martes, 30 de marzo de 2010

Ceeseí

A los seis años Madagascar se negó a aprender a leer. Durante los tres años anteriores se había dedicado con ahínco a hacer todas las tareas escolares que le mandaban, a saber: pegar bolitas de papel arrugado en cartulinas de colores, modelar muñecos de plastilina para aplastarlos después con entusiasmo, hacer collares de macarrones, morder a los compañeros (esto no había mucha falta que se lo dijera nadie), pintar con los dedos, etc. Incluso había aprendido números y letras, y sabía firmar todos sus dibujos (excepcionalmente buenos, por cierto) con su nombre completo, que ya tiene narices. Pero al llegar a primero de primaria se declaró en huelga de neuronas caídas y no hubo manera de que aprendiera a leer. Y al principio se limitó a no aprender ella pero al poco, escandalizada por la actitud colaboracionista de sus compañeros quienes se pasaban el día leyendo que sus mamás les mimaban, se dedicó a entorpecer el desarrollo intelectual de los demás niños por el simple procedimiento de entretenerles paseándose sin parar por la clase charlando y cantando. Tras un durísimo interrogatorio (en el que bastó una sola pregunta) nos miró y confesó que la razón de no querer aprender a leer era que no quería crecer, que ya había visto que en el colegio de los mayores se pasaba mucho peor que en el de los niños chicos porque era muchísimo más aburrido. La niña lo explicaba con tal claridad y lógica que descubrí a su padre asintiendo con la cabeza con tanto entusiasmo que tuve que darle un pisotón para arrancarle de la infancia perdida y devolverle a su actual status de padre responsable y preocupado por el proceso de aprendizaje de sus pollos. Le planteamos a Madagascar la posibilidad de sacarla de su curso y devolverla al fascinante mundo del corta-pega de los niños de tres años. Echó un vistazo a sus posibles futuros compañeros, y se lo pensó un momento antes de decir que no. Ella quería no crecer, no pasarse el día rodeada de niños mucho más pequeños que ella (y llenos de mocos hasta la barbilla, con el asco que le han dado siempre, que es ver un moco y vomitar como la niña del exorcista) y parecer Gulliver en Liliput. Así que suspiró resignada y aprendió a leer en una semana, y dedicó al ejercicio de la lectura el mismo entusiasmo que antes había dedicado a boicotear las clases.
Desde entonces no habíamos vuelto a tener problemas hasta que se ha aproximado a un curso en el que tiene que tomar la decisión de elegir qué asignaturas quiere cursar el año que viene. Hombre, dicho así suena muy solemne pero en realidad la elección se limita básicamente a ciencias o letras. Dada la evidente incapacidad que manifestamos todos los miembros de la familia para realizar cualquier operación numérica parecería lógico que Mada se decantara por las letras. Pero como esas cosas las carga el diablo de momento nos limitamos a esperar su decisión sin presionarla, vaya sin siquiera sugerir nada. Al día de hoy dice que quiere ser intérprete y traductora de japonés, aunque duda un poco por aquello de que el sushi no le gusta ni medio pelo y tiene claro que para aprender japonés tendrá que vivir allí unos cuantos años. Ella duda un poco pero sus compañeros de curso, en cambio, lo tienen todos decidido. El noventa por ciento de los niños quieren ser futbolistas, el nueve por ciento detectives, y el uno por ciento restantes “lo mismo que mi padre” sin que hasta la fecha hayamos podido enterarnos de a qué se dedica el susodicho padre porque ni el mismo niño ha sido capaz de explicárnoslo. En cuanto a las niñas, hay un amplio porcentaje que quiere dedicarse al diseño de ropa (siempre y cuando sean famosas, ellas claro, no las usuarias de sus diseños), algunas quieren ser peluqueras, en un derroche de coherencia una quiere ser “médico o nadadora”, y otra “criminóloga canina”. A mí lo de la médico que nada no me llama mucho la atención pero la elección de ser criminóloga canina me tenía francamente asombrada hasta que nos explicó que en realidad quería ser o veterinaria o criminóloga y que había pensado que igual podía ser las dos cosas. Y andábamos comentándolo cuando Kenya, que se había pasado la mañana en una jornada de puertas abiertas en la universidad, nos informó de que a partir de ahora se puede estudiar criminología. Nos lo contó muerta de risa porque todos los alumnos de su curso habían decidido que querían hacerlo y de momento solamente hay 60 plazas. Claro, es lo que tiene pasarse el día viendo series como “Bones” o “CSI”, que te lo crees y te imaginas que vas a pasarte el día solucionando crímenes a partir del análisis científico de medio escupitajo fosilizado que te encuentres en el escenario de un robo. Y no. Que no, vaya, que no. Que luego las cosas no funcionan así.
Hace unas semanas, por ejemplo, estuvimos en Torremolinos en la presentación del libro de un amigo. Nos juntamos un puñao de gente y como el acto fue muy divertido decidimos ir a cenar todos juntos. Ahora que lo pienso la culpa de todo la tuvo la climatología, porque si hubiera hecho una noche buena, de ésas en las que no te importa caminar un poco, habríamos encontrado un sitio más apañao, pero como hacía un frío capaz de congelar a un pajarito en pleno vuelo, nos metimos en el primer local que encontramos, que resultó estar casi puerta con puerta con el local de la presentación.
Ya de entrada a mí me pareció un sitio un poco raro, así como todo desconchado y rotillo, pero algunos de los que venían dijeron que habían estado otras veces y que se comía bien así que pensé que se podía perdonar la cutrez. Nos acomodamos los 25 en una mesa larga, como de boda, y empezamos a pedir. Cada vez que decíamos un plato el camarero (porque sólo había uno) suspiraba y bajaba la cabeza murmurando “sí... sí...” pero sin apuntar ni nada, lo cual era un poco raro porque dado que éramos 25 personas nos liamos todos a pedir cosas de lo más variopinto. Ya nos pareció un poco extraño que trajera 20 copas de vino y al resto le pusiera vasitos cutrones de duralex, y más raro todavía que cuando le preguntamos por qué no traía más copas respondiera lacónicamente “es que no tenemos” mientras levantaba los ojos al cielo que parecía que le iban a dar vuelta a la cabeza. Luego empezó a traer, poco a poco, platitos de postre con muestras de lo que habíamos pedido: cuatro croquetas, tres medias patatas asadas, dos huevos rellenos partidos por la mitad adornados con algunos hilos de lechuga... y cada vez que dejaba un platito en la mesa murmuraba “ayquépenamáhgrandediohmío” que parecía que les estaba quitando las croquetas de la boca a sus hijos. Al principio nos repartimos la comida pensando que en cualquier momento sacarían la cena de verdad pero cuando fue evidente que el camarero no iba a sacar nada más para comer, nos peleamos como lobos (educados, pero lobos) por las croquetas y las medias patatas. Yo fui afortunada porque aunque no pillé croquetas (JB fue muchísimo más rápido que yo, el jodío se comió dos) me hice con media patata asada y un currusquillo de pan del día anterior y me tiré un rato largo entretenida royéndolo. El camarero estaba quitando platitos cuando Eli volvió del lavabo. “No veas, Gin, hay en la pared del baño un boquete por el que cabe un rinoceronte, una cosa mala”. El camarero fue oirla y redoblar los quejíos, que no paró hasta que conseguimos sonsacarle que la noche antes habían entrado a robar en el restaurante. “Nos han robao todo, y lo que no han robao lo han roto, las copas, tó. Habíamos decidido no abrir hoy y por eso no tenemos de ná, ni pan, pero como habéis llegado tanta gente...”
Claro, normal, había que hacer algo de caja para recuperar. “¿Y qué ha dicho la policía?” “No, si lo que estamos es esperando a que venga la policía científica ésa, para tomar huellas”. Eli y yo le miramos con incredulidad. ¿Huellas? ¿huellas? Pero si éramos veinticinco personas tocándolo todo, moviéndonos por todos lados, entrando la lavabo... “Sí, sí, usted no se preocupe que el ceeseí de aquí lo va a averiguar todo”. Yo tuve que volver la cabeza porque Eli lo dijo toda seria y a mí se me salía la risa pensando en la escena del crimen tan manoseada que se iba a encontrar la policía. “Ay, quépenamahgrandediohmío!”. Diga usted que sí.

martes, 9 de marzo de 2010

El hombre sin gracia (es que ni para hacer un cumplido, vaya)

Llega buscando a un informático y, como éste está hablando por teléfono, decide hacer tiempo pululando por los despachos cercanos así que se asoma como con desgana al despacho de Ginebra, que por un error totalmente imperdonable tiene la puerta abierta, y saluda. Ella le mira de refilón, y saluda también sin dejar de mirar la pantalla del ordenador. “Qué bien estás aquí, eh”. Ella responde “Ajá” sin mirarle. “Con tanta luz...”. “Ajá”. Él (que no sabe que ella no soporta que hagan eso) pasea por el despacho cotilleándolo todo y se fija en la foto que tiene colgada en el corcho, una foto de desmelene de la única comida de la empresa a la que ella ha asistido en toda su vida. Hace otra cosa que ella no soporta: se acerca mucho a la foto, barriendo uno de los cubiletes de los bolígrafos con el abrigo, y columpiando la bufanda por delante de la pantalla del ordenador, y la estudia atentamente mientras se lanza en caída libre al abismo de la verborrea descontrolada. “Anda, si ésta eres tú” (ella vuelve a murmurar “Ajá” pensando que a ver quién pensaba encontrar allí, ¿a Naomi Campbell?) Él sonríe. “Fíjate qué largo tienes aquí el pelo, y qué bonito”. Ella abre la boca para decir “gracias” pero él sigue hablando y sonriendo sin dejarla meter baza. “Hay que ver los puntos que has perdido desde que te lo cortaste”. Claro, ni gracias ni leches; ella deja de mirar la pantalla del ordenador, gira el sillón y se queda de frente a él mirándole fijamente a los ojos sin mover ni un músculo. Él sigue hablando, hala, hala, que no decaiga. “Es que aquí se te ve así, tan voluminosa...” Ella espera que él se refiera a la melena pero le cabe la duda de que la esté llamando gorda así que mueve algunos músculos, los justos para levantar la ceja izquierda, eso sí, sin decir nada. Él deja de sonreir y se azora un poco.“Y tan larga, la melena me refiero, no a tí, tan bonita, la melena digo no tú, quiero decir... pero claro te la has cortado y estás bastante peor”. La ceja izquierda sube un poco más. “Tienes que dejarte crecer otra vez el pelo... es que, no sé, deberías cultivarte”. La ceja izquierda ya no puede subir más, ha alcanzado su tope. En ese momento la providencia hace que el informático cuelgue el teléfono y él, hecho un manojo de nervios, se despide aturulladamente y sale. Mientra se alejan ella le oye decir: “joder, conversar con esta tía me pone de los nervios”.

jueves, 4 de febrero de 2010

Mr. Wittford me perdone

Sé que robar está muy feo, pero no he podido resistirlo.

http://unabitacoradecuadritos.blogspot.com/2010/02/amor-esdrujulo.html

martes, 26 de enero de 2010

Perspectiva

Siempre había odiado los diminutivos porque los temía. Cuando escuchaba alguno se acordaba de su abuela. La abuela siempre utilizaba el diminutivo, y cada vez que le llamaba (“¡Miguelín!”) le hacía sentirse pequeño, insignificante. Cuando la abuela murió le sorprendió lo chiquita que era. Él recordaba una abuela enorme, no la diminuta anciana que había en el ataúd. “Hola abuela”, susurró, “Ahora que no estás nunca más seré Miguelín; desde ahora por fin soy Miguel. Miguel. Miguel”. A medida que repetía su nombre, adulto, completo, se sentía crecer, se sintió importante. Desde ese día utilizó diminutivos con todo el mundo.

martes, 19 de enero de 2010

Palabras sabrosas

Leyó mentalmente la carta. Paró en el estofado. Estofado. Estofado. Al repetirlo sintió en la boca el sabor del plato. Estofado. Estofado. Al rato se sintió satisfecho y abandonó el restaurante sin comer. Por la noche quiso una empanada. Empanada. Empanada. La palabra sabía bien y saboreó sus sílabas hasta saciarse . Durante meses se alimentó de palabras, más sabrosas que los platos reales. Dejó de hacer vida social, no asistía a cenas ni a comidas. Incluso dejó de tapear con los amigos. Un día leyó en el escaparate de un bar: “Plato del día, paeya”, y enfermó hasta vomitar.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Odia el delito y compadece al delincuente

Lo reconozco, debo tener algo parecido al horror vacui, a mí me dan ustedes un espacio vacío y se lo lleno de las cosas más dispares en un pispás. Pero es que no dejo un centímetro vacío, vaya. Puedo tardar un poco en arrancar, eso sí, pero cuando empiezo no puedo parar. Se pueden imaginar que con semejante tara las Navidades son un peligro total, porque yo no me conformo con poner una tira de lucecitas en el árbol. No. Yo si hay que matar, descabello. ¿Luces? Como para adornar un puticlub. Antes no las ponía, de ningún tipo, pero hace unos años, cuando estaba en el exilio sevillano, me entró un frenesí extraño que me impulsó a comprar los adornos luminosos más extravagantes del mundo mundial y, con la inestimable ayuda del LIDL y de IKEA, me hice con unas tiras de luces enormes de todos los colores y con las formas más inimaginables (creo que hay hasta gansos voladores) posibles. La tarde que JB entró en casa después de pasar unas horas haciendo recados y se encontró con semejante despliegue de luces de colorines estuvo a punto de enseñarme una tarjeta amarilla. Se contuvo porque las niñas estaban encantadas. Bueno, por eso y porque le dije muy seria que cómo era capaz de regañarme por unas pocas luces cuando él había montado un Nacimiento de cienes y cienes de figuritas de plástico. Claro, ahí se tuvo que callar, porque es cierto que cuando nació Kenya él se dedicó a comprar figuritas de plástico, y casitas, y palmeras de plástico, y animales, y montañas, y a ocupar medio comedor recreando lo que Siberia llama “la campiña palestina” con un índice de verosimilitud de cero pelotero. Yo le dejo aunque a mí esas figuritas me parecen horribles y monto por mi cuenta otros dos nacimientos más: uno de muñequitos de estilo naif (al que la gata tiene especial inquina y se empeña en comerse todos los personajes que caen en sus garritas, especialmente San José, figura peligrosa donde las haya), y otro artesanal y preciosísimo del todo que todos tienen prohibido tocar porque como se rompa lío una pajarraca que pa qué.

El otro día, después de que JB hubiera terminado de desparramar las casi dos centurias de romanos que viven en el nacimiento, me di cuenta de que había convertido Belén en una sucursal de un geriátrico: el índice medio de edad de todos los muñecos superaba los cuarenta años. Y me dio un mal rollo tremendo, tanto que me pasé un par de días pensando en cómo solucionar semejante problema demográfico. La solución se presentó sola dos días después, una tarde que me dedicaba a recorrer los pasillos del híper con una amiga y me encontré una estantería llena de Sagradas Familias de plástico, de la misma colección que el nacimiento de JB, cada una con su niño Jesús mirándome provocador. Si hubieran estado convenientemente precintadas no se me habría ocurrido pero me di cuenta de que la mitad estaban abiertas y varias figuritas fugitivas se habían caido al suelo en su intento de escapar de los plásticos que las envolvían. Y se me fue la mano, claro. Tres segundos después tenía la mano izquierda llena de niñosjesuses de plástico. “Corre, Jose, vámonos”. “Sí, sí, nos vamos ya, cojo unos cuantos turrones y ya está”. “Vale, pero date prisa”. La Jose debió notar algo. “¿Pero qué pasa, Gin?” Yo me limité a abrir la mano y enseñarle en contenido. “Pero tía, ¿has robado un puñado de niñosjesuses? Estás chiflada, como nos cojan verás qué ridículo”. Sí, sí, ridículo y lo que tú quieras, pero se dio una prisa que te mueres en llenar el cesto de turrones. En la caja nos dio la risa tonta pero ni me pillaron ni nada, y eso que teníamos una pinta de lo más sospechosa. Cuando llegué a casa tenía la mano llena de marcas porque los niñosjesuses me habían clavado los piececitos en la mano con saña, y entregué el alijo de muñecos a las niñas, quienes se apresuraron a customizarles los pañales pintándoselos de colorines con rotuladores permanentes. Qué quieren que les diga, ahora Belén da gloria verlo, lleno de niños chicos por todos lados, con la alegría que dan los niños, sobre todo cuando son mudos como estos de plástico.
Pásenlo bien, ustedes afortunados que no tienen que desplazarse estos días en zodiac, como nos está ocurriendo a los habitantes de esta costa, que estamos ya a punto de mutar. Yo ya he dicho que puesta a mutar me pido membranas interdigitales; Kenya se ha pedido cola de sirena pero yo no lo veo nada práctico, la verdad. Les veo el año que viene.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Ñiki-ñiki

Una vez tuve un novio violinista. En realidad Rodrigo no era violinista sino estudiante de violín, pero a él le gustaba decir que era músico y se lo soltaba a cuantos le preguntaban a qué se dedicaba. “Soy violinista” decía, y se quedaba tan pancho. Era malísimo. Lamentablemente tenía voluntad, mucha, y digo lamentablemente porque dedicaba todo su tiempo libre a estudiar y a ensayar, y como era más malo que una ciática el resultado eran horas y horas de chirridos más parecidos a un gato que estuviera sometido a un lento y doloroso despellejamiento que a algo remotamente parecido a la música. La primera vez que me crucé con la vecina en el descansillo me miró detenidamente y le cambió el color cuando vio que llevaba una bolsa grande colgada del hombro. “¿Tú también te dedicas a la música? ¿Tocas algo?” preguntó asomándole la ansiedad por todas las letras de la frase. “No, señora, yo soy bailarina, solamente toco los palillos. Pero no se preocupe que no pienso zapatear ni hacer ningún tipo de ruido, que yo ya vengo ensayada.” La mujer suspiró aliviada, murmuró algo parecido a “Gracias al cielo” y se refugió en su casa después de ofrecerse un café de cortesía que yo rechacé también con toda la cortesía de la que fui capaz. Y soy capaz de mucha, de veras. Al principio pensé que le había tocado la vecina tonta pero una hora después, con los nervios totalmente de punta, lo que me parecía raro era que los vecinos en pleno no hubieran linchado al “violinista”. Al día siguiente compré unas cuantas cajitas de tapones para los oídos, de esos que son bolitas de cera, y los eché en todos los buzones del portal con una notita que ponía “No saben cuánto lo siento”. Desde ese día cada vez que me cruzaba con un vecino me sonreían con carita de “pobre chavala, qué desgracia, tener que aguantar algo tan terrible, con lo jovencita que es”. A mí me daba un poco igual porque yo llegaba a casa y, si oía el ñiki-ñiki del violín, me plantaba las bolitas de cera en las orejas, y tan fresca. Creo que todos en el edificio llevábamos tapones a excepción de Rodrigo y de Kimba, el perro. A Kimba no le puse tapones para fastidiarle porque era un pequinés con un carácter horrible, pero le importó un pimiento porque era sordo. De que era sordo me enteré a los pocos días, cuando le solté una tarde en el parque y lo perdí. Una hora enterita me tiré llamándole a voces, que volví a casa afónica perdida, y él ni puto caso. Vale, Rodrigo ya me había dicho que no se me ocurriera soltarlo pero podía haberme completado la frase y haber añadido “…porque es sordo y no te va a oír llamarle”. Da igual, que fuera sordo no le hacía ni una pizca más simpático y se habría merecido aguantar las prácticas de violín de Rodrigo, que era inasequible al desaliento y perseveraba en el estudio día tras día. Lo peor era que no era consciente de su escasa pericia y se entusiasmaba cada vez que escuchábamos una pieza al violín. Y las escuchábamos a menudo porque todos los sábados íbamos al Teatro Real. Una noche tocaron “I musici”. Fue mágico. El programa estaba formado íntegramente por obras de Boccherini, y la interpretación de La Musica Notturna Delle Strade Di Madrid fue digna de un síndrome de Stendhal. Entre que yo soy incapaz de llorar viendo una película o leyendo un libro y cosas así pero es escuchar música y soltar el moco del todo, (qué quieren, cada uno sufre su síndrome de Stendhal como le viene en gana) y que la musica notturna siempre me ha parecido una belleza, salí del concierto totalmente transportada, más callada que en misa. Y Rodrigo aprovechó mi silencio para decir que el violín era bueno pero poco vibrante, y que sin duda alguna él era mucho mejor. Yo hasta entonces había mantenido un silencio algo cobarde sobre su virtuosismo o mejor dicho sobre su falta de él, pero esa noche no pude más y las carcajadas las escucharon hasta los operarios de Radio Moscú. Rodrigo no preguntó ni comentó nada, solamente me miró y, haciendo un cambio de tercio digno de un domingo de San Isidro en las Ventas, me preguntó si prefería cenar en un italiano o en un indio.
Durante estos años me he acordado de Rodrigo en varias ocasiones, sobre todo los primeros años de clarinete de Kenya, cuando la mandábamos a practicar a la esquina más remota del jardín y nos llamaban los vecinos indignados pidiendo que por favor tuviéramos piedad y rematáramos a aquel elefante que se debía estar muriendo poco a poco en nuestro jardín. Con Madagascar fue peor porque probó toooooodos los instrumentos que había en la banda, desde el flautín hasta la trompa, pasando por la flauta, el requinto, la trompeta (ay, qué horror la temporada de la trompeta) y un bombardino. La trompa parecía que le gustaba hasta que se lió a trompazos (literalmente) con su hermana, y decidimos que igual era mejor un instrumento menos agresivo. No hubo manera, al poco descubrimos que en manos de Madagascar todos podían convertirse en arma letal. Al final fue la niña la que puso punto final a su carrera musical por el simple procedimiento de abrir la ventanilla del coche una tarde cuando volvía de clase y tirar el libro de solfeo a la carretera, donde murió atropellado por varios camiones. Desde entonces, y dado que Kenya ya es clarinete principal y toca divinamente, he pasado unos años sin acordarme de Rodrigo, pero gracias a la Navidad, llevo varios días acordándome de él a todas horas. Y es que la semana pasada decidimos poner los adornos de Navidad. Bueno, lo decidí yo, y mandé a Madagascar a la buhardilla a que buscara las cajas con las bolas, los pastores, y eso. Y la niña subió a la buhardilla y fue como cuando Ali-Babá entró por primera vez en la cueva de los ladrones: Madagascar se reencontró con los juguetes de cuando eran chicas, y los libros, y mis cosas de érase que se era, y pasó lo que tenía que pasar, que se tiró un rato larguísimo dando grititos de sorpresa, y terminó bajando los adornos de Navidad y las guitarras que yo tenía guardadas. Y ahí está, dándole todo el día a las cuerdecitas sin parar, con la misma voluntad que Rodrigo pero, afortunadamente, mucho más oído y más sentido musical. Yo estoy por alegar trastorno mental transitorio para disculpar los actos delictivos que estoy cometiendo estos días, como robar niñosjesuses del Carrefour (ya se lo contaré). Igual cuela, ¿no?

sábado, 5 de diciembre de 2009

Un amor azul como una naranja

Para Dora la vida empezaba y terminaba los miércoles. El resto de los días sólo esperaba. Los miércoles Dora iba al mercadillo, a comprar donde El titiritero. Le llamaban así porque su hijo Paco entretenía a las clientas haciendo malabarismos con las naranjas. Paco solamente actuaba para Dora; la veía venir y lanzaba al aire las naranjas, una tras otra, hasta siete. Y seguía hasta que a Dora le tocaba pedir. Durante la semana ella comía una naranja cada día recordándole. Un miércoles Paco faltó. El titiritero dijo que le habían llamado a filas. Dora no volvió a comer naranjas.

viernes, 27 de noviembre de 2009

El hombre del autobús

No sé quién es. Ni siquiera sé cómo se llama. Pero sé muchas cosas de él. Sé en qué países ha vivido, cómo son las relaciones con sus padres, cuánto hace que no ve a sus hijos, cómo le gustan las mañanas, que prefiere el frío al calor, que le gusta conocer a todo tipo de gente, que no califica a las personas en general sino individualmente, ni juzga a los países por una parte de sus habitantes. Sé que le gusta hablar y le desagrada que la gente de aquí le mire con una cierta prevención por ser extranjero. Por eso le gusta hablar conmigo, porque tampoco soy de aquí. Sé que se ducha por las mañanas, aunque esto no me lo ha contado, esto lo sé porque es el hombre que mejor huele en el autobús, huele a una mezcla de gel y colonia. También sé de dónde es y esto tampoco me lo ha dicho, pero no hace falta, no hay más que oírle hablar. No sé quién es. Ni siquiera sé cómo se llama. Él tampoco sabe quién soy yo, ni cómo me llamo, pero cada mañana cuando llega a la parada del autobús me saluda, hacemos un par de comentarios sobre el tiempo (para él todas las mañanas son lindas, aunque en realidad sea de noche cerrada y caigan chuzos de punta) y luego me habla de él, de su vida. Y ocurre de una manera natural y finaliza cuando llega el autobús. Nunca nos sentamos juntos, no seguimos hablando durante el trayecto, cuando llegar el autobús nos despedimos deseándonos un buen día (en realidad él me desea “que tenga un día lindo”) y cada uno nos dedicamos a leer nuestros libros. No sé quién es ni cómo se llama, pero el hombre del autobús convierte los momentos vacíos de espera en pequeñas novelas.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Perversiones navideñas

Yo no sé si es que los servicios operativos de la ciudad se aburren o qué, pero cada año ponen antes las luces de Navidad y cada año las quitan más tarde. Y las quitan porque tienen que poner las luces de Carnaval (sí, sí, de Carnaval); y éstas las quitan por la Semana Santa, porque quedaría fatal que procesionaran las imágenes sangrantes y dolientes, que van casi luciendo vísceras, entre farolitos jolgoriosos con forma de máscaras y de notas musicales. Pero en cuanto pasa la Semana Santa y consiguen quitar la cera de las calles (que hay que oír los chirridos cada vez que pasa un coche: ñiiiiiiiiiiii, ñiiiiiiiiiiii, que da la sensación de que el coche derrapa de mala manera, y es que sí, que un poco derrapan de mala manera), hala, ya están otra vez colgando churiburris para la Feria. Y vuelta a empezar el ciclo festivo. A mí al principio, cuando llegué, me hacía gracia ese afán festero hasta que me dí cuenta de que lo hacen porque tampoco tienen mucho más que hacer, y a fuerza de repetir ciclos consiguen que todo sea siempre previsible hasta el aburrimiento. Vale, cada año ponen luces de Navidad distintas a las del año anterior, pero ni aun así. Además me he dado cuenta de que aplican puntualmente la consigna ésa de “recicla, reduce, reutiliza”. Bueno, aplican lo de recicla y reutiliza porque lo de reduce ni de coña, que cada año ponen los churiburris más grandes. Por ejemplo, el año pasado el Ayuntamiento sorprendió a los vecinos del pueblo colocando una especie de cruce entre reno y jirafa en todas las rotondas de la carretera. Eran enormes, ni que los hubieran criado con piensos compuestos, tanto que impedían la visibilidad de los cruces y ahí que íbamos todos los coches, a 30 y con más miedo que vergüenza. Y lo divertido fue después de Nochebuena, una noche que hubo un temporal de viento y un reno jirafesco salió rodando carretera abajo. Menos mal que fue de madrugada porque menudo susto encontrarte semejante bicho revolcándose por la carretera.La cosa es que a mí los renos mutantes aquellos me sonaban mucho pero no conseguía ubicarlos hasta que Kenya me dijo que eran los mismos que había puesto hacía tres años El Corte Inglés. Y ahí se me encendieron todas las luces de golpe, que parecía mi mente Cortilandia en plena exhibición: efectivamente eran los mismos engendrillos de reno. Yo estuve preguntando con quién había que hablar para pedir los renos esos, que me encantaría ponerlos en mi jardín y que se vieran desde la carretera. Anda que no iba a molar ni nada. Pero no hubo manera de enterarme, todo el mundo me ponía cara de asombro infinito, balbuceaba cosas ininteligibles y me mandaba a hablar con otra persona. Y así de oca a oca hasta que al final me fui al LIDL y al IKEA y me inflé a comprar mogollón de luces de colores con forma de corazón, de estrellas… para poner este año la casa como si fuera un restaurante chino.También compré un peluche con forma de comadreja, que por cierto, pensé que los niños suecos debían ser tela de raritos para jugar con comadrejas de peluche, pero a Bruno le encantó, igual me dieron el cambiazo en el hospital y el niño es nórdico. Y voy a empezar a poner las luces ya, como el Ayuntamiento, para que no me pase lo del año pasado, que por puritita pereza lo fui dejando y al final puse los adornos navideños en día 29 de diciembre, y los puse porque buscando un libro encontré una caja con el Nacimiento que me había regalado mi madre hacía unos meses. Vamos, hombre, no lo pongo y me deshereda. Este año no; ya le he dicho a JB que este mismo fin de semana voy a sacar todas las cajas de adornos de la casa para empezar la ambientación navideña. En eso sí voy a seguir las tradiciones de aquí.
No voy a seguir las tradiciones locales en cuanto a los dulces de Navidad, más que nada porque a mí eso de comprar tabletitas de turrón (de todos los sabores, aquí no se cortan un pelo en eso) en un puestecillo callejero en plena feria estival me da tanta mala espina como las manzanas cubiertas de caramelo. El algodón dulce me gusta. Ya, es una guarrada, lo sé, pero cada uno tenemos nuestros vicios. Este año no vamos a tener más remedio que comer mantecados y polvorones a porrillo porque Kenya se va de viaje de fin de estudios a Praga (menos mal, que hace dos años les dieron a elegir a los músicos de la banda municipal entre irse de viaje a Lisboa y a Benalmádena y eligieron Benalmádena, que está a un escupitajo de distancia del pueblo; yo creí que a Kenya le daba un ataque de la rabia que le entró) y están vendiendo dulces de Navidad para sacar dinero. Así que hoy han venido ella y Madagascar (que actuaba de ayudante) cargadas con montones de cajas supertentadoras. Han dejado las cajas y Kenya ha sacado un peluche con forma de pingüino. Muy mono. Monísimo. Bueno, me parecía monísimo hasta que Kenya me ha preguntado si quería un bombón y, ante mi sorpresa, le ha metido al pingüino la mano por el culo y ha sacado unos chocolatines. Madagascar y Bruno encantados, claro. Y yo me he quedado alucinada pensando quién habrá sido el pervertido que ha diseñado un peluche que echa bombones por el culo.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Más cine, por favor

Una de las cosas que peor llevo de la gente que quiero es la impuntualidad. Los otros me encanta que sean impuntuales porque así puedo despotricar más y mejor de ellos, y además me dan pie a dejar de hablarles o darles plantón; largarme y dejar plantado al que llega tarde me gusta mucho, qué le voy a hacer. Lo llevo fatal cuando lo hacen los amigos, claro, porque a esos no me gusta ni dejarles plantados ni ponerles verde. Se pueden imaginar que yo soy de una puntualidad británica. Es rarísimo que llegue tarde, al contrario, siempre procuro llegar antes de la hora establecida, aunque me dedique a dar vueltas por las cercanías mirando a los que van llegando. Porque eso sí, no me gusta llegar tarde a ningún sitio pero tampoco me gusta llegar la primera. Por mí llegaría siempre la última, cuando ya están todos los convocados, pero claro no puede ser porque si lo hiciera siempre llegaría tarde y no está en mi naturaleza. Ya saben, es como lo del escorpión, que no puedo y como no puedo no hay más que hablar. Los tardones me desesperan. Y los que me desatan la lengua cosa fina son los que llegan tarde al cine. En el teatro como no les dejan entrar una vez que ha empezado la función me da exactamente igual, pero en el cine... cómo detesto a esos que llegan cuando ya están poniendo los trailers y se dedican a ir restregando el culo por las rodillas de toda la fila mientras van espurreando palomitas por doquier y repiten “perdón” en el mismo tono que usan las abuelas con las letanías del rosario.

Bueno, la verdad es que tengo que reconocer que para el cine soy muy maniática y me molestan muchas cosas, no solamente los tardones. Por ejemplo, tampoco soporto a los palomiteros. Nunca he entendido qué es lo que mueve al personal a hincarse esos cubos gigantes de palomitas más saladas que la mar, y a pasarse la película sorbiendo un tanque de coca-cola en el que podría nadar un pato. Sobre todo en la sesión de las cuatro o las cinco de la tarde, cuando la mayoría de la gente de este país estamos en plena digestión. ¿Cómo se puede alguien inflar a palomitas y empapuzar todo eso con coca-cola? Y chuches, que muchos no se conforman con el cubo de maíz y se compran además una bolsa de gominolas, regalices, nubes, o a saber qué porcadas azucareras.

A mí, si estos placeres fueran silenciosos, no me provocarían más allá de la sorpresa de ver a un adulto medianamente maduro meterse eso en el cuerpo. Pero no, se trata de porquerías sonoras que producen contaminación acústica de todo tipo: desde el ruido de las muelas triturando palomitas (no vamos a hablar de los kikos y las patatas, que me cabreo), hasta la gente que se pasa la película rascando el cubo con las uñas cada vez que coge un puñao de palomitas, o los que eligen los caramelos envueltos con el celofán más crujiente del mundo. Claro que para mi gusto los más cochinos son los que sorben la coca-cola haciendo slurrrrrp-rrrrrrrrppp.

Tampoco me gustan los que hablan en el cine. No me importan los comentarios antes de la película, al revés, me resulta divertidísimo escuchar a la gente, pero una vez que empieza no soporto que hable nadie. Y eso que se oyen cosas descojonantes, que todavía recuerdo cuando salió Quevedo en “Alatriste” y los adolescentes que tenía sentados a mi lado dijeron: “anda, mira, Becquer”. Las carcajadas me salieron a chorros, que JB no entendía qué le veía de gracioso a la esa escena. O cuando terminó “El nombre de la rosa” y la chica de la fila de atrás dijo: “aaaaaaah... ya entiendo.... que la chica se debía llamar rosa... por eso han titulado así la película”. Hala, otra tanda de carcajadas. Los que no me hicieron ni pizca de gracia fueron unos japoneses que coincidieron conmigo viendo “El último samurái”. Estábamos solos en el cine ellos dos y yo, y como uno de ellos no hablaba español, el otro le tradujo la película enterita al japonés. Tócate los cojones, manolito, toooooda la película directamente al nipo, en el mismo tono de voz que si estuvieran en su casa y sin cortarse un pelo. Menos mal que habían roto esa regla de comportamiento no escrita que dice que si entras en una sala de cine te tienes que sentar justo al lado de los que hayan llegado antes. Aaaaaah, se siente, aunque tengas toda la sala para ti no puedes elegir acomodarte dejando filas o asientos por medio, te tienes que apegotonar con los que hayan llegado antes que tú. Es algo parecido a lo que hacen las ovejas en el monte, que las dejas sueltas y en vez de desperdigarse van siempre en rebaño. Claro que lo de las ovejas (y las cebras, y los ñúes) lo entiendo, que lo hacen para defenderse de los depredadores pero en una sala de cine me contarán ustedes qué depredadores nos van a atacar.

Aun así, con todas esas manías, me gusta el cine; más que gustarme me encanta, y JB y yo aprovechamos que en el pueblo hay 16 salas para escaparnos entre semana a media tarde, que no suele haber nadie. Y cuando digo nadie me refiero a que literalmente no suele haber nadie; que más de una vez hemos estado solos no ya en la sala sino en todo el complejo de los cines. Y eso que se trata de un circuito comercial a tope, que cuando han puesto los ciclos de cine en versión original o de ópera ni les cuento. Claro, así pasan las cosas que pasan, como la otra tarde, que subimos a ver une peli acompañados de Madagascar, que había terminado los deberes. Entramos y no había nadie, así que elegimos las butacas más centraditas, y justo cuando pensábamos que se iban a apagar las luces entró una pareja de venerables viejecillos. Los abuelos echaron un vistazo, nos vieron, y en lugar de buscar un sitio cómodo se dedicaron a escalar todos los escalones que fueran necesarios para sentarse justo en la fila de delante de la nuestra. Tardaron la tira, claro, que el hombre llevaba incluso un bastón. Y cuando ya estaban sentados dice la mujer: “Ay, yo tendría que orinar, que si no no voy a ver la película a gusto”. Y esto lo dijo cuatro veces, y cada vez elevando más la voz porque su santo no la oía. Al final, cuando ya el hombre se había enterado (como para no enterarse) la mujer añadió: “pero no sé yo si me dará tiempo”. Nosotros calculamos mentalmente lo que iba a tardar en bajar los escalones, quitarse los refajos para aliviarse, volver a colocarse los refajos, subir los escalones de nuevo... psé, una media película más o menos. La mujer, que debía estar haciendo el mismo cálculo, dudaba entre si irse o no, cuando de pronto se oyó una voz profunda que inundaba la sala: “vaya a mear tranquilamente, señora, que la esperamos; si es menester pongo los trailers dos veces, que hay tiempo pa tó”. Nos quedamos todos callados de la impresión. “¿Es Dios?” preguntó Madagascar muerta de risa. “En este momento yo diría que sí”, contestó JB muy serio. "Pues ya le gusta perder el tiempo", respondió Madagascar riéndose a más no poder. “Fíjate que yo creía que las cabinas ésas estaban insonorizadas” dije yo sorprendida. La mujer empezó a mirar hacia arriba, a todos lados, sin saber a quién ni a dónde dar las gracias, y se fue escaleras abajo seguida por la voz del marido, que preguntaba a voces quién había dicho algo y qué había dicho. Y sí, hubo tiempo pa tó, y vimos más tráilers que nunca.

jueves, 29 de octubre de 2009

El premio

Los sábados eran el mejor día de la semana. Su padre compraba cacahuetes e iban al cine. Durante dos horas se convertían en peligrosos piratas, se enfrentaban a indios salvajes, se dejaban morir por amor, y conquistaban mundos lejanos. Y durante la semana los recuerdos de la película les ayudaban a seguir con su vida tan gris. “El Español” era la única sala de cine del pueblo. Por eso no dudó cuando el hombre del micrófono le hizo la pregunta. Miró a la cámara y dijo: “¿Cuál va a ser? El cine que me gusta es El Español”. Durante semanas todo el país vio su carita en el NO-DO.
La noche que recibió el premio de la Academia de Cinematografía a su carrera, su imagen apareció de nuevo en la pantalla: “... El Español”. De pronto la boca le supo a cacahuetes y se le llenaron los ojos de lágrimas.

lunes, 19 de octubre de 2009

Control

Era una tarde aburrida. Encendió la tele. Ponían “Casablanca” de nuevo y se la zampó enterita. Al llegar al final dijo “Vete con ella, Rick, qué coño!”. Para su sorpresa Rick subió al avión. Asombrado hizo zapping y se detuvo en “Sonrisas y lágrimas”. “Mata a los putos niños” susurró, y la dulce María despeñó a los chavales montañas abajo sin dejar de cantar. Hizo varias pruebas y comprobó, asombrado, que aquello funcionaba, que podía cambiar los guiones a voluntad. Probó con el telediario y cuando vio que eliminaba el último terremoto de Pakistán se asustó y apagó el televisor.

viernes, 16 de octubre de 2009

Comer en Londres

Llevo todo el día caminando y los pies están empezando a quejarse por el simple procedimiento de mandarme aguijonazos de dolor intermitentes. Como les conozco sé que si no hago caso será peor y acabarán criando ampollas así que me siento un rato en un parque. Hace frío, y hay mucha humedad, pero estoy contenta. Me gusta Londres en otoño. Me he pateado dos mercadillos y he encontrado cosas sorprendentes. Mi madre no soporta la idea de que compre en los mercados de segunda mano, sobre todo ropa, pero a mí me fascina la posibilidad de curiosear en los montones donde todo lo que encuentras es impredecible. Voy a ir a comer al restaurante en el que trabaja Beatriz. Es un restaurante italiano. Me ha dejado la dirección esta mañana, junto con un pequeño planito, así que llego sin problemas. Hay mesas vacías de sobra porque aunque he llegado antes de la hora de comer española, es ya tarde para los ingleses. Beatriz está guapa con el uniforme blanco y el delantal largo, negro. Me recomienda un par de cosas y le digo que mejor me traiga lo que ella considere. La pasta está buena, sabrosa y abundante, el vino blanco, seco como a mí me gusta, está fresco, y el pan está todavía caliente. Entra un grupo de seis españoles. Se sientan en la zona de Beatriz y les lleva las cartas. No puedo evitar escucharles. Ninguno de ellos habla inglés y para ellos las cartas resultan indescifrables. Beatriz se pone a su lado y les pregunta, en inglés, si saben lo que van a tomar. Ellos dicen “güait, güait” mientras señalan los distintos platos con aire interrogante. Beatriz les explica, igualmente en inglés, lo que lleva cada plato y ellos están cada vez más confundidos. Me levanto y me acerco. Les pregunto si necesitan ayuda y me miran como si se les hubiera aparecido la Virgen. Me preguntan si puedo traducirles la carta y les digo que tranquilos, que ya se lo hace la camarera. Miro a mi hermana, quien suspira y les explica la carta plato por plato mientras me mira con carita de fastidio consciente de que se ha quedado sin propina.

lunes, 5 de octubre de 2009

Por una vez, y sin que sirva de precedente...

Sota lo cuenta mucho mejor que yo.

(Mañana vuelvo a mis chalaúras de siempre)

lunes, 28 de septiembre de 2009

Dispersión

Antes de besarse le miró a los ojos. Le parecieron insondables. Pensó cómo sería sumergirse en ellos y se acordó de una película en la que unos hombres de tamaño reducido se metían en el cuerpo de otro y se enfrentaban con voraces glóbulos blancos y peligrosos anticuerpos asesinos. Había visto aquella película un sábado que su madre puso pollo asado y croquetas. Entonces recordó que tenía un pollo guisado en el congelador y pensó que cuando acabaran lo sacaría para comer mañana. Cuando abrió los ojos ya habían terminado y otra vez no se había enterado de nada.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

¡Vamos a proceder, y procedemos, al bingo!

Yo no duermo siesta. Así puedo estar muerta que soy incapaz de dormir después de comer. Y si es en el sofá menos todavía. Alguna vez, alentada por la entrañable estampa que supone ver a todos los miembros de la familia roncando desparramados por los sofás, que me recuerda aquello a los documentales de la BBC sobre los leones en la sabana, he intentado echarme la siesta y me he metido en la cama para terminar mirando cómo duerme Madagascar, que es especialista en siestas de categoría olímpica. Y casi mejor que no duerma porque alguna vez que lo he conseguido me he despertado con un mal cuerpo que me hacía pensar que hubiera transmutado en boa y estuviera haciendo la digestión de una cría de elefante crecidita. Y mala cara, claro, una mala caraaaaa... unas ojeraaaaas... unas señales de la almohada por todos lados... uf, no quiero ni acordarme. Eli no. Eli en cambio se echa la siesta y aparece después lozana, fresca, rozagante, estupenda de la muerte.

Aquella tarde Eli aprovechó la limpieza de chimenea (no sé cómo pudo, con las voces que estábamos pegando todos) y se durmió una siesta que la dejó lista de papeles para toda la tarde pero sobre todo para el bingo, que era lo que a ella le apetecía. A mí el bingo no me ha llamado nunca la atención, la verdad. Es de esos juegos, como el parchís, que siempre hacen que me pregunte qué es lo que la gente les ve de divertido. O, simplemente, de entretenido, porque lo que es a mí me resultan aburridísimos. Y el bingo, además, estresante, que eso de tener que buscar los números en el cartón a la carrera me parece malo para los nervios. Así que el bingo nunca. Y eso que en el pueblo, no sé por qué, le tienen una querencia tremenda al bingo, que hasta forma parte de la programación “deportiva” el día de la comida vecinal: tira de soga, juego de la rana, petanca, y bingo. Hombre, yo entiendo que las viejas no se van a poner a jugar a tirar de la soga, que luego se caen y se rompen todas, y que el bingo es una actividad mucho más tranquila, pero cualquier día van a provocar un accidente, que a los conductores les parece cuanto menos peculiar eso de ver un bingo en mitad de un prado y se ponen a mirar, y se distraen, y más de uno acabará cayéndose a la cuneta.

Eli se levantó de la siesta, comprobó que la lechuga viajera no había intimado peligrosamente con el cobejo sino que estaba convenientemente a salvo en la nevera, me miró sonriendo, y dijo “hala, vámonos al bingo, que me apetece muchísimo”, y no le pude decir que no. Y allá que nos fuimos, con los bolsillos llenos de moneditas. Por el camino nos encontramos a mi primo Ander, que llevaba un vendaje aparatosísimo en la barbilla.

- ¿Qué te ha pasado?
- Nada, que me he caído jugando al frontón, y me han echado unos puntos.
- Ah, vaya ¿y te duele?
- No, qué va, ya no. Además, cuando fui al centro de salud, el médico de urgencias me miró y me preguntó si era de Bilbao. “¿Y, pues?” le contesté yo. Y me dijo que si sería de otro lado me dormirían la barbilla, pero que a los de Bilbao les ponían los puntos sin anestesia.
- Hala! ¿Y qué le dijiste? – Me dio la risa por dentro porque no hay más que oir a Ander para saber que es “del mismo Bilbao, pues”.
- Pues qué le iba a decir, que sí.
- ¿Y te dio los puntos sin anestesia???
- Pedazo de cabrón, un montón de puntos además. Claro, después de eso lo demás me parecen dolorcillos de nada.

La casa del pueblo estaba llena de bote en bote, que nos tuvimos que sentar en una ventana. Eli compró un cartón y sacó un bolígrafo del bosillo, que iba preparadísima.

- ¿Tú quieres un cartón, Gin?
- No, no, a mí el bingo no me va, me parece un poco estresante eso de buscar los números a toda velocidad, y tal... déjalo, yo miro.

Y comenzó el bingo. De entrada a mí me dio la risa ver a Justa, que ese día era la encargada del juego, tan solemne, que hablaba a todos de usted como si fueran completos desconocidos (y en una aldea tan pequeña como ésta todos son familia) y decía cosas como “señores y señoras, vamos a proceder a comenzar... y procedemos de inmediato”. El bombo de plástico giró y giró, y empezaron a caer las bolas. Y Justa comenzó a cantar los números. Yo me puse tensa pensando que se me iban a escapar la mitad.

- ¡El doce!...
- ¡El veinte!...
- ¡El cuarenta!...

Al principio pensé que me estaba perdiendo la mayoría de los números, pero no. Justa se tomaba su tiempo y entre número y número podías irte tranquilamente al cuarto de baño (al de tu casa, que allí no hay), echar una charlita por teléfono (en el improbable caso de que hubiera cobertura en el pueblo), adobar un jabalí, o rizarte el pelo tranquilamente. Yo pensé que igual Justa lo hacía tan lentamente por tratarse del principio, y que en cuanto le cogiera el truco la cosa sería más rápida, pero qué va.

- Si véis que voy muy deprisa me lo decís y lo hago más despacio.

Aluciné, y más todavía cuando escuché una vocecilla quejumbrosa que decía todo el tiempo:

- Ay, ay, ya me he perdido otra vez.

Eli anotaba los números con parsimonia mientras charlábamos por lo bajini para no distraer al resto de jugadores, los cuales buscaban frenéticamente los números en sus cartones sin que a día de hoy tengamos claro a qué se debía tal frenesí.

- ¡El veintidós, los dos patitos!... – Justa esperó todavía más por si alguien quería reirle la broma. Ni caso, claro, que ya está muy vista.

Los números iban saliendo leeeeeeeentamente (muuuuuuuy leeeeeeentamente) y a medida que en los cartones iba habiendo tachaduritas las expectativas de conseguir una línea se traducían en un ligero murmullito de fondo.

- Ahívalahostiacoño! A ver si podéis callaros, joder, que no se oye un carajo y así no hay quien se entere de los putos números! Cerrad el pico, leche, que parecéis unas jodidas viejas!

Yo miré alrededor y pensé que qué querría que parecieran, si la media de edad era de más de setenta años. Las viejas se alborotaron porque las habían llamado viejas. Una, la que nunca oía los números, pedía a las demás que le contaran qué pasaba. Eli se inclinó y me susurró.

- Éste también es del mismo Bilbao ¿a que sí?
- No, qué va, éste es de Burgos, pero como si lo fuera.

La cosa se resolvió en seguida porque Justa ignoró la bronca y siguió cantando los números. Así que se callaron todos. Dos bolas después una gritó “¡¡¡línea!!!”, y cinco números después Severino cantó bingo. El afortunado ganador se acercó a la mesa, la presidenta verificó (eso dijo, que se iba “a proceder a verificar la comprobación de la corrección del bingo proclamado”) que los números eran los que debían ser, y se pagó (“procedemos a abonar”) al ganador lo que le tocara.

- Pues menos mal que han cantado el bingo porque solamente quedaban ya dos bolas en el bombo.
- ¿Qué???
- Que solamente quedaban ya dos bolas en el bombo, así que tenía que salir el bingo ya mismo.
- Gin, ¿cómo van a quedar solamente dos bolas en el bombo si todavía no han salido la mitad de los números?

Eli me enseñó su cartón prácticamente virgen de tachaduras. Tal y como yo había dicho, únicamente quedaban dos bolas enjauladitas en el bombo. Extrañados, los demás miraban sus cartones también sin rallajones. Los murmullos comenzaron a extenderse, sin que esta vez nadie protestara, hasta que se oyó una voz:

- ¡Pero amá, si quedan mogollón de bolas en la caja! ¡Que no las habías metido en el bombo!

Los murmullos terminaron y dieron paso a los comentarios en voz alta acompañados de tales meneos de cabeza que me imagino que no se les dislocó a todas el cuello porque están más que acostumbradas a esas sacudidas tan violentas. Justa se puso blanca, comenzó a tartamudear, sacó las susodichas bolas de la caja, y miró a la concurrencia con el labio inferior temblón del todo y los ojos empañaditos por las lágrimas, como si el público, en lugar de pedir que Severino devolviera el importe del bingo, estuviera reclamando la cabecita de la binguera sobre una bandeja sanjuanera. Severino opuso una resistencia algo turronera, que de sobra sabía él que lo que tocaba era restituir la pasta, pero en seguida soltó los veinte eurazos. Y todo volvió a la normalidad. Bueno, menos la vocecita de Justa, que sonaba temblorosa perdida cuando proclamó que procedíamos a comenzar de nuevo al bingo. Eli me miró con una sonrisa de oreja a oreja.

- ¿Procedemos a comprar un cartón, Gin?
- Procedemos, procedemos.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Con lo que es Steinbeck en este pueblo!

A estas alturas ya todos ustedes lo saben pero por si hay algún despistado o algún nuevo, lo aclaro: no soy nada grupal. O gregaria. O pandillera. O como quieran llamarlo. Que yo recuerde nunca me he dado ningún golpe fuerte. Ciertamente una vez me caí de lo alto de un poste de teléfonos pero me rompí un pie no la cabeza, y no guardo memoria de ningún otro percance de ese estilo ni en casa se aprovechan las sobremesas familiares para recordar aquella vez que me caí y me di un golpe en la cabeza, así que igual es una de esas taras que sufren los bebés durante su proceso de formación. Eso puede ser, que como soy la mayor mi madre todavía no tuviera así muy cogido el tranquillo de la gestación y se dedicara a experimentar conmigo como si fuera un ratón blanco. Se conoce que luego aprendió divinamente porque mis hermanas han salido como Señor Padre: sociales y sociables para reventar.

Yo, pues no, qué quieren, no manejo para nada los códigos grupales así que no lo paso bien, y resulto rara, pero rara rara. Y por mí no ha sido, eh, que lo he intentado en muchas ocasiones, conste. Por ejemplo, durante una temporada larga estuve en una asociación ecologista (aprovecho para contarlo públicamente y así dar en los morros a los que me tiran pullitas y me acusan de no tratar bien a los animales, ser antiecologista, y no sé cuántas falsedades más). Eso me encantaba, lo pasaba fenomenal y, excepto la primera vez que acudí a una reunión enfundada en un chaquetón de mouton que mi abuela le había hecho a mi madre cuando ésta tenía veinte años, nunca desentoné demasiado. Aquella vez reconozco que les dejé un poco de piedra, me miraban con los ojos tan abiertos que durante un momento me dio miedo que se les salieran de los boquetillos de la cara y se les cayeran al suelo. Luego me acordé de que los tenían bien pegados y desvié mi atención a las mandíbulas que se descolgaban por momentos. Yo puse mi carita más inocente (y no saben ustedes hasta qué punto puedo parecer buena e inocente, juá) y pregunté. “¿Qué-é?” Dani levantó un dedo acusador, me señaló, y balbuceó: “Llevas pieles, tía, llevas pieles”. Yo le miré sin señalarle (que siempre me ha parecido que eso de señalar es un gesto feísimo que solamente le queda bien a la estatua de Colón, que se ha aprovechado de que al pobre Rodrigo de Triana le ningunean siempre) y dije tranquilamente: “Sí, de cordero muerto. Y tú llevas zapatos y chupa de cuero y no lo voy gritando con cara de poseída.” Y ahí se zanjó la cosa, nunca más volvieron a decirme nada. También es verdad que con ellos solamente me puse una vez más el chaquetón, y fue una vez que se rompió la calefacción del local y o te abrigabas o se te congelaban hasta los mocos. Pues eso, durante esa temporada lo pasé fenomenal, conocí a cantidad de gente curiosa, y salí en una foto de portada de El País que tengo en casa pero no voy a colgar porque yo no soy de esas criaturas que aprovechan la mínima para colgar fotos suyas en la red. Lo de la portada fue por una manifestación que hicimos contra el vertido de residuos nucleares. Yo iba en cabeza de la manifestación, sosteniendo la pancarta, y en el periódico salí supermona aunque con la boquita un poco abierta, eso sí, porque claro estuvimos toda la tarde coreando proclamas antinucleares. Luego un equipo de televisión holandés me hizo una entrevista en inglés (juá, siempre he tenido curiosidad por ver el resultado) sobre la asociación, la manifestación, etc., y después hubo que correr por las calles por no sé qué disturbios y otras leches. Total, al final terminó todo el personal metido en una furgoneta que nunca llegó a la comisaría de Leganitos porque el madero que conducía acababa de llegar de San Roque y se hizo un lío con las calles, y el compañero llevaba poquísimo tiempo en Madrid y tampoco se orientaba muy bien. Majetes, muy majetes los dos. De aquella época en el grupo ecologista conservo algunos amigos, la afición por el pan integral (sobre todo de la panificadora “El tigre”, que debe haber desaparecido porque no se encuentra por ningún lado, snif), camisetas y carpetas con proclamas ecologistas, y un montón de chapas y pegatinas con los lemas “nucleares no, gracias”, y “salvad las ballenas”. Lo de salvad las ballenas estuve a punto de tatuármelo en la barriga pero al final JB me disuadió y me convenció de que era mucho mejor en la espalda. La verdad es que para ser una asocial no está nada mal, ¿eh?

Lo de que no soy nada social lo argumentan mis hijas cada verano desde hace unos pocos años. Concretamente los que llevan instaladas en la adolescencia. Antes no decían nada. Antes, lo de pasar las vacaciones en una aldea perdida de las montañas, sin cobertura para el móvil, sin ADSL, sin digital plus y si me apuran casi sin canales analógicos, sin centros comerciales (juá, no hay ni panadería como para haber centro comercial), sin piscinas, sin nada de nada, les parecía estupendo. Ellas se dedicaban a triscar por la montaña como las cabras y a ayudar con las vacas por aquello de practicar para cuando fueran mayores y tuvieran una granja. Les duró lo que les duró la infancia, claro, y hubo un año en el que pareció que se les abrían los ojos y el entendimiento y cuando les dije que hicieran las maletas porque nos íbamos de vacaciones pusieron la misma carita que Joel Fleishman al llegar a Cicely (por si alguien no lo sabía, “Doctor en Alaska” es mi serie favorita) y se tiraron gimoteando unas semanas, las mismas que las tuve en tierra de lobos. Y así siguen, no crean, que me escuchan la palabra “vacaciones” y se les ponen los pelos de punta ante el asombro de Bruno, que no comprende cómo pueden no querer ir a un sitio tan maravilloso y tan lleno de vacas (y cerdos, y cabras, y gallinas) con las que practicar para cuando sean granjero. Eso de ser granjero debe ser genético, sí. Ya se le pasará. De momento se ha tirado el verano entero zascandileando con las vacas y los cerdos, que desaparecía en cuanto nos descuidábamos y sabíamos que había vuelto a la casa por las tardes porque iba dejando un tufillo absolutamente insoportable y tan denso que si mirabas fijamente hasta se veía.

A mí, qué quieren que les diga, me gusta el aislamiento del mundo, cuanto más mejor, siempre me da la sensación de que estoy demasiado rodeada de gente. Claro que reconozco que reconozco que la gente me divierte. Bueno, en realidad me divierte todo, tengo un espíritu disfrutón que a veces me parece hasta malo.

La cosa es que hemos pasado unas vacaciones a la vez plácidas y divertidas, de ésas en las que no pasa nada, en las que la vida es un largo río tranquilo (qué buena película, por cierto), pero ese nada que ocurre resulta surrealistamente gracioso. Claro que mientras estás viviéndolas esas situaciones te parecen de lo más normal y te das cuenta de que no lo son un tiempecillo después, cuando se las cuentas a alguien. También te puedes dar cuenta en el momento, si tienes al lado a otro alguien ajeno al ambiente. En nuestro caso este verano le ha tocado hacer de Pepito Grillo a Héctor, que vino a pasar unos días con nosotros. Vinieron él y Eli. Bueno, él, Eli, y la lechuga viajera, que aquí cada uno tiene las mascotas que le petan, y después de recorrer casi 1000 kilómetros con los niños, la rata, y El Cobejo, reconozco que no soy quién para decir nada, y si un amigo quiere recorrer España y Portugal acarreando y cuidando una lechuga allá él, manías mayores he visto. Eli ya sabe cómo son estos sitios así que no se asombró mucho. Y la lechuga no dijo nada; ella, en teniendo un sitio fresquito para estar, tan contenta.



(Éste es El Cobejo. Apareció una noche en mi calle y Kenya lo adoptó por el procedimiento de cogerlo en brazos y meterlo en casa; en realidad se llama Mauricio pero Madagascar es superfan de Manolito Gafotas y acabamos todos llamándole Cobejo)

Héctor, Eli, y la lechuga llegaron en plena semana cultural, mientras estábamos en la iglesia haciendo la lectura comunitaria de “La perla”. Es que este año la mayoría de los actos culturales se han celebrado en la iglesia, con lo que las viejas han tenido motivos para pasarse días protestando. Bueno, en realidad se han celebrado en la iglesia todos los actos culturales a excepción del bingo y el lanzamiento de ruedas. Del bingo y del lanzamiento de ruedas ya les contaré en otra ocasión, si quieren, que han tenido sus risas. Héctor, Eli, y la lechuga viajera llegaron justo cuando terminaba yo de leer el capítulo que me tocaba. “¿Qué hacéis todo el pueblo en la iglesia?” preguntó Héctor con un puntito de asombro. “Estamos leyendo a Steinbeck”. “Emmm... ¿Steinbeck por qué?” Ahí lo propio sería que alguna de las viejas se hubiera vuelto y hubiera dicho “¡con lo que es Steinbeck en este pueblo!”, pero no, en su lugar todo el mundo se encogió de hombros y siguió escuchando las aventuras y desventuras de Kino. Y ahí les dejamos y nos fuimos a casa, que ellos tres venían cansados del viaje. En la puerta de la casa nos encontramos sentado a Señor Padre: “estoy esperando a Epig, que va a traer una cosa especial que tiene para arreglar la chimenea”. Eli se encogió de hombros y subió a echarse (“Despertadme para el bingo”) un rato pero a Héctor le pudo la curiosidad por ver tanto el extraño artilugio como al técnico mismo en acción.

Y allá que apareció Epigmenio con el artilugio especial de última tecnología: una cuerda larguísima a la que habían atado una escoba de pajotes. Y comenzó el procedimiento. Epigmenio se subió al tejado y Señor Padre esperó a que la cuerda asomara por debajo la trébede, momento que aprovechó para cogerla y tirar con fuerza. Le teoría era que uno sujetara la cuerda por arriba y otro tirase por abajo para que la escoba fuera limpiando el tiro de porquería y lo dejara listo de papeles. A medio recorrido Señor Padre me miró. “Esto se ha atascado, díselo a Epig”. Yo salí y me puse a dar voces. Epig me miró y dijo: “dile que tire fuerte”. Yo entré y se lo dije a Señor Padre. “Dile que no hay manera”. “Dile que tiene que haberla”. Y así hasta que me hartaron un poco, sobre todo porque entender a Epig me costaba un mundo. “Dice Epig algo de la madre que parió a la escoba, y que no sé qué de sus cojones y una barra”. Señor Padre, que me conoce, me miró impasible y sólo dijo: “vale”. Y salió a ver. A ver a Epig bajarse del tejado refunfuñando que parecía que estaba rezando el Rosario. Todo bajo la atenta mirada de Héctor, que lo estaba grabando en vídeo y que cruzó los dedos para que Epig recuperase la escoba perdida, que sólo faltaba que se estropeara el invento para siempre.

Epig volvió al rato armado con una barra de hierro larguísima, que debía pesar un congo, y sin dejar de mascullar juramentos la metió por la chimenea y se puso a golpear a cuanto enemigo invisible se escondía en el tiro. “Habrá un pájaro muerto atascado” dijo una vieja que miraba el espectáculo. “Con los zurriagazos que está dando el Epig más parece que haya atascado un jabalí” me susurró Héctor. Y, claro, me acojoné un poco sólo de pensar en lo que podría ser un jabalí cayendo por el tiro de la chimenea. Al rato Epig dejó de castigar la nada y me pidió un cable largo, como de al menos siete metros de largo, que estuviera enchufado y tuviera al otro lado una bombilla. Le miré. “Te vale una linterna de petaca, Epig?” “Vale” contestó sin inmutarse. Y allá que metió un brazo por la chimenea y encendió la linterna. “¿Ves la luz?” gritó a Señor Padre, que tumbado en la cocina había metido medio cuerpo debajo de la trébede. “¡¡¡Sí!!!” Héctor y yo no pudimos contenernos. “Aléjate de ella, aléjate de ella”, gritamos poniendo vocecita de pitufos. Señor Padre salió de la chimenea todo tiznado, y nos miró tan seriamente que nos cortó las risas de golpe.

Epigmenio bajó del tejado, entre los aplausos de los numerosos mirones (todos los que habían asistido a la lectura comunitaria porque la casa está justo frente a la iglesia y según salían se habían ido quedando a mirar), y él y Señor Padre se fueron a celebrar el éxito de la operación como si tal cosa.

-¿Y esto es normal? – preguntó Héctor.
-Sí- suspiró Madagascar –Aquí siempre son así de frikis. Tú verás mañana el lanzamiento de ruedas por el monte.
-Pero... no entiendo por qué no te apetece estar aquí, si esto es genial.

Claro, ahí Madagascar le echó su mirada más furibunda. Pero no le hicimos ni caso, en lugar de eso despertamos a Eli y nos fuimos al bingo

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Venecia

Tenía tantas ganas de venir a Venecia que cuando llegamos la ciudad me parece irreal. El portal de entrada es oscuro y las escaleras son estrechas y también oscuras. Subimos hasta la última planta. El piso es pequeño y todas las habitaciones están asomadas a uno de los canales. Massimo me explica que mañana, cuando amanezca, se verá luminoso. Pero eso será mañana. Hoy, ahora, en plena noche, está sumido en la penumbra; cansada como estoy, si me dejara arrastrar por las sensaciones me resultaría incluso un tanto siniestro. Abro el balcón del dormitorio y antes de asomarme me llega el sonido y el olor del agua. Recuerdo a Umberto, desdeñoso, "Venezia è bella, cara, ma ha un cattivo odore... el olor, uf, el olor tan malo". A Umberto, tan siciliano, se le ha llenado la boca con los defectos de esta ciudad del norte, desde la luz ("non c'è luce, la luz, cara, la luz, como quella del Sud") hasta la forma de cocinar, el olor y la actitud de la gente. De hecho no ha querido venir con nosotros. Massimo me ve asomada al balcón y me pregunta si está todo bien, si no hace demasiado frío con la ventana abierta. Se ríe cuando le digo que no me huele mal, que no huele a agua estancada sino que huele a agua profunda, a agua antigua. Massimo es veneciano, se ha criado aquí y dice que él no nota el olor; para él Venecia huele a su casa, a su infancia, al colegio.

La luz de la mañana, filtrándose por las contraventanas de madera, resulta mágica. Las abro y, aunque yo habría preferido estar en un cuadro de Canaletto, es como meterme en una película, la vista responde a todos los tópicos: ropa tendida, barcas yendo y viniendo, gente riendo y hablando de una ventana a otra. Massimo se asoma conmigo, me va traduciendo lo que dicen las distintas voces que oimos. Me quedo sola en el balcón, mientras él se ducha y se prepara para irnos a recorrer la ciudad, y me doy cuenta de que los edificios de la calle no es que no sean bonitos, es que son feos, ninguno de ellos se salva, pero el conjunto resulta espectacular. Se lo digo a Massimo y le pregunto si es la tónica general de la ciudad, sonríe y me dice que esta noche lo hablamos.

jueves, 23 de julio de 2009

Vacaciones



Pues eso. Pásenlo bien.