miércoles, 6 de noviembre de 2013

De primera mano

Querido Luis, como nunca tengo nada especial que contar, sueles decirme que mis cartas te resultan aburridas. Bueno, esta vez no creo que tengas motivos para quejarte. Hoy se ha caído el sol. Ha sido esta mañana, a primera hora. Al principio ha amanecido como cualquier otro día, normal y corriente. Los primeros rayos han aparecido por encima del jardín y yo me he dispuesto a empezar otro día más de esta primavera que se me está haciendo eterna a fuerza de soportar tantos sentimientos desencadenados. De pronto ha habido un chispazo de color blanco en el cielo, y casi sin transición nos hemos quedado a oscuras. Ni sol, ni luna, ni estrellas... En el cielo, la oscuridad más total. En la tierra el espectáculo ha sido impresionante. La primera sensación, por supuesto, ha sido de desconcierto. Los conductores de los coches, cuando han conseguido reaccionar y han encendido las luces de sus vehículos, se han encontrado con que era ya un poco tarde y estaban la mayoría empotrados en el coche de delante. Gritos e insultos, y la impotencia de no ver absolutamente nada. Los que caminábamos por la calle no sabíamos por dónde tirar, porque tampoco veíamos nada. La verdad es que nunca hubiera imaginado que la oscuridad era esto, un mundo de voces, sonidos y olores, de empujones e inseguridad, sobre todo de inseguridad, esa vieja conocida. Nada da más miedo que la oscuridad de los sentidos, sea cual sea el que se te apague. Algunos, buscando la compañía de las voces de los conductores que discutían unos con otros, se han precipitado a la calzada. Otros, muchos, la mayoría, se han quedado inmóviles, como petrificados, optando finalmente por tirarse al suelo a esperar, silenciosos y aterrados, como si en esta guerra contra el miedo a la noche el cuerpo a tierra les fuera a proteger de no se sabe qué peligros. Otros han comenzado a correr y a gritar, chocando unos contra otros, y ha habido muchos que se han agrupado con desconocidos para ayudarse a intentar calmar su temor. Tras los primeros momentos de desconcierto, los conductores detenidos en medio de las calles han comenzado a encender las luces y la gente ha salido a los portales aunque sin atreverse demasiado a aventurarse más allá de los límites amigos marcados por la luz de los faros, de las linternas. Como era de esperar (y esta vez no ha habido que esperar mucho), el gobierno ha mandado a todos sus efectivos policiales (ahora en los medios los llaman así), y eran muchos, a convencer a los ciudadanos para que volvieran a sus casas cuanto antes, pero eso sí, sin dar información acerca de lo que estaba ocurriendo realmente. Yo sabía lo que había ocurrido porque, amparada entre las sombras de un castaño de Indias, he escuchado a un policía contárselo a un compañero. Y mi caso no ha sido el único; por todas partes han surgido personas en busca del sol. Mientras algunos buscábamos, las autoridades prohibían la salida de los edificios precintando puertas y apostando agentes en todas las esquinas. Nadie, absolutamente nadie, debía transitar por las calles, y para que todos lo supiéramos han instalado grandes altavoces en los coches de policía repitiendo incansables las consignas. Ha sido como estar en una de esas películas de guerra en las que se establece de pronto el estado de sitio, y me han dado ganas de buscar el café de Rick y pedirle cobijo. Los que buscábamos corríamos el peligro de ser golpeados por las fuerzas de “orden” público por lo que nos movíamos sigilosamente buscando las sombras. No sé por qué he ido al Retiro. Ha sido una intuición, la seguridad de que entre los lugares amigos que me han cobijado en mis momentos duros encontraría la respuesta. Como era de esperar, las puertas estaban cerradas, pero no ha hecho falta que saltara la verja porque afortunadamente todavía no han arreglado todos los barrotes rotos y me he colado por uno de los huecos. Dentro me ha resultado fácil moverme entre los arbustos y esquivar las patrullas que deambulaban por el paseo de coches. Huyendo de un agente he encontrado a un hombre escondido detrás de un árbol, una de esas grandes acacias que tanto nos gustan, y juntos hemos conseguido burlar a otro policía, el último que hemos visto hasta llegar al estanque. Allí el espectáculo era impresionante. Una luz dorada iluminaba el paseo, y las barcas, ancladas en el centro del lago, se movían balanceándose lentamente entre rayos ocres. En el fondo, una bola brillante deslumbraba a los peces y calentaba el lodo. No lo hemos pensado ni un momento y, sin decirnos nada el uno al otro, hemos cogido una de las barcas que están siempre en la orilla, ya sabes, ésas que los barqueros desechan por viejas. Al empuñar los remos nos hemos mirado un momento, y sin dudar hemos echado la barquita al agua. Nunca hubiera imaginado que nadar bien fuera tan útil. Tras desnudarnos silenciosamente, nos hemos sumergido en seguida. El agua estaba caliente y la sensación del calor del agua contra la piel hacía que el corazón palpitara más lentamente, con calma, como si todo el tiempo del mundo fluyera alrededor nuestro y pudiéramos esquivarlo sólo con flotar desmayadamente en él. Si me hubieran dado a elegir, habría preferido no volver a salir nunca, y quedarme para siempre en ese mundo silencioso y solitario, cálido y protector. La piel se nos veía dorada, y cada gota brillaba descomponiendo los colores. Hemos buceado alrededor de la gran bola dorada y hemos descubierto que estaba un poco enredada en las algas del fondo del estanque, así que hemos intentado cortar sus ataduras tirando con las manos. Es curioso...las algas, recias y duras, parecían deshacerse cuando las tocábamos, como si estuvieran esperándonos. Una vez liberados los rayos, le hemos dado un leve impulso y el sol ha empezado a flotar lentamente, sin prisa, como haciéndose rogar. ¿Sabes? estaba caliente, pero no quemaba, y las palmas de las manos se nos han quedado del color del oro viejo. Al fin el sol ha conseguido subir hasta la superficie y se ha quedado detenido flotando sobre el agua, esperándonos, hasta que nos hemos acercado. Se dejaba llevar sólo con el roce de nuestros dedos, como si quisiera que le tocáramos, como si necesitara el contacto con nuestros cuerpos. Lo hemos empujado a la orilla y lo hemos secado, despacito, con mimo, acariciándole, con la ropa que habíamos dejado en la barca. Poquito a poco se ha vuelto ligero hasta despegar en el aire, elevándose lentamente, desperezando de nuevo la mañana, y a medida que subía, las casas y los árboles se iluminaban como si amaneciera otra vez. Cuando ha alcanzado su posición normal, ya sabes, por encima de los abedules de la explanada de las bicicletas, la policía nos ha cercado aprovechando que estábamos absortos mirando la ascensión. Nos han detenido por inmoralidad manifiesta aduciendo desnudo público y nos han llevado a la comisaría que hay al lado de mi casa. Nos han interrogado y luego, paradójicamente, y sin explicarnos nada, nos han condecorado, y hemos salido en el periódico, aunque estoy segura de que esta parte ya la conoces porque habrás visto mi foto en todas las primeras páginas. Quitando esto, por aquí todo sigue igual que siempre. Un besazo. PD.- Los peces del Retiro han dejado de ser las carpas tristes y grises de siempre y se han vuelto dorados, igual que las palmas de mis manos. Además, ya lo verás cuando vuelvas, el pelo se me enciende de oro en cuanto anochece. Pero, por favor, esto último no se lo cuentes a nadie.

jueves, 24 de octubre de 2013

La vida NO sigue igual

Julio Iglesias no me gusta, no me gusta nada. Y ustedes dirán, “mira ésta, tanto tiempo sin dar señales de vida y aparece para decir esto”. También pensarán “y a nosotros qué nos importa”. Incluso habrá quien haya dicho “pero ¿por qué???” con aire así como sorprendido y escandalizado. Ya, no, si igual tienen razón pero como es mi blog se aguantan. No me gusta Julio Iglesias. Es blandito, tiene voz de chirla, y canta cosas que no van conmigo. La vida sigue igual, dice. ¿Igual que cuándo, a ver? La vida no sigue igual para nada. Al menos la mía. Desde que no me leen en mi vida han cambiado muchas cosas, desde mi estado civil hasta el color de pelo de mis hijas, y sepan que si no he asomado antes ha sido para no tener que contárselas, que bastante tienen ustedes con lo suyo. La vida, definitivamente, no sigue igual, aunque hay cosas que reaparecen de cuando en cuando (desafortunadamente más cuando que cuando); vienen a ser como ese pepitogrillo que les ponían a los chuliguays al lado para que les susurraran lo del memento mori: recuerda que eres mortal. En mi vida hay varios susurradores de esos, lo que pasa es que en mi caso no susurran sino que tienden a ser un poco escandaleras, y todavía no sé muy bien lo que quieren decirme porque lo del memento mori como que no va a ser, no. Como ustedes son bastante listos e inteligentes, habrán adivinado ya que los susurradores de mi vida son los animales, los obreros, y las situaciones absurdas. Bueno, también están los majarones, pero estos igual es mejor meterlos en las situaciones absurdas y así nos ahorramos un epígrafe más, que yo no los pongo porque no me gusta y soy desordenada por naturaleza, pero el día que me caiga de la moto y me dé un aire como a San Pablo a saber, igual me pongo a hacer listas de todo, y cuanto más simplificadito lo tenga, mejor. Quedamos, pues, en que animales, obreros, y situaciones absurdas. A veces vienen de uno en uno y miren, se pueden soportar e incluso hasta se pueden controlar. Lo malo es que me da que son listillos y eligen agruparse, sin que las combinaciones tengan reglas fijas ni restricciones de ningún tipo. Se pueden imaginar (ni loca me pongo yo a enumerarlos) los posibles resultados: todos ellos espeluznantes. Estas semanas tocan obreros, concretamente en su versión cristaleros. Como es una larga y triste historia no se la voy a contar en detalle, y eso que se ahorran; baste con que se queden que el techo del comedor de mi casa está formado por ocho planchas de cristal de las cuales se rompieron tres durante uno de los inviernos más lluviosos que hemos tenido en los últimos años. Si lo pienso bien es curioso que viva en la Costa del Sol y que todos los problemas que tenga en la casa sean siempre a causa de la lluvia. No me quiero imaginar lo que sería si viviera en Seattle. Pues que después de pasar todo el invierno comiendo con el paraguas abierto, y después de comprobar que es un desastre que se moje la instalación eléctrica de la casa, a finales de verano vinieron a cambiar los cristales rotos y pusieron unos nuevos, muy bonitos, pero mucho mucho, bonitos y totalmente distintos a los anteriores pero ni nos importó, que cada plancha de cristal costaba un congo y además me da mal rollo quitar algo que está en perfecto estado de uso solamente por estética. Y una vez cambiados los cristales todo era alegría, alegría, y pan de Madagascar, como dice Ariel. Hasta que volvió a llover, concretamente anteayer, y me saltaron las alarmas cuando vi a la perrita (perrita nueva, ¿ven cómo la vida no sigue igual?) beber agua de un minicharquito en el comedor. Me faltó tiempo para mandar a mi contratista un mensaje lastimero cuajadito de smileys que lloraban como magdalenas. Llamarle no, porque eran las 6:15 de la mañana y no quiero que me odie, al menos no mucho. Mi contratista (que por cierto es un clon del doctor House sólo que en versión “señor sonriente que canturrea las canciones de las pelis disney cuando trabaja”, lo cual da mucho yuyu aunque mucho más yuyu daría si pusiera siempre la cara de mala ostia de House, claro) me respondió con otro mensaje en el que me decía que el cristalero iría por la tarde. Hablamos de la tarde de ayer. Que el cristalero iría a mi casa, hala, así sin consultar si iba a haber alguien o no. Vale que Luciano, el contratista, se sabe de memoria el horario de mis clases de pilates (¿ven? ¿ven cómo la vida no sigue igual?) y de danza (ídem) pero vaya, que al principio pensé que se había arriesgado mucho mandando al cristalero a casa sin preguntar antes. Y hala, ahí que fui toda la tarde como las locas: que si ahora come corriendo en veinte minutos para ir a recoger al monitor de pilates, que se ha quedado sin coche y como vaya en autobús nos dan las uvas esperándole, que si pásate una hora retorciéndote por el suelo, saltando, haciendo el enanito, y haciendo ejercicios que estoy segura de que están prohibidos por la Convención de Ginebra, y corretea después con el coche como una loca montaña abajo para llegar a casa antes que el cristalero. Madagascar me informó a gritos desde no sé muy bien dónde de que no había venido nadie antes que yo, y me senté en el jardín. Y fue como si el tiempo se detuviera para siempre. Los minutos se deslizaban uno tras otro, despacísimo, tomándose su tiempo, incluso regodeándose en el trayecto. Y yo los veía pasar por el simple procedimiento de mirar fijamente el reloj. El tiempo detenido. De esas cosas que cuando pasan en las películas son preciosas, pero que cuando te pasan te ponen de los nervios. Y de los nervios estaba dos horas después, cuando constaté que anochecía y que no, que el cristalero no había venido en toda la tarde y que ya no iba a venir. Y que el cielo se estaba volviendo a poner negro de nubes. Y que encima no tenía yogures en la nevera, gran drama donde los haya. - Madagascar, me voy a comprar yogures! Si viene el cristalero le escupes de mi parte!- grité al vacío. Y desde el vacío me llegó un “¡vale!” lejanísimo. Y me fui. Y compré los yogures. Y me olvidé del cristalero y la madre que lo trajo. Y todo fue bien hasta que al meterme en el coche para volver, la tarjeta del coche salió volando (es que mi coche es supersofisticadodelamuerte y no tiene llave, no, tiene una tarjeta que lo hace todo: abre puertas, arranca el coche, vuela...) y aterrizó debajo del coche de al lado. Me agaché y ahí estaba, justo en medio. Miré alrededor a ver si había algo que pudiera utilizar para empujarla y sacarla pero ná. A ver, ¿qué esperaba encontrar en medio de un parking? ¿un bracito extensible? Bueno, también podía haber un palo de escoba viejo, o un trozo churretoso de madera, o algo, díomío, algo que me permitiera recuperar mi tarjeta. Les juro que lo intenté todo para sacar la llave sin tener que reptar como una lagartija (y desde aquí afirmo que lo de “accio tarjeta” no funciona un pimiento, y que como todos los conjuros sean igual de malos los libros de Harry Potter van a ser una mentira como una catedral) hasta que tuve que rendirme y arrastrarme debajo del coche estilo comando, avanzando los codos poquito a poco hasta que los bajos del coche toparon con la parte más sobresaliente de mi yo posterior, o sea, que no me cabía el culo debajo del coche, y eso que era un todoterreno, que son más elevaditos y dejan más hueco. Y como ya estaba en una situación ridícula y sospechaba que si achuchaba un poco conseguiría meter el culo pero a saber si luego lo iba a poder sacar, y además ya llegaba con los deditos a la tarjeta, empecé a recular, también al más puro estilo comando, acompañando cada centímetro de retroceso con un montón de palabrotas dignas de ser olvidadas para siempre jamás. Y justo estaba ya a punto de incorporarme más contenta que unas pascuas cuando vi unas zapatillas de deporte junto a mi cabeza. Y pegadas a las zapatillas unas piernas, y a continuación un tronco, y una cabeza con su correspondiente nariz, boca abierta, mandíbula descolgada, ojos desorbitados... A ver, que yo entiendo que ver un culo adosado a tu coche es raro, y ver luego emerger de debajo de tu todoterreno querido a una señora malhablada, despelujada perdida, y cubierta de suciedad (asco de suelo, eh) es como un tanto raro, pero vaya, que podía haber disimulado, que me dio la risa a mí y me fui soltando carcajadas como si hubiera sido él el que hubiera hecho el soberano ridículo en lugar de haber sido yo. Farfullé algo tipo "quesemehacaídolatarjetadelcocheperoyalaherecuperadonopasanadanopasanada", me monté en mi coche, y me fui tan pichi. Acaban de llamarme. Que mañana viene el cristalero. ¡¡¡A temblar!!!

domingo, 24 de marzo de 2013

Escribiendo

Me pides que te escriba mis sentimientos, mis pensamientos sobre ti y mi deseo se encabrita al recordar tu cuerpo sobre el mío, debajo, junto a él, tu cuerpo triunfante, dominado, compañero. Te quiero, sobre todo te quiero, y quiero decírtelo porque las palabras de amor no estorban. No creo que sobre ninguno de los momentos que hemos pasado juntos, ni los buenos ni los malos, todos los atesoro, porque uno sobre otro van formando nuestra historia. Me pides que escriba y lo hago pero sabiendo que no recibirás nunca esta carta porque mi amor no cabe en ningún sobre.

jueves, 26 de enero de 2012

Recolección

Recorría la playa sin mirar el horizonte. Todos los días se perdía entre los restos que el agua dejaba en la arena y los miraba preguntándose si debía llevárselos a casa y ponerlos encima de la puerta o en el lateral de la cama, junto a los libros. Sabía reinterpretar aquellos objetos abandonados y darles de nuevo sentido, darles un sentido nuevo. Incorporaba a la suya aquellos gastados trozos de vida ajena y los convertía en propios. Empezó a ver cosas suyas tiradas por la arena. Un día vio que alguien recogía uno de sus restos, y se sintió rico.

(Lo siento, Siberia, sólo me salieron cien)

viernes, 13 de enero de 2012

Galleria Degli Uffizi

Hacemos el camino entre Pisa y Florencia de noche. Enrique dormita y yo no dejo de mirar por las ventanillas esperando vislumbrar algo que no sea la oscuridad. De cuando en cuando pasamos cerca de una casa iluminada y veo fugazmente una habitación, una escalera, un porche. Los pueblos, colgados en las faldas de las montañas, parecen estampas navideñas a pesar de que estamos en verano. Por la mañana, con luz, veré los perfiles suaves de las montañas; de momento no veo más que lucecitas.
Enrique se despierta cuando estamos entrando en Florencia. Yo estoy entusiasmada; después de tanta oscuridad la ciudad me parece una fiesta de luz. Y eso que la ciudad parece desierta. Tendremos que llegar al centro para encontrar las calles llenas de gente. Enrique me mira divertido, la verdad es que no dejará de mirarse así hasta que volvamos. Y creo que es normal porque yo seguiré entusiasmada hasta que volvamos. E incluso después.
A la Galleria degli uffizi llegamos temprano por la mañana. Tenemos pase así que nos saltamos las colas, que incluso a esa hora dan la vuelta al edificio. Me gustan los techos altos, y en Florencia son altísimos. Cuando hemos subido cuatro tramos de escaleras empiezo a plantearme si de verdad me gustan tanto, pero son dudas fugaces. Me acerco a una ventana. Dentro, las maravillas de la Galleria; fuera, el Ponte Vecchio. Síndrome de Stendhal. Le digo a Enrique que me quiero quedar a vivir aquí y él, sin mirarme, echa un vistazo al reloj y me contesta que tengo hasta las dos para que se me pase la tontera.

viernes, 6 de enero de 2012

Acuarius

Lo confieso: me gustan los anuncios. Sí, puedo hasta decirlo más fuerte. Hola, me llamo Ginebra y me gustan los anuncios. Ay, qué bonito, les oigo decir a todos “te queremos, Ginebra”. Pues sí, me gustan los anuncios, sobre todo ahora que no los ponen. Bueno, para mí hace mucho que no los ponen porque yo me aboné a una cadena de pago en cuanto salió. Creo que debí ser la tercera persona en abonarse (la primera, el dueño de la cadena, y la segunda su madre, fijo). Y no lo hice por los anuncios, no, aunque todo el mundo ha pensado siempre que ésa fue la razón y yo nunca me he molestado en desmentirles. La verdad es que fue porque la programación en general me parecía una porquería, y lo único que veía salvable eran los anuncios. Ahora, de cuando en cuando, pongo una cadena de ésas en las que te fríen a publicidad y me meto los spots casi en vena, como que aprovecho para hacer pis cuando empiezan los programas. Es que no me digan ustedes que no, hay anuncios estupendos. Y digamos lo que digamos, lo que dicen siempre es cierto, un poquito adornado pero cierto. Por ejemplo, hay una serie de anuncios que terminan diciendo “el ser humano es extraordinario”. Ay, qué gran verdad. Yo lo compruebo casi a diario. Vaya, que no hay día que no lo masculle un par de veces, cosa que generalmente me molesta mucho porque preferiría que la gente fuéramos todos más normalitos y más llevaderos. Porque la extraordinariez, quieran que no, a veces, muchas veces, es molestísima.

Como me gusta la Navidad, y hacer regalos (qué pasa, me gustan muchas cosas a la vez), hace cosa de un mes decidí regalar a mis padres un calendario con fotos de la familia. Es fácil: seleccionas unas cuantas fotos, eliges el modelo de calendario que quieres, y las mandas a través de Internet a una empresa que a cambio de unos euritos te envía un calendario más chulito que la mar. Tú se lo regalas a tus padres (por ejemplo), y quedas divinamente. Dicho y hecho. Puse a mis hijas y a mis hermanas a buscar fotos y monté un calendario digno de arrancar a cualquier madre lágrimas como garbanzos. Bueno, a cualquier madre no, a la mía, que para eso las fotos eran de sus hijas y nietos.

La primera parte del proceso fue estupenda: yo pagué (esto no fue estupendo, la verdad), y ellos me enviaron el calendario. O, mejor dicho, juraron que me habían enviado el calendario, porque pasaban los días y aquí no llegaba ningún paquetito ni nada. Así que decidí llamar a la empresa de mensajería que, según la imprenta, se encargaba del envío, y que estaba en Barcelona. O sea, en Barcelona estaba la mensajería, no el paquete, aunque yo no lo tenía tan claro. La telefonista encantadora, oigan, más maja que las pesetas, me pidió el código de seguimiento del envío. Se lo dí, y comprobó dónde podía estar el paquete.

- Aquí me aparece que se entregó correctamente y firmó la recepción una tal Ginebra J.
- Ya. Señorita, yo soy Ginebra J., y si hubiera recibido el paquete no estaría reclamándolo.
- Ahhhhhh… a ver, un momento….

Tirorirorí, ta riroriro (ahí me enchufó el minuet de Boccherini, el que todos nos sabemos gracias a la miel de la granja San Francisco, y me entretuve canturreándolo tan contenta).

- ¿Señora? Sí, a ver, es cierto que no firmó Ginebra J. (“claro que no, tía, si ya te lo había dicho yo” pensé, pero no dije nada), sino Guillem P.
- Nop, aquí no hay ningún Guillem.
- Ahhhhhhh… a ver, un momento…

Y de nuevo me dejó canturreando la miel de la granja otro ratito.

- ¿Señora? Sí, a ver, que ciertamente no fue Guillem P. sino que la recepción la firmó Joan G.
- Pues tampoco tenemos ningún Joan.
- Ahhhhhhh… a ver, un momento…

Hala, más miel.

- ¿Señora? Sí, a ver, que no fue Joan G. (“toma ya, qué sorpresa,maja”) sino Lluís A.

Como veía que me volvía a chutar la miel de Boccherini, y se me habían pasado las ganas de canturrear, decidí abreviar el proceso.

- Mire, señorita, esto es un pueblo de Málaga. En la calle tenemos un par de Antonios, un Miguel, un Alejandro, y hasta un Yerai. Pero nombres de esos que usted me está diciendo no tenemos ninguno.
- Ahhhhhhhh… ya veo… un momento, que voy a hablar con el repartidor…

Y esta vez me dejó esperando en el silencio más absoluto, sin miel ni nada.

- ¿Señora? Sí, a ver (esta chica debía tener convalidada la primera frase de la conversación porque siempre empezaba igual) que me dice el conductor que está cerca del pueblo ése (toma ya, “el pueblo ése”) y que se va a acercar a la casa en la que recuerda haber hecho la entrega para intentar recuperar el paquete.
- … (durante unos segundos no pude decir nada ¿intentar recuperar el paquete?)
- ¿Señora? Sí, a ver, si a lo largo de esta tarde no le entregan el paquete llámeme mañana a primera hora. ¿De acuerdo?
- Qué remedio, señorita, qué remedio. Hala, hasta mañana.

Vale, yo ya sé que ésa no es la actitud adecuada, y que con tan poca fé, cómo van a resolverse las cosas, pero es que todo me parecía rarísimo y ya me imaginaba yo al repartidor recorriéndose las calles de algún pueblo de por ahí intentando recuperar el paquete. Claro, lo mejor era imaginar la cara que habían puesto los afortunados que hubieran recibido un calendario lleno de fotos de mi familia, que reconozco que estaba comida de curiosidad por saber qué habían hecho con él. Porque hombre, yo recibo un calendario de los bomberos y no lo suelto así me digan que va a venir a verme Jiu Yacman (más vale bombero en mano…) pero si recibo un calendario de los Gómez Martínez (un poner, eh, no se me mosqueen los Gómez Martínez), pues como que no lo cuelgo, vaya.
La mañana siguiente lo primero que hice fue llamar a la empresa de mensajería.

- Buen día, señorita… Marta, ¿verdad?
- Buenos días. Emmm… sí… Marta… ¿y usted es…?
- Ginebra J. Hablamos ayer.
- ¿Qué no le entregaron el paquete?
- Pues no, no entregaron nada.
- Ay, qué mal me sabe! Es que me dijo el mensajero que se equivocó y lo entregó en el número 17 de esa misma calle.
- ¿Y por qué???

En ese momento llamaron al timbre de la puerta y era el repartidor así que salí a echarle el puro del siglo. Y se lo eché, claro. Y más cuando me empezó a contar que había entregado el paquete en el número 17 porque no vio mi número y pensó que se lo habían comido. O sea, muy lógico, claro, el Ayuntamiento acostumbra a comerse números en las calles, vaya, que todos conocemos cantidad de números fantasmas. Hombre, hombre, aquello me pareció para matarlo. Sobre todo porque me lo contó con una sonrisa de oreja a oreja y se quedó tan pancho después de aquella explicación demencial. Yo dudaba entre retorcerle el cuello o clavarle un tacón en el estómago cuando se abrió la puerta del número 17 y salió una señora a mirar el buzón. Yo aproveché y me acerqué corriendo, seguida de cerca por el mensajero inútil. La vecina (nueva, se mudaron hará un par de meses) me miró sonriendo amistosamente, que ya tiene mérito porque si a mí se me acerca una loca correteando seguida de un mensajero con la misma sonrisa de las patatas risi, cierro la verja del tirón. Ella no, ella fue cantidad de arriesgada y me escuchó atentísima para luego decirme que no, que ella no había recibido ningún paquete, y su marido tampoco. Luego buceó más duramente en su memoria y se acordó de que el día de la entrega el que estaba en la casa era su hijo adolescente. Y nos invitó a pasar para preguntarle a él directamente. Así que entramos el mensajero y yo y la seguimos por el pasillo. Llamó a la puerta y el hijo abrió al estilo adolescente, es decir, abriendo la puerta lo justito lo justito para que asomara la cabeza nada más. A mí siempre que mis hijas lo hacen me entran ganas de tirar bruscamente del pomo pero no lo hago porque igual se les cae la cabecita o algo. El muchacho nos miró y no movió un músculo, pero titubeó un poquillo.

- Emmm… esto… no… yo no he cogido ningún paquete.

Y ahí el mensajero saltó indignadísimo.

- ¿Cómo que no? Si te lo dí yo mismo. Que te he reconocido en cuando te he visto.
- ¿Y por qué no lo has dicho antes? Joé, sí que eres tú rápido.
- Señora, encima de que lo digo… que no está contenta usted con nada, eh.
- Cristian, no estarás mintiendo ¿no?
- Que no, omá, que yo no he sido!
- Las narices que no! Tú tienes el paquete!

El mensajero, indignadísimo, empujó la puerta y entramos todos en tromba en la habitación. Y, efectivamente, el Cristian había recibido mi paquete. Lo sé porque el angelito se había dedicado a recortar del calendario las fotos de Kenya y de Madagascar y las tenía pegadas en la pared. Creo que no he visto a nadie ponerse tan colorado, que parecía que le iba a explotar la cara. Mi vecina pasó por distintas fases, desde el apuro más grande hasta un cabreo monumental con el adolescente, que tuve que decirle que no le diera más pescozones que todavía echaba el cerebro por la boca y era peor. El mensajero intervino para decir que le entendía perfectamente, que qué niñas tan guapísimas, y que si tenían novio. Le fulminé con la mirada antes de que me pidiera que se las presentara y salí de la casa sujetando las fotos desechadas por Cristian (¡¡¡las fotos en las que salía yo!!! adolescentoide repugnante…) con toda la dignidad que pude. En casa, el teléfono seguía descolgado. Me había olvidado de la pobre señorita Marta, que de cuando en cuando decía “¿señora… señora…?” pacientemente.

- ¿Señora…?
- Sí, señorita Marta, sí, aquí estoy de nuevo.
- Emmm… que… ¿le ha pasado algo?
- Sí, señorita, finalmente he recuperado el paquete.

Se lo conté todo, con pelos y señales, mientras la pobre decía “ajá” todo el tiempo. Cuando terminé dije:

- Así que ¿qué le parece?
- Hay que ver… el ser humano es extraordinario…

Les he mandado a mis padres un calendario de gallinas y patos, que ése seguro que no desaparece.

sábado, 16 de julio de 2011

Aniversarios

Parece que es cierto: veinte (o como en este caso, ventiuno) años no es nada. Es triste.