martes, 27 de mayo de 2008
Nefta
Llegamos a Nefta a media mañana. De lejos, a la luz del sol, la ciudad me resulta cegadora de puro deslumbrante. Por contraste, el palmeral parece oscuro, incluso umbrío, da sensación de frescor. Atravesamos las calles y llegamos al hotel. Parece vacío. Preguntamos al recepcionista y nos dice que tienen una ocupación del ochenta por ciento y que todos los turistas son europeos. Atravesamos las salas del hotel sin cruzarnos casi con nadie. Salah ha concertado una cita para ver varias villas de la ciudad así que tenemos el tiempo justo para dejar las cosas y volver a salir. Cuando volvemos está anocheciendo. Durante la cena la luz parpadea un par de veces. El maitre nos explica que es por las tormentas eléctricas y le quita importancia. Después de cenar voy a la piscina. Allí hay otras dos personas. El agua está fresca. Se vuelve a ir la luz en el hotel. Desde la piscina vemos a lo lejos los relámpagos de la tormenta.
domingo, 18 de mayo de 2008
Kasserine
Tengo sed. Intento beber pero cuando me llevo la botella a la boca el coche pilla un bache y el agua se me derrama por la barbilla y el escote. El conductor, Miguel, me ve por el retrovisor, se ríe y se me pide disculpas. Miguel no se llama Miguel, tiene un nombre impronunciable para mí pero es exactamente igual que el Miguel Bosé que cantaba “Linda”, y todas las turistas españolas se lo dicen de modo que cuando se presentó lo hizo directamente así: “Miguel, como Bosé”. Miguel disfruta con su trabajo. Le gustan los turistas, dice que los turistas no se plantean complicaciones; cuando vienen son felices porque están de vacaciones y nunca hablan de problemas ni se lamentan porque no ganan suficiente para mantener a su familia o porque no puedan casar a una hija. Además, Miguel dice no ser hombre de permanecer mucho tiempo en el mismo sitio; prefiere moverse aunque nunca demasiado lejos, quiere tener todo bajo control pero que nadie ni nada le controle a él. Le gusta recorrer el país entero aunque prefiere el sur. Me ha prometido que cuando vayamos al sur me llevará a Djenein, conocer a su familia.
Durante varios días hemos recorrido las pistas de montaña de Al Qasrayn sin encontrar casi turistas; únicamente en el paso de Kasserine hemos coincidido con un grupo de ingleses. La mayoría son jubilados. Pertenecen a una especie de club o sociedad que estudia la segunda guerra mundial y han decidido hacer un tour para conocer los escenarios africanos de la contienda. Están siguiendo los pasos de los americanos que desembarcaron en Marruecos. Miran y fotografían el escenario de la derrota intentando imaginar el desastre. Se recuerdan cosas mutuamente, cuando uno duda siempre hay varios dispuestos a recordar por él. Me cuentan que mañana viajarán a Tatauin y que el viaje finalizará en Djerba, donde piensan descansar unos días antes de volver a Inglaterra.
Dejamos a los ingleses recordando la historia y salimos rumbo a Tozeur pasando por Gafsa. Aunque la idea de volver al desierto me estimula no tengo ninguna prisa por llegar; no quiero perderme ni un minuto de estas pistas de montaña, áridas, abruptas, a veces invisibles, siempre a punto de borrarse y sin embargo tan permanentes, tan atemporales que parece que están aquí desde antes de que existiera el país. Salah, el guía, me explica que Gafsa es una ciudad bonita pero poco visitada por el turismo. Dependiendo del día a Salah esto de parece bien o fatal. Respecto al turismo tiene el corazón partido. Por un lado le parece que el desarrollo turístico va a convertir el país en un parque temático anulando la riqueza de su cultura y no quiere convertirse en títere de los europeos; por otro sabe que es una buena salida económica para el país y además se siente orgulloso de mostrarlo a los visitantes. Las contradicciones de Salah aumentan en su vida personal: no quiere vivir fuera fura de Túnez pero en Barcelona tiene una novia embarazada de seis meses. A veces Salah está poseído de amor patrio y rechaza cualquier cosa que venga de Europa. Otras veces se deja arrastrar por el desánimo y no ve otra salida a la falta de desarrollo del país que no sea la europeización. Pero sea cual sea su estado de ánimo Salah está siempre encantado de hablar de la cultura del país. Y lo hace con orgullo.
Cuando Salah ve mis dificultades para beber en marcha sonríe y me dice que a medida que vayamos bajando las carreteras serán diferentes, pero no especifica si eso quiere decir que serán mejores o peores. De momento siguen siendo firmes. Estamos bajando por la ladera de una montaña. Salah está hablándome de la época dorada del renacimiento cultural tunecino cuando Miguel detiene el todoterreno. Un arroyo atraviesa la carretera y, en medio, hay una furgoneta atascada. A ambos lados del arroyo esperan varios vehículos. Bajamos y nos acercamos a ayudar. Nos dicen que anteayer hubo tormentas en Argelia y estos son los efectos de la lluvia. Miguel y Salah se meten en el cauce del arroyo para echar una mano a los que intentan sacar la furgoneta. Yo me siento y miro. Un grupo de niños corretea alrededor nuestro; me miran y sonríen, no se acercan a pedir monedas como en otros países. Les ofrezco chicles y se sientan conmigo. Saco la cámara y les fotografío. Me fotografían ellos a mí. Vemos las fotos y nos reímos. Jugamos. Me enseñan una canción Una mujer se acerca. Va dando una naranja a cada niño. También a mi me da una.
Durante varios días hemos recorrido las pistas de montaña de Al Qasrayn sin encontrar casi turistas; únicamente en el paso de Kasserine hemos coincidido con un grupo de ingleses. La mayoría son jubilados. Pertenecen a una especie de club o sociedad que estudia la segunda guerra mundial y han decidido hacer un tour para conocer los escenarios africanos de la contienda. Están siguiendo los pasos de los americanos que desembarcaron en Marruecos. Miran y fotografían el escenario de la derrota intentando imaginar el desastre. Se recuerdan cosas mutuamente, cuando uno duda siempre hay varios dispuestos a recordar por él. Me cuentan que mañana viajarán a Tatauin y que el viaje finalizará en Djerba, donde piensan descansar unos días antes de volver a Inglaterra.
Dejamos a los ingleses recordando la historia y salimos rumbo a Tozeur pasando por Gafsa. Aunque la idea de volver al desierto me estimula no tengo ninguna prisa por llegar; no quiero perderme ni un minuto de estas pistas de montaña, áridas, abruptas, a veces invisibles, siempre a punto de borrarse y sin embargo tan permanentes, tan atemporales que parece que están aquí desde antes de que existiera el país. Salah, el guía, me explica que Gafsa es una ciudad bonita pero poco visitada por el turismo. Dependiendo del día a Salah esto de parece bien o fatal. Respecto al turismo tiene el corazón partido. Por un lado le parece que el desarrollo turístico va a convertir el país en un parque temático anulando la riqueza de su cultura y no quiere convertirse en títere de los europeos; por otro sabe que es una buena salida económica para el país y además se siente orgulloso de mostrarlo a los visitantes. Las contradicciones de Salah aumentan en su vida personal: no quiere vivir fuera fura de Túnez pero en Barcelona tiene una novia embarazada de seis meses. A veces Salah está poseído de amor patrio y rechaza cualquier cosa que venga de Europa. Otras veces se deja arrastrar por el desánimo y no ve otra salida a la falta de desarrollo del país que no sea la europeización. Pero sea cual sea su estado de ánimo Salah está siempre encantado de hablar de la cultura del país. Y lo hace con orgullo.
Cuando Salah ve mis dificultades para beber en marcha sonríe y me dice que a medida que vayamos bajando las carreteras serán diferentes, pero no especifica si eso quiere decir que serán mejores o peores. De momento siguen siendo firmes. Estamos bajando por la ladera de una montaña. Salah está hablándome de la época dorada del renacimiento cultural tunecino cuando Miguel detiene el todoterreno. Un arroyo atraviesa la carretera y, en medio, hay una furgoneta atascada. A ambos lados del arroyo esperan varios vehículos. Bajamos y nos acercamos a ayudar. Nos dicen que anteayer hubo tormentas en Argelia y estos son los efectos de la lluvia. Miguel y Salah se meten en el cauce del arroyo para echar una mano a los que intentan sacar la furgoneta. Yo me siento y miro. Un grupo de niños corretea alrededor nuestro; me miran y sonríen, no se acercan a pedir monedas como en otros países. Les ofrezco chicles y se sientan conmigo. Saco la cámara y les fotografío. Me fotografían ellos a mí. Vemos las fotos y nos reímos. Jugamos. Me enseñan una canción Una mujer se acerca. Va dando una naranja a cada niño. También a mi me da una.
jueves, 15 de mayo de 2008
miércoles, 14 de mayo de 2008
Evasión (¿y victoria?)
Estaba harta de trabajar, de ocuparse de su madre, de vecinos ruidosos, del barrio inhóspito, de la rutina gris y deprimente. Una noche soñó con la vida que le gustaría llevar. Desde entonces todas las noches vivía esa vida luminosa, y dormida era feliz. En sus sueños tuvo familia, ascendió en el trabajo, se fue a vivir a la montaña, tuvo un perro y se operó la nariz. Sólo despierta era desgraciada. Poco a poco fue alargando las horas de sueño y una mañana no despertó. Los médicos hablaron de un extraño coma aparentemente voluntario. Dormida no dejaba de sonreír.
domingo, 11 de mayo de 2008
Una vez que maté a un gato...
Cuando tenía más o menos ocho años vino al colegio un psicólogo que, entre otras cosas, nos hizo pruebas de orientación profesional y laboral. Fue bastante divertido. Durante el tiempo que duró aquello nos quitaron las clases de religión para hacer las pruebas, que consistieron en charlas, entrevistas personales, y en algo así como veinte cuestionarios distintos. Luego llamaron a nuestros padres para hablar sobre los resultados. A los míos les pareció curiosísimo que alguien pensara que era operativo hacer pruebas de orientación profesional y laboral a niños tan chicos pero como eso venía en el paquete general allá que fueron el día que les tocó. Y nosotras, o sea B1 y yo, con ellos porque, cosa rara, las entrevistas las hacían con el acusado delante, y es que bien mirado aquello venía a ser como un juicio en el que el psicólogo ejercía al tiempo de juez y fiscal, y los padres a veces hacían de fiscal y a veces de abogado, dependiendo de cómo hubieran tenido el día, de cómo nos hubiéramos portado los acusados, y de qué fibra sensible les tocara el psicólogo. Aquella tarde los míos optaron por la versión abogado cínico porque, como decían siempre todas las madres, nadie iba a conocer a sus cachorros mejor que ellas. Bueno, por eso y porque nunca se han fiado ni medio pelo de los psicólogos, psicoterapeutas, y demás. Y desde aquella tarde menos.
Recuerdo que el psicólogo cogió mi expediente, lo abrió, me miró, miró a mis padres, y sin dejarse amilanar por el ambiente francamente hostil (mi madre y yo levantamos la ceja izquierda exactamente igual y da miedo, palabra) comenzó a decir cómo era yo. Al ratillo relajé la ceja, y poco a poco me fueron entrando ganas hasta de sonreir. Si es que yo era una joya total. Cada poco mi madre me miraba con la ceja petrificada en lo alto de la frente, con cara de no creerse ni medio de lo que estaba escuchando. Y así llegamos, sin ninguna interrupción, al final de la entrevista, en la que el psicólogo les informó a mis progenitores que yo tenía muchas aptitudes para ser... ¡¡¡oceanógrafa!!! Mis padres hicieron gala de una magnífica rapidez de reflejos y consiguieron recoger la mandíbula (que se les había descolgado por la sorpresa) en menos de dos segundos, para girarse y mirarme asombrados. Yo respondí sacando todos los dientes (menos uno que se me había caído hacía dos días) al escenario de la mejor de mis sonrisas. Y mientras, el psicólogo continuaba hablando sobre lo clarísimamente que se veía mi futura profesión, como si fuera la bruja Averías, vaya.
Mis padres aguantaron todavía la sesión correspondiente a B1, que también les regaló unas cuantas sorpresas (de las que no voy a hablar ni hoy ni nunca primero porque éste es mi blog y a mí nadie me quita el protagonismo en mi espacio, y segundo porque de las cosas ajenas no se habla) y volvieron a casa con cara de haber visto un extraterrestre. Después, mientras cenábamos, nos sometieron a un tercer grado para que les contáramos qué habíamos hecho y dicho exactamente en las pruebas. Yo, que incluso desde mis ocho años sabía que aquello no había sido muy de fiar, remoloneé un poco pero al final les dije que el test para determinar mi futura profesión constaba únicamente de la pregunta “¿Qué quieres ser de mayor?”, pregunta a la que yo, que me pasaba horas viendo los programas de Jacques Cousteau (incluso había conseguido que me compraran un gorrito de lana como el suyo y lo llevaba siempre puesto), había contestado sin titubear y con mi mejor letra (y mi caligrafía siempre ha sido excepcional): “Oceanógrafa”. Teniendo en cuenta que hablamos de niños de entre seis y ocho años, todos con unas letrujas horribles, era normal que el psicólogo hubiera más que visto leído mi futuro con tanta claridad. La credibilidad de los informes quedó enterrada por una hora de carcajadas paternas.
Ya sé que las cosas han cambiado mucho pero semejante experiencia echó por tierra, para siempre jamás amén, mi confianza en los programas de orientación estudiantil, así que cada vez que alguna de las niñas me viene diciendo que ha hablado con el orientador del instituto se me ponen todas las neuronas en alerta. Entre otras cosas porque el curso pasado al orientador se le ocurrió la brillante idea de que los padres diéramos a los chavales charlas sobre nuestras profesiones y me encontré citada para dar una conferencia sobre ¡¡¡medicina!!! Así que ni caso, ya les hacemos nosotros la orientación profesional en casa. Reconozco que, claro, nuestras sugerencias no dejan de tener un punto arbitrario pero lógico, y cambian dependiendo del mercado y de las percepciones caseras. Así, cuando estábamos reconstruyendo el jardín tras la riada, consideramos seriamente inscribirlas en algún curso para hacerlas gruístas, alicatadoras, o jardineras paisajistas. Cuando veo salir del garaje al vecino, que tiene una clínica de adelgazamiento y depilación, con un coche cada vez más espectacular, me convenzo de que el futuro está en hacerse sacamantecas o quitapelos. Claro que cuando veo los dibujos de Madagascar y las casitas que les hace a los SIMS pienso que debería ser arquitecto. Y así.
Últimamente, y después de haber tenido que desatascar las tuberías dos veces a razón de ciento veinte euros la vez, la fontanería estaba ganando la partida al resto de las profesiones, y llevaba yo insistiendo en las múltiples ventajas que tenía ser fontanera hasta que la semana pasada tuvo que volver el fontanero y estropeó el plan. Esta vez no había sido la tubería (ésa tocará dentro de un mes, y seguirá tocando hasta que alguien recuerde dónde narices está la arqueta general, que la tenemos perdida y es la culpable de los atascos) sino algo que me veo incapaz de pronunciar situado en la parte baja de la bañera. “Hay que quitar un par de azulejos” sentenció el fontanero Carlos. Yo puse los ojos en blanco. “No te preocupes, que yo te los pongo después” dijo Carlos, el fontanero acompañante (yo sé que uno de ellos no se llama Carlos, que Carlos es el fontanero dueño de la empresa, que para eso se llama Fontanería Carlos, pero como todavía no sé cuál es he optado por llamarles así a todos y lo curioso es que los cuatro que trabajan allí me responden), así que se pusieron manos a la obra.
Como ya tengo callo en esto de las obras, reparaciones y tal, y ya sé a qué trabajadores hay que vigilar de cerca porque son peligrosísimos y como te descuides te ponen los azulejos del revés y a cuáles no, y estos son de los buenos (o al menos hasta entonces lo eran) les dejé trabajar tranquilos. Y quitaron los azulejos. Y arreglaron el esforcie de la bañera. Y volvieron a colocar los azulejos. Y cobraron. Y se fueron. Y ahí habría puesto el chimpún final si no fuera porque horas después, en cuanto se hizo de noche, Madagascar echó de menos a su gata Toffee y se puso la mar de lastimera. Le dijimos que no se pusiera coplera que seguro que la gata estaba dándose una vuelta por los jardines de alrededor y ahí quedó la cosa hasta más o menos las dos de la madrugada, cuando Kenya me despertó algo alarmada: “Baja, anda, que en la casa hay un poltergeist”.
Con semejante anuncio a mi lo único que me apetecía era meter la cabeza bajo las sábanas pero bajé con ella a ver qué pasaba.
- Oigo unos ruidos rarísimos dentro de la casa pero he mirado y no hay nada.
- ¿Qué tipo de ruidos?
- Pues muy raros, como si alguien quisiera salir de su tumba. Y un niño pequeño llora y dice “mamá”.
No quise hacer comentarios pero tomé nota de que había que quitarle a Kenya la afición a los libros de terror. Inspeccionamos la planta de abajo y efectivamente del cuarto de baño salían unos ruidos extraños. Entramos y en ese momento se escuchó una vocecita lejanísima que decía claramente “mamá”. Kenya me apretó el brazo.
- Igual la casa está construida encima de algún cementerio abandonado, o igual mataron una vez a alguien y le emparedaron en la casa, o...
Se me hizo la luz.
-...O los Carlos han dejado a Toffee emparedada dentro de la bañera.
Nos acercamos a la bañera y efectivamente, en la lejanía se escuchaba maullar a la pobre Toffee, desesperada por que alguien la sacara de allí.
- ¿Y ahora qué hacemos?
- Pues quitar un azulejo para que pueda salir, mujer, no hay otra posibilidad.
Al tercer golpecito contra las junturas de los azulejos entraron JB y Madagascar con cara de sueño. La cara de sueño se les mantuvo agravada por la expresión de alucinados que se les puso cuando, tras conseguir hacer saltar el azulejo salió la gata aspaventada y con ojos de enloquecida sin dejar de maullar como si estuviera poseída. Madagascar la cogió en brazos y me miró con frialdad.
- Y tú querías que estudiáramos para ser emparedadoras de gatos. Tch... tch...
Recuerdo que el psicólogo cogió mi expediente, lo abrió, me miró, miró a mis padres, y sin dejarse amilanar por el ambiente francamente hostil (mi madre y yo levantamos la ceja izquierda exactamente igual y da miedo, palabra) comenzó a decir cómo era yo. Al ratillo relajé la ceja, y poco a poco me fueron entrando ganas hasta de sonreir. Si es que yo era una joya total. Cada poco mi madre me miraba con la ceja petrificada en lo alto de la frente, con cara de no creerse ni medio de lo que estaba escuchando. Y así llegamos, sin ninguna interrupción, al final de la entrevista, en la que el psicólogo les informó a mis progenitores que yo tenía muchas aptitudes para ser... ¡¡¡oceanógrafa!!! Mis padres hicieron gala de una magnífica rapidez de reflejos y consiguieron recoger la mandíbula (que se les había descolgado por la sorpresa) en menos de dos segundos, para girarse y mirarme asombrados. Yo respondí sacando todos los dientes (menos uno que se me había caído hacía dos días) al escenario de la mejor de mis sonrisas. Y mientras, el psicólogo continuaba hablando sobre lo clarísimamente que se veía mi futura profesión, como si fuera la bruja Averías, vaya.
Mis padres aguantaron todavía la sesión correspondiente a B1, que también les regaló unas cuantas sorpresas (de las que no voy a hablar ni hoy ni nunca primero porque éste es mi blog y a mí nadie me quita el protagonismo en mi espacio, y segundo porque de las cosas ajenas no se habla) y volvieron a casa con cara de haber visto un extraterrestre. Después, mientras cenábamos, nos sometieron a un tercer grado para que les contáramos qué habíamos hecho y dicho exactamente en las pruebas. Yo, que incluso desde mis ocho años sabía que aquello no había sido muy de fiar, remoloneé un poco pero al final les dije que el test para determinar mi futura profesión constaba únicamente de la pregunta “¿Qué quieres ser de mayor?”, pregunta a la que yo, que me pasaba horas viendo los programas de Jacques Cousteau (incluso había conseguido que me compraran un gorrito de lana como el suyo y lo llevaba siempre puesto), había contestado sin titubear y con mi mejor letra (y mi caligrafía siempre ha sido excepcional): “Oceanógrafa”. Teniendo en cuenta que hablamos de niños de entre seis y ocho años, todos con unas letrujas horribles, era normal que el psicólogo hubiera más que visto leído mi futuro con tanta claridad. La credibilidad de los informes quedó enterrada por una hora de carcajadas paternas.
Ya sé que las cosas han cambiado mucho pero semejante experiencia echó por tierra, para siempre jamás amén, mi confianza en los programas de orientación estudiantil, así que cada vez que alguna de las niñas me viene diciendo que ha hablado con el orientador del instituto se me ponen todas las neuronas en alerta. Entre otras cosas porque el curso pasado al orientador se le ocurrió la brillante idea de que los padres diéramos a los chavales charlas sobre nuestras profesiones y me encontré citada para dar una conferencia sobre ¡¡¡medicina!!! Así que ni caso, ya les hacemos nosotros la orientación profesional en casa. Reconozco que, claro, nuestras sugerencias no dejan de tener un punto arbitrario pero lógico, y cambian dependiendo del mercado y de las percepciones caseras. Así, cuando estábamos reconstruyendo el jardín tras la riada, consideramos seriamente inscribirlas en algún curso para hacerlas gruístas, alicatadoras, o jardineras paisajistas. Cuando veo salir del garaje al vecino, que tiene una clínica de adelgazamiento y depilación, con un coche cada vez más espectacular, me convenzo de que el futuro está en hacerse sacamantecas o quitapelos. Claro que cuando veo los dibujos de Madagascar y las casitas que les hace a los SIMS pienso que debería ser arquitecto. Y así.
Últimamente, y después de haber tenido que desatascar las tuberías dos veces a razón de ciento veinte euros la vez, la fontanería estaba ganando la partida al resto de las profesiones, y llevaba yo insistiendo en las múltiples ventajas que tenía ser fontanera hasta que la semana pasada tuvo que volver el fontanero y estropeó el plan. Esta vez no había sido la tubería (ésa tocará dentro de un mes, y seguirá tocando hasta que alguien recuerde dónde narices está la arqueta general, que la tenemos perdida y es la culpable de los atascos) sino algo que me veo incapaz de pronunciar situado en la parte baja de la bañera. “Hay que quitar un par de azulejos” sentenció el fontanero Carlos. Yo puse los ojos en blanco. “No te preocupes, que yo te los pongo después” dijo Carlos, el fontanero acompañante (yo sé que uno de ellos no se llama Carlos, que Carlos es el fontanero dueño de la empresa, que para eso se llama Fontanería Carlos, pero como todavía no sé cuál es he optado por llamarles así a todos y lo curioso es que los cuatro que trabajan allí me responden), así que se pusieron manos a la obra.
Como ya tengo callo en esto de las obras, reparaciones y tal, y ya sé a qué trabajadores hay que vigilar de cerca porque son peligrosísimos y como te descuides te ponen los azulejos del revés y a cuáles no, y estos son de los buenos (o al menos hasta entonces lo eran) les dejé trabajar tranquilos. Y quitaron los azulejos. Y arreglaron el esforcie de la bañera. Y volvieron a colocar los azulejos. Y cobraron. Y se fueron. Y ahí habría puesto el chimpún final si no fuera porque horas después, en cuanto se hizo de noche, Madagascar echó de menos a su gata Toffee y se puso la mar de lastimera. Le dijimos que no se pusiera coplera que seguro que la gata estaba dándose una vuelta por los jardines de alrededor y ahí quedó la cosa hasta más o menos las dos de la madrugada, cuando Kenya me despertó algo alarmada: “Baja, anda, que en la casa hay un poltergeist”.
Con semejante anuncio a mi lo único que me apetecía era meter la cabeza bajo las sábanas pero bajé con ella a ver qué pasaba.
- Oigo unos ruidos rarísimos dentro de la casa pero he mirado y no hay nada.
- ¿Qué tipo de ruidos?
- Pues muy raros, como si alguien quisiera salir de su tumba. Y un niño pequeño llora y dice “mamá”.
No quise hacer comentarios pero tomé nota de que había que quitarle a Kenya la afición a los libros de terror. Inspeccionamos la planta de abajo y efectivamente del cuarto de baño salían unos ruidos extraños. Entramos y en ese momento se escuchó una vocecita lejanísima que decía claramente “mamá”. Kenya me apretó el brazo.
- Igual la casa está construida encima de algún cementerio abandonado, o igual mataron una vez a alguien y le emparedaron en la casa, o...
Se me hizo la luz.
-...O los Carlos han dejado a Toffee emparedada dentro de la bañera.
Nos acercamos a la bañera y efectivamente, en la lejanía se escuchaba maullar a la pobre Toffee, desesperada por que alguien la sacara de allí.
- ¿Y ahora qué hacemos?
- Pues quitar un azulejo para que pueda salir, mujer, no hay otra posibilidad.
Al tercer golpecito contra las junturas de los azulejos entraron JB y Madagascar con cara de sueño. La cara de sueño se les mantuvo agravada por la expresión de alucinados que se les puso cuando, tras conseguir hacer saltar el azulejo salió la gata aspaventada y con ojos de enloquecida sin dejar de maullar como si estuviera poseída. Madagascar la cogió en brazos y me miró con frialdad.
- Y tú querías que estudiáramos para ser emparedadoras de gatos. Tch... tch...
jueves, 8 de mayo de 2008
El hombre de los remordimientos
La primera vez que me besó sabía a limón. Y no hablo metafóricamente. Estaba bebiendo un refresco y la boca se me llenó de su sabor. El hombre de limón. No me sorprendió, pensé que no podía saber a otra cosa, que era en realidad dulce y ácido como un limón con azúcar, refrescante y persistente. Me había atraido desde el principio aunque no me había dado cuenta porque para eso soy bastante torpe. Sabía que me gustaba su compañía, que pasaba con él la mayor parte del tiempo que podía, por puro gusto, y que cuando caminábamos lo hacíamos tan cerca uno del otro que nuestros brazos siempre estaban en contacto y eso me agradaba, pero no fui consciente de cuánto y cómo me gustaba hasta una mañana en la que me olió el cuello y la sangre se me agolpó en el pecho hasta casi dolerme. Me pasé el día con la boca abierta intentando expulsar las docenas de mariposas que parecían haber elegido mi estómago como lugar de paseo, pero no hubo manera. Menos mal que pasamos pronto al sexo porque si no el deseo me habría ahogado de puro tangible que llegó a hacerse. Era uno de los hombres más elegantes que he conocido, uno de los más educados, pero en la cama tenía un punto salvaje e incontrolado que lo hacía aún más excitante. Un día dejó de ser el hombre de limón y se convirtió en el hombre de los remordimientos. Los remordimientos se le instalaron en la conciencia y para apaciguarlos sacrificó unilateralmente el enamoramiento, el deseo, y las tardes de sexo y maravilla. Las mariposas del estómago me provocaron unas náuseas dolorosas. Tuve que esperar meses hasta que murieron, y entonces vomité una masa de amargos cadáveres de alas muertas. No sé si los remordimientos tienen el mismo sabor pero por si acaso no pienso probarlos; se los dejo todos a él.
lunes, 28 de abril de 2008
Balitalia
Umberto y Massimo llevan varios días hablándome de ellas. Yo todavía no las he visto actuar así que no puedo compartir su fascinación pero me hace gracia verles entusiasmados como chiquillos. Por su parte ellos no entienden cómo no corro cada noche a verlas bailar. Este año el festival internacional de folklore de Agrigento cuenta con la participación de varios grupos asiáticos que, además del escenario, han llenado la ciudad de color.
El grupo de India me encanta. Es como una tribu: los músicos son ancianos de aspecto venerable, largas barbas blancas y turbantes de colores vibrantes; hay varias mujeres con pinta de matronas, jaquetonas, desbordantes, que cantan y no pierden de vista a los bailarines, adolescentes elásticos que huelen a aceites aromáticos. Los indios se mueven en grupo y son ruidosos y divertidos; los bailarines ríen mucho y visten colores alegres.
Hay también un grupo de Mongolia, hombres y mujeres curiosos que no hablan con nadie porque nadie más que su traductor les entiende, pero que están prestos a la sonrisa, y que llenan el escenario de máscaras, sedas, e instrumentos exóticos.
A ellas, a las bailarinas balinesas de las que habla todo el mundo, todavía no las he visto bailar pero sí las he visto atravesar en fila las calles de la ciudad, silenciosas, moviéndose como si pisaran nubes en vez de adoquines.
Esta noche la gala se celebra en el valle de los templos. Hace frío. El público se cubre con mantas de viaje. Los bailarines de los distintos grupos hacen calentamientos y cuando terminan su turno se abrigan y se mezclan con el público para ver las demás actuaciones. El último en actuar es el grupo de Bali. Las bailarinas salen al escenario. Se oye un murmullo general y cuando comienzan a danzar se hace un silencio profundo. A mi lado Umberto me lanza miradas fugaces y sonríe. Me sacude suavemente. “Te quedas hipnotizada”. Sonrío sin mirarle. Ciertamente no puedo apartar la vista de esas muñecas diminutas, frágiles, que se mueven con la delicadeza de las mariposas y que son, como ha dicho Massimo unas cuantas veces, las mujeres más femeninas que he visto nunca. Las miro a través del visor de la cámara y por un momento temo no conseguir fijar la imagen de estas criaturas leves.
El grupo de India me encanta. Es como una tribu: los músicos son ancianos de aspecto venerable, largas barbas blancas y turbantes de colores vibrantes; hay varias mujeres con pinta de matronas, jaquetonas, desbordantes, que cantan y no pierden de vista a los bailarines, adolescentes elásticos que huelen a aceites aromáticos. Los indios se mueven en grupo y son ruidosos y divertidos; los bailarines ríen mucho y visten colores alegres.
Hay también un grupo de Mongolia, hombres y mujeres curiosos que no hablan con nadie porque nadie más que su traductor les entiende, pero que están prestos a la sonrisa, y que llenan el escenario de máscaras, sedas, e instrumentos exóticos.
A ellas, a las bailarinas balinesas de las que habla todo el mundo, todavía no las he visto bailar pero sí las he visto atravesar en fila las calles de la ciudad, silenciosas, moviéndose como si pisaran nubes en vez de adoquines.
Esta noche la gala se celebra en el valle de los templos. Hace frío. El público se cubre con mantas de viaje. Los bailarines de los distintos grupos hacen calentamientos y cuando terminan su turno se abrigan y se mezclan con el público para ver las demás actuaciones. El último en actuar es el grupo de Bali. Las bailarinas salen al escenario. Se oye un murmullo general y cuando comienzan a danzar se hace un silencio profundo. A mi lado Umberto me lanza miradas fugaces y sonríe. Me sacude suavemente. “Te quedas hipnotizada”. Sonrío sin mirarle. Ciertamente no puedo apartar la vista de esas muñecas diminutas, frágiles, que se mueven con la delicadeza de las mariposas y que son, como ha dicho Massimo unas cuantas veces, las mujeres más femeninas que he visto nunca. Las miro a través del visor de la cámara y por un momento temo no conseguir fijar la imagen de estas criaturas leves.
viernes, 25 de abril de 2008
Insomnio
Se levantó a beber agua y aprovechó para echar una meadita. Volvió a la cama. Eran ya las dos de la madrugada y no conseguía pegar ojo. Había probado todo y seguía despierto. Al otro lado de la puerta las ovejitas balaban dulcemente. Se sintió Ulises y decidió que podía pasar de sirenas. A la luz de la luna se puso a contar las flores del papel pintado de la pared, pero ni por ésas. A las cuatro abrió la puerta y dejó entrar al rebaño pensando que esa vez limpiaría las cagarrutas antes de que se levantara su madre.
miércoles, 23 de abril de 2008
Limones
Antes de llegar a Georgianoi paramos en algo que aquí llamaríamos venta. Yannis, que conoce el sitio, negocia la comida. Hemos tenido suerte: el grupo se cierra con nosotros. Yannis me explica que el dueño hace un menú para un número determinado de comensales y no admite ni uno más. Hoy están asando piernas de cordero y vamos a compartir mesa con un grupo de turistas ingleses. Mientras el cordero termina de hacerse nos sentamos en el patio, a la sombra de una parra. Una mujer nos pone delante una jarra de retsina y un platito con olivas negras y dientes de ajo. Creo que es uno de los peores vinos que he bebido. Las olivas, en cambio, son una delicia. Ignoro los ajos, nunca he podido comerlos crudos; Yannis los devora y me jura que se pasará el resto del día masticando perejil.
Los ingleses entran y antes de sentarse recorren el patio alabando todo con grandes aspavientos. Fotografían cada rama, cada hoja, cada servilleta, los cestillos del pan, los manteles, y parecen entrar en éxtasis cuando ven el huerto de limones. Tras varios minutos de “Oh, my God” y miles de clikcliks fotográficos el guía los pastorea hasta las mesas desde donde continúan mirando arrobados los limoneros. Alguno, en el colmo de la osadía, ha recogido un limón del suelo y lo pone sobre la mesa después de limpiarlo cuidadosamente. Yo los miro con la misma fascinación con la que ellos miran los limones. Me recuerdan a los japoneses que se levantan a las cuatro de la madrugada y viajan dos horas para ver salir el sol sobre los campos de girasoles de Sevilla. El dueño de la venta me mira a mi con curiosidad y cuando nos sirve el cordero me pregunta directamente si no me gusta su huerto. Parece algo ofendido. Le digo que es un huerto magnífico y Yannis le cuenta que tengo varios limoneros en el jardín de mi casa. “¿No inglesa?” Niego con la cabeza. Suelta una risotada, me guiña un ojo y le da a Yannis una palmada en la espalda.
Los ingleses entran y antes de sentarse recorren el patio alabando todo con grandes aspavientos. Fotografían cada rama, cada hoja, cada servilleta, los cestillos del pan, los manteles, y parecen entrar en éxtasis cuando ven el huerto de limones. Tras varios minutos de “Oh, my God” y miles de clikcliks fotográficos el guía los pastorea hasta las mesas desde donde continúan mirando arrobados los limoneros. Alguno, en el colmo de la osadía, ha recogido un limón del suelo y lo pone sobre la mesa después de limpiarlo cuidadosamente. Yo los miro con la misma fascinación con la que ellos miran los limones. Me recuerdan a los japoneses que se levantan a las cuatro de la madrugada y viajan dos horas para ver salir el sol sobre los campos de girasoles de Sevilla. El dueño de la venta me mira a mi con curiosidad y cuando nos sirve el cordero me pregunta directamente si no me gusta su huerto. Parece algo ofendido. Le digo que es un huerto magnífico y Yannis le cuenta que tengo varios limoneros en el jardín de mi casa. “¿No inglesa?” Niego con la cabeza. Suelta una risotada, me guiña un ojo y le da a Yannis una palmada en la espalda.
sábado, 19 de abril de 2008
No quieres aves... toma dos huevos (¿me persiguen?)
Lo confieso: yo odiaba los dibujos animados de Heidi. También odiaba a Marco, pero a Marco le odiaba por llorón, por enmadrado, por consentido, por inconsciente, y por tener a un monito como mascota, con la de piojos y bichos que eso tiene. A Heidi la odiaba porque llevaba fenomenal eso de vivir en una cabaña de piedra en la que no había cuarto de baño ni agua caliente y estaba encantada de dormir en el pajar sin importarle ni el frío ni lo molestísimo que es eso que siempre hay ratones, y las pajillas se quedan duras y por la mañana te duelen los huesos, y beber leche de cabra directamente de la teta, sin hervir ni ná, y pasarse el día descalza clavándose piedrecitas en los pies. Además la detestaba por esa vocecilla de pito que tenía. Que independientemente de que no la tragara me sepa las canciones de la serie en japonés (que mis hijas se descojonan cuando se las canto, y pretenden que las cante cuando vienen sus amigos, como si fuera un loro amaestrado, las muy malvadas) es cosa aparte.
Ese mundo idílico de Heidi es totalmente mentira. Se lo digo yo que cuando era pequeña pasaba los veranos en una aldea de las montañas, y no había cuarto de baño ni agua caliente, ni televisión, ni calefacción, ni lavadora, ni teléfono, ni nada, y aunque muchas cosas eran divertidas había otras que resultaban francamente molestas. Por ejemplo, entre las divertidas estaba lo de ir a lavar la ropa al río. La verdad es que lo pienso ahora y eso de pasarte un rato largo arrodillada en una piedra (con un cojín debajo, vale, pero piedra al fin y al cabo) con las manos metidas en un agua que baja del deshielo espantando renacuajos a base de restregar ropa contra una laja (no, no usábamos lavaderas de madera, no, eran de piedra) y luego retorcerla con toda la saña del mundo para sacarle hasta la última gota de agua posible, y acarrear después hasta casa un barreño o un cubo lleno de ropa pesada como un collar de melones, pues como que divertido no lo veo, pero entonces nos parecía lo más de lo más y nos tirábamos media mañana lavando bragas y perdiendo calcetines cauce abajo. Eso estaba entre lo divertido. Entre lo no divertido, pues volver a casa con la única luz de la linternita de petaca pisando boñigas y sapos. O tener que bajar a la cuadra a hacer nuestras necesidades al calor de los animales.
Yo creo que de ahí viene la manía que le tengo a las aves, sobre todo a las aves de corral, aunque no soporto a ninguna. Háganse una idea e imagínense que tienen que hacer pis (comencemos con eso, de momento) agachaditos en una cuadra con poca luz, el suelo de tierra (y cacas de animal) y rodeados de ganado de todo tipo. Como para que no salga el chorrito. Y cuando por fin sale ven que se les acercan las gallinas mirándoles de lado (yo sé que las pobres no pueden mirar de frente porque tienen un ojo a cada lado de la cabeza pero eso no hace que me den menos grima) y haciendo ruidos irreproducibles. Anda que no me he meado yo veces encima por ponerme de pie a toda prisa. Y de otros menesteres no hablemos que se pueden imaginar el grado de estreñimiento que se adquiere solamente de pensar que tienes que tirarte un rato en cuclillas espantando gallinas y demás, y encima sin caerte. ¿A que ustedes no se imaginaban eso cuando veían Heidi? Pues yo sí. De entonces me viene este asco a las aves. A todas, porque como dice Madagascar, puestos a detestar, yo a lo grande. Y por supuesto, como no me gustan, el destino está empeñado en amenazar con meterlas en mi vida a toda costa.
A primeros de semana JB se puso a podar los árboles del jardín, que buena falta les hacía, y volvió con un misterioso tesoro en una bolsa. Mira que podía ser un montón de cosas, yo qué sé, desde un cargamento de limones hasta ramos de lilas, un gatito nuevo (no sería la primera vez), e incluso un frasco de perfume para mí, yo qué sé, pero no, antes de abrirlo yo sabía lo que era.
-No habrás traido un nido.
Se le puso carita de culpable.
-Y encima tendrá hasta huevos.
La culpabilidad le chorreaba ya por todos los poros de la piel, rivalizando en intensidad con el entusiasmo, así que abrió la bolsa y sacó el nido. Muy bonito, tengo que reconocerlo, era un nido perfecto, y por supuesto estaba habitado por tres huevos de color azul turquesa con pintitas marroncillos. Yo sé que las miradas entre gélidas y de asco que les dedicamos no coincidían ni medio con los gritos de júbilo y desbordada ilusión que esperaba JB, pero es que no podía.
-¿No os gustan?
-Emmm... son preciosos, sí, es un azul turquesa francamente bonito.
-Además están llenos, mira, porque pesan.
Ahí no pude menos que visualizar a los embriones a medio hacer y recordar a los vietnamitas comiendo embrión de pato y como dice Bruno “por casi gomito”. La cara de asco debió ser memorable. Lo sé porque ví las de Kenya y Madagascar, que debieron tener un hilo de pensamiento similar al mío. Bruno sopesaba los huevos a ver qué pollo era más gordo, y se los quité porque corrían grave riesgo de rotura y lo único que me faltaba era el cadáver de un pollo a medio desarrollar por el suelo. Puaj.
Ante nuestra reacción cualquiera se habría desinflado, pero estamos hablando de JB, inasequible al desaliento y que dispone de una capacidad de entusiasmo que alcanza límites insospechados. Él en lugar de retirarse cabizbajo a su rincón, se puso a explicarnos lo bonito que iba a ser cuando los minipollos abrieran el cascarón y les viéramos salir y piar de contento. Su discurso se enfrió levemente cuando yo le dije, con toda la frialdad de la que fui capaz, que entendía que él quisiera que los pajaritos que tiene en la cabeza tuvieran nuevos amiguitos con los que jugar pero que si uno solo de esos pollos conseguía nacer no contara conmigo para masticarle lombrices y regurgitárselas después amorosamente en el piquito. Kenya y Madagascar dijeron que ellas tampoco se apuntaban, y Bruno, después de preguntar qué quería decir regurgitar dijo que contáramos con él para coger lombrices pero que no pensaba masticarlas ni nada. JB nos miró con cara de ofendido.
-Sois unas... unas... unas... ahora mismo no me sale nada, pero me habéis desilusionado. Yo pensé que os iban a encantar los huevos.
-A mí me gustan los huevos. Oye, ¿con esto salen tortillas azules?
Bruno no tiene pajaritos en la cabeza pero derrapa mentalmente que da gusto. JB ni siquiera consideró contestarle.
-Pues que sepáis que voy a poner el nido encima del radiador y que los pajaritos van a salir. Y los voy a criar. Y vendrán a comer de mi mano.
-¿Y cómo los vas a llamar?
Madagascar, una vez superada la etapa repugnante de bichos sin plumas, estaba francamente interesada en los pollos. JB aprovechó el resquicio.
-No sé. ¿Por qué no le ponéis nombre cada uno a un huevo?
Kenya aprovechó para soltar un golpe bajo.
-Vale. El mío se llama Cadáver porque seguro que están ya todos muertos.
-¡Ah! Pues entonces el mío que se llame Carroña.
Sólo quedaba Bruno. La mirada furibunda de JB cambió al verle la carita.
-Pues el mío se llama Vivito, y va a ser un pájaro precioso, de colores, y cantará y vendrá a todos lados conmigo.
-¿Pero no eran mirlos negros de esos asquerosos?- Susurró Madagascar justo antes de ganarse un codazo mío.
Y ahí quedó el nido, sobre el radiador y envuelto en una toalla. La mañana siguiente estoy terminando de desayunar cuando veo a Madagascar salir de su habitación en pijama con los pelos tiesos (como siempre) y carita de asombro.
-Buenos días. ¿Qué te pasa?
-Que he abierto los ojos y estoy oyendo cantar pajaritos, y... ¿han salido ya o qué?
Muerta de risa le di la vuelta y la puse mirando a la ventana. Le dio la risa también a ella.
-¡Aaaaaaah! Que son los pájaros normales, los de todas las mañanas...
Han pasado ya varios días desde que JB trajera el nido y esta mañana lo hemos visto moverse levemente (al nido, que JB se mueve con mucho brío, nada de levemente). Como salgan los pollos me voy de casa.
Ese mundo idílico de Heidi es totalmente mentira. Se lo digo yo que cuando era pequeña pasaba los veranos en una aldea de las montañas, y no había cuarto de baño ni agua caliente, ni televisión, ni calefacción, ni lavadora, ni teléfono, ni nada, y aunque muchas cosas eran divertidas había otras que resultaban francamente molestas. Por ejemplo, entre las divertidas estaba lo de ir a lavar la ropa al río. La verdad es que lo pienso ahora y eso de pasarte un rato largo arrodillada en una piedra (con un cojín debajo, vale, pero piedra al fin y al cabo) con las manos metidas en un agua que baja del deshielo espantando renacuajos a base de restregar ropa contra una laja (no, no usábamos lavaderas de madera, no, eran de piedra) y luego retorcerla con toda la saña del mundo para sacarle hasta la última gota de agua posible, y acarrear después hasta casa un barreño o un cubo lleno de ropa pesada como un collar de melones, pues como que divertido no lo veo, pero entonces nos parecía lo más de lo más y nos tirábamos media mañana lavando bragas y perdiendo calcetines cauce abajo. Eso estaba entre lo divertido. Entre lo no divertido, pues volver a casa con la única luz de la linternita de petaca pisando boñigas y sapos. O tener que bajar a la cuadra a hacer nuestras necesidades al calor de los animales.
Yo creo que de ahí viene la manía que le tengo a las aves, sobre todo a las aves de corral, aunque no soporto a ninguna. Háganse una idea e imagínense que tienen que hacer pis (comencemos con eso, de momento) agachaditos en una cuadra con poca luz, el suelo de tierra (y cacas de animal) y rodeados de ganado de todo tipo. Como para que no salga el chorrito. Y cuando por fin sale ven que se les acercan las gallinas mirándoles de lado (yo sé que las pobres no pueden mirar de frente porque tienen un ojo a cada lado de la cabeza pero eso no hace que me den menos grima) y haciendo ruidos irreproducibles. Anda que no me he meado yo veces encima por ponerme de pie a toda prisa. Y de otros menesteres no hablemos que se pueden imaginar el grado de estreñimiento que se adquiere solamente de pensar que tienes que tirarte un rato en cuclillas espantando gallinas y demás, y encima sin caerte. ¿A que ustedes no se imaginaban eso cuando veían Heidi? Pues yo sí. De entonces me viene este asco a las aves. A todas, porque como dice Madagascar, puestos a detestar, yo a lo grande. Y por supuesto, como no me gustan, el destino está empeñado en amenazar con meterlas en mi vida a toda costa.
A primeros de semana JB se puso a podar los árboles del jardín, que buena falta les hacía, y volvió con un misterioso tesoro en una bolsa. Mira que podía ser un montón de cosas, yo qué sé, desde un cargamento de limones hasta ramos de lilas, un gatito nuevo (no sería la primera vez), e incluso un frasco de perfume para mí, yo qué sé, pero no, antes de abrirlo yo sabía lo que era.
-No habrás traido un nido.
Se le puso carita de culpable.
-Y encima tendrá hasta huevos.
La culpabilidad le chorreaba ya por todos los poros de la piel, rivalizando en intensidad con el entusiasmo, así que abrió la bolsa y sacó el nido. Muy bonito, tengo que reconocerlo, era un nido perfecto, y por supuesto estaba habitado por tres huevos de color azul turquesa con pintitas marroncillos. Yo sé que las miradas entre gélidas y de asco que les dedicamos no coincidían ni medio con los gritos de júbilo y desbordada ilusión que esperaba JB, pero es que no podía.
-¿No os gustan?
-Emmm... son preciosos, sí, es un azul turquesa francamente bonito.
-Además están llenos, mira, porque pesan.
Ahí no pude menos que visualizar a los embriones a medio hacer y recordar a los vietnamitas comiendo embrión de pato y como dice Bruno “por casi gomito”. La cara de asco debió ser memorable. Lo sé porque ví las de Kenya y Madagascar, que debieron tener un hilo de pensamiento similar al mío. Bruno sopesaba los huevos a ver qué pollo era más gordo, y se los quité porque corrían grave riesgo de rotura y lo único que me faltaba era el cadáver de un pollo a medio desarrollar por el suelo. Puaj.
Ante nuestra reacción cualquiera se habría desinflado, pero estamos hablando de JB, inasequible al desaliento y que dispone de una capacidad de entusiasmo que alcanza límites insospechados. Él en lugar de retirarse cabizbajo a su rincón, se puso a explicarnos lo bonito que iba a ser cuando los minipollos abrieran el cascarón y les viéramos salir y piar de contento. Su discurso se enfrió levemente cuando yo le dije, con toda la frialdad de la que fui capaz, que entendía que él quisiera que los pajaritos que tiene en la cabeza tuvieran nuevos amiguitos con los que jugar pero que si uno solo de esos pollos conseguía nacer no contara conmigo para masticarle lombrices y regurgitárselas después amorosamente en el piquito. Kenya y Madagascar dijeron que ellas tampoco se apuntaban, y Bruno, después de preguntar qué quería decir regurgitar dijo que contáramos con él para coger lombrices pero que no pensaba masticarlas ni nada. JB nos miró con cara de ofendido.
-Sois unas... unas... unas... ahora mismo no me sale nada, pero me habéis desilusionado. Yo pensé que os iban a encantar los huevos.
-A mí me gustan los huevos. Oye, ¿con esto salen tortillas azules?
Bruno no tiene pajaritos en la cabeza pero derrapa mentalmente que da gusto. JB ni siquiera consideró contestarle.
-Pues que sepáis que voy a poner el nido encima del radiador y que los pajaritos van a salir. Y los voy a criar. Y vendrán a comer de mi mano.
-¿Y cómo los vas a llamar?
Madagascar, una vez superada la etapa repugnante de bichos sin plumas, estaba francamente interesada en los pollos. JB aprovechó el resquicio.
-No sé. ¿Por qué no le ponéis nombre cada uno a un huevo?
Kenya aprovechó para soltar un golpe bajo.
-Vale. El mío se llama Cadáver porque seguro que están ya todos muertos.
-¡Ah! Pues entonces el mío que se llame Carroña.
Sólo quedaba Bruno. La mirada furibunda de JB cambió al verle la carita.
-Pues el mío se llama Vivito, y va a ser un pájaro precioso, de colores, y cantará y vendrá a todos lados conmigo.
-¿Pero no eran mirlos negros de esos asquerosos?- Susurró Madagascar justo antes de ganarse un codazo mío.
Y ahí quedó el nido, sobre el radiador y envuelto en una toalla. La mañana siguiente estoy terminando de desayunar cuando veo a Madagascar salir de su habitación en pijama con los pelos tiesos (como siempre) y carita de asombro.
-Buenos días. ¿Qué te pasa?
-Que he abierto los ojos y estoy oyendo cantar pajaritos, y... ¿han salido ya o qué?
Muerta de risa le di la vuelta y la puse mirando a la ventana. Le dio la risa también a ella.
-¡Aaaaaaah! Que son los pájaros normales, los de todas las mañanas...
Han pasado ya varios días desde que JB trajera el nido y esta mañana lo hemos visto moverse levemente (al nido, que JB se mueve con mucho brío, nada de levemente). Como salgan los pollos me voy de casa.
viernes, 11 de abril de 2008
sábado, 5 de abril de 2008
Cucurrucucú
La primera vez que Kenya fue de excursión con el colegio tenía 6 años. Los llevaron al centro de la ciudad, a ver la casa natal del pintor local (aquí todo gira en torno a él) y cuando volvieron la profesora estaba a punto de tener un ataque de nervios. Resulta que al terminar la visita había dejado a los chiquillos jugar un rato en la plaza (frente a la casa natal del pintor local en torno al cual gira la vida de la ciudad) y al ir a subir al autobús para volver al pueblo se dio cuenta de que todos los niños (y me refiero a niños macho, las niñas hembra no) llevaban bajo el brazo una paloma. Teniendo en cuenta que las palomas de esta ciudad son listas y taimadas como un lobo acosado por espíritus de vampiro en celo (ya, es que no se me ocurría qué podía acosar tanto a un lobo como para volverle taimado al nivel de los rapaces estos) ya tenía mérito que las hubieran atrapado. Alguno, incluso, llevaba dos. Al preguntarles qué narices hacían con las palomas, uno de ellos dijo que su madre las preparaba con arroz y que estaban bien ricas. Por supuesto le costó un rato largo y una batería de gritos conseguir que las palomas volvieran a ser libres y pudieran continuar destrozando los edificios, las estatuas, y la ropa de los viandantes a base de cagarrutas descontroladas.
La verdad es que cuando a mi me lo contó me pareció que exageraba un poco. Bien es cierto que ella acababa de bajar del autobús y estaba histérica perdida, y que yo llevaba un buen rato en el bar esperando a que llegaran, pero aun así me pareció que estaba echando un poco las patas por alto porque vamos a ver, qué mal habían hecho los vandalitos aquellos en capturar unas cuantas presas para echar al puchero. Al fin y al cabo ahí se veía que tenían madera de machos, de cazadores, de sostén familiar, de… vale, de brutísimos. Pero también es cierto que palomas hay un ciento en cada esquina, y que tampoco pasa nada por aligerar un poco la población aviar de la zona. Aunque sea para comerlas con arroz, que no lo he probado nunca (me da un poco de reparo, tengo que confesarlo) pero todo el mundo dice que está rico. Yo detesto las palomas, vivas o muertas. Bueno, vivas más.
Hace un par de semanas estaba tomando el té en el jardín con Rosamari cuando llegó Cristo y se nos unió. Estaban los dos encantados de conocerse, Rosamari porque era la primera vez que conocía a un lugareño nudista, y Cristo porque es más sociable que la mar y le encanta conocer gente nueva. Y si esa gente nueva es negra, inglesa de Jamaica, y solamente habla inglés pues mejor porque así practica el idioma. Es que no había dicho que Rosamari es una alumna de JB y en realidad se llama Rose Marie, es negra, inglesa de Jamaica, y etc. etc. etc. Así que allí estábamos los tres tomando el sol y el té tan ricamente. Cristo y Rosamari charlaban (o lo intentaban) y yo miraba las palmeras del jardín de las cuales salían unos “cucurrucucúes” la mar de mosqueantes, para mí, claro. Cristo siguió la dirección de mi mirada.
- ¿Contemplando las palomas?
- Ajá.
- Son preciosas, ¿eh?
- ¿Tú sabes cómo podría cargármelas a todas?
- ¡Joder, Gin, no seas cafre!
Cristo me miraba como si hubiera dicho que quería asarles a él y a Rosamari y comérmelos de a poquito.
- Me tienen harta, Cristo, me tienen harta. Hoy he tenido que lavar las toallas dos veces porque las tiendo y las cagan enteritas. Me dan un aaaaaasco. Y todo el día haciendo “rruuuuuuruuuuuuruuuu”. Son desagradables como ellas solas.
- ¿What?
Rosamari es que no se entera de nada de español, y eso que lleva ya tiempo aquí.
- Pidgeons. Disgusting.
Kenya al principio se dedicaba con entusiasmo a la tarea de traducir fielmente todo lo que hablábamos en español pero ya empieza a estar un poco hasta el moñete y traduce tipo Tarzán. Miedo me da pensar qué hará dentro de una semana o dos. Igual se dedica a hacer señas.
- Mi madre hacía un pastel de paloma delicioso.
Yo creí que había oído mal pero cuando Kenya dijo “pero qué asco, por Dios”, y ví brillar los ojitos de Rosamari así como con aire golosito me di cuenta de que no, que la cocina inglesa era todavía más repugnante de lo que yo pensaba y que si se la dábamos bien muerta aquella mujer era capaz de hacernos un pastel con la paloma.
- ¡Ah, pues estará rico! ¿Te acuerdas de aquel arroz con pechuguitas de gorrión que nos hizo Juani el bombero, Gin?
Cristo a veces tiene la extraña capacidad de sacar a relucir aquellos temas que yo querría que quedaran bien enterrados en el subconsciente colectivo. El arroz con pechuguitas de gorrión era uno de ellos. Bien es cierto que estaba estupendo pero recuerdo que al principio estaba intrigadísima por saber de dónde habría sacado el bombero pollos tan diminutos. Cuando nos dijo que se trataba de gorriones y que se había pasado todo el día anterior limpiándolos para dejar las pechuguitas nada más me imaginé la pila de gorriones muertos y despechugados (literalmente) y me entró un mal rollo que no pude seguir comiendo. Vaya, aquello solamente fue comparable al día que Claudia la colombiana nos invitó a comer y cuando llevábamos ya medio plato comido nos preguntó si nos gustaba la lengua. En ese mismo momento terminó la comida. Y es que somos unos prejuiciosos, vale, pero por mucho que me intente mentalizar lo de zamparme un puñao de pajaritos no termina de convencerme nada de nada. Y de las lenguas de criaturas muertas ni hablemos.
Iba a fulminar a Cristo con la mirada pero afortunadamente él y Rosamari se enredaron a discutir sobre gastronomía y me dejaron tranquila para pensar en la manera de desarraigar a las palomas de las palmeras. De pronto se me ocurrió.
- ¡El nido! Si les quitamos el nido se irán de ahí.
Era tan fácil que no sabía cómo no se me había ocurrido antes. Lo que no parecía tan fácil era cómo subir a lo alto de la palmera (son doce metros) esquivando picotazos (eh, que yo he visto “Los pájaros”) localizar un nido, hacerlo añicos, y bajar sana, salva, y triunfal, al jardín. Pero bueno, pensé que la cosa no iba mal. De momento había dado con la solución. Otro día me dedicaría a pensar cómo ejecutarla.
Y la solución parecieron aportarla las mismas palomas. Dos días después volvía del pueblo en coche con Madagascar cuando vimos dos palomas caminando por la carretera.
- ¡Vas a atropellar una paloma! ¡Gira el volante!¡Esquívala!
A veces Madagascar se cree que soy Lara Croft y que estamos en una autopista y se olvida de que por la calle no cabe más que coche y medio (el otro medio suele estar retrepado en la acera bien aparcadito).
- No digas bobadas, Madagascar, a ver si te crees que las palomas son tontas. Cómo voy a atrop…
¡CHOF, CHOF! No pude terminar la frase. Por el retrovisor vi el cadáver espachurrado de la paloma.
- ¿La has atropellado?
- Mmm… creo que sí.
- ¡La ha reventao entera! ¡Está la carretera llena de tripas y de sangre!
Bruno estaba entusiasmado; se había salido de la silla del coche para mirar por el cristal trasero. A veces no sé de dónde salen estos niños.
Durante la comida Bruno contó el atropello. “Se trata de una acción vituperable que deploro de veras” dijo JB, y se quedó tan pancho. Yo empiezo a cuestionarme seriamente lo de impedirle ver películas de romanos, que luego nos suelta cosas así y terminamos hablando todos que parecemos Judá Ben Hur y el colega aquel de la cuádriga tuneada de negro. Kenya, por cortesía del canal Odisea (de verdad que durante esa comida estuve tentada de borrarme del Digital para siempre) nos explicó que las palomas son monógamas y que si un miembro de la pareja muere el otro se deja morir porque no soporta vivir sin su pareja. “Estupendo” dije fríamente “a ver si se muere pronto y puedo tender la ropa en paz de una vez”. El tono fue lo suficientemente lúgubre como para que nadie continuara hablando del tema.
Y la cosa parecía funcionar. Durante un par de días la paloma superviviente se lanzaba entre las ruedas del coche cada vez que me veía aparecer por la calle, en plan kamikaze. Hay que decir que ella era una kamikaze muy torpe y yo una asesina fatal porque ninguna de las dos conseguimos nuestro objetivo y la paloma siguió vivita y coleante. Al final, aburrida de intentar suicidarse sin éxito, la paloma dejó de atacar mis ruedas y se fue. Y yo me quedé tan contenta.
Hasta hoy, que al tender la ropa con Kenya hemos oído unos “currucucúes” de lo más familiar y al mirar he visto que la paloma ha vuelto ¡con otra pareja! He mirado a Kenya de modo acusador, claro. “Con que fieles hasta la muerte, ¿eh?”, y se ha inflado a reir. Llevo todo el día buscando el tirachinas.
La verdad es que cuando a mi me lo contó me pareció que exageraba un poco. Bien es cierto que ella acababa de bajar del autobús y estaba histérica perdida, y que yo llevaba un buen rato en el bar esperando a que llegaran, pero aun así me pareció que estaba echando un poco las patas por alto porque vamos a ver, qué mal habían hecho los vandalitos aquellos en capturar unas cuantas presas para echar al puchero. Al fin y al cabo ahí se veía que tenían madera de machos, de cazadores, de sostén familiar, de… vale, de brutísimos. Pero también es cierto que palomas hay un ciento en cada esquina, y que tampoco pasa nada por aligerar un poco la población aviar de la zona. Aunque sea para comerlas con arroz, que no lo he probado nunca (me da un poco de reparo, tengo que confesarlo) pero todo el mundo dice que está rico. Yo detesto las palomas, vivas o muertas. Bueno, vivas más.
Hace un par de semanas estaba tomando el té en el jardín con Rosamari cuando llegó Cristo y se nos unió. Estaban los dos encantados de conocerse, Rosamari porque era la primera vez que conocía a un lugareño nudista, y Cristo porque es más sociable que la mar y le encanta conocer gente nueva. Y si esa gente nueva es negra, inglesa de Jamaica, y solamente habla inglés pues mejor porque así practica el idioma. Es que no había dicho que Rosamari es una alumna de JB y en realidad se llama Rose Marie, es negra, inglesa de Jamaica, y etc. etc. etc. Así que allí estábamos los tres tomando el sol y el té tan ricamente. Cristo y Rosamari charlaban (o lo intentaban) y yo miraba las palmeras del jardín de las cuales salían unos “cucurrucucúes” la mar de mosqueantes, para mí, claro. Cristo siguió la dirección de mi mirada.
- ¿Contemplando las palomas?
- Ajá.
- Son preciosas, ¿eh?
- ¿Tú sabes cómo podría cargármelas a todas?
- ¡Joder, Gin, no seas cafre!
Cristo me miraba como si hubiera dicho que quería asarles a él y a Rosamari y comérmelos de a poquito.
- Me tienen harta, Cristo, me tienen harta. Hoy he tenido que lavar las toallas dos veces porque las tiendo y las cagan enteritas. Me dan un aaaaaasco. Y todo el día haciendo “rruuuuuuruuuuuuruuuu”. Son desagradables como ellas solas.
- ¿What?
Rosamari es que no se entera de nada de español, y eso que lleva ya tiempo aquí.
- Pidgeons. Disgusting.
Kenya al principio se dedicaba con entusiasmo a la tarea de traducir fielmente todo lo que hablábamos en español pero ya empieza a estar un poco hasta el moñete y traduce tipo Tarzán. Miedo me da pensar qué hará dentro de una semana o dos. Igual se dedica a hacer señas.
- Mi madre hacía un pastel de paloma delicioso.
Yo creí que había oído mal pero cuando Kenya dijo “pero qué asco, por Dios”, y ví brillar los ojitos de Rosamari así como con aire golosito me di cuenta de que no, que la cocina inglesa era todavía más repugnante de lo que yo pensaba y que si se la dábamos bien muerta aquella mujer era capaz de hacernos un pastel con la paloma.
- ¡Ah, pues estará rico! ¿Te acuerdas de aquel arroz con pechuguitas de gorrión que nos hizo Juani el bombero, Gin?
Cristo a veces tiene la extraña capacidad de sacar a relucir aquellos temas que yo querría que quedaran bien enterrados en el subconsciente colectivo. El arroz con pechuguitas de gorrión era uno de ellos. Bien es cierto que estaba estupendo pero recuerdo que al principio estaba intrigadísima por saber de dónde habría sacado el bombero pollos tan diminutos. Cuando nos dijo que se trataba de gorriones y que se había pasado todo el día anterior limpiándolos para dejar las pechuguitas nada más me imaginé la pila de gorriones muertos y despechugados (literalmente) y me entró un mal rollo que no pude seguir comiendo. Vaya, aquello solamente fue comparable al día que Claudia la colombiana nos invitó a comer y cuando llevábamos ya medio plato comido nos preguntó si nos gustaba la lengua. En ese mismo momento terminó la comida. Y es que somos unos prejuiciosos, vale, pero por mucho que me intente mentalizar lo de zamparme un puñao de pajaritos no termina de convencerme nada de nada. Y de las lenguas de criaturas muertas ni hablemos.
Iba a fulminar a Cristo con la mirada pero afortunadamente él y Rosamari se enredaron a discutir sobre gastronomía y me dejaron tranquila para pensar en la manera de desarraigar a las palomas de las palmeras. De pronto se me ocurrió.
- ¡El nido! Si les quitamos el nido se irán de ahí.
Era tan fácil que no sabía cómo no se me había ocurrido antes. Lo que no parecía tan fácil era cómo subir a lo alto de la palmera (son doce metros) esquivando picotazos (eh, que yo he visto “Los pájaros”) localizar un nido, hacerlo añicos, y bajar sana, salva, y triunfal, al jardín. Pero bueno, pensé que la cosa no iba mal. De momento había dado con la solución. Otro día me dedicaría a pensar cómo ejecutarla.
Y la solución parecieron aportarla las mismas palomas. Dos días después volvía del pueblo en coche con Madagascar cuando vimos dos palomas caminando por la carretera.
- ¡Vas a atropellar una paloma! ¡Gira el volante!¡Esquívala!
A veces Madagascar se cree que soy Lara Croft y que estamos en una autopista y se olvida de que por la calle no cabe más que coche y medio (el otro medio suele estar retrepado en la acera bien aparcadito).
- No digas bobadas, Madagascar, a ver si te crees que las palomas son tontas. Cómo voy a atrop…
¡CHOF, CHOF! No pude terminar la frase. Por el retrovisor vi el cadáver espachurrado de la paloma.
- ¿La has atropellado?
- Mmm… creo que sí.
- ¡La ha reventao entera! ¡Está la carretera llena de tripas y de sangre!
Bruno estaba entusiasmado; se había salido de la silla del coche para mirar por el cristal trasero. A veces no sé de dónde salen estos niños.
Durante la comida Bruno contó el atropello. “Se trata de una acción vituperable que deploro de veras” dijo JB, y se quedó tan pancho. Yo empiezo a cuestionarme seriamente lo de impedirle ver películas de romanos, que luego nos suelta cosas así y terminamos hablando todos que parecemos Judá Ben Hur y el colega aquel de la cuádriga tuneada de negro. Kenya, por cortesía del canal Odisea (de verdad que durante esa comida estuve tentada de borrarme del Digital para siempre) nos explicó que las palomas son monógamas y que si un miembro de la pareja muere el otro se deja morir porque no soporta vivir sin su pareja. “Estupendo” dije fríamente “a ver si se muere pronto y puedo tender la ropa en paz de una vez”. El tono fue lo suficientemente lúgubre como para que nadie continuara hablando del tema.
Y la cosa parecía funcionar. Durante un par de días la paloma superviviente se lanzaba entre las ruedas del coche cada vez que me veía aparecer por la calle, en plan kamikaze. Hay que decir que ella era una kamikaze muy torpe y yo una asesina fatal porque ninguna de las dos conseguimos nuestro objetivo y la paloma siguió vivita y coleante. Al final, aburrida de intentar suicidarse sin éxito, la paloma dejó de atacar mis ruedas y se fue. Y yo me quedé tan contenta.
Hasta hoy, que al tender la ropa con Kenya hemos oído unos “currucucúes” de lo más familiar y al mirar he visto que la paloma ha vuelto ¡con otra pareja! He mirado a Kenya de modo acusador, claro. “Con que fieles hasta la muerte, ¿eh?”, y se ha inflado a reir. Llevo todo el día buscando el tirachinas.
jueves, 3 de abril de 2008
Un mal momento
"¡Dios mío, qué mala suerte! Otra pérdida más. Soy una desgraciada. Nada me sale bien. Cada vez que intento hacer algo, sea lo que sea, lo fastidio. Si no soy capaz de hacer bien una cosa insignificante, algo cotidiano, cómo voy a poder llevar adelante mi vida. Nunca seré nadie; siempre un cero a la izquierda. ¡Ay, Dios! Miro y solamente veo un abismo. Esto es siempre mi vida: un abismo en el que solamente hay pérdidas desastrosas y… "
(Ding-Dong)
- Hola, soy la vecina del bajo; te traigo una toalla. Se te acaba de caer al recoger la ropa.
(Ding-Dong)
- Hola, soy la vecina del bajo; te traigo una toalla. Se te acaba de caer al recoger la ropa.
martes, 1 de abril de 2008
Donegal
Me levanto temprano. Hace mucho frío en la cocina. Declan ha ido a comprar pan para desayunar. Me ducho y preparo café mientras le espero. Siempre madruga más que yo. Por muy temprano que me levante él lo ha hecho antes. Se levanta, se ducha con agua fría, incluso en invierno, y desaparece un par de horas. Luego vuelve trayendo pan o bollos recién hechos para el desayuno. Nunca le he preguntado dónde va y qué hace en esas horas. No sé si se dedica a pasear, si reza, si corre por el campo, o si hace meditación. No lo sé y no me importa. No me importa siempre, sólo cuando creo que a veces sería bueno para él que yo lo supiera. Pero de eso no estoy segura.
Llueve. Hoy, ahora, toca esa lluvia blanda y fina que engaña haciendo que parezca que las gotas se limitan a flotar en el ambiente, y que hace que terminemos calados hasta los huesos. Declan entra y sacude la cabeza esparciendo agua por la cocina. Trae pan caliente y el periódico. Cuando terminamos de desayunar yo leo el periódico mientras él recoge la cocina en silencio, sin molestarme. Sólo después de haber desayunado, después de haber echado un vistazo al periódico, hablamos y decidimos qué vamos a hacer cada día. Es una rutina que establecimos el año pasado sin darnos cuenta. Entonces trabajábamos juntos. Este año compartimos las vacaciones pero seguimos manteniendo ciertos hábitos que facilitan nuestra convivencia. El año pasado yo le explicaba qué buscaba, qué necesitaba, con quién quería hablar, y él decidía la manera de hacerlo. Este año hacemos algo parecido: él me pregunta qué me gustaría ver, dónde me gustaría ir, y él decide cómo y dónde.
Viajamos en su coche. Es una furgoneta grande y alta. Está preparada para poder dormir en ella en caso necesario pero preferimos las granjas y los bed and breakfast. Hasta ahora no hemos tenido problemas de alojamiento. En esta zona no hay casi turistas y en todos los pueblos se pueden alquilar habitaciones para unos días. Hoy no ha preguntado qué quería hacer, vamos a ver Downings Bay y luego subiremos hacia el norte, hacia Sheep Haven. Como es habitual aquí, en cuestión de minutos deja de llover y sale el sol, un sol tibio pero brillante, que no calienta pero ilumina los prados verdes y hace que el cielo se vea profundamente azul. Disfrutamos el buen tiempo y aprovecho que Declan conoce perfectamente la zona. Le dejo hacer, voy donde quiere y veo lo que me muestra, relajada, confiada, tanto que el día se me pasa volando. Me dice que vamos a recorrer Donegal un par de días y luego iremos hacia el Este, a Londonderry. No me dice más y yo no le pregunto. Sé quién es Declan, sé lo que ha hecho y lo que calla. Lo sé y nunca le he dicho si me importa o no me importa; no le juzgo y él lo agradece. Tampoco él me juzga a mí.
Llueve. Hoy, ahora, toca esa lluvia blanda y fina que engaña haciendo que parezca que las gotas se limitan a flotar en el ambiente, y que hace que terminemos calados hasta los huesos. Declan entra y sacude la cabeza esparciendo agua por la cocina. Trae pan caliente y el periódico. Cuando terminamos de desayunar yo leo el periódico mientras él recoge la cocina en silencio, sin molestarme. Sólo después de haber desayunado, después de haber echado un vistazo al periódico, hablamos y decidimos qué vamos a hacer cada día. Es una rutina que establecimos el año pasado sin darnos cuenta. Entonces trabajábamos juntos. Este año compartimos las vacaciones pero seguimos manteniendo ciertos hábitos que facilitan nuestra convivencia. El año pasado yo le explicaba qué buscaba, qué necesitaba, con quién quería hablar, y él decidía la manera de hacerlo. Este año hacemos algo parecido: él me pregunta qué me gustaría ver, dónde me gustaría ir, y él decide cómo y dónde.
Viajamos en su coche. Es una furgoneta grande y alta. Está preparada para poder dormir en ella en caso necesario pero preferimos las granjas y los bed and breakfast. Hasta ahora no hemos tenido problemas de alojamiento. En esta zona no hay casi turistas y en todos los pueblos se pueden alquilar habitaciones para unos días. Hoy no ha preguntado qué quería hacer, vamos a ver Downings Bay y luego subiremos hacia el norte, hacia Sheep Haven. Como es habitual aquí, en cuestión de minutos deja de llover y sale el sol, un sol tibio pero brillante, que no calienta pero ilumina los prados verdes y hace que el cielo se vea profundamente azul. Disfrutamos el buen tiempo y aprovecho que Declan conoce perfectamente la zona. Le dejo hacer, voy donde quiere y veo lo que me muestra, relajada, confiada, tanto que el día se me pasa volando. Me dice que vamos a recorrer Donegal un par de días y luego iremos hacia el Este, a Londonderry. No me dice más y yo no le pregunto. Sé quién es Declan, sé lo que ha hecho y lo que calla. Lo sé y nunca le he dicho si me importa o no me importa; no le juzgo y él lo agradece. Tampoco él me juzga a mí.
martes, 25 de marzo de 2008
La noche del cometa
Rafael viene a recogerme. No hace mucho frío pero llevo unas mantas de viaje porque es temprano y de madrugada refrescará. Al ponerlas en el asiento de atrás del coche veo saco de dormir: Rafael ha pensado lo mismo. Yo traigo, además, una mochila pequeña con un termo de té dulce y galletas. Enciendo el equipo de música y suena Serrat. Sonreímos. “¿Pero es que tus hermanos sólo escuchan a Serrat?” El coche es de los hermanos de Rafael, los pequeños, los gemelos. Tienen sólo dos años menos que yo, y estudian en mi facultad; ellos casi empiezan y yo ya termino. A veces me los cruzo por las escaleras. Entonces nos miramos y nos saludamos con una inclinación de cabeza. Nunca hemos hablado pero sabemos quiénes somos porque nos hemos visto en fotografías en casa de Rafael. Los fines de semana salen de bares, a beber, y le prestan el coche a su hermano mayor, el artista, el bohemio. Y nosotros salimos por los pueblos, vemos montes, comemos en sitios desconocidos y tomamos café viendo a los viejos jugar al dominó y al mus en bares en los que no entran turistas. Por las noches, en invierno, recorremos las calles de Madrid hasta que nos hartamos, aparcamos el coche y buscamos algún sitio acogedor en el que seguir conversando o escuchando buena música.
Esta noche es diferente. Salimos de Madrid en dirección a Navacerrada. Subimos el puerto. A Rafael, que no suele venir por aquí, le sorprende la cantidad de tráfico que hay a estas horas. Conduce despacio dejándose adelantar por todos. Nosotros no vamos a ningún sitio en concreto, nadie nos espera, no tenemos que estar en ningún lado a ninguna hora así que podemos permitirnos el lujo de ir despacio, disfrutando el camino. El puerto está lleno de coches. Hay de todo: parejas que quieren pasar una noche especialmente romántica, grupos de amigos que han venido a ver el prodigio, familias con niños excitados por la novedad es estar fuera de casa a estas horas. Aparcamos y durante un rato miramos el cielo, como todos, hasta que decidimos buscar otro observatorio con menos gente.
Bajamos el puerto y nos perdemos por una carretera local hasta llegar a una pequeña explanada. Conozco el sitio. Estamos en Cercedilla. Le cuento a Rafael que aquí es donde se organizan por San Juan las Enramadas del pueblo. Hoy no hay nadie. Aparcamos, cogemos las mantas, el saco de dormir y la mochila, y avanzamos a pie unos metros por un caminillo. Nos sentamos sobre una manta y nos abrigamos con la otra y con el saco. Bebemos té caliente y nos comemos las galletas mirando al cielo. Conversamos, nos gusta hacerlo, pero durante el momento mágico, sin ponernos de acuerdo, nos callamos los dos y nos perdemos mirando las estrellas, las señales del Halley que pasa. Dicen que el de este año no es el avistamiento más espectacular. A mí me parece una maravilla.
Esta noche es diferente. Salimos de Madrid en dirección a Navacerrada. Subimos el puerto. A Rafael, que no suele venir por aquí, le sorprende la cantidad de tráfico que hay a estas horas. Conduce despacio dejándose adelantar por todos. Nosotros no vamos a ningún sitio en concreto, nadie nos espera, no tenemos que estar en ningún lado a ninguna hora así que podemos permitirnos el lujo de ir despacio, disfrutando el camino. El puerto está lleno de coches. Hay de todo: parejas que quieren pasar una noche especialmente romántica, grupos de amigos que han venido a ver el prodigio, familias con niños excitados por la novedad es estar fuera de casa a estas horas. Aparcamos y durante un rato miramos el cielo, como todos, hasta que decidimos buscar otro observatorio con menos gente.
Bajamos el puerto y nos perdemos por una carretera local hasta llegar a una pequeña explanada. Conozco el sitio. Estamos en Cercedilla. Le cuento a Rafael que aquí es donde se organizan por San Juan las Enramadas del pueblo. Hoy no hay nadie. Aparcamos, cogemos las mantas, el saco de dormir y la mochila, y avanzamos a pie unos metros por un caminillo. Nos sentamos sobre una manta y nos abrigamos con la otra y con el saco. Bebemos té caliente y nos comemos las galletas mirando al cielo. Conversamos, nos gusta hacerlo, pero durante el momento mágico, sin ponernos de acuerdo, nos callamos los dos y nos perdemos mirando las estrellas, las señales del Halley que pasa. Dicen que el de este año no es el avistamiento más espectacular. A mí me parece una maravilla.
martes, 18 de marzo de 2008
Cuidado con lo que deseas...
Quería una tarta perfecta para una boda perfecta así que buscó por todo el país hasta que encontró a los pasteleros capaces de convertir sus fantasías en chocolate, y les explicó qué quería. El día de la boda todo fue perfecto, como había soñado. El vestido causó sensación, la ceremonia hizo llorar a madres y amigas, y la comida satisfizo a todos. Cuando apareció la tarta se quedaron sin habla. Se trataba de una perfecta reproducción en miniatura del Taj Mahal realizada en mazapán y chocolate. Era tan perfecta que no quisieron ni cortarla. De postre comieron frutas de temporada.
domingo, 16 de marzo de 2008
... al que no estrena se le caen las manos
Cuando era pequeña me daba bastante miedo el Domingo de Ramos (me daba miedo casi todo, la verdad, pero me reconocerán que lo de temer el Domingo de Ramos como si fuera un viernes trece o el día del cumpleaños de Chucky se sale de lo común). Por un lado me encantaba porque solíamos pasarlo en Alicante y nos compraban unas palmas trenzadas tan bonitas que las conservábamos el resto del año hasta que terminaban, negras y churretosas perdidas, en el cubo de la basura. Las palmas no me daban miedo más allá de que acabáramos ensartándonos un ojo con alguno de los remates o que acabara tragándome las borlas trenzadas que les colgaban por todos lados. Lo que me daba miedo era el dicho que durante la semana anterior escuchábamos a todas las abuelas: Domingo de Ramos, al que no estrena se le caen las manos. Las abuelas soltaban semejante barbaridad y sonreían, las jodías, como si hubieran dicho sojosnegrostienesmorena. Ya, ya. Ya sé que eso es como las cadenas que recibimos por mail amenazándonos con no volver a comer jamón en la vida si no reenviamos una carta tristísima en la que una niñita que se pilló un dedito con un cascanueces agoniza gangrenosa perdida en un hospital de la alta Mongolia esperando que el reenvío masivo de la carta obre el milagro de devolverle los siete dedos que le llevan ya amputados. Pues lo mismo, con la diferencia de que a estas alturas de vida los mails no los reenvío ni borracha (hombre, borracha es que ni atino con la tecla para conectarme a la intesné) pero con ocho y nueve años yo no me creía lo de las manos pero por si acaso procuraba estrenar algo ese día, así que procuraba reservar algunos calcetines nuevos o alguna braga. Las bragas eran mucho más efectivas porque siempre cabía la posibilidad de que el Domingo de Ramos amaneciera un día soleado de morirse, de esos en los que o te pones sandalias o terminas con los datilillos cocidos, y luego me tirase el día entero temiéndome que con cualquier gesto me saliera una mano volando como si fuera una leprosa de Molokai. Con las bragas no había problema porque hiciera el tiempo que hiciera siempre las llevaba del mismo estilo.
Esta mañana, después de desayunar, he preparado la ropa que me iba a poner hoy cuidándome muy mucho de sacar unas braguitas negras recién compradas (por si acaso) y libre de todo peligro me dedicaba a sacar del cubo la bosa destinada a la basura orgánica (hago más apartadijos con la basura que con la ropa que voy a meter en la lavadora, y no sé para qué si luego lo echamos todo en el único contenedor de basura que hay al final de la torrentera) cuando he notado un "cruijj" así por la cartuchera izquierda y me he quedado doblada por la mitad. Kenya, ocupada en sacar del cubo correspondiente otra de las bolsas de basura, me ha mirado, ha soltado una carcajada y ha dicho algo así como "estás vieja". Le he lanzado mi mirada más asesina aprovechando que a veces rivalizo en mirada periférica con el camaleón Currito, y se le ha helado la carcajada antes de terminarla. "Em... que va a ser verdad y todo".
Y era verdad, claro que era verdad, que me había quedado doblada por la mitad de mala manera sin poder enderezarme mientras no dejaba de visualizar las braguitas negras esperándome sobre la cama y sin parar de pensar: "tenía que haberme duchado y vestido nada más levantarme; esto ha sido por no haber estrenado nada".
En resumiendas cuentas (como decía un becario que tuve, más brutillo que un arado el pobre pero que en cumplimiento del principio de píter llegará lejos), que aquí estoy, después de varios ibuprofenos, dos masajes con flogoprofén, y un calmante cuyo nombre no sé ni pronunciar, aburrida perdida y con la cartuchera izquierda doliéndome sin parar me ponga como me ponga. Así que no sé si estos días me verán aparecer por aquí pero si aparezco y el resultado es una mezcla de surrealismo y mala leche, a mí no me echen la culpa, pío pío que yo no he sido, que la culpa es de la cartuchera, que ha decidido tener sensibilidad propia y hacerse valer. Y háganme caso: el año que viene estrenen algo, aunque sea una gomilla del pelo.
Esta mañana, después de desayunar, he preparado la ropa que me iba a poner hoy cuidándome muy mucho de sacar unas braguitas negras recién compradas (por si acaso) y libre de todo peligro me dedicaba a sacar del cubo la bosa destinada a la basura orgánica (hago más apartadijos con la basura que con la ropa que voy a meter en la lavadora, y no sé para qué si luego lo echamos todo en el único contenedor de basura que hay al final de la torrentera) cuando he notado un "cruijj" así por la cartuchera izquierda y me he quedado doblada por la mitad. Kenya, ocupada en sacar del cubo correspondiente otra de las bolsas de basura, me ha mirado, ha soltado una carcajada y ha dicho algo así como "estás vieja". Le he lanzado mi mirada más asesina aprovechando que a veces rivalizo en mirada periférica con el camaleón Currito, y se le ha helado la carcajada antes de terminarla. "Em... que va a ser verdad y todo".
Y era verdad, claro que era verdad, que me había quedado doblada por la mitad de mala manera sin poder enderezarme mientras no dejaba de visualizar las braguitas negras esperándome sobre la cama y sin parar de pensar: "tenía que haberme duchado y vestido nada más levantarme; esto ha sido por no haber estrenado nada".
En resumiendas cuentas (como decía un becario que tuve, más brutillo que un arado el pobre pero que en cumplimiento del principio de píter llegará lejos), que aquí estoy, después de varios ibuprofenos, dos masajes con flogoprofén, y un calmante cuyo nombre no sé ni pronunciar, aburrida perdida y con la cartuchera izquierda doliéndome sin parar me ponga como me ponga. Así que no sé si estos días me verán aparecer por aquí pero si aparezco y el resultado es una mezcla de surrealismo y mala leche, a mí no me echen la culpa, pío pío que yo no he sido, que la culpa es de la cartuchera, que ha decidido tener sensibilidad propia y hacerse valer. Y háganme caso: el año que viene estrenen algo, aunque sea una gomilla del pelo.
jueves, 13 de marzo de 2008
Noordwijk
Cuentan las crónicas que hace dos mil años los hombres más altos procedían
de los Países Bajos y eran reclutados por el imperio romano como guardias
especiales al servicio del emperador. Hoy, los holandeses siguen siendo
altos, tanto que según me explica Aafke la KLM ha modificado las medidas de
los asientos en los aviones para adecuarlos a las necesidades de su
población. Aafke me lo cuenta con una media sonrisa mientras yo miro con
algo de asombro a Silvio y a Fernando, quienes se van haciendo más grandes a medida que se aproximan a nosotras. Cuando llegan hasta nuestra mesa les doy la mano y me quedo sentada para evitar el contraste. Sé que es inevitable y que dentro de un rato tendré que caminar, no "codo con codo" sino casi "hombro con cadera", junto a estos dos hombres que superan los dos metros, pero prefiero que ese momento llegue más tarde. Miro alrededor y me doy cuenta de que soy la única que les ha mirado con sorpresa porque soy la única extranjera del bar. Silvio y Fernando trabajan en la universidad; su departamento se dedica a hacer estudios para continuar ganando tierras al mar, y mejorar el afianzamiento del terreno y su aprovechamiento agrícola. Nos hablan de los distintos tipos de cultivo, de las semillas y su tratamiento, de las mareas, y de la constante amenaza que supone el mar. Estamos sentados en una mesa en la calle, y aunque estamos en julio sopla un viento frío que amenaza con tirar las sombrillas incluso cerradas como están. Escucho a Fernando hablar del terrible mar, de este Mar del Norte que nos ofrece sus aguas grises y opacas como si fuera en realidad mercurio, y por un momento puedo imaginar las batallas que ha acogido, los monstruos con que los hombres lo han poblado, y las duras luchas que han mantenido contra él. Mirándolo entiendo también la fascinación que despierta incluso así, o sobre todo así, desafiante, bravío, magnético. Y comprendo entonces que sólo unos gigantes son capaces de medirse con él, ganarle, y mantenerlo a raya.
de los Países Bajos y eran reclutados por el imperio romano como guardias
especiales al servicio del emperador. Hoy, los holandeses siguen siendo
altos, tanto que según me explica Aafke la KLM ha modificado las medidas de
los asientos en los aviones para adecuarlos a las necesidades de su
población. Aafke me lo cuenta con una media sonrisa mientras yo miro con
algo de asombro a Silvio y a Fernando, quienes se van haciendo más grandes a medida que se aproximan a nosotras. Cuando llegan hasta nuestra mesa les doy la mano y me quedo sentada para evitar el contraste. Sé que es inevitable y que dentro de un rato tendré que caminar, no "codo con codo" sino casi "hombro con cadera", junto a estos dos hombres que superan los dos metros, pero prefiero que ese momento llegue más tarde. Miro alrededor y me doy cuenta de que soy la única que les ha mirado con sorpresa porque soy la única extranjera del bar. Silvio y Fernando trabajan en la universidad; su departamento se dedica a hacer estudios para continuar ganando tierras al mar, y mejorar el afianzamiento del terreno y su aprovechamiento agrícola. Nos hablan de los distintos tipos de cultivo, de las semillas y su tratamiento, de las mareas, y de la constante amenaza que supone el mar. Estamos sentados en una mesa en la calle, y aunque estamos en julio sopla un viento frío que amenaza con tirar las sombrillas incluso cerradas como están. Escucho a Fernando hablar del terrible mar, de este Mar del Norte que nos ofrece sus aguas grises y opacas como si fuera en realidad mercurio, y por un momento puedo imaginar las batallas que ha acogido, los monstruos con que los hombres lo han poblado, y las duras luchas que han mantenido contra él. Mirándolo entiendo también la fascinación que despierta incluso así, o sobre todo así, desafiante, bravío, magnético. Y comprendo entonces que sólo unos gigantes son capaces de medirse con él, ganarle, y mantenerlo a raya.
martes, 11 de marzo de 2008
Civilización
El fin del mundo llegó anunciándose mediante un amenazante rumor lejano que se fue acercando hasta convertirse en un rugido ensordecedor que anulaba cualquier sonido excepto unos gritos despiadados mediante los cuales los demonios determinaban la posición de sus víctimas y celebraban su inmolación mientras extendían a su alrededor el hedor de la podredumbre humana. Las paredes y el suelo vibraron. De pronto todo cesó; los demonios se alejaron llevándose aquel infierno. Sin abrir los ojos, comprendió que su denuncia no había prosperado y que el camión de la basura seguía pasando, como siempre, a las cinco de la mañana.
jueves, 6 de marzo de 2008
Burgas
Viajamos bordeando montes por una carretera que hace poco más de una hora
dejó de serlo para convertirse en un carril de tierra. Vamos despacio y
tenemos las ventanillas cerradas para evitar la polvareda que levanta la
camioneta que llevamos delante, así que el calor empieza a ser agobiante.
Cuando Todor ve coches aparcados a ambos lados del camino se detiene y
estaciona él también. Sacamos un par de mochilas; desde allí hasta la
explanada de la romería nos toca ir andando pero la caminata merece la pena
aunque solamente sea para disfrutar del ambiente. Por todos lados hay
familias enteras vestidas con trajes tradicionales y cargadas con bolsas
enormes llenas de comida y mantas para sentarse en la hierba. Algunos montan caballos cubiertos con cintas de colores de la cabeza a la cola pero la
mayoría vienen en camioncitos y furgonetas destartaladas, e incluso en carros, también adornados con cintas y flores, y tirados por bueyes de
cuernos enormes.
Según nos vamos acercando a la explanada aumentan los puestecillos de dulces, fruta y limonada fría. De uno de ellos sale un olorcillo familiar a churros. Me acerco y veo que venden una especie de masas fritas que luego recubren de azúcar. Compramos unas cuantas, que nos entregan en un papel de periódico, y las comemos mientras observamos. Pacientemente, Todor responde a todas mis preguntas, riendo ruidosamente con alguna de ellas. Me cuenta el origen de la romería y la razón de que se celebre aquí, en un sitio aparentemente alejado de todo excepto de la frontera turca, que está a poco menos de cien metros y me explica que la mayoría de los asistentes a la fiesta viven en aldeas vecinas pero que son todos búlgaros; no hay ningún turco. Sonrío. Sé que en eso búlgaros y griegos son iguales: detestan a los turcos.
Por todos lados escuchamos música hecha con instrumentos tradicionales: acordeones, gaitas, flautas, y tambores. Sorprendentemente escuchamos también una trompeta. Nos acercamos y creo retroceder en el tiempo. Es como estar viendo de nuevo al Circo Rubí, a los gitanos que acampaban en el descampado frente a mi casa y se pasaban el día ensayando sus números, sólo que esta vez la estrella del circo no es una cabra que sube y baja escaleras sino varios perrillos y un oso pardo que baila al son de la trompeta. El oso está sujeto por una cadenita que le cuelga de una argolla que lleva en la nariz. Su cuidador me ofrece la cadena para que haga bailar al oso y lo hago con un cierto temor. El oso se deja llevar dócilmente. Cuando el número termina su cuidador le acerca un cubo de plástico lleno de cerveza. La gente se dispersa y Todor y yo nos quedamos a conversar. En el circo trabajan cuatro generaciones de la misma familia. Mientras ellos hablan miro al oso, que ha terminado la cerveza y está tumbado a nuestros pies, y le acaricio. “Es un oso precioso; se nota que es búlgaro” le digo provocándole. Él sonríe. “Es un oso especial. Hace dos días era turco. La semana que viene será griego. Es especial. Como yo.”
dejó de serlo para convertirse en un carril de tierra. Vamos despacio y
tenemos las ventanillas cerradas para evitar la polvareda que levanta la
camioneta que llevamos delante, así que el calor empieza a ser agobiante.
Cuando Todor ve coches aparcados a ambos lados del camino se detiene y
estaciona él también. Sacamos un par de mochilas; desde allí hasta la
explanada de la romería nos toca ir andando pero la caminata merece la pena
aunque solamente sea para disfrutar del ambiente. Por todos lados hay
familias enteras vestidas con trajes tradicionales y cargadas con bolsas
enormes llenas de comida y mantas para sentarse en la hierba. Algunos montan caballos cubiertos con cintas de colores de la cabeza a la cola pero la
mayoría vienen en camioncitos y furgonetas destartaladas, e incluso en carros, también adornados con cintas y flores, y tirados por bueyes de
cuernos enormes.
Según nos vamos acercando a la explanada aumentan los puestecillos de dulces, fruta y limonada fría. De uno de ellos sale un olorcillo familiar a churros. Me acerco y veo que venden una especie de masas fritas que luego recubren de azúcar. Compramos unas cuantas, que nos entregan en un papel de periódico, y las comemos mientras observamos. Pacientemente, Todor responde a todas mis preguntas, riendo ruidosamente con alguna de ellas. Me cuenta el origen de la romería y la razón de que se celebre aquí, en un sitio aparentemente alejado de todo excepto de la frontera turca, que está a poco menos de cien metros y me explica que la mayoría de los asistentes a la fiesta viven en aldeas vecinas pero que son todos búlgaros; no hay ningún turco. Sonrío. Sé que en eso búlgaros y griegos son iguales: detestan a los turcos.
Por todos lados escuchamos música hecha con instrumentos tradicionales: acordeones, gaitas, flautas, y tambores. Sorprendentemente escuchamos también una trompeta. Nos acercamos y creo retroceder en el tiempo. Es como estar viendo de nuevo al Circo Rubí, a los gitanos que acampaban en el descampado frente a mi casa y se pasaban el día ensayando sus números, sólo que esta vez la estrella del circo no es una cabra que sube y baja escaleras sino varios perrillos y un oso pardo que baila al son de la trompeta. El oso está sujeto por una cadenita que le cuelga de una argolla que lleva en la nariz. Su cuidador me ofrece la cadena para que haga bailar al oso y lo hago con un cierto temor. El oso se deja llevar dócilmente. Cuando el número termina su cuidador le acerca un cubo de plástico lleno de cerveza. La gente se dispersa y Todor y yo nos quedamos a conversar. En el circo trabajan cuatro generaciones de la misma familia. Mientras ellos hablan miro al oso, que ha terminado la cerveza y está tumbado a nuestros pies, y le acaricio. “Es un oso precioso; se nota que es búlgaro” le digo provocándole. Él sonríe. “Es un oso especial. Hace dos días era turco. La semana que viene será griego. Es especial. Como yo.”
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