martes, 27 de enero de 2015

Descolocado

Él amaba profundamente el orden. Trabajaba como reponedor en un híper y disfrutaba colocando cajas, alineando latas, ordenando estantes. En su casa cada cosa tenía un sitio y cada sitio estaba pensado para una cosa. Tenía ordenados todos sus pensamientos, sus emociones, y los momentos para disfrutarlas. Ella vivía en el desorden. Ponía el mundo patas arriba y lo volvía a recolocar sin orden ni concierto. Manejaba sin esfuerzo sus sentimientos y se movía a gusto en la improvisación. Temeroso de que pudiera desordenarle, la echó de su vida. Pero cuando ella se fue, él nunca pudo volver a colocarse.

domingo, 25 de enero de 2015

Pijamismo

Hace dos días mi compañero de despacho estaba buscando lo que él llamó un “sotocasco”, y cuando me lo describió yo le enseñé lo que eran los verdugos. No los ministros de justicia que ejecutan las penas de muerte y en lo antiguo ejecutaban otras corporales como la de los azotes o el tormento. No, yo me refiero a la acepción nº 11 del DRAE, a saber: “gorro de lana que ciñe cabeza y cuello, dejando descubiertos los ojos, la nariz, y la boca”. O sea, los verduguitos que acompañaron todos los inviernos de mi infancia. Que era llegar noviembre y mi madre me encasquetaba el verdugo azul y no me lo quitaba hasta primavera, que parecía que me habían florecido los rizos de pronto. Ese gorrito fue como una segunda piel sobre mi cabeza, una segunda piel de lana azul que si te estaba un poco chico te apretujaba hasta el cerebro y al quitártelo se te quedaba una marca en la carita formando un óvalo rojo. El verdugo fue el gorrito de mi infancia. Y de la de mis amigos también. Había que ver el patio del colegio, que parecía que habían soltado una manada de alfiles azules. Es curioso, el verdugo era lo único que no estaba incluido en el uniforme pero todas las madres nos ponían uno, como si les supiera mal que la cabeza pudiera diferenciarnos de los demás niños. Todos iguales, de la cabeza a los pies. La verdad es que eso de ir todos iguales no me importaba nada. El uniforme escolar me resultaba de lo más cómodo. Luego, en el instituto, fue curioso porque no había uniforme pero la mayoría de la gente se vestía igual. Una vez leí que durante la adolescencia hay dos tendencias: mimetizarte para integrarte en el grupo, o remarcar tu individualidad para proclamarte ajeno a él. Yo reconozco que siempre he sido de los segundos y he practicado el “amibolismo” a nivel olímpico y en todas sus modalidades, incluyendo, por supuesto, la ropa, para desesperación de mi madre y desconcierto y no poco regocijo de mucha gente. Claro, ya habrán llegado ustedes a la conclusión de que no soy marquista. Incluso tuve una época en la que no solamente no era marquista sino que era antimarquista y me negaba sistemáticamente a llevar cualquier prenda que fuera de alguna marca que estuviera más o menos de moda. Vale que no caí en el feísmo, que era otra de las tendencias de la época, pero durante un tiempo sí milité activamente en el antimarquismo. Y aunque se me ha apaciguado un poco, sigo despreciando llevar una cosa de marca simplemente porque es de marca. Ya, qué quieren, es una pose como cualquier otra. Pero no crean, eh, que esa pose me la quito y me la pongo cuando quiero y no me deja marca ni ná, no es como los verdugos de cuando era chica.

Por ejemplo, la semana pasada una tienda de una conocida marca de ropa interior puso un cartelito de lo más provocador en el escaparate. Según el cartelito, si ibas a la tienda, te comprabas un pijama y salías con él a la calle, te hacían un descuento del 70% del precio. Cuando vimos el cartel mi amiga Paloma y yo bromeamos a cuenta de nuestros usuarios. A ver, es que últimamente nos viene gente muy rara; sin ir más lejos esa misma mañana habíamos visto a dos muchachas en bata y pantuflas haciendo cola en el mostrador de información. Así que hicimos bromas sobre si decirles que se pasaran por allí. Tres días duraba la promoción. Yo no suelo comprar en esas tiendas, básicamente porque no quepo en sus prendas, así que ni me lo planteé. Y no habría pasado nada si mi compañero de despacho no hubiera dicho las palabras mágicas: “no hay narices…” Miren que yo no soy nada competitiva ni entro al trapo en ningún desafío, y siempre me ha fascinado que Marty McFly montara los pollos que montaba simplemente porque le llamaran gallina, pero dado que me encantan los disfraces y me gusta provocar, fue como si mi compañero me lo hubiera puesto en bandeja.
Así que la mañana siguiente Paloma (que solamente es vergonzosa para bailar en público, por lo demás se apunta a un bombardeo) y yo nos plantamos en la tienda nada más abrir y nos pusimos a elegir pijamas. Cuando fuimos a pagar la dependienta nos miró atentamente.

- Tienen que salir con el pijama puesto para que les haga el 70% de descuento.
- Ajá.
- No pueden llevar el jersey encima del pijama. Y ya que estamos, la falda tampoco.

Volvimos al probador.

- No pueden dejarse las camisetas ni las camisas debajo del pijama.
- …
- No. El pantalón tampoco se lo pueden dejar debajo del pijama. Tienen que llevar el pijama tal cual.
- ¿Nos podemos dejar las bragas y el sujetador, al menos?
- Ja… ja… ja…

La dependienta debía tener una mala mañana. Pues no le quedaba ná, que solamente eran las 10 y estábamos a principios de semana. Pero como ése no era nuestro problema, nos metimos en el probador y salimos en pijama.

- Vale, así sí. Metan su ropa en esta bolsa y no se pongan el abrigo hasta que hayan llegado a la esquina.
- ¿Qué???
- Que la promoción dice que mientras estén a la vista desde la tienda tienen que ir en pijama. Pero se lo pueden poner cuando lleguen a la esquina y ya no las podamos ver.

Y salimos por Calle Larios en pijama.

- ¿No te da un poco de vergüenza?
- Para nada, mujer, si parece que vamos de uniforme.
- Gin, que los pijamas son de color rosa y llevamos dibujitos de madalenas en las tetas, ¿uniforme de qué?

Bueno, vale que igual dábamos un poco el cante, pero para mí que nadie se dio cuenta de nada. Cuando llegábamos al trabajo nos cruzamos con las muchachas que iban en bata y pantuflas, las cuales lanzaron miradas apreciativas a nuestros pijamas. Mi compañero, en cambio, abrió tanto los ojos que si no hubiera sabido que los tiene pegados habría esperado verlos rodar por el suelo.

Cuando llegué a casa enseñé el pijama y conté la historia. A Héctor (que vino a casa pidiendo asilo por una temporada y se ha instalado en el cuarto de invitados) le impresionó poco. Claro que Héctor practica el pijamismo con desesperación y últimamente se ha aficionado a los pijamas de raso. De momento tiene dos, uno de color aguamarina que le regaló una amiga, y otro mío de color rosa con topitos blancos. Como están forraditos de franela por dentro le resultan muy calentitos así que los va alternando para asombro del cartero, que cada día le ve con un modelo diferente. Bruno, que lamentablemente está en esa edad en la que todo le resulta sumamente vergonzoso, dijo que antes muerto que salir en pijama. A Madagascar, en cambio, le brillaron los ojos cuando se enteró de que todavía quedaban dos días de promoción. Es que es una de sus tiendas preferidas.

La mañana siguiente bajé a información a recoger un paquete y vi entrar a Madagascar en pijama. “He venido a cambiarme aquí, que me voy a la Facultad y no quiero ir así”. Y detrás de ella las muchachas del día anterior, de nuevo en bata y pantuflas, que miraron a Madagascar de arriba abajo, cuchichearon algo, y se nos acercaron.

- Mira, chiqui, llevas un pijama muy bonito, pero te fallan los zapatos.
- ¿Qué?
- Que no se lleva pijama con zapatos. Ayer tu madre iba igual y no se lo dijimos porque pensamos que habían sido las prisas, pero que no, que no se llevan zapatos con el pijama, que lo sepas, que queda fatal.

Y qué quieren que les diga, pues que tienen razón.

domingo, 18 de enero de 2015

Boicot

Durante unos meses de mi infancia estuve yendo al comedor escolar. Ya, ya sé que suena como si quisiera que ahora todos gritaran “Te queremos, Gin”, pero no, déjenlo. Al principio recibí la noticia de lo del comedor con un punto de desagrado porque siempre he tenido un sentido del olfato muy desarrollado y no soportaba los olores que salían de las cocinas y del comedor del colegio. Me sigue pasando, eh, no me gustan nada los olores a cocinas y comedores comunitarios, tipo hotel, residencia, colegio, etc. Y de las personas ni hablemos, que vaya trayectos torturantes me dan en el autobús. Soy muy mía yo para los olores. Pero a pesar del desagrado comprendí perfectamente que mi madre estuviera hasta el pichi de hacer viajes de casa al colegio y del colegio a casa, que vivíamos lejos y ni siquiera hacíamos los trayectos en autobús sino en camioneta, la P13 (Camioneta Periférica 13). La verdad es que se llamaba camioneta porque unía dos barriadas diferentes, pero era exactamente igual que un autobús, que solamente cambiaban el color y el nombre. Yo creo que lo hacían para ver si remarcándonos que vivíamos en el culo del mundo (lo habrán deducido ustedes por lo de “periférica”) nos desanimábamos, abandonábamos nuestros afanes viajeros, y nos quedábamos en nuestro barrio sin obligar al Ayuntamiento a tener que arreglar las carreteras, que eran una porquería y se inundaban cada vez que llovía un poco. A los pequeños eso nos daba igual, a nosotros lo único que nos importaba era que nuestra camioneta no fuera la P2, que nos daba mucha risa y sí que nos habría parecido tela de humillante. Seguro que a más de uno que ha leído esto se le ha escapado un “jejeje” tontorrón. Mi madre era una madre de las de entonces, y su trabajo era ocuparse de su casa y sus hijas, así que se chupaba diariamente cuatro viajes en la P13 cargada de niños porque venían con nosotras tres hermanos, amigos y casi vecinos nuestros. Dado que llevar a cinco niños pequeños por la calle es casi tan difícil como pastorear una manada de pavos, y que teníamos jornada escolar partida con sus actividades extraescolares y todo, mis padres tomaron la decisión de apuntarnos al comedor del colegio. Aquélla fue toda una experiencia. Positiva, eh, que a mí el comedor me gustó bastante, y lamenté que nos quitaran pero parece ser que surgió un dilema como de vida o muerte porque o nos sacaban del comedor o mi hermana se moría por no comer. Anda que no lloró mi hermana; días y noches estuvo llorando, sin comer, sin dormir, venga a echar lágrimas y mocos, así que puestos a elegir mis padres (no sé por qué) escogieron sacarnos del comedor con lo que volvimos a la trashumancia diaria aunque esta vez motorizados, que mi madre se compró un 600 y ahí que íbamos los cinco niños apretujaditos en el asiento trasero y sujetando sobre las piernas de todos un cestillo en el que iba mi hermana pequeña, que era un bebé. Ay, aquello sí que era divertido.
Mi experiencia de comedor escolar fue, pues, bastante efímera, pero satisfactoria. Vale, había cosas que era olerlas y ponérseme los vellos como escarpias del asco que me daban (no daré muchos datos por si es un plato que a alguno de ustedes le disloca, solamente diré tiene tres palabras, que empieza por “guisadillo de” y termina con “patatas”) pero también probé cosas que nunca antes había comido y que me encantaron, como el membrillo y los espaguetti. El membrillo de dislocó desde el principio, pero lo de los espaguetti fue un shock. ¿Cómo podía ser que mi madre nos hubiera ocultado que existían esas cosas tan ricas? A los pocos días había hecho una encuesta y había descubierto que no era cosa de mi madre, sino de todas las madres: ninguna madre preparaba espaguetti. Y además cuando les preguntabas por qué no los ponían todas torcían el morro. Debe ser que para que te dieran el carnet de madre tenías que cumplir una serie de requisitos, como cardarte el pelo de forma inverosímil, y negarte a cocinar cualquier tipo de pasta que no fueran macarrones con tomate y chorizo. Y ojo, que a mí aquellos macarrones me encantaban. De hecho llevo dos años intentando que mi madre me los haga y nada. No quiero contar lo que pasó hace dos años por no hacer sangre (a mí misma, que todavía me retuerzo de rabia cuando lo recuerdo), pero lo de este año ha sido espectacular.
Ocurrió el día antes de mi cumpleaños. Estaba yo en la cocina tan tranquila, como Antonio Molina, preparando arroz con habichuelas para mi cuñado, cuando ví unas chispitas anaranjadas superbonitas bailoteando en la rejilla de la campana extractora.

- No quiero alarmar a nadie, pero creo que la campana extractora está en llamas.

A ver, no había llamas de verdad, que ya digo que eran solamente unas chispitas (qué bonitas, qué bonitas) retozonas, pero fue la mejor manera de asegurarme de que tooooda la familia se arremolinara en torno a los fuegos. Me arrepentí un poco, eh, que en dos segundos allá que estaban todos metiendo la cabeza bajo la campana extractora y estorbándome cantidad, que entre que todos querían verlas y algunos (no quiero acusar a nadie pero fue mi madre) intentaban apagar las chispas con un trapo de cocina, yo veía difícil el futuro de mi arroz con habichuelas. Claro que cuando aparecieron llamas de verdad y empezó a salir un humo más negro que el alma de Voldemort, todos sacaron la cabeza de allí y empezaron a proponer soluciones a cual más desquiciada hasta que mi madre y mi hermana B2 optaron por dos soluciones de forma simultánea: mi hermana llamó a los bomberos y mi madre recordó que había un extintor en la escalera. Dicho y hecho, mi padre descolgó el extintor y se lo pasó a mi cuñado, quien tardó medio segundo en depositarlo en las manos de mi hermana, que acaparó extintor y bomberos mientras me recriminaba que yo siguiera pendiente del arroz con habichuelas. Se puso tan nerviosa que nos hablaba a la vez al bombero que estaba al teléfono y a mí, y llegó un punto en el que no sabíamos quién de los dos tenía que mandar una dotación y quién tenía que meterse la cazuela de arroz con habichuelas en el culo, aunque era fácil deducirlo. Al final, y como el bombero le estorbaba, me lo tiró a las manos y se dedicó a escupir espuma con el extintor como una loca. Claro, las llamas duraron nada y menos, y a cambio la cocina se llenó de un humo oscuro que no había manera de ver nada. Y mientras ahí seguía el bombero, pegadito a mi oreja, gritándome que no me preocupara, que ya iba una dotación para allá.
Y en ésas andábamos, intentando que los bomberos se enteraran de que ya no hacían nada de falta, cuando llegaron dos policías a ver qué pasaba. Resultó que uno de los policías conocía a un bombero porque habían estudiado juntos cuando eran chicos así que nos contó que el bombero llevaba la profesión en la sangre, que ya desde muy chiquitillo sabía que quería ser bombero, y que era más bueno que nada. También nos contó que se había casado y que tenía una niña muy chica. Y habría seguido contándonos todos los cotilleos del barrio si el otro no le hubiera recordado que tenían que llamar al SAMUR para que nos echara un vistazo, así que cortó y cogió el teléfono.

-… sí, sí, son cinco personas, sí… no, niños no, pero hay dos personas de edad…

Fue escuchar lo de “dos personas de edad” y mi madre, que estaba acurrucadita en un rincón de la escalera pensando en sus cosas, abrió los ojos como un búho. Como un búho enfadadísimo, añado.

- ¿De edad? ¿Yo una persona de edad? ¿DE EDAD?????

El pobre policía no sabía dónde meterse y empezó a mascullar algo sobre el protocolo mientras buscaba con la mirada a su compañero, pero éste también tenía un problema porque mi padre había desaparecido.

- Yo creo que está en la casa.
- Pero ¿cómo que en la casa? ¿cómo que en la casa? En la casa no puede haber nadie, que no hay oxígeno. ¿Qué hace ese señor en la casa?

Y sí, estaba en la casa preguntándole a un bombero totalmente atónito si le necesitaban para algo o qué.

- Emmm… mire usted, estamos aquí seis bomberos y dos policías, yo creo que no hace usted falta para nada.
- Bueno, bueno, como quieran. Si me necesitan estoy abajo.

Luego hubo que explicarles a los bomberos que es que mi padre es del mismo Bilbao, y ahí estuvimos el resto de la tarde todos haciendo bromas sobre la señora de edad y el señor de Bilbao. Y como estábamos poco entretenidos, llegó una dotación del SAMUR dispuestos a medirnos el dióxido de carbono que tuviéramos dentro. Bueno, yo he dicho dióxido de carbono pero a saber qué querían medirnos, que yo de química ando fatal, a mí me dicen que me quieren medir el perbutónido antracítico de niostato y les digo que vale. Y ya saben eso de que el hombre propone y Dios dispone. Los de SAMUR estaban dispuestos pero se quedaron con las ganas porque el aparato medidor estaba roto así que ni cortos ni perezosos llamaron a otra dotación. En menos de diez minutos teníamos la sala como el camarote de los Hermanos Marx: los cinco de la familia, dos policías, seis bomberos, y los ocho miembros de SAMUR. A mis padres les midieron (lo que fuera) y les mandaron ponerse unas mascarillas conectadas a unas bombonas de oxígeno. Luego me tocó el turno a mí.

- ¿Dónde estaba usted cuando se ha originado el incendio?
- En la cocina, cocinando, pero yo no he sido.
- ¿Y después?

Aquello parecía un interrogatorio del FBI. Yo me debatía entre confesar quejumbrosamente “pos vale, guilty” o seguir diciendo la verdad.
- He seguido cocinando.

“Ajá”, murmuró. Levantó una ceja, y yo hice lo propio, a ver si se iba a creer que solamente sabía hacerlo él, con lo que se quedó un momento descolocado, pero reaccionó enseguida e hizo una pregunta más.

- ¿Ha inhalado el humo?
- Pues mire, fijo que sí porque yo he inhalado todo lo que había en el aire, que a día de hoy no sé discriminar los gases con la nariz.
- Pues hala, maja: bombona.

Total, que entre unas cosas y otras llegó mi cumpleaños y en vez de macarrones con tomate y chorizo nos tuvimos que apañar con unas pizzas. Miedo me da pensar en qué impedirá que en mi próximo cumpleaños comamos macarrones, porque va a ser difícil superar esto. Igual nos abducen los extraterrestres o algo.




miércoles, 6 de noviembre de 2013

De primera mano

Querido Luis, como nunca tengo nada especial que contar, sueles decirme que mis cartas te resultan aburridas. Bueno, esta vez no creo que tengas motivos para quejarte. Hoy se ha caído el sol. Ha sido esta mañana, a primera hora. Al principio ha amanecido como cualquier otro día, normal y corriente. Los primeros rayos han aparecido por encima del jardín y yo me he dispuesto a empezar otro día más de esta primavera que se me está haciendo eterna a fuerza de soportar tantos sentimientos desencadenados. De pronto ha habido un chispazo de color blanco en el cielo, y casi sin transición nos hemos quedado a oscuras. Ni sol, ni luna, ni estrellas... En el cielo, la oscuridad más total. En la tierra el espectáculo ha sido impresionante. La primera sensación, por supuesto, ha sido de desconcierto. Los conductores de los coches, cuando han conseguido reaccionar y han encendido las luces de sus vehículos, se han encontrado con que era ya un poco tarde y estaban la mayoría empotrados en el coche de delante. Gritos e insultos, y la impotencia de no ver absolutamente nada. Los que caminábamos por la calle no sabíamos por dónde tirar, porque tampoco veíamos nada. La verdad es que nunca hubiera imaginado que la oscuridad era esto, un mundo de voces, sonidos y olores, de empujones e inseguridad, sobre todo de inseguridad, esa vieja conocida. Nada da más miedo que la oscuridad de los sentidos, sea cual sea el que se te apague. Algunos, buscando la compañía de las voces de los conductores que discutían unos con otros, se han precipitado a la calzada. Otros, muchos, la mayoría, se han quedado inmóviles, como petrificados, optando finalmente por tirarse al suelo a esperar, silenciosos y aterrados, como si en esta guerra contra el miedo a la noche el cuerpo a tierra les fuera a proteger de no se sabe qué peligros. Otros han comenzado a correr y a gritar, chocando unos contra otros, y ha habido muchos que se han agrupado con desconocidos para ayudarse a intentar calmar su temor. Tras los primeros momentos de desconcierto, los conductores detenidos en medio de las calles han comenzado a encender las luces y la gente ha salido a los portales aunque sin atreverse demasiado a aventurarse más allá de los límites amigos marcados por la luz de los faros, de las linternas. Como era de esperar (y esta vez no ha habido que esperar mucho), el gobierno ha mandado a todos sus efectivos policiales (ahora en los medios los llaman así), y eran muchos, a convencer a los ciudadanos para que volvieran a sus casas cuanto antes, pero eso sí, sin dar información acerca de lo que estaba ocurriendo realmente. Yo sabía lo que había ocurrido porque, amparada entre las sombras de un castaño de Indias, he escuchado a un policía contárselo a un compañero. Y mi caso no ha sido el único; por todas partes han surgido personas en busca del sol. Mientras algunos buscábamos, las autoridades prohibían la salida de los edificios precintando puertas y apostando agentes en todas las esquinas. Nadie, absolutamente nadie, debía transitar por las calles, y para que todos lo supiéramos han instalado grandes altavoces en los coches de policía repitiendo incansables las consignas. Ha sido como estar en una de esas películas de guerra en las que se establece de pronto el estado de sitio, y me han dado ganas de buscar el café de Rick y pedirle cobijo. Los que buscábamos corríamos el peligro de ser golpeados por las fuerzas de “orden” público por lo que nos movíamos sigilosamente buscando las sombras. No sé por qué he ido al Retiro. Ha sido una intuición, la seguridad de que entre los lugares amigos que me han cobijado en mis momentos duros encontraría la respuesta. Como era de esperar, las puertas estaban cerradas, pero no ha hecho falta que saltara la verja porque afortunadamente todavía no han arreglado todos los barrotes rotos y me he colado por uno de los huecos. Dentro me ha resultado fácil moverme entre los arbustos y esquivar las patrullas que deambulaban por el paseo de coches. Huyendo de un agente he encontrado a un hombre escondido detrás de un árbol, una de esas grandes acacias que tanto nos gustan, y juntos hemos conseguido burlar a otro policía, el último que hemos visto hasta llegar al estanque. Allí el espectáculo era impresionante. Una luz dorada iluminaba el paseo, y las barcas, ancladas en el centro del lago, se movían balanceándose lentamente entre rayos ocres. En el fondo, una bola brillante deslumbraba a los peces y calentaba el lodo. No lo hemos pensado ni un momento y, sin decirnos nada el uno al otro, hemos cogido una de las barcas que están siempre en la orilla, ya sabes, ésas que los barqueros desechan por viejas. Al empuñar los remos nos hemos mirado un momento, y sin dudar hemos echado la barquita al agua. Nunca hubiera imaginado que nadar bien fuera tan útil. Tras desnudarnos silenciosamente, nos hemos sumergido en seguida. El agua estaba caliente y la sensación del calor del agua contra la piel hacía que el corazón palpitara más lentamente, con calma, como si todo el tiempo del mundo fluyera alrededor nuestro y pudiéramos esquivarlo sólo con flotar desmayadamente en él. Si me hubieran dado a elegir, habría preferido no volver a salir nunca, y quedarme para siempre en ese mundo silencioso y solitario, cálido y protector. La piel se nos veía dorada, y cada gota brillaba descomponiendo los colores. Hemos buceado alrededor de la gran bola dorada y hemos descubierto que estaba un poco enredada en las algas del fondo del estanque, así que hemos intentado cortar sus ataduras tirando con las manos. Es curioso...las algas, recias y duras, parecían deshacerse cuando las tocábamos, como si estuvieran esperándonos. Una vez liberados los rayos, le hemos dado un leve impulso y el sol ha empezado a flotar lentamente, sin prisa, como haciéndose rogar. ¿Sabes? estaba caliente, pero no quemaba, y las palmas de las manos se nos han quedado del color del oro viejo. Al fin el sol ha conseguido subir hasta la superficie y se ha quedado detenido flotando sobre el agua, esperándonos, hasta que nos hemos acercado. Se dejaba llevar sólo con el roce de nuestros dedos, como si quisiera que le tocáramos, como si necesitara el contacto con nuestros cuerpos. Lo hemos empujado a la orilla y lo hemos secado, despacito, con mimo, acariciándole, con la ropa que habíamos dejado en la barca. Poquito a poco se ha vuelto ligero hasta despegar en el aire, elevándose lentamente, desperezando de nuevo la mañana, y a medida que subía, las casas y los árboles se iluminaban como si amaneciera otra vez. Cuando ha alcanzado su posición normal, ya sabes, por encima de los abedules de la explanada de las bicicletas, la policía nos ha cercado aprovechando que estábamos absortos mirando la ascensión. Nos han detenido por inmoralidad manifiesta aduciendo desnudo público y nos han llevado a la comisaría que hay al lado de mi casa. Nos han interrogado y luego, paradójicamente, y sin explicarnos nada, nos han condecorado, y hemos salido en el periódico, aunque estoy segura de que esta parte ya la conoces porque habrás visto mi foto en todas las primeras páginas. Quitando esto, por aquí todo sigue igual que siempre. Un besazo. PD.- Los peces del Retiro han dejado de ser las carpas tristes y grises de siempre y se han vuelto dorados, igual que las palmas de mis manos. Además, ya lo verás cuando vuelvas, el pelo se me enciende de oro en cuanto anochece. Pero, por favor, esto último no se lo cuentes a nadie.

jueves, 24 de octubre de 2013

La vida NO sigue igual

Julio Iglesias no me gusta, no me gusta nada. Y ustedes dirán, “mira ésta, tanto tiempo sin dar señales de vida y aparece para decir esto”. También pensarán “y a nosotros qué nos importa”. Incluso habrá quien haya dicho “pero ¿por qué???” con aire así como sorprendido y escandalizado. Ya, no, si igual tienen razón pero como es mi blog se aguantan. No me gusta Julio Iglesias. Es blandito, tiene voz de chirla, y canta cosas que no van conmigo. La vida sigue igual, dice. ¿Igual que cuándo, a ver? La vida no sigue igual para nada. Al menos la mía. Desde que no me leen en mi vida han cambiado muchas cosas, desde mi estado civil hasta el color de pelo de mis hijas, y sepan que si no he asomado antes ha sido para no tener que contárselas, que bastante tienen ustedes con lo suyo. La vida, definitivamente, no sigue igual, aunque hay cosas que reaparecen de cuando en cuando (desafortunadamente más cuando que cuando); vienen a ser como ese pepitogrillo que les ponían a los chuliguays al lado para que les susurraran lo del memento mori: recuerda que eres mortal. En mi vida hay varios susurradores de esos, lo que pasa es que en mi caso no susurran sino que tienden a ser un poco escandaleras, y todavía no sé muy bien lo que quieren decirme porque lo del memento mori como que no va a ser, no. Como ustedes son bastante listos e inteligentes, habrán adivinado ya que los susurradores de mi vida son los animales, los obreros, y las situaciones absurdas. Bueno, también están los majarones, pero estos igual es mejor meterlos en las situaciones absurdas y así nos ahorramos un epígrafe más, que yo no los pongo porque no me gusta y soy desordenada por naturaleza, pero el día que me caiga de la moto y me dé un aire como a San Pablo a saber, igual me pongo a hacer listas de todo, y cuanto más simplificadito lo tenga, mejor. Quedamos, pues, en que animales, obreros, y situaciones absurdas. A veces vienen de uno en uno y miren, se pueden soportar e incluso hasta se pueden controlar. Lo malo es que me da que son listillos y eligen agruparse, sin que las combinaciones tengan reglas fijas ni restricciones de ningún tipo. Se pueden imaginar (ni loca me pongo yo a enumerarlos) los posibles resultados: todos ellos espeluznantes. Estas semanas tocan obreros, concretamente en su versión cristaleros. Como es una larga y triste historia no se la voy a contar en detalle, y eso que se ahorran; baste con que se queden que el techo del comedor de mi casa está formado por ocho planchas de cristal de las cuales se rompieron tres durante uno de los inviernos más lluviosos que hemos tenido en los últimos años. Si lo pienso bien es curioso que viva en la Costa del Sol y que todos los problemas que tenga en la casa sean siempre a causa de la lluvia. No me quiero imaginar lo que sería si viviera en Seattle. Pues que después de pasar todo el invierno comiendo con el paraguas abierto, y después de comprobar que es un desastre que se moje la instalación eléctrica de la casa, a finales de verano vinieron a cambiar los cristales rotos y pusieron unos nuevos, muy bonitos, pero mucho mucho, bonitos y totalmente distintos a los anteriores pero ni nos importó, que cada plancha de cristal costaba un congo y además me da mal rollo quitar algo que está en perfecto estado de uso solamente por estética. Y una vez cambiados los cristales todo era alegría, alegría, y pan de Madagascar, como dice Ariel. Hasta que volvió a llover, concretamente anteayer, y me saltaron las alarmas cuando vi a la perrita (perrita nueva, ¿ven cómo la vida no sigue igual?) beber agua de un minicharquito en el comedor. Me faltó tiempo para mandar a mi contratista un mensaje lastimero cuajadito de smileys que lloraban como magdalenas. Llamarle no, porque eran las 6:15 de la mañana y no quiero que me odie, al menos no mucho. Mi contratista (que por cierto es un clon del doctor House sólo que en versión “señor sonriente que canturrea las canciones de las pelis disney cuando trabaja”, lo cual da mucho yuyu aunque mucho más yuyu daría si pusiera siempre la cara de mala ostia de House, claro) me respondió con otro mensaje en el que me decía que el cristalero iría por la tarde. Hablamos de la tarde de ayer. Que el cristalero iría a mi casa, hala, así sin consultar si iba a haber alguien o no. Vale que Luciano, el contratista, se sabe de memoria el horario de mis clases de pilates (¿ven? ¿ven cómo la vida no sigue igual?) y de danza (ídem) pero vaya, que al principio pensé que se había arriesgado mucho mandando al cristalero a casa sin preguntar antes. Y hala, ahí que fui toda la tarde como las locas: que si ahora come corriendo en veinte minutos para ir a recoger al monitor de pilates, que se ha quedado sin coche y como vaya en autobús nos dan las uvas esperándole, que si pásate una hora retorciéndote por el suelo, saltando, haciendo el enanito, y haciendo ejercicios que estoy segura de que están prohibidos por la Convención de Ginebra, y corretea después con el coche como una loca montaña abajo para llegar a casa antes que el cristalero. Madagascar me informó a gritos desde no sé muy bien dónde de que no había venido nadie antes que yo, y me senté en el jardín. Y fue como si el tiempo se detuviera para siempre. Los minutos se deslizaban uno tras otro, despacísimo, tomándose su tiempo, incluso regodeándose en el trayecto. Y yo los veía pasar por el simple procedimiento de mirar fijamente el reloj. El tiempo detenido. De esas cosas que cuando pasan en las películas son preciosas, pero que cuando te pasan te ponen de los nervios. Y de los nervios estaba dos horas después, cuando constaté que anochecía y que no, que el cristalero no había venido en toda la tarde y que ya no iba a venir. Y que el cielo se estaba volviendo a poner negro de nubes. Y que encima no tenía yogures en la nevera, gran drama donde los haya. - Madagascar, me voy a comprar yogures! Si viene el cristalero le escupes de mi parte!- grité al vacío. Y desde el vacío me llegó un “¡vale!” lejanísimo. Y me fui. Y compré los yogures. Y me olvidé del cristalero y la madre que lo trajo. Y todo fue bien hasta que al meterme en el coche para volver, la tarjeta del coche salió volando (es que mi coche es supersofisticadodelamuerte y no tiene llave, no, tiene una tarjeta que lo hace todo: abre puertas, arranca el coche, vuela...) y aterrizó debajo del coche de al lado. Me agaché y ahí estaba, justo en medio. Miré alrededor a ver si había algo que pudiera utilizar para empujarla y sacarla pero ná. A ver, ¿qué esperaba encontrar en medio de un parking? ¿un bracito extensible? Bueno, también podía haber un palo de escoba viejo, o un trozo churretoso de madera, o algo, díomío, algo que me permitiera recuperar mi tarjeta. Les juro que lo intenté todo para sacar la llave sin tener que reptar como una lagartija (y desde aquí afirmo que lo de “accio tarjeta” no funciona un pimiento, y que como todos los conjuros sean igual de malos los libros de Harry Potter van a ser una mentira como una catedral) hasta que tuve que rendirme y arrastrarme debajo del coche estilo comando, avanzando los codos poquito a poco hasta que los bajos del coche toparon con la parte más sobresaliente de mi yo posterior, o sea, que no me cabía el culo debajo del coche, y eso que era un todoterreno, que son más elevaditos y dejan más hueco. Y como ya estaba en una situación ridícula y sospechaba que si achuchaba un poco conseguiría meter el culo pero a saber si luego lo iba a poder sacar, y además ya llegaba con los deditos a la tarjeta, empecé a recular, también al más puro estilo comando, acompañando cada centímetro de retroceso con un montón de palabrotas dignas de ser olvidadas para siempre jamás. Y justo estaba ya a punto de incorporarme más contenta que unas pascuas cuando vi unas zapatillas de deporte junto a mi cabeza. Y pegadas a las zapatillas unas piernas, y a continuación un tronco, y una cabeza con su correspondiente nariz, boca abierta, mandíbula descolgada, ojos desorbitados... A ver, que yo entiendo que ver un culo adosado a tu coche es raro, y ver luego emerger de debajo de tu todoterreno querido a una señora malhablada, despelujada perdida, y cubierta de suciedad (asco de suelo, eh) es como un tanto raro, pero vaya, que podía haber disimulado, que me dio la risa a mí y me fui soltando carcajadas como si hubiera sido él el que hubiera hecho el soberano ridículo en lugar de haber sido yo. Farfullé algo tipo "quesemehacaídolatarjetadelcocheperoyalaherecuperadonopasanadanopasanada", me monté en mi coche, y me fui tan pichi. Acaban de llamarme. Que mañana viene el cristalero. ¡¡¡A temblar!!!

domingo, 24 de marzo de 2013

Escribiendo

Me pides que te escriba mis sentimientos, mis pensamientos sobre ti y mi deseo se encabrita al recordar tu cuerpo sobre el mío, debajo, junto a él, tu cuerpo triunfante, dominado, compañero. Te quiero, sobre todo te quiero, y quiero decírtelo porque las palabras de amor no estorban. No creo que sobre ninguno de los momentos que hemos pasado juntos, ni los buenos ni los malos, todos los atesoro, porque uno sobre otro van formando nuestra historia. Me pides que escriba y lo hago pero sabiendo que no recibirás nunca esta carta porque mi amor no cabe en ningún sobre.

jueves, 26 de enero de 2012

Recolección

Recorría la playa sin mirar el horizonte. Todos los días se perdía entre los restos que el agua dejaba en la arena y los miraba preguntándose si debía llevárselos a casa y ponerlos encima de la puerta o en el lateral de la cama, junto a los libros. Sabía reinterpretar aquellos objetos abandonados y darles de nuevo sentido, darles un sentido nuevo. Incorporaba a la suya aquellos gastados trozos de vida ajena y los convertía en propios. Empezó a ver cosas suyas tiradas por la arena. Un día vio que alguien recogía uno de sus restos, y se sintió rico.

(Lo siento, Siberia, sólo me salieron cien)