miércoles, 30 de enero de 2008

Té antirracista

El mayor Devereaux tenía la mayor plantación de algodón de Atlanta y la hija más bonita del estado, y hasta hacía dos meses había tenido también la esposa más encantadora. Desde que murió su madre, la pequeña Claire no se separaba de Lissy, la muñeca de trapo que le había regalado. Cada día el mayor tomaba el té con la niña. Una tarde Claire derramó su taza sobre Lissy y vio cómo la cara de la muñeca se oscurecía. El padre frunció el ceño. Claire, desafiante, abrazó a la muñeca. El mayor suspiró. "Una muñeca negra! ¡Dónde vamos a parar!"

lunes, 28 de enero de 2008

Argelia

Llevaba varios días contándome cómo era, pero todas las palabras de Chenani,
las fotografías que había visto anteriormente, no me habían preparado para la
maravilla que es ver las pinturas del Tassili. No puedo apartar la mirada de las imágenes. Chenani no deja de mirar la expresión de mi cara con una media sonrisa que se va ampliando a medida que yo le hago comentarios entusiasmados sobre cada uno de los dibujos. El tiempo pasa sin que me dé cuenta y mientras recojo las cosas para irnos (volveremos mañana) noto a Chenani nuevamente serio. Cargo las cosas en el
todoterreno y me sujeto el brazo derecho con la mano izquierda.

- Me duele el hombro. He debido hacerme daño cargando la bolsa. ¿Crees que
podrías conducir tú esta vez?

Chenani alarga la mano en silencio para coger las llaves del coche y me mira con agradecimiento. Sabe que no es cierto. Hasta hoy se ha sometido a mis cuidados, no ha tenido más remedio que confiar en mí para conducir, montar las tiendas, hacerle las curas, pero sabe que sé que hoy, que vamos a su casa, necesita que todo sea diferente.

Subimos al coche y conduce despacio, esquivando baches con cuidado y evitando expresar cualquier gesto de dolor. Al entrar en la aldea me sorprende la agitación. A Chenani también. Su esposa, Fatma, nos lo explica. Uno de los pozos, seco desde hacía varios años, inexplicablemente ha vuelto a tener agua. Para celebrarlo han matado un par de chivos. Hamid, el hermano mayor de Chenani, se lo lleva dándole sonoras palmadas en la espalda y yo me quedo con Fatma y el resto de las mujeres de la familia, las cuales me miran sin poder contener la curiosidad. No soy, por
supuesto, la primera europea que ven, pero sí la primera que entra en su casa
y no saben muy bien qué hacer ni qué decir.

Me ofrecen un té caliente y mientras lo tomo intercambiamos unas frases de cortesía. Nos entendemos en francés. Poco a poco van cogiendo confianza y me hacen mil preguntas sobre mi vida, mi familia, mi trabajo. No les escandaliza que viaje sola en compañía de hombres que no son mi pareja ni mi familia; les sorprende que me guste hacerlo. Me cuenta cosas sobre la aldea, sobre Chenani, sobre la fiesta. Cuando les digo que me gustaría lavarme la cara y las manos para estar un poco presentable a la hora de la cena se ofrecen tímidamente a arreglarme. Me dejo hacer. Cuando terminan, Fatma me ofrece un espejo. Mi pelo está recogido en trenzas delgadísimas, igual que el suyo. Sonrío encantada y la hermana pequeña de Chenani me ofrece un pañuelo. Me lo coloca en la cabeza cubriéndome los hombros y cuando estamos terminando escuchamos voces y entran Chenani y Hamid. Me miran y sonríen.

Antes de irnos a cenar hay que limpiar la herida de Chenani. Las mujeres se disponen a hacerlo y Chenani coge la bolsa con el botiquín, me la tiende, me mira a los ojos, y me pregunta si por favor me importaría hacerlo yo.

viernes, 25 de enero de 2008

Sobre gustos...

Ayer estuve en el dentista y me empapé de literatura de la buena. Imagínense: una hora esperando a que terminaran de torturar a JB sin más entretenimiento que un montón de revistas del corazón. Pues me las leí todas, pero todas todas, sin discriminar por razones de tirada ni de fecha. Y no crean, una hora da para mucho; me di cuenta cuando hojeé una que contaba que se había casado la Duquesa de Alba. Ahí la neurona me dio un chillido: “¿qué se ha casado otra vez?” Claro, cuando vi que en las fotos salía hecha un pimpollo, con su carita de verdad y no la que tiene ahora, miré la fecha, y como la revista era de casi el mismo año que Gutemberg ideó la imprenta pues la cerré, que para eso prefiero las novelas históricas o los libros de historia sin más adorno.

La verdad es que a pesar de todo lo que pasó por delante de mis ojos, fue una hora de lo más inútil porque no se me quedó nada dentro. Nada, excepto una indignación que hasta este momento era secreta y que va a dejar de serlo en unas líneas. Lo que llamó mi atención fue una frase, referida a una famosa, que decía que “...haciendo gala de su innato buen gusto...” Me hizo bufar. Porque vamos a ver, hay cosas que traemos de serie, como el color de los ojos y el pelo, que nos vienen así de nacimiento y por más que nos empeñemos en cambiarlos se quedan tal cual hasta que nos morimos. Pero el gusto, sobre todo el buen gusto, es adquirido y normalmente se va transmitiendo familiarmente de generación en generación con más o menos éxito y con numerosas variantes pero dentro de un cierto criterio estético.

En mi familia cada uno tenemos un estilo propio, más que definido, que no suele coincidir con el de los demás miembros del grupo pero, eso sí, reaccionamos con espíritu de cuerpo ante las aberraciones estéticas. Por ejemplo, hace un puñado de años llegué una mañana a casa de mis padres y me los encontré un tanto lívidos. La causa de su carencia de color facial estaba en medio del salón. Miré y comprendí.

-¡Por favor! Pero ¿qué me habéis hecho? ¿Os habéis vuelto locos o qué?

Mi madre me echó una mirada asesina que habría helado la sangre en las venas a cualquier otro pero que a mí no me afectó ni medio pimiento porque yo también sé lanzarlas; de hecho las tres hermanas sabemos hacerlo a la perfección. Contestó mi padre.

-No hemos sido nosotros. Nos lo manda de regalo mi primo Isauro en agradecimiento por haberles avalado para el crédito del camión.

-Para que veáis, que no se puede ser buena gente.

El regalo consistía en un pedestal enteramente recubierto de cristales (“Mira, ya tienes recambios para la araña del salón” le dije a mi madre, quien de nuevo me lanzó la mirada) encima del cual se situaba una especie de templete dorado y adornado con palomas de un material brillante del cual desconozco el nombre porque hasta entonces había tenido la buena suerte de no haberlo visto nunca. Dentro del templete, la figura de una muñeca de épocas (me habría gustado poder decir época en singular pero las tenía todas; el vestido era claramente goyesco y luce un miriñaque de agárrate y no te menees con mangas jamón y una pamela tal cual sacada de un cuadro rococó) con paraguas nos contemplaba ajena a su fealdad. Me intrigó mucho que al pedestal le saliera un rabito en forma de cable con interruptor así que lo enchufé, pulsé el botoncito, y el pedestal se iluminó con unas cuantas bombillas interiores, y la muñeca se puso a girar mientras su paraguas la protegía de la lluvia de parafina líquida que caía alrededor del templete. Aquello fue demasiado.

En aquel momento llegaron mis hermanas. B1 corrió al cuarto de baño (es como los perros de Pavlov, toca el picaporte de la puerta y se mea viva) y B2 entró en el salón.

-¡Válgame! –

No pudo decir nada más. Creo que nunca la había visto con la boca tan abierta. Mi padre se apresuró a explicarle que se trataba de un regalo de Isauro y señora. B1, que mientras atravesaba el pasillo había escuchado la explicación, entró tranquilamente.

-Venga ya, no será tan horribl.... Aaaaaaaaaag!
-Pues no sabes lo mejor, bonita: es para ti.
-¿Para mi?????????????????????????- Empezó a boquear un poco.
-Sí, de regalo de boda.

Faltaba sólo un mes para la boda de B1. Mi madre me volvió a fulminar con la mirada y salió en auxilio de B1 que amenazaba con hiperventilar.

-Pero no tiene música ni nada.- B2 continuaba contemplándola hipnotizada y sólo salió del trance cuando mi padre, lleno de sensatez, dio al interruptor y se acabaron las luces, la lluvia de parafina y los giros muñequiles. Mi madre planteó la pregunta del millón:

-¿Y qué hacemos con esto?

Nos miramos horrorizados. Finalmente, y tras un rato de deliberación colectiva, en el cual se plantearon propuestas tan peregrinas como que me la llevara yo a mi casa (¡jua!) o donarla al plató de Cine de Barrio, decidimos que lo mejor sería envolverla en una manta y tenerla escondida detrás de una cortina para exhibirla únicamente durante las visitas de los primos. Dicho y hecho. Y todo fue bien hasta la semana pasada cuando, a la vuelta de un viaje pasé dos días en casa de mis padres. No había terminado de abrir la puerta y saludar cuando un grito atravesó la casa enroscándose en nuestros cerebros. Al grito le siguió un “crash” que no presagiaba nada bueno. En el salón, mi hermana B1 (que también pasaba unos días en Madrid) contemplaba estupefacta cómo el horror de los horrores de la casa, la fuente de cristal, se había caído al suelo sin registrar más roturas que la muñeca central. El desastre (dejando aparte la tragedia de que no se hubiera roto entera) era que esa misma tarde llegaban a Madrid Isauro y su hermano Antonio. A ver cómo lo solucionábamos.

Los primos llegaron para merendar y, como nos imaginábamos, Isauro arrastró literalmente a su hermano hasta el salón para enseñarle, muerto de orgullo, su regalo. Antonio contempló los cristales destellantes del pedestal y la parafina líquida.

-Ya te dije que era una maravilla.- Isauro no cabía en sí de orgullo.
-Es verdad, es muy bonita. Y la figura es preciosa, tiene una carita muy dulce.

No sé qué más dijeron porque en ese momento B1 y yo corrimos a escondernos en el cuarto de baño y reírnos a gusto mientras en el salón, la Barbie Malibú de cuando Madagascar era chica giraba bajo el templete dorado.

miércoles, 23 de enero de 2008

Evolución

Miró alrededor: todos escuchaban atentamente al guía, que alababa “la pureza de las costumbres indígenas” y explicaba cómo “las danzas rituales que iban a presenciar se habían mantenido incontaminadas desde hacía siglos”. Recordó que no había hecho la transferencia a la universidad. “... la vida en su estado primitivo...” El plazo finalizaba ese mismo día; si el espectáculo cumplía el horario podría hacerlo por Internet. “...sin influencia del mundo moderno...” Después de aceptar ese trabajo de verano y conseguir el dinero no podía perder el curso por un despiste. El guía había terminado. Sujetó la lanza y salió al escenario.

lunes, 21 de enero de 2008

Sevilla

No hay nubes y la luna llena ilumina el paisaje con la luz matizada de un farolillo de papel. Son las tres de la madrugada y el frío comienza a ser intenso. No hay nadie más que yo en la carretera y no me importa. Me gusta viajar en coche sola. Hace sólo una hora que terminó el concierto y he preferido ponerme en marcha en vez de quedarme en la ciudad. Me gusta conducir de noche y este camino lo he hecho tantas veces que podría hacerlo con los ojos cerrados. A mi derecha Estepa aparece tras una curva, con sus casas trepando por el monte, iluminado y blanco como una estampa navideña. Junto a la carretera se suceden las fábricas de mantecados y polvorones. Pienso que el aire huele levemente a canela y anís y me río de mí misma porque a lo que en realidad huele es al ambientador de limón del coche. Dejo atrás varios pueblos, se acaban las luces, y veo el inicio de la subida al puerto. Leonard Cohen canta “Suzanne” en la radio, y quito un poco el pie del acelerador. Subo el volumen. Cohen termina y el locutor anuncia lacónicamente a Dylan. Le hago coros en “Knocking on heavens door”, y pienso que estaría bien tomar un café. La luna llena de matices el paisaje. Casi en lo alto del puerto hay una gasolinera abierta. Paro y entro en la cafetería. No hay más que un empleado. Está escuchando el mismo programa que traía yo en el coche. Pido un café y pone dos. Se sienta frente a mi y bebemos en silencio mientras Lou Reed habla por los dos. Le pido la cuenta y niega con la cabeza. “Hazme un favor; tú que puedes date un paseo por el lado salvaje”. Digo que sí sin saber qué quiere decir. Arranco el coche acompañada por Tom Waits. Me gusta viajar de noche.

miércoles, 16 de enero de 2008

Te canta el culo

Los chinos deberían estar prohibidos. No me refiero a los restaurantes, por mucho que haya cantidad que se lo merezcan, sino a los chinos en general, a las personas de la China, vaya, que estoy empezando a creer que tenían razón las películas de Fu-Manchú y aunque ya no lleven la coletita del flan chino mandarín ni las uñas kilométricas son más malvados que la mar por muy bonito que sea el país (que lo es) y muy baratas que vendan allí las camisetas de Custo Barcelona, que por diez euritos vas hecha una modernona de lo más fachion. La cosa es que además son listos. Ellos no han decidido conquistar el mundo (como Pinkie y Cerebro) mandando a Occidente un montón de soldaditos clonados, no; han optado por comernos la moral de una manera aparentemente menos agresiva pero a la larga mucho más dañina como es la infiltración constante y progresiva del mal gusto. Para comprobarlo no hay más que darse una vuelta por cualquier todocien, que es entrar y en la misma puerta tienen todos colocado una especie de gato cuadradito, así como intergaláctico, que balancea sin parar un bracito rígido de plástico generalmente de algún color tan chillón que tras el primer vistazo te deja visualmente incapacitado durante los minutos que dura tu visita al establecimiento, con lo que cuando sales y compruebas los artículos que llevas en la bolsa de plástico no sabes qué extraño Mr. Hyde te ha poseído. Uno de los últimos horrores que han creado se introdujo en mi casa durante las fiestas navideñas y todavía estoy luchando por erradicarlo. Para mi gusto es un arma de comedura de moral (y de imagen, y de prestigio, y de...) de lo más eficaz; a mí al menos me ha dejado hecha polvo. Para la mayoría de los adolescentes del pueblo es “tó guay”.

La culpa la tuvo Kenya, que llegó un día con un paquetito de lo más primoroso. Un regalo de Navidad, dijo, se lo había dado la Yeni. La Yeni nunca ha sido del círculo de amistades de mi hija pero Kenya me explicó que este trimestre había estado ayudándole con las clases de inglés y que como la chiquilla había aprobado estaba de lo más agradecida. Lo abrió y nos quedamos todos un poco sorprendidos.

- ¿Te ha regalado unos tangas y además horribles???

Madagascar estaba muerta de risa; claro que la cara de pasmo de Kenya se merecía no unas risas sino unas carcajadas. La cajita contenía tres tangas enormes, de esos de talla única: uno blanco con la carita de Papá Noel en todo el chumi, otro rojo, con la imagen de un reno en el mismo sitio, y el último de color negro y con estrellas de purpurina en el frontal. Que Papá Noel tuviera la cara de color naranja rabioso y el reno pareciera una vaca frisona de color verde lo achacamos a la etiqueta: Made in China. También echamos la culpa de eso al despliegue de purpurina de colores del tanga negro.

Me desentendí del tema y les dejé inspeccionando aquellos horrores sin dejarme impresionar por las carcajadas que se escuchaban de cuando en cuando desde la habitación. Total, dos días antes a Bruno le había dado por pasearse por todos lados con los calzoncillos en la cabeza (tengo fotos pero por supuesto no pienso colgarlas) así que imaginé que estaría haciendo lo propio con los tangas. “Te regalo el negro; te lo pongo en tu cajón para que lo estrenes mañana” me gritó Kenya entre risas.

Al rato escuché una musiquilla, concretamente un villancico, que me puso los pelos de punta porque sonaba igual de una tarjeta musical de esas que las abres y te atormenta todo el rato que la tienes abierta. Me di la vuelta y vi a Madagascar pasar por el pasillo así que, rugiendo como una leona, la insté a que se dejara de bromas con los christmas musicales. Ella me juró a gritos que no tenía ninguno y desapareció corriendo escaleras arriba. Al rato escuché de nuevo un villancico diferente en otro lado de la casa. Kenya se acercaba acompañada de un “Adeste fideles” que sonaba como si lo interpretaran los pitufos a toda pastilla. Fue verme y darse la vuelta para salir de la casa al galope. Durante el resto del día volví a escuchar por la casa las odiosas musiquitas de forma lejana pero sin que la cosa llegara a mayores.

El desastre ocurrió la mañana siguiente, cuando en pleno acto de presentación oficial en la Diputación comenzó a sonar la musiquita ratonera de un villancico en versión electrónica: “navidad-navidad-dulce-navidad”. La sala entera se quedó en silencio. “Navidad-navidad-dulce-navidad”. Algunos comenzaron a mirar los móviles, para comprobar que no eran los culpables de aquello. “Navidad-navidad-dulce-navidad”. La música seguía sonando y el acto continuaba interrumpido a la espera de que el culpable pusiera fin a semejante abominación cantarina. Yo noté que mi móvil (convenientemente silenciado) vibraba y mientras lo abría para leer el SMS que acababa de recibir escuché a un compañero que muerto de risa susurraba, lo suficientemente alto como para que toda la sala lo escuchara:

- Gin, te canta el culo.

Mientras todo el mundo se carcajeaba sin pudor leí el mensaje que me había mandado Kenya:

“TEN CUIDADO CON EL TANGA, QUE ES MUSICAL. NO TE APRIETES LA CINTURA QUE SE DISPARA EL MICROCHIP Y SUENA. BESOS”

lunes, 14 de enero de 2008

El mar albanés

Yannis me mira y se ríe a carcajadas. “¡Menuda marinera estás hecha!”. Luego se arrepiente, atenúa la risa y la convierte en una sonrisa. Coge un limón y se sienta a mi lado. Lo exprime poco a poco entre mis labios para que pueda beber sus gotas sin tener que levantar la cabeza. “Pobre, pobre” murmura con el mismo tono con el que se usa para calmar a un niño pequeño. Me acaricia el pelo. Luego se levanta y coge de nuevo el timón.

He estado mareada desde que embarcamos en el velero, hace ya dos días. Al principio se trataba de un mareo violento, todo me daba vueltas, la cabeza, el estómago; vomité asomada a popa hasta vaciarme. Entonces el mareo se convirtió en un tiovivo suave que a ratos me impide incluso incorporarme para beber. De comer ni hablamos. Yannis aprovecha los ratos libres, que son muchos, para sentarse a mi lado y procura reconfortarme, pero procura no hacerlo cuando está comiendo porque el mero hecho de verle hacerlo consigue que me sienta peor. A veces consigo incorporarme y bebo algo; cuando no tengo más remedio me arrastro, casi literalmente, al aseo. Llevo dos días tumbada, con los ojos cerrados, casi sin moverme. De cuando en cuando Yannis me mira y mueve la cabeza. No se explica que sea la misma persona que la semana pasada le ayudó a remontar una tormenta, aunque no muy fuerte, sin arrugarse. Yannis no sabe que tengo un trastorno vascular que en algunas ocasiones me provoca vértigos. De hecho tampoco yo lo sé todavía. Para mí es igualmente misterioso pero el doble de molesto que para él.

Me siento floja, sin fuerzas ni ganas de tenerlas. A pesar de ello, cuando noto el sol en la piel y abro los ojos y veo el cielo de un azul tan insultante que parece que me está provocando, que me está diciendo “venga, cobarde, levántate y únete a la fiesta”, me siento bien.

Mi mareo no altera los planes de cruzar a Albania, aunque ahora Yannis tendrá que hacer todo el trabajo él solo. Anochece y sigo despierta. Hay luna llena. Yannis me señala unas estelas fosforescentes que parecen acompañarnos. Delfines. Nos acompañan un buen rato. Cuando saltan levantan espuma brillante, como pequeños fuegos artificiales de agua. Al rato Yannis se sienta a mi lado. Me dice que vigile atentamente a ver si vemos las luces de la costa. Acostumbrada a la Costa del Sol me sorprende cuando veo un par de lucecitas mortecinas. Yannis me felicita “si no llegas a verlo nos habríamos desviado de rumbo” y me explica que lo único que hay en ese tramo de costa es un pueblo pequeño casi sin luz eléctrica.

Echamos el ancla y descubro que puedo incorporarme sin problemas. El mareo ha pasado por completo. Yannis me sugiere un baño rápido para despejarme y me sumerjo entre fosforescencias encantadas. De nuevo a bordo Yannis me prepara un té. De pie, en cubierta, aún mojada, fresca, con la cabeza despejada y reconfortada por el té, miro hacia la costa corfiota y nunca Corfú me ha parecido ni me va a parecer más hermosa.

viernes, 11 de enero de 2008

Se acabó el té

Rudolph se asomó a la chimenea, miró, e iluminó el cielo con su nariz roja. Era la señal de alarma. El elfo jefe envió varios trineos desde el Polo Norte, y decenas de duendes invadieron la casa para obligar a Santa Claus a levantarse del confortable sofá en el que se había acomodado para tomar otro té. Rudolph suspiró. Una cosa era que a Santa le agradara el té y otra demorarse tanto con cada taza como para no terminar el reparto antes del amanecer. El reno pensó que si volvía a ocurrirles sugeriría al consejo eliminar Inglaterra del recorrido.

miércoles, 9 de enero de 2008

Karaoke

Todos los años, al llegar la fiesta de Santiago, las mujeres del pueblo competían para ver quién tenía el jardín más bonito. Al principio cultivaban rosas, hasta que un año comenzaron a plantar unas flores grandotas que además de bonitas eran la mar de agradecidas porque era sembrarlas, escupirlas un poco y se inflaban a crecer y echar florones de colores. Además, como casi todos los hierbajos del pueblo, tenían propiedades curativas; te tomabas una infusión y te calmaban cualquier dolorcillo además de dejarte relajadito relajadito. Mi abuela y sus hermanas las llamaban dalias; otras mujeres del pueblo las llamaban amapolas. Un año llegaron unas cuantas patrullas de la Guardia Civil, inspeccionaron los jardines, desmocharon cuanta flor pudieron, y dieron orden de eliminarlas todas bajo multa, pena de cárcel y no sé cuántas amenazas más. Total, que lloraron de lo lindo pero las abuelas del pueblo no tuvieron más remedio que erradicar del pueblo las plantas de opio y volver a los rosales con una desgana que se diría que estaban cultivando cuscuta.

De aquello les quedó a todas ellas la afición por los optalidones (que como sustitutivos del opio debieron ser buenísimos porque se los zampaban como si fueran lacasitos hasta que los retiraron; ahora se comen los lacasitos sin más y se quedan tan contentas lo cual me hace pensar que o los lacasitos nos tienen totalmente engañados o el efecto placebo en mi familia es digno de estudio) y el reflejo de escupir al suelo cada vez que veían un guardia o alguien los nombraba. Los niños adquirimos otro reflejo: el de saltar automáticamente cada vez que alguien mencionaba a la Benemérita para poder esquivar los escupitajos. Somos todos conscientes de que ver a un adulto dar un saltito así, por las buenas, queda totalmente ridículo pero en el pueblo resulta más que útil saber hacerlo, que yo he visto más de un zapato escupitajeado perdido. Y cuando hay reunión familiar ni les cuento el cuidadito que hay que tener, porque con el tiempo no sólo no se les ha apaciguado el odio sarraceno sino que se han vuelto unas virtuosas totales. Claro, en vista de que las reuniones familiares cuentan cada vez con más miembros nuevos ignorantes de nuestras costumbres ancestrales (y a veces, como ésta, cochinas), hace un par de años instauramos la costumbre de iniciar cada francachela tribal brindando un escupitajo común y ya está, con lo que todos escupimos y solamente unos cuantos saltamos (es que somos como los perros de Pavlov, qué quieren).

La cena de Nochevieja comenzó con el mencionado brindis en la puerta de la casa con una cierta rapidez para no quedarnos pasmados (y porque a siete grados bajo cero mucho nos temíamos que los esputos se convirtieran en estalactitas verdes y nos taladraran los dedos de los pies) y resultó tan divertida y entrañable como han venido siendo todos los años. Hubo derramamiento de copas por los manteles, alguna de otra caída de silla, espárragos que practicaron el deslizamiento libre por la mesa, intercambios involuntarios de servilletas, atragantamientos cuasimortales con las uvas de la suerte... en fin, una cena tradicional.

Y después de la cena, como es tradición familiar, los chavales se encerraron en la habitación de uno de ellos, que es radioaficionado, para hablar con los amigos, mi hermana B2 montó el karaoke, y las güelas se pusieron a dar gritos de alegría cuando mi primo les explicó que les había hecho un montaje con canciones tradicionales. Hubo una pelea encarnizada por los micrófonos (a estas alturas, y como ya nos conocemos, hacemos una sesión de karaoke multitudinaria con seis micros, imagínense) y comenzó la sesión con el romance de Gerineldo. Del romancero popular pasamos a los boleros, pero como siempre lo que más éxito tuvo fue la movida, a la que llegamos ciertamente perjudicados así que comenzamos a alternar las canciones con los chistes, los cotilleos, los chascarrillos... Y ahí estábamos, gritando como “no hay playa” como si nos hubieran poseído cuando llamaron a la puerta.

Abrí y me encontré a Berna pelado de frío y con un puntito de mosqueo considerable. La verdad es que el muchacho llevaba diez minutos llamando pero con la que teníamos montada dentro como si hubieran tocado las campanas, que no oíamos nada. Entró en el zaguán y comenzó a explicarme algo pero que si quieres arroz, no podía oirle, así que cogí el anorak y salí con él. Nos metimos en el todo terreno y saludé a su compañero Justo. Los dos me miraron en silencio.

- Bueno, qué - dije con un cierto cachondeíto - No me iréis a decir que estamos haciendo mucho ruido, eh, que aquí no nos oye nadie.

Berna asintió en silencio.

- Venga ya, Berna, si esto es el culo del mundo.

Justo intentó esconder una sonrisa y Berna, impávido, encendió la radio. Por los altavoces me llegaron, altas y claras, todas las voces familiares en pleno descojone tras un chiste lepero.

- Pero... pero... ¿esto qué es?

Berna bajó el volumen.

- Se lo tengo dicho al Jaime, que si quiere hablar con los colegas que lo haga, pero que no utilice esa frecuencia, que nos interfiere a nosotros y por lo que se ve a la emisora local.
- ¿Estamos saliendo por la radio?
- Lo que te diga, morena, por la radio y en todos los coches patrulla; y no veas lo mal que cantáis.

En ese momento escuchamos por la radio a B1 preguntar por mí y a JB explicar que había salido un momentito a atender a la guardia civil... El “GRRRPUAJ” general ahogó el resto de la frase. Y yo no pude contener la carcajada.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Pasando de año

A por otro año. En mi caso, literalmente.
Hasta entonces.
Salud para todos.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Imposturas

"Jake el tuerto" ni se llamaba Jake ni era tuerto. Era de Ponferrada y se llamaba Santos, pero se lo cambió porque un pirata no podía llamarse así. Y "Jake el tuerto" era el mejor capitán pirata de las Antillas. Hasta llevaba un lorito al hombro. Como padecía del estómago solamente bebía té con limón, pero todos pensaban que era ron dorado. Amaba a Lola, la cantante más solicitada de Jamaica. Una noche Lola le confesó que en realidad no cantaba. Jake se encogió de hombros y le alargó su vaso. "Toma un poco de ron". Lola bebió y sonrió.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Manolo

Hace dos días, cuando salí de casa para ir a trabajar, comprobé cuatro cosas
importantes, a saber:

1.- que caía una lluvia de esas que parece que no pero te acabas calando a
los diez minutos
2.- que a las 6.45 de la mañana, cuando se funde alguna farola la calle se
queda más negra que el culo de un grillo
3.- que los autobuseros del pueblo se pasan el horario por el forro y además
bajan la cuesta follaos perdidos
4.- que Manolo nos ha dejado.

Lo de la lluvia no merece comentario alguno (cómo me han quedado los pelos
con la humedad sí, pero lo voy a obviar), y sobre la oscuridad de la calle y
los autobuseros sin reloj se podrían decir muchas cosas y todas ellas
feísimas así que mejor no decir nada. Manolo merece comentario aparte.

No sé si he comentado alguna vez que ¡¡¡NO ME GUSTAN NADA LAS AVES!!! Pero nada de nada, vaya. Ya puede tratarse de cisnes, gaviotas, gallinas,
pollitos de colores, jilgueros, o canarios. No me gustan nada, me dan un
asco tremendo. Algunas, además, me dan un repelús no de miedo pero sí de
inquietud (fíjense en cómo nos miran las gallinas; claro, yo entiendo que
tienen un ojo a cada lado de la cabeza y así no hay manera de mirar
de frente como un ave de bien, pero tienen una forma de mirar que pone los pelillos de punta).

JB, en cambio, cuando era pequeño criaba canarios así que le gustan mucho y
está frito por poner un volador en el jardín, a lo que me he negado con
tanta vehemencia como a poner un gallinero y patos en el estanque. Aun no
gustándome, y para que vean que soy buenísima, una vez consentí en tener
canarios en casa. Dos: Currito y Piolina. Muy amarillos, muy cantarines, muy
monos hasta que Currito fue abducido por el espíritu de un velociraptor y se
lanzó al cuello de Piolina dejándola más tiesa que una pinza de la ropa.
Luego el muy asesino escapó aprovechando que JB tenía que abrir la jaula
para sacar el cadáver. Intentamos capturarlo echándole una toalla por encima
pero sólo conseguimos que los perros, en la excitación del momento, la
destrozaran a dentelladas. Después del episodio de los canarios los niños
estuvieron calladitas una temporada pero unas semanas después volvieron a la
carga pidiendo un periquito.

Y en ésas llegó Manolo a nuestras vidas, hará ya año y medio, una mañana de
verano en la que yo acababa de aterrizar de un viaje de trabajo y me
entretenía en deshacer el equipaje. "Qrrrrr, qrrrrrr" (o algo parecido)
escuché a mis espaldas, tan cerca que me di la vuelta para ver en la ventana
un bicho verde que a los dos nanosegundos estaba convenientemente guardadito en la jaula de los canarios.

Cuando volvieron los niños del colegio, salí a recibirles con aire triunfal.

-¡Mirad, enanos, os he conseguido un periquito!.
-¡Qué grande!- dijo Bruno asombrado.
-Me pido que es para mí- grito Kenya. Madagascar se limitó a acariciarle la cabeza con uno de esos deditos larguísimos que tiene.

A JB le bastó una ojeada para chafarme el momento estelar.
-Ejem, Gin, no es un periquito, es un loro.

Vale, quedó clarísimo que entiendo menos de aves que de peces, que ya es decir, y que me dan una gallina de Guinea diciendo que es una paloma de Groenlandia y me lo creo. Menos mal que llevar un loro a casa sube muchos más puntos que llevar un periquito.
Y que me hubiera entrado un loro en casa no me extrañó mucho; en el pueblo hay bandadas de loros "escapados de tiendas" o de "barcos importadores", según dónde se escuche la leyenda urbana.

Manolo resultó ser un agapornis roseicolli acostumbradísimo a vivir en cautividad que nos saludaba por las mañanas y nos daba “conversación” cuando estábamos cerca. Era tan sociable que nos dio pena que se aburriera y decidimos llevarlo al jardín botánico del colegio de los niños. Dicho y hecho. Manolo quedó instalado en un volador para pájaros en el que ya vivían cinco periquitos, dos jilgueros, y un bicho marrón del que me dijeron el nombre así como seis veces y las seis lo olvidé en un decir “pío”. Por supuesto, Manolo fue el superstar del volador; todos los niños iban a ver al lorito, le daban pipas, le decían cosas a ver si las repetía (afortunadamente no porque son unos macarras y lo más suave que decían era marica), le acariciaban las plumas… en fin, Manolo eclipsó a los demás plumíferos y estaba encantado. Pero, ay, como nada es eterno, todo terminó cuando llegó la primavera y los pájaros entraron en celo. La verdad es que es comprensible, el pobre Manolo viendo a sus compañeros pisándose todo el día, pues claro, él también quiso pisar a todas las periquitas de la jaula. Por intentarlo, lo intentó incluso con un periquito macho y con el bicho marrón, que por cierto graznaba como si estuviera poseído. Y si hay que entender a Manolo, hay que entender también a las periquitas, que huían como locas de aquella especie de dinosaurio volador. Supongo que es como si el yeti intentara violar a una niña de diez años. La cosa es que los profesores tenían que ir persiguiendo a los niños para que asistieran a las clases porque claro, dado que los acosos de Manolo eran mucho más interesantes que las tablas de multiplicar, el volador tenía más público que el cine de barrio. Al final una llamada de la dirección del centro puso a Manolo en su sitio, es decir, en mi casa de nuevo. Y ahí siguió Manolo, tan contentito como antes a pesar de que su única superfan fija era la gata, que se pasaba los días mirándolo fijamente como si la hubiera hipnotizado. Hasta que la otra noche Manolo decidió abrir la puertecita de la jaula (ya… menos rollo, que todos han visto parque jurásico y saben que los velociraptores abrían las manivelas de las puertas, y mi Manolo era mucho más listo que esos bichos de aquí a Pekín) y volar hacia el infinito y más allá.

Ayer, a mediodía, aprovechando un clarito, vimos una bandada de loros sobrevolando el pueblo. Y juraría que el último, el más chiquito, era Manolo.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Terrorismo musical

Cuando era pequeña una de las cosas que más me gustaba hacer por estas fechas era abrir el buzón. Llegaba del colegio, abría el cajetín, y subía a casa con un montón de sobres la mayoría de los cuales contenía, por supuesto, los esperados crismas. En mi casa los crismas no se tiraban a la basura; los más bonitos se colgaban en una tira de fieltro verde coronada con una carita de Papá Noel que había hecho yo un año en el colegio (la única manualidad escolar que no resultó espantosa, porque recuerdo que un año hicimos un ángel de pasta de papel y me salió con una carita de zombi que daba tanto susto que la profesora no lo quiso poner ni en la exposición de trabajos del cole, la hijaputa, con lo que me costó pintarle la cara de verde y pegarle los cristalitos fosforescentes en las cuencas de los ojos) y los más feítos se ponían abiertos a los pies del árbol de Navidad. Como ningún año los tirábamos, el montón de debajo del árbol crecía y crecía hasta que unas Navidades nos dimos cuenta de que nos habían invadido la mitad de la sala y como acabábamos de ver una película de invasores del espacio nos entró una especie de paranoia y los metimos todos en cajas de zapatos (gorila, claro) de donde salieron un par de años después para viajar al contenedor del reciclado.

En los crismas había de todo, desde reproducciones de cuadros de pintores clásicos, que eran las que mandaban los bancos y organismos con poderío, y que como a los pequeños nos parecían horribles del todo no dudábamos en pintarrajear en cuanto caían en nuestras manos (háganlo y verán cómo hay vírgenes que sorprendentemente están muchísimo más guapas con un buen bigote; y los niñosjesuses ganan mucho con chaquetitas y vaqueros), hasta dibujitos de Ferrandiz, que eran las que nos mandaban los amigos del cole y del barrio en justo intercambio con las que mandábamos nosotros. Luego estaban las de organizaciones benéficas, que eran las que mandaban mis tíos y los amigos cultos y progres de mis padres. Benéficas solamente había las de UNICEF, que ayudarían a muchos niños pero eran más feas que Pilarita, una niña de mi clase a la que todo el mundo preguntaba siempre si era varón o hembra, y eso que llevaba el uniforme del cole, o sea, su faldita tableada y esas cosas. Ahora, que hay un surtido de organizaciones benéficas que ni las galletas cuétara, y cada una tiene sus propios crismas que compiten en a ver cuál hace el más bonito, pues resulta que no se mandan crismas.

Con la historia ésta del correo electrónico todos los días me encuentro así como veinte felicitaciones virtuales a cuál más historiada. Entre esto y los pogüerpoin de las narices, empalagosos como ellos solos y que me llenan la carpeta del correo de gatitos, perritos, pollitos, y demás bichos tiernos que la gente considera que pueden moverme a la ternura y que sólo consiguen despertar mis instintos asesinos, cualquier día me va a reventar el ordenador; en cambio el buzón del correo postal criaría telarañas si no fuera por los bancos y otras entidades caritativas que se encargan de limpiarlas.

Y andaba yo quejándome hace unos diez días de que “ya no recibimos crismas, qué barbaridad, esto va de mal en peor, ya ni son Navidades ni nada” cuando una mañana escuché al buzón cantar navidadnavidaddulcenavidad. Lo destripé y tenía un sobre dentro una tarjeta cantarina remitida por mi hermana B1. En principio la tarjeta solamente tenía que sonar al abrirla pero por alguna extraña tara del chip sonaba abierta, cerrada, metida en un sobre, debajo de un libro e incluso ahogada en un barreño lleno de agua sucia de fregar. Lo sé porque a las cuatro horas de estar escuchando sin parar navidadnavidaddulcenavidad la gracia que nos hacía al principio dio paso a una sensación de fastidio que se fue tornando en mala leche, con lo que intentamos todo tipo de tretas para que se callara. Incluso Bruno, que al comenzar la tarde se había pasado así como una hora coreando la canción con vocecita de falsete, terminó hartándose de ella y se unió al grupo de los destructores inútiles.

La mañana siguiente el asunto había adquirido tintes dramáticos porque en el silencio de la noche la canción se escuchaba por toda la casa y como cada vez que alguno intentaba alejarla de su dormitorio la colocaba cerca de otro, al poco el afectado se levantaba y la volvía a trasladar. Así como a las cuatro de la madrugada intenté dejarla en el punto más alejado del jardín consiguiendo que a los cinco minutos los perros aullaran como posesos así que tuve que volver a meterla en la casa, momento que la gata aprovechó para salir por patas, cosa que en condiciones normales no habría hecho ni borracha porque es llegar las once de la noche y parece que la grapan a los cojines del sofá. Total, que la tarjeta se pasó toda la noche encima de la chimenea, cantando más contenta que la mar.

Desayunamos en silencio (navidadnavidaddulcenavidad sonaba desde la chimenea) mirándonos con ojos vidriosos y conscientes de que cualquier comentario podía romper el frágil equilibrio de nuestros nervios y convertirnos en unas cuantas cajas de bombas. “Habrá que tirarla a la basura así se contamine la tierra de aquí a Pekín” dijo JB. Y lo intenté, pero cuando bajé a tirar la tarjeta me encontré a los basureros y estos, en un arranque de ecología me dijeron que los chips no se podían tirar a la basura. Y hala, de vuelta a casa. Navidadnavidaddulcenavidad. Y entonces vi la luz. Bueno, en realidad a quien vi fue a Cristo, que volvía de comprar frutos secos en el mercadillo, y que después de descojonarse sin reparos de nuestras penalidades me dijo: “hija, Gin, pues endósasela a alguien que te caiga mal y listo”. Fue decirlo y mirarnos los dos levantando una ceja: ajá, ya sabíamos a quién le iba a calzar la postalita.

En cuanto llegué a casa reuní a los niños y les di las instrucciones precisas para que se acercaran en plan comando y, sin que nadie les viera, dejaran la tarjeta en el jardín del concejal de urbanismo del pueblo. Creo que nunca les he visto obedecer con más rapidez.

Ayer me encontré con Salvador, el farmacéutico, y me comentó que el concejal echaba chispas. Parece que llevaba dos días con dolor de cabeza y escuchando un pitido constante hasta el punto de que incluso había llamado al médico.

-¿Y? pregunté con toda la despreocupación que pude, porque la verdad es que al oir lo del pitido se me habían disparado las alarmas.
-Nada, el hombre ha estado atiborrándose de medicamentos y al final resulta que era una tarjeta de Navidad de esas que suenan, que pitaba porque debía tener el chip algo estropeado.
-¿Y dónde estaba?- Ahí tragué saliva y me acordé de las caritas de satisfacción de los miembros de mi comando después de cumplir la misión.
-Detrás del sofá del salón.
No dije nada. Es que ni siquiera moví un músculo.
-La cosa es que está con la teoría de la conspiración en lo alto porque dice que eso no es suyo, que alguien lo ha puesto ahí y que...
Salvador se interrumpió y me miró fijamente.
-Tú no sabrás nada ¿verdad, Gin?
Las carcajadas de los dos debieron oirse hasta en Moscú.

jueves, 13 de diciembre de 2007

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Irlanda

Conduzco despacio, disfrutando del constante cambio de colores del cielo:
tan pronto luce el sol como el horizonte se torna de color gris plomo o se
ven corretear nubes blancas y algodonosas como las ovejas que de cuando en
cuando se nos cruzan por la carretera. Voy tan despacio y la carretera está
tan solitaria que no me hacen falta los "slow" pintados en la calzada que
anuncian curvas cerradas. Desde que salimos de Ardara no nos hemos cruzado con ningún otro coche. Se lo hago notar a Declan y se ríe preguntándome por qué creía que me había dejado llevar el coche. Declan y yo hemos trabajado juntos (fue mi guía en el Ulster el año pasado) y este otoño compartimos vacaciones.

Al mediodía paramos a comer junto a un arroyo y es como estar dentro de un cuento. Lo único que nos devuelve a la realidad es la posibilidad constante de que nos llueva. Al terminar de comer Declan me unta un poco de pomada en el tatuaje para ayudar a que cicatrice antes sin que me queden más marcas que el propio dibujo. Me dice que ya ha bajado la inflamación y se ve perfectamente cómo quedarán los colores. "Nunca he visto un verde tan brillante". Lo tapa con una gasa de algodón siguiendo las instrucciones de Kira, la tatuadora: "tápalo; no dejes que le dé el sol o te quedará una cicatriz como si fuera una quemadura".

Cuando lo dijo yo asentí con la cabeza muy seria pero me dio un poco de risa
pensar qué sol me podía dar aquí. Kira es una amiga de la infancia de
Declan, la única de ellos que se desentendió de la lucha armada y se largó en cuanto tuvo oportunidad. Después de viajar por toda Europa terminó instalándose en Ámsterdam. Cuando la nostalgia pudo con ella volvió a Irlanda con su pareja, Doreen, una pintora alta, rubia, y sonriente que se dedica a diseñar los tatuajes que hacen. Kira tiene las manos y los dedos largos, como de hada, y antes de trabajar las mueve suavemente sobre la piel para estudiar su calidad y decidir qué pigmentos utilizar para que los colores duren más.
Cuando le dije lo que quería miró a Declan y sonrió. "Si hubieras elegido
otro dibujo te diría que no te dejaras embaucar por este liante, por muy guapo que sea, pero a esto no me puedo negar; lo tenemos todos". Se inclinó y me enseñó el suyo, en el pecho, sobre el corazón. Sonriendo, sin decir nada, Doreen me mostró el suyo, en el antebrazo. Sé que Declan lo tiene en el brazo derecho. Desde entonces llevo tatuado en el hombro derecho un trébol de cuatro hojas de color esmeralda.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Amor

La amó desde que la pusieron a su cargo, esto es, desde el mismo instante de su nacimiento. Durante más de veinte años había cuidado su cuerpo y defendido su alma de todo mal con el mayor celo. Protegerla era el motivo y la finalidad de su existencia. Pero en él había, además, un grado de amor y de deseo impropios de su naturaleza así que decidió renunciar a su esencia y se dejó caer con dolor desde el infinito para adquirir la mortalidad. Cuando ella abrió los ojos vio, tendido a su lado, un ángel con las alas rotas.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Damasco

Salimos de Aleppo temprano, para evitar el calor. En silencio, Taisir coloca las cosas en el todoterreno sin dejar de mirarme de reojo. Me siento a su lado sin decir nada y despliego un mapa de la región. Como siempre, con rotulador rojo señalo los pueblos y las ciudades que hemos visitado; rodeo con un círculo aquellas a las que quiero volver y las demás simplemente las tacho con una cruz. Taisir me ve tachar con decisión los alrededores de Aleppo y no puede evitar una sonrisa. Sé que es inevitable encontrar turistas en todos los lugares que visitamos (yo misma no dejo de ser una turista aunque me guste más pensar que soy una viajera) pero coincidir en la Basílica de San Simeón con diez excursiones al mismo tiempo me pone de mal humor. Miro la ruta. Taisir me ha dicho que pararemos en una aldea cercana a Crack de los Caballeros a visitar a parte de su familia y nos hospedaremos allí, en casa de su hermana Zein. Doblo el mapa y me concentro en el paisaje. De cuando en cuando Taisir me señala algo que cree que me puede interesar o que, simplemente, a él le parece interesante. Cuando ve que estoy más relajada me pregunta qué es lo que de verdad me ha molestado tanto de Aleppo y le explico que en realidad Aleppo me ha gustado mucho. ¡Cómo no va a gustarme Aleppo! Ha respondido perfectamente a mis expectativas, quizá porque no tenía demasiadas; quizá porque nunca me había interesado tanto como para imaginarla. Hablo sin parar y Taisir me escucha sin interrumpirme. Le digo lo que espero de Palmira y asiente con la cabeza musitando “así es, así es Palmira”. Y entonces le hablo de Damasco, del Damasco que siempre he imaginado, del Damasco de los omeyas, del Damasco de Lawrence de Arabia, de la ciudad a la que el profeta llamó el paraíso. Taisir me escucha, y cuando me callo sonríe con un punto de tristeza y me dice que a veces el paraíso se esconde para no estar a la vista de todo el mundo.

jueves, 29 de noviembre de 2007

El medio pollito: gore para bebés

Las políticas para incentivar la natalidad son cuanto menos peculiares. O eso, o yo definitivamente no las entiendo porque soy marciana, que también puede ser (aviso: no quiero chistes, eh). Por ejemplo, cuando nace un niño la Junta de Andalucía le regala unas cuantas inutilidades, entre ellas un CD con cuentos y canciones infantiles. Hasta ahí bien. Pues el otro día me hice con un CD, lo escuché con el pequeño y hubo un cuento que me puso los pelos de punta. Vaya, el resto no era como para dar el Nobel de literatura al autor, pero el del medio pollito me resultó espeluznante.

El cuento del medio pollito: el título ya lo dice todo. Dado que fue escucharlo y poner todas las neuronas a funcionar para intentar olvidarlo piadosamente (por aquello de que una tiene una imaginación delirante y lo último que necesita es que le den ideas malsanas como ésta), voy a ver si consigo recordarlo medianamente.

Como imaginan el protagonista del cuento era un pollo. Y hete aquí que dos vecinas se pelean por el susodicho pollo. El motivo de la pelea no lo recuerdo ni falta que me importa, pero seguro que fue por un quítame allá ese huevo. La cosa es que, espoleadas por el ejemplo de Salomón (esta vez la culpa no es de Disney sino de la Biblia, y es que ya no se puede fiar uno de nada), las granjeras van y cortan al pollo por la mitad. La vecina normal se come el pollo, como debe ser, y ahí acaba la historia de ese medio pollo, aunque nos quedamos sin saber si lo preparó con ciruelas y piñones o con arroz, que digo yo que ya podían haber puesto la receta y así estimulan a las madres a trabajarse un poco los cuentos.

La otra vecina, la anormal del todo, mete al medio pollo en el corral con los demás animales (suponemos que los demás animales estaban enteros aunque de una granjera que se queda con medio pollo y lo echa en el corral se puede esperar cualquier perversión). Y ahí tenemos ese pollo cortado por la mitad (no especificaban si transversal o longitudinalmente o sea que cada uno lo imagine como sus tripas aguanten) que va y vive tan ricamente en perfecta armonía con el resto de bichos corraleros a los que ni siquiera les asombra que su nuevo compañero vaya por ahí espurreando sangre (porque es de imaginar que si te cortan por la mitad te saldrá una mijita de sangre ¿no?).

Imagino que al llegar aquí el resto de los mortales ya estarán rechinando los dientes por aquello del repelús. Yo, que estoy curtida en los documentales del Documanía, y me tragué ojiplática y con la mandíbula totalmente descolgada la historia del pollo Michael (ya se la contaré, ya), lo ví todo poco normal pero tragable. El pequeño, por supuesto, lo veía todo normalísimo, como corresponde a su edad. Claro que a partir de aquí la cosa empezó a enrarecerse un poco.

Y es que lo que vino después fue que por culpa de media moneda de oro que no sé ni quiero imaginar de dónde la sacaba el medio pollo ni a quién se la prestaba, el medio-bicho se lanza por esos caminos de Dios. Y allí que iba el engendrillo aquel haciendo amigos que resultaban ser, además de raros, más vagos que la mar y en seguida se cansaban de andar, no como el medio-bicho que a pesar de no tener más que la mitad de todo caminaba tan fresco.

Y si esto les parece raro no se pierdan que, ante el problema del cansancio de sus nuevas amistades, al medio-bicho, que o bien con la mitad de sus órganos debía haber perdido además el entendimiento completo, o bien era un degenerado completo, no se le ocurre más solución que llevarles en.... ¡¡¡SU MEDIO CULITO!!! Que sí, que se iba metiendo de todo por el culo: que si palomas, que si piedras, que si un río... ¡pero si hasta se mete un toro y todo!

Digo yo que esto lo regalan para cortarles a las madres la depresión post parto de un ataque fulminante de asco ¿no? porque si no no le veo ningún sentido. Bueno sí, también podría estar patrocinado por alguna organización que esté en contra de fomentar el hábito de la lectura, alguna asociación vegetariana, o por los fabricantes de vaselina, que hayan pensado que es la mejor forma de ampliar mercado. La cosa es que el cuento debe tener algún final al que supongo que pocas personas llegarán sin potar antes pero que nosotros nunca conoceremos porque, viendo cómo los ojitos de Bruno se agrandaban, y temiendo la interminable tanda de preguntas surrealistas que iban a venir después, saqué el CD por las bravas, lo partí por la mitad y le pregunté si le apetecía que leyéramos los haikus del pollo Ramón o que viéramos el reportaje del pollo Michael. Total, from lost to the river. Y luego dirán que la gente no lee.

martes, 27 de noviembre de 2007

Corfú

Hay sitios que no he querido visitar nunca por miedo a que al hacerlo perdieran su magia. No son muchos, es cierto; generalmente puede más mi curiosidad que mis ganas de mantener intacta la imagen del sitio soñado. Pocas veces me he arrepentido de haber visitado algún destino-talismán (hace ya mucho tiempo que Basora no es la ciudad de Simbad, y cada vez lo va a ser menos, pero a cincuenta grados a la sombra se derrite cualquier posible encanto); por el contrario, generalmente me arrepiento de no haber ido antes.

A Corfú llego llena de reticencias, sin querer llegar. Siempre he soñado con Corfú, por eso nunca he querido visitar la isla y hasta ahora había conseguido esquivarla pero en esta ocasión ha sido inevitable. Yannis nació en El Pireo pero conoce perfectamente cada rincón del país, de cada isla. Hemos estado dos días recorriendo sin prisa las calles de la ciudad, perdiéndonos por callejuelas y portaladas, invadiendo sin permiso patios y jardines privados, desayunando, comiendo, y cenando en las terrazas de pequeños bares, antes de tomar el camino del norte. Queremos recorrer la isla de norte a sur, ver las diferencias entre los pueblos que ven la costa albanesa y los que sólo tienen agua por horizonte.

Yo no hablo griego. Mis conocimientos de esta lengua se limitan a cuatro frases básicas, a algunas expresiones y palabras sueltas con las que no podría defenderme en ninguna circunstancia. Hasta ahora Yannis se ha encargado de hablar por mi, de negociar cada visita, cada entrevista, los permisos necesarios para hacer fotografías. En Palia Perithia le observo, le escucho discutir, y me asombran los esfuerzos que tiene que hacer para conseguir que nos dejen asomarnos a la isla; me sorprende que las trabas que le ponen a él, uno de los suyos, se convierten siempre en facilidades para mí, una extranjera. Nos sentamos en un bar a comer y un camarero con cara agria nos sirve, sin que lo pidamos, vino y aceitunas negras. Yannis me explica que no hay nada peor que ser griego en Grecia. Le miro con un cierto escepticismo y me invita a comprobarlo. Apostamos una cena.

Cuando viene el camarero le miro y con la mejor de mis sonrisas le pido la comida chapurreando torpemente la frase que me ha dicho Yannis. El camarero me mira radiante, le da a Yannis una palmada en la espalda, y nos llena el vaso de retsina. La transformación es tan espectacular que tenemos que hacer verdaderos esfuerzos por controlar las carcajadas. Durante toda la comida el camarero extrema los detalles con nosotros, nos invita a los postres y nos deja una botella de ouzo sobre la mesa. Finalmente se sienta con nosotros y conversa con nosotros en inglés macarrónico. Cuando se ofrece a conseguirnos la entrada a cualquier sitio de la ciudad que queramos, Yannis me mira divertido y susurra “langosta”.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Cena

Se desanudó la capa, sin prisa, pensando en la conferencia que acababa de escuchar. Habitualmente le resultaban poco interesantes; las mejores siempre se celebraban más temprano, a media tarde, a horas imposibles para él. Aquella noche, en cambio, había sido excepcional. Pocas veces había presenciado una exposición tan clara, tan centrada, tan amena. Se miró en un espejo que, como siempre, le ignoró. Mientras se limpiaba cuidadosamente unas gotas de sangre de los colmillos pensó sin pena en la conferenciante. Al fin y al cabo se merecía el mordisco por haber afirmado en público que los vampiros no existen.