lunes, 28 de abril de 2008

Balitalia

Umberto y Massimo llevan varios días hablándome de ellas. Yo todavía no las he visto actuar así que no puedo compartir su fascinación pero me hace gracia verles entusiasmados como chiquillos. Por su parte ellos no entienden cómo no corro cada noche a verlas bailar. Este año el festival internacional de folklore de Agrigento cuenta con la participación de varios grupos asiáticos que, además del escenario, han llenado la ciudad de color.
El grupo de India me encanta. Es como una tribu: los músicos son ancianos de aspecto venerable, largas barbas blancas y turbantes de colores vibrantes; hay varias mujeres con pinta de matronas, jaquetonas, desbordantes, que cantan y no pierden de vista a los bailarines, adolescentes elásticos que huelen a aceites aromáticos. Los indios se mueven en grupo y son ruidosos y divertidos; los bailarines ríen mucho y visten colores alegres.
Hay también un grupo de Mongolia, hombres y mujeres curiosos que no hablan con nadie porque nadie más que su traductor les entiende, pero que están prestos a la sonrisa, y que llenan el escenario de máscaras, sedas, e instrumentos exóticos.
A ellas, a las bailarinas balinesas de las que habla todo el mundo, todavía no las he visto bailar pero sí las he visto atravesar en fila las calles de la ciudad, silenciosas, moviéndose como si pisaran nubes en vez de adoquines.

Esta noche la gala se celebra en el valle de los templos. Hace frío. El público se cubre con mantas de viaje. Los bailarines de los distintos grupos hacen calentamientos y cuando terminan su turno se abrigan y se mezclan con el público para ver las demás actuaciones. El último en actuar es el grupo de Bali. Las bailarinas salen al escenario. Se oye un murmullo general y cuando comienzan a danzar se hace un silencio profundo. A mi lado Umberto me lanza miradas fugaces y sonríe. Me sacude suavemente. “Te quedas hipnotizada”. Sonrío sin mirarle. Ciertamente no puedo apartar la vista de esas muñecas diminutas, frágiles, que se mueven con la delicadeza de las mariposas y que son, como ha dicho Massimo unas cuantas veces, las mujeres más femeninas que he visto nunca. Las miro a través del visor de la cámara y por un momento temo no conseguir fijar la imagen de estas criaturas leves.

viernes, 25 de abril de 2008

Insomnio

Se levantó a beber agua y aprovechó para echar una meadita. Volvió a la cama. Eran ya las dos de la madrugada y no conseguía pegar ojo. Había probado todo y seguía despierto. Al otro lado de la puerta las ovejitas balaban dulcemente. Se sintió Ulises y decidió que podía pasar de sirenas. A la luz de la luna se puso a contar las flores del papel pintado de la pared, pero ni por ésas. A las cuatro abrió la puerta y dejó entrar al rebaño pensando que esa vez limpiaría las cagarrutas antes de que se levantara su madre.

miércoles, 23 de abril de 2008

Limones

Antes de llegar a Georgianoi paramos en algo que aquí llamaríamos venta. Yannis, que conoce el sitio, negocia la comida. Hemos tenido suerte: el grupo se cierra con nosotros. Yannis me explica que el dueño hace un menú para un número determinado de comensales y no admite ni uno más. Hoy están asando piernas de cordero y vamos a compartir mesa con un grupo de turistas ingleses. Mientras el cordero termina de hacerse nos sentamos en el patio, a la sombra de una parra. Una mujer nos pone delante una jarra de retsina y un platito con olivas negras y dientes de ajo. Creo que es uno de los peores vinos que he bebido. Las olivas, en cambio, son una delicia. Ignoro los ajos, nunca he podido comerlos crudos; Yannis los devora y me jura que se pasará el resto del día masticando perejil.

Los ingleses entran y antes de sentarse recorren el patio alabando todo con grandes aspavientos. Fotografían cada rama, cada hoja, cada servilleta, los cestillos del pan, los manteles, y parecen entrar en éxtasis cuando ven el huerto de limones. Tras varios minutos de “Oh, my God” y miles de clikcliks fotográficos el guía los pastorea hasta las mesas desde donde continúan mirando arrobados los limoneros. Alguno, en el colmo de la osadía, ha recogido un limón del suelo y lo pone sobre la mesa después de limpiarlo cuidadosamente. Yo los miro con la misma fascinación con la que ellos miran los limones. Me recuerdan a los japoneses que se levantan a las cuatro de la madrugada y viajan dos horas para ver salir el sol sobre los campos de girasoles de Sevilla. El dueño de la venta me mira a mi con curiosidad y cuando nos sirve el cordero me pregunta directamente si no me gusta su huerto. Parece algo ofendido. Le digo que es un huerto magnífico y Yannis le cuenta que tengo varios limoneros en el jardín de mi casa. “¿No inglesa?” Niego con la cabeza. Suelta una risotada, me guiña un ojo y le da a Yannis una palmada en la espalda.

sábado, 19 de abril de 2008

No quieres aves... toma dos huevos (¿me persiguen?)

Lo confieso: yo odiaba los dibujos animados de Heidi. También odiaba a Marco, pero a Marco le odiaba por llorón, por enmadrado, por consentido, por inconsciente, y por tener a un monito como mascota, con la de piojos y bichos que eso tiene. A Heidi la odiaba porque llevaba fenomenal eso de vivir en una cabaña de piedra en la que no había cuarto de baño ni agua caliente y estaba encantada de dormir en el pajar sin importarle ni el frío ni lo molestísimo que es eso que siempre hay ratones, y las pajillas se quedan duras y por la mañana te duelen los huesos, y beber leche de cabra directamente de la teta, sin hervir ni ná, y pasarse el día descalza clavándose piedrecitas en los pies. Además la detestaba por esa vocecilla de pito que tenía. Que independientemente de que no la tragara me sepa las canciones de la serie en japonés (que mis hijas se descojonan cuando se las canto, y pretenden que las cante cuando vienen sus amigos, como si fuera un loro amaestrado, las muy malvadas) es cosa aparte.

Ese mundo idílico de Heidi es totalmente mentira. Se lo digo yo que cuando era pequeña pasaba los veranos en una aldea de las montañas, y no había cuarto de baño ni agua caliente, ni televisión, ni calefacción, ni lavadora, ni teléfono, ni nada, y aunque muchas cosas eran divertidas había otras que resultaban francamente molestas. Por ejemplo, entre las divertidas estaba lo de ir a lavar la ropa al río. La verdad es que lo pienso ahora y eso de pasarte un rato largo arrodillada en una piedra (con un cojín debajo, vale, pero piedra al fin y al cabo) con las manos metidas en un agua que baja del deshielo espantando renacuajos a base de restregar ropa contra una laja (no, no usábamos lavaderas de madera, no, eran de piedra) y luego retorcerla con toda la saña del mundo para sacarle hasta la última gota de agua posible, y acarrear después hasta casa un barreño o un cubo lleno de ropa pesada como un collar de melones, pues como que divertido no lo veo, pero entonces nos parecía lo más de lo más y nos tirábamos media mañana lavando bragas y perdiendo calcetines cauce abajo. Eso estaba entre lo divertido. Entre lo no divertido, pues volver a casa con la única luz de la linternita de petaca pisando boñigas y sapos. O tener que bajar a la cuadra a hacer nuestras necesidades al calor de los animales.

Yo creo que de ahí viene la manía que le tengo a las aves, sobre todo a las aves de corral, aunque no soporto a ninguna. Háganse una idea e imagínense que tienen que hacer pis (comencemos con eso, de momento) agachaditos en una cuadra con poca luz, el suelo de tierra (y cacas de animal) y rodeados de ganado de todo tipo. Como para que no salga el chorrito. Y cuando por fin sale ven que se les acercan las gallinas mirándoles de lado (yo sé que las pobres no pueden mirar de frente porque tienen un ojo a cada lado de la cabeza pero eso no hace que me den menos grima) y haciendo ruidos irreproducibles. Anda que no me he meado yo veces encima por ponerme de pie a toda prisa. Y de otros menesteres no hablemos que se pueden imaginar el grado de estreñimiento que se adquiere solamente de pensar que tienes que tirarte un rato en cuclillas espantando gallinas y demás, y encima sin caerte. ¿A que ustedes no se imaginaban eso cuando veían Heidi? Pues yo sí. De entonces me viene este asco a las aves. A todas, porque como dice Madagascar, puestos a detestar, yo a lo grande. Y por supuesto, como no me gustan, el destino está empeñado en amenazar con meterlas en mi vida a toda costa.

A primeros de semana JB se puso a podar los árboles del jardín, que buena falta les hacía, y volvió con un misterioso tesoro en una bolsa. Mira que podía ser un montón de cosas, yo qué sé, desde un cargamento de limones hasta ramos de lilas, un gatito nuevo (no sería la primera vez), e incluso un frasco de perfume para mí, yo qué sé, pero no, antes de abrirlo yo sabía lo que era.

-No habrás traido un nido.

Se le puso carita de culpable.

-Y encima tendrá hasta huevos.

La culpabilidad le chorreaba ya por todos los poros de la piel, rivalizando en intensidad con el entusiasmo, así que abrió la bolsa y sacó el nido. Muy bonito, tengo que reconocerlo, era un nido perfecto, y por supuesto estaba habitado por tres huevos de color azul turquesa con pintitas marroncillos. Yo sé que las miradas entre gélidas y de asco que les dedicamos no coincidían ni medio con los gritos de júbilo y desbordada ilusión que esperaba JB, pero es que no podía.

-¿No os gustan?
-Emmm... son preciosos, sí, es un azul turquesa francamente bonito.
-Además están llenos, mira, porque pesan.

Ahí no pude menos que visualizar a los embriones a medio hacer y recordar a los vietnamitas comiendo embrión de pato y como dice Bruno “por casi gomito”. La cara de asco debió ser memorable. Lo sé porque ví las de Kenya y Madagascar, que debieron tener un hilo de pensamiento similar al mío. Bruno sopesaba los huevos a ver qué pollo era más gordo, y se los quité porque corrían grave riesgo de rotura y lo único que me faltaba era el cadáver de un pollo a medio desarrollar por el suelo. Puaj.

Ante nuestra reacción cualquiera se habría desinflado, pero estamos hablando de JB, inasequible al desaliento y que dispone de una capacidad de entusiasmo que alcanza límites insospechados. Él en lugar de retirarse cabizbajo a su rincón, se puso a explicarnos lo bonito que iba a ser cuando los minipollos abrieran el cascarón y les viéramos salir y piar de contento. Su discurso se enfrió levemente cuando yo le dije, con toda la frialdad de la que fui capaz, que entendía que él quisiera que los pajaritos que tiene en la cabeza tuvieran nuevos amiguitos con los que jugar pero que si uno solo de esos pollos conseguía nacer no contara conmigo para masticarle lombrices y regurgitárselas después amorosamente en el piquito. Kenya y Madagascar dijeron que ellas tampoco se apuntaban, y Bruno, después de preguntar qué quería decir regurgitar dijo que contáramos con él para coger lombrices pero que no pensaba masticarlas ni nada. JB nos miró con cara de ofendido.

-Sois unas... unas... unas... ahora mismo no me sale nada, pero me habéis desilusionado. Yo pensé que os iban a encantar los huevos.
-A mí me gustan los huevos. Oye, ¿con esto salen tortillas azules?

Bruno no tiene pajaritos en la cabeza pero derrapa mentalmente que da gusto. JB ni siquiera consideró contestarle.

-Pues que sepáis que voy a poner el nido encima del radiador y que los pajaritos van a salir. Y los voy a criar. Y vendrán a comer de mi mano.
-¿Y cómo los vas a llamar?

Madagascar, una vez superada la etapa repugnante de bichos sin plumas, estaba francamente interesada en los pollos. JB aprovechó el resquicio.

-No sé. ¿Por qué no le ponéis nombre cada uno a un huevo?

Kenya aprovechó para soltar un golpe bajo.

-Vale. El mío se llama Cadáver porque seguro que están ya todos muertos.
-¡Ah! Pues entonces el mío que se llame Carroña.

Sólo quedaba Bruno. La mirada furibunda de JB cambió al verle la carita.

-Pues el mío se llama Vivito, y va a ser un pájaro precioso, de colores, y cantará y vendrá a todos lados conmigo.
-¿Pero no eran mirlos negros de esos asquerosos?- Susurró Madagascar justo antes de ganarse un codazo mío.

Y ahí quedó el nido, sobre el radiador y envuelto en una toalla. La mañana siguiente estoy terminando de desayunar cuando veo a Madagascar salir de su habitación en pijama con los pelos tiesos (como siempre) y carita de asombro.

-Buenos días. ¿Qué te pasa?
-Que he abierto los ojos y estoy oyendo cantar pajaritos, y... ¿han salido ya o qué?

Muerta de risa le di la vuelta y la puse mirando a la ventana. Le dio la risa también a ella.

-¡Aaaaaaah! Que son los pájaros normales, los de todas las mañanas...

Han pasado ya varios días desde que JB trajera el nido y esta mañana lo hemos visto moverse levemente (al nido, que JB se mueve con mucho brío, nada de levemente). Como salgan los pollos me voy de casa.

viernes, 11 de abril de 2008

Astenia primaveral

Me la habrán notado. Me doy vacaciones una semana a ver si me quito la tontera.

sábado, 5 de abril de 2008

Cucurrucucú

La primera vez que Kenya fue de excursión con el colegio tenía 6 años. Los llevaron al centro de la ciudad, a ver la casa natal del pintor local (aquí todo gira en torno a él) y cuando volvieron la profesora estaba a punto de tener un ataque de nervios. Resulta que al terminar la visita había dejado a los chiquillos jugar un rato en la plaza (frente a la casa natal del pintor local en torno al cual gira la vida de la ciudad) y al ir a subir al autobús para volver al pueblo se dio cuenta de que todos los niños (y me refiero a niños macho, las niñas hembra no) llevaban bajo el brazo una paloma. Teniendo en cuenta que las palomas de esta ciudad son listas y taimadas como un lobo acosado por espíritus de vampiro en celo (ya, es que no se me ocurría qué podía acosar tanto a un lobo como para volverle taimado al nivel de los rapaces estos) ya tenía mérito que las hubieran atrapado. Alguno, incluso, llevaba dos. Al preguntarles qué narices hacían con las palomas, uno de ellos dijo que su madre las preparaba con arroz y que estaban bien ricas. Por supuesto le costó un rato largo y una batería de gritos conseguir que las palomas volvieran a ser libres y pudieran continuar destrozando los edificios, las estatuas, y la ropa de los viandantes a base de cagarrutas descontroladas.

La verdad es que cuando a mi me lo contó me pareció que exageraba un poco. Bien es cierto que ella acababa de bajar del autobús y estaba histérica perdida, y que yo llevaba un buen rato en el bar esperando a que llegaran, pero aun así me pareció que estaba echando un poco las patas por alto porque vamos a ver, qué mal habían hecho los vandalitos aquellos en capturar unas cuantas presas para echar al puchero. Al fin y al cabo ahí se veía que tenían madera de machos, de cazadores, de sostén familiar, de… vale, de brutísimos. Pero también es cierto que palomas hay un ciento en cada esquina, y que tampoco pasa nada por aligerar un poco la población aviar de la zona. Aunque sea para comerlas con arroz, que no lo he probado nunca (me da un poco de reparo, tengo que confesarlo) pero todo el mundo dice que está rico. Yo detesto las palomas, vivas o muertas. Bueno, vivas más.

Hace un par de semanas estaba tomando el té en el jardín con Rosamari cuando llegó Cristo y se nos unió. Estaban los dos encantados de conocerse, Rosamari porque era la primera vez que conocía a un lugareño nudista, y Cristo porque es más sociable que la mar y le encanta conocer gente nueva. Y si esa gente nueva es negra, inglesa de Jamaica, y solamente habla inglés pues mejor porque así practica el idioma. Es que no había dicho que Rosamari es una alumna de JB y en realidad se llama Rose Marie, es negra, inglesa de Jamaica, y etc. etc. etc. Así que allí estábamos los tres tomando el sol y el té tan ricamente. Cristo y Rosamari charlaban (o lo intentaban) y yo miraba las palmeras del jardín de las cuales salían unos “cucurrucucúes” la mar de mosqueantes, para mí, claro. Cristo siguió la dirección de mi mirada.

- ¿Contemplando las palomas?
- Ajá.
- Son preciosas, ¿eh?
- ¿Tú sabes cómo podría cargármelas a todas?
- ¡Joder, Gin, no seas cafre!

Cristo me miraba como si hubiera dicho que quería asarles a él y a Rosamari y comérmelos de a poquito.

- Me tienen harta, Cristo, me tienen harta. Hoy he tenido que lavar las toallas dos veces porque las tiendo y las cagan enteritas. Me dan un aaaaaasco. Y todo el día haciendo “rruuuuuuruuuuuuruuuu”. Son desagradables como ellas solas.
- ¿What?

Rosamari es que no se entera de nada de español, y eso que lleva ya tiempo aquí.

- Pidgeons. Disgusting.

Kenya al principio se dedicaba con entusiasmo a la tarea de traducir fielmente todo lo que hablábamos en español pero ya empieza a estar un poco hasta el moñete y traduce tipo Tarzán. Miedo me da pensar qué hará dentro de una semana o dos. Igual se dedica a hacer señas.

- Mi madre hacía un pastel de paloma delicioso.

Yo creí que había oído mal pero cuando Kenya dijo “pero qué asco, por Dios”, y ví brillar los ojitos de Rosamari así como con aire golosito me di cuenta de que no, que la cocina inglesa era todavía más repugnante de lo que yo pensaba y que si se la dábamos bien muerta aquella mujer era capaz de hacernos un pastel con la paloma.

- ¡Ah, pues estará rico! ¿Te acuerdas de aquel arroz con pechuguitas de gorrión que nos hizo Juani el bombero, Gin?

Cristo a veces tiene la extraña capacidad de sacar a relucir aquellos temas que yo querría que quedaran bien enterrados en el subconsciente colectivo. El arroz con pechuguitas de gorrión era uno de ellos. Bien es cierto que estaba estupendo pero recuerdo que al principio estaba intrigadísima por saber de dónde habría sacado el bombero pollos tan diminutos. Cuando nos dijo que se trataba de gorriones y que se había pasado todo el día anterior limpiándolos para dejar las pechuguitas nada más me imaginé la pila de gorriones muertos y despechugados (literalmente) y me entró un mal rollo que no pude seguir comiendo. Vaya, aquello solamente fue comparable al día que Claudia la colombiana nos invitó a comer y cuando llevábamos ya medio plato comido nos preguntó si nos gustaba la lengua. En ese mismo momento terminó la comida. Y es que somos unos prejuiciosos, vale, pero por mucho que me intente mentalizar lo de zamparme un puñao de pajaritos no termina de convencerme nada de nada. Y de las lenguas de criaturas muertas ni hablemos.

Iba a fulminar a Cristo con la mirada pero afortunadamente él y Rosamari se enredaron a discutir sobre gastronomía y me dejaron tranquila para pensar en la manera de desarraigar a las palomas de las palmeras. De pronto se me ocurrió.

- ¡El nido! Si les quitamos el nido se irán de ahí.

Era tan fácil que no sabía cómo no se me había ocurrido antes. Lo que no parecía tan fácil era cómo subir a lo alto de la palmera (son doce metros) esquivando picotazos (eh, que yo he visto “Los pájaros”) localizar un nido, hacerlo añicos, y bajar sana, salva, y triunfal, al jardín. Pero bueno, pensé que la cosa no iba mal. De momento había dado con la solución. Otro día me dedicaría a pensar cómo ejecutarla.

Y la solución parecieron aportarla las mismas palomas. Dos días después volvía del pueblo en coche con Madagascar cuando vimos dos palomas caminando por la carretera.

- ¡Vas a atropellar una paloma! ¡Gira el volante!¡Esquívala!

A veces Madagascar se cree que soy Lara Croft y que estamos en una autopista y se olvida de que por la calle no cabe más que coche y medio (el otro medio suele estar retrepado en la acera bien aparcadito).

- No digas bobadas, Madagascar, a ver si te crees que las palomas son tontas. Cómo voy a atrop…

¡CHOF, CHOF! No pude terminar la frase. Por el retrovisor vi el cadáver espachurrado de la paloma.

- ¿La has atropellado?
- Mmm… creo que sí.
- ¡La ha reventao entera! ¡Está la carretera llena de tripas y de sangre!

Bruno estaba entusiasmado; se había salido de la silla del coche para mirar por el cristal trasero. A veces no sé de dónde salen estos niños.

Durante la comida Bruno contó el atropello. “Se trata de una acción vituperable que deploro de veras” dijo JB, y se quedó tan pancho. Yo empiezo a cuestionarme seriamente lo de impedirle ver películas de romanos, que luego nos suelta cosas así y terminamos hablando todos que parecemos Judá Ben Hur y el colega aquel de la cuádriga tuneada de negro. Kenya, por cortesía del canal Odisea (de verdad que durante esa comida estuve tentada de borrarme del Digital para siempre) nos explicó que las palomas son monógamas y que si un miembro de la pareja muere el otro se deja morir porque no soporta vivir sin su pareja. “Estupendo” dije fríamente “a ver si se muere pronto y puedo tender la ropa en paz de una vez”. El tono fue lo suficientemente lúgubre como para que nadie continuara hablando del tema.

Y la cosa parecía funcionar. Durante un par de días la paloma superviviente se lanzaba entre las ruedas del coche cada vez que me veía aparecer por la calle, en plan kamikaze. Hay que decir que ella era una kamikaze muy torpe y yo una asesina fatal porque ninguna de las dos conseguimos nuestro objetivo y la paloma siguió vivita y coleante. Al final, aburrida de intentar suicidarse sin éxito, la paloma dejó de atacar mis ruedas y se fue. Y yo me quedé tan contenta.

Hasta hoy, que al tender la ropa con Kenya hemos oído unos “currucucúes” de lo más familiar y al mirar he visto que la paloma ha vuelto ¡con otra pareja! He mirado a Kenya de modo acusador, claro. “Con que fieles hasta la muerte, ¿eh?”, y se ha inflado a reir. Llevo todo el día buscando el tirachinas.

jueves, 3 de abril de 2008

Un mal momento

"¡Dios mío, qué mala suerte! Otra pérdida más. Soy una desgraciada. Nada me sale bien. Cada vez que intento hacer algo, sea lo que sea, lo fastidio. Si no soy capaz de hacer bien una cosa insignificante, algo cotidiano, cómo voy a poder llevar adelante mi vida. Nunca seré nadie; siempre un cero a la izquierda. ¡Ay, Dios! Miro y solamente veo un abismo. Esto es siempre mi vida: un abismo en el que solamente hay pérdidas desastrosas y… "

(Ding-Dong)

- Hola, soy la vecina del bajo; te traigo una toalla. Se te acaba de caer al recoger la ropa.

martes, 1 de abril de 2008

Donegal

Me levanto temprano. Hace mucho frío en la cocina. Declan ha ido a comprar pan para desayunar. Me ducho y preparo café mientras le espero. Siempre madruga más que yo. Por muy temprano que me levante él lo ha hecho antes. Se levanta, se ducha con agua fría, incluso en invierno, y desaparece un par de horas. Luego vuelve trayendo pan o bollos recién hechos para el desayuno. Nunca le he preguntado dónde va y qué hace en esas horas. No sé si se dedica a pasear, si reza, si corre por el campo, o si hace meditación. No lo sé y no me importa. No me importa siempre, sólo cuando creo que a veces sería bueno para él que yo lo supiera. Pero de eso no estoy segura.

Llueve. Hoy, ahora, toca esa lluvia blanda y fina que engaña haciendo que parezca que las gotas se limitan a flotar en el ambiente, y que hace que terminemos calados hasta los huesos. Declan entra y sacude la cabeza esparciendo agua por la cocina. Trae pan caliente y el periódico. Cuando terminamos de desayunar yo leo el periódico mientras él recoge la cocina en silencio, sin molestarme. Sólo después de haber desayunado, después de haber echado un vistazo al periódico, hablamos y decidimos qué vamos a hacer cada día. Es una rutina que establecimos el año pasado sin darnos cuenta. Entonces trabajábamos juntos. Este año compartimos las vacaciones pero seguimos manteniendo ciertos hábitos que facilitan nuestra convivencia. El año pasado yo le explicaba qué buscaba, qué necesitaba, con quién quería hablar, y él decidía la manera de hacerlo. Este año hacemos algo parecido: él me pregunta qué me gustaría ver, dónde me gustaría ir, y él decide cómo y dónde.

Viajamos en su coche. Es una furgoneta grande y alta. Está preparada para poder dormir en ella en caso necesario pero preferimos las granjas y los bed and breakfast. Hasta ahora no hemos tenido problemas de alojamiento. En esta zona no hay casi turistas y en todos los pueblos se pueden alquilar habitaciones para unos días. Hoy no ha preguntado qué quería hacer, vamos a ver Downings Bay y luego subiremos hacia el norte, hacia Sheep Haven. Como es habitual aquí, en cuestión de minutos deja de llover y sale el sol, un sol tibio pero brillante, que no calienta pero ilumina los prados verdes y hace que el cielo se vea profundamente azul. Disfrutamos el buen tiempo y aprovecho que Declan conoce perfectamente la zona. Le dejo hacer, voy donde quiere y veo lo que me muestra, relajada, confiada, tanto que el día se me pasa volando. Me dice que vamos a recorrer Donegal un par de días y luego iremos hacia el Este, a Londonderry. No me dice más y yo no le pregunto. Sé quién es Declan, sé lo que ha hecho y lo que calla. Lo sé y nunca le he dicho si me importa o no me importa; no le juzgo y él lo agradece. Tampoco él me juzga a mí.

martes, 25 de marzo de 2008

La noche del cometa

Rafael viene a recogerme. No hace mucho frío pero llevo unas mantas de viaje porque es temprano y de madrugada refrescará. Al ponerlas en el asiento de atrás del coche veo saco de dormir: Rafael ha pensado lo mismo. Yo traigo, además, una mochila pequeña con un termo de té dulce y galletas. Enciendo el equipo de música y suena Serrat. Sonreímos. “¿Pero es que tus hermanos sólo escuchan a Serrat?” El coche es de los hermanos de Rafael, los pequeños, los gemelos. Tienen sólo dos años menos que yo, y estudian en mi facultad; ellos casi empiezan y yo ya termino. A veces me los cruzo por las escaleras. Entonces nos miramos y nos saludamos con una inclinación de cabeza. Nunca hemos hablado pero sabemos quiénes somos porque nos hemos visto en fotografías en casa de Rafael. Los fines de semana salen de bares, a beber, y le prestan el coche a su hermano mayor, el artista, el bohemio. Y nosotros salimos por los pueblos, vemos montes, comemos en sitios desconocidos y tomamos café viendo a los viejos jugar al dominó y al mus en bares en los que no entran turistas. Por las noches, en invierno, recorremos las calles de Madrid hasta que nos hartamos, aparcamos el coche y buscamos algún sitio acogedor en el que seguir conversando o escuchando buena música.

Esta noche es diferente. Salimos de Madrid en dirección a Navacerrada. Subimos el puerto. A Rafael, que no suele venir por aquí, le sorprende la cantidad de tráfico que hay a estas horas. Conduce despacio dejándose adelantar por todos. Nosotros no vamos a ningún sitio en concreto, nadie nos espera, no tenemos que estar en ningún lado a ninguna hora así que podemos permitirnos el lujo de ir despacio, disfrutando el camino. El puerto está lleno de coches. Hay de todo: parejas que quieren pasar una noche especialmente romántica, grupos de amigos que han venido a ver el prodigio, familias con niños excitados por la novedad es estar fuera de casa a estas horas. Aparcamos y durante un rato miramos el cielo, como todos, hasta que decidimos buscar otro observatorio con menos gente.

Bajamos el puerto y nos perdemos por una carretera local hasta llegar a una pequeña explanada. Conozco el sitio. Estamos en Cercedilla. Le cuento a Rafael que aquí es donde se organizan por San Juan las Enramadas del pueblo. Hoy no hay nadie. Aparcamos, cogemos las mantas, el saco de dormir y la mochila, y avanzamos a pie unos metros por un caminillo. Nos sentamos sobre una manta y nos abrigamos con la otra y con el saco. Bebemos té caliente y nos comemos las galletas mirando al cielo. Conversamos, nos gusta hacerlo, pero durante el momento mágico, sin ponernos de acuerdo, nos callamos los dos y nos perdemos mirando las estrellas, las señales del Halley que pasa. Dicen que el de este año no es el avistamiento más espectacular. A mí me parece una maravilla.

martes, 18 de marzo de 2008

Cuidado con lo que deseas...

Quería una tarta perfecta para una boda perfecta así que buscó por todo el país hasta que encontró a los pasteleros capaces de convertir sus fantasías en chocolate, y les explicó qué quería. El día de la boda todo fue perfecto, como había soñado. El vestido causó sensación, la ceremonia hizo llorar a madres y amigas, y la comida satisfizo a todos. Cuando apareció la tarta se quedaron sin habla. Se trataba de una perfecta reproducción en miniatura del Taj Mahal realizada en mazapán y chocolate. Era tan perfecta que no quisieron ni cortarla. De postre comieron frutas de temporada.

domingo, 16 de marzo de 2008

... al que no estrena se le caen las manos

Cuando era pequeña me daba bastante miedo el Domingo de Ramos (me daba miedo casi todo, la verdad, pero me reconocerán que lo de temer el Domingo de Ramos como si fuera un viernes trece o el día del cumpleaños de Chucky se sale de lo común). Por un lado me encantaba porque solíamos pasarlo en Alicante y nos compraban unas palmas trenzadas tan bonitas que las conservábamos el resto del año hasta que terminaban, negras y churretosas perdidas, en el cubo de la basura. Las palmas no me daban miedo más allá de que acabáramos ensartándonos un ojo con alguno de los remates o que acabara tragándome las borlas trenzadas que les colgaban por todos lados. Lo que me daba miedo era el dicho que durante la semana anterior escuchábamos a todas las abuelas: Domingo de Ramos, al que no estrena se le caen las manos. Las abuelas soltaban semejante barbaridad y sonreían, las jodías, como si hubieran dicho sojosnegrostienesmorena. Ya, ya. Ya sé que eso es como las cadenas que recibimos por mail amenazándonos con no volver a comer jamón en la vida si no reenviamos una carta tristísima en la que una niñita que se pilló un dedito con un cascanueces agoniza gangrenosa perdida en un hospital de la alta Mongolia esperando que el reenvío masivo de la carta obre el milagro de devolverle los siete dedos que le llevan ya amputados. Pues lo mismo, con la diferencia de que a estas alturas de vida los mails no los reenvío ni borracha (hombre, borracha es que ni atino con la tecla para conectarme a la intesné) pero con ocho y nueve años yo no me creía lo de las manos pero por si acaso procuraba estrenar algo ese día, así que procuraba reservar algunos calcetines nuevos o alguna braga. Las bragas eran mucho más efectivas porque siempre cabía la posibilidad de que el Domingo de Ramos amaneciera un día soleado de morirse, de esos en los que o te pones sandalias o terminas con los datilillos cocidos, y luego me tirase el día entero temiéndome que con cualquier gesto me saliera una mano volando como si fuera una leprosa de Molokai. Con las bragas no había problema porque hiciera el tiempo que hiciera siempre las llevaba del mismo estilo.

Esta mañana, después de desayunar, he preparado la ropa que me iba a poner hoy cuidándome muy mucho de sacar unas braguitas negras recién compradas (por si acaso) y libre de todo peligro me dedicaba a sacar del cubo la bosa destinada a la basura orgánica (hago más apartadijos con la basura que con la ropa que voy a meter en la lavadora, y no sé para qué si luego lo echamos todo en el único contenedor de basura que hay al final de la torrentera) cuando he notado un "cruijj" así por la cartuchera izquierda y me he quedado doblada por la mitad. Kenya, ocupada en sacar del cubo correspondiente otra de las bolsas de basura, me ha mirado, ha soltado una carcajada y ha dicho algo así como "estás vieja". Le he lanzado mi mirada más asesina aprovechando que a veces rivalizo en mirada periférica con el camaleón Currito, y se le ha helado la carcajada antes de terminarla. "Em... que va a ser verdad y todo".

Y era verdad, claro que era verdad, que me había quedado doblada por la mitad de mala manera sin poder enderezarme mientras no dejaba de visualizar las braguitas negras esperándome sobre la cama y sin parar de pensar: "tenía que haberme duchado y vestido nada más levantarme; esto ha sido por no haber estrenado nada".

En resumiendas cuentas (como decía un becario que tuve, más brutillo que un arado el pobre pero que en cumplimiento del principio de píter llegará lejos), que aquí estoy, después de varios ibuprofenos, dos masajes con flogoprofén, y un calmante cuyo nombre no sé ni pronunciar, aburrida perdida y con la cartuchera izquierda doliéndome sin parar me ponga como me ponga. Así que no sé si estos días me verán aparecer por aquí pero si aparezco y el resultado es una mezcla de surrealismo y mala leche, a mí no me echen la culpa, pío pío que yo no he sido, que la culpa es de la cartuchera, que ha decidido tener sensibilidad propia y hacerse valer. Y háganme caso: el año que viene estrenen algo, aunque sea una gomilla del pelo.

jueves, 13 de marzo de 2008

Noordwijk

Cuentan las crónicas que hace dos mil años los hombres más altos procedían
de los Países Bajos y eran reclutados por el imperio romano como guardias
especiales al servicio del emperador. Hoy, los holandeses siguen siendo
altos, tanto que según me explica Aafke la KLM ha modificado las medidas de
los asientos en los aviones para adecuarlos a las necesidades de su
población. Aafke me lo cuenta con una media sonrisa mientras yo miro con
algo de asombro a Silvio y a Fernando, quienes se van haciendo más grandes a medida que se aproximan a nosotras. Cuando llegan hasta nuestra mesa les doy la mano y me quedo sentada para evitar el contraste. Sé que es inevitable y que dentro de un rato tendré que caminar, no "codo con codo" sino casi "hombro con cadera", junto a estos dos hombres que superan los dos metros, pero prefiero que ese momento llegue más tarde. Miro alrededor y me doy cuenta de que soy la única que les ha mirado con sorpresa porque soy la única extranjera del bar. Silvio y Fernando trabajan en la universidad; su departamento se dedica a hacer estudios para continuar ganando tierras al mar, y mejorar el afianzamiento del terreno y su aprovechamiento agrícola. Nos hablan de los distintos tipos de cultivo, de las semillas y su tratamiento, de las mareas, y de la constante amenaza que supone el mar. Estamos sentados en una mesa en la calle, y aunque estamos en julio sopla un viento frío que amenaza con tirar las sombrillas incluso cerradas como están. Escucho a Fernando hablar del terrible mar, de este Mar del Norte que nos ofrece sus aguas grises y opacas como si fuera en realidad mercurio, y por un momento puedo imaginar las batallas que ha acogido, los monstruos con que los hombres lo han poblado, y las duras luchas que han mantenido contra él. Mirándolo entiendo también la fascinación que despierta incluso así, o sobre todo así, desafiante, bravío, magnético. Y comprendo entonces que sólo unos gigantes son capaces de medirse con él, ganarle, y mantenerlo a raya.

martes, 11 de marzo de 2008

Civilización

El fin del mundo llegó anunciándose mediante un amenazante rumor lejano que se fue acercando hasta convertirse en un rugido ensordecedor que anulaba cualquier sonido excepto unos gritos despiadados mediante los cuales los demonios determinaban la posición de sus víctimas y celebraban su inmolación mientras extendían a su alrededor el hedor de la podredumbre humana. Las paredes y el suelo vibraron. De pronto todo cesó; los demonios se alejaron llevándose aquel infierno. Sin abrir los ojos, comprendió que su denuncia no había prosperado y que el camión de la basura seguía pasando, como siempre, a las cinco de la mañana.

jueves, 6 de marzo de 2008

Burgas

Viajamos bordeando montes por una carretera que hace poco más de una hora
dejó de serlo para convertirse en un carril de tierra. Vamos despacio y
tenemos las ventanillas cerradas para evitar la polvareda que levanta la
camioneta que llevamos delante, así que el calor empieza a ser agobiante.
Cuando Todor ve coches aparcados a ambos lados del camino se detiene y
estaciona él también. Sacamos un par de mochilas; desde allí hasta la
explanada de la romería nos toca ir andando pero la caminata merece la pena
aunque solamente sea para disfrutar del ambiente. Por todos lados hay
familias enteras vestidas con trajes tradicionales y cargadas con bolsas
enormes llenas de comida y mantas para sentarse en la hierba. Algunos montan caballos cubiertos con cintas de colores de la cabeza a la cola pero la
mayoría vienen en camioncitos y furgonetas destartaladas, e incluso en carros, también adornados con cintas y flores, y tirados por bueyes de
cuernos enormes.

Según nos vamos acercando a la explanada aumentan los puestecillos de dulces, fruta y limonada fría. De uno de ellos sale un olorcillo familiar a churros. Me acerco y veo que venden una especie de masas fritas que luego recubren de azúcar. Compramos unas cuantas, que nos entregan en un papel de periódico, y las comemos mientras observamos. Pacientemente, Todor responde a todas mis preguntas, riendo ruidosamente con alguna de ellas. Me cuenta el origen de la romería y la razón de que se celebre aquí, en un sitio aparentemente alejado de todo excepto de la frontera turca, que está a poco menos de cien metros y me explica que la mayoría de los asistentes a la fiesta viven en aldeas vecinas pero que son todos búlgaros; no hay ningún turco. Sonrío. Sé que en eso búlgaros y griegos son iguales: detestan a los turcos.

Por todos lados escuchamos música hecha con instrumentos tradicionales: acordeones, gaitas, flautas, y tambores. Sorprendentemente escuchamos también una trompeta. Nos acercamos y creo retroceder en el tiempo. Es como estar viendo de nuevo al Circo Rubí, a los gitanos que acampaban en el descampado frente a mi casa y se pasaban el día ensayando sus números, sólo que esta vez la estrella del circo no es una cabra que sube y baja escaleras sino varios perrillos y un oso pardo que baila al son de la trompeta. El oso está sujeto por una cadenita que le cuelga de una argolla que lleva en la nariz. Su cuidador me ofrece la cadena para que haga bailar al oso y lo hago con un cierto temor. El oso se deja llevar dócilmente. Cuando el número termina su cuidador le acerca un cubo de plástico lleno de cerveza. La gente se dispersa y Todor y yo nos quedamos a conversar. En el circo trabajan cuatro generaciones de la misma familia. Mientras ellos hablan miro al oso, que ha terminado la cerveza y está tumbado a nuestros pies, y le acaricio. “Es un oso precioso; se nota que es búlgaro” le digo provocándole. Él sonríe. “Es un oso especial. Hace dos días era turco. La semana que viene será griego. Es especial. Como yo.”

miércoles, 5 de marzo de 2008

Buscavidas

Durante un tiempo, mientras estudiaba en la facultad, tuve una especie de “complejo de cigarra”, que no sé si existe o no pero que si no existe debería y por si acaso no existía no importa que ya lo he inventado yo. La culpa de mi complejo no era mía sino de mis compañeros, que se dividían en tres grupos: los que querían ser Miguel de la Quadra Salcedo (uno lo consiguió), los que querían ser Pérez Reverte, y los que querían ser José María García. También estaban los que no sabían lo que querían ser pero pensaban que al salir de allí conseguirían ser algo, pero esos andaban siempre muy perdidos y ni hostilizaban ni nada.

A mí me acomplejaban los que sabían a quién querían parecerse porque estaban todos poseídos por un extraño frenesí profesional y parecían rivalizar en a ver cuál de ellos hacía más prácticas laborales. Claro, como no había mercado para todos al final terminaban pasándose los veranos escribiendo sucesos en el periódico comarcal de su zona o pinchando discos de madrugada en las radios más perdidas de la España rural. Yo no le ví nunca mucho color a aquello y preferí dedicar mis ratos libres a cosas mucho más lúdicas (bueno, también di rienda suelta a la esquizofrenia lingüística y correteaba del Instituto Británico a la Asociación España URSS a ver qué aprendía) como la música y el baile, con lo que me gané unas cuantas miradas descalificadoras por parte de mis compañeros, miradas que recogí y convertí en el “complejo de cigarra” del que hablaba antes.

Menos mal que lo de ir de sufridora y de víctima me aburre casi tanto como llorar y tardé menos de dos días y medio en recordar a Freud (“todo complejo es una mentira”) y quitarme el problema de encima. Total, si luego salimos de la facultad todos igual de cruditos y al final resultó que mis horas y noches de faranduleo me fueron más útiles que todas las prácticas en redacción del mundo, porque uno de los primeros sitios en los que trabajé fue una revista de arte donde se juntaba la fauna más rara del mundo mundial (y mira que entonces había gente rara en Madrid), como Luis “el engrasador”.

“El engrasador” venía a ser algo así como el chico para todo, o sea, que lo mismo te recogía un paquete en un museo que descargaba cajas de folios, o nos servía de conductor cuando teníamos que ir fuera de la ciudad. Yo reconozco que me divertía muchísimo ir con él, sobre todo porque al ser una revista de arte “el engrasador” estaba normalmente fuera de lugar y dejaba al personal de museos y galerías de arte ojipláticos perdidos. Lo de “el engrasador” venía de sus otros trabajos. Y es que Luis era el mejor buscavidas que me he topado jamás, y una de sus ocupaciones era recorrerse los comercios ofreciéndose para engrasar los cierres de los escaparates. Y colaba. Que se sacaba un dinerito, vaya. Luego, cuando había terminado de engrasar lo que se pusiera por delante, se recorría los bares y restaurantes vendiendo rosas. Ahora todo pichigato vende rosas pero entonces aquello no lo hacía casi nadie, y menos tipos de metro ochenta con la nariz rota y pinta de gladiadores. Era un peligro porque cuando me lo encontraba en algún local por la noche se ponía contentísimo y se sentaba en mi mesa a tomarse algo ante el pasmo de quien estuviera conmigo. A mí me encanta la gente que se las ingenia así de bien.

La otra tarde H. y yo decidimos aprovechar esta especie de pre-primavera que se nos ha venido encima y nos fuimos a comer a la playa, al griego. Estábamos digiriendo al solecito una de las mejores moussakas que he comido los últimos cinco años cuando se acercaron dos potos gigantes y una schefflera. A mí lo que me extrañó no fue que las plantas caminaran porque a pesar del ouzo ya me había imaginado que llevaban detrás dos señores sujetándolas; a mí me extrañó que las hubieran sacado a la calle en un día tan soleadito, porque aquí lo que se estila es sacar las plantas a la calle en cuanto caen cuatro gotas, que fue una de las cosas que más me chocaron cuando llegué aquí (tengan en cuenta que yo venía de un sitio sin problemas de agua y me hacía mucha gracia eso de que las macetas aparecieran con la lluvia, como los caracoles; bueno, me hizo gracia hasta que un día casi me caigo de morros porque me habían puesto un macetón de pilistras en la puerta).

Las macetas, y sus correspondientes porteadores, entraron en el local y salieron a los pocos minutos. Y no les eché mayor cuenta hasta que decidimos irnos a tomar una copa a otro sitio y volvimos a ver el jardín andante, esta vez de un lado para otro. Aquello era como un sketch de Benny Hill, plantas p’arriba, plantas p’abajo, plantas entrando en un local, plantas entrando en otro. Es que sólo faltaba la musiquilla. Además, como eran macetones enormes los porteadores veían poco y mal así que entre eso y que debían pesar como dos burros muertos, iban los pobres resoplando, tropezando con todo lo que se les ponía por delante, y sudando la gota gorda. Ya estaba intrigadísima.

- Jo, qué trabajo más cansado, repartir macetones.

H., que estaba cómodamente recostadito en su sillón, y tomando el sol con los ojitos entrecerrados, los abrió y echó una miradita rápida.

- Como me digas que quieres una la vas a llevar tú, aviso.

Se me conectaron todas las neuronas y no se me hizo la luz: fue como si cortilandia entero se me hubiera encendido en el cerebro.

- No me irás a decir que las venden.

H. movió la cabeza divertido.

- ¿Que las venden por los locales? ¿Como las chinas que van vendiendo rosas por los restaurantes? - (es que últimamente todas las que venden rosas por las noches son chinas, con lo que ni entiendes el precio ni ellas te entienden lo que preguntas ni ná) – Venga ya, hombre, si son macetones enormes, eso cómo va a ser, quién va a comprarse un macetón por la calle, con lo que pesan, con lo que abultan, menuda barbaridad, a quién se le ocurre pensar que va a sacar pasta así.

H. se había incorporado y asentía muerto de risa. En la acera de enfrente los potos y la schefflera se cruzaban con una familia. En menos de dos minutos, y tras un regateo rapidísimo, los potos habían cambiado de porteadores y se alejaban paseo abajo. Durante un rato nos estuvimos riendo del tema. Cuando volví a casa me encontré a JB la mar de contento.

- He bajado al pueblo a por tabaco y mira lo que he comprado en la calle. Baratísima, oye, y no he tenido ni que ir al vivero ni nada.

La schefflera, más alta que yo, ocupaba una de las esquinas del comedor.

lunes, 3 de marzo de 2008

Extraña Europa

Querida Min, no te he escrito antes para no entristecerte. Hasta ahora lo he pasado mal. Aquí todo es diferente y extraño: las casas, los vestidos, las costumbres y, ¡ay!, la comida. No consigo acostumbrarme a beber leche. Tampoco encuentro sabor a los guisos. Estos occidentales comen cosas rarísimas. ¿Te puedes creer que los Polo tienen cinco perros pero no piensan comérselos? Anoche, cuando iba a decirle que quería regresar, Marco me sorprendió con un tazón de olor familiar, reconfortante. Es increíble pero estos bárbaros preparan buen té, así que haré otro intento por aclimatarme antes de volver a China.

martes, 26 de febrero de 2008

La Cabina

A mi madre siempre le han gustado lo que aquí llaman las "películas de susto" (el realidad dicen “zuto), y cuando más miedo mejor. No le dan ni miedo ni susto ni nada, al contrario, se pone como más contenta. Rara, rara. A mi padre en cambio no le gustan ni un pelo. Él está muy bien enseñado: si una película es de miedo él se caga vivo, como debe ser. Nosotras nos hemos saltado todas las leyes de Mendel, y en lugar de ser guisantes verde o amarillo hemos salido una especie de cruce a cuadritos tipo Burberry, con lo que las películas de terror nos dan un miedo espantoso pero disfrutamos como locas. Pero locas del todo, vaya, que recuerdo una noche de invierno que fuimos B1 y yo a ver "Lo que la verdad esconde" en sesión golfa entre semana, y gritamos como poseídas cada vez que salía el fantasma, o se cerraba una inocente puerta, que ya puestas aprovechamos y vaciamos los pulmones cada vez que nos dio la gana. Total, en el cine solamente había otra persona más, y cuando vio que no nos cortábamos ni medio pelo se puso también a dar alaridos. Del trayecto de vuelta a la casa, con esas calles oscuras y vacías, no voy a contar nada porque todavía me da la risa cada vez que me acuerdo.

Además a mí con este tipo de películas me debe pasar como con los chistes, que me los cuentan, y si me los repiten a la media hora me río otra vez porque se me olvidan. Y si son de Lepe se me olvidan antes. Pues con las películas de miedo me pasa algo parecido, que aunque las haya visto me acojonan igual que la primera vez. Como que después de haber visto “Lo que la verdad esconde” con B1 en el cine intenté verla en la televisión unas cuatro veces (bendito canal satélite digital) y no hubo manera. Yo creo que era incluso peor que la primera vez porque estaba todo el tiempo esperando que apareciera la muerta y eso y claro, daba unos repullos en el sofá que al final tuve que apagar la televisión y subir corriendo a acostarme con tal miedo que ni me miré en el espejo mientras me lavaba los dientes por si se me aparecía algún fantasma (mejor, porque debía tener la cara hasta desencajada y si me llego a mirar me habría asustado más que si se me hubiera aparecido el pantojito pidiéndome fuego).

Y por si fuera poco yo para el cine de miedo tengo la manga tan ancha que ríanse ustedes de los kimonos. Para mí en el cine de susto cabe todo. Y cuando digo todo me refiero a todo, desde Shin Chan (siempre me acuerdo de la sobrina de un amigo que cuando veía esos dibujos en la tele lloraba espantadita perdida y decía “Chin Chan no, Chin Chan no” echando tantas lágrimas que daba pena la pobre) a La casa de la pradera, pasando por los desmanes de Chuky (uf, después de Chuky no volví a mirar igual a los gusiluces) y algunas emisiones de Cine de Barrio. El otro día, por ejemplo, pusieron “Los pájaros” y cuando acabó Madagascar dijo que aquello no era película de susto ni nada. “Hombre” le dije yo toda ofendida porque a mí sí me lo parecía, “a ti no te dan miedo porque tú tienes la cabeza llena de pajaritos y estás acostumbrada a tratarlos”. “Pero si se ve todo falsísimo”. Claro, Kenya, que se ha criado con los parques jurásicos en pleno, no admite plástico en ningún monstruo que se precie. Y es que a estos niños es difícil asustarles. Con el miedo que me dio a mi “King Kong” (ojo, que hablo de la versión de 1933, la de Merian C. Cooper, que la volví a ver hace poco y los dinosaurios cantaban a goma que parecía aquello La Travista) y la risa que les dio a ellas. Aunque también lo entiendo.

Yo, por ejemplo, no me asusté con “La cabina” hasta hace unos días. Y no porque la viera sino porque la sufrí en mis chichas morenas. Bueno, algo parecido. No se trataba de una cabina telefónica sino la cabina del aseo de señoras de una delegación de la Junta. Pensándolo después debió ser cosa del karma ése porque quince minutos antes me había dedicado a reirme de lo lindo mirando a la Delegada Provincial que se había quedado encerrada en el ascensor y no paraba de subir y bajar, y como era uno de esos ascensores con paredes transparentes todo el mundo podía verla allí encerradita, con cara de sota, esperando que el técnico de mantenimiento abriera. Así que tuvo que ser el karma, por mala, que yo reirme me reí poco pero hice los comentarios más cáusticos de todos. Total, que entré en el aseo, eché el pestillo, encantada de la amplitud (a ver, era el de minusválidas, no iba a ser grande) y la limpieza, y me dediqué a mis cosas. Y por supuesto, pasó lo que pasó, que cuando quise salir el pestillo dijo que no. Intenté de todo, desde dar empujones al más puro estilo clinisgud (jo, qué daño en el hombro, poramordeDios) hasta hurgar con una horquilla del pelo, que es algo que me pasma desde que una vez vi a una amiga en Orcasitas abrir un coche por ese procedimiento (nada más para demostrarme que se podía, no vayan a pensar mal; también se ofreció a enseñarme a hacer un puente y le dije que muchas gracias que eso ya sabía hacerlo y que mejor nos fuéramos corriendo no nos fueran a pillar como dos chorizas cualquiera) pero nada, aquello no se abría así que opté por sentarme a esperar. Total, los servicios de mujeres siempre están llenos así que seguro que no tendría que esperar mucho para que apareciera alguien. Y mis comentarios sobre el ascensor debían haber sido demasiado malévolos porque el karma decidió castigarme con una ausencia tan prolongada de meonas que empecé a preocuparme. Y más cuando miré el reloj y ví que estaban a punto de cerrar el edificio.
En esto entraron dos señoras. Por la voz debían ser mayores. Venían hablando de achaques, análisis de sangre, y demás. Yo iba a empezar a gritarles pero me parecía mal interrumpir así que esperé a que hubiera un clarito en la conversación.

- Pues mañana tenemos cita en el centro de salú para hacernos los análisis para el sintrón.
- ¡Aaaaaay, el sintrón! ¡Fatal que está mi Manolo del sintrón! Echaíto a perder que lo tiene.
- Pues Conchi, que se lo mire, que eso es mú malísimo.

Yo reconozco que, dada mi situación en esos momentos, debía haberme callado pero no pude. La carcajada me salió del alma.

- Cucha, qué maleducada, ésa se está riendo de nosotras- dijo una de ellas (la Conchi), con toda la razón del mundo.

- Perdonen señoras, pero me he quedado encerrada. ¿Podrían avisar a alguien para que vengar a abrirme?
- Sí, anda, que tú te estabas riendo de nosotras, guapa.
- Que nooooooo, de verdad, que me reía de mis cosas.
- ………
- De verdad, por favor, avisen a alguien, que llevo ya un rato aquí.

Las oí cuchichear en un tonillo indignado que me dio mala espina.

- Señoras, por favor, avisen a alguien.
- …
- ¡Señoras!

La puerta del aseo acababa de cerrarse. Cogí el móvil y marqué.

- Hola, Gin, rápido que no puedo hablar, que tengo una rueda de prensa en cinco minutos.
- Jose, que me he quedado encerrada en un lavabo y no puedo salir.
- ¿Y qué quieres, que deje la rueda de prensa, vaya para allá,y te abra?
- No, mujer, que llames a la Delegación y le digas al de centralita que manden a alguien para abrir.
- Mira, Ginebra, que no me da tiempo, que te he dicho que tengo una rueda de prensa y tengo esto llenito de periodistas.
- Vale, vale, pues la próxima vez que no sepas dónde has aparcado el coche en el carrefour y te dé un ataque de nervios no me llames a mi para buscarlo como si fuera Garbancito.

Jose se quedó callada medio nanosegundo.

- Bueno, lo intento, pero no sé si voy a poder, eh, tú búscate la vida. Beso.

Y me colgó sin más. Luego llamé a JB. Se descojonó un poco y prometió que llamaría a la Delegación. Y mientras pasaban los minutos. Y llamé a Kenya para que avisara. Y yo llevaba ya un rato acordándome de José Luis López Vázquez en “La cabina”. Y se me despertó el lado dramático. Y luego me dio la risa. Y cuando estaba riéndome más escuché una voz que me decía que me apartara que iban a tirar la puerta, cosa que hicieron en dos minutos. Cuando salí aquello parecía una fiesta: dos conserjes, el telefonista, el guardia de seguridad de la Delegación (con la porra en alto esperando que saliera del aseo qué sé yo qué), y el técnico de mantenimiento. Sólo faltaban los bomberos y Protección Civil. Lo comenté en voz alta.

- Pues han estado a punto de venir- dijo el telefonista –Porque han llamado diciendo que alguien les había avisado (la Jose, es que es un poco exagerada), pero les he dicho que no hacía falta. Reconozco que ahí hemos pensado que era una broma. También han llamado un señor y una señorita, y he pensado que seguían con la broma pero mire, luego han llamado dos señoras mayores que han dicho que no hacía falta que nos diéramos mucha prisa, que se lo tenía usted merecido, y fíjese, eso me ha mosqueado y he pensado que igual sí pasaba algo.

Todavía estoy intentando descifrar el código adecuado para conseguir auxilio en estos casos.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Camino del Estrecho

El bar está junto a la carretera general. No es gran cosa pero tiene aire acondicionado y en pleno verano eso se agradece. Lo atiende un matrimonio. De momento somos los únicos clientes. Vamos a pasar el día en Gibraltar y hemos parado porque a Kenya le toca mamar. Dejo la sillita de la niña sobre la mesa y me voy abriendo la blusa. La mujer del bar se acerca a mirarla y hace los cumplidos y comentarios de rigor. Antes me molestaba un poco, ahora estoy acostumbrada. “Tiene dos meses... sí, es muy chiquitina porque es prematura... sí, una muñeca, gracias... sí, ya lo ve, es muy tranquila... no, no llora nunca”. Mientras, JB pide una botella de agua en la barra. “Ciento quince pesetas”. El hombre dice el precio sin mirar a JB a la cara. Todos, ellos y nosotros, somos conscientes de que es abusivo, pero no tenemos más opción. Entonces entran más clientes y la dueña del bar vuelve a meterse tras la barra. Es una familia de siete personas. Van camino de Algeciras, para pasar el Estrecho. Viajan en un mercedes tan viejo y tan cargado que parece el dibujo de un tebeo. Tienen cuatro niños de edades comprendidas entre dos y ocho años. Ella tiene mi edad y lleva, además, en brazos a un bebé que tendrá un par de meses más que Kenya. Se sienta en la mesa de al lado, me mira y sonríe levemente. Yo hago lo mismo. Él se acerca, rodeado de niños, a la barra y pregunta el precio de las botellas de agua. “Trescientas pesetas”. El dueño del bar lo dice mirándole desafiante. El nuevo cliente duda, cuenta el dinero, y pide una sola botella. Sale fuera con los chiquillos, que se arremolinan alrededor para beber. Ella acerca su bebé al pecho, tan tapado que hay que saber muy bien lo que está haciendo para darse cuenta. El dueño del bar la mira y se pone hecho un energúmeno. Le grita que salga, que “esas cosas” se hacen fuera, en la calle, que su bar no es un sitio de mala muerte para que “una mora muerta de hambre se saque las tetas”. Ella sale inmediatamente, sin decir nada, sin descomponer el gesto. JB y yo nos miramos imperceptiblemente. Yo recojo la bolsa y la niña y salgo tras ella. Está sentada a la sombra mirando a los niños, que juegan a perseguirse alrededor del coche. Me siento a su lado, tan avergonzada por el comportamiento del dueño del bar que no me atrevo ni a mirarla, y continúo dando de mamar a Kenya. Pocos minutos después JB sale con varias botellas de agua, y se sienta junto a nosotras. Cuando nos vamos les dejamos todas las botellas.

lunes, 18 de febrero de 2008

Sabores del mundo

Yo no soy muy de traerme trabajo a casa. De cuando en cuando algo cae, o porque la fecha de entrega se me eche encima, o porque así, parapetándome tras la excusa de que tengo que trabajar, puedo encerrarme durante horas sin que nadie me moleste. JB sí es más de traerse trabajo. No es que me moleste. Hombre, si trabajara quitando tripas a los pescados, o capando cerdos, por ejemplo, pues sí, le montaría un pollo que temblaría el misterio cada vez que viniera con trabajo a casa. Pero como lo que se trae son guiris, y nos divierten bastante, le perdono el trabajo extra que me suele suponer su visita. Porque siempre los trae a comer o a cenar, claro.

La semana pasada me dijo que tenía tres japoneses muy majos y que si se los traía a cenar. Y dicho y hecho, el viernes por la noche fue a buscarlos a la ciudad y se presentó con ellos en casa. Nada más entrar en el jardín se deshicieron en reverencias. Al principio era muy divertido porque parecía que tenían un muellecito en la cintura y no paraban de doblarse. Ellos hacían una reverencia, nosotros otra, ellos correspondían, nosotros (desconcertadísimos) hacíamos lo propio, y así hasta que entre dientes le pregunté a JB cómo se paraba aquello y él me dijo que no hiciéramos más reverencias. Mano de santo. Fue parar y ellos hacer lo mismo. Un descanso total, vaya.

Una de las cosas que más nos gustan son los regalos que traen los guiris a casa. Entiéndanme, no es por los regalos en sí sino porque son lo más curioso del mundo mundial. Una vez unos holandeses trajeron dos cajas de cerveza, y hace dos meses una holandesa y una danesa nos trajeron una bolsita con bulbos de tulipán y un paquetito que nos entregaron excitadísimas y que cuando lo abrimos vimos sorprendidísimos que contenía dos tabletas de turrón, El Lobo para más señas. Las chicas nos explicaron que era la primera vez que habían comido aquello y que les parecía un manjar de lo más exótico. Claro que la palma se la llevó una sueca que nos trajo como regalo, primorosamente envuelto, un cortaquesos, y nos dijo que era el mismo cortaquesos que usaba su familia en Suecia, que lo había visto en una ferretería y no había podido resistir la tentación de llevarnos algo muy suyo. Lo que no nos explicó fue por qué, además del cortaquesos, nos había traído media docena de pañitos de cocina blancos y con un estampado de cerecitas bonísimas que se fueron por el desagüe de la lavadora al primer lavado con lejía blanca. Para mí que los paños de cocina eran para ella misma, que se le había olvidado sacarlos de la bolsa y que cuando los desenvolví les hice tantas fiestas (María Guerrero parezco yo a veces) que parecía que nos hubiera traído un jamón de pata negra, y claro, la chiquilla no se atrevió a pedírmelos.

Después de la tanda de reverencias los japoneses nos entregaron, con mucha ceremonia, un tetra brick (como lo oyen) de dos litros de sake, y un paquetito de galletas. Lo del sake lo interpretamos a la primera, además de porque ellos dijeron sake y lo señalaron así como treinta veces, porque en el cartoncito venía en japonés y en inglés. Un detalle. Podían haber hecho lo mismo con las galletas, que sólo tenían letras en japonés, de esas que parecen casitas, y nos enteramos de lo que era porque Izumi, una de las japonesas, dijo lacónicamente “esto galleta”. Tuvimos otro intercambio de reverencias y huí a la cocina a ver si ponía en orden el cerebro, que como no lo tengo acostumbrado a semejante subeybaja amenazaba con salirse por la cuenca de un ojo o por uno de los boquetes de la nariz. JB y los niños se encargaron de enseñarles la casa y los nipos se dedicaron a admirar absolutamente todo emitiendo unos sonidos guturales a modo de cruce entre gruñido e intento de sacarse un gargajo de la garganta. JB ya nos había avisado de que eso lo hacen mucho, pero todas sus escenificaciones, siendo buenísimas, no nos habían preparado para aquello.
Yo les escuchaba desde la cocina, muerta de risa, y de pronto entró Madagascar corriendo.

- Oye, que los chinos están haciendo fotos a todo.
- No son chinos, que son japoneses, y déjales que hagan fotos, si eso es lo que hacen los japoneses, mujer: fotos.
- Ya, pero es que están haciendo fotos a los muebles, a los cuadros, a los cajones del aparador, y hasta a tu foto en bolas.

Aquello me pareció un poco exagerado así que fui a mirar. Efectivamente, en ese momento Kasuko, otra de las japonesas, se dedicaba a capturar con su cámara la única fotografía que tenemos puesta en un marco, que no es otra que una foto mía desnuda y luciendo la barriga correspondiente al noveno mes de embarazo de Kenya. Puse una mano delante.

- Mira, Kasuko, ven, que Madagascar te va a enseñar sus muñecas.

Madagascar se resistió un poco porque hace años que no juega con muñecas pero accedió a exhibir todas sus Bratz. Mientras, escuché la vocecita penetrante de Bruno.

- ¡A los perros los dejas, que no se comen!

Hitaro le miraba sin comprender por qué aquel pequeñazo le gritaba sin ningún miramiento mientras agarraba a los perros por los collares. Kenya se acercó al niño por detrás y le susurró:

- Los japoneses no comen perro, eso lo hacen los chinos. Los japoneses comen tortuga.

Bruno escuchó aquello y salió pitando a poner las tortugas a buen recaudo ante el pasmo de Hitaro, quien quedó bajo la tutela de una Kenya que enseñaba tanto los dientes en su empeño por mostrar una sonrisa amistosa que más bien resultaba algo amenazadora.

La cena transcurrió sin mayores percances. Los invitados se comieron todo lo que les pusimos por delante (Madagascar dijo después que Hitaro se había servido arroz con calamares en salsa de almendras siete veces, y Kasuko se cepilló ella solita una bandeja con medio kilo de langostinos; el otro medio kilo conseguimos probarlo los demás) lanzando sus gruñidos de entusiasmo para todo: cada vez que probaban algo y a cada comentario que les hacíamos.

Finalmente, y tras el postre, preparé un té y se me ocurrió acompañarlo con las galletas que habían traído así que las coloqué en una bandejita la mar de mona. Es cierto que cuando abrí el paquete me sorprendió que oliera a pescado pero pensé que sería una tara de mi pituitaria, aunque no me suele fallar.

Así que serví el té y cogí una galleta ante la mirada un tanto extrañada, de los japoneses, que no dejaban de mirarme la mano atentamente. Y me dispuse a mojar la galleta en el té, como está mandado. Y justo cuando iba a introducirla en la taza, Izumi la señaló con un dedo y dijo:

-Sabol gamba-

(NOTA: no es un mito, los japoneses y los chinos, como los caribeños, hablan con la ele)

Eso explicaba el olor a pescado. JB estalló en carcajadas y los niños en gritos de asco mientras yo, muy digna, bajaba lentamente la mano y devolvía la galleta a la bandeja.

Al día siguiente probamos las galletas, que nos resultaron repugnantes incluso remojándolas con sake, e intentamos dárselas a la gata, quien las escupió sin dudarlo. Lo intentamos también con las tortugas de oreja roja, que como te descuides te zampan un dedo, y al olerlas se escondieron en lo más profundo del estanque. El único que se atrevió con ellas fue el perro, y nada más comerse una vomitó.

Hoy JB ha vuelto del trabajo con un paquetito de parte de los japoneses. En la nota ponía: Señora, su arroz es el más rico que hemos probado nunca, y somos japoneses, pero mejorará si lo acompañan con esto”. Y al abrirlo nos hemos encontrado tres bolsitas de galletas de gambas.

sábado, 16 de febrero de 2008

Premio Arte y Pico

Entro para contarles un chascarrillo y me encuentro con que Almaleonor, la autora del blog "Helicon.Lugar donde reside la ilusión" (http://almaleonor.spaces.live.com/blog/cns!375874968D08DC3!2108.entry) le ha otorgado a este blog el premio Arte y Pico. Como muchos se estarán preguntando qué razones ha podido tener Almaleonor (aparte de su natural bondad, claro) para darme un premio, léanla a ella:

"...la he elegido, porque sus relatos de viajes despiden una gran sensibilidad, los relatos de humor un vivo ingenio, y los relatos en 100 palabras, una acertadísima elección del lenguaje. Y por su bellísimo tatuaje, jejeje"

Dado que éste es un premio que se otorga entre blogueros para premiar y difundir por la red el trabajo de otros compañeros, ahora yo debo premiar a cinco blogs, cosa difícil porque son muchos los que a mi modo de ver lo merecen. Mis candidatos:

Exapamicron: http://exapamicron.wordpress.com/ (Autor: Arc)

Dos son multitud: http://dossonmultitud.blogspot.com/ (Autores: Max y Lula)

Mira y calla: http://miraycalla.blogspot.com/ (Autor: Toni)

Avellana: http://avellana.neunoi.com/ (Autor: Avellana)

Peterpsych: http://peterpsych.blogspot.com/ (Autores: Peterpsych, K Miquel, Mayal)

Me van a disculpar que no diga nada de ellos; prefiero que los visiten y comprueben por qué merecen un premio.

Infinitas gracias a Almaleonor, sinceramente.