antes de meterse él también a jugar teniendo mucho cuidado de no salpicarnos en los ojos. Nos reimos y Yossi nos pide, un tanto inquieto, que no gritemos y que nos demos prisa en salir. Está acostumbrado a acatar órdenes y esta pequeña e inocente travesura trastorna su sentido del orden.
Bañarse aquí es una sensación curiosa. El agua está fresca y es difícil nadar porque no hay manera de conseguir sumergir el cuerpo. Lo mejor es sentarse y desplazarse remando con las manos. Salimos y nos sentamos en unas piedras para secarnos al sol. A los pocos minutos estamos secos y blancos, con el cuerpo recubierto de sal. Me siento crujiente e incómoda; el sol me pica en la piel. Intento quitarme la sal con las manos, pero es imposible, tengo todos los vellos del cuerpo revestidos de sal; no habrá manera de librarme de ella hasta que pueda ducharme con agua dulce. No quiero quitarme el pañuelo de la cabeza para no llenarme el pelo con la sal de la espalda. Vestida estoy todavía más incómoda. Cuando nos sentamos en el coche nos damos cuenta de que hemos hecho una tontería y volvemos a reirnos.
domingo, 10 de febrero de 2008
Té imperial
Era la prueba final. Cualquier cazafortunas con talento podía recordar datos y anécdotas, pero sólo la auténtica Gran Duquesa sería capaz de reconocer el té imperial, la mezcla exclusiva que los Romanov se hacían elaborar en Londres y que María Feodorovna seguía bebiendo cada tarde en su exilio de Paris. La chica dedicó apenas unos segundos a oler las tazas y eligió correctamente sin dudar. El corazón de la anciana emperatriz se paralizó unos instantes mientras Anastasia saboreaba la infusión lentamente, con una sonrisa soñadora en los labios. “Ay, abuela, después de tantos años por fin me siento en casa”.
jueves, 7 de febrero de 2008
El Día del Cacahuete, digo de la Marmota
La semana pasada fue el Día de la Marmota. A mí, personalmente, que los americanos se dediquen a molestar a los bichos para ver si va a hacer o no buen tiempo me parece de un mal gusto tremendo, pero en el fondo me da exactamente igual. Allá ellos con su fauna y las pulgas que la adornan. A mí me gusta la fiesta como la celebran aquí. Es que no es lo mismo, hombre, dónde va a parar, es una cuestión de estilo. De entrada aquí lo llaman el Día de la Candelaria, que es muchísimo más fino, y en vez de coger un animal (poquísimo agraciado, todo hay que decirlo) por los sobacos y exhibirlo en un parque público, prefieren no tocar las narices ni humillar al resto de los seres vivos y montárselo ellos mismos, y organizan una procesión en condiciones con su banda de música, sus fieles devotos detrás, sus palios, sus cirios encendidos, sus cánticos... en fin, la parafernalia propia. Y luego, cuando han paseado bastante las imágenes y las han meneado por todo el pueblo, se va todo el mundo a montarse en las atracciones de la feria, y a comer turrón (no sé en otras ferias pero por aquí siempre hay inexplicables puestos que venden tabletas de turrón incluso en el mes de agosto), churros, y manzanas venenosas, digo caramelizadas.
Como en este país tenemos esta vena individualista que tenemos, si pudiéramos cada uno celebraríamos el santo patrón propio de la república independiente de su casa, pero como afortunadamente (imagínense todos los días una banda de música por las calles, venga a petardos, venga a confeti, venga a turrón y manzanas asesinas) no es posible, hay que contentarse con celebrar un santo patrón comunal. Comunal dentro de lo que cabe, que tampoco es cosa de agruparse demasiado. Por ejemplo, en el pueblo hay tres núcleos de población, así que hay tres fiestas locales, por mucho que dos de esas poblaciones estén tan pegadas que haya algunos que no sepamos muy bien si pertenecemos a una o a la otra. Tres núcleos: tres fiestas, en distintas épocas del año, con distintas imágenes, y distintas costumbres. Tan distintas que si a una virgen la pasean en barca por el mar y se ponen hasta las trancas de sardinas espetadas, a otra la pasean por la carretera sin mayores alardes, y a la última le tiran cacahuetes.
A mí siempre me ha parecido que en este reparto de costumbres la que sale perdiendo es la Virgen del Rosario, que la pobre solamente pasea carretera arriba carretera abajo sin más jolgorio ni nada que echarse a la boca, pero allá sus parroquianos, si no quieren darle vidilla peor para ellos. Claro, ser la Virgen del Carmen luce mucho más, pero conlleva ejercer un título de riesgo, que no todos los años pillan la marea tranquila (ni van los remeros convenientemente despejaditos), y recuerdo que hace unos cuantos veranos a puntito estuvieron de volcar la barca con la imagen. Visto lo visto hasta ahora siempre había pensado que lo mejor era ser la Virgen de la Candelaria, que hace un recorrido procesional más majo que la mar, cuesta arriba cuesta abajo, tan largo que a la banda le da tiempo a tocar la mitad del repertorio de marchas profesionales, y encima le tiran cacahuetes, que es una costumbre que me parecía de lo más simpático y aparentemente inofensiva. Pero creo que desde este año voy a mirar los cacahuetes con otros ojos.
Y es que hasta ahora la gente del pueblo se limitaba a tirar los cacahuetes a puñaos y seguidito, con lo que siempre se veía gente en la procesión pelando cacahuetes (se me había olvidado aclarar que los tiran con cáscara así que te los puedes comer sin problemas, excepto los pisados, claro, que se espachurran de mala manera) y comiendo como monillos. Pero este año habrán querido hacer una demostración de poderío y han decidido tirar los cacahuetes a cubetazo limpio. Se pueden ustedes imaginar, aquello no era una lluvia de cacahuetes, aquello era el diluvio cacahuetal. Lo mejor es que todo el mundo estaba encantado. Hombre, hubo sus protestas. Por ejemplo, algunos músicos de la banda, como el trompa, el bombardino y algunos saxos, se quejaron de que echando tantos cacahuetes a la vez no podían tocar porque se les metían por el instrumento y tenían que estar vaciándolos a cada rato. También protestaron algunas abuelas, pero éstas se quejaron porque los cacahuetes se les incrustaban en el pelo; una dijo que le habían dado en las gafas, y poco más. El resto del personal estaba encantado con aquel desbordamiento cacahuetil.
Y pasó lo que tenía que pasar, que con tanto cubo el palio del trono de la Virgen se había llenado tanto que amenazaba con romperse. Bueno, amenazar no, que se rasgó una esquina. Ahí el mayordomo de la cofradía anduvo rápido de reflejos: “A mecer a la Virgen”, gritó convencido de que meneando el trono de un lado para otro harían caer los cacahuetes por los lados y vaciarían el palio. Pero nada, parecía que los habían pegado al palio con superglú y por los laíllos caían unos poquitos nada más. Se pueden imaginar que a esas alturas la procesión era de todo menos una procesión, como que las portadoras del trono del Cristo lo habían dejado en el suelo y todo. Y mientras, los hombres del trono venga a moverlo de un lado para otro, y cada vez más fuerte alentados por las voces de ánimo del público (o los feligreses, o los parroquianos, o los fieles, o los devotos, o lo que sean). A mí me parecía que el trono empezaba a inclinarse de una forma un tanto inquietante.
-A ver si van a volcar el trono.
JB susurró sin mirarme.
-Calla, so agorera.
-Ja! Lo mismo le dijeron a Casandra y mira!
En ese momento oímos un grito general y el trono se tumbó totalmente hacia la derecha sobre los asistentes, los cuales en lugar de quitarse para no morir espachurraítos perdidos se pusieron a aguantar el trono mientras el palio descargaba por fin su cargamento de cacahuetes sobre ellos. Al otro lado, varios hombres se recolgaban como monos del trono para intentar levantarlo. Hubo unos minutos de tensión durante los cuales pareció que los cacahuetes iban a salir vencedores pero al final consiguieron enderezar el trono. Y en ese momento alguien (luego me dijeron que no habían podido contener el entusiasmo) encendió la luminaria de la Virgen y bajo las chispas blancas de las luces (“Viva la Virgen de la Candelaria”) aplaudimos entusiasmados hasta que nos dolieron las manos. Menos mal que no les da por tirar aguacates.
Como en este país tenemos esta vena individualista que tenemos, si pudiéramos cada uno celebraríamos el santo patrón propio de la república independiente de su casa, pero como afortunadamente (imagínense todos los días una banda de música por las calles, venga a petardos, venga a confeti, venga a turrón y manzanas asesinas) no es posible, hay que contentarse con celebrar un santo patrón comunal. Comunal dentro de lo que cabe, que tampoco es cosa de agruparse demasiado. Por ejemplo, en el pueblo hay tres núcleos de población, así que hay tres fiestas locales, por mucho que dos de esas poblaciones estén tan pegadas que haya algunos que no sepamos muy bien si pertenecemos a una o a la otra. Tres núcleos: tres fiestas, en distintas épocas del año, con distintas imágenes, y distintas costumbres. Tan distintas que si a una virgen la pasean en barca por el mar y se ponen hasta las trancas de sardinas espetadas, a otra la pasean por la carretera sin mayores alardes, y a la última le tiran cacahuetes.
A mí siempre me ha parecido que en este reparto de costumbres la que sale perdiendo es la Virgen del Rosario, que la pobre solamente pasea carretera arriba carretera abajo sin más jolgorio ni nada que echarse a la boca, pero allá sus parroquianos, si no quieren darle vidilla peor para ellos. Claro, ser la Virgen del Carmen luce mucho más, pero conlleva ejercer un título de riesgo, que no todos los años pillan la marea tranquila (ni van los remeros convenientemente despejaditos), y recuerdo que hace unos cuantos veranos a puntito estuvieron de volcar la barca con la imagen. Visto lo visto hasta ahora siempre había pensado que lo mejor era ser la Virgen de la Candelaria, que hace un recorrido procesional más majo que la mar, cuesta arriba cuesta abajo, tan largo que a la banda le da tiempo a tocar la mitad del repertorio de marchas profesionales, y encima le tiran cacahuetes, que es una costumbre que me parecía de lo más simpático y aparentemente inofensiva. Pero creo que desde este año voy a mirar los cacahuetes con otros ojos.
Y es que hasta ahora la gente del pueblo se limitaba a tirar los cacahuetes a puñaos y seguidito, con lo que siempre se veía gente en la procesión pelando cacahuetes (se me había olvidado aclarar que los tiran con cáscara así que te los puedes comer sin problemas, excepto los pisados, claro, que se espachurran de mala manera) y comiendo como monillos. Pero este año habrán querido hacer una demostración de poderío y han decidido tirar los cacahuetes a cubetazo limpio. Se pueden ustedes imaginar, aquello no era una lluvia de cacahuetes, aquello era el diluvio cacahuetal. Lo mejor es que todo el mundo estaba encantado. Hombre, hubo sus protestas. Por ejemplo, algunos músicos de la banda, como el trompa, el bombardino y algunos saxos, se quejaron de que echando tantos cacahuetes a la vez no podían tocar porque se les metían por el instrumento y tenían que estar vaciándolos a cada rato. También protestaron algunas abuelas, pero éstas se quejaron porque los cacahuetes se les incrustaban en el pelo; una dijo que le habían dado en las gafas, y poco más. El resto del personal estaba encantado con aquel desbordamiento cacahuetil.
Y pasó lo que tenía que pasar, que con tanto cubo el palio del trono de la Virgen se había llenado tanto que amenazaba con romperse. Bueno, amenazar no, que se rasgó una esquina. Ahí el mayordomo de la cofradía anduvo rápido de reflejos: “A mecer a la Virgen”, gritó convencido de que meneando el trono de un lado para otro harían caer los cacahuetes por los lados y vaciarían el palio. Pero nada, parecía que los habían pegado al palio con superglú y por los laíllos caían unos poquitos nada más. Se pueden imaginar que a esas alturas la procesión era de todo menos una procesión, como que las portadoras del trono del Cristo lo habían dejado en el suelo y todo. Y mientras, los hombres del trono venga a moverlo de un lado para otro, y cada vez más fuerte alentados por las voces de ánimo del público (o los feligreses, o los parroquianos, o los fieles, o los devotos, o lo que sean). A mí me parecía que el trono empezaba a inclinarse de una forma un tanto inquietante.
-A ver si van a volcar el trono.
JB susurró sin mirarme.
-Calla, so agorera.
-Ja! Lo mismo le dijeron a Casandra y mira!
En ese momento oímos un grito general y el trono se tumbó totalmente hacia la derecha sobre los asistentes, los cuales en lugar de quitarse para no morir espachurraítos perdidos se pusieron a aguantar el trono mientras el palio descargaba por fin su cargamento de cacahuetes sobre ellos. Al otro lado, varios hombres se recolgaban como monos del trono para intentar levantarlo. Hubo unos minutos de tensión durante los cuales pareció que los cacahuetes iban a salir vencedores pero al final consiguieron enderezar el trono. Y en ese momento alguien (luego me dijeron que no habían podido contener el entusiasmo) encendió la luminaria de la Virgen y bajo las chispas blancas de las luces (“Viva la Virgen de la Candelaria”) aplaudimos entusiasmados hasta que nos dolieron las manos. Menos mal que no les da por tirar aguacates.
martes, 5 de febrero de 2008
Idiosincrasia
Cuando mi tía Elena se casó con tío Michael decidió que la llamaramos Helen, cambió la merienda de chocolate por el té de las cinco, y sustituyó al gato por Rufus, un monito de Gibraltar. Lo del chocolate nos dio coraje, pero nos encantaba Rufus. Una tarde, mi tía invitó al obispo a tomar el té. Cuando entramos en la sala, la tensión era insostenible. El obispo, mi tía, y sus amigas, contemplaban petrificados a Rufus. Mi hermano Jaime no pudo callarse. "¡Anda, Rufus se la está pelando!" Rufus desapareció, el gato regresó, y nosotros volvimos a merendar chocolate.
sábado, 2 de febrero de 2008
Chernobyl
Me citaron a las 9.00 pero llego media hora antes. La hierba de los jardines está todavía cubierta de escarcha. Me gustan las mañanas de invierno en Madrid incluso cuando son tan especialmente frías como la de hoy. Casi diría que me gustan sobre todo cuando son tan frías como ésta. No soporto la impuntualidad, por eso llego demasiado pronto. No puedo tomarme un café (“ven en ayunas” dijeron) así que doy una vuelta por los jardines del edificio.
Entro y el calor me resulta reconfortante. Me indican que suba a la primera planta donde me dirán qué es lo que vamos a hacer exactamente. Varias personas esperan el ascensor. Yo prefiero subir andando porque sólo es una planta y porque más que miedo tengo pánico a los ascensores. En la sala de espera me encuentro a las demás personas que han subido en el ascensor. Todos tenemos la misma expresión, mezcla de expectación y miedo. Nos van llamando uno a uno y nos toman muestras de sangre y orina.
Volvemos a la sala. Una pareja dice que acaba de volver de Finlandia donde han estado una semana. Explican que pensaban estar al menos dos semanas más pero que adelantaron la vuelta cuando tuvieron noticias de la nube radiactiva. Tres mujeres mayores cuentan que ellas vienen de Cracovia. No lo dicen y van vestidas de seglares pero todos nos hemos dado cuenta de que son monjas. Poco a poco todos van diciendo de dónde vienen, y está claro que todos estamos aquí por lo mismo. Seguimos esperando pero, ahora que conversamos, la mayoría están mas relajados. Yo no; lo estaré cuando consiga tomarme un par de tazas de café. En estas situaciones es cuando lamento mi adicción a la cafeína. Finalmente, cuando terminan de tomarnos muestras nos hacen pasar a la cafetería y nos sirven un desayuno.
Después del desayuno se deshace el grupo y cada uno pasamos a distintas salas para hacernos diversas pruebas. Paso por todas sin miedo. Sé que he sido cuidadosa con la comida, con la bebida, con el agua. Me explican la última y el médico me lee el miedo en la cara así que se apresura a asegurarme que se trata de una prueba indolora e inofensiva. Yo le explico que no se trata de miedo al dolor sino de algo muy parecido a la claustrofobia y que meterme durante un buen rato en una especie de ataúd en una habitación casi sellada no es algo que me entusiasme precisamente pero que no se preocupe, que lo voy a hacer sin darles ningún problema.
Me tumbo, me colocan varios sensores, y antes de meterme en la habitación el técnico me dice que quizá escuchar música me relajaría, y que tipo de música prefiero escuchar. Le pregunto si tienen las “Canciones de amor y celda”, de Amancio Prada, y me dice que por supuesto. Cuando cierran la puerta comienza a sonar la música. Sonrío. Sé que a Amancio le encantará cuando se lo cuente. Canturreo las canciones y poco a poco me voy relajando hasta el punto de olvidar por que estoy aquí. Suena una estrofa de Machado y no puedo evitar recordar a Henryck y su pasión por los poemas de Machado y Lorca. Henryck, que no ha podido evitar la nube, que no va a poder escapar de sus consecuencias, que no tendrá la oportunidad de que nadie mida el nivel de radiactividad de su organismo.
Entro y el calor me resulta reconfortante. Me indican que suba a la primera planta donde me dirán qué es lo que vamos a hacer exactamente. Varias personas esperan el ascensor. Yo prefiero subir andando porque sólo es una planta y porque más que miedo tengo pánico a los ascensores. En la sala de espera me encuentro a las demás personas que han subido en el ascensor. Todos tenemos la misma expresión, mezcla de expectación y miedo. Nos van llamando uno a uno y nos toman muestras de sangre y orina.
Volvemos a la sala. Una pareja dice que acaba de volver de Finlandia donde han estado una semana. Explican que pensaban estar al menos dos semanas más pero que adelantaron la vuelta cuando tuvieron noticias de la nube radiactiva. Tres mujeres mayores cuentan que ellas vienen de Cracovia. No lo dicen y van vestidas de seglares pero todos nos hemos dado cuenta de que son monjas. Poco a poco todos van diciendo de dónde vienen, y está claro que todos estamos aquí por lo mismo. Seguimos esperando pero, ahora que conversamos, la mayoría están mas relajados. Yo no; lo estaré cuando consiga tomarme un par de tazas de café. En estas situaciones es cuando lamento mi adicción a la cafeína. Finalmente, cuando terminan de tomarnos muestras nos hacen pasar a la cafetería y nos sirven un desayuno.
Después del desayuno se deshace el grupo y cada uno pasamos a distintas salas para hacernos diversas pruebas. Paso por todas sin miedo. Sé que he sido cuidadosa con la comida, con la bebida, con el agua. Me explican la última y el médico me lee el miedo en la cara así que se apresura a asegurarme que se trata de una prueba indolora e inofensiva. Yo le explico que no se trata de miedo al dolor sino de algo muy parecido a la claustrofobia y que meterme durante un buen rato en una especie de ataúd en una habitación casi sellada no es algo que me entusiasme precisamente pero que no se preocupe, que lo voy a hacer sin darles ningún problema.
Me tumbo, me colocan varios sensores, y antes de meterme en la habitación el técnico me dice que quizá escuchar música me relajaría, y que tipo de música prefiero escuchar. Le pregunto si tienen las “Canciones de amor y celda”, de Amancio Prada, y me dice que por supuesto. Cuando cierran la puerta comienza a sonar la música. Sonrío. Sé que a Amancio le encantará cuando se lo cuente. Canturreo las canciones y poco a poco me voy relajando hasta el punto de olvidar por que estoy aquí. Suena una estrofa de Machado y no puedo evitar recordar a Henryck y su pasión por los poemas de Machado y Lorca. Henryck, que no ha podido evitar la nube, que no va a poder escapar de sus consecuencias, que no tendrá la oportunidad de que nadie mida el nivel de radiactividad de su organismo.
miércoles, 30 de enero de 2008
Té antirracista
El mayor Devereaux tenía la mayor plantación de algodón de Atlanta y la hija más bonita del estado, y hasta hacía dos meses había tenido también la esposa más encantadora. Desde que murió su madre, la pequeña Claire no se separaba de Lissy, la muñeca de trapo que le había regalado. Cada día el mayor tomaba el té con la niña. Una tarde Claire derramó su taza sobre Lissy y vio cómo la cara de la muñeca se oscurecía. El padre frunció el ceño. Claire, desafiante, abrazó a la muñeca. El mayor suspiró. "Una muñeca negra! ¡Dónde vamos a parar!"
lunes, 28 de enero de 2008
Argelia
Llevaba varios días contándome cómo era, pero todas las palabras de Chenani,
las fotografías que había visto anteriormente, no me habían preparado para la
maravilla que es ver las pinturas del Tassili. No puedo apartar la mirada de las imágenes. Chenani no deja de mirar la expresión de mi cara con una media sonrisa que se va ampliando a medida que yo le hago comentarios entusiasmados sobre cada uno de los dibujos. El tiempo pasa sin que me dé cuenta y mientras recojo las cosas para irnos (volveremos mañana) noto a Chenani nuevamente serio. Cargo las cosas en el
todoterreno y me sujeto el brazo derecho con la mano izquierda.
- Me duele el hombro. He debido hacerme daño cargando la bolsa. ¿Crees que
podrías conducir tú esta vez?
Chenani alarga la mano en silencio para coger las llaves del coche y me mira con agradecimiento. Sabe que no es cierto. Hasta hoy se ha sometido a mis cuidados, no ha tenido más remedio que confiar en mí para conducir, montar las tiendas, hacerle las curas, pero sabe que sé que hoy, que vamos a su casa, necesita que todo sea diferente.
Subimos al coche y conduce despacio, esquivando baches con cuidado y evitando expresar cualquier gesto de dolor. Al entrar en la aldea me sorprende la agitación. A Chenani también. Su esposa, Fatma, nos lo explica. Uno de los pozos, seco desde hacía varios años, inexplicablemente ha vuelto a tener agua. Para celebrarlo han matado un par de chivos. Hamid, el hermano mayor de Chenani, se lo lleva dándole sonoras palmadas en la espalda y yo me quedo con Fatma y el resto de las mujeres de la familia, las cuales me miran sin poder contener la curiosidad. No soy, por
supuesto, la primera europea que ven, pero sí la primera que entra en su casa
y no saben muy bien qué hacer ni qué decir.
Me ofrecen un té caliente y mientras lo tomo intercambiamos unas frases de cortesía. Nos entendemos en francés. Poco a poco van cogiendo confianza y me hacen mil preguntas sobre mi vida, mi familia, mi trabajo. No les escandaliza que viaje sola en compañía de hombres que no son mi pareja ni mi familia; les sorprende que me guste hacerlo. Me cuenta cosas sobre la aldea, sobre Chenani, sobre la fiesta. Cuando les digo que me gustaría lavarme la cara y las manos para estar un poco presentable a la hora de la cena se ofrecen tímidamente a arreglarme. Me dejo hacer. Cuando terminan, Fatma me ofrece un espejo. Mi pelo está recogido en trenzas delgadísimas, igual que el suyo. Sonrío encantada y la hermana pequeña de Chenani me ofrece un pañuelo. Me lo coloca en la cabeza cubriéndome los hombros y cuando estamos terminando escuchamos voces y entran Chenani y Hamid. Me miran y sonríen.
Antes de irnos a cenar hay que limpiar la herida de Chenani. Las mujeres se disponen a hacerlo y Chenani coge la bolsa con el botiquín, me la tiende, me mira a los ojos, y me pregunta si por favor me importaría hacerlo yo.
las fotografías que había visto anteriormente, no me habían preparado para la
maravilla que es ver las pinturas del Tassili. No puedo apartar la mirada de las imágenes. Chenani no deja de mirar la expresión de mi cara con una media sonrisa que se va ampliando a medida que yo le hago comentarios entusiasmados sobre cada uno de los dibujos. El tiempo pasa sin que me dé cuenta y mientras recojo las cosas para irnos (volveremos mañana) noto a Chenani nuevamente serio. Cargo las cosas en el
todoterreno y me sujeto el brazo derecho con la mano izquierda.
- Me duele el hombro. He debido hacerme daño cargando la bolsa. ¿Crees que
podrías conducir tú esta vez?
Chenani alarga la mano en silencio para coger las llaves del coche y me mira con agradecimiento. Sabe que no es cierto. Hasta hoy se ha sometido a mis cuidados, no ha tenido más remedio que confiar en mí para conducir, montar las tiendas, hacerle las curas, pero sabe que sé que hoy, que vamos a su casa, necesita que todo sea diferente.
Subimos al coche y conduce despacio, esquivando baches con cuidado y evitando expresar cualquier gesto de dolor. Al entrar en la aldea me sorprende la agitación. A Chenani también. Su esposa, Fatma, nos lo explica. Uno de los pozos, seco desde hacía varios años, inexplicablemente ha vuelto a tener agua. Para celebrarlo han matado un par de chivos. Hamid, el hermano mayor de Chenani, se lo lleva dándole sonoras palmadas en la espalda y yo me quedo con Fatma y el resto de las mujeres de la familia, las cuales me miran sin poder contener la curiosidad. No soy, por
supuesto, la primera europea que ven, pero sí la primera que entra en su casa
y no saben muy bien qué hacer ni qué decir.
Me ofrecen un té caliente y mientras lo tomo intercambiamos unas frases de cortesía. Nos entendemos en francés. Poco a poco van cogiendo confianza y me hacen mil preguntas sobre mi vida, mi familia, mi trabajo. No les escandaliza que viaje sola en compañía de hombres que no son mi pareja ni mi familia; les sorprende que me guste hacerlo. Me cuenta cosas sobre la aldea, sobre Chenani, sobre la fiesta. Cuando les digo que me gustaría lavarme la cara y las manos para estar un poco presentable a la hora de la cena se ofrecen tímidamente a arreglarme. Me dejo hacer. Cuando terminan, Fatma me ofrece un espejo. Mi pelo está recogido en trenzas delgadísimas, igual que el suyo. Sonrío encantada y la hermana pequeña de Chenani me ofrece un pañuelo. Me lo coloca en la cabeza cubriéndome los hombros y cuando estamos terminando escuchamos voces y entran Chenani y Hamid. Me miran y sonríen.
Antes de irnos a cenar hay que limpiar la herida de Chenani. Las mujeres se disponen a hacerlo y Chenani coge la bolsa con el botiquín, me la tiende, me mira a los ojos, y me pregunta si por favor me importaría hacerlo yo.
viernes, 25 de enero de 2008
Sobre gustos...
Ayer estuve en el dentista y me empapé de literatura de la buena. Imagínense: una hora esperando a que terminaran de torturar a JB sin más entretenimiento que un montón de revistas del corazón. Pues me las leí todas, pero todas todas, sin discriminar por razones de tirada ni de fecha. Y no crean, una hora da para mucho; me di cuenta cuando hojeé una que contaba que se había casado la Duquesa de Alba. Ahí la neurona me dio un chillido: “¿qué se ha casado otra vez?” Claro, cuando vi que en las fotos salía hecha un pimpollo, con su carita de verdad y no la que tiene ahora, miré la fecha, y como la revista era de casi el mismo año que Gutemberg ideó la imprenta pues la cerré, que para eso prefiero las novelas históricas o los libros de historia sin más adorno.
La verdad es que a pesar de todo lo que pasó por delante de mis ojos, fue una hora de lo más inútil porque no se me quedó nada dentro. Nada, excepto una indignación que hasta este momento era secreta y que va a dejar de serlo en unas líneas. Lo que llamó mi atención fue una frase, referida a una famosa, que decía que “...haciendo gala de su innato buen gusto...” Me hizo bufar. Porque vamos a ver, hay cosas que traemos de serie, como el color de los ojos y el pelo, que nos vienen así de nacimiento y por más que nos empeñemos en cambiarlos se quedan tal cual hasta que nos morimos. Pero el gusto, sobre todo el buen gusto, es adquirido y normalmente se va transmitiendo familiarmente de generación en generación con más o menos éxito y con numerosas variantes pero dentro de un cierto criterio estético.
En mi familia cada uno tenemos un estilo propio, más que definido, que no suele coincidir con el de los demás miembros del grupo pero, eso sí, reaccionamos con espíritu de cuerpo ante las aberraciones estéticas. Por ejemplo, hace un puñado de años llegué una mañana a casa de mis padres y me los encontré un tanto lívidos. La causa de su carencia de color facial estaba en medio del salón. Miré y comprendí.
-¡Por favor! Pero ¿qué me habéis hecho? ¿Os habéis vuelto locos o qué?
Mi madre me echó una mirada asesina que habría helado la sangre en las venas a cualquier otro pero que a mí no me afectó ni medio pimiento porque yo también sé lanzarlas; de hecho las tres hermanas sabemos hacerlo a la perfección. Contestó mi padre.
-No hemos sido nosotros. Nos lo manda de regalo mi primo Isauro en agradecimiento por haberles avalado para el crédito del camión.
-Para que veáis, que no se puede ser buena gente.
El regalo consistía en un pedestal enteramente recubierto de cristales (“Mira, ya tienes recambios para la araña del salón” le dije a mi madre, quien de nuevo me lanzó la mirada) encima del cual se situaba una especie de templete dorado y adornado con palomas de un material brillante del cual desconozco el nombre porque hasta entonces había tenido la buena suerte de no haberlo visto nunca. Dentro del templete, la figura de una muñeca de épocas (me habría gustado poder decir época en singular pero las tenía todas; el vestido era claramente goyesco y luce un miriñaque de agárrate y no te menees con mangas jamón y una pamela tal cual sacada de un cuadro rococó) con paraguas nos contemplaba ajena a su fealdad. Me intrigó mucho que al pedestal le saliera un rabito en forma de cable con interruptor así que lo enchufé, pulsé el botoncito, y el pedestal se iluminó con unas cuantas bombillas interiores, y la muñeca se puso a girar mientras su paraguas la protegía de la lluvia de parafina líquida que caía alrededor del templete. Aquello fue demasiado.
En aquel momento llegaron mis hermanas. B1 corrió al cuarto de baño (es como los perros de Pavlov, toca el picaporte de la puerta y se mea viva) y B2 entró en el salón.
-¡Válgame! –
No pudo decir nada más. Creo que nunca la había visto con la boca tan abierta. Mi padre se apresuró a explicarle que se trataba de un regalo de Isauro y señora. B1, que mientras atravesaba el pasillo había escuchado la explicación, entró tranquilamente.
-Venga ya, no será tan horribl.... Aaaaaaaaaag!
-Pues no sabes lo mejor, bonita: es para ti.
-¿Para mi?????????????????????????- Empezó a boquear un poco.
-Sí, de regalo de boda.
Faltaba sólo un mes para la boda de B1. Mi madre me volvió a fulminar con la mirada y salió en auxilio de B1 que amenazaba con hiperventilar.
-Pero no tiene música ni nada.- B2 continuaba contemplándola hipnotizada y sólo salió del trance cuando mi padre, lleno de sensatez, dio al interruptor y se acabaron las luces, la lluvia de parafina y los giros muñequiles. Mi madre planteó la pregunta del millón:
-¿Y qué hacemos con esto?
Nos miramos horrorizados. Finalmente, y tras un rato de deliberación colectiva, en el cual se plantearon propuestas tan peregrinas como que me la llevara yo a mi casa (¡jua!) o donarla al plató de Cine de Barrio, decidimos que lo mejor sería envolverla en una manta y tenerla escondida detrás de una cortina para exhibirla únicamente durante las visitas de los primos. Dicho y hecho. Y todo fue bien hasta la semana pasada cuando, a la vuelta de un viaje pasé dos días en casa de mis padres. No había terminado de abrir la puerta y saludar cuando un grito atravesó la casa enroscándose en nuestros cerebros. Al grito le siguió un “crash” que no presagiaba nada bueno. En el salón, mi hermana B1 (que también pasaba unos días en Madrid) contemplaba estupefacta cómo el horror de los horrores de la casa, la fuente de cristal, se había caído al suelo sin registrar más roturas que la muñeca central. El desastre (dejando aparte la tragedia de que no se hubiera roto entera) era que esa misma tarde llegaban a Madrid Isauro y su hermano Antonio. A ver cómo lo solucionábamos.
Los primos llegaron para merendar y, como nos imaginábamos, Isauro arrastró literalmente a su hermano hasta el salón para enseñarle, muerto de orgullo, su regalo. Antonio contempló los cristales destellantes del pedestal y la parafina líquida.
-Ya te dije que era una maravilla.- Isauro no cabía en sí de orgullo.
-Es verdad, es muy bonita. Y la figura es preciosa, tiene una carita muy dulce.
No sé qué más dijeron porque en ese momento B1 y yo corrimos a escondernos en el cuarto de baño y reírnos a gusto mientras en el salón, la Barbie Malibú de cuando Madagascar era chica giraba bajo el templete dorado.
La verdad es que a pesar de todo lo que pasó por delante de mis ojos, fue una hora de lo más inútil porque no se me quedó nada dentro. Nada, excepto una indignación que hasta este momento era secreta y que va a dejar de serlo en unas líneas. Lo que llamó mi atención fue una frase, referida a una famosa, que decía que “...haciendo gala de su innato buen gusto...” Me hizo bufar. Porque vamos a ver, hay cosas que traemos de serie, como el color de los ojos y el pelo, que nos vienen así de nacimiento y por más que nos empeñemos en cambiarlos se quedan tal cual hasta que nos morimos. Pero el gusto, sobre todo el buen gusto, es adquirido y normalmente se va transmitiendo familiarmente de generación en generación con más o menos éxito y con numerosas variantes pero dentro de un cierto criterio estético.
En mi familia cada uno tenemos un estilo propio, más que definido, que no suele coincidir con el de los demás miembros del grupo pero, eso sí, reaccionamos con espíritu de cuerpo ante las aberraciones estéticas. Por ejemplo, hace un puñado de años llegué una mañana a casa de mis padres y me los encontré un tanto lívidos. La causa de su carencia de color facial estaba en medio del salón. Miré y comprendí.
-¡Por favor! Pero ¿qué me habéis hecho? ¿Os habéis vuelto locos o qué?
Mi madre me echó una mirada asesina que habría helado la sangre en las venas a cualquier otro pero que a mí no me afectó ni medio pimiento porque yo también sé lanzarlas; de hecho las tres hermanas sabemos hacerlo a la perfección. Contestó mi padre.
-No hemos sido nosotros. Nos lo manda de regalo mi primo Isauro en agradecimiento por haberles avalado para el crédito del camión.
-Para que veáis, que no se puede ser buena gente.
El regalo consistía en un pedestal enteramente recubierto de cristales (“Mira, ya tienes recambios para la araña del salón” le dije a mi madre, quien de nuevo me lanzó la mirada) encima del cual se situaba una especie de templete dorado y adornado con palomas de un material brillante del cual desconozco el nombre porque hasta entonces había tenido la buena suerte de no haberlo visto nunca. Dentro del templete, la figura de una muñeca de épocas (me habría gustado poder decir época en singular pero las tenía todas; el vestido era claramente goyesco y luce un miriñaque de agárrate y no te menees con mangas jamón y una pamela tal cual sacada de un cuadro rococó) con paraguas nos contemplaba ajena a su fealdad. Me intrigó mucho que al pedestal le saliera un rabito en forma de cable con interruptor así que lo enchufé, pulsé el botoncito, y el pedestal se iluminó con unas cuantas bombillas interiores, y la muñeca se puso a girar mientras su paraguas la protegía de la lluvia de parafina líquida que caía alrededor del templete. Aquello fue demasiado.
En aquel momento llegaron mis hermanas. B1 corrió al cuarto de baño (es como los perros de Pavlov, toca el picaporte de la puerta y se mea viva) y B2 entró en el salón.
-¡Válgame! –
No pudo decir nada más. Creo que nunca la había visto con la boca tan abierta. Mi padre se apresuró a explicarle que se trataba de un regalo de Isauro y señora. B1, que mientras atravesaba el pasillo había escuchado la explicación, entró tranquilamente.
-Venga ya, no será tan horribl.... Aaaaaaaaaag!
-Pues no sabes lo mejor, bonita: es para ti.
-¿Para mi?????????????????????????- Empezó a boquear un poco.
-Sí, de regalo de boda.
Faltaba sólo un mes para la boda de B1. Mi madre me volvió a fulminar con la mirada y salió en auxilio de B1 que amenazaba con hiperventilar.
-Pero no tiene música ni nada.- B2 continuaba contemplándola hipnotizada y sólo salió del trance cuando mi padre, lleno de sensatez, dio al interruptor y se acabaron las luces, la lluvia de parafina y los giros muñequiles. Mi madre planteó la pregunta del millón:
-¿Y qué hacemos con esto?
Nos miramos horrorizados. Finalmente, y tras un rato de deliberación colectiva, en el cual se plantearon propuestas tan peregrinas como que me la llevara yo a mi casa (¡jua!) o donarla al plató de Cine de Barrio, decidimos que lo mejor sería envolverla en una manta y tenerla escondida detrás de una cortina para exhibirla únicamente durante las visitas de los primos. Dicho y hecho. Y todo fue bien hasta la semana pasada cuando, a la vuelta de un viaje pasé dos días en casa de mis padres. No había terminado de abrir la puerta y saludar cuando un grito atravesó la casa enroscándose en nuestros cerebros. Al grito le siguió un “crash” que no presagiaba nada bueno. En el salón, mi hermana B1 (que también pasaba unos días en Madrid) contemplaba estupefacta cómo el horror de los horrores de la casa, la fuente de cristal, se había caído al suelo sin registrar más roturas que la muñeca central. El desastre (dejando aparte la tragedia de que no se hubiera roto entera) era que esa misma tarde llegaban a Madrid Isauro y su hermano Antonio. A ver cómo lo solucionábamos.
Los primos llegaron para merendar y, como nos imaginábamos, Isauro arrastró literalmente a su hermano hasta el salón para enseñarle, muerto de orgullo, su regalo. Antonio contempló los cristales destellantes del pedestal y la parafina líquida.
-Ya te dije que era una maravilla.- Isauro no cabía en sí de orgullo.
-Es verdad, es muy bonita. Y la figura es preciosa, tiene una carita muy dulce.
No sé qué más dijeron porque en ese momento B1 y yo corrimos a escondernos en el cuarto de baño y reírnos a gusto mientras en el salón, la Barbie Malibú de cuando Madagascar era chica giraba bajo el templete dorado.
miércoles, 23 de enero de 2008
Evolución
Miró alrededor: todos escuchaban atentamente al guía, que alababa “la pureza de las costumbres indígenas” y explicaba cómo “las danzas rituales que iban a presenciar se habían mantenido incontaminadas desde hacía siglos”. Recordó que no había hecho la transferencia a la universidad. “... la vida en su estado primitivo...” El plazo finalizaba ese mismo día; si el espectáculo cumplía el horario podría hacerlo por Internet. “...sin influencia del mundo moderno...” Después de aceptar ese trabajo de verano y conseguir el dinero no podía perder el curso por un despiste. El guía había terminado. Sujetó la lanza y salió al escenario.
lunes, 21 de enero de 2008
Sevilla
No hay nubes y la luna llena ilumina el paisaje con la luz matizada de un farolillo de papel. Son las tres de la madrugada y el frío comienza a ser intenso. No hay nadie más que yo en la carretera y no me importa. Me gusta viajar en coche sola. Hace sólo una hora que terminó el concierto y he preferido ponerme en marcha en vez de quedarme en la ciudad. Me gusta conducir de noche y este camino lo he hecho tantas veces que podría hacerlo con los ojos cerrados. A mi derecha Estepa aparece tras una curva, con sus casas trepando por el monte, iluminado y blanco como una estampa navideña. Junto a la carretera se suceden las fábricas de mantecados y polvorones. Pienso que el aire huele levemente a canela y anís y me río de mí misma porque a lo que en realidad huele es al ambientador de limón del coche. Dejo atrás varios pueblos, se acaban las luces, y veo el inicio de la subida al puerto. Leonard Cohen canta “Suzanne” en la radio, y quito un poco el pie del acelerador. Subo el volumen. Cohen termina y el locutor anuncia lacónicamente a Dylan. Le hago coros en “Knocking on heavens door”, y pienso que estaría bien tomar un café. La luna llena de matices el paisaje. Casi en lo alto del puerto hay una gasolinera abierta. Paro y entro en la cafetería. No hay más que un empleado. Está escuchando el mismo programa que traía yo en el coche. Pido un café y pone dos. Se sienta frente a mi y bebemos en silencio mientras Lou Reed habla por los dos. Le pido la cuenta y niega con la cabeza. “Hazme un favor; tú que puedes date un paseo por el lado salvaje”. Digo que sí sin saber qué quiere decir. Arranco el coche acompañada por Tom Waits. Me gusta viajar de noche.
miércoles, 16 de enero de 2008
Te canta el culo
Los chinos deberían estar prohibidos. No me refiero a los restaurantes, por mucho que haya cantidad que se lo merezcan, sino a los chinos en general, a las personas de la China, vaya, que estoy empezando a creer que tenían razón las películas de Fu-Manchú y aunque ya no lleven la coletita del flan chino mandarín ni las uñas kilométricas son más malvados que la mar por muy bonito que sea el país (que lo es) y muy baratas que vendan allí las camisetas de Custo Barcelona, que por diez euritos vas hecha una modernona de lo más fachion. La cosa es que además son listos. Ellos no han decidido conquistar el mundo (como Pinkie y Cerebro) mandando a Occidente un montón de soldaditos clonados, no; han optado por comernos la moral de una manera aparentemente menos agresiva pero a la larga mucho más dañina como es la infiltración constante y progresiva del mal gusto. Para comprobarlo no hay más que darse una vuelta por cualquier todocien, que es entrar y en la misma puerta tienen todos colocado una especie de gato cuadradito, así como intergaláctico, que balancea sin parar un bracito rígido de plástico generalmente de algún color tan chillón que tras el primer vistazo te deja visualmente incapacitado durante los minutos que dura tu visita al establecimiento, con lo que cuando sales y compruebas los artículos que llevas en la bolsa de plástico no sabes qué extraño Mr. Hyde te ha poseído. Uno de los últimos horrores que han creado se introdujo en mi casa durante las fiestas navideñas y todavía estoy luchando por erradicarlo. Para mi gusto es un arma de comedura de moral (y de imagen, y de prestigio, y de...) de lo más eficaz; a mí al menos me ha dejado hecha polvo. Para la mayoría de los adolescentes del pueblo es “tó guay”.
La culpa la tuvo Kenya, que llegó un día con un paquetito de lo más primoroso. Un regalo de Navidad, dijo, se lo había dado la Yeni. La Yeni nunca ha sido del círculo de amistades de mi hija pero Kenya me explicó que este trimestre había estado ayudándole con las clases de inglés y que como la chiquilla había aprobado estaba de lo más agradecida. Lo abrió y nos quedamos todos un poco sorprendidos.
- ¿Te ha regalado unos tangas y además horribles???
Madagascar estaba muerta de risa; claro que la cara de pasmo de Kenya se merecía no unas risas sino unas carcajadas. La cajita contenía tres tangas enormes, de esos de talla única: uno blanco con la carita de Papá Noel en todo el chumi, otro rojo, con la imagen de un reno en el mismo sitio, y el último de color negro y con estrellas de purpurina en el frontal. Que Papá Noel tuviera la cara de color naranja rabioso y el reno pareciera una vaca frisona de color verde lo achacamos a la etiqueta: Made in China. También echamos la culpa de eso al despliegue de purpurina de colores del tanga negro.
Me desentendí del tema y les dejé inspeccionando aquellos horrores sin dejarme impresionar por las carcajadas que se escuchaban de cuando en cuando desde la habitación. Total, dos días antes a Bruno le había dado por pasearse por todos lados con los calzoncillos en la cabeza (tengo fotos pero por supuesto no pienso colgarlas) así que imaginé que estaría haciendo lo propio con los tangas. “Te regalo el negro; te lo pongo en tu cajón para que lo estrenes mañana” me gritó Kenya entre risas.
Al rato escuché una musiquilla, concretamente un villancico, que me puso los pelos de punta porque sonaba igual de una tarjeta musical de esas que las abres y te atormenta todo el rato que la tienes abierta. Me di la vuelta y vi a Madagascar pasar por el pasillo así que, rugiendo como una leona, la insté a que se dejara de bromas con los christmas musicales. Ella me juró a gritos que no tenía ninguno y desapareció corriendo escaleras arriba. Al rato escuché de nuevo un villancico diferente en otro lado de la casa. Kenya se acercaba acompañada de un “Adeste fideles” que sonaba como si lo interpretaran los pitufos a toda pastilla. Fue verme y darse la vuelta para salir de la casa al galope. Durante el resto del día volví a escuchar por la casa las odiosas musiquitas de forma lejana pero sin que la cosa llegara a mayores.
El desastre ocurrió la mañana siguiente, cuando en pleno acto de presentación oficial en la Diputación comenzó a sonar la musiquita ratonera de un villancico en versión electrónica: “navidad-navidad-dulce-navidad”. La sala entera se quedó en silencio. “Navidad-navidad-dulce-navidad”. Algunos comenzaron a mirar los móviles, para comprobar que no eran los culpables de aquello. “Navidad-navidad-dulce-navidad”. La música seguía sonando y el acto continuaba interrumpido a la espera de que el culpable pusiera fin a semejante abominación cantarina. Yo noté que mi móvil (convenientemente silenciado) vibraba y mientras lo abría para leer el SMS que acababa de recibir escuché a un compañero que muerto de risa susurraba, lo suficientemente alto como para que toda la sala lo escuchara:
- Gin, te canta el culo.
Mientras todo el mundo se carcajeaba sin pudor leí el mensaje que me había mandado Kenya:
“TEN CUIDADO CON EL TANGA, QUE ES MUSICAL. NO TE APRIETES LA CINTURA QUE SE DISPARA EL MICROCHIP Y SUENA. BESOS”
La culpa la tuvo Kenya, que llegó un día con un paquetito de lo más primoroso. Un regalo de Navidad, dijo, se lo había dado la Yeni. La Yeni nunca ha sido del círculo de amistades de mi hija pero Kenya me explicó que este trimestre había estado ayudándole con las clases de inglés y que como la chiquilla había aprobado estaba de lo más agradecida. Lo abrió y nos quedamos todos un poco sorprendidos.
- ¿Te ha regalado unos tangas y además horribles???
Madagascar estaba muerta de risa; claro que la cara de pasmo de Kenya se merecía no unas risas sino unas carcajadas. La cajita contenía tres tangas enormes, de esos de talla única: uno blanco con la carita de Papá Noel en todo el chumi, otro rojo, con la imagen de un reno en el mismo sitio, y el último de color negro y con estrellas de purpurina en el frontal. Que Papá Noel tuviera la cara de color naranja rabioso y el reno pareciera una vaca frisona de color verde lo achacamos a la etiqueta: Made in China. También echamos la culpa de eso al despliegue de purpurina de colores del tanga negro.
Me desentendí del tema y les dejé inspeccionando aquellos horrores sin dejarme impresionar por las carcajadas que se escuchaban de cuando en cuando desde la habitación. Total, dos días antes a Bruno le había dado por pasearse por todos lados con los calzoncillos en la cabeza (tengo fotos pero por supuesto no pienso colgarlas) así que imaginé que estaría haciendo lo propio con los tangas. “Te regalo el negro; te lo pongo en tu cajón para que lo estrenes mañana” me gritó Kenya entre risas.
Al rato escuché una musiquilla, concretamente un villancico, que me puso los pelos de punta porque sonaba igual de una tarjeta musical de esas que las abres y te atormenta todo el rato que la tienes abierta. Me di la vuelta y vi a Madagascar pasar por el pasillo así que, rugiendo como una leona, la insté a que se dejara de bromas con los christmas musicales. Ella me juró a gritos que no tenía ninguno y desapareció corriendo escaleras arriba. Al rato escuché de nuevo un villancico diferente en otro lado de la casa. Kenya se acercaba acompañada de un “Adeste fideles” que sonaba como si lo interpretaran los pitufos a toda pastilla. Fue verme y darse la vuelta para salir de la casa al galope. Durante el resto del día volví a escuchar por la casa las odiosas musiquitas de forma lejana pero sin que la cosa llegara a mayores.
El desastre ocurrió la mañana siguiente, cuando en pleno acto de presentación oficial en la Diputación comenzó a sonar la musiquita ratonera de un villancico en versión electrónica: “navidad-navidad-dulce-navidad”. La sala entera se quedó en silencio. “Navidad-navidad-dulce-navidad”. Algunos comenzaron a mirar los móviles, para comprobar que no eran los culpables de aquello. “Navidad-navidad-dulce-navidad”. La música seguía sonando y el acto continuaba interrumpido a la espera de que el culpable pusiera fin a semejante abominación cantarina. Yo noté que mi móvil (convenientemente silenciado) vibraba y mientras lo abría para leer el SMS que acababa de recibir escuché a un compañero que muerto de risa susurraba, lo suficientemente alto como para que toda la sala lo escuchara:
- Gin, te canta el culo.
Mientras todo el mundo se carcajeaba sin pudor leí el mensaje que me había mandado Kenya:
“TEN CUIDADO CON EL TANGA, QUE ES MUSICAL. NO TE APRIETES LA CINTURA QUE SE DISPARA EL MICROCHIP Y SUENA. BESOS”
lunes, 14 de enero de 2008
El mar albanés
Yannis me mira y se ríe a carcajadas. “¡Menuda marinera estás hecha!”. Luego se arrepiente, atenúa la risa y la convierte en una sonrisa. Coge un limón y se sienta a mi lado. Lo exprime poco a poco entre mis labios para que pueda beber sus gotas sin tener que levantar la cabeza. “Pobre, pobre” murmura con el mismo tono con el que se usa para calmar a un niño pequeño. Me acaricia el pelo. Luego se levanta y coge de nuevo el timón.
He estado mareada desde que embarcamos en el velero, hace ya dos días. Al principio se trataba de un mareo violento, todo me daba vueltas, la cabeza, el estómago; vomité asomada a popa hasta vaciarme. Entonces el mareo se convirtió en un tiovivo suave que a ratos me impide incluso incorporarme para beber. De comer ni hablamos. Yannis aprovecha los ratos libres, que son muchos, para sentarse a mi lado y procura reconfortarme, pero procura no hacerlo cuando está comiendo porque el mero hecho de verle hacerlo consigue que me sienta peor. A veces consigo incorporarme y bebo algo; cuando no tengo más remedio me arrastro, casi literalmente, al aseo. Llevo dos días tumbada, con los ojos cerrados, casi sin moverme. De cuando en cuando Yannis me mira y mueve la cabeza. No se explica que sea la misma persona que la semana pasada le ayudó a remontar una tormenta, aunque no muy fuerte, sin arrugarse. Yannis no sabe que tengo un trastorno vascular que en algunas ocasiones me provoca vértigos. De hecho tampoco yo lo sé todavía. Para mí es igualmente misterioso pero el doble de molesto que para él.
Me siento floja, sin fuerzas ni ganas de tenerlas. A pesar de ello, cuando noto el sol en la piel y abro los ojos y veo el cielo de un azul tan insultante que parece que me está provocando, que me está diciendo “venga, cobarde, levántate y únete a la fiesta”, me siento bien.
Mi mareo no altera los planes de cruzar a Albania, aunque ahora Yannis tendrá que hacer todo el trabajo él solo. Anochece y sigo despierta. Hay luna llena. Yannis me señala unas estelas fosforescentes que parecen acompañarnos. Delfines. Nos acompañan un buen rato. Cuando saltan levantan espuma brillante, como pequeños fuegos artificiales de agua. Al rato Yannis se sienta a mi lado. Me dice que vigile atentamente a ver si vemos las luces de la costa. Acostumbrada a la Costa del Sol me sorprende cuando veo un par de lucecitas mortecinas. Yannis me felicita “si no llegas a verlo nos habríamos desviado de rumbo” y me explica que lo único que hay en ese tramo de costa es un pueblo pequeño casi sin luz eléctrica.
Echamos el ancla y descubro que puedo incorporarme sin problemas. El mareo ha pasado por completo. Yannis me sugiere un baño rápido para despejarme y me sumerjo entre fosforescencias encantadas. De nuevo a bordo Yannis me prepara un té. De pie, en cubierta, aún mojada, fresca, con la cabeza despejada y reconfortada por el té, miro hacia la costa corfiota y nunca Corfú me ha parecido ni me va a parecer más hermosa.
He estado mareada desde que embarcamos en el velero, hace ya dos días. Al principio se trataba de un mareo violento, todo me daba vueltas, la cabeza, el estómago; vomité asomada a popa hasta vaciarme. Entonces el mareo se convirtió en un tiovivo suave que a ratos me impide incluso incorporarme para beber. De comer ni hablamos. Yannis aprovecha los ratos libres, que son muchos, para sentarse a mi lado y procura reconfortarme, pero procura no hacerlo cuando está comiendo porque el mero hecho de verle hacerlo consigue que me sienta peor. A veces consigo incorporarme y bebo algo; cuando no tengo más remedio me arrastro, casi literalmente, al aseo. Llevo dos días tumbada, con los ojos cerrados, casi sin moverme. De cuando en cuando Yannis me mira y mueve la cabeza. No se explica que sea la misma persona que la semana pasada le ayudó a remontar una tormenta, aunque no muy fuerte, sin arrugarse. Yannis no sabe que tengo un trastorno vascular que en algunas ocasiones me provoca vértigos. De hecho tampoco yo lo sé todavía. Para mí es igualmente misterioso pero el doble de molesto que para él.
Me siento floja, sin fuerzas ni ganas de tenerlas. A pesar de ello, cuando noto el sol en la piel y abro los ojos y veo el cielo de un azul tan insultante que parece que me está provocando, que me está diciendo “venga, cobarde, levántate y únete a la fiesta”, me siento bien.
Mi mareo no altera los planes de cruzar a Albania, aunque ahora Yannis tendrá que hacer todo el trabajo él solo. Anochece y sigo despierta. Hay luna llena. Yannis me señala unas estelas fosforescentes que parecen acompañarnos. Delfines. Nos acompañan un buen rato. Cuando saltan levantan espuma brillante, como pequeños fuegos artificiales de agua. Al rato Yannis se sienta a mi lado. Me dice que vigile atentamente a ver si vemos las luces de la costa. Acostumbrada a la Costa del Sol me sorprende cuando veo un par de lucecitas mortecinas. Yannis me felicita “si no llegas a verlo nos habríamos desviado de rumbo” y me explica que lo único que hay en ese tramo de costa es un pueblo pequeño casi sin luz eléctrica.
Echamos el ancla y descubro que puedo incorporarme sin problemas. El mareo ha pasado por completo. Yannis me sugiere un baño rápido para despejarme y me sumerjo entre fosforescencias encantadas. De nuevo a bordo Yannis me prepara un té. De pie, en cubierta, aún mojada, fresca, con la cabeza despejada y reconfortada por el té, miro hacia la costa corfiota y nunca Corfú me ha parecido ni me va a parecer más hermosa.
viernes, 11 de enero de 2008
Se acabó el té
Rudolph se asomó a la chimenea, miró, e iluminó el cielo con su nariz roja. Era la señal de alarma. El elfo jefe envió varios trineos desde el Polo Norte, y decenas de duendes invadieron la casa para obligar a Santa Claus a levantarse del confortable sofá en el que se había acomodado para tomar otro té. Rudolph suspiró. Una cosa era que a Santa le agradara el té y otra demorarse tanto con cada taza como para no terminar el reparto antes del amanecer. El reno pensó que si volvía a ocurrirles sugeriría al consejo eliminar Inglaterra del recorrido.
miércoles, 9 de enero de 2008
Karaoke
Todos los años, al llegar la fiesta de Santiago, las mujeres del pueblo competían para ver quién tenía el jardín más bonito. Al principio cultivaban rosas, hasta que un año comenzaron a plantar unas flores grandotas que además de bonitas eran la mar de agradecidas porque era sembrarlas, escupirlas un poco y se inflaban a crecer y echar florones de colores. Además, como casi todos los hierbajos del pueblo, tenían propiedades curativas; te tomabas una infusión y te calmaban cualquier dolorcillo además de dejarte relajadito relajadito. Mi abuela y sus hermanas las llamaban dalias; otras mujeres del pueblo las llamaban amapolas. Un año llegaron unas cuantas patrullas de la Guardia Civil, inspeccionaron los jardines, desmocharon cuanta flor pudieron, y dieron orden de eliminarlas todas bajo multa, pena de cárcel y no sé cuántas amenazas más. Total, que lloraron de lo lindo pero las abuelas del pueblo no tuvieron más remedio que erradicar del pueblo las plantas de opio y volver a los rosales con una desgana que se diría que estaban cultivando cuscuta.
De aquello les quedó a todas ellas la afición por los optalidones (que como sustitutivos del opio debieron ser buenísimos porque se los zampaban como si fueran lacasitos hasta que los retiraron; ahora se comen los lacasitos sin más y se quedan tan contentas lo cual me hace pensar que o los lacasitos nos tienen totalmente engañados o el efecto placebo en mi familia es digno de estudio) y el reflejo de escupir al suelo cada vez que veían un guardia o alguien los nombraba. Los niños adquirimos otro reflejo: el de saltar automáticamente cada vez que alguien mencionaba a la Benemérita para poder esquivar los escupitajos. Somos todos conscientes de que ver a un adulto dar un saltito así, por las buenas, queda totalmente ridículo pero en el pueblo resulta más que útil saber hacerlo, que yo he visto más de un zapato escupitajeado perdido. Y cuando hay reunión familiar ni les cuento el cuidadito que hay que tener, porque con el tiempo no sólo no se les ha apaciguado el odio sarraceno sino que se han vuelto unas virtuosas totales. Claro, en vista de que las reuniones familiares cuentan cada vez con más miembros nuevos ignorantes de nuestras costumbres ancestrales (y a veces, como ésta, cochinas), hace un par de años instauramos la costumbre de iniciar cada francachela tribal brindando un escupitajo común y ya está, con lo que todos escupimos y solamente unos cuantos saltamos (es que somos como los perros de Pavlov, qué quieren).
La cena de Nochevieja comenzó con el mencionado brindis en la puerta de la casa con una cierta rapidez para no quedarnos pasmados (y porque a siete grados bajo cero mucho nos temíamos que los esputos se convirtieran en estalactitas verdes y nos taladraran los dedos de los pies) y resultó tan divertida y entrañable como han venido siendo todos los años. Hubo derramamiento de copas por los manteles, alguna de otra caída de silla, espárragos que practicaron el deslizamiento libre por la mesa, intercambios involuntarios de servilletas, atragantamientos cuasimortales con las uvas de la suerte... en fin, una cena tradicional.
Y después de la cena, como es tradición familiar, los chavales se encerraron en la habitación de uno de ellos, que es radioaficionado, para hablar con los amigos, mi hermana B2 montó el karaoke, y las güelas se pusieron a dar gritos de alegría cuando mi primo les explicó que les había hecho un montaje con canciones tradicionales. Hubo una pelea encarnizada por los micrófonos (a estas alturas, y como ya nos conocemos, hacemos una sesión de karaoke multitudinaria con seis micros, imagínense) y comenzó la sesión con el romance de Gerineldo. Del romancero popular pasamos a los boleros, pero como siempre lo que más éxito tuvo fue la movida, a la que llegamos ciertamente perjudicados así que comenzamos a alternar las canciones con los chistes, los cotilleos, los chascarrillos... Y ahí estábamos, gritando como “no hay playa” como si nos hubieran poseído cuando llamaron a la puerta.
Abrí y me encontré a Berna pelado de frío y con un puntito de mosqueo considerable. La verdad es que el muchacho llevaba diez minutos llamando pero con la que teníamos montada dentro como si hubieran tocado las campanas, que no oíamos nada. Entró en el zaguán y comenzó a explicarme algo pero que si quieres arroz, no podía oirle, así que cogí el anorak y salí con él. Nos metimos en el todo terreno y saludé a su compañero Justo. Los dos me miraron en silencio.
- Bueno, qué - dije con un cierto cachondeíto - No me iréis a decir que estamos haciendo mucho ruido, eh, que aquí no nos oye nadie.
Berna asintió en silencio.
- Venga ya, Berna, si esto es el culo del mundo.
Justo intentó esconder una sonrisa y Berna, impávido, encendió la radio. Por los altavoces me llegaron, altas y claras, todas las voces familiares en pleno descojone tras un chiste lepero.
- Pero... pero... ¿esto qué es?
Berna bajó el volumen.
- Se lo tengo dicho al Jaime, que si quiere hablar con los colegas que lo haga, pero que no utilice esa frecuencia, que nos interfiere a nosotros y por lo que se ve a la emisora local.
- ¿Estamos saliendo por la radio?
- Lo que te diga, morena, por la radio y en todos los coches patrulla; y no veas lo mal que cantáis.
En ese momento escuchamos por la radio a B1 preguntar por mí y a JB explicar que había salido un momentito a atender a la guardia civil... El “GRRRPUAJ” general ahogó el resto de la frase. Y yo no pude contener la carcajada.
De aquello les quedó a todas ellas la afición por los optalidones (que como sustitutivos del opio debieron ser buenísimos porque se los zampaban como si fueran lacasitos hasta que los retiraron; ahora se comen los lacasitos sin más y se quedan tan contentas lo cual me hace pensar que o los lacasitos nos tienen totalmente engañados o el efecto placebo en mi familia es digno de estudio) y el reflejo de escupir al suelo cada vez que veían un guardia o alguien los nombraba. Los niños adquirimos otro reflejo: el de saltar automáticamente cada vez que alguien mencionaba a la Benemérita para poder esquivar los escupitajos. Somos todos conscientes de que ver a un adulto dar un saltito así, por las buenas, queda totalmente ridículo pero en el pueblo resulta más que útil saber hacerlo, que yo he visto más de un zapato escupitajeado perdido. Y cuando hay reunión familiar ni les cuento el cuidadito que hay que tener, porque con el tiempo no sólo no se les ha apaciguado el odio sarraceno sino que se han vuelto unas virtuosas totales. Claro, en vista de que las reuniones familiares cuentan cada vez con más miembros nuevos ignorantes de nuestras costumbres ancestrales (y a veces, como ésta, cochinas), hace un par de años instauramos la costumbre de iniciar cada francachela tribal brindando un escupitajo común y ya está, con lo que todos escupimos y solamente unos cuantos saltamos (es que somos como los perros de Pavlov, qué quieren).
La cena de Nochevieja comenzó con el mencionado brindis en la puerta de la casa con una cierta rapidez para no quedarnos pasmados (y porque a siete grados bajo cero mucho nos temíamos que los esputos se convirtieran en estalactitas verdes y nos taladraran los dedos de los pies) y resultó tan divertida y entrañable como han venido siendo todos los años. Hubo derramamiento de copas por los manteles, alguna de otra caída de silla, espárragos que practicaron el deslizamiento libre por la mesa, intercambios involuntarios de servilletas, atragantamientos cuasimortales con las uvas de la suerte... en fin, una cena tradicional.
Y después de la cena, como es tradición familiar, los chavales se encerraron en la habitación de uno de ellos, que es radioaficionado, para hablar con los amigos, mi hermana B2 montó el karaoke, y las güelas se pusieron a dar gritos de alegría cuando mi primo les explicó que les había hecho un montaje con canciones tradicionales. Hubo una pelea encarnizada por los micrófonos (a estas alturas, y como ya nos conocemos, hacemos una sesión de karaoke multitudinaria con seis micros, imagínense) y comenzó la sesión con el romance de Gerineldo. Del romancero popular pasamos a los boleros, pero como siempre lo que más éxito tuvo fue la movida, a la que llegamos ciertamente perjudicados así que comenzamos a alternar las canciones con los chistes, los cotilleos, los chascarrillos... Y ahí estábamos, gritando como “no hay playa” como si nos hubieran poseído cuando llamaron a la puerta.
Abrí y me encontré a Berna pelado de frío y con un puntito de mosqueo considerable. La verdad es que el muchacho llevaba diez minutos llamando pero con la que teníamos montada dentro como si hubieran tocado las campanas, que no oíamos nada. Entró en el zaguán y comenzó a explicarme algo pero que si quieres arroz, no podía oirle, así que cogí el anorak y salí con él. Nos metimos en el todo terreno y saludé a su compañero Justo. Los dos me miraron en silencio.
- Bueno, qué - dije con un cierto cachondeíto - No me iréis a decir que estamos haciendo mucho ruido, eh, que aquí no nos oye nadie.
Berna asintió en silencio.
- Venga ya, Berna, si esto es el culo del mundo.
Justo intentó esconder una sonrisa y Berna, impávido, encendió la radio. Por los altavoces me llegaron, altas y claras, todas las voces familiares en pleno descojone tras un chiste lepero.
- Pero... pero... ¿esto qué es?
Berna bajó el volumen.
- Se lo tengo dicho al Jaime, que si quiere hablar con los colegas que lo haga, pero que no utilice esa frecuencia, que nos interfiere a nosotros y por lo que se ve a la emisora local.
- ¿Estamos saliendo por la radio?
- Lo que te diga, morena, por la radio y en todos los coches patrulla; y no veas lo mal que cantáis.
En ese momento escuchamos por la radio a B1 preguntar por mí y a JB explicar que había salido un momentito a atender a la guardia civil... El “GRRRPUAJ” general ahogó el resto de la frase. Y yo no pude contener la carcajada.
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